Miami
Estados Unidos
Año VII 

Nº 37/38

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

 

 

 

 

EL HOMBRE QUE NO VIO LA MAR

 

por

 

Salvador Enríquez

 

   

Personaje:

 

 

UN HOMBRE VIEJO (de unos 80 años)

 

 

La acción se desarrolla en el malecón de un puerto de mar. El HOMBRE VIEJO está sentado, pensativo, mirando al cielo. Viste ropa sencilla y cubren la cabeza con un viejo sombrero. A lo lejos se dejan oír el ruido del oleaje y la sirena de algún barco. Está solo, pero al hablar se dirige a un  imaginario interlocutor que suponemos sentado junto a él.

 

UN HOMBRE VIEJO.-  (Con una sonrisa de añoranza. Al imaginario interlocutor) No, no insistas; por mucho que me digas que cada día me encuentras mejor, yo sé que los años no han pasado en balde. Eso lo dices... por los buenos ojos con que me miras, pero yo noto que el tiempo cargó mi espalda de días, de horas y de instantes, hasta encorvarla. Primero fue levemente y ahora está como la quilla de un barco. A diario me siento aquí con el único deseo de buscar algunas gotas de esperanza, como esas que saltan desde las rocas al salpicar las olas. Frente a la mar, apoyado en esta piedra del malecón, con la mirada perdida bajo este sombrero gris, marcado de sudor y casi roto por soles y lluvias, me siento aún vivo... aunque en soledad. (Pausa. Sonriendo)¡Ya! Ya sé que te tengo a ti pero...

 

     A veces uso gafas de sol, redondas y oscuras, para presentir la mar, el abismo negro de sus aguas, el verdiazul de la superficie y los colores de las sombrillas que llenan de lunares la playa. (Insistente, al imaginario interlocutor) Mira... si supieras escuchar te llagaría al oído el ruido monorrítmico, como una amenaza, como un lamento, del oleaje que salta en la playa inundando la arena. Hoy ha destrozado el castillo arenoso que, en un alarde de fantasía, construyeron unos chiquillos... ¡ha sido una pena!

 

     Era un castillo muy hermoso pero... estaba como... abandonado: por el puente levadizo no cabalgaban los corceles, ni el rastrillo franqueaba la entrada a supuestos caballeros de coraza reluciente y capa carmesí, como en los cuentos de hadas. (Son una sonrisa cariñosa) La princesa de ese castillo no pudo esperar, ni soñar, tras las arcadas, con un príncipe azul. Los guardias no vigilaban desde las almenas. (Al imaginario interlocutor) Todo eso lo verías si tuvieras imaginación, incluso el foso que sí tiene agua, la que la mar soltó momentos antes arrasándolo casi todo. Y es que hoy sopla viento de Poniente. Está bramando desde el amanecer, enloqueciendo las aguas, salpicando la arena, restallando en las rocas su látigo invisible.

 

     Al fondo, ¡mira! por el horizonte, (Señalando a lo lejos) por allí, casi perdido en la bruma, va un barco con rumbo a otros mares; por allí, por donde la costa se pierde y el cielo se confunde con el agua en una sinfonía de azules, los barcos sugieren lejanía, un mundo grande, esperanza... ¡Qué hermoso debe ser aquel barco! inmenso frente a esa (Señala muy cerca) embarcación solitaria que va y viene sobre las olas. ¿La ves? está ahí,  es como un juguete. La oigo moverse; siento la mecida de esas maderas, de colores chillones, con olor a brea, que en su proa lucen el nombre de “Santa María”... (Riendo) ¡Qué presuntuoso el marino que le puso tal nombre! ¡Pero si es una barca chiquita! y casi tan vieja como yo. Ella también tiene curvada, ¡cómo no!, la línea de su quilla pero... ¡por eso mantiene a flote! Es una barca que, pese a lo pequeña, debe saber mucho de horas de pesca, de tormentas y de sinsabores. Ya es solamente un artilugio flotante, pero testigo de muchas noches opacas, negras como la tristeza, en las que trabajó con la esperanza de llenar las redes.

 

     Observa, (Al interlocutor) mira ahí, detrás de mí. Desde los bares se están acercando unos turistas, de esos que llevan pantalón corto, de color chillón, y camisa de flores; de los que comen los boquerones con tenedor y cuchillo. (Ríe) Vienen para hacerse una fotografía ante la barca. Oigo sus pasos, las risas y hasta el “clic” de la cámara. Esto me hace sonreír porque pienso que, a pesar de la vejez, esa barca, y quizá yo, lleguemos a otros mundos, a otras naciones, gracias a la fotografía. Sería una forma de viajar, de llegar más allá de las lindes de este pueblo marinero, de percibir el mundo, redondo y grande, del que tantas veces oí hablar.

 

     Ahora el sol ya no está arriba del todo ¿verdad? Se inclina casi velado por el humo de una neblina. Durante años he aprendido a entender el lenguaje de la naturaleza, los ruidos, los olores, el tacto de las rocas y la suavidad de la arena. El viento de Poniente está amontonando unas nubes que presagian tormenta, (El hombre se estremece) Vámonos (Se levanta) Se acerca la tempestad.

Saca del bolsillo de la chaqueta un bastón plegable de ciego y sale guiándose por él. Arrecia el ruido de la mar.  Se oye ladrar a un perro y lentamente baja la luz hasta hacerse un

OSCURO

 

FIN 


Salvador Enríquez  nació en Granada, España (1942). Desde 1964 reside en Madrid. Actor, director teatral y dramaturgo. Como autor teatral ha estrenado: Julio César –Parodia – (Teatro Isabel la Católica de Granada) 1960; El Puente (Centro Artístico de Granada) 1975; Mirándose detrás de un espejo (Casa de Granada en Madrid) 1975; El vertedero (Sala Fernando de Rojas en La Puebla de Montalbán, Toledo) 1984; El ascensor (Sala Marqués de Comares en Lucena, Córdoba) 1986; la obra infantil Un periódico en blanco (Teatro del Museo del Ferrocarril, Madrid) 2000; La próxima, Prosperidad (Paso de los Libres, Argentina) 2000; Un billete de diez mil (Jerez de la Frontera, Cádiz) 2001; Yo, pecador (Teatro “mínimo”, Baja California, México) 2001; La cuchara (Salta, Argentina) 2002; Reality show (Jalisco, México) 2003; y Cuando den las tres (Ocotlán, Jalisco, México) 2004. Con una de sus primeras obras obtuvo Medalla de Plata en el Liceo Artístico de Granada en 1962, con El ascensor el Premio Barahona de Soto en Lucena (Córdoba) en 1985; con La cuchara el Premio del II Certamen de Textos Teatrales en Torreperogil (Jaén) en 1999; y fue ganador del Premio Andaluz de Teatro Breve en Málaga, España en 2001, entre otras premiaciones y distinciones. Ha escrito más de veinte obras teatrales; algunas están inéditas y otras han sido publicadas como: El Puente (Azur), Mirándose detrás de un espejo (Azur y Asociación de Autores de Teatro), Una agenda llena de grasa (Teatro Independiente Alcalaíno con el patrocinio de la Fundación Colegio del Rey de Alcalá de Henares), Bajo un pubis primerizo (Revista Alhucema) y La cara oculta de la humanidad (Asociación de Autores de Teatro y la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid). Ha publicado los libros de cuentos y narrativa: Octógono (1973), Garnatha y otras cosas del homo erectus (1977) y El último día (Premio de Narrativa Ciudad de Baza, 1983). Es colaborador habitual en varios medios de prensa española e hispanoamericana, tanto impresos somo digitales, sobre la actualidad teatral en Madrid. Dirige en el Internet el sitio Noticias Teatrales desde Madrid.