Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 35/36

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

LA VIRGEN SE LLAMA JUANA

por

Teresa Dovalpage

 

     —El mundo se tambalea, la virgen se llama Juana —canta una voz carcomida por los años en el patio de la casa. El turista, joven, guapito, de mejillas imberbes y bermejas, entra a la sala justo cuando se inicia la tercera estrofa—, y el que no tiene batea, se baña con palangana.

     El turista sonríe y coloca en el suelo su enorme maletín de imitación de piel. La dueña de la casa, que ha escuchado en silencio su petición de albergue, lo examina sin disimulo alguno. Se diría que lo pesa, lo mide y hasta lo palpa con la vista.

      —Está bien —dice al cabo—. Aunque no recibimos huéspedes, vamos a hacer una excepción con usted, pues se nota que es persona decente. Sólo le cobraremos cinco dólares diarios —añade. El turista no contesta de inmediato, para no parecer muy ansioso—.Y lo atenderemos, mis hermanas y yo, como si fuera de la familia.

     —Y le plancharemos la ropa y le daremos de comer —silabea otra voz a su espalda. El turista reconoce a la que cantaba en el patio.

     —Y hasta le pondremos talquito en el culín.

     El turista ríe a carcajadas. Las tres mujeres le hacen coro. Vaya, tienen sentido del humor, piensa. Y siente una punzada de remordimiento anticipado. Las pobres.

     Desde la sala se divisa un patio central en que las plantas descuidadas crecen con libertad de jardín galo. Una hilera de cuartos da a un pasillo largo y lóbrego que bordea el patio. Al fondo han de quedar el comedor y la cocina, calcula el turista, pero la penumbra de la tarde que muere le impide cerciorarse. Es una lástima. Él siempre procura establecer de antemano un plano mental de los lugares de trabajo.

     Mientras las viejas encomian la vivienda él se dedica a detallarlas. La de los ojos duros y brillantes tiene el cabello lacio y cara de mal genio. Si se muestra amable con él, presiente, es exclusivamente porque necesita los dólares del hospedaje. La otra, la que cantaba, lleva el pelo rizado y púrpura, con una margarita mustia tras la oreja derecha. A la tercera le cubren el cráneo unas guedejas transparentes.

     Las tres pasan de los setenta años. Las tres son flacas. Las tres sonríen sin dientes y lo acarician con sus manos apellejadas, ronroneando felinas. Venga con nosotras, señor. Ya verá qué cómoda es la cama, qué marmóreo el lavabo. Ya verá. Y él se deja llevar, preguntándose si no habrá nadie más en la casona y si tendrán las viejas (que ojalá no lo tengan) un timbre de voz de los que se oyen a cien metros en medio de la noche.

     Apenas las escucha, tratando de meterse la casa en las pupilas con cada paso que da. Aquel florero de cristal de Murano que adorna la consola de la sala, ¿cuántos años tendrá? Calcula su valor. Sus tallados, tan finos y abundantes como las arrugas de las tres viejas, sugieren un trabajo de finales del siglo diecinueve. Y aquella Tiffany –¿legítima?– que divisó a través de la ventana protegida por barrotes de hierro. Fue su atracción la que lo que decidió golpear con el aldabón de bronce sobre el arruinado portón de corte palaciego y a pedir, con cara y voz de viajero inocente, posada en la casona. Ya la tiene delante. Es toda una joyita, saliva con fruición. Pero no está seguro de su autenticidad, que él no es sino un inexperto, cerril aún cazador de antigüedades.

     Prosigue su inspección. Los candelabros patinados por el tiempo que coronan el piano parecen ser de plata. Con disimulo les pasa un dedo por encima, pero no puede examinarlos. Las viejas ya lo toman de la mano y tiran de él hacia el pasillo, oscuro y entreverado de recovecos polvorientos. Le recuerda las películas de terror, en las que siempre acecha el asesino desde una esquina penumbrosa. Algo le roza la cara y lo hace recular.

     —Ay, esas telarañas…—suspira la mandamás—. Es que ya no hay quién limpie ni quién haga nada en este país… ¿Se asustó?

     Él va meditabundo. Normalmente estudia a sus víctimas durante una semana por lo menos. Computa sus horarios, se aprende su rutina. Pero esta vez ha cedido al impulso del momento, hipnotizado por la Tiffany. La avaricia rompe el saco, pero el turista está seguro de que esta vez no se romperá nada. O si se rompe algo, será quizás una cabeza, o dos o tres. Débiles, caducas, ya de poca importancia. Porque ¿para qué quieren vivir estos esperpentos menos conservados que sus tesoros, a ver? Se acuerda de Raskolnicov pero no le atormentan los remordimientos. Sin dudas ha avanzado la humanidad y ya se sabe que ciertos crímenes no merecen castigo.

     Hasta ahora, el turista se ha limitado a operaciones en diminuta escala. Ha aprendido a pedir albergue en casas destartaladas, pero con buenos muebles; a ganarse la confianza de los dueños; a marcharse furtivo, llevándose en el maletín una porcelana vetusta, un pulso de oro sobreviviente a las penurias socialistas, una miniatura otoñal… Nada más. Hasta ahora, nada más.

     Nunca lo han acusado. Él escoge a sus víctimas. Son las que temen que si le denuncian darán con sus desamparados huesos en la cárcel, por arriendo ilegal de la vivienda. Suelen pasar de los setenta abriles y sobreviven, en los duros noventa, lo menos mal que pueden. Viven solas y no quieren problemas. Y confían en los extranjeros. Su juventud, su carita de niño bueno y, en especial, su acento, le abren todas las puertas al turista. Él sabe. Siempre se va con algo. Verdad es que, hasta ahora, no ha conseguido más que pagarse el pasaje de ida y vuelta a su tierra con el contenido del maletín. Pero hoy barrunta que dará un golpe en grande. Esta casa atiborrada de antigüedades, que parece un museo, no lo defraudará.

 

     Ya cerrado el trato, echa una ojeada al cuarto que le destinan. Hay muebles viejos, sólidos, pero ningún adorno, salvo una estampa de la virgen de la Caridad en la pared. Y las viejas lo arrastran al comedor, arrullándolo con mimoserías ñoñas:

     —Venga, que le vamos a servir una rica sopita.

     —Para que tenga fuerzas cuando encuentre una noviecita.

     —Ay, pero no se vaya a buscar una negrita.

     La sopita, verdosa y agridulce, le revuelve el estómago. Las viejas saborean sus respectivas raciones, manejando con gracia señoril sus cucharas de plata repujada. Para no hacerles un desaire, el turista también se traga a sorbos su brebaje. Le encuentra diez sabores, y el mejor es a porquería. La pared que queda frente a él destila. ¿Agua de lluvia? ¿Orines de gato? Lo que sea se escurre hacia el suelo, dejando un rezumo triste a su paso.

     Murmurando una excusa, el turista se pone de pie para irse a su cuarto. Aunque trata de impedirlo, las viejas insisten en acompañarlo, en hacerle la cama donde el muelle saltado de un bastidor esquelético lo recibe con soberano pinchazo entre las nalgas cuando se deja caer en él. Por dignidad se calla, pero se ha sentido el aguijonazo hasta en los pliegues del intestino grueso.

     — ¿Está cómoda, eh? —Sonríe la mandamás y a él se le antoja percibir un tufo de ironía en su aliento ácido—. Ni en Habana Libre, ni en el mejor hotel…

     La pelirroja saca del ciclópeo escaparate de caoba una colcha que despide olor a guardado, a óxido y sudario.

     —Era de nuestra madre —dice—, que en paz descanse. Se murió en esta misma cama donde se va a acostar usted.

     La calva, que se miraba en el espejo ahumado de la cómoda, se vuelve y silencia a su hermana con un pellizco feroz en el brazo.

     —No le haga caso a ésta, señor, que ya chochea —dice la mandamás—. Mamá murió en la Quinta Covadonga. En esta casa no hay fantasmas, gracias a Dios.

      —El baño está a su izquierda —desvía la conversación la calva—. No tenemos papel porque hace años que no viene por la libreta, pero ahí le dejamos unas revistas. Son españolas, Hola, suavecitas…

     Al fin se largan. El turista se recuesta con cuidado en la cama, evitando el muelle traidor. Malditos esperpentos con sus venas azules, sus cuellos transparentes y sus voces enronquecidas.

     Ninguno de los otros cuartos, ya lo ha notado al recorrer el pasillo, tiene cerradura. A las doce, quizás un poco antes, abandonará el suyo. Primero se ocupará de las viejas. No hay que entrar en detalles, todavía. Sólo se ocupará. Pasado el trance, meterá la Tiffany, los candelabros y el florero en el maletín. Después mirará en todos los escaparates. Algo encontrará en ellos. ¿Joyas, vajilla, más cubiertos de plata? Y se irá, protegido por las sombras. Se irá.

     Las horas de la noche avanzan con la olímpica calma de modelos en una pasarela. Y este chico del maletín enorme, que acaba de cumplir veintitrés años, tiene miedo. Porque nunca ha matado a nadie. Porque sus ínfulas se han congelado en aquella habitación en que las paredes también rezuman un llanto de perlas frígidas. Ya metido en la cama, tapado con una colcha contemporánea de su madre, piensa y tiembla en silencio, y hasta se aventura a rezar.

     ¿Cómo ocuparse de las viejas? Se dice fácil pero ay, qué difícil es. Él siempre ha sido muy devoto. De la Virgen de Guadalupe y también de la de Fátima, con su rosario y sus tres pastorcillos. No, no hay una virgen Juana, vaya copla idiota. Se persigna con mano trémula frente a la imagen de la Caridad que lo observa severa desde la pared. Ay virgencita, qué difícil es.

     Y el tiempo se desliza como la sopa en su garganta, dejándole en la boca un gusto acre. Las nubes bajas, que se ven desde su ventana, anuncian que no tardará en caer un aguacero. Siente un deseo irresistible, urgente, de ir al baño o de orinar allí mismo, sobre la colcha apolillada.

     La oscuridad cae sobre él como cuchilla de dos filos, al apagarse al mismo tiempo el farol de la calle y la lámpara de la habitación. El turista deja escapar un grito. Antes lo habían rodeado las piezas de caoba: el escaparate ciclópeo, la cómoda con el espejo turbio y el sillón desfondado. Ahora, sólo una lobreguez que cada vez se espesa más. Siente que las paredes lo comprimen, lo estrujan y lo conminan a salir.

     Él piensa que qué bueno el apagón, así no me verá nadie cuando me vaya. Trata de darse ánimos, pero no se atreve a moverse. Tiene miedo este pequeño pecador, aprendiz de asesino. Tiene miedo. Con mil precauciones se vuelve a recostar, procurando apaciguar su vejiga repleta.

     Cloc cloc cloc. ¿Y qué será ese ruido, un roce maderable sobre las losetas del piso? En esta casa no hay fantasmas. Se cubre hasta el cuello con la colcha y vuelve a persignarse. Gracias a Dios.

     Por un instante acaricia tímidamente la idea de huir. Podría salir de puntillas, atravesar la sala, ganar la puerta y correr hacia la avenida, pedir un taxi y refugiarse en un hotel. Se imagina la habitación climatizada, con luz, televisión y una cerveza Hatuey en la mesa de noche…¿Pero él es hombre o no? Tratándose de pendejo, rechaza la tentación y se soba los testículos encogidos. Intenta concentrarse en el botín. Esa Tiffany. El florero de cristal de Murano. La vajilla de plata. Oh.

     Cloc cloc cloc. El turista se estremece. Piensa en un esqueleto tambaleante que lo procura bajo el traidor abrigo de la noche cubana. Cloc cloc cloc. Se levanta de un brinco, tira la colcha a un lado y sale a tientas del cuarto.

     Ha comprendido que no, que no se ocupará, como pensaba, de las viejas. Él no tiene valor para cargarse a nadie, Dios lo libre. Menos a una de esas abuelas respetables, que quién sabe si atacada de insomnio, le da cien vueltas a la casa y abre el refrigerador y quizás se toma una pastilla para los nervios y regresa a la cama, dejándolo a solas con su miedo a la oscuridad y su ansia de orinar.

     No señor, él no es un asesino. Esperará un poco más y cuando todo esté otra vez en calma y la vieja acostada, saldrá a meter en el maletín la lámpara, los candelabros, el florero… Y le asalta la duda, si será de Murano o imitación barata, que también antes las hacían. Mejor dejarlo, no sea que se le caiga y haga ruido. Se llevará sólo la lámpara. Y un candelabro. Y ya.

     Con pisadas de felpa recorre el pasillo. Sus ojos se acostumbran poco a poco a la oscuridad. Mira hacia arriba y el techo parece quedarle a diez metros de altura. Al fin llega a la sala. La pantalla de la Tiffany se balancea, bailoteando al compás del leve aire de agua. Y ya tiende las manos hacia ella cuando lo sorprenden las luces.

     Son tres estrellas descendidas, puñales breves que se clavan en la penumbra. Vienen por el pasillo y oye más claro el ruido. Cloc cloc cloc. Huesos sobre baldosas. Débiles pies que se deslizan sobre losas pulidas. Allí están las tres luces. Junto a él.

     El ataque es tan rápido que no tiene tiempo de reaccionar. La oscuridad del apagón se le mete toda dentro del cráneo incrustada a golpes de olla de hierro, de mango y filo de cuchillo, impulsada por brazos descarnados que se alzan implacables sobre él. La puerta de su cuarto se cierra bruscamente, por el aire de agua.

 

     Luego, de nuevo sobre la colcha de encajes, pero ahora ya sin miedos ni deseos, desnudo, casi intacto, duerme su último sueño el turista del maletín. Tres velas de sebo se consumen sobre la cómoda, aumentando la turbulencia del espejo. Ha empezado a llover. De la tierra húmeda sube un vaho cálido y tenaz. Huele a hierba mojada, a jazmín del Cabo y a gajos de naranjo podrido.

     La vieja de los ojos duros cuenta el dinero que le ha sacado de la billetera al turista y se incomoda porque no llega a los trescientos dólares:

     —Me cago en la madre de estos extranjeros muertos de hambre. Vamos a pedir cincuenta dólares de entrada y si no pueden pagarlos les decimos que no. Ah, y hay que guardar el señuelo en cuanto se metan al cuarto. El día menos pensado un vivo se nos adelanta y nos lleva la Tiffany y nos jode.

     La pelona no parece escucharla. De las entrañas del maletín extrae un frasquito de perfume, imitación de Polo. Se da un toque detrás de las orejas. La del pelo rizado y rojo –menos pragmática, más tierna o más sutil– acaricia los vellos negros del pubis que se ofrece a sus manos sarmentosas y repite su copla con la voz carcomida por los años:

     —El mundo se tambalea, la virgen se llama Juana y el que no tiene batea se baña con palangana —mientras las otras dos le hacen coro entre dientes.

Teresa Dovalpage nació en La Habana, Cuba (1966). Terminó  una Licenciatura en Lengua y Literatura Inglesa y una Maestría en Literatura Española en la Universidad de La Habana. Desde 1996 reside en Estados Unidos. Actualmente vive en Albuquerque y estudia el Doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nuevo México. Ha publicado dos novelas: A Girl like Che Guevara (en inglés, abril de 2004, Soho Press) y Posesas de La Habana (en español, PurePlay Press, agosto de 2004), así como artículos en Hispanic Magazine, Latina Style y otras revistas.