Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 35/36

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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NOSOTROS Y EL SHAMANTA´S

por

Miguel Sánchez Robles

 

“No siempre la existencia es noble como el juego

 y hay siempre jugadores más nobles que la vida”

      Carlos Marzal

  

     Las tardes en el Shamanta´s son aburridas y sin significado y yo soy adicto a los detalles microscópicos de la estupidez humana general. El Shamanta´s es un lugar baldío donde se acaba el mundo, sin carburo posible, donde hay tristes que fuman para olvidar la vida o se meten los dedos en la boca para vomitar riendo y despeinados, donde todos mantenemos anestesiadas relaciones con lo rutinario como si tuviéramos células de mamífero in vitro, donde la existencia se conjuga cada día en una eucaristía pequeñita y una luz sin daño baja desde el sodio de los fluorescentes y nos unta los ojos de anorexia cristiana y hedonismo. Siento ternura y empatía por estos filisteos portavoces de la trivialidad de la vida que se parecen en la cara a Jak Palance y a Ana Sagasti y vienen por aquí con sus pequeñas porciones de vergüenza y esperanza y aterrizan en la barra como golondrinas secas para expresarse con una antigua elocuencia extinguida, para contarte con importancia, porque lo acaban de oír en la radio, que el gobierno va dar pronto luz verde al vacuno o que un fabricante de supositorios subvenciona un museo; hombres que visten sin gusto y su casa es triste, hombres con enormes desastres dentales, sin propósito de nada superior, hombres cuyos corazones son una bella durmiente que no sueña con despertar, pero que tienen una belleza interna que sólo se encuentra en los lémures y ejercen el orgullo de saber buenos chistes y palabras viejas que a mí me gustan mucho. Por aquí vienen siempre los mismos: una raza de solitarios echados al mundo que juegan al desquite con la vida. Igual que hay indígenas a los que les incordia el clítoris, igual que hay jovencitos rubios con perilla que venden pegatinas que dicen: Jesús te ama, igual que hay encomiastas de mierda enamorados de la palabrería y del sistema político español que cuando alguien critica algo enseguida piensan: este hijodeputa es negativo, igual que hay amanerados que miran soñadoramente hacia las montañas y preparan sopas findus y meten en el microondas baritas de merluza capitán pescanova y dicen supertequiero y superguay, igual que hay el entrenador de los cinco delfines hembra que protagonizan la serie Fliper en la televisión, igual que la Nestlé no quiere negros... también hay esta gente que toma carajillos y vichís y se juega las perras despacio en el Shamanta´s porque todo cansa y se sabe, porque los vicios son como la propina de la vida, porque hay que vivir y uno tiene que matar el tiempo como sea. 

     Los quiero a todos como dulces criaturas de pura intensidad, no quisiera parecer amanerado, pero los quiero así, repito, como dulces criaturas de pura intensidad. Me encanta cuando dicen gomitar y cuando dicen: me se van a ver los sesos y vas a perder el chucho en catauras, cuando dicen delante de La Tía Ludópata: he perdío sinsibilidad en el gajo o dicen: separtá o dicen: miaja, o dicen: Este mundo no me entiende a mí. Todas esas palabras que pronuncian con voluntad agoniosa los que pierden mucho dinero en una sola noche jugando al póker o al jilay, y se expresan así: las cartas lo que tiran es a hundirlo a uno. Otros, los encimarios, los que vienen sólo a mirar y a escupir un poco en los rincones, te echan el brazo por encima y te dicen al oído, como en secreto, como sintiéndose víctimas de que las conversaciones de las barberías hayan pasado a la televisión y a los periódicos: Tío, En internet puedes encontrar puentes himalayos y sexo duro por un tubo, por un tubo. Me encanta cómo dicen por un tubo. Yo los oigo pronunciar esas cosas mientras les pongo platos con cacarujas y cervezas y vasos largos de jota be con hielo y ellos me pagan con fichas del juego y yo les doy las vueltas en metálico. La gente somos así: nos acostumbramos a las mismas conversaciones y a los mismos bares que nos mustian el alma y vamos gastando la vida como podemos. En la calle atardece suavísimo y hermoso y los que estamos aquí dentro no somos más que una especie de club de los últimos seres, gente que sabe que los cisnes no cantan cuando mueren, gente que existe como los ruiseñores que pían cerca de los conventos, gente para la cual no es doloroso acostumbrarse a la fatiga, gente que tiene esa “alegre amargura de vivir un día más”. Pero no nos sentimos culpables de nada porque todos hemos llevado una existencia insípida y humilde y pensamos que lo realmente bueno sólo está en las películas y que lo que de verdad llevamos es una vida póstuma que hay que saber gastar con mucha sabiduría, una sabiduría que consiste en convertir la existencia en una lentitud de sustancia litúrgica. 

     Dicen que las conversaciones tarde o temprano se convierten en lamentaciones de una grandeza perdida. Siempre uno se esfuerza al máximo pensando en encontrar la senda de algo maravilloso y termina empachándose de una inaudita trivialidad, pero yo tengo suerte porque a mí esa trivialidad me gusta, me hace bien. No busco el sentimiento de algo nuevo por lo que sufrir, ya sólo busco estarme quieto y manso, paladear la vida como viene, sin mariconerías, sin imbecilmundismo, sin forzar nada nuevo distinto a lo que hay, porque lo único que se puede hacer es esperar en vano no sé qué mirando cómo pasa un tren o vuela un águila. Es muy importante ver cómo vuela un águila o mirar cómo esplenden los astros desplomados y hay poco más que la verdad rotunda de estos seres sin ansia del Shamanta´s, estos seres que esplenden como astros desplomados. 

     Sí. Mientras en los lugares importantes hay una biomasa de las mismas moscas en la misma mierda, mientras hay gente que come dorada a la sal en los hoteles de cinco estrellas en el mes de mayo porque se llevan mucha comisión en lo que sea, tienen sedantes y bien remunerados empleos nacionales o son traficantes de droga, mientras que en los sitios de pro están los que les gusta más los ismos: socialismo, liberalismo, romanticismo; y los que les gustan más las ica: robótica, informática, dietética, aquí, en el Shamanta´s estamos los que nos gustan más las mollas, tendemos a las mollas igual que el cardenal tiende al papado, cada golpe una molla, cada cubalibre, cada coñá, cada gintonic se llama una molla. Por ahí admiten sin rechistar que resolver problemas de trigonometría es la prueba más clara de inteligencia que hay, pero aquí en el Samanta´s nos basta con saber que un conjunto es un redondel con cosas dentro y la inteligencia sirve para conseguir cobrar una paga por minusvalía y ligar muchas cuartas al jilay. 

     A los del Samantás, yo los tengo clasificados en cuatro grupos: Los tristes que fuman para soportar la vida, los pazguatos felices, los raros y los cojonudamente normales. 

     Bigotito Blanco es el más fumador de todos. Lo hace sin parar. Fuma como si la vida fuera una mierda. Es funcionario de juzgado jubilado y trata a todo el mundo con esa simpatía y conmiseración que usamos con los tontos. Algún día tuvo que darse cuenta de algo muy importante y decidió que lo único que quería, lo que más deseaba en este mundo eran vasos de vino blanco y fumar. La cerveza y los berberechos han dejado de tener ya gracia para él. Los sábados por la mañana siempre se toma una tostada con canela en el centro, es la única canela que gasto en este bar. Cada vez que tose y le viene un ahogo, cuando se le pasa te mira con conciencia de que le reprochas su tabaquismo, se pone jodío y te pregunta: ¿Si un hombre quiere apartarse del mundo y mirar hacia la pared el resto de los días que le quedan tiene derecho a hacerlo o no? A ver, dímelo, ¿tiene derecho o no?. Una vez se lo llevó su hija a Benidorm y vino flipado de que en los sitios turísticos haya encargados que te conducen al hotel en caso de borrachera. Cuando se cansa se levanta de la mesa de juego, pide una manzanilla con anís, se sienta en el escay y le explica al Viriato que es mejor cepillarse desde la encía hasta el diente. 

     El que hace cabeza en el grupo de los raros se llama el Rivero, pero le decimos Juan Salvador Gaviota. Juan Salvador Gaviota tiene la tristeza de un mortinato. Adora el atún de ijá, el Magno y la Bombay con casera. Se ve que la circulación de la sangre en el cerebro le produce pequeños olvidos benignos o algo así y entonces deslavaza, mezcla cosas raras, cosas que no casan, pero quieren como casar, a lo mejor va y dice: Han inventado un tipo especial de vibrador que se llama la lengua y los obispos desacreditan a la Iglesia con esto de Gescartera y los políticos desacreditan a la democracia con esto de no hacer ná. Une las dos cosas y si se presenta les suma una tercera, dice después: Noviembre es como un tránsito o me gusta la manera de cómo las abejas se comportan. Y al final de todo, sorprendentemente, sus palabras tienen una potencia enorme de realidad transmitida. Cuando me dice una de esas cosas para seguir la coba le pregunto: ¿Los obispos obispan? ¿Qué obispan los obispos? y él me responde serio y yéndose de mi lado: Yo no sé qué es obispar, Pedro Javier. Todos los días veintiocho, cuando cobra la paga, se bebe cuatro magnos y se fuma un partagás. Se sube a un rato a una silla como para predicar el exterminio y monologa así:

 

- Dicen que el futuro será lo que entre todos queramos que sea. ¡Qué fácil es decir que el futuro será lo que entre todos queramos que sea. ¡Qué fácil es decir con los años comprenderás entonces!. ¡Qué fácil es decir que el rock and roll puede salvar al mundo! ¡Qué fácil es decir por la benevolencia de Dios nuestro señor y que bonito es decir estoy contra la lapidación y la tortura.- Luego se sienta en el sillón de terciopelo viejo y se aquieta para un mes. 

 

     El Jenri es otro raro. Te mira sin ideas. Habla poco y es muy cabezón. Cuando se emperra, tiene cinco ginebras y él dice que son cuatro, hace como los enfermos mentales cuando mueven la cabeza diciendo no y después siguen sacudiéndola durante mucho rato. Pero en el juego sabe darse sus mañas y gana casi siempre. Juega al enganche, se pasa con las cuartas. El Jenri tiene una teoría: Todos los que engordan  mucho se llaman Cosme o Rodrigo. Los que eructan por la calle se llaman Juan José. Los miedosos se llaman Valentín. Y los que son muy corticos de aquí, dice tocándose la sien con el dedo gordo, se llaman Abundio o Federico.       

     El Ácrata. El Ácrata se junta con tres o cuatro más que no creen en el Estado. Su madre fue Miss República. El Ácrata está viudo y se gasta la paga en jugar y las putas. Al Ácrata le jode mucho que una puta le finja y cuenta: Lo primero que hago cuando voy de putas es decirle: No me vayas a fingir, eh!. Mejor te callas. Al Ácrata la vegetación le jode que se la carguen, al Ácarata le jode que vayas a un hospital a donar sangre y ni tan siquiera te den después un bocadillo de mortadela, al Ácrata le jode que se gasten las perras en ir a Marte y que los futbolistas valgan tantos millones, al Ácrata le jode lo bilingüe, pero lo que más le jode es lo de las autonomías. Pertenece al grupo de los pazguatos felices, lo he clasificado ahí porque es buen conversador y le gusta prestar y hacer favores, aunque en realidad, en el fondo del fondo, si estuviera permitido por la legislación vigente, se apretaría bien el barbuquejo y se pasearía por las instituciones autonómicas con cuatro peines de munición sobre el tórax y una escopeta máuser. 

     Otro de los raros es uno que le decimos El sobrino de Camilo Sesto. El Sobrino de Camilo Sesto no quiere agarrarse a los pasamanos de las escaleras ni coger los taburetes con la palma hacia dentro por si debajo hay mocos. Es muy nervioso. Habla como si estuviera inventando las balas y como si tuviera daño genético acumulado. Salta a la vista que ha tomado coca y se pone borde y se ríe de que los curas y los padres quieran que nos divirtamos con obediencia y disciplina, cuando piensa en esa aspiración se parte solo de risa, luego alucina y añade como habiendo descubierto algo: si los romanos hubieran conocido las taladradoras le habían hecho polvo el coño a las tías poniéndole cuero en la broca, y después cuando le bajan los puntazos balbuce: La culpa de un cometa cabrón me oprime los globos oculares. Un día me dijo: Pedro Javier, amas a una muchacha y ella nunca lo sabrá. Eso es una lástima. Entonces yo le guiñé el ojo y le confesé a manera de consolación: La gente guapa se folla a las chicas, pero nosotros somos más listos. 

     Otro pazguato feliz es El Salmolía. Vive de la paga y de tener un grupo electrógeno que alquila. Siempre está por los bares y suele venir embalao. Primero te enseña su puente nuevo con las fundas cóncavas y te explica lo bien que mastica con él. Luego cuando se bebe tres mollas el cerebro se les descacharra y le dan vueltas en el hipotálamo palabras vacías. Masculla: siéndolo, pepe, pipa, chimenea... No le importa ni una sílaba lo que tú le digas. Entra al váter, se mete los dedos en la boca, vomita riendo y despeinado, sale, paga y se va con sus fundas cóncavas nuevas. 

     Paco Bosch lo que más bebe es vino. Es el caso del típico bebedor que se inició en ello haciendo el servicio militar. Es un cojonudamente normal. Tiene colesterol alto y ácido úrico y cree que la sangre se le ha vuelto podría, lo dice así mismo: podría la sangre. Ayer estaba contento porque a su mujer le había tocado una suscripción de la Revista Semana durante un año. Colecciona puñales. Tiene muchos puñales en su casa. Cuando termina de leer el periódico casi siempre dice lo mismo, lo dobla, me lo entrega y comenta: tal vez necesitemos todos un par de buenos cojones y echarle a la vida el coraje de actuar por algún sitio. Se cortó con una rebaba metálica, lleva una mano vendada y liga las cartas con la otra mano sola. Le bromeamos diciéndole que tenga cuidado no vaya a cortársela también con el as de espadas. 

     El Pequeñeces es el más cojonudamente normal de todos. Te explica serio su problema de estreñimiento crónico. Huele a sardinas asadas y siempre cuenta las mismas cosas: cómo le insultó una vez a un urbano, cómo conoció a Paco Rabal en la mili y lo de su garaje con puertas que se abren apretando un botón. A veces se pone interesante y dice: ¡la crisis cultural es mucho más profunda que la económica, dónde vas a parar!. Un hijo suyo que vive en Cataluña es un concejal muy importante que consiguió que abrieran la biblioteca de su pueblo los sábados. 

     El Amalio es el más joven. Está en los tristes que fuman, pero también cabría en los raros. Su madre no consigue hacer carrera de él. No trabaja. No puede conducir porque es epiléptico y cuando le dan los ataques realiza los mismos movimientos de un macaco al que se le hubiese administrado por la boca una botella de lejía. Algunos días viene emporrao del Sólido y dice me gustaría ser burbujas de freixenet y hablar de la cantidad de pagodas que hay en Birmania con Jesús Quintero. Se hace pajas con fotos de Inés de la Fresange y lo cuenta. Cuando pierde, porque siempre pierde, es el que más pierde al póker, habla como si llevara una aguja cabrona en las entrañas y como si orinara piedras a la misma vez que habla. 

     El Cárnicas me explica a menudo que para castigar a un perro hay que darle confianza y zas!, porque si te ve con un palo huye. Se refiere con ello a una manera de vengarse de los maceros y los traicioneros al jugar a las cartas. Ha pedido la baja por tener un quiste y sabe muchas cosas inútiles que son como una mezcla de recuerdos de un corazón enfermo y antroposofía rural. Sabe que los salmonetes detectan los terremotos, que los condes de verdad echan peste a leche de la polla porque una vez le presentaron a un conde de verdad y dice que tenía los ojos grandes, doloridos y rancios y echaba peste a semen arretestinao, sabe que donde mejor se ve la edad de uno es en una fe de vida, que no es lo mismo tocar a la puerta que levantarse a abrir, que las ovejas dan vueltas y las cabras andan rectas. No para de contar cosas así y no cree en llorar. Dice: ¿Llorar? Llorar es hacer lágrimas Que se la casque llorar.. Y entonces yo le pregunto: ¿Muerden los jabalises, Cárnicas? 

     La Tía ludópata es la única hembra de la coya. Es un híbrido entre los pazguatos felices y los cojonudamente normales. La Tía Ludópata calza botines masculinos de cordones cruzados y cada media hora se levanta de la mesa de juego y se pone las manos en la parte de atrás de las caderas, como cuando nuestras madres paraban un poco de lavar en la pila porque no había lavadoras entonces y se llevaban las manos a los riñones como si allí sufrieran. La Tía Ludópata se sabe los favores de la mula que hacía milagros con San Bartolomé. La Tía Ludópata se llama Isi Sayago, tiene un nombre bonito y presume de él. Resulta encantadora su manera de venirte con cuentos para que le prestes. Viene con sus ojos color caramelo y te pone la misma cara que los pájaros cuando están en el nido y piden de comer. Le gusta mucho la palabra Elche y dice que cierra los ojos, cuenta once murciélagos y se duerme. Por eso es partidiaria de que el insomnio más que una enfermedad es una manía de las personas. 

     Al Tedy le faltó una décima de visión para poder entrar en la ONCE, trabaja en lo que le sale, la semana pasada en repintar un tiovivo de la feria. Alguna vez ha vendido hasta miel y patatas nuevas en la autovía de Cartagena. El Tedy se las da de filósofo y me dijo un día: La verdad, la verdad, me joden los que siempre están con la verdad. Yo estoy hasta los cojones de la verdad. La verdad no es bueno encontrarla, porque qué haces con ella, lo importante es qué haces con ella. Dijo eso como un perfecto cojonudamente normal. Hace dos meses le picó una avispa en la lengua al beber de un bote de fanta y estuvo a punto de morirse. Cuando salió del hospital lo primero que hizo fue venir a contarlo. Nos dijo ilusionado: Te meten un tubo por la traquea, agua, electrolitos y alimento, pero te salvan, tú, te salvan!. Se sabe un palíndromo y lo dice mucho: Isaac no ronca así. 

     Entre los tristes que fuman para olvidar la vida está El Elpidio. Al Elpidio le encanta hablar de lo mal que está todo. Cree que en Estados Unidos venden pistolas en las farmacias. Se pone místico, se sincera y Te cuenta al oído: los cargos públicos de los entes se cepillan a las mejores tías, mientras que los escritores y los de Izquierda Unida denuncian el sectarismo y la incompetencia y luchan porque pongan otra vez el tren, ellos se apuntan a partidos políticos que actúan como bandas y luego se hinchan. Pero a quién le dices eso. ¿Cómo lo denuncias?, ¿mandas una carta?. Si le dieran en un premio veinticuatro horas para disfrutarlas junto a Cindy Crawfort seguro que las pasaría intentando convencerla de lo mal que está el mundo. Algunas veces amenaza y dice: un día voy a hacer una lista de las cosas de las que estoy cansao. 

     Pero al que más quiero de todos, el mejor, el más único es Charly Trueba. Charly tiene unos treinta y ocho o cuarenta años y grandes lorzas de grasa en su cintura. Viste siempre con chándal baratos y en su cabeza abunda un pelo negro y grasiento que, como el ala de un cuervo, se le aplasta en el centro de las sienes. Hace tres años se dio un tiro en la boca y le tuvieron que poner carne del culo, por eso lleva un remiendo más claro y alopécico que va desde el pómulo a la comisura izquierda de sus labios. Charly sabe mover con dignidad su ancho tórax y se pasea por ahí con ese aspecto de lobotomía que tienen los yonkis y los depresivos generales que abusan del tranxilium. Si lo miras fijamente parece como si le hubieran calmado los nervios con algo religioso, con una semántica eficaz sobre el panteísmo o Jehová. Tiene también la tristeza de un resucitado que regresara de un sueño del que hace mucho tiempo los demás despertaron, esa especie de tristeza de Onán que tienen los distintos, los que no quieren cuentas con el resto, los que ejercen de jóvenes una extraña intuición de darse cuenta enseguida de que todo está vacío, desoladamente vacío y la vida está hecha para que la perdamos. Es en definitiva una de esas personas hastiadas, decepcionadas, que se retiran de la circulación y huyen sin tregua del centro de las calles. No habla. No da guerra. No sabe qué es la ONU, ni qué es la UGT. Viene todas las noches al Shamanta´s, se acoda en un rincón y fuma despacito. Se coloca cigarros dulcemente en su boca, en su boca que bebe porque no tiene nada que decir. Bebe solemnemente, doblando las falanges peludas de sus hermosos dedos gordos desprovistos de anillos, agarrando el vaso como si le perteneciera de por vida. Me encanta su modo de estar quieto. Se lleva los dedos a la mandíbula y los deja allí mientras escucha la música que sale de la máquina o mira fijamente al televisor que siempre está encendido sin sonido ninguno, mostrando el baboseo de las imágenes. A veces coge el vaso y ausculta su interior, mira por él como si fuera un tubo o lo mueve despacio delante de sus ojos observando el vaivén del líquido oscilar en las paredes. Bebe mucho, no para, no se harta nunca de beber lo mismo. Se atiborra de cientotrés con cocacola. Bebe como si no le esperara un mañana, con solemnidad y aplomo y gran sabiduría, no como estos imbéciles que lo hacen para mostrarse alegres, simpáticos e ingeniosos y recorren muchos metros cuadrados con el vaso en la mano y repitiendo comentarios babeantes para seguir la risa. Charly bebe instalado en su rutina base, casi comportándose como un viejo antropólogo que contemplara desapasionadamente una tribu cualquiera de la que ya lo sabe todo, aserrando sin prisa su salud. Si lo miras demasiado te sonríe como si le hiciera mucha gracia tu cara, te sonríe seguro de sí mismo, seguro de haber elegido el camino acertado y se ríe de ti como si fueras tonto, tonto sin comprender o comprendiendo, tonto que estás mirando como si la vida fuese una olimpiada en la que todos estuviéramos siendo momentáneamente los últimos. Charly se parece en el aplomo y en la seguridad a esos hombres de la mafia que pueden dominar sus emociones y miran despacio lo que les queda del puro. Nos tiene calados a todos y no le gusta el mundo como es. Por eso bebe así, autista y cadencioso, levantándose a veces para echar cinco duros en la máquina y poner "el gato que está triste y azul", por eso mira ensimismado el televisor sin sonido y sigue las peripecias mudas de un concurso televisivo o el ordeño gracioso de una búfala en un decorado de poliuretano o cómo en los vídeos porno se corren y dan de sí. Charly no tiene problemas financieros tiene pagas y rentas de la madre. Es tan lindo vivir así: no faltarte dinero y dejar que la vida vaya pasando sola, ahora que España ya no duele tanto y las viejas causas se han podrido todas como ramas mojándose en el agua, tan lindo así: estar sudando y respirar a gusto. Sé que Charly Trueba un día de estos con los ojos cerrados caminará hacia el ruido de unos acantilados o se tirará desde el puente del viaducto y adquirirá con su muerte la luctuosa importancia que adquieren en un día, el de su entierro, los que se mueren jóvenes o se suicidan, pero mientras tanto, Charly está con nosotros, bebiendo en el Shamanta´s, hundido en el veneno de no creer en nada, dueño de su tristeza existencial y sintiendo, como yo, como todos, que la vejez empieza con dolores suaves en las articulaciones y en alma. 

     Y aquí estamos todos un día y otro día, gente que se ha acomodado instintiva y quietamente en el mundo, gente que se segrega de la vida corriente, gente que solamente tose, bebe mucho, se peina y se abotona, gente que si te acercas te da con su tristeza. Pero también gente digna y distinta que ha elegido el silencio o matarse con vodka y soledad. De vez en cuando pasan cosas. De vez en cuando entra alguien del hospital que está aquí al lado para sacar malboro de la máquina o tomarse un vermú. Una vez vino a pedir dinero una mujer en bragas y borracha. Pero la gente del Shamanta´s ni tan siquiera tenemos una esperanza de que suceda algo desconocido y quizás importante, no tenemos verdaderos planes ni esperamos nada del espectáculo general, sólo nos permitimos el lujo de beber y reír y nuestras vidas son algo que el tiempo poco a poco se va encargando de gastar, vidas despaciosas como a cámara lenta, vidas de espíritus pasivos que no saben que existe la nostalgia, vidas como las de alguien que en la biblioteca de la cárcel se esté leyendo ahora mismo tranquilo una tragedia griega, vidas que tienen esa tristeza cuántica de pensar en lo que hacemos o dejamos de hacer todos los días. 

     Algunas veces suena esa canción de Pablo Abraira: Gavilán o paloma y yo miro con ternura y querencia a todas estas criaturas, estos últimos seres que envejecen solos y beben vino malo y se quedan dormidos y les apesta el aliento y roncan y se despiertan y empiezan otra vez y se mueren despacio. Cuando llueve es precioso también verlos mirar ensimismados cómo cae la lluvia, poniendo sus ojos en un bote que baila en medio de la calle mientras llueve. A lo mejor viven sin hacer hincapié en la religión, a lo mejor viven sin echar en las huchas contra el cáncer, a lo mejor tienen perdida la fe en todo lo bueno de este puto mundo, a lo mejor deben doscientos euros en la carnicería, pero son hermoso mirando un bote en la calle mientras llueve o mirando tranquilos la calma de la luz en los cristales o sentados en los sillones de la estufa como palomas muertas en un hombre dormido. Sí, los de la barra del Shamanta´s, este club de los últimos seres, somos como escombros de una cultura que ha dejado ya de mandar, pero algunas veces, muchas veces, mientras otros seres humanos viven y compiten en las ciudades para hacer progresos en su integración social o cósmica, nosotros sentimos empujones de alegría y agradecimiento, algunas veces, aquí dentro, algo se parece durante nueve segundos a cuando abrimos los ojos después de los abrazos y los besos y entonces todo es hermoso, somos hermosos, el whisky es hermoso, es seis de oros es hermoso, el Cárnicas es hermoso, el serrín para las vomiteras es hermoso, Pablo Abraira es hermoso, la coñá es hermosa,... y el ruido de un helicóptero que viene al hospital para traer un hígado o llevarse a alguien grave hace que todos callemos con respeto como tendiendo con ello a la piedad humana y la vida prosigue muy despacio como un cordero blanco entre nosotros. 

  

* Relato premiado en certamen literario “José López Salazar” del Ayuntamiento de Muskiz (2004).

Miguel Sánches Robles nació en Caravaca de la Cruz, España (1957). Es escritor y profesor de Historia. Cuenta en su haber con numerosos premios literarios, tanto en el ámbito de la poesía como de la narrativa. Es un poeta cuya madurez creativa le ha llevado al territorio de la narración lírica configurando un estilo y un universo personal, una manera de decir y desvelar que le es propia. Ha obtenido, entre otros, los premios de poesía: “Miguel Hernández”, “Ciudad de Irún”, “Bahía”, “Rafael Morales”, “Barcarola” y “Fundación Colegio del Rey de Alcalá de Henares”, y en narrativa: “Fray Luis de León”, “Camilo José Cela”, “Ignacio Aldecoa” y “Fernández Lema”. De sus obras publicadas destacan: El Tiempo y la Sustancia, La perra diecinueve, Síndrome de tanto esperar tanto, Palabras para un tiempo sin respuestaCuento cosas del huésped que me habita y la novela La tristeza del barro.