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“No siempre la existencia es noble como el juego
y
hay siempre jugadores más nobles que la vida”
Carlos Marzal
Las tardes en el Shamanta´s son aburridas y sin significado y yo soy
adicto a los detalles microscópicos de la estupidez humana general.
El Shamanta´s es un lugar baldío donde se acaba el mundo, sin
carburo posible, donde hay tristes que fuman para olvidar la vida o
se meten los dedos en la boca para vomitar riendo y despeinados,
donde todos mantenemos anestesiadas relaciones con lo rutinario como
si tuviéramos células de mamífero in vitro, donde la existencia se
conjuga cada día en una eucaristía pequeñita y una luz sin daño baja
desde el sodio de los fluorescentes y nos unta los ojos de anorexia
cristiana y hedonismo. Siento ternura y empatía por estos filisteos
portavoces de la trivialidad de la vida que se parecen en la cara a
Jak Palance y a Ana Sagasti y vienen por aquí con sus pequeñas
porciones de vergüenza y esperanza y aterrizan en la barra como
golondrinas secas para expresarse con una antigua elocuencia
extinguida, para contarte con importancia, porque lo acaban de oír
en la radio, que el gobierno va dar pronto luz verde al vacuno o que
un fabricante de supositorios subvenciona un museo; hombres que
visten sin gusto y su casa es triste, hombres con enormes desastres
dentales, sin propósito de nada superior, hombres cuyos corazones
son una bella durmiente que no sueña con despertar, pero que tienen
una belleza interna que sólo se encuentra en los lémures y ejercen
el orgullo de saber buenos chistes y palabras viejas que a mí me
gustan mucho. Por aquí vienen siempre los mismos: una raza de
solitarios echados al mundo que juegan al desquite con la vida.
Igual que hay indígenas a los que les incordia el clítoris, igual
que hay jovencitos rubios con perilla que venden pegatinas que dicen:
Jesús te ama, igual que hay encomiastas de mierda enamorados de la
palabrería y del sistema político español que cuando alguien critica
algo enseguida piensan: este hijodeputa es negativo, igual que hay
amanerados que miran soñadoramente hacia las montañas y preparan
sopas findus y meten en el microondas baritas de merluza capitán
pescanova y dicen supertequiero y superguay, igual que hay el
entrenador de los cinco delfines hembra que protagonizan la serie
Fliper en la televisión, igual que la Nestlé no quiere negros...
también hay esta gente que toma carajillos y vichís y se juega las
perras despacio en el Shamanta´s porque todo cansa y se sabe, porque
los vicios son como la propina de la vida, porque hay que vivir y
uno tiene que matar el tiempo como sea.
Los quiero a
todos como dulces criaturas de pura intensidad, no quisiera parecer
amanerado, pero los quiero así, repito, como dulces criaturas de
pura intensidad. Me encanta cuando dicen gomitar y cuando
dicen: me se van a ver los sesos y vas a perder el chucho
en catauras, cuando dicen delante de La Tía Ludópata: he
perdío sinsibilidad en el gajo o dicen: separtá o dicen:
miaja, o dicen: Este mundo no me entiende a mí. Todas
esas palabras que pronuncian con voluntad agoniosa los que pierden
mucho dinero en una sola noche jugando al póker o al jilay, y se
expresan así: las cartas lo que tiran es a hundirlo a uno.
Otros, los encimarios, los que vienen sólo a mirar y a escupir un
poco en los rincones, te echan el brazo por encima y te dicen al
oído, como en secreto, como sintiéndose víctimas de que las
conversaciones de las barberías hayan pasado a la televisión y a los
periódicos: Tío, En internet puedes encontrar puentes himalayos y
sexo duro por un tubo, por un tubo. Me encanta cómo dicen por un
tubo. Yo los oigo pronunciar esas cosas mientras les pongo
platos con cacarujas y cervezas y vasos largos de jota be con hielo
y ellos me pagan con fichas del juego y yo les doy las vueltas en
metálico. La gente somos así: nos acostumbramos a las mismas
conversaciones y a los mismos bares que nos mustian el alma y vamos
gastando la vida como podemos. En la calle atardece suavísimo y
hermoso y los que estamos aquí dentro no somos más que una especie
de club de los últimos seres, gente que sabe que los cisnes no
cantan cuando mueren, gente que existe como los ruiseñores que pían
cerca de los conventos, gente para la cual no es doloroso
acostumbrarse a la fatiga, gente que tiene esa “alegre amargura
de vivir un día más”. Pero no nos sentimos culpables de nada
porque todos hemos llevado una existencia insípida y humilde y
pensamos que lo realmente bueno sólo está en las películas y que lo
que de verdad llevamos es una vida póstuma que hay que saber gastar
con mucha sabiduría, una sabiduría que consiste en convertir la
existencia en una lentitud de sustancia litúrgica.
Dicen que las
conversaciones tarde o temprano se convierten en lamentaciones de
una grandeza perdida. Siempre uno se esfuerza al máximo pensando en
encontrar la senda de algo maravilloso y termina empachándose de una
inaudita trivialidad, pero yo tengo suerte porque a mí esa
trivialidad me gusta, me hace bien. No busco el sentimiento de algo
nuevo por lo que sufrir, ya sólo busco estarme quieto y manso,
paladear la vida como viene, sin mariconerías, sin imbecilmundismo,
sin forzar nada nuevo distinto a lo que hay, porque lo único que se
puede hacer es esperar en vano no sé qué mirando cómo pasa un tren o
vuela un águila. Es muy importante ver cómo vuela un águila o mirar
cómo esplenden los astros desplomados y hay poco más que la verdad
rotunda de estos seres sin ansia del Shamanta´s, estos seres que
esplenden como astros desplomados.
Sí. Mientras
en los lugares importantes hay una biomasa de las mismas moscas en
la misma mierda, mientras hay gente que come dorada a la sal en los
hoteles de cinco estrellas en el mes de mayo porque se llevan mucha
comisión en lo que sea, tienen sedantes y bien remunerados empleos
nacionales o son traficantes de droga, mientras que en los sitios de
pro están los que les gusta más los ismos: socialismo, liberalismo,
romanticismo; y los que les gustan más las ica: robótica,
informática, dietética, aquí, en el Shamanta´s estamos los que nos
gustan más las mollas, tendemos a las mollas igual que el cardenal
tiende al papado, cada golpe una molla, cada cubalibre, cada coñá,
cada gintonic se llama una molla. Por ahí admiten sin rechistar que
resolver problemas de trigonometría es la prueba más clara de
inteligencia que hay, pero aquí en el Samanta´s nos basta con saber
que un conjunto es un redondel con cosas dentro y la inteligencia
sirve para conseguir cobrar una paga por minusvalía y ligar muchas
cuartas al jilay.
A los del
Samantás, yo los tengo clasificados en cuatro grupos: Los tristes
que fuman para soportar la vida, los pazguatos felices, los raros y
los cojonudamente normales.
Bigotito
Blanco es el más fumador de todos. Lo hace sin parar. Fuma como si
la vida fuera una mierda. Es funcionario de juzgado jubilado y trata
a todo el mundo con esa simpatía y conmiseración que usamos con los
tontos. Algún día tuvo que darse cuenta de algo muy importante y
decidió que lo único que quería, lo que más deseaba en este mundo
eran vasos de vino blanco y fumar. La cerveza y los berberechos han
dejado de tener ya gracia para él. Los sábados por la mañana siempre
se toma una tostada con canela en el centro, es la única canela que
gasto en este bar. Cada vez que tose y le viene un ahogo, cuando se
le pasa te mira con conciencia de que le reprochas su tabaquismo, se
pone jodío y te pregunta: ¿Si un hombre quiere apartarse del mundo y
mirar hacia la pared el resto de los días que le quedan tiene
derecho a hacerlo o no? A ver, dímelo, ¿tiene derecho o no?. Una vez
se lo llevó su hija a Benidorm y vino flipado de que en los sitios
turísticos haya encargados que te conducen al hotel en caso de
borrachera. Cuando se cansa se levanta de la mesa de juego, pide una
manzanilla con anís, se sienta en el escay y le explica al Viriato
que es mejor cepillarse desde la encía hasta el diente.
El que hace
cabeza en el grupo de los raros se llama el Rivero, pero le decimos
Juan Salvador Gaviota. Juan Salvador Gaviota tiene la tristeza de un
mortinato. Adora el atún de ijá, el Magno y la Bombay con casera. Se
ve que la circulación de la sangre en el cerebro le produce pequeños
olvidos benignos o algo así y entonces deslavaza, mezcla cosas raras,
cosas que no casan, pero quieren como casar, a lo mejor va y dice:
Han inventado un tipo especial de vibrador que se llama la lengua y
los obispos desacreditan a la Iglesia con esto de Gescartera y los
políticos desacreditan a la democracia con esto de no hacer ná. Une
las dos cosas y si se presenta les suma una tercera, dice después:
Noviembre es como un tránsito o me gusta la manera de cómo las
abejas se comportan. Y al final de todo, sorprendentemente, sus
palabras tienen una potencia enorme de realidad transmitida. Cuando
me dice una de esas cosas para seguir la coba le pregunto: ¿Los
obispos obispan? ¿Qué obispan los obispos? y él me responde serio y
yéndose de mi lado: Yo no sé qué es obispar, Pedro Javier. Todos los
días veintiocho, cuando cobra la paga, se bebe cuatro magnos y se
fuma un partagás. Se sube a un rato a una silla como para predicar
el exterminio y monologa así:
- Dicen que el
futuro será lo que entre todos queramos que sea. ¡Qué fácil es decir
que el futuro será lo que entre todos queramos que sea. ¡Qué fácil
es decir con los años comprenderás entonces!. ¡Qué fácil es decir
que el rock and roll puede salvar al mundo! ¡Qué fácil es decir por
la benevolencia de Dios nuestro señor y que bonito es decir estoy
contra la lapidación y la tortura.- Luego se sienta en el sillón de
terciopelo viejo y se aquieta para un mes.
El Jenri es
otro raro. Te mira sin ideas. Habla poco y es muy cabezón. Cuando se
emperra, tiene cinco ginebras y él dice que son cuatro, hace como
los enfermos mentales cuando mueven la cabeza diciendo no y después
siguen sacudiéndola durante mucho rato. Pero en el juego sabe darse
sus mañas y gana casi siempre. Juega al enganche, se pasa con las
cuartas. El Jenri tiene una teoría: Todos los que engordan mucho se
llaman Cosme o Rodrigo. Los que eructan por la calle se llaman Juan
José. Los miedosos se llaman Valentín. Y los que son muy corticos de
aquí, dice tocándose la sien con el dedo gordo, se llaman Abundio o
Federico.
El Ácrata. El Ácrata se junta con
tres o cuatro más que no creen en el Estado. Su madre fue Miss
República. El Ácrata está viudo y se gasta la paga en jugar y las
putas. Al Ácrata le jode mucho que una puta le finja y cuenta: Lo
primero que hago cuando voy de putas es decirle: No me vayas a
fingir, eh!. Mejor te callas. Al Ácrata la vegetación le jode que se
la carguen, al Ácarata le jode que vayas a un hospital a donar
sangre y ni tan siquiera te den después un bocadillo de mortadela,
al Ácrata le jode que se gasten las perras en ir a Marte y que los
futbolistas valgan tantos millones, al Ácrata le jode lo bilingüe,
pero lo que más le jode es lo de las autonomías. Pertenece al grupo
de los pazguatos felices, lo he clasificado ahí porque es buen
conversador y le gusta prestar y hacer favores, aunque en realidad,
en el fondo del fondo, si estuviera permitido por la legislación
vigente, se apretaría bien el barbuquejo y se pasearía por las
instituciones autonómicas con cuatro peines de munición sobre el
tórax y una escopeta máuser.
Otro de los
raros es uno que le decimos El sobrino de Camilo Sesto. El Sobrino
de Camilo Sesto no quiere agarrarse a los pasamanos de las escaleras
ni coger los taburetes con la palma hacia dentro por si debajo hay
mocos. Es muy nervioso. Habla como si estuviera inventando las balas
y como si tuviera daño genético acumulado. Salta a la vista que ha
tomado coca y se pone borde y se ríe de que los curas y los padres
quieran que nos divirtamos con obediencia y disciplina, cuando
piensa en esa aspiración se parte solo de risa, luego alucina y
añade como habiendo descubierto algo: si los romanos hubieran
conocido las taladradoras le habían hecho polvo el coño a las tías
poniéndole cuero en la broca, y después cuando le bajan los puntazos
balbuce: La culpa de un cometa cabrón me oprime los globos oculares.
Un día me dijo: Pedro Javier, amas a una muchacha y ella nunca lo
sabrá. Eso es una lástima. Entonces yo le guiñé el ojo y le confesé
a manera de consolación: La gente guapa se folla a las chicas, pero
nosotros somos más listos.
Otro pazguato
feliz es El Salmolía. Vive de la paga y de tener un grupo
electrógeno que alquila. Siempre está por los bares y suele venir
embalao. Primero te enseña su puente nuevo con las fundas cóncavas y
te explica lo bien que mastica con él. Luego cuando se bebe tres
mollas el cerebro se les descacharra y le dan vueltas en el
hipotálamo palabras vacías. Masculla: siéndolo, pepe, pipa, chimenea...
No le importa ni una sílaba lo que tú le digas. Entra al váter, se
mete los dedos en la boca, vomita riendo y despeinado, sale, paga y
se va con sus fundas cóncavas nuevas.
Paco Bosch lo
que más bebe es vino. Es el caso del típico bebedor que se inició en
ello haciendo el servicio militar. Es un cojonudamente normal. Tiene
colesterol alto y ácido úrico y cree que la sangre se le ha vuelto
podría, lo dice así mismo: podría la sangre. Ayer
estaba contento porque a su mujer le había tocado una suscripción de
la Revista Semana durante un año. Colecciona puñales. Tiene muchos
puñales en su casa. Cuando termina de leer el periódico casi siempre
dice lo mismo, lo dobla, me lo entrega y comenta: tal vez
necesitemos todos un par de buenos cojones y echarle a la vida el
coraje de actuar por algún sitio. Se cortó con una rebaba metálica,
lleva una mano vendada y liga las cartas con la otra mano sola. Le
bromeamos diciéndole que tenga cuidado no vaya a cortársela también
con el as de espadas.
El Pequeñeces
es el más cojonudamente normal de todos. Te explica serio su
problema de estreñimiento crónico. Huele a sardinas asadas y siempre
cuenta las mismas cosas: cómo le insultó una vez a un urbano, cómo
conoció a Paco Rabal en la mili y lo de su garaje con puertas que se
abren apretando un botón. A veces se pone interesante y dice: ¡la
crisis cultural es mucho más profunda que la económica, dónde vas a
parar!. Un hijo suyo que vive en Cataluña es un concejal muy
importante que consiguió que abrieran la biblioteca de su pueblo los
sábados.
El Amalio es
el más joven. Está en los tristes que fuman, pero también cabría en
los raros. Su madre no consigue hacer carrera de él. No trabaja. No
puede conducir porque es epiléptico y cuando le dan los ataques
realiza los mismos movimientos de un macaco al que se le hubiese
administrado por la boca una botella de lejía. Algunos días viene
emporrao del Sólido y dice me gustaría ser burbujas de freixenet y
hablar de la cantidad de pagodas que hay en Birmania con Jesús
Quintero. Se hace pajas con fotos de Inés de la Fresange y lo cuenta.
Cuando pierde, porque siempre pierde, es el que más pierde al póker,
habla como si llevara una aguja cabrona en las entrañas y como si
orinara piedras a la misma vez que habla.
El Cárnicas
me explica a menudo que para castigar a un perro hay que darle
confianza y zas!, porque si te ve con un palo huye. Se refiere con
ello a una manera de vengarse de los maceros y los traicioneros al
jugar a las cartas. Ha pedido la baja por tener un quiste y sabe
muchas cosas inútiles que son como una mezcla de recuerdos de un
corazón enfermo y antroposofía rural. Sabe que los salmonetes
detectan los terremotos, que los condes de verdad echan peste a
leche de la polla porque una vez le presentaron a un conde de verdad
y dice que tenía los ojos grandes, doloridos y rancios y echaba
peste a semen arretestinao, sabe que donde mejor se ve la edad de
uno es en una fe de vida, que no es lo mismo tocar a la puerta que
levantarse a abrir, que las ovejas dan vueltas y las cabras andan
rectas. No para de contar cosas así y no cree en llorar. Dice: ¿Llorar?
Llorar es hacer lágrimas Que se la casque llorar.. Y entonces yo le
pregunto: ¿Muerden los jabalises, Cárnicas?
La Tía
ludópata es la única hembra de la coya. Es un híbrido entre los
pazguatos felices y los cojonudamente normales. La Tía Ludópata
calza botines masculinos de cordones cruzados y cada media hora se
levanta de la mesa de juego y se pone las manos en la parte de atrás
de las caderas, como cuando nuestras madres paraban un poco de lavar
en la pila porque no había lavadoras entonces y se llevaban las
manos a los riñones como si allí sufrieran. La Tía Ludópata se sabe
los favores de la mula que hacía milagros con San Bartolomé. La Tía
Ludópata se llama Isi Sayago, tiene un nombre bonito y presume de él.
Resulta encantadora su manera de venirte con cuentos para que le
prestes. Viene con sus ojos color caramelo y te pone la misma cara
que los pájaros cuando están en el nido y piden de comer. Le gusta
mucho la palabra Elche y dice que cierra los ojos, cuenta once
murciélagos y se duerme. Por eso es partidiaria de que el insomnio
más que una enfermedad es una manía de las personas.
Al Tedy le
faltó una décima de visión para poder entrar en la ONCE, trabaja en
lo que le sale, la semana pasada en repintar un tiovivo de la feria.
Alguna vez ha vendido hasta miel y patatas nuevas en la autovía de
Cartagena. El Tedy se las da de filósofo y me dijo un día: La verdad,
la verdad, me joden los que siempre están con la verdad. Yo estoy
hasta los cojones de la verdad. La verdad no es bueno encontrarla,
porque qué haces con ella, lo importante es qué haces con ella. Dijo
eso como un perfecto cojonudamente normal. Hace dos meses le picó
una avispa en la lengua al beber de un bote de fanta y estuvo a
punto de morirse. Cuando salió del hospital lo primero que hizo fue
venir a contarlo. Nos dijo ilusionado: Te meten un tubo por la
traquea, agua, electrolitos y alimento, pero te salvan, tú, te
salvan!. Se sabe un palíndromo y lo dice mucho: Isaac no ronca así.
Entre los
tristes que fuman para olvidar la vida está El Elpidio. Al Elpidio
le encanta hablar de lo mal que está todo. Cree que en Estados
Unidos venden pistolas en las farmacias. Se pone místico, se sincera
y Te cuenta al oído: los cargos públicos de los entes se cepillan a
las mejores tías, mientras que los escritores y los de Izquierda
Unida denuncian el sectarismo y la incompetencia y luchan porque
pongan otra vez el tren, ellos se apuntan a partidos políticos que
actúan como bandas y luego se hinchan. Pero a quién le dices eso. ¿Cómo
lo denuncias?, ¿mandas una carta?. Si le dieran en un premio
veinticuatro horas para disfrutarlas junto a Cindy Crawfort seguro
que las pasaría intentando convencerla de lo mal que está el mundo.
Algunas veces amenaza y dice: un día voy a hacer una lista de las
cosas de las que estoy cansao.
Pero al que más quiero de todos, el mejor, el
más único es Charly Trueba. Charly tiene unos treinta y ocho o
cuarenta años y grandes lorzas de grasa en su cintura. Viste siempre
con chándal baratos y en su cabeza abunda un pelo negro y grasiento
que, como el ala de un cuervo, se le aplasta en el centro de las
sienes. Hace tres años se dio un tiro en la boca y le tuvieron que
poner carne del culo, por eso lleva un remiendo más claro y
alopécico que va desde el pómulo a la comisura izquierda de sus
labios. Charly sabe mover con dignidad su ancho tórax y se pasea por
ahí con ese aspecto de lobotomía que tienen los yonkis y los
depresivos generales que abusan del tranxilium. Si lo miras
fijamente parece como si le hubieran calmado los nervios con algo
religioso, con una semántica eficaz sobre el panteísmo o Jehová.
Tiene también la tristeza de un resucitado que regresara de un sueño
del que hace mucho tiempo los demás despertaron, esa especie de
tristeza de Onán que tienen los distintos, los que no quieren
cuentas con el resto, los que ejercen de jóvenes una extraña
intuición de darse cuenta enseguida de que todo está vacío,
desoladamente vacío y la vida está hecha para que la perdamos. Es en
definitiva una de esas personas hastiadas, decepcionadas, que se
retiran de la circulación y huyen sin tregua del centro de las
calles. No habla. No da guerra. No sabe qué es la ONU, ni qué es la
UGT. Viene todas las noches al Shamanta´s, se acoda en un rincón y
fuma despacito. Se coloca cigarros dulcemente en su boca, en su boca
que bebe porque no tiene nada que decir. Bebe solemnemente, doblando
las falanges peludas de sus hermosos dedos gordos desprovistos de
anillos, agarrando el vaso como si le perteneciera de por vida. Me
encanta su modo de estar quieto. Se lleva los dedos a la mandíbula y
los deja allí mientras escucha la música que sale de la máquina o
mira fijamente al televisor que siempre está encendido sin sonido
ninguno, mostrando el baboseo de las imágenes. A veces coge el vaso
y ausculta su interior, mira por él como si fuera un tubo o lo mueve
despacio delante de sus ojos observando el vaivén del líquido
oscilar en las paredes. Bebe mucho, no para, no se harta nunca de
beber lo mismo. Se atiborra de cientotrés con cocacola. Bebe como si
no le esperara un mañana, con solemnidad y aplomo y gran sabiduría,
no como estos imbéciles que lo hacen para mostrarse alegres,
simpáticos e ingeniosos y recorren muchos metros cuadrados con el
vaso en la mano y repitiendo comentarios babeantes para seguir la
risa. Charly bebe instalado en su rutina base, casi comportándose
como un viejo antropólogo que contemplara desapasionadamente una
tribu cualquiera de la que ya lo sabe todo, aserrando sin prisa su
salud. Si lo miras demasiado te sonríe como si le hiciera mucha
gracia tu cara, te sonríe seguro de sí mismo, seguro de haber
elegido el camino acertado y se ríe de ti como si fueras tonto,
tonto sin comprender o comprendiendo, tonto que estás mirando como
si la vida fuese una olimpiada en la que todos estuviéramos siendo
momentáneamente los últimos. Charly se parece en el aplomo y en la
seguridad a esos hombres de la mafia que pueden dominar sus
emociones y miran despacio lo que les queda del puro. Nos tiene
calados a todos y no le gusta el mundo como es. Por eso bebe así,
autista y cadencioso, levantándose a veces para echar cinco duros en
la máquina y poner "el gato que está triste y azul", por eso mira
ensimismado el televisor sin sonido y sigue las peripecias mudas de
un concurso televisivo o el ordeño gracioso de una búfala en un
decorado de poliuretano o cómo en los vídeos porno se corren y dan
de sí. Charly no tiene problemas financieros tiene pagas y rentas de
la madre. Es tan lindo vivir así: no faltarte dinero y dejar que la
vida vaya pasando sola, ahora que España ya no duele tanto y las
viejas causas se han podrido todas como ramas mojándose en el agua,
tan lindo así: estar sudando y respirar a gusto. Sé que Charly
Trueba un día de estos con los ojos cerrados caminará hacia el ruido
de unos acantilados o se tirará desde el puente del viaducto y
adquirirá con su muerte la luctuosa importancia que adquieren en un
día, el de su entierro, los que se mueren jóvenes o se suicidan,
pero mientras tanto, Charly está con nosotros, bebiendo en el
Shamanta´s, hundido en el veneno de no creer en nada, dueño de su
tristeza existencial y sintiendo, como yo, como todos, que la vejez
empieza con dolores suaves en las articulaciones y en alma.
Y aquí
estamos todos un día y otro día,
gente que se ha acomodado instintiva y quietamente en el mundo,
gente que se segrega de la vida corriente, gente que solamente tose,
bebe mucho, se peina y se abotona, gente que si te acercas te da con
su tristeza. Pero también gente digna y distinta que ha elegido el
silencio o matarse con vodka y soledad. De vez en cuando
pasan cosas. De vez en cuando entra alguien del hospital que está
aquí al lado para sacar malboro de la máquina o tomarse un vermú.
Una vez vino a pedir dinero una mujer en bragas y borracha. Pero la
gente del Shamanta´s ni tan siquiera tenemos una esperanza de que
suceda algo desconocido y quizás importante, no tenemos verdaderos
planes ni esperamos nada del espectáculo general, sólo nos
permitimos el lujo de beber y reír y nuestras vidas son algo que el
tiempo poco a poco se va encargando de gastar, vidas despaciosas
como a cámara lenta, vidas de espíritus pasivos que no saben que
existe la nostalgia, vidas como las de alguien que en la biblioteca
de la cárcel se esté leyendo ahora mismo tranquilo una tragedia
griega, vidas que tienen esa tristeza cuántica de pensar en lo que
hacemos o dejamos de hacer todos los días.
Algunas veces
suena esa canción de Pablo Abraira: Gavilán o paloma y yo miro con
ternura y querencia a todas estas criaturas, estos últimos seres que
envejecen solos y beben vino malo y se quedan dormidos y les apesta
el aliento y roncan y se despiertan y empiezan otra vez y se mueren
despacio. Cuando llueve es precioso también verlos mirar
ensimismados cómo cae la lluvia, poniendo sus ojos en un bote que
baila en medio de la calle mientras llueve. A lo mejor viven sin
hacer hincapié en la religión, a lo mejor viven sin echar en las
huchas contra el cáncer, a lo mejor tienen perdida la fe en todo lo
bueno de este puto mundo, a lo mejor deben doscientos euros en la
carnicería, pero son hermoso mirando un bote en la calle mientras
llueve o mirando tranquilos la calma de la luz en los cristales o
sentados en los sillones de la estufa como palomas muertas en un
hombre dormido. Sí, los de la barra del Shamanta´s, este club de los
últimos seres, somos como escombros de una cultura que ha dejado ya
de mandar, pero algunas veces, muchas veces, mientras otros seres
humanos viven y compiten en las ciudades para hacer progresos en su
integración social o cósmica, nosotros sentimos empujones de alegría
y agradecimiento, algunas veces, aquí dentro, algo se parece durante
nueve segundos a cuando abrimos los ojos después de los abrazos y
los besos y entonces todo es hermoso, somos hermosos, el whisky es
hermoso, es seis de oros es hermoso, el Cárnicas es hermoso, el
serrín para las vomiteras es hermoso, Pablo Abraira es hermoso, la
coñá es hermosa,... y el ruido de un helicóptero que viene al
hospital para traer un hígado o llevarse a alguien grave hace que
todos callemos con respeto como tendiendo con ello a la piedad
humana y la vida prosigue muy despacio como un cordero blanco entre
nosotros.
* Relato premiado en
certamen literario “José López Salazar” del Ayuntamiento de Muskiz (2004).
Miguel Sánches Robles
nació en Caravaca de
la Cruz, España (1957). Es
escritor y profesor de Historia. Cuenta en su haber con numerosos
premios literarios, tanto en el ámbito de la poesía como
de la
narrativa. Es un poeta cuya madurez creativa le ha
llevado al territorio de la narración lírica configurando un estilo
y un universo personal, una manera de decir y desvelar que le
es propia. Ha obtenido, entre otros, los
premios de poesía: “Miguel Hernández”, “Ciudad de Irún”, “Bahía”,
“Rafael Morales”, “Barcarola” y “Fundación Colegio del Rey de Alcalá
de Henares”, y en narrativa: “Fray Luis de León”, “Camilo José Cela”,
“Ignacio Aldecoa” y “Fernández Lema”. De
sus obras publicadas destacan: El Tiempo y la Sustancia, La perra
diecinueve, Síndrome de tanto esperar tanto, Palabras para un
tiempo sin respuesta, Cuento cosas del huésped que me habita
y
la novela La tristeza del barro.
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