Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 35/36

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL COLOQUIO DE LOS ILUSTRES

por

Carlos Pérez Vaquero

 

     Valladolid, 4 de junio de 1603

 

 

     Cuando terminó el alarde de caballería en la Puerta del Campo, el joven pintor apresuró el paso para llegar al Rastro de los Carneros antes de que el campanario de La Resurrección diese por bueno el mediodía.

     No quería partir de la capital española sin haber presentado sus respetos al ilustre autor de “La Galatea” y entregarle el boceto de algunos de sus dibujos, pero disponía de pocas jornadas; por desgracia, el mal tiempo que le acompañó desde su llegada a Alicante, el 22 de abril, arruinó algunas de las pinturas de encargo que traía para la Corte de su majestad, don Felipe III, y debía restaurarlas antes de regresar a Mantua; aunque, por ventura, el Duque de Lerma, don Franciso Gómez de Sandoval, tuvo la merced de comprender la situación y puso a su disposición un aposento donde corregir los daños y perfilar un nuevo lienzo que compensara a los que se dañaron por el temporal: una representación de los filósofos griegos Demócrito y Heráclito, inspirada en las fuentes clásicas.

     Sólo disponía de aquella mañana para encontrar la vivienda del escritor y cumplir con el encargo.

     Al llegar junto a una cantina, frente al Rastro Viejo, preguntó al ventero por el alojamiento de don Miguel; el hombre se enjugó la boca con la roída manga de su sayón y señaló el portal catorce, en la otra orilla de la Esgueva, muy cerca del Hospital de la Resurrección.

     Aquel humilde vecindario contrastaba con la habitual ampulosidad de una ciudad que vivía días de fortuna. Valladolid se había convertido, de nuevo, en Sede de la Corte, recuperando su pasada consideración y grandeza como centro político de la monarquía; allí buscaban morada las personalidades del Reino y los más ilustres y gallardos prohombres, convirtiendo a la capital castellana en el eje de la vida cortesana. Por doquier se celebraban convites, mascaradas e iluminaciones, que el valido de Felipe III creaba para entretener al monarca, y se jugaba a las cañas en el Espolón o a las carreras de caballos en el Prado de la Magdalena.

     El joven no podía imaginar que don Miguel pudiera residir en un lugar como aquel, junto al matadero donde se vendían carneros tan gordos que se arrastraban a duras penas sobre sus magros; ejemplares de más de 60 arrates que los carniceros abrían en canal junto al río, provocando una pestilencia que acrecentaba la canícula del mes de junio.

     El portal de la vivienda, enlosado con baldosas de ladrillo, daba paso a un estrecho zaguán de donde partía una empinada escalerilla de acceso, junto al brocal de un pozo.

         Subió lentamente hasta la puerta principal, golpeó la aldaba en dos ocasiones y esperó. En el interior se oyeron unos pasos apresurados y el murmullo contenido de algunas mujeres.

 

     ¿Qué deseáis, caballero?

 

Hasta aquel momento, el joven pintor no fue consciente de lo poco apropiada que resultaba su vestimenta pues, aunque no estaba en su ánimo ofender a don Miguel, otras prendas, menos ostentosas, habrían sido más adecuadas para aquella penuria.

 

     Soy el maestro Pedro Pablo Rubens; quisiera conocer si el célebre autor de “La Galatea”, don Miguel de Cervantes, pudiera recibirme.

 

María de Ceballos sólo acertó a balbucear un lacónico “Aguarde usía” antes de entornar de nuevo la puerta y salir corriendo hacia el estrado donde la mujer, la hija, las hermanas y la sobrina del escritor hilaban en una rueca, sentadas sobre jamugas y cojines.

 

     ¡Seña Catalina! –le gritó a su ama.

     ¿Qué ocurre María?

     Es... Es... –fue toda su respuesta. No lograba articular palabra alguna aunque su rostro brillaba con una sonrisa bobalicona.

     ¡Parece que ha visto un ángel! –comento la pequeña Constanza.

     Es... Es tan...

     ¡Compórtate María! –la profunda voz de don Miguel acalló las risitas de las mujeres desde el fondo de su cámara– Y vos, doña Catalina, decidle a esta mujer que vuelva a los fogones de donde no debería salir si no es para acudir a la santa misa. Yo mismo atenderé la puerta.

 

Mientras la criada regresaba con los pucheros de la lumbre, diciéndose complacida “Es tan gentil, es tan apuesto”, don Miguel caminó hacia la puerta y abrió el postigo.

     El ilustre escritor tenía, a sus cincuenta y seis años, un cuerpo ni grande ni pequeño sino cargado de unas espaldas que le hacían mirar el suelo más de lo que la cabeza quisiera. Su rostro, avejentado por tantas adversidades, tenía la nariz corva; la boca pequeña; los dientes, ni menudos ni crecidos porque no tenía sino seis, mal acondicionados y peor puestos, sin correspondencia los unos con los otros; la frente lisa y desembarazada y el cabello, aún castaño, a pesar de que sus grandes bigotes y las barbas que fueron de oro, no ha veinte años, ya se habían tornado de plata.

Un viejo jubón blanco y una amplia camisa de sayo pardo bastaban para cubrirlo con dignidad y ocultar, a primera vista, su mano izquierda, perdida a merced de un arcabuzazo en la batalla de Lepanto; una herida que le imposibilitaba el movimiento, pero que también le llenaba de orgullo por haberla cobrado en tan noble ocasión.

     En la puerta de su vivienda, frente a él, aguardaba un joven pelirrojo de buen tono y aspecto distinguido que le llevaba uno o dos cotos de altura; venía vestido con unas elegantes calzas amarillas y zapatos de terciopelo a juego con una esclavina dorada. En cuanto vio a don Miguel, hizo una leve deferencia, se inclinó y saludó con el sombrero, haciéndole mil zalemas.

 

     ¿Sois vos don Miguel de Cervantes? –preguntó.

    

      El muchacho no tendría más de veinte años, pero su atuendo y sus modales cortesanos denotaban ya una refinada educación.

 

     Así es –respondió– ¿A quién tengo el honor de recibir en mi humilde morada?

       Disculpad mi atrevimiento, don Miguel –se excusó– Soy el maestro pintor Pedro Pablo Rubens. El Duque de Mantua, al que sin duda recordaréis de vuestros años de militar en Mesina y Nápoles, me envía para saber de vos, presentaros sus respetos y haceros entrega de unos bocetos dibujados a carboncillo.

       ¡El Duque de Mantua! ¡Caro Vincenzo! Espero que se encuentre bien; pero adelante, por el amor de Dios, joven maestro; dejémonos de zarandajas cortesanas y pasad a mi cámara. Sé que no es el inmueble más adecuado para recibir a visitas tan importantes como la vuestra pero, en estos días de tantas celebridades, resulta imposible encontrar otro lugar más adecuado en todo Valladolid y no crea que no lo hemos intentado.

 

     Don Miguel llevó al pintor por el vestíbulo hacia su propia cámara, dejando en el estrado a las mujeres de la familia, “las Cervantas” como eran conocidas en los corrillos de la Corte, aguardando con impaciencia las buenas nuevas que, sin duda, traería aquel ilustre visitante.

     La estancia que le recibió en el interior era tan humilde como el resto de la vivienda: un bargueño, una mesa, dos sillones fraileros y, junto a la ventana, un brasero de cobre que debía calentar la habitación en los días de crudo invierno.

 

       Es un placer conoceros en persona, don Miguel. El Duque de Mantua siempre habla maravillas de vos.

       Al contrario –respondió el escritor sentándose en uno de los dos sillones– Soy yo el que se alegra de que hayáis tenido la gentileza de visitarme. Hace días que en la Corte no se habla más que de vuestra famosa obra...

       Seguro que exageran, os lo aseguro –le interrumpió.

       ... del retrato del Duque de Lerma. Dicen que dejó amarillo de envidia al propio monarca –el comentario ruborizó al pintor– ¿Os sonrojáis? Entonces, debo tenerlo por cierto.

       Tan solo... –Rubens intentó recuperar la compostura– Me abruman tantos halagos, don Miguel. Soy yo el que no encuentra palabras para expresarle cuánto disfrute leyendo “La Galatea”.

       Lo celebro; ahora, si os place, amigo Rubens, será mejor que nos dejemos de tantos requiebros y que bebamos un buen vaso de vino. ¡María! –gritó a la criada– ¡Traed la redoma de la despensa! Disculpad que sea tan vocinglero pero, en ocasiones, debo elevar la voz para hacerme respetar entre tanta dueña de esta casa. Decidme, ¿os quedaréis mucho tiempo en la Corte?

       No; partiré de aquí a una semana. El Duque de Mantua me envió a entregar el retrato del que vos habéis oído hablar y otras pinturas, pero desde que desembarqué en España, una lluvia pertinaz arruinó muchos de los lienzos que traía conmigo; es por ello que gran parte de mi estancia he debido dedicarla a restaurar, en lo posible, cada pintura.

       Si necesitáis un lugar tranquilo donde trabajar puedo ofreceros un aposento junto a...

       Lo haría de buena gana, pero el Duque de Lerma me procuró una estancia en su palacio, junto a la Corredera de San Pablo –María se acercó portando la redoma de vino y dos vasos de barro cocido–  Me temo que el valido pudiera considerar una descortesía que mudara el alojamiento a deshora cuando tan sólo me resta una semana de trabajo. No obstante, vos mismo podéis venir a verlo.

       A fe mía que lo lamento –respondió Cervantes mientras llenaba los vasos de vino– Sé deciros que no sirvo para Palacio porque no sé lisonjear, ni mi forma de actuar se aviene a la adulación de los poderosos –bebió un sorbo y continuó– Por esa razón aún reclamo el salario de cuando el padre de su Majestad, don Felipe II, me nombró recaudador de alcabalas. Así pues, os rogaría que, luego de beber este vaso, me describieseis el último fruto de vuestro ingenio.

    

     Rubens se encontraba desolado: primero fue la ostentosa presencia de sus vestimentas y, después, la falta de prudencia al mencionar la situación en Palacio del escritor. Bebió de su vaso y las disculpas se le atragantaron en el gaznate.

 

       Desconocía vuestra situación en la Corte; en ningún momento he pretendido... –un gesto de Cervantes con la mano diestra le indicó que no debía preocuparse de aquel achaque. El pintor logró recomponer su gesto y continuó hablando– El cuadro representa al Duque de Lerma montado sobre un caballo blanco. La diferencia con los retratos que siguen la técnica del maestro Tiziano radica en que yo he representado al valido frontero –aunque su castellano era notable, el joven quiso buscar la palabra adecuada– De frente, eso es; no de perfil.

       ¡Pardiez! –comentó apurando el vaso– Que aguardo con impaciencia el momento en que pueda verlo.

       Ahora, si me lo permitís, don Miguel; he traído unos bocetos para vos –Rubens se incorporó para recoger una pequeña carpeta de cuero que, al entrar, había dejado sobre el bargueño.

       ¿Para mi? –le preguntó el escritor, incorporándose a su vez.

       El Duque de Mantua me encargó que os entregara el dibujo de dos animales, un caballo y un asno, para una novela de caballería que estabais escribiendo. Mire vuestra merced el resultado.

       ¡Por el sol que nos alumbra! –Cervantes se avergonzó de su falta de cortesía– Amigo Rubens, casi olvidé de todo punto preguntaros por mi amigo el Duque de Mantua –tomó los pliegos con sumo cuidado mientras continuó su reprensión– Henos aquí, prestos a admirar vuestros bocetos y no he sido capaz de interesarme por el hombre que os envía. ¿Cómo se encuentra Vincenzo?

       Tan cabal como siempre. En estas fechas estará en Florencia visitando La Vecchia Signoria. Antes de partir me encargó que os preguntara por esa novela de caballerías que entonces ya teníais en mente y para la cual me encargó dibujar estos bocetos.

       Aún no la he terminado, pero calculo que llegaré a concluirla el verano próximo. Será “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. La historia de un hombre que, por darse a la lectura de libros de caballerías, perderá el juicio y vendrá a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en todo el orbe: hacerse caballero andante para buscar aventuras, deshacer agravios y ponerse en peligro para cobrar eterno nombre y fama, con sus armas y su caballo.

       Entonces, espero que este dibujo de su montura os plazca.

    

     Ante si, don Miguel se encontró con el boceto a carboncillo de un rocín flaco que, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, todo piel y huesos, le pareció que ni el Babieca del Cid se le podía igualar.

 

       ¡Cuerpo de tal! Es magnífico, amigo mío –Cervantes examinó cada detalle de su figura hasta que reparó en las letras de la parte inferior– ¿Y este nombre: Rocinante?

       No hagáis caso. Disculpad mi atrevimiento. Debí borrarlo antes de venir a mostrároslos.

       Rocinante –repitió sin hacer caso a los comentarios del pintor– Me gusta. Es un nombre alto, sonoro y significativo para un rocín que debió ser un buen caballo antes. ¿Y este otro? –don Miguel observó entonces el dibujo de un asno, viejo y pardo; un pobre jumento cargado con dos pesadas alforjas al que Rubens había llamado Rucio–  No imagináis el alborozo que siento al ver plasmado mi pensamiento en la obra de vuestro ingenio. Ya estoy viendo a mi Quijote y a su fiel escudero, Sancho Panza, montados a la grupa de Rocinante y Rucio. –el escritor estrechó la mano del pintor con lágrimas en los ojos–  Los conservaré tan bien como se guarda el día del Domingo. Mil gracias por esta merced que me habéis hecho, amigo Rubens; a vos y a vuestro señor, el Duque de Mantua.

       Ahora, si me disculpáis, debo regresar a palacio. Su majestad, el rey Felipe, quiere ver los bocetos de un lienzo sobre Demócrito y Heráclito que estoy dibujando.

       ¿Los filósofos griegos?

       Sí. Me gustaría terminar esta obra antes de partir hacia Mantua. Y vos, don Miguel, ¿continuaréis residiendo en Valladolid? –el autor del Quijote se encogió de hombros.

       Hasta que se reconduzca mi situación en la Corte seguiré pegado a las faldas de la monarquía, como uno más de sus advenedizos; cuando se cansen de las orillas del Pisuerga, no tendré más remedio que seguirlos.

       Ha sido un placer conoceros, don Miguel.

       Lo mismo digo, amigo Rubens. Espero que el viaje de regreso no pase por tanta agua. Os prometo que, en cuanto publique las aventuras de Don Quijote, os haré llegar un ejemplar a Mantua. Vuestros bocetos me serán de gran ayuda para describir el rocín y el asno.

       Ha sido un honor.

       Id con Dios.

 

     En enero de 1605, el impresor madrileño Juan de la Cuesta publicó la primera parte de la novela que llegaría a ser la obra cumbre de la literatura escrita en castellano: “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Al año siguiente, los Cervantes se trasladaron con la Corte de regreso a Madrid donde el autor alcanzó un gran éxito con sus novelas aunque nunca salió de la penuria económica ni logró el reconocimiento que esperaba por parte de la Corona. Hoy en día, aún puede visitarse la casa de la calle Rastro donde el escritor alcalaíno comenzó a escribir su obra inmortal.

 

         Por su parte, Pedro Pablo Rubens se instaló definitivamente en Amberes (actual Bélgica) en 1608, donde realizó la mayor parte de sus cuadros. Fue el pintor más destacado del barroco europeo con una amplia producción caracterizada por su pasión, la rapidez de su pincelada y el colorido y grandilocuencia de sus composiciones, dotadas siempre de un gran simbolismo. El cuadro que pintó aquel verano de 1603, “Demócrito y Heráclito”, fue adquirido por el Gobierno español en una subasta a finales de 1999 y actualmente puede contemplarse, de nuevo, en Valladolid.

Carlos Pérez Vaquero nació en Valladolid, España (1969). Narrador y dramaturgo. Licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid  (1992). Tiene una Maestría en Logística y Distribución (1994) y también es Técnico de Mercadeo (1998). Actualmente trabaja para la editorial jurídica, Lex Nova. Como escritor, ha publicado artículos jurídicos en más de ochenta ocasiones, en revistas impresas, periódicos y revistas digitales especializadas, tanto de España como de América Latina (Brasil, Argentina, México, Venezuela, Perú, Panamá y Cuba); como escritor de obras de teatro y relatos breves, ha publicado también en diversas revistas españolas e iberoamericanas sus historias de diálogos frenéticos que suelen terminar con alguna sorpresa. Es un colaborador asiduo de la Revista Literaria Baquiana.