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PALABRAS DE AITOR L. LARRABIDE
(TEXTO COMPLETO)
Cuando el amigo
Manuel Roberto Leonís me pidió que le presentara el libro que hoy
celebramos, no pude negarme, por admiración y, sobre todo, por amistad,
ese valor que, aunque, por fortuna, no cotiza en bolsa, sigue siendo el
activo más seguro en tiempos de zozobra, por encima del amor o, si se
quiere, el tipo de amor más fiel y perdurable. En una época como la que
vivimos, llena de inseguridades y alternancias de modas, la pasión de
Leonís por la vida es la razón de que yo esté aquí presente esta noche
con todos ustedes.
Presentamos hoy
el segundo poemario (después del reciente Vengo pastoreando lunas,
editado también por Baquiana) de nuestro amigo, dedicado al universal
poeta, en fechas cercanas al aniversario de la muerte en trágicas
circunstancias de Miguel Hernández. Hace una semana fue fallado el
Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández, que ganó un joven catalán.
Esta mañana ha sido fallado el Premio Internacional de Periodismo y el
próximo 5 de abril celebraremos al nuevo ganador/a del Premio
Internacional de Poesía, uno de los mejores dotados económicamente del
país. Desde el principio de la gestión del actual director, Juan José
Sánchez Balaguer, prologuista del poemario de Leonís, la Fundación
Cultural Miguel Hernández pretendió aunar esfuerzos en torno al poeta;
quien ha querido sumarse a este proyecto ilusionante y variado ha tenido
las puertas abiertas. Y esta misma tarde, a pocos metros de donde nos
encontramos, en la Sede de la Universidad de Alicante, tiene lugar un
acto de homenaje a Miguel Hernández, con una conferencia de Félix
Grande. La primavera ha venido, como todos los años, con poemas de
Miguel Hernández. Pero hoy cantamos alborozados el nacimiento del libro
Vientos del sentimiento (De mi huerto a Miguel Hernández),
editado por Baquiana, en Miami, que dirige con tino y entrega Maricel
Mayor Marsán, responsable de la revista homónima. Maricel quiere tender
puentes entre América y España como, en su día, Miguel Hernández con sus
amigos poetas argentinos (Miguel Ángel Gómez, Raúl González Tuñón,
etc.), lo cual concierta admiración y el apoyo más entusiasta. Lo mismo
hace Leonís con su importante aportación en los grupos literarios Costa
Literaria y en el Grupo Poético- Literario del Instituto Miguel
Hernández, de esta ciudad: unir voces distanciadas geográficamente pero
unidas en un fervor común. En días tan tempestuosos espiritualmente como
los que vivimos resulta esperanzador que existan personas como Leonís,
conciliadoras y creyentes de su trabajo y misión.
Rosario Salinas
ya ha presentado a Leonís, así que voy a comentar el libro, no sin antes
adelantar que el autor ha sabido esperar a publicar estos poemas. Cuando
escribimos de aquello que llevamos en las entrañas, cuando respiramos
por la herida, el canto no puede dejar indiferente a nadie. Esto mismo
decía Leopoldo de Luis de la poesía de Miguel. Son ya numerosos los
trabajos hernandianos de nuestro amigo, pero sobre todo el cariño que
pone en todo lo que emprende.
Compuesto de 20
poemas, están datados desde el 28 de marzo de 1996 hasta octubre del
pasado año. Un arco temporal de nueve años en los que la admiración y
entusiasmo por la vida y obra de su poeta paisano no ha dejado de
crecer. Este poemario viene sugerido en su cobertura externa por la
cubierta, realizada por la hija de Leonís, en la que un hombre desnudo
se nos presenta en su mitad izquierda, y es que, como dijo Walt Whitman,
esto que parece un libro es un hombre, desprovisto de nada que no sea
sinceridad y limpieza de corazón. El color violeta, símbolo del recuerdo
por las personas que nos han dejado, preside la cubierta en un suave
tono que envuelve el libro y estas fechas tan proclives a la remembranza
de los ausentes. Aunque a continuación me detenga en algunos rasgos que
me han llamado la atención, quisiera decir que, a propósito de hora tan
propicia para la comparación, los ingredientes de una receta no son la
receta suculenta que el cariño metamorfosea esos componentes
individuales en un plato delicioso. De la misma manera, lo que voy a
decir NO es el libro, al contrario, las emociones y sentimientos no
pueden ser examinados. Antonio Buero Vallejo gustaba de afirmar que no
necesitaba leer estudios profundos de la poesía de su amigo Miguel
Hernández porque en ellos no estaba la emoción que sentía cuando leía
sus últimos poemas. Pero voy a intentar desgranar algunos rasgos
llamativos de este libro.
El huerto idílico
de Leonís es el lugar desde donde escribe cartas- poemas a Miguel,
símbolo, al igual que en su día para el universal Miguel, de
tranquilidad y serenidad, refugio seguro en días tormentosos.
Leonís diviniza
la figura de Miguel Hernández cuando lo identifica con el “martirio” de
Jesús (“Recuerdo de… “Ausencias” ”, pp.13-15): “Viernes de dolores. /
“La Pasión”, ¡escucha!, / “…y le dieron a beber / vino mezclado con
hiel…”, y “Fuertes cefaleas padecías constantemente, / mas sufridor esa
cruz soportaste” (Parte II de “Tu obra: trasunto poético de tu vida
(Elegía- retrato)”, p.35).
Tampoco se olvida
de la defensa de valores eternos, como la solidaridad, justicia,
igualdad, coherencia ideológica, la paz, etc. Por ejemplo, la paz es una
constante en las etopeyas que Leonís traza de Miguel Hernández. Por una
parte nos describe al poeta que alcanza el magisterio de la literatura
y, por otra, su profunda calidez humana, una inconmensurable valía
personal. Un ejemplo de etopeya es la que aparece en el ya citado poema
“Tu obra: trasunto poético de tu vida (Elegía- retrato)” (p.33): “Fuiste
de dulce trato amable, excelencia moral, / grandes y limpios ojos,
adalid de la sinceridad, / brazos caídos -para acunar a quienes te
ninguneaban-, / amplia espalda -para cargar rencor de ideas
equivocadas-, / amplia frente y grandes manos -que el lápiz domeñaban- /
para decir la clara verdad. Tus prominentes labios / atesoraban cuanto
tus gestos ardientes sin dilación / descubrían”.
El soto del río
Segura donde Miguel disfrutaba de las tardes serenas es motivo de canto
en varios poemas, como en “A Miguel Hernández (El poeta hechizado)”
(pp.18-20), pero también en el poema “Visión nostálgica al soto nº14,
“Miguel Hernández” ” (pp.27-28), donde Leonís escribe un original poema
en el que, aparte de criticar “el desarraigo de sus propios coterráneos”
por la rotura de varios azulejos en los que estaban grabados versos de
Miguel Hernández, se sirve de aquellas palabras destrozadas por los
gamberros para seleccionar de los poemas hernandianos versos con dichas
palabras. En “Cual misterio esotérico…” (p.40) también se acuerda del
soto.
La miel o las
abejas aparecen con cierta frecuencia en el libro: “su dulce miel sabes
transformar ” (“Los trece versos de un sino (Trece encarcelamientos)”,
p.22), “pues esos “…hombres de miel”, (“Tu obra: trasunto poético de tu
vida (Elegía- retrato)”, p.34), “¡Una miel que jamás endulzó tu boca
seca!” (ibid., pp.35 y 36) y “Tu mente cual abeja incesante y
hacendosa” (ibid., p.36).
Leonís gusta de
los dípticos y trípticos: “(Díptico de una misma idea poética)”
(pp.23-24) y “Tu obra: trasunto poético de tu vida (Elegía- retrato)”,
pp.33-37). Cuando le gusta una estructura, la repite, como en los poemas
“Lozanía y poesía” (pp.25-26) y “Pastor con onda, sin perro guía”
(pp.31-32), los cuales, compuestos de 31 versos, ensalzan, verso a
verso, los años que vivió Miguel Hernández sobre la tierra. Incluso
aparecen dialectismos como “y la estimuladora / olor a pan recién hecho”
(p.26), que refuerzan el origen terruñero de los versos del amigo
Leonís.
Nuestro autor
tiene muy claras las referencias espacio- temporales de su perimundo. No
es extraño que aparezcan lugares y acontecimientos comunes a Leonís,
como el ya citado soto del río Segura, la triste situación del río o la
Vigilia Poética que todos los años celebramos en la Casa Museo del poeta
cuando llega la fecha de aniversario de su muerte. Con ello Manuel
Roberto Leonís nos demuestra que esta época es la suya, aunque su
mensaje poético permanecerá intemporal, como las cosas buenas. ¿Para qué
cambiar aquello que persiste? Para terminar mi modesta presentación
quisiera recordar, ahora que hablamos de una amistad compartida, dedicar
un recuerdo entrañable a mi amigo Gregorio, verdadero amigo y lector
voraz, siempre presente en horas de asechanzas y guía intelectual de
este alevín de filólogo. Como le gusta decir a Leonís: “Soy una abierta
ventana que escucha, / por donde ver tenebrosa la vida. / Pero hay un
rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida”.
Muchas gracias,
Aitor L. Larrabide
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