|
|
 |
|
LA
CAVERNA
Madrid,
España, Alfaguara,
2005, 441 págs.
ISBN 84-663-0679-X
|
El guiño principal que
nos hace la novela La caverna, es una invitación a
presenciar una verdadera explosión de optimismo. Al
igual que hizo Nora, aquel célebre personaje del
teatro europeo, quien dio un portazo y rompió con las
ataduras morales de su época, el viejo alfarero
Cipriano Algor decidió superar los peligros que trae
una
modernización desenfrenada, rayana en el salvajismo, y
se fue al reencuentro de los valores primordiales de
la raza humana: la libertad, el amor a los suyos, no
aceptar las imposiciones del mundo contemporáneo, etc.
Ese es el mensaje básico que nos envía José Saramago
en esta formidable novela que forma parte de un
tríptico (junto a Ensayo sobre la ceguera y
Todos los nombres), en el que este portugués,
premio Nóbel de Literatura
1998, nos lleva de la mano a su visión del mundo
actual y no sólo nos lo muestra en toda su brutalidad,
sino nos sugiere cómo evadir sus peligros.
Ya lo dijo un personaje
de Juan Rulfo en el cuento Nos han dado la tierra: “No
se puede contra lo que no se puede”. Y, evidentemente,
sería absurdo oponerse a las ventajas del mundo
moderno, sería como nadar contra la corriente, pero
este trayecto hacia los “paraísos” materiales, debe
efectuarse sin las nefastas privaciones de echar a un
lado lo mejor del ser humano: su calidad de tal.
Saramago nos ofrece
una historia llena de humanismo, centrada en cinco
personajes de absoluta veracidad, visibles a simple
vista, de esos que han venido a insertarse en nuestros
recuerdos, en nuestro campo referencial, a lo largo de
nuestras vidas: Cipriano, su hija Marta, su yerno
Marcial, la viuda Isaura y el perro Encontrado, cuya
presencia en el relato adquiere ribetes de ser tan
humano como el restante cuarteto de protagonistas, al
punto que, para algunos especialistas, el inteligente
animal es “el otro yo” de Cipriano Algor.
El Centro, lugar urbano y un tanto inaccesible al
que muchos de los personajes de la novela aspiran a
pertenecer, adquiere en el relato el estatuto de
personaje, omnipresente y todopoderoso; contrapartida
del mundo que se va tragando centímetro a centímetro,
con sus entornos y sus gentes. Cipriano se da cuenta
de ello y se rebela, comprende que el Centro será su
propio fin y el de los que él quiere. Es el reto de un
mundo que crece
rápidamente, en detrimento de otro que se extingue,
que se aleja cada día más del mundo en que hemos
vivido. El Centro, considerado un paraíso para muchos,
es la sede principal de la pérdida de las tradiciones
que pierden sentido, temática ejemplarmente tratada en
la obra de Saramago mediante la decadencia del rubro
de la alfarería; pero también es un llamado de alerta,
casi una súplica a que no perdamos nuestra identidad
propia como seres humanos, a que luchemos por mantener
intactos, si eso fuera posible, los valores de la
amistad, la hermandad, la solidaridad, la calidez de
un abrazo a un familiar, de un estrechón de manos a un
vecino y de abrir una ventana por la mañana y
comprobar que el mundo sigue estando ahí, a pesar de
los muchos centros comerciales que pululan en él y que
pretenden devorarlo.
A todo esto se llega
mediante la lectura de diferentes pasajes y un gran
derroche de puntos de vista del autor sobre el
humanismo de sus personajes y la sabiduría popular,
que matizan la obra de un conjunto de valores que
prevalecen positivamente cuando el lector, asombrado,
descubre la razón del portazo de Cipriano y aplaude su
decisión. Sin embargo son la sabiduría y los valores
de un hombre sencillo, pero cabal, los que movilizan
al lector para que aplauda la decisión de Cipriano
Algor de dar un portazo al
codiciado Centro.
El entramado de la
anécdota es asombroso también: muy pocas veces en la
historia de la literatura universal se ha abordado un
tema tan aparentemente común, casi banal, como es la
vida de un pobre alfarero con su hija, en las afueras
de un pueblo, narrado sin la concurrencia de grandes
acciones de las que suelen utilizarse para captar la
atención del lector.
Da la impresión de que Saramago escribió esta
novela para unos pocos (cuando no para sí mismo),
sobre la base del realismo y la espontaneidad que
predominan cuando de personas conocidas se trata. Es
como tener al autor sentado en la sala de nuestra
casa, contándonos una historia simple, común, pero
llena de valoraciones sobre la grandeza del hombre y
sobre todo, la razón y la necesidad de defender esa
grandeza.
La caverna, es un excelente muestrario de
enseñanzas, dichas a veces a modo
de metáfora, como la de que “el barro es como las
personas, necesita que lo traten bien” o la de que a
cierta edad ya no se tienen esperanzas, se necesitan
certezas “y que sean inmediatas, que no esperen un
mañana que puede no ser el mío”. Marta le dice que “el
tiempo todo lo cura”, y el padre la rectifica con un
doloroso pero real “No vivimos bastante para hacer esa
prueba”. Ya desde entonces se advierte en el personaje
central su
inclinación a defender su presente a como dé lugar,
como homenaje esperanzador y reflexivo de que, como
reza la canción “hoy es un nuevo día para empezar de
nuevo”. Y por eso la contundencia de esta explosión
de veracidad de Marta: “Es una estupidez perder el
presente sólo por el miedo de no llegar a ganar el
futuro.”
Construida con su ya
habitual estilo de consecutividad en el diálogo y las
narraciones, con escasas interrupciones, las 454
páginas de la novela desaparecen ante nuestros ojos
como el clásico merengue en la puerta de un colegio,
pues resulta imposible dejar de asistir al maravilloso
espectáculo de ver a un grupo de personas comunes
debatiéndose ante el accionar de los acontecimientos y
reafirmando sus creencias en la verdad, en la pureza y
en la fe del ser humano de que siempre hay algo más,
un mañana, otra
posibilidad.
Por eso el portazo del viejo alfarero sirvió,
como siempre ocurre, para abrir otra puerta más y
comprender que siempre hay esperanzas, que no todo
está perdido, y que hay que arrancarle a la vida la
certeza de que la verdadera riqueza del hombre está
dentro de él y no en su entorno. No por gusto un
personaje secundario expresa en el texto que “La vida
es así, se hace mucho de cosas que acaban”, a lo que
Cipriano replica: “También se hace de cosas que
comienzan”. Ya desde entonces se ve el fulgor y el
fervor de este hombre de 64 años por no dejarse vencer
por el Centro y sus veleidades, por no ceder ante la
tentación de un mundo que está dentro de uno (porque
uno está dentro de él), pero que no puede ser todo el
mundo posible, porque, afortunadamente, lo mejor de la
humanidad no se ha podido enlatar ni embotellar aún.
Con La caverna aprendemos que “el tiempo es un maestro
de ceremonias que siempre acaba poniéndonos en el
lugar que nos compete” y nos advierte que “lo malo no
es tener una ilusión, sino ilusionarse”; la ilusión
del centro (en cuanto representa el desmedido avance
de las personas hacia el consumismo desenfrenado), de
cualquier centro, es válida, pero ilusionarse con ello
sería como renunciar a ver lo nuestro, como el “río,
es cierto que maloliente y menguado, este puente, es
cierto que viejo y mal cuidado, y estas ruinas que
fueron casas de personas y el pueblo donde había
nacido, crecido y trabajado, con su carretera
cruzándolo y la plaza a un lado...”
Si se puede lograr un
adecuado balance entre lo material y lo espiritual, se
puede extender la mano a la propuesta que nos ofrecen
los grandes conglomerados urbanos, llenos de ventajas
y comodidades, pero donde no siempre sabemos ni el
nombre de nuestro vecino. Y no olvidemos que el hombre
se hizo hombre precisamente el día en que necesitó
comunicarse con un semejante. Hasta entonces el
planeta sólo había estado habitado por animales.
La difícil decisión
del final de la historia no se adecua al peso de esta
significativa sentencia de la novela: “Hay ocasiones
en la vida en que debemos dejarnos llevar por la
corriente de lo que sucede, como si las fuerzas para
resistir nos faltasen..” Porque, en realidad, lo que
hace este inolvidable cuarteto de seres humanos, por
sobre todas las cosas, es resistir.
Hay que agradecer a
este ilustre octogenario portugués esta revelación de
que en el mundo siguen existiendo personas, que vale
la pena vivir en él y que es deber de todos defender
la existencia de hombres nobles y buenos, lúcidos y
decididos, como Cipriano Algor, aunque
desgraciadamente, muchas veces debamos conformarnos
con lo que en ese sentido nos ofrece el infinito mundo
de la ficción literaria, que debería ser cada vez más
un reflejo de la realidad, pero que no lo es,
precisamente, porque el mundo se ha llenado de
demasiados Centros como el de La caverna.
En fin, la mejor evaluación de
esta genial producción literaria de uno de los
novelistas mayores del momento está encerrada en una
de las propias frases del libro: “Hay cosas que son
tanto lo que son, que no necesitan de ninguna
explicación.”
|

|
|
Ezequiel Pérez Martín
nació en La Habana, Cuba (1944). Periodista, profesor y crítico
teatral, cinematográfico y literario. Licenciado en Periodismo por
la Universidad de La Habana (1978). Ha trabajado por más de 30 años
para diversos órganos de prensa escrita, radial y televisiva en
Cuba, Alemania, Angola, Chile, China, Ecuador, la ex Unión Soviética,
Nicaragua, Panamá, Venezuela y Estados Unidos. Ha sido docente en
cursos regulares y de postgrado en entidades nacionales y
extranjeras. Impartió diez cursos de Redacción en la Sociedad
Argentina de Escritores (SADE). Entre sus publicaciones se
encuentran: prólogos de libros, narrativa, trabajos de investigación
literaria y de política exterior en periódicos de Cuba y América
Latina. Ha recibido diversos premios y menciones en concursos
periodísticos y literarios. En Cuba trabajó como escritor, productor
y director para Radio Internacional, Radio Liberación, Radio Reloj,
Radio Habana Cuba y para la agencia de noticias Prensa Latina.
Residió en Argentina desde febrero de 1995 hasta fines de 2001,
donde trabajó como comentarista del programa cultural “Encuentros”,
de Radio Nacional (Mendoza, 1995), columnista de temas extranjeros
en el programa “De 7 a 9”, de Radio Red 101 FM (Mendoza, 1995),
conductor del programa cultural “La Puerta Abierta”, de Radio FM 2
(Mendoza, 1996), columnista de política internacional para el Diario
UNO (Mendoza, 1997-1999) y como corrector en la agencia de
publicidad EME-EFE (Mendoza, 1995-2001). Desde diciembre de 2001
vive en Estados Unidos, donde trabajó como escritor de noticias para
la cadena Telemundo y traductor del inglés al español para la
Universidad de Miami. En la actualidad realiza trabajos
periodísticos para el sitio web de la Unión Liberal Cubana; las
revistas literarias electrónicas Baquiana y El Ateje; la revista
Ideal, que se edita en Miami; y como escritor de noticias para la
cadena Univisión. |
|

|
|