Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 35/36

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

LA CAVERNA, UNA EXPLOSIÓN DE OPTIMISMO

 por

Ezequiel Pérez Martín

   

 LA CAVERNA

 Madrid, España, Alfaguara, 2005, 441 págs.

ISBN 84-663-0679-X

 

     El guiño principal que nos hace la novela La caverna, es una invitación a presenciar una verdadera explosión de optimismo. Al igual que hizo Nora, aquel célebre personaje del teatro europeo, quien dio un portazo y rompió con las ataduras morales de su época, el viejo alfarero Cipriano Algor decidió superar los peligros que trae una modernización desenfrenada, rayana en el salvajismo, y se fue al reencuentro de los valores primordiales de la raza humana: la libertad, el amor a los suyos, no aceptar las imposiciones del mundo contemporáneo, etc. Ese es el mensaje básico que nos envía José Saramago en esta formidable novela que forma parte de un tríptico (junto a Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres), en el que este portugués, premio Nóbel de Literatura 1998, nos lleva de la mano a su visión del mundo actual y no sólo nos lo muestra en toda su brutalidad, sino nos sugiere cómo evadir sus peligros.

     Ya lo dijo un personaje de Juan Rulfo en el cuento Nos han dado la tierra: “No se puede contra lo que no se puede”. Y, evidentemente, sería absurdo oponerse a las ventajas del mundo moderno, sería como nadar contra la corriente, pero este trayecto hacia los “paraísos” materiales, debe efectuarse sin las nefastas privaciones de echar a un lado lo mejor del ser humano: su calidad de tal.

     Saramago nos ofrece una historia llena de humanismo, centrada en cinco personajes de absoluta veracidad, visibles a simple vista, de esos que han venido a insertarse en nuestros recuerdos, en nuestro campo referencial, a lo largo de nuestras vidas: Cipriano, su hija Marta, su yerno Marcial, la viuda Isaura y el perro Encontrado, cuya presencia en el relato adquiere ribetes de ser tan humano como el restante cuarteto de protagonistas, al punto que, para algunos especialistas, el inteligente animal es “el otro yo” de Cipriano Algor.
     El Centro, lugar urbano y un tanto inaccesible al que muchos de los personajes de la novela aspiran a pertenecer, adquiere en el relato el estatuto de personaje, omnipresente y todopoderoso; contrapartida del mundo que se va tragando centímetro a centímetro, con sus entornos y sus gentes. Cipriano se da cuenta de ello y se rebela, comprende que el Centro será su propio fin y el de los que él quiere. Es el reto de un mundo que crece rápidamente, en detrimento de otro que se extingue, que se aleja cada día más del mundo en que hemos vivido. El Centro, considerado un paraíso para muchos, es la sede principal de la pérdida de las tradiciones que pierden sentido, temática ejemplarmente tratada en la obra de Saramago mediante la decadencia del rubro de la alfarería; pero también es un llamado de alerta, casi una súplica a que no perdamos nuestra identidad propia como seres humanos, a que luchemos por mantener intactos, si eso fuera posible, los valores de la amistad, la hermandad, la solidaridad, la calidez de un abrazo a un familiar, de un estrechón de manos a un vecino y de abrir una ventana por la mañana y comprobar que el mundo sigue estando ahí, a pesar de los muchos centros comerciales que pululan en él y que pretenden devorarlo.

     A todo esto se llega mediante la lectura de diferentes pasajes y un gran derroche de puntos de vista del autor sobre el humanismo de sus personajes y la sabiduría popular, que matizan la obra de un conjunto de valores que prevalecen positivamente cuando el lector, asombrado, descubre la razón del portazo de Cipriano y aplaude su decisión. Sin embargo son la sabiduría y los valores de un hombre sencillo, pero cabal, los que movilizan al lector para que aplauda la decisión de Cipriano Algor de dar un portazo al codiciado Centro.

     El entramado de la anécdota es asombroso también: muy pocas veces en la historia de la literatura universal se ha abordado un tema tan aparentemente común, casi banal, como es la vida de un pobre alfarero con su hija, en las afueras de un pueblo, narrado sin la concurrencia de grandes acciones de las que suelen utilizarse para captar la atención del lector.
    Da la impresión de que Saramago escribió esta novela para unos pocos (cuando no para sí mismo), sobre la base del realismo y la espontaneidad que predominan cuando de personas conocidas se trata. Es como tener al autor sentado en la sala de nuestra casa, contándonos una historia simple, común, pero llena de valoraciones sobre la grandeza del hombre y sobre todo, la razón y la necesidad de defender esa grandeza.
     La caverna, es un excelente muestrario de enseñanzas, dichas a veces a modo de metáfora, como la de que “el barro es como las personas, necesita que lo traten bien” o la de que a cierta edad ya no se tienen esperanzas, se necesitan certezas “y que sean inmediatas, que no esperen un mañana que puede no ser el mío”. Marta le dice que “el tiempo todo lo cura”, y el padre la rectifica con un doloroso pero real “No vivimos bastante para hacer esa prueba”. Ya desde entonces se advierte en el personaje central su inclinación a defender su presente a como dé lugar, como homenaje esperanzador y reflexivo de que, como reza la canción “hoy es un nuevo día para empezar de nuevo”. Y por eso  la contundencia de esta explosión de veracidad de Marta: “Es una estupidez perder el presente sólo por el miedo de no llegar a ganar el futuro.”

     Construida con su ya habitual estilo de consecutividad en el diálogo y las narraciones, con escasas interrupciones, las 454 páginas de la novela desaparecen ante nuestros ojos como el clásico merengue en la puerta de un colegio, pues resulta imposible dejar de asistir al maravilloso espectáculo de ver a un grupo de personas comunes debatiéndose ante el accionar de los acontecimientos y reafirmando sus creencias en la verdad, en la pureza y en la fe del ser humano de que siempre hay algo más, un mañana, otra posibilidad.
     Por eso el portazo del viejo alfarero sirvió, como siempre ocurre, para abrir otra puerta más y comprender que siempre hay esperanzas, que no todo está perdido, y que hay que arrancarle a la vida la certeza de que la verdadera riqueza del hombre está dentro de él y no en su entorno. No por gusto un personaje secundario expresa en el texto que “La vida es así, se hace mucho de cosas que acaban”, a lo que Cipriano replica: “También se hace de cosas que comienzan”. Ya desde entonces se ve el fulgor y el fervor de este hombre de 64 años por no dejarse vencer por el Centro y sus veleidades, por no ceder ante la tentación de un mundo que está dentro de uno (porque uno está dentro de él), pero que no puede ser todo el mundo posible, porque, afortunadamente, lo mejor de la humanidad no se ha podido enlatar ni embotellar aún. Con La caverna aprendemos que “el tiempo es un maestro de ceremonias que siempre acaba poniéndonos en el lugar que nos compete” y nos advierte que “lo malo no es tener una ilusión, sino ilusionarse”; la ilusión del centro  (en cuanto representa el desmedido avance de las personas hacia el consumismo desenfrenado), de cualquier centro, es válida, pero ilusionarse con ello sería como renunciar a ver lo nuestro, como el “río, es cierto que maloliente y menguado, este puente, es cierto que viejo y mal cuidado, y estas ruinas que fueron casas de personas y el pueblo donde había nacido, crecido y trabajado, con su carretera cruzándolo y la plaza a un lado...”

     Si se puede lograr un adecuado balance entre lo material y lo espiritual, se puede extender la mano a la propuesta que nos ofrecen los grandes conglomerados urbanos, llenos de ventajas y comodidades, pero donde no siempre sabemos ni el nombre de nuestro vecino. Y no olvidemos que el hombre se hizo hombre precisamente el día en que necesitó comunicarse con un semejante. Hasta entonces el planeta sólo había estado habitado por animales.

     La difícil decisión del final de la historia no se adecua al peso de esta significativa sentencia de la novela: “Hay ocasiones en la vida en que debemos dejarnos llevar por la corriente de lo que sucede, como si las fuerzas para resistir nos faltasen..” Porque, en realidad, lo que hace este inolvidable cuarteto de seres humanos, por sobre todas las cosas, es resistir.

     Hay que agradecer a este ilustre octogenario portugués esta revelación de que en el mundo siguen existiendo personas, que vale la pena vivir en él y que es deber de todos defender la existencia de hombres nobles y buenos, lúcidos y decididos, como Cipriano Algor, aunque desgraciadamente, muchas veces debamos conformarnos con lo que en ese sentido nos ofrece el infinito mundo de la ficción literaria, que debería ser cada vez más un reflejo de la realidad, pero que no lo es, precisamente, porque el mundo se ha llenado de demasiados Centros como el de La caverna.

     En fin, la mejor evaluación de esta genial producción literaria de uno de los novelistas mayores del momento está encerrada en una de las propias frases del libro: “Hay cosas que son tanto lo que son, que no necesitan de ninguna explicación.”

 

Ezequiel Pérez Martín nació en La Habana, Cuba (1944). Periodista, profesor y crítico teatral, cinematográfico y literario. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana (1978). Ha trabajado por más de 30 años para diversos órganos de prensa escrita, radial y televisiva en Cuba, Alemania, Angola, Chile, China, Ecuador, la ex Unión Soviética, Nicaragua, Panamá, Venezuela y Estados Unidos. Ha sido docente en cursos regulares y de postgrado en entidades nacionales y extranjeras. Impartió diez cursos de Redacción en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Entre sus publicaciones se encuentran: prólogos de libros, narrativa, trabajos de investigación literaria y de política exterior en periódicos de Cuba y América Latina. Ha recibido diversos premios y menciones en concursos periodísticos y literarios. En Cuba trabajó como escritor, productor y director para Radio Internacional, Radio Liberación, Radio Reloj, Radio Habana Cuba y para la agencia de noticias Prensa Latina. Residió en Argentina desde febrero de 1995 hasta fines de 2001, donde trabajó como comentarista del programa cultural “Encuentros”, de Radio Nacional (Mendoza, 1995), columnista de temas extranjeros en el programa “De 7 a 9”, de Radio Red 101 FM (Mendoza, 1995), conductor del programa cultural “La Puerta Abierta”, de Radio FM 2 (Mendoza, 1996), columnista de política internacional para el Diario UNO (Mendoza, 1997-1999) y como corrector en la agencia de publicidad EME-EFE (Mendoza, 1995-2001). Desde diciembre de 2001 vive en Estados Unidos, donde trabajó como escritor de noticias para la cadena Telemundo y traductor del inglés al español para la Universidad de Miami. En la actualidad realiza trabajos periodísticos para el sitio web de la Unión Liberal Cubana; las revistas literarias electrónicas Baquiana y El Ateje; la revista Ideal, que se edita en Miami; y como escritor de noticias para la cadena Univisión.