Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 19/20

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL REPORTERO DEL NEW YORK TIMES

por

Marga Varea

 

    

     El reportero del New York Times que enviaron a cubrir el huracán Floyd a Florida era un becario, un pobre diablo recién llegado a la redacción. Su nombre era Simón y hacía tan solo una semana que estaba en la ciudad. Hasta ese momento había compartido granja y tierras con su madre y cinco hermanos en Texas y allí le llegó la noticia de su beca.

     Había alquilado un apartamento barato y todavía no le había dado tiempo a poner ni la foto de su viejo perro en la mesilla cuando le comunicaron su primer trabajo. Esa noche volvió al apartamento deprimido y algo asustado. Se sentó en la cama, de debajo de ella sacó una pequeña bolsa de piel y la abrió de un desganado puntapié. Sabía que era el último, el más insignificante reportero del Times y que precisamente por eso le había tocado a él lo que absolutamente ningún otro hubiera aceptado. Probablemente su nuevo jefe, el impenetrable redactor Trump, esbozó una sonrisa cuando el gran problema anual, quién mandar a cubrir los malditos huracanes a Florida, se vio resuelto con la llegada de un insulso becario – pensaba Simón apretando los dientes con rabia. Pero de nada servía lamentarse, su avión saldría a las tres y media. Miró el reloj y se levantó de un salto. Una cosa estaba clara, no podía perder el avión o su jefe le daría una enorme patada que le llevaría directamente de vuelta a Texas, a preparar el biberón del ternero recién nacido de turno.

     El aeropuerto estaba abarrotado de gente, miles de pasos se cruzaban en el hall y el humo salía en forma de intensas bocanadas de los respiradores del techo y el suelo. De los túneles llegaban amenazantes ráfagas de aire y Simón tuvo un escalofrío pensando en lo que le esperaba.

     En el avión se entretuvo leyendo revistas y, cada dos por tres, pegaba un trago del zumo de naranja al que había añadido una botellita de vodka. Cuando hubo bebido suficiente alcohol, bajó la persiana por miedo a tener pesadillas y se durmió.

     Florida estaba hermosa y lucia un sol radiante cuando Simón llegó a su hotel. Solo que si uno miraba al cielo las nubes negruzcas se acercaban por el este y si uno miraba a la tierra sólo veía ventanas y puertas tapiadas con maderas, bolsas de arena contra los muros y coches cargados de pasajeros listos para emprender un inminente viaje, no importaba sí al norte o al sur.

     La habitación era modesta, olía a naftalina y la moqueta tenía algunas manchas imborrables, los muebles llevaban más de diez años en el mismo sitio y las cortinas habían sido escogidas con el peor de los gustos. El periódico no iba a quebrar con su viaje, estaba claro.

     Simón se dispuso a darse una ducha sin escribir una sola palabra. Después salió a dar una vuelta antes de que las circunstancias le retuvieran encerrado. Las calles estaban solitarias y las primeras farolas empezaban a encenderse. Las palmeras se agitaban de un lado a otro mecidas por un viento amenazador aunque todavía suave. Simón entró a un restaurante chino y cenó pollo al estilo vietnamita y arroz picante disfrutando cada segundo tal y como venía haciendo desde que salió del rancho.

     A las once en punto estaba de vuelta en el hotel. El estómago lleno y la pluma afilada, lista par empezar a trabajar. Subió a su habitación utilizando el pequeño montacargas y fue allí, en una esquina, donde descubrió un elegante bolso de raso negro. Como buen periodista, curioso, perseguidor de sucesos, metomentodo o simplemente cotilla profesional, lo cogió y se lo llevó con él sin otro  objeto que averiguar, más tarde, qué había dentro.

     Sentado delante del ordenador intentó poner en orden unas cuantas ideas para enviar su primer artículo vía correo electrónico esa misma noche. Lo titularía “Tempestad Calmada” y ya tenía algunas nociones de cómo y qué quería decir. Una frase, otra, una tercera y una cuarta que se enlazan ingeniosamente con la primera y hacen alusión a la segunda aliñadas con una foto espectacular y algunas palabras ininteligibles para el ciudadano medio componen un artículo en condiciones. Pero los pensamientos gramaticales de Simón se vieron interrumpidos por la curiosidad. ¿De quién sería ese bolso?, ¿qué llevaría dentro?, ¿cómo y cuando lo habría perdido?, ¿por qué nadie más lo había cogido del suelo del ascensor? Y tras hacerse esas preguntas se levantó de la silla y abrió el bolso. Su contenido quedó esparcido encima de la cama: una diminuta barra de labios, un cuaderno para tomar notas, una agenda electrónica y una cartera en la que encontró un carnet de identidad caducado y una tarjeta visa platino. Simón marcó rápidamente el número de la centralita:

 

     - Por favor, ¿me puede decir el número de habitación de la señorita Helen J.?

 

Y en cuanto lo tuvo, metió todas las cosas desordenadamente en el bolso y salió de su habitación rumbo al pasillo. Simón golpeó con los nudillos la puerta de la 363. Una mujer abrió apoyándose contra el marco de madera y sonriendo ampliamente. Simón no era fácil de impresionar pero esa enorme sonrisa unida a ese cuerpo habrían impresionado a cualquiera. Antes de que pudiera abrir la boca ella miró su bolso asintiendo con la cabeza y le hizo pasar. Simón empezó a balbucear cosas como:

 

      - Me he encontrado tu bolso en... me lo he encontrado -

 

La chica extendió rápidamente la mano:

 

      - Soy Helen J. ... y gracias -

 

Simón abrió la boca de nuevo, a la vez que estrechaba su mano, y Helen le lanzó otra sonrisa de oreja a oreja con sus enormes labios pintados de rojo.

 

     - Simón, yo soy Simón R. y escribo lo de los huracanes para el Times... - Ella se pasó la mano por el cuello:

 

     - Vaya, para el Times, menuda suerte - Y antes de que Simón dijera una palabra añadió:

 

      - ¿Te apetece tomar una copa? 

 

     Eso si que era una sorpresa. La verdad es que en toda su vida no había conocido una mujer como aquella y de hecho ninguna mujer le había propuesto antes ir a tomar una copa. Así que todo era bastante novedoso y a la vez sugerente. En su rancho de Texas, la única chica joven en 300 kilómetros a la redonda era su vecina Mary-Lou que aún no había cumplido los temidos 30 pero cuyos modales remilgados y árido carácter, la excluían de cualquier plan romántico que Simón  pudiera haber hecho en su juventud. Mientras pensaba en todo esto, Simón miró a la mujer y se dijo a si mismo que lo que le estaba ocurriendo era probablemente el comienzo de su nueva vida. Sin embargo cuando se disponía a aceptar la invitación, recordó su ordenador encendido sobre el escritorio, la luz encendida, el artículo y se vio en la obligación de decir:

 

     - No puedo salir, tengo que entregar el artículo esta noche - Helen acalló su conciencia.

 

     - Vente a tomar una copa y yo te ayudo a acabarlo más tarde. Se me da muy bien escribir.

  

     Helen y Simón pasearon por la playa a la luz de las tenues farolas del paseo marítimo y rodearon dos veces el hotel para fumar algunos cigarrillos antes de volver. En este intervalo de tiempo ambos se habían contado múltiples anécdotas sobre sus vidas, regadas de abundantes vodkas con hielo, se habían regalado una gama amplia de piropos y gestos artificiales y derrochaban simpatía por los cuatro costados. Una de esas corrientes de simpatía que solo se pueden mantener a lo largo de una o dos citas. Desde luego llegó el momento en que ambos habían flirteado hasta estar agotados y hacia las dos y media empezaron a sentir, el uno por el otro, cierta desmedida curiosidad que sin duda acabaría en la habitación de Helen.

     Y así debió ocurrir, porque Simón despertó al amanecer en la cama de la 363 oyendo un ruido que parecía anunciar el fin del mundo. Le dolía la cabeza, tanto que tenía la sensación de que aquello iba a estallar en mil pedazos, mil agujas se clavaban en su cuero cabelludo, una tras otra, lentamente. Se levantó con la boca pastosa, como si se hubiera estado lavando los dientes toda la noche. La lengua era un trozo de trapo cosido a la garganta y la visión de la habitación, que tan hermosa le había parecido antes, ahora le recordaba al infierno terrenal.

     Una certeza le daba martillazos en la memoria: nunca había escrito o enviado ningún artículo al New York Times. A su lado, Helen dormía levemente. No llevaba puesto nada de ropa y Simón pensó que era una mujer realmente preciosa pero la angustia le seguía subiendo por la garganta y ni siquiera se atrevía a incorporarse y cruzar los escasos metros de moqueta que lo separaban de su teléfono móvil donde juraría iba a  encontrar un mensaje del redactor jefe Trump.   

     Miró entre las cortinas antes de realizar la temida comprobación. Florida presentaba un panorama espantoso. Las farolas habían caído al suelo formando montones de hierro retorcidos que a su vez se mezclaban con los coches, las señales de tráfico y otros artilugios que de seguro nadie podría reconocer. La tierra parecía haber sido removida por el mismísimo diablo y las olas del mar, hacía pocas horas pacíficas y azules, se habían levantado hasta llegar a los mismísimos muros del hotel. El viento parecía estar arrastrándose por cada calle ululando y gimiendo. La ciudad era un puerto fantasma azotado por algún tipo de desconocida furia divina. Simón temblaba, no le importaba nada lo que estuviera pasando ahí fuera y ni siquiera le importaba nada lo que pudiera haber hecho con Helen debajo de aquellos edredones. Lo que de verdad le estaba matando era la certeza de no haber enviado al periódico ni el más pequeño atisbo de un reportaje. Y tras eso, la seguridad de estar sin trabajo en ese mismo instante. A Simón se le vinieron a la mente muchas cosas que se mezclaban y no querían retroceder. Simón vio terneros recién nacidos. Cinco hermanos peleando por entrar a un miserable cuarto de baño. Una mujer agotada y a su alrededor un mundo de pobreza y desastre. Simón recordó el título de su reluciente artículo “Tempestad Calmada” y pensó que le faltaba la respiración. Hizo un esfuerzo enorme por  coger el teléfono y llegar al baño y allí se desplomó sobre el lavabo. Las imágenes seguían desfilando por su cabeza y ahora el rancho adquirió una nitidez extrema, rodeado de sus trigales, un espantapájaros roído por las ratas y las arañas, el árbol quemado y la cerca siempre por reparar. El huracán del exterior era una balsa de aceite comparado con el terror que se apoderó de Simón. Cuando logró mirar en la pantalla del teléfono con los ojos empañados, vio el temido mensaje y como si el enorme muro de contención de un embalse acabara de ser destruido, reposó la cabeza en el codo izquierdo y lloró. Simón necesitó varios minutos para reponerse. Había perdido el norte y no sabía en qué dirección dirigirse pero al volver la cabeza hacia la cama, un nuevo horizonte se abrió ante él. Había perdido su trabajo y con él, el sueño de toda una vida, pero ahora empezaría otra nueva, al lado de la mujer que amaba. Sin dudarlo un instante, se lanzó sobre Helen  y la  despertó besándola suavemente para pedirle que fuera con él, a alguna parte, lejos de allí, para siempre. Helen entreabrió los ojos, esbozó media sonrisa, abrazó su almohada y le contestó entre sueños:

 

     - Cariño, cuando te vayas vuelve a dejar el bolso en su sitio, es tan difícil conocer hombres en estos tiempos.

 

 

 

Marga Varea nació en Murcia, España (1974). Argumentista, guionista, narradora, cineasta y periodista. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, en la rama de Periodismo. Ha estudiado guión y dirección de cine en la New York Film Academy de Nueva York como becaria de la Fundación Autor de España (SGAE) y Televisión, Radio y Vídeo en el (TAI) Escuela Libre de Artes y Espectáculos de Madrid. Ha participado como Coguionista y Argumentista en la película DOS, producida por Globo Media y de varios cortometrajes, documentales y vídeos, entre los que se destacan: Dos Más, Constructores de Quimeras, Infección  (Emitida en TVE),  La Isla de la Tortuga y las series de televisión Mas Que Amigos (Emitida en Tele 5, España) y Menudo es mi padre (Emitida en Antena 3 TV). Ha recibido el premio del Ministerio de Cultura (ICAA) por el guión del cortometraje de animación La Balada del láser mortífero (Junio, 1997), así como el premio de la Comunidad de Madrid (Septiembre, 1997) y el premio del Ministerio de Cultura (ICAA) (Mayo, 1999) por el guión La Isla de la Tortuga. En la actualidad es miembro de la Fundación Autor de España (SGAE).