Miami
Estados Unidos
Año XI

Nº 65/66

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

ENVASADO AL VACÍO

por

Teresa Bevin

 

     Las visiones de suculentos helados son cada vez más insistentes. Se le presentan todas las noches según se mete en la cama. Ha tratado de controlarlas, pero ha sido en vano. Allí está ella debajo de la colcha con los brazos a lo largo del cuerpo, tiesa como una momia, y con los ojos fijos en la lámpara que cuelga del techo directamente sobre su cama. Una lámpara muy ridícula por cierto, y que siempre ha aborrecido, pero que ya estaba allí cuando alquiló el apartamento y no iba a comprar una nueva a favor de su sentido de la estética. No vale la pena cuando es solamente ella quien tiene ocasión de contemplar el adefesio. El plato de la lámpara tiene florones en relieve y acuna un sinnúmero de insectos nocturnos y mosquitas muertas. Pero Margot ha apagado la luz y ya no tiene que ver el fúnebre promontorio detrás del cristal. Los pequeños cadáveres deshidratados, patas arriba, yacen bajo un bombillo de veinticinco bujías, único sobreviviente de un trío de General Electric que una vez la iluminó desde allí. Margot se concentra en la oscurecida lámpara que refleja y tuerce las luces del tráfico y el anuncio de neón del bar de enfrente donde alterna una copa azul con su verde nombre, Calypso. Las luces danzantes logran distraerla un poco y la ayudan a dormir. Pero solamente a veces...

 

     En la semi-oscuridad de su cuarto, la imperiosa imagen de una pinta de helado se le presenta de repente y ya no le es posible dormir. Ya también se presenta en envases de más volumen.  A menudo trata de ignorar la imagen pensando en todo lo que ha de hacer en su trabajo al día siguiente. Se promete que ha de llegar a la oficina antes que nadie para sacar adelante lo que lleva atrasado. Tiene mucho más trabajo de lo usual en estos días porque han faltado dos compañeros de oficina a causa del virus de moda. A Margot le gusta enfrentarse a la labor y trabajar mucho y de prisa para no tener tiempo de pensar en nada, especialmente el helado...

 

     Ya está de nuevo absorta en la imágen del cubito de cartón parafinado rebosante de helado de frambuesas. Compró una pinta esta tarde en Eskimo, una heladería con un surtido impresionante. Se detiene allí a diario después del trabajo y escoge un sabor diferente cada vez. El de ayer era delicioso, de melocotón, perfectamente suave y cremoso. El de frambuesas debe estar aún mejor por contener sorpresivos trozos de fruta, según promete el envase. Una gloriosa pinta del más delicioso de los helados está sola en el oscuro congelador. La pobre pinta solitaria en su envase de cartón parafinado cubierto de fina escarcha languidece, esperando ser consumida.

 

     Su saliva fluye sin freno y Margot ya está por levantarse de la cama para irrumpir en la cocina y alcanzar el paraíso.

 

     ¿Y ahora qué ocurre? Alguien da voces abajo en la calle. Se levanta para mirar por la ventana. Una pelea de tantas, con botellazos y revolcones entre cuatro. No. No son cuatro. A Margot se le dificulta contarlos por la rapidez de sus violentos movimientos. Son seis hombres negros gigantescos, tres de ellos con bandanas blancas atadas alrededor de la cabeza. Es una pelea de pandilla. Las pandillas le traen a Margot la idea de ser cosa de niños, algo propio de los parques, como un juego de indios y vaqueros. Pero estas pandillas no son de niños y los miembros no están jugando. 

 

     Ya alguien ha llamado a la policía y los hombres han echado a correr, menos los dos que han caído sobre la acera frente al bar Calypso. ¿Estarán muertos? Claro que pueden estarlo. No sería la primera vez que sucede allí mismo, en ese pedazo de acera.  Hay una mujer blanca arrodillada al lado de uno de ellos, gesticulando y dando gritos. Margot presta atención pero no se le entiende nada a la pobre mujer. Está borracha o drogada.

 

     Margot se aparta de la ventana con una mueca de disgusto, enciende la luz, y regresa a sus pensamientos de frambuesa. Casi corre a la cocina en pos del helado y en segundos tiene el frío majar en su poder. Lo acaricia en la oscuridad, y sus dedos quedan ateridos.  Traga saliva haciendo un sonido parecido al de las tuberías del viejo edificio. Con ternura le quita la escarcha al envase y sonríe embelesada. Al tacto saca su cuchara favorita del cajón. La cuchara redonda y pequeña, diferente a todas las otras porque normalmente se usa para servir pequeñas porciones de mermelada sobre la tostada. No es posible cargarla como una diminuta grúa, pues es poquísimo lo que puede contener. A ella le gusta dejar que el helado se suavice en el calor de sus manos y luego saborearlo poco a poco, sin llenarse los carrillos. Además, tiene demasiados rellenos en las muelas, lo cual las vuelve muy sensibles, y le da una punzada aguda en el ojo izquierdo. Debe proceder con calma para que dure más el gustazo.

            

     Margot se lleva el helado de frambuesas a la cama y se reclina en dos almohadas tras apagar la luz. Se siente cómoda en la oscuridad, con esa deliciosa sensación de frío sobre el estómago donde descansa el envase, anticipando lo que luego ha de sentir por dentro. Ahora sí que está en su punto...  No hay nada más que ella y su helado. Nadie escucha, nadie observa, nadie sabe. Cuando llegan las ambulancias a recoger a los hombres que han caído en la calle, las sirenas no la perturban.  El deseo se ha apoderado de ella y ya no puede regresar, no importa cuantas luces rojas y azules parpadeen en la calle, ni importan los ruidos y las carreras del mundo fuera de su ventana.

El sabor de la frambuesa y la crema ocupan por completo el paladar de Margot y lo acarician de arriba a abajo y de lado a lado una y otra vez. De acuerdo a lo prometido, el helado está cargado de frambuesas, algunas de ellas enteras. Margot gime de placer, con la boca llena de gloria. El helado, ya derretido por su calor interno, resbala por su garganta y le empieza a llenar ese espacio vacío que existe dentro de ella. Su corazón late con fuerza y ya nada puede detenerla. Más que un gusto, es ya una necesidad imperiosa. Se abandona a un proceso lento y calculado de ingerir. Se derrite, se derrite, se derrite.                  

 

     Al rato empieza a sentir un poco de llenura, pero es inutil guardar el resto del helado para mañana. No puede detenerse, es demasiado irresistible, y debe saciarse de él aquí y ahora.

 

     Ha pasado una hora--tiempo de Margot--desde la visión decisiva del helado solitario en el rincón más oscuro de la cocina. Ya la cucharita redonda empieza a raspar las entrañas del envase de cartón. Ha llegado al fondo, un fondo oscuro que no da nada. Se detiene. Permanece inmóvil por unos segundos.

 

     De repente se apodera de ella la ira más violenta y lanza al aire el cartón vacío, con gesto de bebé en su sillita alta, cuando tira el inútil biberón con fastidio porque se le ha terminado la leche. El envase cruza la oscuridad del cuarto y va a dar al pasillo, donde cae con un leve eco al rebotar tres veces. A Margot se le ha borrado de la mente todo el placer que le proporcionó el helado de frambuesas. De pronto se sabe llena de él, llena de frío y calorías a la vez. Ya no lo puede reclamar como objeto de su deseo, y casi al instante ha olvidado su seductor sabor por completo.

 

     Ahora piensa en la ropa nueva que tuvo que comprarse por temor a desbordarse por encima de sus escotes. Odia esa ropa hecha para gordas. Cuando encuentra algo donde cabe su cuerpo, se trata de una tienda de campaña donde puede esconder los  rollos de tocino humano que la desfiguran. Maldito helado. ¿Por qué era tan débil ante su dulce poder?

 

     En este preciso instante se odia a sí misma por sobre todas las cosas. Se odia por débil, por tonta, por glotona, y en los últimos meses, se odia simplemente por gorda. Ha logrado soldar un nuevo eslabón a su cadena perpetua de inseguridades. A su edad, acostumbrada ya a estar sola, aunque no a la soledad, ya le de igual si la vida le deparaba la compra necesaria de ropas en tallas progresivas hasta su muerte por atracón, o hasta el punto de no poder salir a la calle porque sus caderas se atascan en los umbrales.

 

     El sueño la elude y decide prender la tele. Ya pasada la medianoche, gurus que prometen milagros con sus métodos para adelgazar aparecen en varios canales. Estos métodos varían entre máquinas para hacer ejercicios rivales de la tortura medieval, píldoras de dudosa procedencia, o dietas peligrosas e insípidas. Los expertos conocen el mejor momento del dia o la noche para trasmitir sus  “infomerciales.” Saben que tarde en la noche, hay millones de gordos sufriendo de insomnio, llenos de odio hacia sí mismos y sentimientos de culpa tras haberse atiborrado un día más. Para ellos han creado este tipo de programación, y para ellos la televisan a esa hora.  La hora del gordo atormentado.

 

     Invariablemente, muestran videos y fotos de antes y después. Primero aparece una gorda abochornada haciendo pucheros. No cabía en el asiento de avión y tenía que pagar por dos. Ahora es esbelta y tiene un novio guapísimo. ¿Cómo es posible? ¿En seis meses? No puede ser. Es el mismo rostro, menos las tres papadas. La atractiva jóven, ahora con un cuello de cisne, relata con lágrimas en los ojos como era su vida pasada de asquerosa obesidad.  En algún momento exhibe una carpa de circo que había sido su vestimenta para estar en casa.  Cuenta que comía hamburguesas de dos en dos, chucherías variadas, y dulces, pero especialmente helado. Dice que hoy ya sabe alimentarse y lo hace con frecuencia, pero solamente con jugos de vegetales hechos en un novedoso y revolucionario extractor de jugo inventado por el guru, que cuesta la módica suma de cuatrocientos dólares. No hay que preparar comidas especiales, lo cual es una ventaja, pero... ¿Será posible vivir de eso solamentente? ¿Y las proteínas? ¡Ah! Dice que come nueces. Nueces crudas y sin sal. La atractiva mujer agradece no tener que comprarse ropa de gorda y el hecho de que puede subir escaleras sin que su tejido adiposo la ahogue. Solamente lleva un bikini ahora, allí en mitad del estudio con todas esas potentes luces enfocadas en donde debería de haber celulitis. Un bikini que cabría perfectamente dentro del bolsillo de una blusa de Margot. No tiene una gota de grasa en el vientre. Margot se sabe incapaz de vivir de jugos de vegetales y nueces crudas, y cambia de canal con un bufido.

 

     Otra gorda. Pero ésta llora desesperada porque su marido ha dejado el hogar y sus hijos adolescentes están tan avergonzados de ella que no quieren ser vistos en su compañía. Hay un video casero de la familia tomado en el patio. La mujer camina como un paquidermo, con un niño agarrado a su deforme vestimenta. Es un video viejo, claro. Ahora va a salir de detrás de una cortina para el asombro del público presente en el estudio. Otra Venus en bikini. Pero a ésta le chuparon la grasa en el quirófano con un tubo y una aspiradora. ¡Qué horror! Van a mostrar parte de la operación. Margot cambia rápidamente de canal. Noticias, una película vieja, nada.

            

     Finalmente la está venciendo el sueño y la fatiga del día. Se siente un tanto aliviada porque esas gordas sí que eran gordas. Ella no está tan mal. Cambia el canal una vez más. Un gordo esta vez. Le achicaron el estómago por medio de una especie de banda de goma que le oprime la boca del estómago.

            

     Apaga la tele.

     

     Mañana saldrá temprano, para llegar antes que los otros y así poder adelantar el trabajo atrasado. Espera no pillar ese virus que ha invadido su oficina. Tiene buenas inmunidades porque todos han caído, menos ella. Odia tener que quedarse en casa ya sea por enfermedad o por lo que fuera. Procurará no parar en Eskimo... ¿Qué tal será el helado de pistachos? Nunca lo ha probado.

 

Teresa Bevin nació en Camagüey, Cuba (1949). Narradora, traductora y profesora de psicología. Graduada de la Universidad George Washington en Washington, D.C. y de la Universidad de Maryland en College Park, Maryland. Por más de treinta años vivió en el área metropolitana de Washington, D.C., donde trabajó como terapeuta de niños inmigrantes y como terapeuta de intervención crítica. Su dedicación a la salud mental y el bienestar de niños y familias procedentes de culturas hispánicas e indígenas de América Latina continúa a través de su escritura. Hasta finales del 2006 trabajó como profesora de psicología y técnicas de consejería y fue coordinadora del departamento de lenguas extranjeras en Montgomery College (Takoma Park, Maryland). Con frecuencia ofrece charlas a clínicas y agencias de servicio social en gobiernos locales y estatales. Ha participado con capítulos completos en varios textos para estudiantes graduados de psicología y trabajo social, abordando temas de diversidad cultural y salud mental, entre los que cabe destacar: “La necesidad de cuidados especializados con las víctimas de la guerra de El Salvador” (Panamerican Health Organization, 1998); “Multiple Traumas of Refugees: Near Drowning and Witnessing of Maternal Rape” en Children in Crisis, Dr. N. B. Webb, Editora, (Guilford Publications, New York, ediciones de 1991 y 2000); “Parenting in Cuban-American Families” en Multicultural Parent-Child and Family Relationships, Dr. N. B. Webb, Editora, (Columbia University Press, New York, 2001); y los textos “Caught Between Homophobia and Peer Pressure”  and  “Cuban Women: Betrayed by Revolution” en el libro Opening Pandora’s Box: An Introduction to Women Studies, B. Friel & R. Giron, Editores, (Gival Press, Virginia, 2005). Ha publicado sus cuentos y relatos en revistas latinoamericanas y estadounidenses. Su relato “City of Giant Tinajones” (Ciudad de Grandes Tinajones) aparece en una de las antologías más importantes sobre la literatura latina en los EE.UU., The Prentice Hall Anthology of Latino Literature, E. del Rio, Editor,  (Prentice Hall, New Jersey, 2002). Ha incursionado en el género de novela juvenil bilingüe, que incluye currículo y lecciones, con el libro Tina Springs into Summer/Tina se lanza al verano (Gival Press, Virginia, 2005). En el 2001 recibió el premio “Bronce” que otorga la revista ForeWord Magazine por la mejor traducción de ese año y en el 2002 fue finalista en la categoría de ficción multicultural del grupo Independent Publisher Online (Publicaciones Independientes en la Red) por su obra y traducción de los mismos, la colección bilingüe de cuentos Dreams and Other Ailments/Sueños y otros achaques (Gival Press, 2001). Su novela Havana Split, publicada por la Universidad de Houston,  (Arte Público Press, 1998) fue nombrada por el periódico The Miami Herald entre uno de los libros más importantes del 1998.