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Las visiones de suculentos helados son cada vez más
insistentes. Se le presentan todas las noches según se mete en la
cama. Ha tratado de controlarlas, pero ha sido en vano. Allí está
ella debajo de la colcha con los brazos a lo largo del cuerpo, tiesa
como una momia, y con los ojos fijos en la lámpara que cuelga del
techo directamente sobre su cama. Una lámpara muy ridícula por
cierto, y que siempre ha aborrecido, pero que ya estaba allí cuando
alquiló el apartamento y no iba a comprar una nueva a favor de su
sentido de la estética. No vale la pena cuando es solamente ella
quien tiene ocasión de contemplar el adefesio. El plato de la
lámpara tiene florones en relieve y acuna un sinnúmero de insectos
nocturnos y mosquitas muertas. Pero Margot ha apagado la luz y ya no
tiene que ver el fúnebre promontorio detrás del cristal. Los
pequeños cadáveres deshidratados, patas arriba, yacen bajo un
bombillo de veinticinco bujías, único sobreviviente de un trío de
General Electric que una vez la iluminó desde allí. Margot se
concentra en la oscurecida lámpara que refleja y tuerce las luces
del tráfico y el anuncio de neón del bar de enfrente donde alterna
una copa azul con su verde nombre, Calypso. Las luces
danzantes logran distraerla un poco y la ayudan a dormir. Pero
solamente a veces...
En la semi-oscuridad de su cuarto, la imperiosa
imagen de una pinta de helado se le presenta de repente y ya no le
es posible dormir. Ya también se presenta en envases de más
volumen. A menudo trata de ignorar la imagen pensando en todo lo
que ha de hacer en su trabajo al día siguiente. Se promete que ha de
llegar a la oficina antes que nadie para sacar adelante lo que lleva
atrasado. Tiene mucho más trabajo de lo usual en estos días porque
han faltado dos compañeros de oficina a causa del virus de moda. A
Margot le gusta enfrentarse a la labor y trabajar mucho y de prisa
para no tener tiempo de pensar en nada, especialmente el helado...
Ya está de nuevo absorta en la imágen del cubito de
cartón parafinado rebosante de helado de frambuesas. Compró una
pinta esta tarde en Eskimo, una heladería con un surtido
impresionante. Se detiene allí a diario después del trabajo y escoge
un sabor diferente cada vez. El de ayer era delicioso, de melocotón,
perfectamente suave y cremoso. El de frambuesas debe estar aún mejor
por contener sorpresivos trozos de fruta, según promete el envase.
Una gloriosa pinta del más delicioso de los helados está sola en el
oscuro congelador. La pobre pinta solitaria en su envase de cartón
parafinado cubierto de fina escarcha languidece, esperando ser
consumida.
Su saliva fluye sin freno y Margot ya está por
levantarse de la cama para irrumpir en la cocina y alcanzar el
paraíso.
¿Y ahora qué ocurre? Alguien da voces abajo en la calle. Se
levanta para mirar por la ventana. Una pelea de tantas, con
botellazos y revolcones entre cuatro. No. No son cuatro. A Margot se
le dificulta contarlos por la rapidez de sus violentos movimientos.
Son seis hombres negros gigantescos, tres de ellos con bandanas
blancas atadas alrededor de la cabeza. Es una pelea de pandilla. Las
pandillas le traen a Margot la idea de ser cosa de niños, algo
propio de los parques, como un juego de indios y vaqueros. Pero
estas pandillas no son de niños y los miembros no están jugando.
Ya alguien ha llamado a la policía y los hombres han
echado a correr, menos los dos que han caído sobre la acera frente
al bar Calypso. ¿Estarán muertos? Claro que pueden estarlo.
No sería la primera vez que sucede allí mismo, en ese pedazo de
acera. Hay una mujer blanca arrodillada al lado de uno de ellos,
gesticulando y dando gritos. Margot presta atención pero no se le
entiende nada a la pobre mujer. Está borracha o drogada.
Margot se aparta de la ventana con una mueca de
disgusto, enciende la luz, y regresa a sus pensamientos de
frambuesa. Casi corre a la cocina en pos del helado y en segundos
tiene el frío majar en su poder. Lo acaricia en la oscuridad, y sus
dedos quedan ateridos. Traga saliva haciendo un sonido parecido al
de las tuberías del viejo edificio. Con ternura le quita la escarcha
al envase y sonríe embelesada. Al tacto saca su cuchara favorita del
cajón. La cuchara redonda y pequeña, diferente a todas las otras
porque normalmente se usa para servir pequeñas porciones de
mermelada sobre la tostada. No es posible cargarla como una diminuta
grúa, pues es poquísimo lo que puede contener. A ella le gusta dejar
que el helado se suavice en el calor de sus manos y luego saborearlo
poco a poco, sin llenarse los carrillos. Además, tiene demasiados
rellenos en las muelas, lo cual las vuelve muy sensibles, y le da
una punzada aguda en el ojo izquierdo. Debe proceder con calma para
que dure más el gustazo.
Margot se lleva el helado de frambuesas a la cama y
se reclina en dos almohadas tras apagar la luz. Se siente cómoda en
la oscuridad, con esa deliciosa sensación de frío sobre el estómago
donde descansa el envase, anticipando lo que luego ha de sentir por
dentro. Ahora sí que está en su punto... No hay nada más que ella y
su helado. Nadie escucha, nadie observa, nadie sabe. Cuando llegan
las ambulancias a recoger a los hombres que han caído en la calle,
las sirenas no la perturban. El deseo se ha apoderado de ella y ya
no puede regresar, no importa cuantas luces rojas y azules parpadeen
en la calle, ni importan los ruidos y las carreras del mundo fuera
de su ventana.
El
sabor de la frambuesa y la crema ocupan por completo el paladar de
Margot y lo acarician de arriba a abajo y de lado a lado una y otra
vez. De acuerdo a lo prometido, el helado está cargado de
frambuesas, algunas de ellas enteras. Margot gime de placer, con la
boca llena de gloria. El helado, ya derretido por su calor interno,
resbala por su garganta y le empieza a llenar ese espacio vacío que
existe dentro de ella. Su corazón late con fuerza y ya nada puede
detenerla. Más que un gusto, es ya una necesidad imperiosa. Se
abandona a un proceso lento y calculado de ingerir. Se derrite, se
derrite, se derrite.
Al rato empieza a sentir un poco de llenura, pero es
inutil guardar el resto del helado para mañana. No puede detenerse,
es demasiado irresistible, y debe saciarse de él aquí y ahora.
Ha pasado una hora--tiempo de Margot--desde la visión
decisiva del helado solitario en el rincón más oscuro de la cocina.
Ya la cucharita redonda empieza a raspar las entrañas del envase de
cartón. Ha llegado al fondo, un fondo oscuro que no da nada. Se
detiene. Permanece inmóvil por unos segundos.
De repente se apodera de ella la ira más violenta y
lanza al aire el cartón vacío, con gesto de bebé en su sillita alta,
cuando tira el inútil biberón con fastidio porque se le ha terminado
la leche. El envase cruza la oscuridad del cuarto y va a dar al
pasillo, donde cae con un leve eco al rebotar tres veces. A Margot
se le ha borrado de la mente todo el placer que le proporcionó el
helado de frambuesas. De pronto se sabe llena de él, llena de frío y
calorías a la vez. Ya no lo puede reclamar como objeto de su deseo,
y casi al instante ha olvidado su seductor sabor por completo.
Ahora piensa en la ropa nueva que tuvo que comprarse
por temor a desbordarse por encima de sus escotes. Odia esa ropa
hecha para gordas. Cuando encuentra algo donde cabe su cuerpo, se
trata de una tienda de campaña donde puede esconder los rollos de
tocino humano que la desfiguran. Maldito helado. ¿Por qué era tan
débil ante su dulce poder?
En este preciso instante se odia a sí misma por sobre
todas las cosas. Se odia por débil, por tonta, por glotona, y en los
últimos meses, se odia simplemente por gorda. Ha logrado soldar un
nuevo eslabón a su cadena perpetua de inseguridades. A su edad,
acostumbrada ya a estar sola, aunque no a la soledad, ya le de igual
si la vida le deparaba la compra necesaria de ropas en tallas
progresivas hasta su muerte por atracón, o hasta el punto de no
poder salir a la calle porque sus caderas se atascan en los
umbrales.
El sueño la elude y decide prender la tele. Ya pasada
la medianoche, gurus que prometen milagros con sus métodos para
adelgazar aparecen en varios canales. Estos métodos varían entre
máquinas para hacer ejercicios rivales de la tortura medieval,
píldoras de dudosa procedencia, o dietas peligrosas e insípidas. Los
expertos conocen el mejor momento del dia o la noche para trasmitir
sus “infomerciales.” Saben que tarde en la noche, hay millones de
gordos sufriendo de insomnio, llenos de odio hacia sí mismos y
sentimientos de culpa tras haberse atiborrado un día más. Para ellos
han creado este tipo de programación, y para ellos la televisan a
esa hora. La hora del gordo atormentado.
Invariablemente, muestran videos y fotos de antes y
después. Primero aparece una gorda abochornada haciendo pucheros. No
cabía en el asiento de avión y tenía que pagar por dos. Ahora es
esbelta y tiene un novio guapísimo. ¿Cómo es posible? ¿En seis
meses? No puede ser. Es el mismo rostro, menos las tres papadas. La
atractiva jóven, ahora con un cuello de cisne, relata con lágrimas
en los ojos como era su vida pasada de asquerosa obesidad. En algún
momento exhibe una carpa de circo que había sido su vestimenta para
estar en casa. Cuenta que comía hamburguesas de dos en dos,
chucherías variadas, y dulces, pero especialmente helado. Dice que
hoy ya sabe alimentarse y lo hace con frecuencia, pero solamente con
jugos de vegetales hechos en un novedoso y revolucionario extractor
de jugo inventado por el guru, que cuesta la módica suma de
cuatrocientos dólares. No hay que preparar comidas especiales, lo
cual es una ventaja, pero... ¿Será posible vivir de eso
solamentente? ¿Y las proteínas? ¡Ah! Dice que come nueces. Nueces
crudas y sin sal. La atractiva mujer agradece no tener que comprarse
ropa de gorda y el hecho de que puede subir escaleras sin que su
tejido adiposo la ahogue. Solamente lleva un bikini ahora, allí en
mitad del estudio con todas esas potentes luces enfocadas en donde
debería de haber celulitis. Un bikini que cabría perfectamente
dentro del bolsillo de una blusa de Margot. No tiene una gota de
grasa en el vientre. Margot se sabe incapaz de vivir de jugos de
vegetales y nueces crudas, y cambia de canal con un bufido.
Otra gorda. Pero ésta llora desesperada porque su
marido ha dejado el hogar y sus hijos adolescentes están tan
avergonzados de ella que no quieren ser vistos en su compañía. Hay
un video casero de la familia tomado en el patio. La mujer camina
como un paquidermo, con un niño agarrado a su deforme vestimenta. Es
un video viejo, claro. Ahora va a salir de detrás de una cortina
para el asombro del público presente en el estudio. Otra Venus en
bikini. Pero a ésta le chuparon la grasa en el quirófano con un tubo
y una aspiradora. ¡Qué horror! Van a mostrar parte de la operación.
Margot cambia rápidamente de canal. Noticias, una película vieja,
nada.
Finalmente la está venciendo el sueño y la fatiga del
día. Se siente un tanto aliviada porque esas gordas sí que eran
gordas. Ella no está tan mal. Cambia el canal una vez más. Un gordo
esta vez. Le achicaron el estómago por medio de una especie de banda
de goma que le oprime la boca del estómago.
Apaga la tele.
Mañana saldrá temprano, para llegar antes que los otros y así
poder adelantar el trabajo atrasado. Espera no pillar ese virus que
ha invadido su oficina. Tiene buenas inmunidades porque todos han
caído, menos ella. Odia tener que quedarse en casa ya sea por
enfermedad o por lo que fuera. Procurará no parar en Eskimo...
¿Qué tal será el helado de pistachos? Nunca lo ha probado.
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Teresa Bevin
nació
en Camagüey, Cuba (1949). Narradora, traductora y
profesora de psicología. Graduada de la Universidad George
Washington en Washington, D.C. y de la Universidad de Maryland en
College Park, Maryland. Por más de treinta años vivió en el área
metropolitana de Washington, D.C., donde trabajó como terapeuta de
niños inmigrantes y como terapeuta de intervención crítica. Su
dedicación a la salud mental y el bienestar de niños y familias
procedentes de culturas hispánicas e indígenas de América Latina
continúa a través de su escritura. Hasta finales del 2006 trabajó
como profesora de psicología y técnicas de consejería y fue
coordinadora del departamento de lenguas extranjeras en Montgomery
College (Takoma Park, Maryland). Con frecuencia ofrece charlas a
clínicas y agencias de servicio social en gobiernos locales y
estatales. Ha participado con capítulos completos en varios textos
para estudiantes graduados de psicología y trabajo social, abordando
temas de diversidad cultural y salud mental, entre los que cabe
destacar:
“La
necesidad de cuidados especializados con las víctimas de la guerra
de El Salvador”
(Panamerican Health Organization, 1998); “Multiple Traumas of
Refugees: Near Drowning and Witnessing of Maternal Rape” en
Children in Crisis, Dr. N. B. Webb, Editora, (Guilford
Publications, New York, ediciones de 1991 y 2000); “Parenting in
Cuban-American Families”
en Multicultural Parent-Child and Family Relationships, Dr.
N. B. Webb, Editora, (Columbia University Press, New York, 2001); y
los textos “Caught Between Homophobia and Peer Pressure” and
“Cuban Women: Betrayed by Revolution” en el libro
Opening
Pandora’s Box: An Introduction to Women Studies,
B. Friel & R. Giron, Editores, (Gival Press, Virginia, 2005). Ha
publicado sus cuentos y relatos en revistas latinoamericanas y
estadounidenses. Su relato
“City of Giant Tinajones” (Ciudad de Grandes Tinajones)
aparece en una de las antologías más importantes sobre la literatura
latina en los EE.UU., The Prentice Hall Anthology of Latino
Literature,
E. del
Rio, Editor, (Prentice Hall, New Jersey, 2002).
Ha incursionado en el género de novela juvenil bilingüe, que incluye
currículo y lecciones, con el libro Tina Springs into Summer/Tina
se lanza al verano (Gival Press, Virginia, 2005).
En el
2001 recibió el premio
“Bronce” que otorga la revista ForeWord Magazine por la mejor
traducción de ese año y en el 2002 fue finalista en la categoría de
ficción multicultural del grupo Independent Publisher Online
(Publicaciones Independientes en la Red) por
su
obra y traducción de los
mismos, la
colección bilingüe de cuentos Dreams and Other Ailments/Sueños y
otros achaques (Gival
Press, 2001). Su novela Havana Split, publicada por la
Universidad de Houston, (Arte Público Press, 1998) fue nombrada por
el periódico The Miami Herald entre uno de los libros más
importantes del 1998.

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