Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 27/28

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesor Técnico

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA LUZ QUE NO CESA

 por

Francisco Javier Catalán Eugenio 

 


     Inextinguible, hermosa, radiante, más luminosa que nunca se ha mostrado la luz de Miguel Hernández en el II Congreso Internacional recientemente celebrado en su honor (Orihuela – Madrid). Y no se ha de consumir nunca su fulgor, pues la llama auténtica, el resplandor verdadero siempre consiguen vencer a la sombra y al olvido. Y la verdad entonces prevalece orgullosa, coronada  de azahares y ramales de olivo.

    Todo empezó en Orihuela, en el patio de los recuerdos de una luz inextinguida, embebecidos una vez más por el aroma fragante de la montaña erguida justo al pie de la casa del poeta. Acababa la noche de extender su cálido manto sobre la sierra desnuda de Oleza. Engalanada llegaba de estrellas y generosa de lunas. La ocasión así lo requería.      

     Una breve pero emotiva alocución del doctor Odón Betanzos Palacios -director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (Nueva York)-, la ratificación formal del hermanamiento cultural entre Tolentino (Italia) y Orihuela y un discurso ya conocido del primer edil oriolano, dieron por iniciado el II Congreso Internacional Miguel Hernández. El acto inaugural concluyó con un recital músico-poético. El cantaor José Meneses, con un estruendo de mil gargantas, consiguió elevar la voz del poeta más allá de los cielos; y hasta los muros seculares de Santo Domingo se estremecieron con su trueno.   Ya en Madrid, las jornadas se sucedieron envueltas en una febril actividad.

 

     Los actos y las conferencias se agolpaban respetuosamente en el calendario de actividades. Habían transcurrido quizás demasiados años desde que se celebrara el primer congreso hernandiano (Alicante – Elche - Orihuela, 1992) y había mucho que contar.

     En el Ateneo de Madrid, todo un símbolo de la República española, se inauguraron las sesiones capitalinas. Allí tuvo lugar un sentido y entrañable encuentro, que a la vez era reencuentro, entre coetáneos de Miguel Hernández que compartieron con él experiencias de guerra y de cárcel. Rosario Sánchez “La dinamitera”, Leopoldo de Luis, Arturo del Hoyo, José Aldomar y José Ramón Clemente inundaron toda la sala de nostalgias a flor de piel, desempaquetando recuerdos e imágenes de Miguel Hernández rescatados de la memoria, que no del olvido. A duras penas conseguíamos retener la lágrima rebelde sobre nuestros párpados inquietos. La emoción era máxima. Y la sensación de cercanía con el poeta de Orihuela, que en su día frecuentara esas mismas dependencias que ahora nosotros ocupábamos, iba paso a paso adueñándose de todos nuestros sentidos; hasta que al fin, rendidos a una añoranza sin medida, comprendimos que las palabras ya de poco servían. El acto finalizó con un imponente y sobrecogedor minuto de silencio por el alma del eterno poeta.

     Las sesiones estrictamente científicas se desarrollaron íntegramente en el Salón de Actos de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense. En el interior de sus muros resonaron, una tras otra, buena parte de las voces hernandianas más autorizadas, que analizaron rigurosamente la obra de Miguel Hernández y su particular cosmovisión poética desde muy diversos ángulos de estudio. Agustín Sánchez Vidal lo hizo magistralmente desde las imágenes y simbología hernandiana; Jorge Urrutia dio algunas claves para la lectura poética de Miguel Hernández, en especial de su obra más hermética: Perito en lunas; Francisco J. Díez de Revenga incidió en la relación de Hernández con las vanguardias y la estética del 27; Maricel Mayor Marsán abordó con brillantez la presencia y estudio de que ha sido y es objeto el poeta oriolano en EE.UU.; igualmente brillante fue la emotiva conferencia, cargada de lirismo, que nos regaló Odón Betanzos Palacios; Eutimio Martín rescató de la sombra un carta inédita del poeta. Pero tres concretas intervenciones se revelaron particularmente interesantes por diversos motivos.

 

El periodista Francisco Javier Catalán Eugenio y el Dr. Odón Betanzos Palacios, Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española durante un descanso en el

II Congreso Internacional

 Miguel Hernández

Universidad Complutense de Madrid (Octubre de 2003)

 

    

     Jesucristo Riquelme nos ilustró de forma magistral acerca de la producción teatral de Miguel Hernández, tradicionalmente situada en un discreto segundo plano dentro del conjunto de la obra hernandiana y hasta podríamos decir que no valorada en su justa medida.

     El hecho de que sus obras apenas hayan sido representadas no se debe tanto a razones de calidad cuanto a condicionantes de otra índole. Las enormes dificultades técnicas que conllevaba en su momento la puesta en escena del auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, el gran número de actores requerido, el carácter alegórico de la obra... provocaron que se demorase su estreno hasta finales de la década de los 70. Hoy simplemente podríamos decir aquello de que su puesta en escena no es rentable desde el punto de vista empresarial.

     Fue la compañía teatral La Cazuela de Alcoy, en 1977 y bajo la dirección de Mario Silvestre, la primera y la única hasta el momento que ha representado íntegramente el auto sacramental de Miguel Hernández, con un grado de profesionalidad admirable, habida cuenta de que no se trata de una compañía profesionalmente dedicada a la actividad teatral. El profesor Riquelme aludió a los preparativos que se están llevando a cabo en Granada para el reestreno del mencionado auto sacramental; pero no se representará en su integridad, lo que añade más valor, si cabe, al reto que en su día asumiera la compañía alcoyana que lo estrenó.

     Los hijos de la piedra y El labrador de más aire, de acentuado carácter reivindicativo, eran obras prohibidas que tan solo se representaban íntegramente en la clandestinidad. La segunda de ellas fue muy mal llevada a escena en un primer momento, quedando prácticamente condenada al ostracismo; mientras que de la primera se está preparando su reestreno en Tolentino.

     Si a todo esto unimos el marcado carácter coyuntural que define en su conjunto la producción teatral hernandiana, así como las escasas publicaciones que por diversos motivos ha habido de la misma, todo parece indicar que, en cierta medida, ésta atraviesa actualmente por una fase de redescubrimiento de incierto resultado.

     Muy esclarecedora resultó asimismo la conferencia de José María Balcells y su análisis de El rayo que no cesa desde la intertextualidad.

     En el coloquio final se debatió sobre un tema que el día anterior había puesto sobre la mesa José Luis Ferris, en relación a cuál fue el motivo de inspiración de los poemas amorosos que integran El rayo que no cesa: Si el libro responde al canon petrarquista de una única musa inspiradora, tal y como defiende Balcells; o si por el contrario fueron varias las mujeres que están en el origen de esos poemas, tesis mantenida por Ferris en su reciente biografía de Miguel Hernández.

     José Luis Ferris explicó, sorprendido, que fue precisamente Balcells quien le puso sobre la pista de su hipótesis de trabajo. Por su parte, José María Balcells aclaró que lo que fue una simple sugerencia, Ferris la había llevado demasiado lejos, hasta el exceso de atreverse a poner nombre y apellidos a todos y cada uno de los referidos poemas.

     El coloquio fue subiendo de tono, siempre dentro de la corrección, hasta que finalmente el profesor Balcells, secundado en todo momento por Jorge Urrutia –en calidad de moderador-, manifestó claramente su parecer sobre la teoría mantenida por Ferris en su libro. Ambos estudiosos no podían admitir, bajo ningún concepto, que el escritor alicantino, un escritor de novelas, se internase en un terreno que no le pertenecía –entiéndase, el del estudio y análisis literario de una obra poética-.

   La postura del profesor Balcells puede resultar hasta cierto punto comprensible. Y también parece claro que Ferris en su libro ha llevado demasiado lejos algunos de sus planteamientos iniciales. Pero del mismo modo creo sinceramente que Balcells se ha excedido en su reacción. Cuando alguien se permite cuestionar una obra ajena sin al menos haberla leído previamente en su integridad –tal y como ha reconocido el mismo Balcells-, corre el riesgo de herir gravemente su propia credibilidad.

     Si José María Balcells se hubiese tomado la molestia  cuanto menos de leer la sobrecubierta del libro de Ferris, sabría que el escritor alicantino no es un simple escritor de novelas. Sabría que el autor de Cetro de cal -poemario con el que Ferris obtuvo en 1984 un accésit del premio Adonais (el premio de poesía más importante de España)-, ha sido calificado por la crítica como “uno de los máximos exponentes de la joven lírica española” por su libro de poemas Niebla firme. Pero además sabría que José Luis Ferris es licenciado en filología; luego... alguna autoridad sí tendrá su opinión.

     Por otro lado, si Balcells hubiera ido más allá y hubiese leído el prólogo del mencionado libro, habría constatado que Ferris se apresura a pedir perdón de antemano por sus intromisiones en el terreno del análisis y el juicio literario, justificándolas en todo caso “por la pura necesidad de argumentar y demostrar cada uno de los hechos que aquí se recogen”; más aún –añado yo-, en el caso tan particular de Miguel Hernández, en el que vida y obra discurrieron tan estrechamente cogidas de la mano que, del mismo modo que cualquier estudio de su obra no debe obviar sus circunstancias personales, asimismo cualquier intento de abordar su biografía no debe descuidar el más que probable reflejo de ésta en su producción literaria. Así pues, y aun a pesar de que Ferris en momentos muy puntuales del citado libro traiciona su inicial declaración de intenciones, ello no justifica, en modo alguno, su pretendida total desautorización.

     Si finalmente Balcells hubiese leído el libro en su totalidad, quizás habría advertido la coherencia y la lógica argumental que presiden, en líneas generales, la referida obra de Ferris, quien basa la mayor parte de sus aseveraciones en la “intertextualidad” de los poemas de Miguel Hernández en relación con su amplísimo epistolario y con los testimonios -escritos y publicados- de personas cercanas al poeta (vid. Hacia Miguel Hernández de Ramón Pérez Álvarez); todo lo cual, cuanto menos, merece el mismo respeto que cabe pedir para el interesante estudio que expuso el propio José María Balcells en el recién clausurado congreso hernandiano (¡estudio curiosamente abordado también desde la intertextualidad!).

     Por último, también resultó particularmente interesante la intervención de Andrés Santana, empleado de la Embajada de España en Rusia.

     Sin lugar a dudas, la afiliación comunista de Miguel Hernández, largamente defendida por Ramón Pérez Álvarez y confirmada posteriormente con la aparición de su ficha de alistamiento en el ejército republicano, ha sido el principal elemento configurador del mito político creado en torno a la figura del poeta oriolano. Pero el paso del tiempo ha ido arrojando ya varias pistas en el camino, en forma de testimonios de primera mano, acerca del doloroso desengaño comunista que al parecer experimentó Miguel Hernández tras su viaje a la URSS en septiembre de 1937. En ese sentido se manifestaron en su día Elena Garro y María Zambrano tras reunirse con el poeta, en París y en Valencia respectivamente, a la vuelta de dicho viaje.

    Y en esos mismos términos  se manifestó también Andrés Santana. Convencido, una vez realizadas las oportunas averiguaciones, de que Miguel Hernández fue sometido a vigilancia en la URSS –como lo eran todos los huéspedes extranjeros de aquel país-, así como de la existencia de informes oficiales del servicio secreto soviético donde estarían recogidas todas sus manifestaciones, comentarios, movimientos, etc., Santana considera que la futura desclasificación o acceso a los archivos de la KGB arrojará la luz definitiva con relación a ese supuesto desengaño político del autor de Viento del pueblo.

     Tal vez entonces el mensaje de Miguel se libere al fin de la asfixiante soga ideológica tendida por unos cuantos y alcance la altura universal que realmente comprende. Tal vez entonces la memoria del poeta pueda definitivamente reposar en un lecho de claridades, allá, en el camposanto de la virtud, alejada de cualquier extremo y de la celosa sombra enamorada. Tal vez... en el III Congreso Internacional Miguel Hernández.

     Yo que creí que la luz era mía /  precipitado en la sombra me veo, dejó escrito Miguel en uno de sus últimos poemas: Eterna sombra. El poeta llora amargamente sobre sus versos el desengaño final que ha ido hallando, casi como única respuesta, detrás de todo aquello en lo que más creía -Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo-; y se siente Carne sin norte que va en oleada / hacia la noche siniestra, baldía. Pero el ejemplo de enorme entereza y coherencia vital que manifestó Miguel Hernández a lo largo de toda su vida, se vierte de forma imponente en los dos últimos versos: Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida. Éste es el auténtico e indiscutible mensaje humano de esperanza que transmitió el poeta con su vida, en su obra y en el que creyó hasta su muerte (mensaje, por otro lado, vivo y en constante reafirmación).

     Pero Miguel Hernández también representa, como pocos, el paradigma de excepcional talento natural capaz de crear toda una obra de gran altura en el corto espacio temporal de once años. Y aunque  por edad pertenece a la llamada Generación del 36, por afinidad y con la publicación de Perito en lunas en 1933 alcanza por derecho propio a los grandes del 27; situándose cuanto menos a la altura de todos ellos con la aparición, en enero de 1936, de su libro de poemas amorosos El rayo que no cesa. Miguel Hernández fue el último en llegar, el más joven, pero pronto se iba a hacer un hueco entre aquella brillante generación de artistas españoles –posiblemente la más grande que ha dado a luz este país-; y ello sin renunciar en ningún momento a sus raíces humildes, a su tierra natal, a sus pantalones de pana ni a sus alpargatas de campesino, todo lo cual en su conjunto le generó no pocas antipatías, envidias o simple rechazo, como el que sentía hacia él Federico García Lorca –hecho éste que destacó con total rotundidad José Saramago, presidente de Honor del Congreso, en el discurso de clausura del mismo-.

     Definitivamente, pues, rescatado de la sombra ha sido el poeta de Orihuela en este II Congreso Internacional Miguel Hernández... si es que alguna vez habitó en ella.

     El “poeta del pueblo”, el “poeta cabrero”, es hoy más que nunca poeta cósmico, pastor de sentimientos extraordinariamente cultivados, suprema voz autorizada de la verdad que nunca deja de serlo, grito poderoso de esperanza que abriga inviernos y a los corazones rebeldes sedientos de justicia.

     No es posible ponerle cadenas al viento, ¿quién puede encarcelar la palabra?... Palabras que el viento conduce. La verdad prevalece sonriente.

 

Francisco Javier Catalán Eugenio nació en Orihuela, Alicante, España (1973). Actualmente cursa estudios de Derecho en la Universidad de Murcia.  Es colaborador habitual de la revista Portada de Orihuela, con la sección “Al otro lado de la reja” desde 2002. Ha publicado artículos en La vega es (revista comarcal de la Vega Baja del Segura), en el diario Información de Alicante, en la Revista Literaria Baquiana (Miami, Florida – EE.UU.)(reportaje gráfico) y en el diario Las Provincias de Alicante y en el diario Canfali de Benidorm 2003.