Miami
Estados Unidos
Año X

 Nº 59/60

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

Ceviche en Pittsburgh

 

 por

 

José Castro Urioste

 


     ...yo le diría que ése ha sido siempre el problema que me ha preocupado: los efectos de poder y los problemas de “verdad”.

 

Michel Foucault

Bajo el título de Trecho de mudez, se estrenó una primera versión de esta obra el 25 de octubre de 1992 en el teatro “The Pitt” en Pittsburgh, Estados Unidos, con el siguiente reparto:

Carlos...........Jean Pierre Nutini

Toño.............Angelo Santiago

Lucía............Berta Pancorvo

La dirección estuvo a cargo de Berta Pancorvo.

La presente versión se presentó por primera vez el 21 de septiembre de 2007 en Bell Arts Factory, Ventura, California, por el Teatro de las Américas. El montaje estuvo de gira por varias ciudades del sur de California, incluyendo Los Angeles. El reparto fue el siguiente:

Carlos..........Abraham Chávez

Toño............Víctor M. Durán

Lucía...........Gloria De León

La dirección estuvo a cargo de Lourdes Solórzano

 

PERSONAJES:

Toño: Tiene alrededor de veintisiete años. Estudia el doctorado en historia.

Carlos: Hermano de Toño. Es ocho años mayor.

Lucía: Periodista colombiana. Novia de Toño. También tiene alrededor de veintisiete años.

 

ACTO ÚNICO

 

Departamento de Toño en Pittsburgh. Al fondo, a la derecha, se ve la cocina. A la izquierda, en primer plano, se ve la sala-comedor: un sofá, un estante con libros, un equipo de música, una mesita donde está el teléfono, y una mesa para comer rodeada de cuatro sillas. Atrás, al medio, hay una puerta que conduce al dormitorio. Están Carlos, Toño y Lucía. Mientras esperan que el ceviche esté listo, Toño habla por teléfono y  Carlos y Lucía revisan un álbum de fotografías de la familia y beben cerveza en lata.

 

Toño: Sí, operadora, sí, he llamado directamente tres veces pero nadie contestó... Claro, claro, posiblemente no haya nadie, pero quisiera que verifique que no hay ningún problema con el teléfono de allá...¡Ajá!... Sí, ése es el número...¿Le doy el código del país y de Lima también?...

 

Lucía:  ¿Te responden?

 

Toño: Están chequeando.

 

Carlos: Ultimamente las líneas andan más cruzadas.

 

Toño: ¡Aló, sí!... ¡Ajá!...Entiendo, entiendo... Gracias de todas maneras... Sí, insistiré más tarde (Cuelga el teléfono. A Lucía y Carlos.) Bueno, dicen que el teléfono está funcionando bien, así que simplemente el viejo no está en casa.

 

Carlos: Te lo dije. Debe andar viendo sus negocios, pero ya te llamará. Es tu cumpleaños, ¿no?

 

Toño: Siempre me había llamado a primera hora.

 

Lucía: (Mirando las fotos.) ¿Y quién es esta señora? (Toño se acerca a ellos.)

 

Carlos: ¿No habías visto fotos de ella? Es nuestra madre.

 

Lucía: Era guapa.

 

Toño: Es una de las últimas fotos de mamá, antes que muriera (A Lucía.) Mira, aquí está Carlos cuando terminó el High School.

 

Lucía: (A Carlos.) ¡Estás sin bigote!

 

Carlos: También, esa foto es prehistórica.

 

Toño: Ni tanto. Carlos terminó el colegio un poco abuelito. Su curso preferido se llamaba repetir de año.

 

Carlos: Con los profesores que teníamos.

 

Toño: Tú siempre culpando a los otros, ¿no, hermano?

 

Carlos: Pero si enseñaban un montón de vainas sin sentido práctico.

 

Toño: (A Lucía.) Lo que pasa es que papá nos puso en el  colegio de donde egresa la élite de nuestro país. ¿Sabes lo que significa élite, Carlos?

 

Carlos: Si no me falla mi pulcro castellano, es una collera de cuatro que se creen muy pendejos.

 

Toño: (A Lucía.) Y claro, Carlos nunca tuvo condiciones para pertenecer a ninguna élite. 

 

Lucía: ¡Toño!

 

Carlos: (A Toño.) ¿Por qué no te fijas si ya está listo ese ceviche que andas preparando?

 

Toño: Déjame darle una chequeada. (Toño se acerca a la cocina donde hay una fuente en la que reposa el ceviche. Lo prueba.) Todavía le falta un poquito.

 

Lucía: (Encuentra un tarjeta de cumpleaños en el fondo del álbum.) ¿Y qué es esto, Toño?

 

Toño: ¿Qué cosa? (Mira la tarjeta.) Ah, es una tarjeta que me envió mi padre para mi cumpleaños. Parece que se adelantó y me llegó hace  tres días. (Ella la lee.) Muéstrasela a Carlos.

 

Carlos: (Leyendo la tarjeta.) "Querido hijo Toño espero que tus estudios sigan siendo un éxito, que cada vez te parezcas más a tu padre y te andes tirando a toda mujer que encuentres..."

 

Lucía: ¡No seas mentiroso!

 

Toño: A mi hermano siempre hay que sacarle raíz cuadrada a lo que dice. 

 

Carlos: Mi padre sería incapaz de escribir algo así. Pero que el viejo lo piensa, por supuesto que lo piensa.

 

Toño: No te escondas detrás de papá. En realidad, eres tú quien lo piensa. ¿Cómo es la frase que siempre repites? Algo como... "no hay mujer difícil, sino mal hablada".

 

Carlos: (Como si no hubiera escuchado a su hermano y después de leer la tarjeta.) No está mal la tarjetita del viejo ¿no? Parece que se puso sentimentalón.

 

Toño: Sí, yo también me puse medio nostálgico cuando la leí y me entraron muchas ganas de verlo. Lo raro es que todavía no me haya llamado por teléfono.

 

Carlos: Pero te mandó una tarjeta escrita con mucho sentimiento. Y pedirle  sentimientos al viejo, es pedir bastante.

 

Toño: Bueno, ya llamará. Por ahora...

 

Carlos: Por ahora, hermanito, yo tengo un hambre que me comería una ballena embarazada.

 

Toño: (Probando.) Sí, esto ya anda en su punto. Lucía, pásame los platos.

 

Lucía: ¿Y tú no tienes manos?

(Lucía le alcanza los platos y Toño sirve.)

 

Toño: (A Carlos.) Ahora vas a probar tu primer ceviche gringo.

 

Carlos: Me arriesgo, me arriesgo.

 

Toño: ¿Me arriesgo? Vas a venir de rodillas a pedir otro plato.

 

Carlos: (Recibiendo el plato.) A ver cómo ha salido tu mezcla.

 

Toño: Tú come nomás.

 

Carlos: ¡Esto está del carajo! Hasta no parece hecho por ti. ¿A ti qué te parece, Lucía?

 

Lucía: Un poco picante. (A Toño.) ¿Y a ti quién te enseñó a preparar ceviche?

 

Toño: Mi padre.

 

Carlos: Debe ser parte de la educación que recibe la collera de los cuatro que se creen muy pendejos.

 

Lucía: (A Carlos.) ¿Y tú no sabes hacer ceviche?

 

Carlos: Lucía, yo no pertenezco a la élite. Yo sólo sé comerlo.

 

Toño: Y cuidado, hermano, con empacharse de ceviche que te puede incrementar otros apetitos. Y a propósito cómo has hecho aquí en estas dos semanas.

 

Carlos: Aquí, allá, cuál es la diferencia.

 

Toño: ¿No te parece que hay muchas? Por ejemplo, no sabes decir ni una palabra en inglés.

 

Carlos: Bueno, he tenido que dedicarme a la abstinencia.

 

Toño: ¿Abstinencia? Tú en abstinencia. Vamos, quién te va a creer ese cuento.

 

Carlos: No es cuento.

 

Toño: Anda, hermano, confiésanos, a cuántas mujeres te has tirado en los Estados Unidos. Y prometo no contárselo a tu esposa. Total, un centímetro más de cuernos a Carmen no le hace ni le quita nada.  ¿No es así?

 

Carlos: Te preocupa mucho mi vida en los Estados Unidos, ¿no?

 

Toño: Eso significa que ha habido algo. No está mal, hermano, nada mal. Yo demoré como seis meses para conseguir mi primera mujer aquí, y ya hablaba inglés perfectamente.

 

Lucía: (Mirando la hora.) Bueno, creo que se me ha hecho tarde.

 

Toño: ¿Tarde? ¿tarde para qué si hoy es mi cumpleaños?

 

Lucía: Tengo que ir al computer lab para terminar un artículo que voy a mandar a Colombia.

 

Toño: Hazlo mañana.

 

Lucía: El periodismo no espera, Toño.

 

Toño: (A Carlos.) Ves, después dice que soy yo quien se olvida del mundo cuando hay que escribir una conferencia.

 

Lucía: Yo también tengo mi profesión ¿no?

 

Toño: Muy bien, muy bien.

 

Carlos: ¿Dónde piensas publicar el artículo, Lucía?

 

Lucía: Me lo solicitaron en la revista Semana.

 

Toño: Y todavía insistes en hacer carrera en Estados Unidos publicando en esos folletines de América Latina.

 

Lucía: Yo no quiero desaparecer de mi país. Me quedaré unos años más acá terminando mi maestría, pero no me olvido ni quiero que se olviden de mí en Colombia. Allá tú que quieres escribir la historia del Perú en inglés.

 

Toño: Está bien. No he dicho nada.

 

Carlos: En todo caso, prometo comprar toda la edición de la revista cuando publiquen tu artículo.

 

Lucía: Y yo prometo darte una copia antes. Me tengo que ir (Le da un beso.)

 

Toño: ¿Regresas más tarde?

 

Lucía: No sé. Depende de cuánto me demore en terminar este artículo.

 

Toño: ¿Te puedo pedir un favor?

 

Lucía: Pedirlo sí; que lo haga es otra cosa.

 

Toño: Si regresas por acá, ¿puedes pasar antes por mi oficina y traer mi mail?

 

Lucía: Tu mail ¿no?

 

Toño: Creo que no es mucho pedir. Mi oficina queda cerquísima del computer lab.

 

Lucía:  Está bien. Si vengo por aquí, te traigo tu mail. (Se dan un beso. Lucía sale.)

 

Toño: ¿Y qué te parece?

 

Carlos: ¿Qué me parece qué?

 

Toño: Lucía.

 

Carlos: Creo que tiene mucho trabajo y no puede comer más ceviche por hoy.

 

Toño: Obviamente, no me refiero a eso.

 

Carlos: ¿No se fue a trabajar? Es lo que yo entendí.

 

Toño: Te estoy preguntando qué te parece ella.

 

Carlos: Creo que es una buena periodista. Antes de viajar a Pittsburgh publicaron un artículo suyo en El Comercio sobre la vaina de la privatización. Y lo comentaron mucho.

 

Toño: Entre periodistas siempre se alaban.

 

Carlos: A mí me pareció muy interesante. Y creo que también le interesa publicar en su país y en otras ciudades de Latinoamérica.

 

Toño: Eso es algo que no entiendo. Tiene mejor inglés que los gringos y podría escribir para cualquier periódico de aquí que obviamente paga mucho mejor.

 

Carlos: Tal vez, no todo sea inglés y dinero.

 

Toño: Tú no tienes idea de cómo funciona este país. Aunque, claro, no  todos mis problemas con Lucía son dónde ella publica y dónde deja de publicar.

 

Carlos: Pensé que para ti esta relación iba en serio.

 

Toño: Ahí no te equivocas.

 

Carlos: Entonces, hermano...

 

Toño: Siempre hay cosas que empiezan a salir en el camino.

 

Carlos: Bueno, eso es parte del negocio.

 

Toño: Sí, pero a veces joden mucho.

 

Carlos: Que jodan también es parte del negocio.

 

Toño: No sé. No sé si yo pueda vivir así.

 

Carlos: ¿Qué cosas son las que han salido?

 

Toño: ¡Qué sé yo!, que trabajo mucho y no me acuerdo de ella,  y la verdad, hermano, es que no tengo otra alternativa que la de romperme el alma trabajando. Para obtener honores en los exámenes de doctorado hace unas semanas, tuve que pasarme meses olvidándome del mundo. Y ahora, claro, tengo que escribir la mejor disertación doctoral de estos últimos años. No una cualquiera, sino la mejor, para que deje con la boca abierta al jurado. Pero ahí no se acaba la vida, porque siempre hay que publicar y publicar y publicar, y en este país si no publico  en las buenas revistas de historia, no hago historia.

 

Carlos: Bueno, yo de eso no entiendo.

 

Toño: Y claro, en medio de todo esto, a veces, y últimamente muchas veces, me he olvidado de Lucía. En parte la culpa la tengo yo.

 

Carlos: ¡Qué! Ahora te ha dado por martirizarte.

 

Toño: Por supuesto que no. Lo que pasa es que en las primeras semanas fue una de tirar hasta por los ojos.

 

Carlos: ¡Ese es mi hermano! ¡Un salud por esos polvos! (Bebe cerveza.)

 

Toño: Y cuando ella me pedía algo, sea lo que sea, ahí estaba yo, concediéndoselo.

 

Carlos: Es decir, tirando otro polvito más.

 

Toño: Entonces como que...

 

Carlos: ...como que la acostumbraste mal. O demasiado bien.

 

Toño: Sí, creo que sí. Porque luego vino trabajo y más trabajo y ella empezó con la historia de que nunca tienes tiempo para mí. Y después, no sé, después, como que esa primera época comenzó a parecer un sueño, o algo así, porque ahora, ahora no me acuerdo cuando fue la última vez que me acosté con ella.

 

Carlos: ¿Estás con otra mujer por ahí?

 

Toño: No.

 

Carlos: Así que resultaste fiel.

 

Toño: Bueno, no soy la única persona fiel del planeta. Carmen lo es contigo.

 

Carlos: Así parece.

 

Toño: ¿No me has hablado mucho de ella?

 

Carlos: Está contenta porque la ascendieron en el banco.

 

Toño: ¡Ah, qué bien!

 

Carlos: Mira, ésta es una de sus últimas fotos. Está un poquito más llenita de aquí y de aquí, lo cual la pone mucho mejor porque hay más carne de donde agarrarse.

 

Toño: Me hubiera gustado que viniese contigo. Hace un buen tiempo que tampoco la veo a ella.

 

Carlos: Lo tratamos, pero después salió lo de su ascenso y ya no le permitieron tomar las vacaciones que le debían.

 

Toño: De todas maneras, nunca me imaginé que detrás de un timbrazo de mediodía pudieras estar tú. ¿Por qué no me avisaste que venías? Al menos, hubiese ido a recogerte al aeropuerto.

 

Carlos: Quería darte una sorpresa.

 

Toño: Y qué sorpresa. Tú nunca has ido ni a la esquina, y de pronto te apareces en Pittsburgh, como si fuera dar un paseo por el parque.

 

Carlos: Algún día me iba a tocar viajar a mí también.

 

Toño: De todas maneras me parece casi un sueño que te hayas animado a venir de vacaciones por aquí.

 

Carlos: Tampoco he venido sólo de vacaciones.

 

Toño: ¡Ah, no!

 

Carlos: Bueno, no es un viaje de trabajo.

 

Toño: Sí porque no te he visto hacer mucho que digamos.

 

Carlos: Vine a traerte un dinero de papá.

 

Toño: ¿Un dinero? ¿Y por qué no me hicieron una transferencia? No era necesario que vinieras hasta aquí para dármelo.

 

Carlos: Espera que aún no lo tienes (sale y regresa con un cheque.) En realidad no he venido solamente para dejarte este dinero, sino que se juntó con las ganas de visitarte.

 

Toño: Oye, pero esto es una salvajada de plata.

 

Carlos: Nunca está demás ¿no?

 

Toño: ¿De dónde ha salido tanto?

 

Carlos: La fábrica está caminando bien y el viejo había hechos unos ahorros para ti.

 

Toño: ¿Ahorrando para mí?

 

Carlos: Tal como suena.

 

Toño: No era necesario.

 

Carlos: El viejo no pensó lo mismo y desde que te viniste abrió una cuenta de ahorros para ti. Cada fin de mes depositaba una cantidad. No sé por qué pero decidió que en este cumpleaños debías recibir el dinero. Bien, ahí tienes tu regalo.

 

Toño: Es que esto no tiene sentido. Tengo para no volver a trabajar en mi vida. Voy a llamar a papá.

 

Carlos: ¿Otra vez? Si sabes que no está en casa.

 

Toño: (Coge el teléfono y marca.) Quizás ya regresó.

 

Carlos: ¡Pero Toño!

 

Toño: Ya entró la llamada. ¡Aló, aló! ...Sí, quisiera hablar con don Antonio. Discúlpeme.

 

Carlos: ¿Quién te contestó?

 

Toño: Nada. Marqué un número equivocado. (Vuelve a discar.) ¡Aló! ¿Con don Antonio Jiménez?.... Sí, creo que hablé con usted hace un minuto. ¿No estoy hablando con Lima? ¿no es el 4-40-07-24? Bueno, quisiera hablar con Antonio Jiménez. ¡Cómo que que no es la casa de la familia Jiménez! ¿No es las Magnolias 362 en San Isidro? Debe haber una error. Esa es nuestra casa. ¿Quién es usted? Discúlpeme. Gracias. (Cuelga. A Carlos.) Dice que no es la casa de papá.

 

Carlos: No, no lo es.

 

Toño: ¿Qué pasó?

 

Carlos: Hubo que vender la casa. Los nuevos dueños prometieron mudarse el próximo mes, pero parece que se adelantaron.

 

Toño: ¿Vender la casa? Y papá... ¿adónde fue?

 

Carlos: El viejo...

 

Toño: ¿Le sucede algo a él?

 

Carlos: Te lo quise decir cuando llegué.

 

Toño: ¿Qué le sucede a papá?

 

Carlos: El viejo... el viejo murió.

 

Toño: ¿Qué broma es ésa, Carlos?

 

Carlos: No es ninguna broma, hermano.

 

Toño: ¡No es cierto! ¡No puede ser cierto!

 

Carlos: Hace unas semanas que le dio un paro cardíaco.

 

Toño: ¡Mientes!

 

Carlos: Lo enterré en el cementerio de La Molina.

 

Toño: ¡Tú me estás mintiendo!

 

Carlos: Quisiera mentirte, Toño, pero es la verdad.

 

Toño: ¡No te creo! ¡no te creo nada! ¿Y la tarjeta? La tarjeta que me envió por mi cumpleaños. Ves, me estás mintiendo. Papá me la mandó no  hace mucho.

 

Carlos: La tarjeta que dice algo como: "Querido hijo Toño: espero que tus estudios sigan siendo un éxito..."

 

Toño: Conozco muy bien la tarjeta.

 

Carlos: "...Nunca te lo dije tan claramente como ahora, pero me siento orgulloso de ti, porque has conseguido lo que te has propuesto..."

 

Toño: ¿Qué pretendes repitiendo lo que él me escribió?

 

Carlos: "... y tengo la certeza que seguirá siendo así. Un fuerte abrazo por tu cumpleaños, el más fuerte que puedas recibir". ¿No es así?

 

Toño: Y qué hay con eso.

 

Carlos: ¿No te das cuenta?  Esa tarjeta, Toño, esa tarjeta te la mandé yo. Y cada palabra que te escribí, cada letra que te escribí, la pensé cuatro o cinco veces para que cuando las leyeras te sintieras tranquilo, te sintieras feliz pensando que el viejo se había acordado de ti en tu cumpleaños, para que no pensaras que algo malo le había sucedido a él.

 

Toño: No es cierto. Nada de lo que dices es cierto. Papá no puede haber muerto. Lo que tú has hecho es memorizar la tarjeta. Sí, eso hiciste. La memorizaste palabra por palabra. Sí, es es lo que has hecho.

 

Carlos: Quisiera darte la razón, sabes.

 

Toño: Y la caligrafía. Ves, me estás mintiendo. Me estás mintiendo porque reconocí claramente la letra de papá. Sí, era la letra de papá y no la tuya.

 

Carlos: Dame un lapicero y un papel, y te escribo con la letra de papá (Toño duda.) Anda, dame un lapicero y un papel, y te escribo con su letra (Toño le lanza un cuaderno y un lapicero.)

 

Toño: Toma, para que confirmes tus mentiras.

 

Carlos: (Escribe.) "Querido hijo Toño: espero que tus estudios sigan siendo un éxito. ....". ¿Te parece suficiente o te escribo toda la tarjeta?

 

Toño: (Mira lo que Carlos ha escrito.) No puede ser (Busca la tarjeta.) ¿Dónde está la tarjeta? (Compara la caligrafía.) Esta "a" parece un poco más inclinada hacia la izquierda; y la "p", la "p"  podría estar aquí un poco más echada, y la "d"..., la "d" no sé, y la "o", la "o" es...

 

Carlos: El viejo se nos murió, Toño.

 

Toño: (Dejando de comparar las letras y como para sí mismo.) ¿Papá está muerto? No puede ser. Yo pensaba viajar ahora en verano; viajar para contarle veinte mil historias, viajar para decirle lo que había hecho en estos años. No, no puede ser. Le iba a decir para caminar por la playa como lo hacíamos antes. ¿Recuerdas cuando era niño y él me llevaba a pasear por la orilla? Sí, solía hacerlo a menudo. El caminaba mirando el horizonte, y yo lanzaba pequeñas piedras al mar. Un día se detuvo. Así, de pronto se detuvo. Míralo, me dijo, y moviendo sus cejas me señaló el mar. Míralo bien, que parece que tiene algo que decirnos y nadie lo entiende y por eso ruge y ruge. Yo tampoco comprendí y seguí lanzando las pequeñas piedras que se perdían en la espuma de las aguas. Pasaron como quince años, sabes, como quince años más. Porque semanas antes de venir aquí, volvimos a caminar juntos por la orilla de la playa. El continuaba mirando el horizonte, mirando también aquellas olas que parecían una parte  del cielo que se quebraba; yo ya había cambiado las piedrecillas por los cigarros. Y volvió a repetirme la misma frase sólo que con una voz golpeada por el tiempo. "Parece, hijo, que el mar tiene algo que decirnos y nadie lo entiende y  por eso ruge y ruge y ruge". Yo también, sabes, había guardado tantas cosas para decirle. Quería contarle tantas cosas, ir hablándole de a pocos sobre cada una de ellas y no creo que ahora nadie las entienda. Y aunque vocifere y  grite  y ruja como el mar, no habrá otro que pueda escucharlas, porque esas historias las había guardado para él. Y tú me dices que ¿papá está muerto?

 

Carlos: No sufrió. Ni siquiera se llegó a dar cuenta.

 

Toño: ¿Por qué no me lo contaste?

 

Carlos: Quise hacerlo cuando llegué, pero se me hizo difícil y después fueron pasando los días y se me hizo mucho más difícil todavía.

 

Toño: No me refiero a eso. ¿Por qué no me avisaste de Perú?

 

Carlos: Pensé hacerlo.

 

Toño: ¿Lo pensaste? Debiste haberlo hecho.

 

Carlos: Yo no fui quién te lo quiso ocultar.

 

Toño:  ¿Ah, no?

 

Carlos: Toño, créeme, yo hubiese preferido contarte las cosas.

 

Toño: No se nota que hayas querido eso.

 

Carlos: También pensé que sería cruel no decirte nada en su momento.

 

Toño: Sin embargo callaste. 

 

Carlos: Tuve que hacerlo.

 

Toño: ¿Tuviste que hacerlo?

 

Carlos: Piénsalo un momento, sólo un momento.

 

Toño: ¡Qué carajo quieres que piense cuando mi padre ha muerto y mi hermano lo ha callado durante dos semanas!

 

Carlos: Piensa un momento. Quién más sino yo te necesitaba cuando el viejo murió.

 

Toño: No parece que te haya hecho mucha falta.

 

Carlos: Pero debimos estar juntos.

 

Toño: Tú lo impediste.

 

Carlos: No fui yo.

 

Toño: Entonces quién.

 

Carlos: Yo tenía que callar.

 

Toño: ¿Qué estás diciendo?

 

Carlos: Él me lo pidió.

 

Toño: ¿Qué?

 

Carlos: Sí, el viejo me pidió que no te dijera nada.

 

Toño: ¡Pero cómo piensas que te voy a creer semejante absurdo! 

 

Carlos: Es la verdad, Toño. El me pidió que me callara.

 

Toño: ¿Por qué no me avisaste, Carlos?

 

Carlos: Creéme, él me lo dijo.

 

Toño: Dime por qué mierda no me avisaste.

 

Carlos: El me exigió que no te avisara si le pasaba algo durante tus exámenes.

 

Toño: ¿Qué tienen que ver los exámenes en esto?

 
Carlos: Yo le dije que no era justo.

 

Toño: Claro que no es justo.

 

Carlos: Pero me explicó que si te enterabas en la época de tus exámenes podías perder el doctorado.

 

Toño: ¡Y qué mierda con el doctorado!

 

Carlos: Pero si esa es tu vida, Toño.

 

Toño: Y la muerte de mi padre se iba al carajo.

 

Carlos: Sólo estaba buscando lo mejor para ti.

 

Toño: Sé perfectamente buscar lo mejor para mí.

 

(Carlos y Lucía en un bar. La escena ha transcurrido hace unos días.)

 

Carlos: No te conocía tan seria.

 

Lucía: Tampoco me conoces mucho.

 

Carlos: Sí, es cierto.

 

Lucía: (Mira su reloj.) ¿No crees que ya deberíamos irnos?

 

Carlos: Tan pronto.

 

Lucía: Se ha hecho un poco tarde, ¿no?

 

Carlos: La noche es joven, y no hay ni pizca de pecado en tomar un trago con el futuro cuñado.

 

Lucía: Supongo que no.

 

Carlos: ¿Crees que Toño se enojaría?

 

Lucía: Quién sabe. En realidad, nunca se sabe con él.

 

Carlos: ¿Qué? ¿hay problemas?

 

Lucía: Claro que no los hay.

 

Carlos: Ya veo.

 

Lucía: Te digo que no los hay.

 

Carlos: Sí, eso es lo que entendí. Tampoco hay problemas conmigo, ¿no?

 

Lucía: Qué podría haber.

 

Carlos: Pregunto por si acaso.

 

Lucía: Hace muy poco que has llegado.

 

Carlos: Espera a que me quede un poco más. (Ella lo mira como interrogándolo.) Nada, Lucía, nada. Sólo era una broma.

 

Lucía: Sí, ya lo sé.

 

Carlos: Mejor hagamos un brindis.

 

Lucía: Y por quién quieres brindar.

 

Carlos: Qué te parece, Lucía, un brindis por aquéllos que siempre quedan en el olvido, es decir, por los cuñados.

 

Lucía: ¡Salud!

 

Carlos: (Socarronamente.) Salud, por nosotros dos (pausa) en esta noche.

 

Lucía: Bien, creo que ya me tengo que ir.

(Ella parece que se va.)

 

Carlos: (Sorprendido.) Qué pasa, Lucía.

 

Lucía: No, nada.

 

(Carlos la toma para retenerla. Ella mira la mano de Carlos en su brazo.)

 

Carlos: (Aparentemente nervioso.) ¿Dije algo que te molestó? Lo siento. De verdad, lo siento mucho.

 

Lucía: No hay de qué disculparse, Carlos, pero ya se me ha hecho un poco tarde.

 

Carlos: ¿Qué te parece si terminamos estos tragos y nos vamos? Te lo prometo. Después de este par, nos vamos. ¿Qué dices? Anda, sólo este par de tragos.

 

Lucía: Está bien. Acepto tu promesa. Pero sólo un rato más.

 

Carlos: Gracias.

 

Lucía: ¿Siempre eres así?

 

Carlos: ¿Te refieres a las tonteras que a veces se me escapan?

 

Lucía: No, si siempre eres así de persistente.

 

Carlos: En realidad, pocas veces.

 

Lucía: No te creo.

 

Carlos: En serio.

 

Lucía: (Sonríe ligeramente.) Falta que ahora me digas que eres tímido.

 

Carlos: Tu primera sonrisa de la noche. (Lucía vuelve a sonreír.) Y segunda sonrisa. Un minuto más y tendremos un desfile de sonrisas.

 

Lucía: ¿De verdad tienes algo de tímido?

 

Carlos: ¿Ah?

 

Lucía: ¿Detrás de tanta palabrería se esconde un hombre tímido?

 

Carlos: ¿Por qué dices eso?

 

Lucía: Creo saber por qué.

 

Carlos: Qué misteriosa.

 

Lucía: Tú siempre...

 

Carlos: Yo siempre qué.

 

Lucía: No, nada.

 

Carlos: ¿Segura?

 

Lucía: Me pareció... No sé, quizás me equivoque, pero creo que estabas un poco nervioso.

 

Carlos: ¿Nervioso? ¿cuándo?

 

Lucía: Ahora (pausa), cuando me iba..., cuando me tocaste el brazo.

 

Carlos: Vaya, te diste cuenta.

 

Lucía: Por favor, no te sientas mal. Yo lo considero una virtud: los tímidos siempre son personas muy sensibles. Además, mucha gente que habla bastante oculta su timidez de esa manera.

 

Carlos: ¿Sí?

 

Lucía: De verdad.

 

Carlos: ¿Y tú?

 

Lucía: Yo qué.

 

Carlos: ¿Cómo haces tú?

 

Lucía: ¿De qué estás hablando?

 

Carlos: De lo mismo.

 

Lucía: No te entiendo, Carlos.

 

Carlos: ¿Cómo haces tú para ocultar el nerviosismo cuando te tocan el brazo?

 

Lucía: Carlos...

 

Carlos: ¿O me equivoco?

 

Lucía: Mejor bebamos un poco más rápido.

 

Carlos: Entonces es cierto.

 

Lucía: ¿Qué estás diciendo?

 

Carlos: Que tú ocultas el nerviosismo mejor que yo.

 

Lucía: Si en realidad tienes algo de tímido, creo que ahora estás dejando de serlo.

 

Carlos: Y dime, Lucía, ¿a ti te gustan los tímidos que dejan de ser tímidos en un bar pittsburgués?

 

Lucía: Carlos, no te das cuenta que eres...

 

Carlos: (Interrumpiéndola.) Sí, Lucía, sí (pausa), pero ¿acaso no te gustan los hombres que dejan de ser tímidos?

 

Lucía: Carlos...

 

Carlos: Anda, Lucía, dímelo. Anda, dímelo.

 

Lucía: Carlos...

 

Carlos: Anda, dilo mirándome a los ojos. Dilo ahora. Dilo, Lucía, dilo:  ¿te gustan los hombres tímidos?

 

Lucía: No lo sé.

 

Carlos: (Acercándosele, casi besándola, le toca muy ligeramente los labios con el dedo índice; ella está como paralizada.) ¿Y te gustaría saberlo?

 

(Regreso a la escena entre Carlos y Toño.)

 

Toño: Sé perfectamente buscar lo mejor para mí.

 

Carlos: Pero quizás hubieses fracasado en los exámenes.

 

Toño: Eran mis exámenes. Era mi fracaso.

 

Carlos: Nadie quiere que te suceda eso.

 

Toño: ¿Y acaso no tenía derecho entre escoger unos putos exámenes y estar con  mi padre?

 

Carlos: El sólo deseaba que te fuera bien.

 

Toño: (Como para sí mismo.) Y tú, ¿qué querías?

 

Carlos: Lo mismo que el viejo.

 

Toño: ¿Seguro?

 

Carlos: Claro, por qué lo dudas.

 

Toño: ¿Quieres más prueba que tu silencio?

 

Carlos: Toño, yo quise avisarte por teléfono después que habías terminado los exámenes.

 

Toño: Olvida esos putos exámenes.

 

Carlos: Pero si todos sabíamos que eran muy importantes para ti.

 

Toño: Ya te dije que sé mejor que tú lo que es importante para mí.

 

Carlos: Después Carmen me sugirió que viajara y que era mejor que lo habláramos.

 

Toño: Y te pasaste dos semanas dándote la gran juerga.

 

Carlos: Eso no es así.

 

Toño: ¿Ah, no? Entonces puedes decirme qué has estado haciendo en Pittsburgh.

 

Carlos: Era difícil decírtelo.

 

Toño: ¿Por eso preferiste continuar con el silencio?

 

Carlos: Lo hice por ti.

 

Toño: ¿Por mí?

 

Carlos: Me gustaba verte estudiando. Me gustaba verte de nuevo, verte sonriente, verte con Lucía.

 

Toño: Papá está muerto. Y tú no me dijiste nada, y yo tenía derecho a estar con él.

 

Carlos: Entiende, Toño, lo hice por ti. Por eso te tuve  que mandar esa tarjeta falsa. Sólo así podías pensar que las cosas estaban yendo bien. Todo lo hice por ti.

 

Toño: ¿Y desde cuándo te preocupas por mi profesión? ¿desde cuándo me quieres tanto?

 

Carlos: Toño, eres mi hermano.

 

Toño: Y eso qué.

 

Carlos: Eres mi único hermano, y ahora que el viejo murió eres mi única familia de sangre.

 

Toño: ¿Estás seguro que me hubieses escogido como hermano? ¿o me vas a responder que no tuviste otra alternativa?

 

Carlos: ¿Por qué dices eso?

 

Toño: Basta recordar un poco ¿no?

 

Carlos: No hay nada que podamos recordar que me preocupe.

 

Toño: Tienes mala memoria.

 

Carlos: Siempre fuiste el hermano que quise tener.

 

Toño: ¿Estás seguro que quisiste tener un hermano?

 

Carlos: Claro que sí.

 

Toño: ¿Y por qué te fuiste de casa?

 

Carlos: Bueno, me casé y los recién casados casa quieren.

 

Toño: No hablo de esa vez.

 

Carlos: Tampoco hay otra.

 

Toño: ¿Ah, no?

 

Carlos: Claro que no.

 

Toño: ¿Y cuándo tenías ocho años?

 

Carlos: ¿Ocho años?

 

Toño: Realmente te está fallando la memoria.

 

Carlos: No creo que puedas recordar mucho cuando yo tenía esa edad.

 

Toño: Es cierto. Era muy niño para recordar. Pero la familia habla.

 

Carlos: Chismes sin importancia.

 

Toño: ¿No tiene importancia que te hayas fugado de casa?

 

Carlos: ¿De dónde sacaste ese cuento?

 

Toño: De los viejos.

 

Carlos: Te has confundido con alguna otra historia.

 

Toño: Tampoco fue la única vez que te fugaste.

 

Carlos: No sé por qué se te ocurre eso, pero y qué si fuera cierto.

 

Toño: Mucho mi querido, hermano, mucho.

 

Carlos: ¿Ah, sí?

 

Toño: Es curioso, pero la primera vez que saliste de casa fue a los pocos meses que yo había nacido.

 

Carlos: Simplemente quise ir donde los abuelos.

 

Toño: ¿Cuántos meses estuviste con los abuelos? ¿Cinco? ¿seis?

 

Carlos: No me acuerdo.

 

Toño: Definitivamente andas mal de la memoria.

 

Carlos: Creo que fue algo de cinco meses.

 

Toño: Cinco meses porque no soportabas la presencia de tu nuevo hermano ¿no es así?

 

Carlos: Claro que no. Eran  ellos quienes no me dejaban regresar a casa.

 

Toño: ¿Y te acuerdas la segunda vez que te fugaste?

 

Carlos: Nunca hubo ni primera ni segunda vez.

 

Toño: Fue cuando terminé mi primer año de escuela ¿también has olvidado eso?

 

Carlos: Lo recuerdo muy bien.

 

Toño: Papá estaba tremendamente orgulloso de mí.

 

Carlos: No sólo él.

 

Toño: Yo no entendía por qué. No sabía qué había hecho de extraordinario. Pero  nunca lo vi a él tan feliz, y yo solamente había recibido un diploma por mi rendimiento académico.

 

Carlos: Yo también estuve orgulloso de ti.

 

Toño: Nunca lo demostraste.

 

Carlos: Quizás no como el viejo, pero sí a mi manera.

 

Toño: ¿Y por qué te fuiste a los pocos días de casa? ¿no será que yo conseguí en mi primer año de colegio algo que tú nunca soñaste alcanzar? ¿no será que papá tuvo para mi una sonrisa que no pudiste provocar antes? ¿no será por eso que te fugaste a casa de los abuelos?

 

Carlos: Entiende, yo nunca me fugué. A ellos y a mí nos gustaba pasar parte del tiempo juntos.

 

Toño: Y largas temporadas de tiempo.

 

Carlos: A los abuelos les gustaba tenerme en su casa. Ya estaban viejos y yo los entretenía un poco.

 

Toño: No te imagino con tus quince años entreteniendo a un par de viejos.

 

Carlos: ¿Por qué no?

 

Toño: ¿Qué de común podían tener un adolescente frustrado como tú y un par de ancianos?

 

Carlos: Yo no me sentía frustrado. Me divertía en casa de ellos.

 

Toño: Los viejos pensaban que eras un frustrado.

 

Carlos: Eso no es cierto.

 

Toño: Se los escuché varias veces.

 

Carlos: No creo que imaginaran eso.

 

Toño: Pensaban que te sentías frustrado en casa y por eso te fugabas. Y se preocupaban, sabes. Sobre todo mamá; el viejo no tanto.

 

Carlos: Sí, ella me llamó una vez pidiéndome que volviera.

 

Toño: ¿Qué te dijo?

 

Carlos: Eso, que regresara a casa, que ya había estado demasiado tiempo afuera y que todos me estaban extrañando. ¿Tú me extrañabas?

 

Toño: ¿Tenía por qué hacerlo?.

 

Carlos: No sé.

 

Toño: ¿Alguna vez me diste motivo para que te extrañase?

 

Carlos: Eso lo sabrás tú.

 

Toño: Es que no lo sé.

 

Carlos: Y el viejo, ¿qué pensaba él cuando yo estaba donde los abuelos?

 

Toño: ¿Te interesa saberlo?

 

Carlos: Me da curiosidad.

 

Toño: Una vez mamá le pidió que fuera a hablar contigo.

 

Carlos: ¿Y él qué dijo?

 

Toño: Que no era necesario hacerlo. Estaba seguro que ibas a volver. Creo que no se equivocó. A fin de cuentas siempre te escapabas, pero siempre regresaste. Incluso regresaste a buscar trabajo en la fábrica de papá después de tu fracasada pesquisa en otros lugares. ¿Estás seguro que no te sentías frustrado?

 

Carlos: ¡Eso es mentira!

 

Toño: El farsante siempre fuiste tú.

 

Carlos: ¡Pero eso es mentira!

 

Toño: Me lo contó papá.

 

Carlos: Te mintió. Yo tenía otro trabajo pero lo abandoné porque el viejo me necesitaba en su fábrica.

 

Toño: Mi padre no solía mentir. Tú eres el fundador de esa costumbre en nuestra familia.

 

Carlos: Vaya ingenuidad la tuya. Si fuiste el elegido del viejo para escuchar sus falsedades.

 

Toño: Hazme el favor, Carlos.

 

Carlos: ¿Qué sabes tú del viejo?

 

Toño: Siempre supe de él más que tú.

 

Carlos: ¿Siempre?

 

Toño: Sí, desde que éramos niños.

 

Carlos: Hace años que no vives en Lima, hace años que no regresas ni de vacaciones. ¿Qué podías saber sobre lo que le pasaba al viejo? ¿Qué podías saber sobre lo que sentía?

 

Toño: Hablábamos por teléfono con frecuencia.

 

Carlos: No me digas.

 

Toño: Tú mismo sabías de nuestras largas conversaciones por teléfono.

 

Carlos: De tus largas conversaciones... ¿cada cuánto tiempo?

 

Toño: No sé. Tampoco podía llamarlo todos los días.

 

Carlos: Nadie habla de todos los días. Sólo te pregunto, cada cuánto tiempo. ¿Una vez a la semana? ¿cada quince días? No, eso sería pedirte mucho. ¿Cada cuánto tiempo lo llamabas?

 

Toño: ¡Qué sé yo! Quizás una vez al mes.

 

Carlos: ¿Cuándo fue tu última conversación con él? El mes pasado ¿no?

 

Toño: Creo que un poco más.

 

Carlos: Hablabas con él más o menos una vez al mes, ¿y me dices que sabías del viejo más que yo? Yo trabajaba en su fábrica. Lo veía todos los días en su fábrica. Todos los días ¿sabes lo que es eso?

 

Toño: Por supuesto que lo sé.

 

Carlos: ¿Y sabes lo que es encontrar al viejo asustado todas las mañanas porque quizás los terroristas han puesto una bomba en la fábrica? ¿sabes que subíamos al carro llevando un revólver bajo el saco porque nos habían amenazado? ¿sabes del sudor a miedo que sentimos cuando evacuamos a todo el personal porque hubo una llamada anónima diciendo que había explosivos? ¿sabes lo que es vivir pensando que puedes explotar en cualquier esquina? O quizás, en tu propio trabajo, o tu propia casa.

 

Toño: Claro que lo sé.

 

Carlos: ¿Y de dónde crees saber eso?

 

Toño: Aquí también llegan noticias de las cosas que están pasando por allá.

 

Carlos: ¡Ah! Noticias ¿no?

 

Toño: La prensa es mala, pero uno siempre está informado.

 

Carlos: ¿Y te llegó la noticia que un milico asustado rastrilló su arma en la cara de Carmen porque la muy huevona se estacionó en un lugar prohibido? ¿Publicaron eso en el New York Times? ¿Publicaron cómo le temblaban las piernas y los brazos y los labios cuando regresó a casa?

 

Toño: No me enteré de eso.

 

Carlos: ¡Qué te vas a enterar! Tú vives aquí, con tus libros, tu biblioteca, tus conferencias. Viajas a Londres, a Roma y no sé a dónde más. Y para ti, hermano, para ti el Perú se ha vuelto una noticia escrita en algún periódico, alguna información que recibes por tu computadora, o un ceviche de fin de semana hecho con pescado de Boston y limones de Pennsylvania. Y tu familia, no sé, tu familia quizás sea una carta que llega de vez en cuando, una esporádica llamada telefónica. No sé, quizás sea eso, quizás tu prefieras eso, pero no me digas que tú conocías al viejo mejor que yo.

 

Toño: Él siempre trató de contarme sus cosas.

 

Carlos: ¿Ah, sí? ¿Te habló del último soborno?

 

Toño: ¿Soborno?

 

Carlos: Sí, tal como suena.

 

Toño: Esa es otra de tus farsas.

 

Carlos: La farsa te la montó el viejo toda su vida.

 

Toño: Él no haría algo así. Papá no sobornaría a nadie. Para qué hacerlo. Su fábrica siempre caminó bien. Nunca necesitó de trabajos sucios para mantenerla.

 

Carlos: ¿Y cómo piensas que se levantó la empresa?

 

Toño: Yo vi cómo la fue haciendo de a pocos.

 

Carlos: ¿Tú viste? Vamos, Toño, tú sólo ves libros. Tus pupilas ya no son marrones, tienen el color de la tinta impresa.

 

Toño: Yo recuerdo cuando papá llegaba tarde porque se había quedado horas de horas trabajando en la fábrica. Sí, lo recuerdo bien. Aún estaba niño pero lo recuerdo bien.

 

Carlos: Siempre fuiste un ciego.

 

Toño: ¿Y desde cuándo tú eres un clarividente?

 

Carlos: No, quizás no fuiste ciego. Simplemente te evadías.

 

Toño: No cambiemos los papeles, hermano. El que tenía la vocación de fugitivo eras tú.

 

Carlos: Si no te evadías, si no te diste cuenta en esos años que viviste con el viejo, entonces...

 

Toño: Entonces qué.

 

Carlos: Entonces eres un imbécil.

 

Toño: ¡Qué importancia tiene si lo dices tú!

 

Carlos: Tienes razón. ¡Qué importa si lo digo yo! Pero... ¿te acuerdas de Loayza, no?

 

Toño: ¿Loayza? Sí, claro. Iba más o menos seguido a la casa.

 

Carlos: Buen tipo ¿no te parece?

 

Toño: Se le veía correcto.

 

Carlos: ¿Alguna vez saliste de juerga con él?

 

Toño: Nunca me invitó.

 

Carlos: Se conocía todos los bares de putas que hay en Lima.

 

Toño: ¿Fuiste con él?

 

Carlos: A veces. Loyza trabajaba para el viejo, sabes.

 

Toño: No tenía idea.

 

Carlos: Eso no me extraña.

 

Toño: Tampoco tengo la obligación de conocer a toda la planilla.

 

Carlos: Es cierto. Pero Loayza estaba fuera de planilla.

 

Toño: ¿Fuera de planilla?

 

Carlos: Sí, tenía trabajos especiales.

 

Toño: Sobre los cuales no tengo ningún interés en saber.

 

Carlos: ¿Qué? ¿No quieres descubrir tu imbecilidad? ¿No quieres descubrir con quién andaba tu padre?

 

Toño: No es asunto mío.

 

Carlos: Pero deberías tener un poco de interés.

 

Toño: Eso no tiene ninguna relación con mi vida.

 

Carlos: ¿Que no? ¿De dónde crees que venía la plata para tus estudios en la universidad? De la fábrica, por supuesto.

 

Toño: Tú mismo has dicho que Loayza trabajaba fuera de la fábrica.

 

Carlos: Fuera de la planilla, sí; de la fábrica, no.

 

Toño: De todas maneras, no me interesa saber.

 

Carlos: ¿No te interesa saber cómo funcionaba la empresa de tu padre?

 

Toño: No me interesa escuchar tus farsas.

 

Carlos: Está bien, está bien. Digamos que te voy a contar una farsa. No hay por qué preocuparse ¿no? Total, es una mentira.

 

Toño: Tampoco hay razón para escucharte.

 

Carlos: Quién sabe. Pero digamos, que Loayza se ocupaba de los periodistas curiosos y de algunos sindicalistas.

 

Toño: ¿Qué periodistas?

 

Carlos: Bueno, de vez en cuando había una revista que quería publicar sobre las condiciones sanitarias de la empresa.

 

Toño: Las condiciones siempre fueron correctas.

 

Carlos: No tanto, no tanto. Pero los periodistas eran un asunto fácil. Siempre andan jodidos de plata, así que llevándolos de juerga por los burdeles de Lima y dándoles unos cuantos billetes te publican la historia de Blanca Nieves. No todos son como Lucía, claro. Con los sindicalistas, a veces había que ser un poco más duro. De esas cosas se  encargaba Loayza. Ese tipo correcto según tú.

 

Toño: Es otra de tus falsedades.

 

Carlos: Sí, lo es. Total, tú conocías bien al viejo ¿no?

 

Toño: Claro que lo conocía.

 

Carlos: Y conocías esa frase que repetía cada vez que había problemas con alguien. Algo así como "todo hombre tiene su precio, el asunto es cuánto" (golpea el pecho de Toño con el cheque.)

 

Toño: Él no decía eso.

 

Carlos: Él siempre te mintió. El siempre te ocultó muchas cosas. Te ocultó su muerte, te ocultó su enfermedad.

 

Toño: ¿Enfermedad?

 

Carlos: Sí, el viejo murió por eso.

 

Toño: Dijiste que fue un paro cardiaco.

 

Carlos: Pero ya estaba mal cuando le dio el ataque.

 

Toño: ¿Qué tenía?

 

Carlos: Cáncer al estómago.

 

Toño: No es posible.

 

Carlos: Sí, mientras tú hacías ceviche o te ibas de viaje dando charlas sobre la historia del Perú, tu padre se iba muriendo de cáncer.

 

Toño: Y me lo escondieron.

 

Carlos: Él te lo ocultó. Como muchas otras cosas que también te ocultó. A fin de cuentas, la élite nacional no debe preocuparse por ciertas cosas, ¿no es así?

 

Toño: Yo pude haber cambiado mis planes.

 

Carlos: Es lo que no quería el viejo. Creo que fue su único error. Él pensó que no iba a morir y después podría contarte que le había pasado tal cosa y que ya se había recuperado.

 

Toño: Tú pudiste habérmelo dicho.

 

Carlos: Sí, yo pude habértelo dicho.

 

Toño: Por qué no lo hiciste.

 

Carlos: ¿Tenía por qué hacerlo?

 

Toño: Por supuesto que sí.

 

Carlos: Dame una razón.

 

Toño: Era mi padre.

 

Carlos: Dame una razón para que yo te lo tuviese que decir.

 

Toño: Eres mi hermano.

 

Carlos: Como dijiste hace un rato: y eso qué.

 

Toño: Yo tenía derecho de estar con papá.

 

Carlos: Pero yo no tenía el deber de contarte las cosas.

 

Toño: Cómo que no.

 

Carlos: Tú nunca me extrañaste.  

 

Toño: ¿No te extrañé?

 

Carlos: Sí, eso, tú nunca me extrañaste cuando yo estaba donde los abuelos.

 

Toño: Eso no tiene nada que ver con la enfermedad de papá.

 

Carlos: Con la enfermedad del viejo no; pero conmigo sí.

 

Toño: ¿Se puede saber de qué estás hablando, Carlos?

 

Carlos: Estoy hablando de este viaje, porque yo vine hasta acá con la esperanza de reencontrarme con mi hermano, mi único hermano, con la esperanza de estrechar su mano y comenzar una nueva historia, con la esperanza de que las aguas de los ríos que cruzan esta ciudad fueran tan claras como las había imaginado. Con esa esperanza, quizás última esperanza, vine hasta aquí. Pero desde que he llegado sólo he encontrado reproches, porque mi hermano pertenece a la élite nacional y yo no, porque mi hermano va ser doctor en historia y yo no, porque mi hermano nunca me extrañó un instante mientras vivía con los abuelos y yo sí, sabes, yo sí te extrañaba. Y ahora tú me preguntas por qué no te avisé antes de la enfermedad del viejo, ¿no te parece demasiada exigencia de tu parte? Aunque para serte franco, en un momento te lo insinué. Supongo que ni te diste cuenta de lo que te estaba hablando, pero te lo insinué.

 

Toño: Tú nunca me dijiste que papá estaba con cáncer.

 

Carlos: No, eso no. Solamente te dije que el viejo andaba un poco jodido. Recuerdo que estabas apurado escribiendo una de tus conferencias, y me comentaste que no había que preocuparse porque el viejo hasta parecía inmortal. 

 

Toño: No sabía que estaba así de grave.

 

Carlos: Tampoco preguntaste más. Creo que andabas tan preocupado con tu conferencia que no te interesó mucho.

 

Toño: No sé. Habré tenido la impresión que era algo intrascendente.

 

Carlos: De todas maneras, siempre guardé la esperanza de un reencuentro, la esperanza de una nueva historia. Claro, todo eso empezó a quedar en el olvido desde que llegué a Pittsburgh y mucho más ahora que me has confesado que nunca te importó cuando yo me escapaba de la  casa.

 

Toño: Entonces yo fui el motivo de tus fugas ¿no?

 

Carlos: Y tú, qué feliz debías estar cuando yo desaparecía.

 

Toño: ¿Por qué dices eso?

 

Carlos: Toda la atención de los viejos quedaba inevitablemente concentrada en el niño Toño.

 

Toño: Yo nunca pedí que los viejos se olvidaran de ti.

 

Carlos: Pero te encantaba ¿no? Te encantaba que se olvidaran de mí.

 

Toño: ¿Desde cuándo me odias? ¿desde que éramos niños?

 

Carlos: No pidas tanto. Yo no te odio.

 

Toño: Entonces qué es.

 

Carlos: Ahora, ahora que la esperanza se ha ido al tacho de basura, ahora me eres indiferente. Me es indiferente si te va bien o te jodes, si te enteras o no de la muerte del viejo, si sabes que tu padre es un puritano o un hijo de puta, o si te quito algo, cualquier cosa que sea, la que menos imagines.

 

Toño: ¿Y por eso me trajiste toda esa plata?

 

Carlos: Sí, por eso.

 

Toño: Gracias por la indiferencia.

 

Carlos: De nada, "mi querido hermano".

 

Toño: Me has pagado varios años de mi vida.

 

Carlos: Ojalá.

 

Toño: De eso estoy completamente seguro.

 

Carlos: Tienes derecho a ese dinero ¿no?

 

Toño: (Irónico.) Mi hermano reconociéndome derechos.

 

Carlos: Es tu parte de la venta de la casa.

 

Toño: Dijiste que papá había abierto una cuenta para mí.

 

Carlos: (Sonriendo sarcásticamente.) O quizás sea dinero que le robé al viejo para comprar la felicidad entre mi hermano y yo. No sé. A fin de cuentas, siempre hay que sacarle la raíz cuadrada a lo que digo ¿no?

 

Toño: Sí, siempre.

 

Carlos: Pero ahí tienes tu dinero. Espero que lo gastes.

 

Toño: De eso me encargo yo.

 

Carlos: Y que Dios te lo permita, y tu conciencia también.

 

Toño: No se necesita de esas cosas para gastar la plata.

 

Carlos: Depende.

 

Toño: ¿Depende?

 

Carlos: En mi caso, la plata es la plata, venga de donde de venga. Pero tú... Tú eres un intelectual, Toño. (Irónico.) Un intelectual honesto, puritano, lleno de escrúpulos, un intelectual con principios tan sólidos que se olvida de su país y se engancha en otro al que nunca va a pertenecer. Y siendo así, ¿vas a decidir gastarte ese dinero que viene de los sobornos de tu padre? ¿O cómo crees que se hizo la fortuna del viejo?

 

Toño: No tengo la menor idea.

 

Carlos: ¿Ni la menor idea? ¿No se cómo quede tu pulcra conciencia si gastas ese dinero nacido de las porquerías que hacía el viejo? Dinero de sobornos, de chantajes, de coimas. Ya es cuestión de tu honestidad. Pero ahí lo tienes. Ahí tienes el derecho de usarlo o no. A fin de cuentas, es una buena cantidad y cuesta mucho romper  ese cheque; es una buena cantidad y provoca gastarla ¿no? (Irónico.) Y yo que soy tu hermano, cómo te iba a impedir esa posibilidad.

 

(Entra Lucía.)

 

Lucía: Espero que no me hayan extrañado mucho.

 

Carlos: ¿Terminaste tu artículo, Lucía?

 

Lucía: Sí, prácticamente sí. (A Toño, dándole varias cartas.) Aquí está tu mail. 

 

Toño: (Lanzando las cartas.) ¡A la mierda con el mail!

 

Lucía: ¿Pero a ti qué te pasa? ¿Estás enfermo o qué?

 

Toño: (Señalando a Carlos.) ¡Allí tienes al enfermo!

 

Carlos: No le hagas caso, Lucía.

 

Lucía:  ¿Que no le haga caso? (A Toño.) ¿Qué derecho crees que tienes?

 

Toño: Papá está muerto.

 

Lucía: ¿Cómo?

 

Toño: Sí, papá está muerto.

 

Lucía: ¿Qué estás diciendo, Toño?

 

Toño: Murió hace unas semanas y él lo ocultó.

 

Lucía: (A Carlos.) ¿Le has ocultado la muerte de su padre?

 

Carlos: Parece que hay problemas en la familia.

 

Lucía: Deja de jugar al psicólogo, Carlos.

 

Carlos: Aunque creo que llegas en un buen momento. 

 

Lucía:  ¿Por qué callaste algo tan grave?

 

Carlos: Quién sabe. Quizás te lo cuente Toño.

 

Lucía: ¿Pero qué clase de hombre eres tú?

 

Carlos: Sólo te puedo decir que el viejo murió de cáncer.

 

Lucía: ¿Cáncer?

 

Toño: Eso también lo ocultó.

 

Lucía: ¿Cuánto tiempo estuvo enfermo?

 

Carlos: El tiempo suficiente para que yo lo viera morir de a pocos, para que viera como se tranquilizaba con la morfina, para que viera cómo sus ojos me pedían una nueva dosis; el tiempo suficiente para ir haciendo de mi padre un adicto. El tiempo suficiente para quedarme con un enfermo, para olvidarme de Carmen y que ella se fuese olvidando de mí. Ese fue el tiempo. Y mientras yo me pasaba las noches en el hospital mirando cómo el viejo se moría, Carmen se mandó mudar con el gerente de su banco. ¿Por qué crees que la ascendieron en su trabajo?

 

Toño: Si me mostraste su foto.

 

Carlos: Jodido ¿no? Pero aún no la puedo quitar de mi billetera. 

 

Lucía: (A Carlos.) Entonces... entonces tú pensaste hacer todo esto. Lo pensaste antes de viajar aquí. Pensaste fingir, pensaste esconderle la verdad a tu hermano, pensaste hablarme de mis artículos y decirme que yo era una brillante periodista. Y lo que pasó en el bar la otra noche fue eso, ¿no? Fue una parte más de lo que habías planeado.

 

Carlos: (A Lucía.) ¿Se lo quieres contar?

 

Toño: ¿De qué están hablando?

 

(Regreso a la escena entre Lucía y Carlos.)

 

Lucía: (Sonriendo.) No te lo puedo creer.

 

Carlos: De verdad.

 

Lucía: Toño nunca me lo dijo.

 

Carlos: Quizás no se acuerde. Pero sí, yo también alguna vez quise ser periodista y hasta tuve mis experiencias por ahí.

 

Lucía: Nunca me imaginé que estaba hablando con un colega.

 

Carlos: Bueno, no como tú. Yo solamente anduve metido en el periódico mural del colegio. Aunque a ratos me asalta la duda: ¿qué hubiese sido de mi vida si entraba en el periodismo seriamente?

 

Lucía: Tal vez estarías viviendo en Pittsburgh y saliendo con una historiadora.

 

(Escena de Toño, Lucía y Carlos.)

 

Toño: ¿De qué están hablando?

 

Lucía: No hay nada de qué hablar.

 

Carlos: Precisamente por eso. (A Toño.) Pero te fue bien en tu conferencia ¿no?

 

Toño: ¿Conferencia?

 

Lucía: No le hagas caso.

 

Carlos: La que tuviste el fin de semana pasado en esa universidad. ¿Cómo se llama?

 

Toño: Michigan.

 

Carlos: ¡Ah, sí! Michigan.

 

(Escena de Lucía y Carlos.)

 

Lucía: (Bromeando.) La próxima vez que estés aquí hacemos un reportaje en equipo, ¿qué te parece?

 

Carlos: Cuenta conmigo.

 

Lucía: Ya verás, tendremos primera plana.

 

Carlos: En el Perú y Colombia. Eso sí: si el entrevistado es hombre, las preguntas las haces tú; pero si es mujer, yo me reservo el derecho.

 

Lucía: No se puede contigo, Carlos.

 

Carlos: La verdad que no. Ni yo puedo conmigo mismo.

 

Lucía: Sabes, hace un rato pensé que tú...

 

Carlos: Por favor, Lucía.

 

Lucía: De todas maneras, hay una pregunta que no te contesté.

 

Carlos: ¿Cuál es ésa?

 

Lucía: Si me gustaría conocer a los tímidos que dejan de ser tímidos en un bar pittsburgués.

 

(Escena de Toño, Lucía y Carlos.)

 

Carlos: A mí también me fue bien cuando fuiste a Michigan. Me fui a un bar a tomar unos tragos. Y tú sabes tragos van, tragos vienen, y de pronto no tienes idea dónde estás. ¿No es así, Lucía?

 

Lucía: ¿Qué?

 

Toño: (A Lucía.) No me contaste que habían salidos juntos.

 

Carlos: Por supuesto que no te lo iba a contar.

 

Toño: ¿Por qué no me lo dijiste?

 

Lucía: No sé. No le di importancia.

 

Carlos: Así que ahora no tiene importancia.

 

Lucía: ¿Qué estás insinuando, Carlos?

 

Carlos: Y todo queda en el olvido como una noche más.

 

Toño: ¿Qué pasó, Lucía?

 

Lucía: Nada, claro que nada.

 

Carlos: (A Lucía.) Posiblemente nada, pero te gusta conocer a los tímidos que dejan de ser tímidos en un bar pittsburgués. ¿O me lo vas a negar ahora?

 

Toño: (A Lucía.) ¿Qué está diciendo?

 

Carlos: (Como si no hubiera escuchado a Toño.) Vamos, Lucía, ¿no son esas tus palabras? ¿No me dijiste eso? ¿No me lo volviste a repetir? "Me gusta descubrir a los tímidos que dejan de ser tímidos". ¿No te gustó tu descubrimiento? ¿Lo vas a negar ahora? Anda, cuéntaselo a Toño. ¿Fue o no fue así?

 

Lucía: Sí, yo lo dije, y qué.

 

(Escena de Lucía y Carlos.)

 

Carlos: No tienes que responderme esa pregunta. En mi familia ya se sabe que siempre hay que sacarle la raíz cuadrada a lo que digo. Es hora que tú lo sepas también.

 

Lucía: Sin embargo, me parece que he conocido un poquito de ti, y ahora tengo la seguridad que no tienes nada de tímido, pero que escondes, muy en tu interior, a un hombre sensible.

 

Carlos: Me estás descubriendo.

 

Lucía: Quizás por eso se me hace tan fácil hablar contigo, y también escuchar tus historias.

 

Carlos: A mí también se me hace fácil conversar contigo.

 

Lucía: Tal vez, no sé, si hubiera sido otro momento en vida, si estuviera en otra ciudad, si no estuviera con Toño, tal vez, no sé.

 

Carlos: Sí, tal vez.

 

Lucía: Pero ha sido bueno conocer a un tímido que deja de ser tímido en un bar pittsburgués.

 

(Escena de Toño, Lucía y Carlos.)

 

Carlos: Y esa fue la noche del descubrimiento de Lucía.

 

Toño: (A Lucía.) ¿Te acostaste con él?

 

Lucía: (A Toño.) ¿Qué? ¿Tú piensas eso?

 

Carlos: Ahora sí realmente te envidio, Toño. De verdad, te envidio. Toño: ¿Te acostaste con mi hermano?

 

Lucía: ¿Pero no te das cuenta de lo que está tratando de hacer?

 

Toño: Qué fácil suena decir eso.

 

Carlos: Difícil diría yo. Pero "no hay mujer difícil, sino mal hablada".

 

(Escena de Lucía y Carlos.)

 

Lucía: Lo curioso es que conversar contigo me ha hecho recordar que cuando Toño y yo empezamos a salir se nos hacía muy fácil hablar entre nosotros, escucharnos el uno al otro, o simplemente no decir ni hacer nada pero tener esa sensación que hay alguien allí, pendiente de una, acompañándote en cada momento. Y era eso lo que más me gustaba de nosotros dos. Claro, no sé bien lo que ha pasado, pero esa sensación de compañía se nos ha ido perdiendo. Y no quiero culpar a Toño. Los dos estamos en esto. Los dos debemos tener nuestras culpas e inocencias. Y tal vez sea hora que los dos empecemos a recuperar aquéllo que tanto nos unía.

 

(Escena de Toño, Lucía y Carlos.)

 

Toño: ¿Tú y mi hermano? Yo viajo a dar una conferencia (pausa) ¿y tú te vas con mi hermano?

 

Lucía: ¿Pero cómo puedes pensar eso?

 

Carlos: Nada como una noche de sexo y alcohol. De verdad, te envidio, Toño.

 

Toño: Tú y mi hermano.

 

Lucía: (Furiosa.) Y quién te crees tú para dudar de mí. Quién te crees para venir a reprocharme, para venir a juzgarme. Quién te crees tú que sólo sabes pensar en ti mismo.

 

Toño: ¡Lárgate, Lucía!

 

Lucía: ¿Qué?

 

Toño: Ya me escuchaste, ¿no?

 

Lucía: No, yo no me largo. Tú le crees a él. A pesar que te ocultó lo de tu padre tú prefieres creerle a él. Pero eso no te da derecho para que me largues con un grito. Yo... yo no te lo dije, sin embargo quería que recuperáramos la ilusión de nuestros primeros momentos. Sí, eso era lo que quería: sentirte a mi lado como antes, saber que eras mi apoyo y yo el tuyo, confiarte mi vida porque yo  confiaba en la tuya. Sí, eso era lo quería recuperar contigo. Eso, eso, porque pensaba que alguna vez lo habíamos tenido, pero ahora me doy cuenta que todo fue una fantasía. Quizás, mi fantasía y de nadie más. Porque tú le crees a él. Porque tú dudas de mí. Y porque tú eres tan frágil como un castillo de naipes, y en este momento el castillo se ha caído ante mí, y ya no hay nada que recuperar entre nosotros dos. No, Toño, yo no me largo; yo me voy.

 

(Lucía sale.)

 

Carlos: No tenías que hacer eso, hermano. Es una buena mujer. Además... tira de la puta madre.

 

Toño: ¡Eres una mierda!

 

Carlos: Creo que sí.

 

Toño: ¿Por qué? ¿por qué has hecho todo esto?

 

Carlos: Probablemente, porque me negaste mi última esperanza con mi hermano y me di cuenta que este era un viaje frustrado desde el principio.

 

Toño: Otra más de tus tantas frustraciones, y quizás tu única frustración con razón de ser, porque estás tan solo como yo, sin el viejo, sin mujer, sin ninguna oportunidad para recomenzar un nueva vida con tu hermano. Estás tan sólo como yo, que puedo ser el mejor estudiante de historia en los Estados Unidos aunque escriba la historia de un país que empieza a ser un recuerdo para mí, y sigo solo, solo y rodeado de un montón de cartas burocráticas que alaban mi trabajo intelectual. Solos porque nunca aprenderemos a tolerarnos. (Mientras Toño recoge las cartas que están en el suelo, Carlos va a su habitación y regresa con una maleta.) ¿Qué es esto, Carlos? ¿carta de papá?  (La abre rápidamente y lee.) "Querido Toño...".  Sí, parece una carta de papá. "Espero que estas líneas sí lleguen precisamente para el día de tu cumpleaños. Te cuento que no hace mucho vendimos... la casa de San Isidro...". Es carta de papá, sí, es de él. ¿O tú la falsificaste, Carlos? ¿es una carta suya o la has escrito tú? Anda, dime, quién escribió esta carta. ¿Fuiste tú? ¿o es de papá? ¿está papá vivo, Carlos? ¿está realmente vivo? Entonces... entonces ¿tú inventaste esto? ¿tú lo inventaste todo?

 

Carlos: Quién sabe. Dicen que siempre hay que sacarle raíz cuadrada a lo que digo ¿no?

 

APAGÓN

 

José Castro Urioste Peruano, nacido en Montevideo, Uruguay (1956). Realizó estudios de bachillerato en Literatura en la Universidad Mayor de San Marcos y de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Lima. Se doctoró en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Pittsburgh. Ha publicado: A la orilla del mundo (teatro, 1989), Aún viven las manos de Santiago Berrios (noveleta, 1991), ¿Y tú que has hecho? (novela, 2001), De Doña Barbara al neoliberalismo: escritura y modernidad en América Latina (critica literaria, 2006). Es co-editor de la antología Dramaturgia peruana (1999). Ha sido dos veces finalista en Letras de oro, en los géneros de teatro y cuento, y también finalista en el Premio de Novela La Nación- Editorial Sudamericana (2006). Sus cuentos han sido incluidos en diversas antologías y sus obras de teatro se han producido en Perú, Estados Unidos y Uruguay. Actualmente, Castro Urioste radica en Chicago y es catedrático de Literatura Latinoamericana en Purdue University Calumet.