|
...yo
le diría que ése ha sido siempre el problema que me ha preocupado: los
efectos de poder y los problemas de “verdad”.
Michel Foucault
Bajo el título de Trecho de mudez, se estrenó una primera versión de
esta obra el 25 de octubre de 1992 en el teatro “The Pitt” en
Pittsburgh, Estados Unidos, con el siguiente reparto:
Carlos...........Jean Pierre Nutini
Toño.............Angelo Santiago
Lucía............Berta Pancorvo
La dirección estuvo a cargo de Berta Pancorvo.
La presente versión se presentó por primera vez el 21 de septiembre de
2007 en Bell Arts Factory, Ventura, California, por el Teatro de las
Américas. El montaje estuvo de gira por varias ciudades del sur de
California, incluyendo Los Angeles. El reparto fue el siguiente:
Carlos..........Abraham Chávez
Toño............Víctor M. Durán
Lucía...........Gloria De León
La dirección estuvo
a cargo de Lourdes Solórzano
PERSONAJES:
Toño: Tiene
alrededor de veintisiete años. Estudia el doctorado en historia.
Carlos: Hermano de
Toño. Es ocho años mayor.
Lucía:
Periodista colombiana. Novia de Toño.
También tiene alrededor de veintisiete años.
ACTO ÚNICO
Departamento de
Toño en Pittsburgh. Al fondo, a la derecha, se ve la cocina. A la
izquierda, en primer plano, se ve la sala-comedor: un sofá, un estante
con libros, un equipo de música, una mesita donde está el teléfono, y
una mesa para comer rodeada de cuatro sillas. Atrás, al medio, hay una
puerta que conduce al dormitorio. Están Carlos, Toño y Lucía. Mientras
esperan que el ceviche esté listo, Toño habla por teléfono y Carlos y
Lucía revisan un álbum de fotografías de la familia y beben cerveza en
lata.
Toño: Sí, operadora,
sí, he llamado directamente tres veces pero nadie contestó... Claro,
claro, posiblemente no haya nadie, pero quisiera que verifique que no
hay ningún problema con el teléfono de allá...¡Ajá!... Sí, ése es el
número...¿Le doy el código del país y de Lima también?...
Lucía: ¿Te
responden?
Toño: Están
chequeando.
Carlos: Ultimamente
las líneas andan más cruzadas.
Toño: ¡Aló, sí!...
¡Ajá!...Entiendo, entiendo... Gracias de todas maneras... Sí,
insistiré más tarde (Cuelga el teléfono. A Lucía y Carlos.) Bueno,
dicen que el teléfono está funcionando bien, así que simplemente el
viejo no está en casa.
Carlos: Te lo dije.
Debe andar viendo sus negocios, pero ya te llamará. Es tu cumpleaños,
¿no?
Toño: Siempre me
había llamado a primera hora.
Lucía: (Mirando las
fotos.) ¿Y quién es esta señora? (Toño se acerca a ellos.)
Carlos: ¿No habías
visto fotos de ella? Es nuestra madre.
Lucía: Era guapa.
Toño: Es una de las
últimas fotos de mamá, antes que muriera (A Lucía.) Mira, aquí está
Carlos cuando terminó el High School.
Lucía: (A Carlos.)
¡Estás sin bigote!
Carlos: También,
esa foto es prehistórica.
Toño: Ni tanto.
Carlos terminó el colegio un poco abuelito. Su curso preferido se
llamaba repetir de año.
Carlos: Con los
profesores que teníamos.
Toño: Tú siempre
culpando a los otros, ¿no, hermano?
Carlos: Pero si
enseñaban un montón de vainas sin sentido práctico.
Toño: (A Lucía.) Lo
que pasa es que papá nos puso en el colegio de donde egresa la élite
de nuestro país. ¿Sabes lo que significa élite, Carlos?
Carlos: Si no me
falla mi pulcro castellano, es una collera de cuatro que se creen muy
pendejos.
Toño: (A Lucía.) Y
claro, Carlos nunca tuvo condiciones para pertenecer a ninguna élite.
Lucía: ¡Toño!
Carlos: (A Toño.) ¿Por
qué no te fijas si ya está listo ese ceviche que andas preparando?
Toño: Déjame darle
una chequeada. (Toño se acerca a la cocina donde hay una fuente en la
que reposa el ceviche. Lo prueba.) Todavía le falta un poquito.
Lucía: (Encuentra
un tarjeta de cumpleaños en el fondo del álbum.) ¿Y qué es esto, Toño?
Toño: ¿Qué cosa?
(Mira la tarjeta.) Ah, es una tarjeta que me envió mi padre para mi
cumpleaños. Parece que se adelantó y me llegó hace tres días. (Ella
la lee.) Muéstrasela a Carlos.
Carlos: (Leyendo la
tarjeta.) "Querido hijo Toño espero que tus estudios sigan siendo un
éxito, que cada vez te parezcas más a tu padre y te andes tirando a
toda mujer que encuentres..."
Lucía: ¡No seas
mentiroso!
Toño: A mi hermano
siempre hay que sacarle raíz cuadrada a lo que dice.
Carlos: Mi padre
sería incapaz de escribir algo así. Pero que el viejo lo piensa, por
supuesto que lo piensa.
Toño: No te
escondas detrás de papá. En realidad, eres tú quien lo piensa. ¿Cómo
es la frase que siempre repites? Algo como... "no hay mujer difícil,
sino mal hablada".
Carlos: (Como si no
hubiera escuchado a su hermano y después de leer la tarjeta.) No está
mal la tarjetita del viejo ¿no? Parece que se puso sentimentalón.
Toño: Sí, yo
también me puse medio nostálgico cuando la leí y me entraron muchas
ganas de verlo. Lo raro es que todavía no me haya llamado por teléfono.
Carlos: Pero te
mandó una tarjeta escrita con mucho sentimiento. Y pedirle
sentimientos al
viejo, es pedir bastante.
Toño: Bueno, ya
llamará. Por ahora...
Carlos: Por ahora,
hermanito, yo tengo un hambre que me comería una ballena embarazada.
Toño: (Probando.)
Sí, esto ya anda en su punto. Lucía, pásame los platos.
Lucía: ¿Y tú no
tienes manos?
(Lucía le alcanza
los platos y Toño sirve.)
Toño: (A Carlos.)
Ahora vas a probar tu primer ceviche gringo.
Carlos: Me arriesgo,
me arriesgo.
Toño: ¿Me arriesgo?
Vas a venir de rodillas a pedir otro plato.
Carlos: (Recibiendo
el plato.) A ver cómo ha salido tu mezcla.
Toño: Tú come nomás.
Carlos: ¡Esto está
del carajo! Hasta no parece hecho por ti. ¿A ti qué te parece, Lucía?
Lucía: Un poco
picante. (A Toño.) ¿Y a ti quién te enseñó a preparar ceviche?
Toño: Mi padre.
Carlos: Debe ser
parte de la educación que recibe la collera de los cuatro que se creen
muy pendejos.
Lucía: (A Carlos.)
¿Y tú no sabes hacer ceviche?
Carlos: Lucía, yo
no pertenezco a la élite. Yo sólo sé comerlo.
Toño: Y cuidado,
hermano, con empacharse de ceviche que te puede incrementar otros
apetitos. Y a propósito cómo has hecho aquí en estas dos semanas.
Carlos: Aquí, allá,
cuál es la diferencia.
Toño: ¿No te parece
que hay muchas? Por ejemplo, no sabes decir ni una palabra en inglés.
Carlos: Bueno, he
tenido que dedicarme a la abstinencia.
Toño: ¿Abstinencia?
Tú en abstinencia. Vamos, quién te va a creer ese cuento.
Carlos: No es
cuento.
Toño: Anda, hermano,
confiésanos, a cuántas mujeres te has tirado en los Estados Unidos. Y
prometo no contárselo a tu esposa. Total, un centímetro más de cuernos
a Carmen no le hace ni le quita nada. ¿No es así?
Carlos: Te preocupa
mucho mi vida en los Estados Unidos, ¿no?
Toño:
Eso significa que ha habido algo. No está mal, hermano, nada mal. Yo
demoré como seis meses para conseguir mi primera mujer aquí, y ya
hablaba inglés perfectamente.
Lucía: (Mirando la
hora.) Bueno, creo que se me ha hecho tarde.
Toño: ¿Tarde? ¿tarde
para qué si hoy es mi cumpleaños?
Lucía: Tengo que ir
al computer lab para terminar un artículo que voy a mandar a Colombia.
Toño: Hazlo mañana.
Lucía: El
periodismo no espera, Toño.
Toño: (A Carlos.)
Ves, después dice que soy yo quien se olvida del mundo cuando hay que
escribir una conferencia.
Lucía: Yo también
tengo mi profesión ¿no?
Toño: Muy bien, muy
bien.
Carlos: ¿Dónde
piensas publicar el artículo, Lucía?
Lucía: Me lo
solicitaron en la revista Semana.
Toño: Y todavía
insistes en hacer carrera en Estados Unidos publicando en esos
folletines de América Latina.
Lucía: Yo no quiero
desaparecer de mi país. Me quedaré unos años más acá terminando mi
maestría, pero no me olvido ni quiero que se olviden de mí en
Colombia. Allá tú que quieres escribir la historia del Perú en inglés.
Toño: Está bien. No
he dicho nada.
Carlos: En todo
caso, prometo comprar toda la edición de la revista cuando publiquen
tu artículo.
Lucía: Y yo prometo
darte una copia antes. Me tengo que ir (Le da un beso.)
Toño: ¿Regresas más
tarde?
Lucía: No sé.
Depende de cuánto me demore en terminar este artículo.
Toño: ¿Te puedo
pedir un favor?
Lucía: Pedirlo sí;
que lo haga es otra cosa.
Toño: Si regresas
por acá, ¿puedes pasar antes por mi oficina y traer mi mail?
Lucía: Tu mail ¿no?
Toño: Creo que no
es mucho pedir. Mi oficina queda cerquísima del computer lab.
Lucía: Está bien.
Si vengo por aquí, te traigo tu mail. (Se dan un beso. Lucía sale.)
Toño: ¿Y qué te
parece?
Carlos: ¿Qué me
parece qué?
Toño: Lucía.
Carlos: Creo que
tiene mucho trabajo y no puede comer más ceviche por hoy.
Toño: Obviamente,
no me refiero a eso.
Carlos: ¿No se fue
a trabajar? Es lo que yo entendí.
Toño: Te estoy
preguntando qué te parece ella.
Carlos: Creo que es
una buena periodista. Antes de viajar a Pittsburgh publicaron un
artículo suyo en El Comercio sobre la vaina de la privatización. Y lo
comentaron mucho.
Toño: Entre
periodistas siempre se alaban.
Carlos: A mí me
pareció muy interesante. Y creo que también le interesa publicar en su
país y en otras ciudades de Latinoamérica.
Toño: Eso es algo
que no entiendo. Tiene mejor inglés que los gringos y podría escribir
para cualquier periódico de aquí que obviamente paga mucho mejor.
Carlos: Tal vez, no
todo sea inglés y dinero.
Toño: Tú no tienes
idea de cómo funciona este país. Aunque, claro, no todos mis
problemas con Lucía son dónde ella publica y dónde deja de publicar.
Carlos: Pensé que
para ti esta relación iba en serio.
Toño: Ahí no te
equivocas.
Carlos: Entonces,
hermano...
Toño: Siempre hay
cosas que empiezan a salir en el camino.
Carlos: Bueno, eso
es parte del negocio.
Toño: Sí, pero a
veces joden mucho.
Carlos: Que jodan
también es parte del negocio.
Toño: No sé. No sé
si yo pueda vivir así.
Carlos: ¿Qué cosas
son las que han salido?
Toño: ¡Qué sé yo!,
que trabajo mucho y no me acuerdo de ella, y la verdad, hermano, es que no
tengo otra alternativa que la de romperme el alma trabajando. Para
obtener honores en los exámenes de doctorado hace unas semanas, tuve
que pasarme meses olvidándome del mundo. Y ahora, claro, tengo que
escribir la mejor disertación doctoral de estos últimos años. No una
cualquiera, sino la mejor, para que deje con la boca abierta al jurado.
Pero ahí no se acaba la vida, porque siempre hay que publicar y
publicar y publicar, y en este país si no publico en las buenas
revistas de historia, no hago historia.
Carlos: Bueno, yo
de eso no entiendo.
Toño: Y claro, en
medio de todo esto, a veces, y últimamente muchas veces, me he
olvidado de Lucía. En parte la culpa la tengo yo.
Carlos: ¡Qué! Ahora
te ha dado por martirizarte.
Toño: Por supuesto
que no. Lo que pasa es que en las primeras semanas fue una de tirar
hasta por los ojos.
Carlos: ¡Ese es mi
hermano! ¡Un salud por esos polvos! (Bebe cerveza.)
Toño: Y cuando ella
me pedía algo, sea lo que sea, ahí estaba yo, concediéndoselo.
Carlos: Es decir,
tirando otro polvito más.
Toño: Entonces como
que...
Carlos: ...como que
la acostumbraste mal. O demasiado bien.
Toño: Sí, creo que
sí. Porque luego vino trabajo y más trabajo y ella empezó con la
historia de que nunca tienes tiempo para mí. Y después, no sé, después,
como que esa primera época comenzó a parecer un sueño, o algo así,
porque ahora, ahora no me acuerdo cuando fue la última vez que me
acosté con ella.
Carlos: ¿Estás con
otra mujer por ahí?
Toño: No.
Carlos: Así que
resultaste fiel.
Toño: Bueno, no soy
la única persona fiel del planeta. Carmen lo es contigo.
Carlos: Así parece.
Toño: ¿No me has
hablado mucho de ella?
Carlos: Está
contenta porque la ascendieron en el banco.
Toño: ¡Ah, qué bien!
Carlos: Mira, ésta
es una de sus últimas fotos. Está un poquito más llenita de aquí y de
aquí, lo cual la pone mucho mejor porque hay más carne de donde
agarrarse.
Toño: Me hubiera
gustado que viniese contigo. Hace un buen tiempo que tampoco la veo a
ella.
Carlos: Lo tratamos,
pero después salió lo de su ascenso y ya no le permitieron tomar las
vacaciones que le debían.
Toño: De todas
maneras, nunca me imaginé que detrás de un timbrazo de mediodía
pudieras estar tú. ¿Por qué no me avisaste que venías? Al menos,
hubiese ido a recogerte al aeropuerto.
Carlos: Quería
darte una sorpresa.
Toño: Y qué
sorpresa. Tú nunca has ido ni a la esquina, y de pronto te apareces en
Pittsburgh, como si fuera dar un paseo por el parque.
Carlos: Algún día
me iba a tocar viajar a mí también.
Toño: De todas
maneras me parece casi un sueño que te hayas animado a venir de
vacaciones por aquí.
Carlos: Tampoco he
venido sólo de vacaciones.
Toño: ¡Ah, no!
Carlos: Bueno, no
es un viaje de trabajo.
Toño: Sí porque no
te he visto hacer mucho que digamos.
Carlos: Vine a
traerte un dinero de papá.
Toño: ¿Un dinero?
¿Y por qué no me hicieron una transferencia? No era necesario que
vinieras hasta aquí para dármelo.
Carlos: Espera que
aún no lo tienes (sale y regresa con un cheque.) En realidad no he
venido solamente para dejarte este dinero, sino que se juntó con las
ganas de visitarte.
Toño: Oye, pero
esto es una salvajada de plata.
Carlos: Nunca está
demás ¿no?
Toño: ¿De dónde ha
salido tanto?
Carlos: La fábrica
está caminando bien y el viejo había hechos unos ahorros para ti.
Toño: ¿Ahorrando
para mí?
Carlos: Tal como
suena.
Toño: No era
necesario.
Carlos: El viejo no
pensó lo mismo y desde que te viniste abrió una cuenta de ahorros para
ti. Cada fin de mes depositaba una cantidad. No sé por qué pero
decidió que en este cumpleaños debías recibir el dinero. Bien, ahí
tienes tu regalo.
Toño: Es que esto
no tiene sentido. Tengo para no volver a trabajar en mi vida. Voy a
llamar a papá.
Carlos: ¿Otra vez?
Si sabes que no está en casa.
Toño: (Coge el
teléfono y marca.) Quizás ya regresó.
Carlos: ¡Pero Toño!
Toño: Ya entró la
llamada. ¡Aló, aló! ...Sí, quisiera hablar con don Antonio. Discúlpeme.
Carlos: ¿Quién te
contestó?
Toño: Nada. Marqué
un número equivocado. (Vuelve a discar.) ¡Aló! ¿Con don Antonio
Jiménez?.... Sí, creo que hablé con usted hace un minuto. ¿No estoy
hablando con Lima? ¿no es el 4-40-07-24? Bueno, quisiera hablar con
Antonio Jiménez. ¡Cómo que que no es la casa de la familia Jiménez!
¿No es las Magnolias 362 en San Isidro? Debe haber una error. Esa es
nuestra casa. ¿Quién es usted? Discúlpeme. Gracias. (Cuelga. A
Carlos.) Dice que no es la casa de papá.
Carlos: No, no lo
es.
Toño: ¿Qué pasó?
Carlos: Hubo que
vender la casa. Los nuevos dueños prometieron mudarse el próximo mes,
pero parece que se adelantaron.
Toño: ¿Vender la
casa? Y papá... ¿adónde fue?
Carlos: El viejo...
Toño: ¿Le sucede
algo a él?
Carlos: Te lo quise
decir cuando llegué.
Toño: ¿Qué le
sucede a papá?
Carlos: El viejo...
el viejo murió.
Toño: ¿Qué broma es
ésa, Carlos?
Carlos: No es
ninguna broma, hermano.
Toño: ¡No es cierto!
¡No puede ser cierto!
Carlos: Hace unas
semanas que le dio un paro cardíaco.
Toño: ¡Mientes!
Carlos: Lo enterré
en el cementerio de La Molina.
Toño: ¡Tú me estás
mintiendo!
Carlos: Quisiera
mentirte, Toño, pero es la verdad.
Toño: ¡No te creo!
¡no te creo nada! ¿Y la tarjeta? La tarjeta que me envió por mi
cumpleaños. Ves, me estás mintiendo. Papá me la mandó no hace mucho.
Carlos: La tarjeta
que dice algo como: "Querido hijo Toño: espero que tus estudios sigan
siendo un éxito..."
Toño: Conozco muy
bien la tarjeta.
Carlos: "...Nunca
te lo dije tan claramente como ahora, pero me siento orgulloso de ti,
porque has conseguido lo que te has propuesto..."
Toño: ¿Qué
pretendes repitiendo lo que él me escribió?
Carlos: "... y
tengo la certeza que seguirá siendo así. Un fuerte abrazo por tu
cumpleaños, el más fuerte que puedas recibir". ¿No es así?
Toño: Y qué hay con
eso.
Carlos: ¿No te das
cuenta? Esa tarjeta, Toño, esa tarjeta te la mandé yo. Y cada palabra
que te escribí, cada letra que te escribí, la pensé cuatro o cinco
veces para que cuando las leyeras te sintieras tranquilo, te sintieras
feliz pensando que el viejo se había acordado de ti en tu cumpleaños,
para que no pensaras que algo malo le había sucedido a él.
Toño: No es cierto.
Nada de lo que dices es cierto. Papá no puede haber muerto. Lo que tú
has hecho es memorizar la tarjeta. Sí, eso hiciste. La memorizaste
palabra por palabra. Sí, es es lo que has hecho.
Carlos: Quisiera
darte la razón, sabes.
Toño: Y la
caligrafía. Ves, me estás mintiendo. Me estás mintiendo porque
reconocí claramente la letra de papá. Sí, era la letra de papá y no la
tuya.
Carlos: Dame un
lapicero y un papel, y te escribo con la letra de papá (Toño duda.)
Anda, dame un lapicero y un papel, y te escribo con su letra (Toño le
lanza un cuaderno y un lapicero.)
Toño: Toma, para
que confirmes tus mentiras.
Carlos: (Escribe.)
"Querido hijo Toño: espero que tus estudios sigan siendo un éxito.
....". ¿Te parece suficiente o te escribo toda la tarjeta?
Toño: (Mira lo que
Carlos ha escrito.) No puede ser (Busca la tarjeta.) ¿Dónde está la
tarjeta? (Compara la caligrafía.) Esta "a" parece un poco más
inclinada hacia la izquierda; y la "p", la "p" podría estar aquí un
poco más echada, y la "d"..., la "d" no sé, y la "o", la "o" es...
Carlos: El viejo se
nos murió, Toño.
Toño: (Dejando de
comparar las letras y como para sí mismo.) ¿Papá está muerto? No puede
ser. Yo pensaba viajar ahora en verano; viajar para contarle veinte
mil historias, viajar para decirle lo que había hecho en estos años.
No, no puede ser. Le iba a decir para caminar por la playa como lo
hacíamos antes. ¿Recuerdas cuando era niño y él me llevaba a pasear
por la orilla? Sí, solía hacerlo a menudo. El caminaba mirando el
horizonte, y yo lanzaba pequeñas piedras al mar. Un día se detuvo. Así,
de pronto se detuvo. Míralo, me dijo, y moviendo sus cejas me señaló
el mar. Míralo bien, que parece que tiene algo que decirnos y nadie lo
entiende y por eso ruge y ruge. Yo tampoco comprendí y seguí lanzando
las pequeñas piedras que se perdían en la espuma de las aguas. Pasaron
como quince años, sabes, como quince años más. Porque semanas antes de
venir aquí, volvimos a caminar juntos por la orilla de la playa. El
continuaba mirando el horizonte, mirando también aquellas olas que
parecían una parte del cielo que se quebraba; yo ya había cambiado
las piedrecillas por los cigarros. Y volvió a repetirme la misma frase
sólo que con una voz golpeada por el tiempo. "Parece, hijo, que el mar
tiene algo que decirnos y nadie lo entiende y por eso ruge y ruge y
ruge". Yo también, sabes, había guardado tantas cosas para decirle.
Quería contarle tantas cosas, ir hablándole de a pocos sobre cada una
de ellas y no creo que ahora nadie las entienda. Y aunque vocifere y
grite y ruja como el mar, no habrá otro que pueda escucharlas, porque
esas historias las había guardado para él. Y tú me dices que ¿papá
está muerto?
Carlos: No sufrió.
Ni siquiera se llegó a dar cuenta.
Toño: ¿Por qué no
me lo contaste?
Carlos: Quise
hacerlo cuando llegué, pero se me hizo difícil y después fueron
pasando los días y se me hizo mucho más difícil todavía.
Toño: No me refiero
a eso. ¿Por qué no me avisaste de Perú?
Carlos: Pensé
hacerlo.
Toño: ¿Lo pensaste?
Debiste haberlo hecho.
Carlos: Yo no fui
quién te lo quiso ocultar.
Toño: ¿Ah, no?
Carlos: Toño,
créeme, yo hubiese preferido contarte las cosas.
Toño: No se nota
que hayas querido eso.
Carlos: También
pensé que sería cruel no decirte nada en su momento.
Toño: Sin embargo
callaste.
Carlos: Tuve que
hacerlo.
Toño: ¿Tuviste que
hacerlo?
Carlos: Piénsalo un
momento, sólo un momento.
Toño: ¡Qué carajo
quieres que piense cuando mi padre ha muerto y mi hermano lo ha
callado durante dos semanas!
Carlos: Piensa un
momento. Quién más sino yo te necesitaba cuando el viejo murió.
Toño: No parece que
te haya hecho mucha falta.
Carlos: Pero
debimos estar juntos.
Toño: Tú lo
impediste.
Carlos: No fui yo.
Toño: Entonces
quién.
Carlos: Yo tenía
que callar.
Toño: ¿Qué estás
diciendo?
Carlos: Él me lo
pidió.
Toño: ¿Qué?
Carlos: Sí, el
viejo me pidió que no te dijera nada.
Toño: ¡Pero cómo
piensas que te voy a creer semejante absurdo!
Carlos: Es la
verdad, Toño. El me pidió que me callara.
Toño: ¿Por qué no
me avisaste, Carlos?
Carlos: Creéme, él
me lo dijo.
Toño: Dime por qué
mierda no me avisaste.
Carlos: El me
exigió que no te avisara si le pasaba algo durante tus exámenes.
Toño: ¿Qué tienen
que ver los exámenes en esto?
Carlos: Yo le dije que no era justo.
Toño: Claro que no
es justo.
Carlos: Pero me
explicó que si te enterabas en la época de tus exámenes podías perder
el doctorado.
Toño: ¡Y qué mierda
con el doctorado!
Carlos: Pero si esa
es tu vida, Toño.
Toño: Y la muerte
de mi padre se iba al carajo.
Carlos: Sólo estaba
buscando lo mejor para ti.
Toño: Sé
perfectamente buscar lo mejor para mí.
(Carlos y Lucía en
un bar. La escena ha transcurrido hace unos días.)
Carlos: No te
conocía tan seria.
Lucía: Tampoco me
conoces mucho.
Carlos: Sí, es
cierto.
Lucía: (Mira su
reloj.) ¿No crees que ya deberíamos irnos?
Carlos: Tan pronto.
Lucía: Se ha hecho
un poco tarde, ¿no?
Carlos: La noche es
joven, y no hay ni pizca de pecado en tomar un trago con el futuro
cuñado.
Lucía: Supongo que
no.
Carlos: ¿Crees que
Toño se enojaría?
Lucía: Quién sabe.
En realidad, nunca se sabe con él.
Carlos: ¿Qué? ¿hay
problemas?
Lucía: Claro que no
los hay.
Carlos: Ya veo.
Lucía: Te digo que
no los hay.
Carlos: Sí, eso es
lo que entendí. Tampoco hay problemas conmigo, ¿no?
Lucía: Qué podría
haber.
Carlos: Pregunto
por si acaso.
Lucía: Hace muy
poco que has llegado.
Carlos: Espera a
que me quede un poco más. (Ella lo mira como interrogándolo.) Nada,
Lucía, nada. Sólo era una broma.
Lucía: Sí, ya lo sé.
Carlos: Mejor
hagamos un brindis.
Lucía: Y por quién
quieres brindar.
Carlos: Qué te
parece, Lucía, un brindis por aquéllos que siempre quedan en el olvido,
es decir, por los cuñados.
Lucía: ¡Salud!
Carlos: (Socarronamente.)
Salud, por nosotros dos (pausa) en esta noche.
Lucía: Bien, creo
que ya me tengo que ir.
(Ella parece que se
va.)
Carlos: (Sorprendido.)
Qué pasa, Lucía.
Lucía: No, nada.
(Carlos la toma
para retenerla. Ella mira la mano de Carlos en su brazo.)
Carlos: (Aparentemente
nervioso.) ¿Dije algo que te molestó? Lo siento. De verdad, lo siento
mucho.
Lucía: No hay de
qué disculparse, Carlos, pero ya se me ha hecho un poco tarde.
Carlos: ¿Qué te
parece si terminamos estos tragos y nos vamos? Te lo prometo. Después
de este par, nos vamos. ¿Qué dices? Anda, sólo este par de tragos.
Lucía: Está bien.
Acepto tu promesa. Pero sólo un rato más.
Carlos: Gracias.
Lucía: ¿Siempre
eres así?
Carlos: ¿Te
refieres a las tonteras que a veces se me escapan?
Lucía: No, si
siempre eres así de persistente.
Carlos: En realidad,
pocas veces.
Lucía: No te creo.
Carlos: En serio.
Lucía: (Sonríe
ligeramente.) Falta que ahora me digas que eres tímido.
Carlos: Tu primera
sonrisa de la noche. (Lucía vuelve a sonreír.) Y segunda sonrisa. Un
minuto más y tendremos un desfile de sonrisas.
Lucía: ¿De verdad
tienes algo de tímido?
Carlos: ¿Ah?
Lucía: ¿Detrás de
tanta palabrería se esconde un hombre tímido?
Carlos: ¿Por qué
dices eso?
Lucía: Creo saber
por qué.
Carlos: Qué
misteriosa.
Lucía: Tú siempre...
Carlos: Yo siempre
qué.
Lucía: No, nada.
Carlos: ¿Segura?
Lucía: Me pareció...
No sé, quizás me equivoque, pero creo que estabas un poco nervioso.
Carlos: ¿Nervioso?
¿cuándo?
Lucía: Ahora (pausa),
cuando me iba..., cuando me tocaste el brazo.
Carlos: Vaya, te
diste cuenta.
Lucía: Por favor,
no te sientas mal. Yo lo considero una virtud: los tímidos siempre son
personas muy sensibles. Además, mucha gente que habla bastante oculta
su timidez de esa manera.
Carlos: ¿Sí?
Lucía: De verdad.
Carlos: ¿Y tú?
Lucía: Yo qué.
Carlos: ¿Cómo haces
tú?
Lucía: ¿De qué
estás hablando?
Carlos: De lo mismo.
Lucía: No te
entiendo, Carlos.
Carlos: ¿Cómo haces
tú para ocultar el nerviosismo cuando te tocan el brazo?
Lucía: Carlos...
Carlos: ¿O me
equivoco?
Lucía: Mejor
bebamos un poco más rápido.
Carlos: Entonces es
cierto.
Lucía: ¿Qué estás
diciendo?
Carlos: Que tú
ocultas el nerviosismo mejor que yo.
Lucía: Si en
realidad tienes algo de tímido, creo que ahora estás dejando de serlo.
Carlos: Y dime,
Lucía, ¿a ti te gustan los tímidos que dejan de ser tímidos en un bar
pittsburgués?
Lucía: Carlos, no
te das cuenta que eres...
Carlos: (Interrumpiéndola.)
Sí, Lucía, sí (pausa), pero ¿acaso no te gustan los hombres que dejan
de ser tímidos?
Lucía: Carlos...
Carlos: Anda, Lucía,
dímelo. Anda, dímelo.
Lucía: Carlos...
Carlos: Anda, dilo
mirándome a los ojos. Dilo ahora. Dilo, Lucía, dilo: ¿te gustan los
hombres tímidos?
Lucía: No lo sé.
Carlos: (Acercándosele,
casi besándola, le toca muy ligeramente los labios con el dedo índice;
ella está como paralizada.) ¿Y te gustaría saberlo?
(Regreso a la
escena entre Carlos y Toño.)
Toño: Sé
perfectamente buscar lo mejor para mí.
Carlos: Pero quizás
hubieses fracasado en los exámenes.
Toño: Eran mis
exámenes. Era mi fracaso.
Carlos: Nadie
quiere que te suceda eso.
Toño: ¿Y acaso no
tenía derecho entre escoger unos putos exámenes y estar con mi padre?
Carlos: El sólo
deseaba que te fuera bien.
Toño: (Como para sí
mismo.) Y tú, ¿qué querías?
Carlos: Lo mismo
que el viejo.
Toño: ¿Seguro?
Carlos: Claro, por
qué lo dudas.
Toño: ¿Quieres más
prueba que tu silencio?
Carlos: Toño, yo
quise avisarte por teléfono después que habías terminado los exámenes.
Toño: Olvida esos
putos exámenes.
Carlos: Pero si
todos sabíamos que eran muy importantes para ti.
Toño: Ya te dije
que sé mejor que tú lo que es importante para mí.
Carlos: Después
Carmen me sugirió que viajara y que era mejor que lo habláramos.
Toño: Y te pasaste
dos semanas dándote la gran juerga.
Carlos: Eso no es
así.
Toño: ¿Ah, no?
Entonces puedes decirme qué has estado haciendo en Pittsburgh.
Carlos: Era difícil
decírtelo.
Toño: ¿Por eso
preferiste continuar con el silencio?
Carlos: Lo hice por
ti.
Toño: ¿Por mí?
Carlos: Me gustaba
verte estudiando. Me gustaba verte de nuevo, verte sonriente, verte
con Lucía.
Toño: Papá está
muerto. Y tú no me dijiste nada, y yo tenía derecho a estar con él.
Carlos: Entiende,
Toño, lo hice por ti. Por eso te tuve que mandar esa tarjeta falsa.
Sólo así podías pensar que las cosas estaban yendo bien. Todo lo hice
por ti.
Toño: ¿Y desde
cuándo te preocupas por mi profesión? ¿desde cuándo me quieres tanto?
Carlos: Toño, eres
mi hermano.
Toño: Y eso qué.
Carlos: Eres mi
único hermano, y ahora que el viejo murió eres mi única familia de
sangre.
Toño: ¿Estás seguro
que me hubieses escogido como hermano? ¿o me vas a responder que no
tuviste otra alternativa?
Carlos: ¿Por qué
dices eso?
Toño: Basta
recordar un poco ¿no?
Carlos: No hay nada
que podamos recordar que me preocupe.
Toño: Tienes mala
memoria.
Carlos: Siempre
fuiste el hermano que quise tener.
Toño: ¿Estás seguro
que quisiste tener un hermano?
Carlos: Claro que
sí.
Toño: ¿Y por qué te
fuiste de casa?
Carlos: Bueno, me
casé y los recién casados casa quieren.
Toño: No hablo de
esa vez.
Carlos: Tampoco hay
otra.
Toño: ¿Ah, no?
Carlos: Claro que
no.
Toño: ¿Y cuándo
tenías ocho años?
Carlos: ¿Ocho años?
Toño: Realmente te
está fallando la memoria.
Carlos: No creo que
puedas recordar mucho cuando yo tenía esa edad.
Toño: Es cierto.
Era muy niño para recordar. Pero la familia habla.
Carlos: Chismes sin
importancia.
Toño: ¿No tiene
importancia que te hayas fugado de casa?
Carlos: ¿De dónde
sacaste ese cuento?
Toño: De los viejos.
Carlos: Te has
confundido con alguna otra historia.
Toño: Tampoco fue
la única vez que te fugaste.
Carlos: No sé por
qué se te ocurre eso, pero y qué si fuera cierto.
Toño: Mucho mi
querido, hermano, mucho.
Carlos: ¿Ah, sí?
Toño: Es curioso,
pero la primera vez que saliste de casa fue a los pocos meses que yo
había nacido.
Carlos: Simplemente
quise ir donde los abuelos.
Toño: ¿Cuántos
meses estuviste con los abuelos? ¿Cinco? ¿seis?
Carlos: No me
acuerdo.
Toño:
Definitivamente andas mal de la memoria.
Carlos: Creo que
fue algo de cinco meses.
Toño: Cinco meses
porque no soportabas la presencia de tu nuevo hermano ¿no es así?
Carlos: Claro que
no. Eran ellos quienes no me dejaban regresar a casa.
Toño: ¿Y te
acuerdas la segunda vez que te fugaste?
Carlos: Nunca hubo
ni primera ni segunda vez.
Toño: Fue cuando
terminé mi primer año de escuela ¿también has olvidado eso?
Carlos: Lo recuerdo
muy bien.
Toño: Papá estaba
tremendamente orgulloso de mí.
Carlos: No sólo él.
Toño: Yo no
entendía por qué. No sabía qué había hecho de extraordinario. Pero
nunca lo vi a
él tan feliz, y yo solamente había recibido un diploma por mi
rendimiento académico.
Carlos: Yo también
estuve orgulloso de ti.
Toño: Nunca lo
demostraste.
Carlos: Quizás no
como el viejo, pero sí a mi manera.
Toño: ¿Y por qué te
fuiste a los pocos días de casa? ¿no será que yo conseguí en mi primer
año de colegio algo que tú nunca soñaste alcanzar? ¿no será que papá
tuvo para mi una sonrisa que no pudiste provocar antes? ¿no será por
eso que te fugaste a casa de los abuelos?
Carlos: Entiende,
yo nunca me fugué. A ellos y a mí nos gustaba pasar parte del tiempo
juntos.
Toño: Y largas
temporadas de tiempo.
Carlos: A los
abuelos les gustaba tenerme en su casa. Ya estaban viejos y yo los
entretenía un poco.
Toño: No te imagino
con tus quince años entreteniendo a un par de viejos.
Carlos: ¿Por qué
no?
Toño: ¿Qué de común
podían tener un adolescente frustrado como tú y un par de ancianos?
Carlos: Yo no me
sentía frustrado. Me divertía en casa de ellos.
Toño: Los viejos
pensaban que eras un frustrado.
Carlos: Eso no es
cierto.
Toño: Se los
escuché varias veces.
Carlos: No creo que
imaginaran eso.
Toño: Pensaban que
te sentías frustrado en casa y por eso te fugabas. Y se preocupaban,
sabes. Sobre todo mamá; el viejo no tanto.
Carlos: Sí, ella me
llamó una vez pidiéndome que volviera.
Toño: ¿Qué te dijo?
Carlos: Eso, que
regresara a casa, que ya había estado demasiado tiempo afuera y que
todos me estaban extrañando. ¿Tú me extrañabas?
Toño: ¿Tenía por
qué hacerlo?.
Carlos: No sé.
Toño: ¿Alguna vez
me diste motivo para que te extrañase?
Carlos: Eso lo
sabrás tú.
Toño: Es que no lo
sé.
Carlos: Y el viejo,
¿qué pensaba él cuando yo estaba donde los abuelos?
Toño: ¿Te interesa
saberlo?
Carlos: Me da
curiosidad.
Toño: Una vez mamá
le pidió que fuera a hablar contigo.
Carlos: ¿Y él qué
dijo?
Toño: Que no era
necesario hacerlo. Estaba seguro que ibas a volver. Creo que no se
equivocó. A fin de cuentas siempre te escapabas, pero siempre
regresaste. Incluso regresaste a buscar trabajo en la fábrica de papá
después de tu fracasada pesquisa en otros lugares. ¿Estás seguro que
no te sentías frustrado?
Carlos: ¡Eso es
mentira!
Toño: El farsante
siempre fuiste tú.
Carlos: ¡Pero eso
es mentira!
Toño: Me lo contó
papá.
Carlos: Te mintió.
Yo tenía otro trabajo pero lo abandoné porque el viejo me
necesitaba en su fábrica.
Toño: Mi padre no
solía mentir. Tú eres el fundador de esa costumbre en
nuestra familia.
Carlos: Vaya
ingenuidad la tuya. Si fuiste el elegido del viejo para escuchar sus
falsedades.
Toño: Hazme el
favor, Carlos.
Carlos: ¿Qué sabes
tú del viejo?
Toño: Siempre supe
de él más que tú.
Carlos: ¿Siempre?
Toño: Sí, desde que
éramos niños.
Carlos: Hace años
que no vives en Lima, hace años que no regresas ni de vacaciones. ¿Qué
podías saber sobre lo que le pasaba al viejo? ¿Qué podías saber sobre
lo que sentía?
Toño: Hablábamos
por teléfono con frecuencia.
Carlos: No me digas.
Toño: Tú mismo
sabías de nuestras largas conversaciones por teléfono.
Carlos: De tus
largas conversaciones... ¿cada cuánto tiempo?
Toño: No sé.
Tampoco podía llamarlo todos los días.
Carlos: Nadie habla
de todos los días. Sólo te pregunto, cada cuánto tiempo. ¿Una vez a la
semana? ¿cada quince días? No, eso sería pedirte mucho. ¿Cada cuánto
tiempo lo llamabas?
Toño: ¡Qué sé yo!
Quizás una vez al mes.
Carlos: ¿Cuándo fue
tu última conversación con él? El mes pasado ¿no?
Toño: Creo que un
poco más.
Carlos: Hablabas
con él más o menos una vez al mes, ¿y me dices que sabías del viejo
más que yo? Yo trabajaba en su fábrica. Lo veía todos los días en su
fábrica. Todos los días ¿sabes lo que es eso?
Toño: Por supuesto
que lo sé.
Carlos: ¿Y sabes lo
que es encontrar al viejo asustado todas las mañanas porque quizás los
terroristas han puesto una bomba en la fábrica? ¿sabes que subíamos al
carro llevando un revólver bajo el saco porque nos habían amenazado? ¿sabes
del sudor a miedo que sentimos cuando evacuamos a todo el personal
porque hubo una llamada anónima diciendo que había explosivos? ¿sabes
lo que es vivir pensando que puedes explotar en cualquier esquina? O
quizás, en tu propio trabajo, o tu propia casa.
Toño: Claro que lo
sé.
Carlos: ¿Y de dónde
crees saber eso?
Toño: Aquí también
llegan noticias de las cosas que están pasando por allá.
Carlos: ¡Ah!
Noticias ¿no?
Toño: La prensa es
mala, pero uno siempre está informado.
Carlos: ¿Y te llegó
la noticia que un milico asustado rastrilló su arma en la cara de
Carmen porque la muy huevona se estacionó en un lugar prohibido? ¿Publicaron
eso en el New York Times? ¿Publicaron cómo le temblaban las piernas y
los brazos y los labios cuando regresó a casa?
Toño: No me enteré
de eso.
Carlos: ¡Qué te vas
a enterar! Tú vives aquí, con tus libros, tu biblioteca, tus
conferencias. Viajas a Londres, a Roma y no sé a dónde más. Y para ti,
hermano, para ti el Perú se ha vuelto una noticia escrita en algún
periódico, alguna información que recibes por tu computadora, o un
ceviche de fin de semana hecho con pescado de Boston y limones de
Pennsylvania. Y tu familia, no sé, tu familia quizás sea una carta que
llega de vez en cuando, una esporádica llamada telefónica. No sé,
quizás sea eso, quizás tu prefieras eso, pero no me digas que tú
conocías al viejo mejor que yo.
Toño: Él siempre
trató de contarme sus cosas.
Carlos: ¿Ah, sí?
¿Te habló del último soborno?
Toño: ¿Soborno?
Carlos: Sí, tal
como suena.
Toño: Esa es otra
de tus farsas.
Carlos: La farsa te
la montó el viejo toda su vida.
Toño: Él no haría
algo así. Papá no sobornaría a nadie. Para qué hacerlo. Su fábrica
siempre caminó bien. Nunca necesitó de trabajos sucios para mantenerla.
Carlos: ¿Y cómo
piensas que se levantó la empresa?
Toño: Yo vi cómo la
fue haciendo de a pocos.
Carlos: ¿Tú viste?
Vamos, Toño, tú sólo ves libros. Tus pupilas ya no son marrones,
tienen el color de la tinta impresa.
Toño: Yo recuerdo
cuando papá llegaba tarde porque se había quedado horas de horas
trabajando en la fábrica. Sí, lo recuerdo bien. Aún estaba niño pero
lo recuerdo bien.
Carlos: Siempre
fuiste un ciego.
Toño: ¿Y desde
cuándo tú eres un clarividente?
Carlos: No, quizás
no fuiste ciego. Simplemente te evadías.
Toño:
No cambiemos los papeles, hermano. El que tenía la vocación de
fugitivo eras tú.
Carlos: Si no te
evadías, si no te diste cuenta en esos años que viviste con el viejo,
entonces...
Toño: Entonces qué.
Carlos: Entonces
eres un imbécil.
Toño: ¡Qué
importancia tiene si lo dices tú!
Carlos: Tienes
razón. ¡Qué importa si lo digo yo! Pero... ¿te acuerdas de Loayza, no?
Toño: ¿Loayza? Sí,
claro. Iba más o menos seguido a la casa.
Carlos: Buen tipo
¿no te parece?
Toño: Se le veía
correcto.
Carlos: ¿Alguna vez
saliste de juerga con él?
Toño: Nunca me
invitó.
Carlos: Se conocía
todos los bares de putas que hay en Lima.
Toño: ¿Fuiste con
él?
Carlos: A veces.
Loyza trabajaba para el viejo, sabes.
Toño: No tenía
idea.
Carlos: Eso no me
extraña.
Toño: Tampoco tengo
la obligación de conocer a toda la planilla.
Carlos: Es cierto.
Pero Loayza estaba fuera de planilla.
Toño: ¿Fuera de
planilla?
Carlos: Sí, tenía
trabajos especiales.
Toño: Sobre los
cuales no tengo ningún interés en saber.
Carlos: ¿Qué? ¿No
quieres descubrir tu imbecilidad? ¿No quieres descubrir con
quién andaba tu padre?
Toño: No es asunto
mío.
Carlos: Pero
deberías tener un poco de interés.
Toño: Eso no tiene
ninguna relación con mi vida.
Carlos: ¿Que no?
¿De dónde crees que venía la plata para tus estudios en la universidad?
De la fábrica, por supuesto.
Toño: Tú mismo has
dicho que Loayza trabajaba fuera de la fábrica.
Carlos: Fuera de la
planilla, sí; de la fábrica, no.
Toño: De todas
maneras, no me interesa saber.
Carlos: ¿No te
interesa saber cómo funcionaba la empresa de tu padre?
Toño: No me
interesa escuchar tus farsas.
Carlos: Está bien,
está bien. Digamos que te voy a contar una farsa. No hay por qué
preocuparse ¿no? Total, es una mentira.
Toño: Tampoco hay
razón para escucharte.
Carlos: Quién sabe.
Pero digamos, que Loayza se ocupaba de los periodistas curiosos y de
algunos sindicalistas.
Toño: ¿Qué
periodistas?
Carlos: Bueno, de
vez en cuando había una revista que quería publicar sobre las
condiciones sanitarias de la empresa.
Toño: Las
condiciones siempre fueron correctas.
Carlos: No tanto,
no tanto. Pero los periodistas eran un asunto fácil. Siempre andan
jodidos de plata, así que llevándolos de juerga por los burdeles de
Lima y dándoles unos cuantos billetes te publican la historia de
Blanca Nieves. No todos son como Lucía, claro. Con los sindicalistas,
a veces había que ser un poco más duro. De esas cosas se encargaba
Loayza. Ese tipo correcto según tú.
Toño: Es otra de
tus falsedades.
Carlos: Sí, lo es.
Total, tú conocías bien al viejo ¿no?
Toño: Claro que lo
conocía.
Carlos: Y conocías
esa frase que repetía cada vez que había problemas con alguien. Algo
así como "todo hombre tiene su precio, el asunto es cuánto" (golpea el
pecho de Toño con el cheque.)
Toño: Él no decía
eso.
Carlos: Él siempre
te mintió. El siempre te ocultó muchas cosas. Te ocultó su muerte, te
ocultó su enfermedad.
Toño: ¿Enfermedad?
Carlos: Sí, el
viejo murió por eso.
Toño: Dijiste que
fue un paro cardiaco.
Carlos: Pero ya
estaba mal cuando le dio el ataque.
Toño: ¿Qué tenía?
Carlos: Cáncer al
estómago.
Toño: No es posible.
Carlos: Sí,
mientras tú hacías ceviche o te ibas de viaje dando charlas sobre la
historia del Perú, tu padre se iba
muriendo de cáncer.
Toño: Y me lo
escondieron.
Carlos: Él te lo
ocultó. Como muchas otras cosas que también te ocultó. A fin de
cuentas, la élite nacional no debe preocuparse
por ciertas cosas, ¿no es así?
Toño: Yo pude haber
cambiado mis planes.
Carlos: Es lo que
no quería el viejo. Creo que fue su único error. Él pensó que no iba a
morir y después podría contarte que le había pasado tal cosa y que ya
se había recuperado.
Toño: Tú pudiste
habérmelo dicho.
Carlos: Sí, yo pude
habértelo dicho.
Toño: Por qué no lo
hiciste.
Carlos: ¿Tenía por
qué hacerlo?
Toño: Por supuesto
que sí.
Carlos: Dame una
razón.
Toño: Era mi padre.
Carlos: Dame una
razón para que yo te lo tuviese que decir.
Toño: Eres mi
hermano.
Carlos: Como
dijiste hace un rato: y eso qué.
Toño: Yo tenía
derecho de estar con papá.
Carlos: Pero yo no
tenía el deber de contarte las cosas.
Toño: Cómo que no.
Carlos: Tú nunca me
extrañaste.
Toño: ¿No te
extrañé?
Carlos: Sí, eso, tú
nunca me extrañaste cuando yo estaba donde los abuelos.
Toño: Eso no tiene
nada que ver con la enfermedad de papá.
Carlos: Con la
enfermedad del viejo no; pero conmigo sí.
Toño: ¿Se puede
saber de qué estás hablando, Carlos?
Carlos: Estoy
hablando de este viaje, porque yo vine hasta acá con la esperanza de
reencontrarme con mi hermano, mi único hermano, con la esperanza de
estrechar su mano y comenzar una nueva historia, con la esperanza de
que las aguas de los ríos que cruzan esta ciudad fueran tan claras
como las había imaginado. Con esa esperanza, quizás última esperanza,
vine hasta aquí. Pero desde que he llegado sólo he encontrado
reproches, porque mi hermano pertenece a la élite nacional y yo no,
porque mi hermano va ser doctor en historia y yo no, porque mi hermano
nunca me extrañó un instante mientras vivía con los abuelos y yo sí,
sabes, yo sí te extrañaba. Y ahora tú me preguntas por qué no te avisé
antes de la enfermedad del viejo, ¿no te parece demasiada exigencia de
tu parte? Aunque para serte franco, en un momento te lo insinué.
Supongo que ni te diste cuenta de lo que te estaba hablando, pero te
lo insinué.
Toño: Tú nunca me
dijiste que papá estaba con cáncer.
Carlos: No, eso no.
Solamente te dije que el viejo andaba un poco jodido. Recuerdo que
estabas apurado escribiendo una de tus conferencias, y me comentaste
que no había que preocuparse porque el viejo hasta parecía inmortal.
Toño: No sabía que
estaba así de grave.
Carlos: Tampoco
preguntaste más. Creo que andabas tan preocupado con tu conferencia
que no te interesó mucho.
Toño: No sé. Habré
tenido la impresión que era algo intrascendente.
Carlos: De todas
maneras, siempre guardé la esperanza de un reencuentro, la esperanza
de una nueva historia. Claro, todo eso empezó a quedar en el olvido
desde que llegué a Pittsburgh y mucho más ahora que me has confesado
que nunca te importó cuando yo me escapaba de la casa.
Toño: Entonces yo
fui el motivo de tus fugas ¿no?
Carlos: Y tú, qué
feliz debías estar cuando yo desaparecía.
Toño: ¿Por qué
dices eso?
Carlos: Toda la
atención de los viejos quedaba inevitablemente concentrada en el niño
Toño.
Toño: Yo nunca pedí
que los viejos se olvidaran de ti.
Carlos: Pero te
encantaba ¿no? Te encantaba que se olvidaran de mí.
Toño: ¿Desde cuándo
me odias? ¿desde que éramos niños?
Carlos: No pidas
tanto. Yo no te odio.
Toño: Entonces qué
es.
Carlos: Ahora,
ahora que la esperanza se ha ido al tacho de basura, ahora me eres
indiferente. Me es indiferente si te va bien o te jodes, si te enteras
o no de la muerte del viejo, si sabes que tu padre es un puritano o un
hijo de puta, o si te quito algo, cualquier cosa que sea, la que menos
imagines.
Toño: ¿Y por eso me
trajiste toda esa plata?
Carlos: Sí, por eso.
Toño: Gracias por
la indiferencia.
Carlos: De nada,
"mi querido hermano".
Toño: Me has pagado
varios años de mi vida.
Carlos: Ojalá.
Toño: De eso estoy
completamente seguro.
Carlos: Tienes
derecho a ese dinero ¿no?
Toño: (Irónico.) Mi
hermano reconociéndome derechos.
Carlos: Es tu parte
de la venta de la casa.
Toño: Dijiste que
papá había abierto una cuenta para mí.
Carlos: (Sonriendo
sarcásticamente.) O quizás sea dinero que le robé al viejo para
comprar la felicidad entre mi hermano y yo. No sé. A fin de cuentas,
siempre hay que sacarle la raíz cuadrada a lo que digo ¿no?
Toño: Sí, siempre.
Carlos: Pero ahí
tienes tu dinero. Espero que lo gastes.
Toño: De eso me
encargo yo.
Carlos: Y que Dios
te lo permita, y tu conciencia también.
Toño: No se
necesita de esas cosas para gastar la plata.
Carlos: Depende.
Toño: ¿Depende?
Carlos: En mi caso,
la plata es la plata, venga de donde de venga.
Pero tú... Tú eres un intelectual, Toño. (Irónico.)
Un intelectual honesto, puritano, lleno de escrúpulos, un intelectual
con principios tan sólidos que se olvida de su país y se engancha en
otro al que nunca va a pertenecer. Y siendo así, ¿vas a decidir
gastarte ese dinero que viene de los sobornos de tu padre? ¿O cómo
crees que se hizo la fortuna del viejo?
Toño: No tengo la
menor idea.
Carlos: ¿Ni la
menor idea? ¿No se cómo quede tu pulcra conciencia si gastas ese
dinero nacido de las porquerías que hacía el viejo? Dinero de sobornos,
de chantajes, de coimas. Ya es cuestión de tu honestidad. Pero ahí lo
tienes. Ahí tienes el derecho de usarlo o no. A fin de cuentas, es una
buena cantidad y cuesta mucho romper ese cheque; es una buena
cantidad y provoca gastarla ¿no? (Irónico.) Y yo que soy tu hermano,
cómo te iba a impedir esa posibilidad.
(Entra Lucía.)
Lucía: Espero que
no me hayan extrañado mucho.
Carlos: ¿Terminaste
tu artículo, Lucía?
Lucía: Sí,
prácticamente sí. (A Toño, dándole varias cartas.) Aquí está tu mail.
Toño: (Lanzando las
cartas.) ¡A la mierda con el mail!
Lucía: ¿Pero a ti
qué te pasa? ¿Estás enfermo o qué?
Toño: (Señalando a
Carlos.) ¡Allí tienes al enfermo!
Carlos: No le hagas
caso, Lucía.
Lucía: ¿Que no le
haga caso? (A Toño.) ¿Qué derecho crees que tienes?
Toño: Papá está
muerto.
Lucía: ¿Cómo?
Toño: Sí, papá está
muerto.
Lucía: ¿Qué estás
diciendo, Toño?
Toño: Murió hace
unas semanas y él lo ocultó.
Lucía: (A Carlos.)
¿Le has ocultado la muerte de su padre?
Carlos: Parece que
hay problemas en la familia.
Lucía: Deja de
jugar al psicólogo, Carlos.
Carlos: Aunque creo
que llegas en un buen momento.
Lucía: ¿Por qué
callaste algo tan grave?
Carlos: Quién sabe.
Quizás te lo cuente Toño.
Lucía: ¿Pero qué
clase de hombre eres tú?
Carlos: Sólo te
puedo decir que el viejo murió de cáncer.
Lucía: ¿Cáncer?
Toño: Eso también
lo ocultó.
Lucía: ¿Cuánto
tiempo estuvo enfermo?
Carlos: El tiempo
suficiente para que yo lo viera morir de a pocos, para que viera como
se tranquilizaba con la morfina, para que viera cómo sus ojos me
pedían una
nueva dosis; el tiempo suficiente para ir haciendo de mi padre un
adicto. El tiempo suficiente para quedarme con un enfermo, para
olvidarme de Carmen y que ella se fuese olvidando de mí. Ese fue el
tiempo. Y mientras yo me pasaba las noches en el hospital mirando cómo
el viejo se moría, Carmen se mandó mudar con el gerente de su banco. ¿Por
qué crees que la ascendieron en su trabajo?
Toño: Si me
mostraste su foto.
Carlos: Jodido ¿no?
Pero aún no la puedo quitar de mi billetera.
Lucía: (A Carlos.)
Entonces... entonces tú pensaste hacer todo esto. Lo pensaste
antes de viajar aquí. Pensaste fingir, pensaste
esconderle la verdad a tu hermano, pensaste hablarme de mis artículos
y decirme que yo era una brillante periodista. Y lo que pasó en el bar
la otra noche fue eso, ¿no? Fue una parte más de lo que habías
planeado.
Carlos: (A Lucía.)
¿Se lo quieres contar?
Toño: ¿De qué están
hablando?
(Regreso a la
escena entre Lucía y Carlos.)
Lucía: (Sonriendo.)
No te lo puedo creer.
Carlos: De verdad.
Lucía: Toño nunca
me lo dijo.
Carlos: Quizás no
se acuerde. Pero sí, yo también alguna vez quise ser periodista y
hasta tuve mis experiencias por ahí.
Lucía: Nunca me
imaginé que estaba hablando con un colega.
Carlos: Bueno, no
como tú. Yo solamente anduve metido en el periódico mural del colegio.
Aunque a ratos me asalta la duda: ¿qué hubiese sido de mi vida si
entraba en el periodismo seriamente?
Lucía: Tal vez
estarías viviendo en Pittsburgh y saliendo con una historiadora.
(Escena de Toño,
Lucía y Carlos.)
Toño: ¿De qué están
hablando?
Lucía: No hay nada
de qué hablar.
Carlos:
Precisamente por eso. (A Toño.) Pero te fue bien en tu conferencia
¿no?
Toño: ¿Conferencia?
Lucía: No le hagas
caso.
Carlos: La que
tuviste el fin de semana pasado en esa universidad. ¿Cómo se llama?
Toño: Michigan.
Carlos: ¡Ah, sí!
Michigan.
(Escena de Lucía y
Carlos.)
Lucía: (Bromeando.)
La próxima vez que estés aquí hacemos un reportaje en equipo, ¿qué te
parece?
Carlos: Cuenta
conmigo.
Lucía: Ya verás,
tendremos primera plana.
Carlos: En el Perú
y Colombia. Eso sí: si el entrevistado es hombre, las preguntas las
haces tú; pero si es mujer, yo me reservo el derecho.
Lucía: No se puede
contigo, Carlos.
Carlos: La verdad
que no. Ni yo puedo conmigo mismo.
Lucía: Sabes, hace
un rato pensé que tú...
Carlos: Por favor,
Lucía.
Lucía: De todas
maneras, hay una pregunta que no te contesté.
Carlos: ¿Cuál es
ésa?
Lucía: Si me
gustaría conocer a los tímidos que dejan de ser tímidos en un bar
pittsburgués.
(Escena de Toño,
Lucía y Carlos.)
Carlos: A mí
también me fue bien cuando fuiste a Michigan. Me fui a un bar a tomar
unos tragos. Y tú sabes tragos van, tragos vienen, y de pronto no
tienes idea dónde estás. ¿No es así, Lucía?
Lucía: ¿Qué?
Toño: (A Lucía.) No
me contaste que habían salidos juntos.
Carlos: Por
supuesto que no te lo iba a contar.
Toño: ¿Por qué no
me lo dijiste?
Lucía: No sé. No le
di importancia.
Carlos: Así que
ahora no tiene importancia.
Lucía: ¿Qué estás
insinuando, Carlos?
Carlos: Y todo
queda en el olvido como una noche más.
Toño: ¿Qué pasó,
Lucía?
Lucía: Nada, claro
que nada.
Carlos: (A Lucía.)
Posiblemente nada, pero te gusta conocer a los tímidos que dejan de
ser tímidos en un bar pittsburgués. ¿O me lo vas a negar ahora?
Toño: (A Lucía.) ¿Qué
está diciendo?
Carlos: (Como si no
hubiera escuchado a Toño.) Vamos, Lucía, ¿no son esas tus palabras?
¿No me dijiste eso? ¿No me lo volviste a repetir? "Me gusta descubrir
a los tímidos que dejan de ser tímidos". ¿No te gustó tu
descubrimiento? ¿Lo vas a negar ahora? Anda, cuéntaselo a Toño. ¿Fue o
no fue así?
Lucía: Sí, yo lo
dije, y qué.
(Escena de Lucía y
Carlos.)
Carlos: No tienes
que responderme esa pregunta. En mi familia ya se sabe que siempre hay
que sacarle la raíz cuadrada a lo que digo. Es hora que tú lo sepas
también.
Lucía: Sin embargo,
me parece que he conocido un poquito de ti, y ahora tengo la seguridad
que no tienes nada de tímido, pero que escondes, muy en tu interior, a
un hombre sensible.
Carlos: Me estás
descubriendo.
Lucía: Quizás por
eso se me hace tan fácil hablar contigo, y también escuchar tus
historias.
Carlos: A mí
también se me hace fácil conversar contigo.
Lucía: Tal vez, no
sé, si hubiera sido otro momento en vida, si estuviera en otra ciudad,
si no estuviera con Toño, tal vez, no sé.
Carlos: Sí, tal vez.
Lucía: Pero ha sido
bueno conocer a un tímido que deja de ser tímido en un bar
pittsburgués.
(Escena de Toño,
Lucía y Carlos.)
Carlos: Y esa fue
la noche del descubrimiento de Lucía.
Toño: (A Lucía.)
¿Te acostaste con él?
Lucía: (A Toño.) ¿Qué?
¿Tú piensas eso?
Carlos:
Ahora sí realmente te envidio, Toño. De verdad, te envidio. Toño: ¿Te
acostaste con mi hermano?
Lucía: ¿Pero no te
das cuenta de lo que está tratando de hacer?
Toño: Qué fácil
suena decir eso.
Carlos: Difícil
diría yo. Pero "no hay mujer difícil, sino mal hablada".
(Escena de Lucía y
Carlos.)
Lucía:
Lo curioso es que conversar contigo me ha hecho recordar que cuando
Toño y yo empezamos a salir se nos hacía muy fácil hablar entre
nosotros, escucharnos el uno al otro, o simplemente no decir ni hacer
nada pero tener esa sensación que hay alguien allí, pendiente de una,
acompañándote en cada momento. Y era eso lo que más me gustaba de
nosotros dos. Claro, no sé bien lo que ha pasado, pero esa sensación
de compañía se nos ha ido perdiendo. Y no quiero culpar a Toño. Los
dos estamos en esto. Los dos debemos tener nuestras culpas e
inocencias. Y tal vez sea hora que los dos empecemos a recuperar
aquéllo que tanto nos unía.
(Escena de Toño,
Lucía y Carlos.)
Toño: ¿Tú y mi
hermano? Yo viajo a dar una conferencia (pausa) ¿y tú te vas con mi
hermano?
Lucía: ¿Pero cómo
puedes pensar eso?
Carlos:
Nada como una noche de sexo y alcohol. De verdad, te envidio, Toño.
Toño: Tú y mi
hermano.
Lucía: (Furiosa.) Y
quién te crees tú para dudar de mí. Quién te crees para venir a
reprocharme, para venir a juzgarme. Quién te crees tú que sólo sabes
pensar en ti mismo.
Toño: ¡Lárgate,
Lucía!
Lucía: ¿Qué?
Toño: Ya me
escuchaste, ¿no?
Lucía: No, yo no me
largo. Tú le crees a él. A pesar que te ocultó lo de tu padre tú
prefieres creerle a él. Pero eso no te da derecho para que me largues
con un grito. Yo... yo no te lo dije, sin embargo quería que
recuperáramos la ilusión de nuestros primeros momentos. Sí, eso era lo
que quería: sentirte a mi lado como antes, saber que eras mi apoyo y
yo el tuyo, confiarte mi vida porque yo confiaba en la tuya. Sí, eso
era lo quería recuperar contigo. Eso, eso, porque pensaba que alguna
vez lo habíamos tenido, pero ahora me doy cuenta que todo fue una
fantasía. Quizás, mi fantasía y de nadie más. Porque tú le crees a él.
Porque tú dudas de mí. Y porque tú eres tan frágil como un castillo de
naipes, y en este momento el castillo se ha caído ante mí, y ya no hay
nada que recuperar entre nosotros dos. No, Toño, yo no me largo; yo me
voy.
(Lucía sale.)
Carlos: No tenías
que hacer eso, hermano. Es una buena mujer. Además... tira de la puta
madre.
Toño: ¡Eres una
mierda!
Carlos: Creo que sí.
Toño: ¿Por qué? ¿por
qué has hecho todo esto?
Carlos:
Probablemente, porque me negaste mi última esperanza con mi hermano y
me di cuenta que este era un viaje frustrado desde el principio.
Toño: Otra más de
tus tantas frustraciones, y quizás tu única frustración con razón de
ser, porque estás tan solo como yo, sin el viejo, sin mujer, sin
ninguna oportunidad para recomenzar un nueva vida con tu hermano.
Estás tan sólo como yo, que puedo ser el mejor estudiante de historia
en los Estados Unidos aunque escriba la historia de un país que
empieza a ser un recuerdo para mí, y sigo solo, solo y rodeado de un
montón de cartas burocráticas que alaban mi trabajo intelectual. Solos
porque nunca aprenderemos a tolerarnos. (Mientras Toño recoge las
cartas que están en el suelo, Carlos va a su habitación y regresa con
una maleta.) ¿Qué es esto, Carlos? ¿carta de papá? (La abre
rápidamente y lee.) "Querido Toño...". Sí, parece una carta de papá.
"Espero que estas líneas sí lleguen precisamente para el día de tu
cumpleaños. Te cuento que no hace mucho vendimos... la casa de San
Isidro...". Es carta de papá, sí, es de él. ¿O tú la falsificaste,
Carlos? ¿es una carta suya o la has escrito tú? Anda, dime, quién
escribió esta carta. ¿Fuiste tú? ¿o es de papá? ¿está papá vivo,
Carlos? ¿está realmente vivo? Entonces... entonces ¿tú inventaste esto?
¿tú lo inventaste todo?
Carlos: Quién sabe.
Dicen que siempre hay que sacarle raíz cuadrada a lo que digo ¿no?
APAGÓN
|