Miami
Estados Unidos
Año X

 Nº 59/60

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

PERDIDA EN EL LABERINTO DE

LA DEPRESIÓN

(MONÓLOGO)

 

 por

 

Julie De Grandy

 


     Acudí esa tarde a la terapia de grupo para complacer a mi madre.  Sabía que ella sufría por mí y que no comprendía lo que me estaba pasando. No creía en esas cosas. Lo había visto en películas y me parecía un circo de fenómenos. A pesar de mis reservas,  escuché pacientemente a todos esos extraños hablar de lo que sentían, aunque no me identificaba con ninguno de ellos. Ni siquiera podía concentrarme en lo que decían. No sabía si sería capaz de explicarles a estos extraños lo que yo sentía. Sin embargo, se acercaba el momento de hacerlo. Nadie interrumpía el soliloquio de cada uno de los presentes. El Dr. Márquez se limitaba a escuchar y a veces tomaba algunas notas. Por fin llegó mi turno de hablar. 

 

– Diana, cuéntanos los que sientes, – me pidió el Dr. Márquez. – Ábrete a nosotros como lo han hecho todos tus compañeros aquí presentes. No tengas miedo, no estamos aquí para juzgarte, sólo para tratar de comprenderte y poder ayudarte. 

 

     Lo miré unos instantes. Me preguntaba si sería capaz de verbalizar todo lo que sentía. Ya que había venido, debería intentarlo. Me llené de valor y les conté mi verdad.

 

– Según va pasando el tiempo estoy más convencida de que no estoy del todo en mí. Por momentos he tenido la impresión de que me han secuestrado. Pero nadie parece advertirlo. Quizás como no se ha recibido nota pidiendo rescate, no parece un secuestro real. Parece ser que  a nadie se le ha ocurrido que puede haber secuestros donde no se pida rescate. Si no lo comprenden, ¿cómo escapar entonces de él? ¿Cómo liberarme de la desaparición de mi persona?

 

     Por momentos me veo. Vislumbro pequeños reflejos de mí que me recuerdan que he existido, que he estado poderosamente viva. A veces, estas momentáneas apariciones me llenan de alegría. Durán poco, unas horas, rara vez toda una noche. Me dan la falsa impresión de que he regresado, que estoy de nuevo dentro de mí. Pero son fugaces y como cualquier droga, su efecto de euforia dura poco. Cuando salgo de él, me encuentro sumida en un estado lamentable, me hayo mucho más lejos de mí misma; allí, en el secuestro anónimo y lejano donde nadie acude a rescatarme. ¿Y por qué habrían de hacerlo? ¿Tendré acaso que liberarme yo misma? ¿Pero cómo hacerlo si soy la propia carcelera?

 

     ¿Cuándo sucedió todo esto? ¿En qué momento desparecí de mí misma? ¿Acaso sucedió lentamente? Tal vez fui reculando hasta infiltrarme en la recámara oscura. Podría llamarla el aposento de la “anti-luz”. Porque nada existe por sí mismo. Todo es un contraste entre lo que es y lo que no es. Nuestro lenguaje es bipolar, el norte es lo opuesto del sur, el calor lo opuesto del frío. En realidad son la misma cosa pero en extremos opuestos.  Sólo hay que observar un termómetro y comprobar cómo dentro del mismo aparato sube y baja el mercurio según fluctúa la temperatura. O sea, que quizás yo esté en mí, pero en la polaridad de mi propia inexistencia. ¿Será que estoy detrás del espejo de mí misma? Todos me miran y creen verme, pero en realidad ven un reflejo de mi propio espejo. Si acercaran la mano a tocarlo, sentirían la frialdad propia de ese objeto y no el calor que desprende el ser humano cuando está vivo. En términos de polaridades, estoy muerta. Al menos más muerta que viva. Porque, ¿qué es estar vivo? Ya se sabe que no porque siga latiendo el corazón es señal de que alguien está vivo. Cuantos yacen inertes en una cama por años, con un corazón latiendo, sin estar vivos.

 

     No me gusta estar muerta. No quiero que el corazón me lata, y mi cuerpo emule movimientos mecánicos mientras no estoy viva. Esa es la trampa. Es el juego sucio con el que la vida me está difuminando poco a poco. Por eso nadie parece darse cuenta. Que ciegos están.  Sé que tengo que hacer algo.

 

     ¿Pero qué hacer? ¿Dónde encontrarme? ¿Dónde estoy? ¿Estaré toda en un mismo lugar? ¿O quizás estoy descuartizada y partes de mí se han quedado en disímiles parajes, en distintos caminos? ¿Dónde está mi risa? ¿Dónde están mis ganas de bailar? ¿Dónde está mi ímpetu de crear? ¿Dónde están mis ideas alocadas? ¿Dónde está mi energía? ¿Dónde están mis ganas de amar? Estoy fragmentada y perdida.

 

     Cuando hago memoria, me encuentro en los recuerdos de mi propia vida. Es casi como recordar una película que vi hace tiempo. Suelo recordar los peores momentos y los mejores momentos. La verdad es que recuerdo más los mejores momentos. Allí, en cada uno de esos recuerdos me veo completa, total, casi desbordada de mí misma, teniendo suficiente de mí para hasta para dar a otros. Aquellas semillas de mí eran tan fértiles. Las he visto hacer milagros en otros. Han sido catalizadores para el renacer de otros y es bien cierto que no me esforzaba en lo más mínimo para conseguirlo, era más bien algo innato.  

 

     Creo que la existencia es como una canasta que creemos sólida pero, por muy bien tejida que esté, tiene demasiadas rendijas por donde se escapa la esencia de la vida. La vida es agua que corre, tiene que correr porque el agua estancada se pudre y se evapora con el hedor de su propia muerte. El agua de la vida tiene que ser río que se encuentra con otras aguas, mezclándose sin esfuerzo y sin por eso dejar de ser río. Ese río llega a ser mar, no parte del mar. Cuando es mar es todo el inmenso mar. Cualquier parte del mar es todo el mar. Pero si llenamos un cubo de agua de mar y nos lo llevamos a casa, ese agua ya no es mar. No nos podemos separar de nuestra propia esencia, al hacerlo, dejamos de ser lo que somos. Podemos ser mar que acune naves, o mar que bañe cuerpos en las playas, o mar que destruya superficies con su enardecida furia, pero no podemos dejar de ser mar.  Podemos mutar como río que se transforma en evaporadas nubes para regresar como lluvia que vuelve a ser cauce y llega a algún mar. Si dejamos que nuestra agua se guarde en una hermética botella, no somos lluvia, ni río, ni mar, somos agua que no moja, que no sacia sed, que no riega sembrados, que no acuna barcos y por tanto perdemos nuestra legítima existencia y ya no somos.

 

     Me pregunto: ¿Estaré yo embotellada? ¿Seré como el genio que atraparon en la botella? ¿Quién me encontrará. Mi genio, mi genialidad, mi legítima naturaleza está embotellada.  Todos tenemos genio, todos tenemos potencial ilimitado. Nosotros nos ponemos nuestras propias limitaciones.  Ladrillo a ladrillo vamos fabricando el muro de nuestra cárcel.  No recuerdo cuándo construí la mía y no sé cómo fugarme de ella.

 

     De las tantas cosas que se han escrito que se repiten por ahí, me identifico con la frase “la verdad nos hará libres”.  Por eso la busco; busco mi verdad. Quiero ser libre. Se le ha dado un enorme peso a la palabra libertad. En cambio tantos de los que presumen de ser libres no lo son tanto. Y yo me pregunto…¿libre para qué? ¿Hasta dónde llega la verdadera libertad? La libertad, como tantas otras cosas, es tan moldeable como la arcilla. Cada cual interpreta la libertad como interpreta la vida. Muchos de los que nos creemos vivos en realidad no lo estamos, tampoco muchos de los que nos creemos libres lo somos realmente. Yo no me siento ni viva ni libre. 

 

     No sé si quizás todo esto sea una gran blasfemia. No sé si estaré cometiendo una herejía al decir todas estas cosas tan abstractas y absurdas. También el pecado es algo completamente abstracto, maleado, extremadamente dúctil para el aberrante caos de algunas mentes humanas. Si creemos que algo es pecado, lo va a ser para nosotros. Los que creen que comer puerco es pecado, estarán pecando si lo comen. En cambio, los que no lo creemos, podemos comerlo sin pecar. Por tanto la forma de no pecar, es no creer que estamos pecando.  Así de simple.

 

     Ojalá todo fuera tan sencillo. ¿Acaso lo es? ¿Acaso complicamos las cosas nosotros mismos?  Yo creo que algo de eso tiene que haber.  En el fondo creo que los infelices detestan a los felices.  Los infelices no tiene el coraje de llegar a ser felices y tratan de que los felices desciendan al pozo de su infelicidad.  Que cantidad de mentiras nos meten en la cabeza desde que somos pequeños. 

 

     Todos los que tienen hijos quieren que los que no tienen hijos tengan hijos. Consideran casi una aberración la decisión voluntaria de algunos de no tener hijos. ¡Hay que tener hijos, joder! ¿Y por qué? - Pues porque hay que tener hijos…. - responden. Puede que alguien argumente que sin hijos se extinguiría la raza humana. No lo creo pues hay muchos que desean tenerlos y otros que los tienen casi por osmosis. Pero, ¿y qué si se extingue la raza humana? En realidad no pasaría absolutamente nada.  No sabemos cuantas razas se han extinguido en el universo. ¿O acaso somos tan insignificantes como para creer que sin un minúsculo eslabón de una infinita cadena, desaparece la cadena? ¿Qué si nunca hubiésemos nacido? Tampoco pasaría nada. 

 

     Lo importante es lo que se hace o se deja de hacer cuando ya estamos aquí. Obviamente, si no hubiese nacido, no estaría ahora inmersa en esta angustia a cerca de mi vida o mi falta de vida.

 

     Dice Calderón que la vida es sueño, pero sabemos que los sueños muchas veces son pesadillas. Tal vez esta búsqueda de mi perdida esencia sea una de esas temidas pesadillas.  Quizás parte de mí se quedó en otros sueños soñados en otras noches dormidas pasadas y casi olvidadas.

 

     ¿Cuánto en realidad se olvida? Dicen que todo queda grabado en el cerebro. Pero se necesitaría otra vida para revivir todos los momentos de la vida presente. Yo podría omitir muchos que no tengo interés en recordar. Podrían ser esos días anodinos que se funden unos con otros. Esos días en que parece que hicimos lo mismo que en tantos anteriores sin ningún gran provecho, sin ningún hermoso recuerdo de una jornada, sin nada especial que haya grabado su existencia en la cadena de otros días que forman nuestros años de vida.

 

     ¿Existieron en realidad aquellos días que no recordamos? ¿Existimos nosotros dentro de ellos? ¿Si no los recordamos, para que sirvieron? De que sirve cumplir con una monótona rutina de existencia día tras día.  Esos días sólo sirvieron para envejecernos, agotarnos, exprimirnos. Si tuviéramos opción, ¿cuántos días, horas, minutos nos interesaría revivir una y otra vez? 

 

     Cuando pensamos a veces en una relación íntima pasada, toda su duración se agolpa de pronto en una compacta etapa sin grandes matices. ¿De qué sirvió? ¿Por qué vivimos tantos días insignificantes? 

 

     Yo no estoy intentando responder a las preguntas de nadie, ni ofrecer soluciones. Mis preguntas son para mí misma y por supuesto bienvenido quien se las quiera hacer y quizás encontrar las respuestas que yo no tengo. 

 

     Yo me busco. Simplemente me busco dentro de una retahíla de días en que sé que no viví. No podía ser yo, no podía estar viva. Puede ser que haya días vivos y días muertos. Los días muertos no deben contar hacia los años que se nos acumulan en el cuerpo. No es justo otorgarnos esos días como vividos cuando no han sido vividos. Que se los adjudiquen a quien los vivió dentro de nuestro cuerpo, pero no a nosotros, no a mí. He estado tan ausente de la vida como cuando estoy dormida.  Cuando duermo no vivo. 

 

     No sé sí yo, la verdadera yo, estoy dormida en algún sitio. Y si yo estoy dormida, ¿quién está en mí? ¿Quién les habla ahora mismo?

 

     A veces no reconozco la cara que se proyecta sobre el espejo en una de esas veces que me busco. Ese no es mi gesto, no son mis ojos.  Y cuando no me miro al espejo, no recuerdo los contornos de mi rostro. Me reconozco en fotos. Bueno me reconozco en las que recuerdo y confío en quienes me dicen que aquel bebé era yo. 

 

     El otro día vi mi cara. Regresó mi propio rostro por espacio de una noche. Como quien desentierra un objeto perdido, yo fui dibujando mi conocido rostro con maquillajes hasta plasmar mi antigua belleza. Ya son muchos los días en que he usado los mismos pinceles, las mismas sombras, los mismos colores y no he conseguido dibujar mi rostro. En cambio, caprichosamente, la otra noche apareció mi cara de la nada, del encierro involuntario, del recuerdo de su belleza. Me gustó verme, me miraba al espejo con cariño, con emoción y me maravillé de aquel brillo antiguo que de nuevo me recorría.  Estaba hermosa, seductora. 

 

     No me gusta la fealdad. Me gusta la belleza. Lo feo me molesta, me ofende. Lo siento, pero así es. Yo no soy la responsable. Me alegro de no ser fea. Ya sé que para gustos se han hecho colores. Dicen que la belleza es relativa, pero creo que la fealdad es absoluta.  Lo feo es feo.  Le doy gracias a Dios por mi belleza, o al menos si no es tanta, por mi falta de fealdad.  

 

     Doy gracias por lo que tengo y he tenido de bueno. Pero no me conformo.  ¡Qué horrible palabra: “conformarse”! Es un insulto a la vida. Yo no me conformo con lo que no sea sublime. Puede que me aguante, pero no me conformo. No tengo porqué conformarme.  Si quiero una casa de tres dormitorios y sólo puedo tener una de dos, viviré en ella pero no conformo. No me da la gana de conformarme. ¿Qué mediocre habrá inventado una palabra tan amorfa?  Conformarse es darse por vencido, es demostrar debilidad, falta de brío, de carácter, de ambición, de ilusión y de sueños. No quiero conformarme con lo que no es para mí lo ideal. 

 

     Por eso no me adapto a vivir de este modo. No me resigno a estar perdida, ausente, diluida, amordazada, secuestrada, domada, oculta. No me conformo con estar muerta en vida. No acepto que mi legítima voz se haya silenciado y que mis ideas no encuentren el manantial de mi persona por donde brotar.  No me conformo con conformarme. 

 

     Y no sé dónde podría empezar a buscarme.  A veces, cuando pierdo algo en casa, trato de redibujar mis pasos y repetir las acciones de los minutos pasados hasta que descubro el lugar donde dejé el objeto.  Y si hago esto, ¿qué parte de mi encontraré primero? ¿Sabré reconocer cada uno de mis pedazos? O tal vez algunos los perdí hace tanto tiempo que ya ni los recuerdo.

 

     De pequeña tuve muchos juguetes. Si ahora me los pusiesen delante, creo que sólo sería capaz de reconocer algunos. Hago memoria ahora y sólo soy capaz de recordar unos pocos. En cambio todos fueron míos, con todos tuve que haber jugado. Sé que sentí una gran emoción cuando cada uno llegó a mi vida, en un cumpleaños, en unas navidades, o de manos de algún ser querido como sorpresa. ¿Estaré yo en el mismo sitio donde quedaron mis juguetes? 

 

     Ya ni sé cuántos recuerdo me quedan. He vivido ya miles de días de vida. En cambio, si me pongo a pensar, sólo podría recordar ni cien. Hoy, cualquier hoy nos parece tan real. Es lo único que tenemos, un hoy. Pero muchos son los hoy que transformados en un ayer se han disuelto para siempre de la memoria. ¿Qué cené hace 247 días? ¿Qué ropa llevaba puesta hace 561 días? Lo he olvidado. La mayor parte de nuestra vida se disuelve para siempre. No quedan ni pequeños rasgos de nuestra pretérita y maltrecha memoria. Si nos afanásemos por recuperar cada pedacito de memoria de toda nuestra vida, estoy segura que dichos recuerdos pegados unos contra otros no constituirían ni un año entero de vida? Y dentro de esos recuerdos recobrarles, ¿cuántos son felices? ¿Cuántos días suman la totalidad de la felicidad experimentada? Sin duda suman menos que las horas que hemos pasado sentados en inodoros. ¿Dónde se almacenan los recuerdos que la mente se negó a almacenar? ¿Habrá algún almacén de recuerdos perdidos? Quizás existan ladrones de recuerdos que desvalijan gran parte de nuestra vida, y por ende, de gran parte de nosotros mismos. 

 

     A veces he sentido que personas que han pasado por mi vida me han robado pedazos, me han vampirizado. ¿Existirán los vampiros como Drácula? Quizás, por las noches, algunos de mis compañeros de cama chuparon mi sangre con colmillos que segregaban saliva anestésica y yo no me di ni cuenta. De hecho, he sentido una debilidad paulatina apoderarse de mí desde  dentro de muchas relaciones. He sentido menos ganas de amar cada día, menos ganas de estar allí junto a ese alguien, menos ganas de compartir mi persona. ¿Serían esos los vampiros que me robaban mi fuerza vital noche a noche o día a día? 

 

     Siempre me gustó dar. Me gusta dar voluntariamente, sin pedir nada a cambio. Confieso que a veces esperaba al menos algo en compensación. Quizás no en la misma proporción que yo he dado pero al menos un ápice de generosidad. Quizás me fui erosionando por el camino a fuerza de dar. Tal vez fui dando demasiado de mí, renunciando a mis pedazos, dejándome desmembrar hasta convertirme en esta pequeña parte de mí misma, irreconocible e incómoda.

 

     Si me han robado a pedacitos, entonces, antes de encontrar los pedazos, tendría que encontrar los ladrones que me han robado. ¿Y qué han hecho de mis pedazos? Los guardarán como tesoros, o los habrán desechado como basura? ¿Se acordarán acaso ellos de lo que hicieron con mis pedazos? Yo no me acuerdo de todo lo que he tirado a la basura. A veces ni me acuerdo de aquellas pertenencias que he guardé con esmero y que me salen al paso, haciéndome guiños desde algún olvidado rincón de la casa o de de mi memoria. Esas pequeñas cosas, de las que habla Joan Manuel Serrat, esas que uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia.

 

     No creo que ahora fuera capaz de acordarme de aquellos a quienes besé. Un beso es algo tan íntimo y en cambio apenas deja mácula en nuestra memoria. ¿Se habrá ido parte de mi esencia en el aliento agitado de besos? ¿Me habrán ido absorbiendo por la boca? Porque cada respiración es un momento de vida. Si dejamos de respirar, dejamos de vivir. Ese aire tan preciado se sopla hacia otra boca en un beso sin pensar que estamos soplando vida. 

 

     Tengo tantas preguntas y tan pocas respuestas. Ni siquiera sé donde fueron a parar todos mis dientes de leche, le hubiera perdido el rastro a todos, si no fuera por uno que guardó mi madre. Supongo el dentista habrá tirado a la basura mis pedazos de muelas picadas. No sé que habrá hecho el hospital con la vesícula que me extirparon. El obstetra sin duda desechó la placenta donde se formó mi querida hija, mi placenta. Tantas peluquerías han desechado los pedazos de mi pelo cortado. Pedazos de mí que sin resquemor fueron tirados a la basura. Tantas partes de mí ha sido desechada, partes de mí que estuvieron vivas y fueron útiles, se lanzaron como desperdicios sin desdén. Quizás se haya desechado tanto de mí que por eso no logro reconocerme. 

 

     Trato de imaginar cuán largo sería mi pelo si nunca me lo hubiera cortado, cuánto amor tendría sí nunca lo hubiera derramado con pasión en tantas noches. Sé que es imposible encontrar todos los mechones cortados de mi pelo. ¿Será igualmente imposible encontrar todos mis pedazos perdidos? 

 

     Nunca pensé que un ser humano tuviese tanta capacidad de sufrir. No sé cuánto sufren otros, pero yo sufro demasiado. Alguien debería inventar un instrumento que pueda medir la capacidad del sufrimiento. Sólo así se darían cuenta de lo que estamos padeciendo. 

 

     Yo me siento muy distinta a todos los que me rodean. La gente parece aceptar sus vidas, aceptar su legítima o disfrazada felicidad. También parecen aceptar su mediocridad o su infelicidad.  Alguien que está poderosamente vivo no se resigna a una vida mediocre. No. Muchos de ellos también están secuestrados, perdidos, fragmentados o muertos. Yo sé que lo están pero no parecen darse cuenta. O si se dan cuenta, no parece importarles. Y entonces, ¿por qué me importa a mí? ¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué lucho por encontrarme? Quizás ellos nunca se gustaron y mientras más pierdan de sí mismos, menos les queda de eso que han detestado. Pero yo no quiero ser ellos. Yo no pretendo tener la verdad de nadie, sólo busco la mía.  La verdad me hará libre. Ahora no soy libre; por lo tanto concluyo que no estoy en posesión de la verdad.

 

     Tal vez no sé quien soy. Tal vez no sé quién fui. O quizás he padecido el proceso inverso de la mariposa, siendo ahora una oruga que se arrastra apesadumbrada y anhela el vuelo a través de sus bellas y coloridas alas.  Puede ser que en el proceso de la metamorfosis inversa esté ahora en la etapa de crisálida y me encuentre prisionera en el recinto pequeño oscuro que me impide todo movimiento hacia la plenitud.

 

     No sé cuántos seres que protagonizaron los episodios de mi pasado serían ahora capaces de reconocerme. ¿Seguiré siendo la niña, la adolescente o la mujer de algunos de sus recuerdos? ¿O me desdeñarían con horror intentando no profanar en su memoria cualquier rato memorable que compartimos un día?

 

     Me pregunto también el porqué de mi afán por encontrarme. Quizás allí, donde quiera que esté, estoy mejor que aquí sumida en esta angustia. Tal vez me marché de mí porque ya no me hacía feliz. ¿Me habré divorciado de mí misma? Puede que me haya dado la oportunidad de vivir feliz y al no encontrarla, cercené mi relación conmigo y me fui lejos. ¿Pero, a dónde? Quisiera encontrarme y darme otra oportunidad. Quisiera poder corregir mis errores del pasado y hasta pedirme perdón a mí misma por los daños que me he permitido. Pero, ¿cómo dialogar con alguien que no está? ¿Cómo convencer a alguien que está demasiado lejos para escuchar? Ni siquiera he pensado qué decirme. ¿Quién intercedería por mí para convencerme que regrese?

                             
     Puede que haya quien me haya visto en el lugar que habito y no sepa que estoy desaparecida y que me busco. ¿Habrán hablado conmigo? ¿Les habré contado que me fui de mí? ¿Lo habrán creído? Mi mayor soledad es no estar conmigo. Ya que hace mucho aprendí que la ausencia de gente a mí alrededor no me causaba soledad, era más poderosa mi dinámica interna que su potencial compañía. Pensaba, recordaba, creaba y me sentía muy acompañada, activa y feliz. Pero ahora que no estoy conmigo, me siento muy sola, aún en medio del tumulto. No resisto esta sensación de vacío y soledad que nadie parece comprender. No ven que no estoy. ¿Por qué serán tan ciegos? Que alguien me ayude. Por favor, díganme dónde estoy. Ayúdenme a buscarme. Por favor... -

  

     Las lágrimas cegaron mis ojos, ya no podía encontrarme con las otras miradas penetrantes que se habían clavado en mí. Temblaba y me sentía helada. El esfuerzo de transitar por el laberinto de mi depresión me había agotado.  Unos brazos fuertes y cálidos me arroparon. 

           

     El eco de mis propias palabras aún resonaba en mis oídos.  Por primera vez, había podido explicar todo lo que sentía. Yo misma, al escucharme hilvanar sensaciones y pensamientos, pude comprender la magnitud de mi propia desolación. Había quebrado mi silencio interno. El peso de mi desesperación se sentía algo más ligero. No sabía si era justo haberle contagiado parte de mi angustia a otros seres dolientes.  Ignoraba si me comprendían, o si habría cura para mí. Todavía faltaba mucho para encontrar el camino hacia mí misma, pero algo me decía que acababa de dar el primero paso por la senda del regreso. 

 

Julie De Grandy nació en La Habana, Cuba (1958). Dramaturga, actriz, guionista, y escritora. Como dramaturga, ha escrito 14 obras de teatro, seis de las cuales se han representado en Miami, Nueva York y Ciudad de México. Como actriz comienza su carrera a los 15 años, con la zarzuela cubana “Cecilia Valdés”. Desde entonces ha representado los papeles principales de obras dramáticas, comedias y musicales de clásicos (Moliere, Shakespeare, García Lorca, Tennessee Williams y Jean Giraudoux, entre otros) y cubanos contemporáneos, como Matías Montes Huidobro, Héctor Santiago, Dumé y Corrales. Su actuación más reciente fue el rol protagónico de la obra adaptada por Susana Tubert de la Película de HBO “Real Women Have Curves” de la escritora Josefina López. Como guionista ha producido para la televisión la Serie “Teens” en la Cadena Telemundo. Ha sido guionista, productora y actriz en el programa “A Oscuras pero Encendidos” de la  Cadena Telemundo (Estados Unidos). Es presidenta y fundadora de Producciones AMA que, entre otras, ha producido las siguientes obras premiadas: Doble fondo, Entre Mujeres, Cena para dos, La Herencia, La Huella (en co-producción con la Shakespearean Company). Ha producido, de su creación, las siguientes obras: Doble Fondo (Minorca Playhouse, 1990), La Herencia (Dade Country Auditorium, 1993 – Carrousel Playhouse, 1994), Casting (X Hispanic Theater Festival ,1995), Conexión sin Hilo (Producciones Varela, protagonizada por Jorge Ortiz De Pinedo), Volumen descontrolado (Nueva York, 1998), y Trampa Mortal (Universidad Internacional de la Florida, Teatro Casanova, 1998). Ha realizado Doblajes para: BVI Doblaje de programas de series y películas para América Latina del inglés al español y al francés, así como para otras compañías importantes. Ha realizado campañas de promoción y ha trabajado como locutora de eventos especiales, tales como la retransmisión anual del Festival de Canes para América Latina. Como escritora ha publicado: La Generación Puente (Ensayo, Editorial Arenas, Miami, EE.UU., 1992); Sentimientos de Almas Vivas (Poesía, Editorial Amykasa, 1990); Enigma de Pasiones (Novela, Eride Editorial, Madrid, España, 2002); y Quiero ser escritor (Ensayo, Nuevos Escritores, Madrid, España, 2005).