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Acudí esa tarde a la terapia de grupo para complacer a mi madre.
Sabía que ella sufría por mí y que no comprendía lo que me estaba
pasando. No creía en esas cosas. Lo había visto en películas y me
parecía un circo de fenómenos. A pesar de mis reservas, escuché
pacientemente a todos esos extraños hablar de lo que sentían, aunque
no me identificaba con ninguno de ellos. Ni siquiera podía
concentrarme en lo que decían. No sabía si sería capaz de explicarles
a estos extraños lo que yo sentía. Sin embargo, se acercaba el momento
de hacerlo. Nadie interrumpía el soliloquio de cada uno de los
presentes. El Dr. Márquez se limitaba a escuchar y a veces tomaba
algunas notas. Por fin llegó mi turno de hablar.
– Diana, cuéntanos
los que sientes, – me pidió el Dr. Márquez. – Ábrete a nosotros como
lo han hecho todos tus compañeros aquí presentes. No tengas miedo, no
estamos aquí para juzgarte, sólo para tratar de comprenderte y poder
ayudarte.
Lo miré unos instantes. Me preguntaba si sería capaz de verbalizar
todo lo que sentía. Ya que había venido, debería intentarlo. Me llené
de valor y les conté mi verdad.
– Según va pasando
el tiempo estoy más convencida de que no estoy del todo en mí. Por
momentos he tenido la impresión de que me han secuestrado. Pero nadie
parece advertirlo. Quizás como no se ha recibido nota pidiendo
rescate, no parece un secuestro real. Parece ser que a nadie se le ha
ocurrido que puede haber secuestros donde no se pida rescate. Si no lo
comprenden, ¿cómo escapar entonces de él? ¿Cómo liberarme de la
desaparición de mi persona?
Por momentos me veo. Vislumbro pequeños reflejos de mí que me
recuerdan que he existido, que he estado poderosamente viva. A veces,
estas momentáneas apariciones me llenan de alegría. Durán poco, unas
horas, rara vez toda una noche. Me dan la falsa impresión de que he
regresado, que estoy de nuevo dentro de mí. Pero son fugaces y como
cualquier droga, su efecto de euforia dura poco. Cuando salgo de él,
me encuentro sumida en un estado lamentable, me hayo mucho más lejos
de mí misma; allí, en el secuestro anónimo y lejano donde nadie acude
a rescatarme. ¿Y por qué habrían de hacerlo? ¿Tendré acaso que
liberarme yo misma? ¿Pero cómo hacerlo si soy la propia carcelera?
¿Cuándo sucedió todo esto? ¿En qué momento desparecí de mí misma?
¿Acaso sucedió lentamente? Tal vez fui reculando hasta infiltrarme en
la recámara oscura. Podría llamarla el aposento de la “anti-luz”. Porque
nada existe por sí mismo. Todo es un contraste entre lo que es y lo
que no es. Nuestro lenguaje es bipolar, el norte es lo opuesto del
sur, el calor lo opuesto del frío. En realidad son la misma cosa pero
en extremos opuestos. Sólo hay que observar un termómetro y comprobar
cómo dentro del mismo aparato sube y baja el mercurio según fluctúa la
temperatura. O sea, que quizás yo esté en mí, pero en la polaridad de
mi propia inexistencia. ¿Será que estoy detrás del espejo de mí
misma? Todos me miran y creen verme, pero en realidad ven un reflejo
de mi propio espejo. Si acercaran la mano a tocarlo, sentirían la
frialdad propia de ese objeto y no el calor que desprende el ser
humano cuando está vivo. En términos de polaridades, estoy muerta. Al
menos más muerta que viva. Porque, ¿qué es estar vivo? Ya se sabe que
no porque siga latiendo el corazón es señal de que alguien está
vivo. Cuantos yacen inertes en una cama por años, con un corazón
latiendo, sin estar vivos.
No me gusta estar muerta. No quiero que el corazón me lata, y mi
cuerpo emule movimientos mecánicos mientras no estoy viva. Esa es la
trampa. Es el juego sucio con el que la vida me está difuminando poco
a poco. Por eso nadie parece darse cuenta. Que ciegos están. Sé que
tengo que hacer algo.
¿Pero qué hacer? ¿Dónde encontrarme? ¿Dónde estoy? ¿Estaré toda en un
mismo lugar? ¿O quizás estoy descuartizada y partes de mí se han
quedado en disímiles parajes, en distintos caminos? ¿Dónde está mi
risa? ¿Dónde están mis ganas de bailar? ¿Dónde está mi ímpetu de
crear? ¿Dónde están mis ideas alocadas? ¿Dónde está mi energía? ¿Dónde
están mis ganas de amar? Estoy fragmentada y perdida.
Cuando hago memoria, me encuentro en los recuerdos de mi propia
vida. Es casi como recordar una película que vi hace tiempo. Suelo
recordar los peores momentos y los mejores momentos. La verdad es que
recuerdo más los mejores momentos. Allí, en cada uno de esos recuerdos
me veo completa, total, casi desbordada de mí misma, teniendo
suficiente de mí para hasta para dar a otros. Aquellas semillas de mí
eran tan fértiles. Las he visto hacer milagros en otros. Han sido
catalizadores para el renacer de otros y es bien cierto que no me
esforzaba en lo más mínimo para conseguirlo, era más bien algo
innato.
Creo que la existencia es como una canasta que creemos sólida pero,
por muy bien tejida que esté, tiene demasiadas rendijas por donde se
escapa la esencia de la vida. La vida es agua que corre, tiene que
correr porque el agua estancada se pudre y se evapora con el hedor de
su propia muerte. El agua de la vida tiene que ser río que se
encuentra con otras aguas, mezclándose sin esfuerzo y sin por eso
dejar de ser río. Ese río llega a ser mar, no parte del mar. Cuando es
mar es todo el inmenso mar. Cualquier parte del mar es todo el mar.
Pero si llenamos un cubo de agua de mar y nos lo llevamos a casa, ese
agua ya no es mar. No nos podemos separar de nuestra propia esencia,
al hacerlo, dejamos de ser lo que somos. Podemos ser mar que acune
naves, o mar que bañe cuerpos en las playas, o mar que destruya
superficies con su enardecida furia, pero no podemos dejar de ser
mar. Podemos mutar como río que se transforma en evaporadas nubes
para regresar como lluvia que vuelve a ser cauce y llega a algún
mar. Si dejamos que nuestra agua se guarde en una hermética botella,
no somos lluvia, ni río, ni mar, somos agua que no moja, que no sacia
sed, que no riega sembrados, que no acuna barcos y por tanto perdemos
nuestra legítima existencia y ya no somos.
Me pregunto: ¿Estaré yo embotellada? ¿Seré como el genio que atraparon
en la botella? ¿Quién me encontrará. Mi genio, mi genialidad, mi
legítima naturaleza está embotellada. Todos tenemos genio, todos
tenemos potencial ilimitado. Nosotros nos ponemos nuestras propias
limitaciones. Ladrillo a ladrillo vamos fabricando el muro de nuestra
cárcel. No recuerdo cuándo construí la mía y no sé cómo fugarme de
ella.
De las tantas cosas que se han escrito que se repiten por ahí, me
identifico con la frase “la verdad nos hará libres”. Por eso la
busco; busco mi verdad. Quiero ser libre. Se le ha dado un enorme peso
a la palabra libertad. En cambio tantos de los que presumen de ser
libres no lo son tanto. Y yo me pregunto…¿libre para qué? ¿Hasta dónde
llega la verdadera libertad? La libertad, como tantas otras cosas, es
tan moldeable como la arcilla. Cada cual interpreta la libertad como
interpreta la vida. Muchos de los que nos creemos vivos en realidad no
lo estamos, tampoco muchos de los que nos creemos libres lo somos
realmente. Yo no me siento ni viva ni libre.
No sé si quizás todo esto sea una gran blasfemia. No sé si estaré
cometiendo una herejía al decir todas estas cosas tan abstractas y
absurdas. También el pecado es algo completamente abstracto, maleado,
extremadamente dúctil para el aberrante caos de algunas mentes
humanas. Si creemos que algo es pecado, lo va a ser para nosotros. Los
que creen que comer puerco es pecado, estarán pecando si lo comen. En
cambio, los que no lo creemos, podemos comerlo sin pecar. Por tanto la
forma de no pecar, es no creer que estamos pecando. Así de simple.
Ojalá todo fuera tan sencillo. ¿Acaso lo es? ¿Acaso complicamos las
cosas nosotros mismos? Yo creo que algo de eso tiene que haber. En
el fondo creo que los infelices detestan a los felices. Los infelices
no tiene el coraje de llegar a ser felices y tratan de que los felices
desciendan al pozo de su infelicidad. Que cantidad de mentiras nos
meten en la cabeza desde que somos pequeños.
Todos los que tienen hijos quieren que los que no tienen hijos tengan
hijos. Consideran casi una aberración la decisión voluntaria de
algunos de no tener hijos. ¡Hay que tener hijos, joder! ¿Y por qué? -
Pues porque hay que tener hijos…. - responden. Puede que alguien
argumente que sin hijos se extinguiría la raza humana. No lo creo pues
hay muchos que desean tenerlos y otros que los tienen casi por
osmosis. Pero, ¿y qué si se extingue la raza humana? En realidad no
pasaría absolutamente nada. No sabemos cuantas razas se han
extinguido en el universo. ¿O acaso somos tan insignificantes como
para creer que sin un minúsculo eslabón de una infinita cadena,
desaparece la cadena? ¿Qué si nunca hubiésemos nacido? Tampoco pasaría
nada.
Lo importante es lo que se hace o se deja de hacer cuando ya estamos
aquí. Obviamente, si no hubiese nacido, no estaría ahora inmersa en
esta angustia a cerca de mi vida o mi falta de vida.
Dice Calderón que la vida es sueño, pero sabemos que los sueños muchas
veces son pesadillas. Tal vez esta búsqueda de mi perdida esencia sea
una de esas temidas pesadillas. Quizás parte de mí se quedó en otros
sueños soñados en otras noches dormidas pasadas y casi olvidadas.
¿Cuánto en realidad se olvida? Dicen que todo queda grabado en el
cerebro. Pero se necesitaría otra vida para revivir todos los momentos
de la vida presente. Yo podría omitir muchos que no tengo interés en
recordar. Podrían ser esos días anodinos que se funden unos con
otros. Esos días en que parece que hicimos lo mismo que en tantos
anteriores sin ningún gran provecho, sin ningún hermoso recuerdo de
una jornada, sin nada especial que haya grabado su existencia en la
cadena de otros días que forman nuestros años de vida.
¿Existieron en realidad aquellos días que no recordamos? ¿Existimos
nosotros dentro de ellos? ¿Si no los recordamos, para que
sirvieron? De que sirve cumplir con una monótona rutina de existencia
día tras día. Esos días sólo sirvieron para envejecernos, agotarnos,
exprimirnos. Si tuviéramos opción, ¿cuántos días, horas, minutos nos
interesaría revivir una y otra vez?
Cuando pensamos a veces en una relación íntima pasada, toda su
duración se agolpa de pronto en una compacta etapa sin grandes
matices. ¿De qué sirvió? ¿Por qué vivimos tantos días
insignificantes?
Yo no estoy intentando responder a las preguntas de nadie, ni ofrecer
soluciones. Mis preguntas son para mí misma y por supuesto bienvenido
quien se las quiera hacer y quizás encontrar las respuestas que yo no
tengo.
Yo me busco. Simplemente me busco dentro de una retahíla de días en
que sé que no viví. No podía ser yo, no podía estar viva. Puede ser
que haya días vivos y días muertos. Los días muertos no deben contar
hacia los años que se nos acumulan en el cuerpo. No es justo
otorgarnos esos días como vividos cuando no han sido vividos. Que se
los adjudiquen a quien los vivió dentro de nuestro cuerpo, pero no a
nosotros, no a mí. He estado tan ausente de la vida como cuando estoy
dormida. Cuando duermo no vivo.
No sé sí yo, la verdadera yo, estoy dormida en algún sitio. Y si yo
estoy dormida, ¿quién está en mí? ¿Quién les habla ahora mismo?
A veces no reconozco la cara que se proyecta sobre el espejo en una de
esas veces que me busco. Ese no es mi gesto, no son mis ojos. Y
cuando no me miro al espejo, no recuerdo los contornos de mi rostro.
Me reconozco en fotos. Bueno me reconozco en las que recuerdo y confío
en quienes me dicen que aquel bebé era yo.
El otro día vi mi cara. Regresó mi propio rostro por espacio de una
noche. Como quien desentierra un objeto perdido, yo fui dibujando mi
conocido rostro con maquillajes hasta plasmar mi antigua belleza. Ya
son muchos los días en que he usado los mismos pinceles, las mismas
sombras, los mismos colores y no he conseguido dibujar mi rostro. En
cambio, caprichosamente, la otra noche apareció mi cara de la nada,
del encierro involuntario, del recuerdo de su belleza. Me gustó verme,
me miraba al espejo con cariño, con emoción y me maravillé de aquel
brillo antiguo que de nuevo me recorría. Estaba hermosa, seductora.
No me gusta la fealdad. Me gusta la belleza. Lo feo me molesta, me
ofende. Lo siento, pero así es. Yo no soy la responsable. Me alegro de
no ser fea. Ya sé que para gustos se han hecho colores. Dicen que la
belleza es relativa, pero creo que la fealdad es absoluta. Lo feo es
feo. Le doy gracias a Dios por mi belleza, o al menos si no es tanta,
por mi falta de fealdad.
Doy gracias por lo que tengo y he tenido de bueno. Pero no me
conformo. ¡Qué horrible palabra: “conformarse”! Es un insulto a la
vida. Yo no me conformo con lo que no sea sublime. Puede que me
aguante, pero no me conformo. No tengo porqué conformarme. Si quiero
una casa de tres dormitorios y sólo puedo tener una de dos, viviré en
ella pero no conformo. No me da la gana de conformarme. ¿Qué mediocre
habrá inventado una palabra tan amorfa? Conformarse es darse por
vencido, es demostrar debilidad, falta de brío, de carácter, de
ambición, de ilusión y de sueños. No quiero conformarme con lo que no
es para mí lo ideal.
Por eso no me adapto a vivir de este modo. No me resigno a estar
perdida, ausente, diluida, amordazada, secuestrada, domada, oculta. No
me conformo con estar muerta en vida. No acepto que mi legítima voz se
haya silenciado y que mis ideas no encuentren el manantial de mi
persona por donde brotar. No me conformo con conformarme.
Y no sé dónde podría empezar a buscarme. A veces, cuando pierdo algo
en casa, trato de redibujar mis pasos y repetir las acciones de los
minutos pasados hasta que descubro el lugar donde dejé el objeto. Y
si hago esto, ¿qué parte de mi encontraré primero? ¿Sabré reconocer
cada uno de mis pedazos? O tal vez algunos los perdí hace tanto tiempo
que ya ni los recuerdo.
De pequeña tuve muchos juguetes. Si ahora me los pusiesen delante,
creo que sólo sería capaz de reconocer algunos. Hago memoria ahora y
sólo soy capaz de recordar unos pocos. En cambio todos fueron míos,
con todos tuve que haber jugado. Sé que sentí una gran emoción cuando
cada uno llegó a mi vida, en un cumpleaños, en unas navidades, o de
manos de algún ser querido como sorpresa. ¿Estaré yo en el mismo sitio
donde quedaron mis juguetes?
Ya ni sé cuántos recuerdo me quedan. He vivido ya miles de días de
vida. En cambio, si me pongo a pensar, sólo podría recordar ni
cien. Hoy, cualquier hoy nos parece tan real. Es lo único que tenemos,
un hoy. Pero muchos son los hoy que transformados en un ayer se han
disuelto para siempre de la memoria. ¿Qué cené hace 247 días? ¿Qué
ropa llevaba puesta hace 561 días? Lo he olvidado. La mayor parte de
nuestra vida se disuelve para siempre. No quedan ni pequeños rasgos de
nuestra pretérita y maltrecha memoria. Si nos afanásemos por recuperar
cada pedacito de memoria de toda nuestra vida, estoy segura que dichos
recuerdos pegados unos contra otros no constituirían ni un año entero
de vida? Y dentro de esos recuerdos recobrarles, ¿cuántos son
felices? ¿Cuántos días suman la totalidad de la felicidad
experimentada? Sin duda suman menos que las horas que hemos pasado
sentados en inodoros. ¿Dónde se almacenan los recuerdos que la mente
se negó a almacenar? ¿Habrá algún almacén de recuerdos
perdidos? Quizás existan ladrones de recuerdos que desvalijan gran
parte de nuestra vida, y por ende, de gran parte de nosotros mismos.
A veces he sentido que personas que han pasado por mi vida me han
robado pedazos, me han vampirizado. ¿Existirán los vampiros como
Drácula? Quizás, por las noches, algunos de mis compañeros de cama
chuparon mi sangre con colmillos que segregaban saliva anestésica y yo
no me di ni cuenta. De hecho, he sentido una debilidad paulatina
apoderarse de mí desde dentro de muchas relaciones. He sentido menos
ganas de amar cada día, menos ganas de estar allí junto a ese alguien,
menos ganas de compartir mi persona. ¿Serían esos los vampiros que me
robaban mi fuerza vital noche a noche o día a día?
Siempre me gustó dar. Me gusta dar voluntariamente, sin pedir nada a
cambio. Confieso que a veces esperaba al menos algo en compensación.
Quizás no en la misma proporción que yo he dado pero al menos un ápice
de generosidad. Quizás me fui erosionando por el camino a fuerza de
dar. Tal vez fui dando demasiado de mí, renunciando a mis pedazos,
dejándome desmembrar hasta convertirme en esta pequeña parte de mí
misma, irreconocible e incómoda.
Si me han robado a pedacitos, entonces, antes de encontrar los
pedazos, tendría que encontrar los ladrones que me han robado. ¿Y qué
han hecho de mis pedazos? Los guardarán como tesoros, o los habrán
desechado como basura? ¿Se acordarán acaso ellos de lo que hicieron
con mis pedazos? Yo no me acuerdo de todo lo que he tirado a la
basura. A veces ni me acuerdo de aquellas pertenencias que he guardé
con esmero y que me salen al paso, haciéndome guiños desde algún
olvidado rincón de la casa o de de mi memoria. Esas pequeñas cosas, de
las que habla Joan Manuel Serrat, esas que uno se cree que las mató el
tiempo y la ausencia.
No creo que ahora fuera capaz de acordarme de aquellos a quienes besé.
Un beso es algo tan íntimo y en cambio apenas deja mácula en nuestra
memoria. ¿Se habrá ido parte de mi esencia en el aliento agitado de
besos? ¿Me habrán ido absorbiendo por la boca? Porque cada respiración
es un momento de vida. Si dejamos de respirar, dejamos de vivir. Ese
aire tan preciado se sopla hacia otra boca en un beso sin pensar que
estamos soplando vida.
Tengo tantas preguntas y tan pocas respuestas. Ni siquiera sé donde
fueron a parar todos mis dientes de leche, le hubiera perdido el
rastro a todos, si no fuera por uno que guardó mi madre. Supongo el
dentista habrá tirado a la basura mis pedazos de muelas picadas. No sé
que habrá hecho el hospital con la vesícula que me extirparon. El
obstetra sin duda desechó la placenta donde se formó mi querida hija,
mi placenta. Tantas peluquerías han desechado los pedazos de mi pelo
cortado. Pedazos de mí que sin resquemor fueron tirados a la basura.
Tantas partes de mí ha sido desechada, partes de mí que estuvieron
vivas y fueron útiles, se lanzaron como desperdicios sin
desdén. Quizás se haya desechado tanto de mí que por eso no logro
reconocerme.
Trato de imaginar cuán largo sería mi pelo si nunca me lo hubiera
cortado, cuánto amor tendría sí nunca lo hubiera derramado con pasión
en tantas noches. Sé que es imposible encontrar todos los mechones
cortados de mi pelo. ¿Será igualmente imposible encontrar todos mis
pedazos perdidos?
Nunca pensé que un ser humano tuviese tanta capacidad de sufrir. No sé
cuánto sufren otros, pero yo sufro demasiado. Alguien debería inventar
un instrumento que pueda medir la capacidad del sufrimiento. Sólo así
se darían cuenta de lo que estamos padeciendo.
Yo me siento muy distinta a todos los que me rodean. La gente parece
aceptar sus vidas, aceptar su legítima o disfrazada felicidad. También
parecen aceptar su mediocridad o su infelicidad. Alguien que está
poderosamente vivo no se resigna a una vida mediocre. No. Muchos de
ellos también están secuestrados, perdidos, fragmentados o muertos. Yo
sé que lo están pero no parecen darse cuenta. O si se dan cuenta, no
parece importarles. Y entonces, ¿por qué me importa a mí? ¿Por qué me
duele tanto? ¿Por qué lucho por encontrarme? Quizás ellos nunca se
gustaron y mientras más pierdan de sí mismos, menos les queda de eso
que han detestado. Pero yo no quiero ser ellos. Yo no pretendo tener
la verdad de nadie, sólo busco la mía. La verdad me hará libre. Ahora
no soy libre; por lo tanto concluyo que no estoy en posesión de la
verdad.
Tal vez no sé quien soy. Tal vez no sé quién fui. O quizás he padecido
el proceso inverso de la mariposa, siendo ahora una oruga que se
arrastra apesadumbrada y anhela el vuelo a través de sus bellas y
coloridas alas. Puede ser que en el proceso de la metamorfosis
inversa esté ahora en la etapa de crisálida y me encuentre prisionera
en el recinto pequeño oscuro que me impide todo movimiento hacia la
plenitud.
No sé cuántos seres que protagonizaron los episodios de mi pasado
serían ahora capaces de reconocerme. ¿Seguiré siendo la niña, la
adolescente o la mujer de algunos de sus recuerdos? ¿O me desdeñarían
con horror intentando no profanar en su memoria cualquier rato
memorable que compartimos un día?
Me pregunto también el porqué de mi afán por encontrarme. Quizás allí,
donde quiera que esté, estoy mejor que aquí sumida en esta
angustia. Tal vez me marché de mí porque ya no me hacía feliz. ¿Me
habré divorciado de mí misma? Puede que me haya dado la oportunidad de
vivir feliz y al no encontrarla, cercené mi relación conmigo y me fui
lejos. ¿Pero, a dónde? Quisiera encontrarme y darme otra
oportunidad. Quisiera poder corregir mis errores del pasado y hasta
pedirme perdón a mí misma por los daños que me he permitido. Pero,
¿cómo dialogar con alguien que no está? ¿Cómo convencer a alguien que
está demasiado lejos para escuchar? Ni siquiera he pensado qué
decirme. ¿Quién intercedería por mí para convencerme que regrese?
Puede que haya quien me haya visto en el lugar que
habito y no sepa que estoy desaparecida y que me busco. ¿Habrán
hablado conmigo? ¿Les habré contado que me fui de mí? ¿Lo habrán
creído? Mi mayor soledad es no estar conmigo. Ya que hace mucho
aprendí que la ausencia de gente a mí alrededor no me causaba soledad,
era más poderosa mi dinámica interna que su potencial
compañía. Pensaba, recordaba, creaba y me sentía muy acompañada,
activa y feliz. Pero ahora que no estoy conmigo, me siento muy sola,
aún en medio del tumulto. No resisto esta sensación de vacío y soledad
que nadie parece comprender. No ven que no estoy. ¿Por qué serán tan
ciegos? Que alguien me ayude. Por favor, díganme dónde estoy. Ayúdenme
a buscarme. Por favor... -
Las lágrimas cegaron mis ojos, ya no podía encontrarme con las otras
miradas penetrantes que se habían clavado en mí. Temblaba y me sentía
helada. El esfuerzo de transitar por el laberinto de mi depresión me
había agotado. Unos brazos fuertes y cálidos me arroparon.
El eco de mis propias palabras aún resonaba en mis oídos. Por primera
vez, había podido explicar todo lo que sentía. Yo misma, al escucharme
hilvanar sensaciones y pensamientos, pude comprender la magnitud de mi
propia desolación. Había quebrado mi silencio interno. El peso de mi
desesperación se sentía algo más ligero. No sabía si era justo haberle
contagiado parte de mi angustia a otros seres dolientes. Ignoraba si
me comprendían, o si habría cura para mí. Todavía faltaba mucho para
encontrar el camino hacia mí misma, pero algo me decía que acababa de
dar el primero paso por la senda del regreso.
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