Miami
Estados Unidos
Año X

 Nº 55/56

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

En la Ciudad de las Piedras

 Preludio a la paradoja

Un sueño ajeno

 

 por

Abraham David Zaracho Ávalos

 


En la Ciudad de las Piedras

 

     Basif perdió su lugar entre los buenos siervos. Fue por una disputa fugaz e inocente. Un anciano le ordenó que se quite de su camino y el pequeño obrero respondió con un escupitajo. Su caso fue llevado ante los sacerdotes y, tras largas deliberaciones, éstos transmitieron al pueblo las directivas del Dios.

Con Basif, todos los niños perdieron sus lugares en las ciudades. Las aldeas de infantes fueron arrojadas entre las nacientes de las montañas de los mineros y el responsable del insulto recibió una marca perpetua sobre su frente.

     Pasaron muchos ciclos desde esos días. Hoy, él  será el primero de su generación en ofrecer su vida para las buenas cosechas. Normalmente ello se decide entre combates o justas de familias. Pero él lleva la marca del infame y, como adulto, con ella no podrá sobrevivir en las ciudades. No obstante, Basif Inar se resiste. Manifiesta que una fuerza sobrenatural revuelve sus entrañas y se opone a todos aquellos que buscan conducirlo al altar de la pirámide central.

     Toma una lanza, con la cual elimina a dos de sus captores y se interna en uno de los salones del templo. Los kaltecas quedan perplejos. Han pasado casi dos siglos desde su última gran guerra y la violencia sistematizada les ha quitado la voluntad de enfrentarse a un enemigo hostil.

     Los sacerdotes invierten tres de sus preciosos días en invocar a su Díos. Cinco veces han manifestado frente al pueblo que Ixdá no desea interferir. Cinco veces el pueblo se revela contra los sacerdotes.

     Al cuarto día el Dios Ixdá se manifiesta en toda su gloria para enfrentar al kalteca renegado. No obstante, para escarmiento de las masas, desciende en su carruaje flamígero sobre las casas de las principales familias. Ordena que se tomen por prisioneros a los sacerdotes que han osado invocarlo tantas veces por una cuestión menor y, por último, marcha al encuentro de Basif, quien ha observado desde su atalaya toda la masacre.

     El Dios de sus ancestros marcha reclamando su nombre, su humillación y su vida. Basif no se demora en atenderlo. Ixdá no ha llegado a tres pasos del umbral, cuando el obrero se arroja desde su escondite hacia los pies de la deidad.

     Basif presenta sus armas. Solloza e implora por el perdón y entre ruegos y lamentaciones alaba a la vida. Aún con las miserias que le ha tocado, con los dolores y enfermedades del trabajo en las minas, con el peso de ser un paría, Basif desea seguir respirando.

     Ixdá, implacable, pronuncia su sentencia. Hunde sus garras metálicas en el cráneo de Basif, lo levanta y le obliga a mirar hacia la multitud que se concentra sobre la base de la pirámide. Ixdá reclama una última humillación y el brazo de Basif responde. No por una cuestión racional. Ni siquiera por una cuestión de fe. No duda de la inmortalidad de su Dios. No obstante su espíritu sólo quiere perecer peleando. Basif sabe que su brazo furioso no puede dañarlo. Sin embargo, Basif deja caer el puño sobre la faz divina, esperando que tras ésta osadía las llamas de la muerte hereje calcinen su alma.

     Tras el golpe, un crujido de huesos y el cuerpo pesado que se desploma. No es el cuerpo de Basif. Es el cuerpo del Dios con la cabeza ladeada sobre los pies de Basif, allí, donde será por siempre el centro de una gigantesca ciudad fantasma.

 


 

Preludio a la paradoja

 

     Era una tarde tibia, de sol radiante y otoñal sobre un valle de hierbas desbordantes en color verde intenso engarzadas en un aroma floral asfixiante. No se podría decir que era otoño sino por el sol y el calendario de los hombres del lugar. El bombardeo vegetal no detenía sus destellos apabullantes contra los espectadores ni ante las rocas húmedas, relucientes y de matices maduros que formaban un camino sinuoso a lo largo de un río agonizante, cuyas hebras de agua que acariciaban las pesadas ramas del viejo y vencido nogal. El árbol, a falta de todos los árboles.

     Aquí, la tarde desplegó su las nocturnas y tras ellas llegó una mañana vespertina atrapada entre la luna mediana, el sol matinal y una estrella lejana que teñía de rojo un retazo del cielo y una rodaja lunar. Un perezoso manantial de luces marcó el fin del eclipse. Las rocas nocturnas se vistieron de púrpura y el otoño fue invierno. Detrás de aquella noche impropia se libero una fuente nueva y generosa de fluidos que avanzaron por el camino sinuoso, recorriendo, en parte, el camino de rocas y, en parte, el lecho del río.

     A los colores intensos se sumo este oscuro líquido espeso de tono rojo-metálico y que convocó para sí la atención de algunos insectos como si el mismo se tratase de una dadiva distribuida por la eternidad.

     Así vino la tarde con su viento que agitaba al hilo de agua y a las hojas del nogal que cayeron hasta la noche mientras la hierba impotente dejaba que llegase otro día.

     Desde su amanecer, fue este día de igual tinte veraniego que la tarde en que todo empezó, y fueron sus horas tranquilas de similar relación a las que dejaron perenne la huella que no se marchó al final de la visita del emperador celestial.

     Era aquella una huella física que perturbaba la armonía del valle, y si bien no carecía de estética singular, a medida que pasaban unos tras otros los días, su belleza se transformaba en presencia pavorosa donde se distorsionaba el aroma, la textura y la poesía que desde antaño el valle se había edificado.

     Se acumularon los días con la actividad animal y la digestión vegetal, luego de la era de las aves de reluciente negro abismal, y las larvas, de centelleante cuerpo espiral; cuando ya no tenían más dominio las hormigas, ni la iluminación de la corona solar. Fueron días que impregnaron por siempre el púrpura en las húmedas rocas del lugar.

     Vinieron por la anomalía. Perturbaron la actividad animal, pasando sobre parte del reino vegetal, retirando a representantes de la comarca mineral y descuidando todo cuanto era propio del feudo local.

     El río, el árbol, el sol inclusive se tuvo que alejar y el cadáver semejante al de los recién llegados, se retiró sin que se entonase letanía alguna.

     El púrpura animal alimento una predestinada reina floral con pétalos de tintes azules y tallo de intenso verde que, a quince días del suceso, imperaba sobre el resto del paisaje vegetal en medio de las purpúreas rocas restantes y el extraño cielo que se diseñaba ocultando el sol hasta que se decretó el último día de la humanidad.

     La neblina se movía como un gran rollizo o una bocanada de fuego pero de color celeste grisáceo, intenso. Durante el atardecer la neblina no oficio más que como fondo del paisaje invernal que se resistía dejar pasar los tintes relucientes del prado, ni el tímido río, ni la majestuosa flor de azul marino.

     Con el descuido natural del tiempo quedó la neblina como actora principal y única de la escena al final del día tras el cual no fueron mas que el suelo árido, y el árido suelo de frente al cielo estéril.

     Llegó nuevamente el viento, desde el vacío cielo al vacío suelo elevó arena y tierra negra junto con las cenizas de la eternidad vegetal. Diseñó una pantomima de vida en medio de las ondulaciones muertas, para luego abandonar todo a la luminiscencia de una presencia fugaz e irregular de vida racional.

     Fue el aire en este momento reflejo fiel y testimonio innegable de la naturaleza perecedera de todo tipo de criatura, así como lo fue el suelo y el antiguo canal del infantil velero de hojas convertido en cause vulgar del río de cenizas ligeras.

     Una línea roja fina y chillante marcó la retirada del ser racional que dejó como único legado al desierto colosal, una gota salada y extraña ya a todo aquel mortuorio carnaval a punto tal que se evaporó antes de tocar al sediento suelo de arenilla fina de cristal.

     Fue nuevamente una tarde tibia, de sol radiante y otoñal sobre un valle de hierbas desbordantes en color verde intenso engarzadas en un aroma floral asfixiante. No se podría decir que era otoño sino por el sol y el calendario de los hombres del lugar. El bombardeo vegetal no detenía sus destellos apabullantes contra los espectadores ni ante las rocas húmedas, relucientes y de matices maduros que formaban un camino sinuoso a lo largo de un río agonizante, cuyas hebras de agua que acariciaban las pesadas ramas del viejo y vencido nogal. El árbol, a falta de todos los árboles, dio cobijo bajo su sombra al mensaje dejado en mármol.

     - No den muerte a ser alguno en este valle o los hombres del futuro solamente encontraremos el cadáver de Dios.

     Los espectadores arrojaron al anciano sobre el espeso pasto, para alejarse por siempre del valle y del árbol de la vida.

 


 

Un sueño ajeno

 

     Sutilmente, la luz del día deja lugar a la penumbra de la noche clara y despejada en cuyo velo central impera una luna llena deslumbrante.

     Bajo las copas de los grandes árboles, que se mecen al capricho de un viento suave e invernal, el caminito discreto, que se pierde en los cerros, recibe los pasos serenos y continuos de la caminante descalza.

     Su negra y larga cabellera imita el ritmo de las hojas del bosque y un flequillo sencillo, en su balanceo, oculta a medias sus pequeños ojos obscuros y partes de su nariz respingada.

     Cada tanto sus finos labios dejan escapar una frase triste que muere antes de que su cuello se relaje, junto con sus hombros, en un gesto definitivo de fatiga y desdén.

     Sus largas piernas, sin embargo, se resisten a la idea de rendirse. Toda su alma clama por el próximo paso y, como si todo estuviese cronometrado, éstos se presentan sin segundos de diferencia, producto visible de la experiencia bélica.

     Fue creada libre, pero dependiente. Fue idealizada como ser humano y, como tal, sus vivencias la pulieron sin permitirle sentirse como una mujer más. Mira al cielo e intenta pronunciar su frase.

     Agacha el rostro. La frase le pertenece. A diferencia del resto de su vida, ella creó “La Frase”. La mastica día tras día, minuto a minuto.

     Se pregunta en este dramático instante en su derecho sobre parte de un alma ajena, y en el derecho de ésta sobre su alma entera. Se preguntó si la duda le es propia o algo de propiedad terrena.

     Busca una razón para llorar y como no la encuentra, se limita a liberar una lágrima  minúscula.

     Acelera sus pasos, cierra sus puños y levanta su frente rumbo a la línea del horizonte, como buscando una nueva meta. Atesora en sus pulmones por última vez el aire de estas páginas. Un escalofrío arrulla sus pensamientos. La gelidéz en el alma le indica cuánto perderá con su propia decisión.

     Libera su destino. Tras pronuncia “su frase”, emprende  su propio camino. No puedo trascribirte lo que dice. Vos y yo no podemos escuchar ni el susurro de su creación literaria.

     Corre. Se pierde en las penumbras de la noche, tras la curva del cerro por donde continúa el sendero que no he creado. De tal modo, a vos y a mí, no nos queda otro remedio que concertar un acuerdo para que podamos escribir otro personaje y así disfrutar de un relato nuevo sin la rebelión de ficción alguna.

 


Abraham David Zaracho Ávalos nació en Buenos Aires, Argentina (1979). Abogado y narrador correntino. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros “Ozinix” edición unipersonal del año 2001; “Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital”, 2002-2003; “Narradores Correntinos y Valencianos” –Corrientes Capital, 2005. “Especial Philp K. Dick” –Homenaje de la Editorial Andrómeda- España  2005; “Antología del Circulo de Escritores del MERCOSUR” Paso de los Libres, Corrientes, 2006. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.