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Su piel, de un color canela cenizo, tenía la brillantez del sol
reflejado sobre una superficie pulida. Su nariz, curvada por el uso
permanente de la argolla que cuelga de su tabique, sugería el pico
del águila real. Sus ojos, oscuros y penetrantes, reposan ahora,
soñadores, sobre su obra: su primera mola.
Era todavía una chiquilla cuando su abuela la inició en la técnica
de las molas. Con los retazos de tela que le sobraban, la Kata
−como la
niña la llamaba−
le cortaba el contorno de los dibujos y la chica, introduciendo los
bordes de manera que quedaran escondidos y aplastándolos enseguida
con las uñas, los cosía. Sólo que eran molas pequeñas. Molas que
ella utilizaba para vestir la muñeca de trapo que una extranjera le
había regalado.
La Kata no le escatimaba elogios. Le decía que sus molas hablarían
por sí solas; le aseguraba que, a diferencia de sus ancestros
quienes precisaban de antiguos rituales para mejorar la calidad de
su trabajo, ella no necesitaría someterse al martirio de pararse
sobre un hormiguero hasta que las hormigas, furiosas, recorrieran su
cuerpo y la hicieran sangrar. Desde que la vio coser los primeros
vestiditos para su muñeca, la abuela había sentenciado: ella tenía
el kurgin. Sí, sin lugar a dudas, su nieta poseía un verdadero
talento.
Aunque siempre había trabajado en compañía de la Kata, esta vez se
había visto en la necesidad de prescindir de su ayuda ya que los
espíritus de la eternidad se la habían llevado algunos meses antes.
Sobre un pedazo de tela roja había dibujado, sirviéndose de un trozo
de carbón, un loro entre dos palmeras, como los que veía cada día en
la isla donde moraba. Después de cortar y coser el contorno del
dibujo sobre un rectángulo de tela de un amarillo candente lo había
decorado con retazos de colores diferentes hasta obtener la
maravilla que sus ojos contemplaban.
¿La pondría junto con las otras molas que el resto de las mujeres de
su tribu habían dispuesto para la venta o la utilizaría para adornar
la blusa del vestido tradicional que cada día llevaba? No. Ésta era
demasiado bella para usarla para el diario. Ésta era una verdadera mor yoedi. Podría llevarla en la próxima fiesta de la pubertad. Con
su collar de corales que había terminado la semana anterior, le
quedaría a las mil maravillas.
Pero, ¿qué diría su madre? “Ésta es una verdadera mor ukedi; se
podrá vender a buen precio”
−había
comentado en la mañana, antes de partir a la pesca. Y su madre no
era como las otras mujeres de la tribu a quienes se les podía
convencer fácilmente, a quienes sus maridos manipulaban como
querían. Desde la muerte de su padre, acaecida tanto tiempo atrás
que ya casi había olvidado sus facciones, su madre se había
acostumbrado a controlarlo todo y a todos.
Sí, su madre era diferente. Sin embargo, había pasado tantas horas
realizando ese trabajo y el resultado era tan hermoso que le
resultaba muy difícil separarse de él. En un instante tomó la
decisión: lo escondería y comenzaría enseguida otro similar. Tendría
que darse prisa ya que los turistas comenzarían a llegar al
archipiélago tres días más tarde. No estaba segura de poder terminar
una mola como aquella en tan poco tiempo, pero al menos lo
intentaría.
Tras rozarle la cabeza, un pájaro aterrizó frente a ella como
advirtiéndole de un peligro que sólo él veía. La chica levantó la
vista justo para ver, a lo lejos, la canoa de pesca de su madre que
se acercaba. Como picada por un insecto se puso en pie, apartó la
cortina de bejucos que hacía las veces de puerta y entró como un
huracán en la choza. De un vistazo recorrió la mesa de cañareja y
las dos camas del mismo material, la totalidad del mobiliario.
¿Dónde podría esconderla? ¿En el techo, entre las hojas de palma?
No, su madre la vería enseguida. ¿En el suelo, disimulada en la
espesa alfombra de arena? ¡Claro! Sin perder más tiempo se dirigió
hacia la esquina en donde la arena estaba más suelta y ahí, junto a
una de las paredes de bambú, la enterró.
A los pocos minutos,
cargada de pescados y langostas, llegó su madre. Al verla sentada en
uno de los rústicos bancos en el exterior de la vivienda, las manos
ociosas, le preguntó, molesta, lo que hacía.
−Nada
−contestó
la muchacha tomando rápidamente el primer trozo de tela que se
encontraba a su lado.
−¿Ya terminaste la
mola?
−¿Eh? No.
−respondió
la chica sin saber hacia donde dirigir su mirada.
−Entonces, ¿qué
esperas? ¡Termínala, chiquilla floja!
−ordenó
su madre perdiéndose dentro de la choza.
Sin que
su madre la viera, la chica buscó rectángulos de tela roja y
amarilla en los mismos tonos que los utilizados para su trabajo
anterior, pero no los encontró. En su lugar los halló rojo vino y
anaranjado. Se preguntaba adónde habían ido a parar los retazos de
esos colores que hasta hacía pocos días poblaban la pila que
reposaba a su lado, pero no tenía tiempo para reflexionar. Debía
comenzar de inmediato su nueva tarea, de manera que su madre no se
diera cuenta de que se trataba de una diferente de la que sus ojos
habían admirado durante la mañana.
Al día siguiente trabajó desde el alba. No se concedió un instante
para el disfrute de la naturaleza que la rodeaba, como era su
costumbre. Cada vez que se sorprendía divagando acerca de los
primores de la mola anterior, alejaba estos pensamientos y trataba
de concentrarse en su nueva obra.
Al final de la tarde,
al volver de la pesca, su madre la encontró en plena labor.
−¿Dónde
está la otra mola, esa que debiste haber terminado ayer?
−le
preguntó tras limpiar el pescado y prender el fogón para preparar la
cena.
−No hay otra. Esta es
la de ayer.
−No estoy para perder
el tiempo. ¡Enséñamela!
−Le juro que es ésta
−le aseguró la joven poniéndose en pie.
Segura
de que no se trataba del mismo trabajo y sorprendida por la osadía
de la chica al jurar, la mujer irrumpió en la choza tras lanzarle
una mirada de desprecio a su hija.
Por
algunos instantes la joven se quedó parada, el corazón galopando
dentro de su pecho, sus manos estrujando el pedazo de tela que
constituía su nueva obra. Sabía la suerte que, en su tribu, corría
no sólo la persona que mentía, sino peor aún, la que juraba en vano.
Si su madre la descubría, sería su desgracia.
Haciendo un esfuerzo entró en la cabaña y encontró a su madre, de
espaldas, parada en medio del recinto. Dirigió la vista hacia la
esquina en la que había escondido la mola y percibió un pedacito de
tela que sobresalía. Lentamente, como si estuviera midiendo sus
pasos, caminó hacia el sitio que la delataba para recubrirlo.
Su pie desnudo había terminado su tarea encubridora cuando,
bruscamente, su madre se volvió. Se detuvo frente a ella y pasando
su brazo sobre un costado de la chica, la empujó hacia un lado. Sin
transición, sus ojos tropezaron con el fragmento de rojo entre la
arena. Se agachó. Sus manos escarbaron y apareció la mola.
La joven se cubrió el rostro con las manos.
−¡Es mía, yo la hice!
−gemía.
Como
respuesta la madre salió disparada con el trabajo de su hija en la
mano.
Al anochecer todo estaba listo en el patio de la aldea. El tronco de
palma y el hacha hincada sobre él esperaban en el centro del círculo
formado por los miembros de la tribu. Los ancianos, en sus lugares
habituales
−frente a la casa del tsaila−,
esperaban. Las oscilantes lenguas de fuego de una fogata iluminaban
la escena. El castigo debería ser ejecutado por el padre de familia.
Estando el suyo muerto, el tormento sería aplicado por el hermano
mayor.
Por un costado de la choza del jefe religioso, entraron los dos
hermanos acompañados del murmullo que brotaba de las figuras
envueltas por las sombras. La chica llevaba entre sus manos abiertas
la hermosa pieza que se había apoderado de su joven corazón. Él, con
la desmesurada altivez del que cumple un mandato superior, ejecutor
de un oscuro designio, caminaba, marcial, a su lado. Se detuvieron
uno frente al otro; el tronco de palma entre ellos. La muchacha no
se resistía. ¿Para qué? Ella conocía la ley; y la respetaba.
El murmullo cesó cuando los kantules, en una mano la flauta y en la
otra una maraca, comenzaron a tocar. Dos hombres se pasearon entre
los hermanos con sendos incensarios en los que se quemaban granos de
cacao y de pimientos picantes. El tsaila entonó el canto que recogía
mitos ancestrales y concluyó con una cadencia parecida a un lamento.
Los dos hermanos se miraron por un instante. El joven hizo una
especie de reverencia y tomó el hacha. Su hermana, sumisa, colocó su
pulgar derecho sobre el tronco. La afilada lámina, iluminada por las
parpadeantes llamas de la fogata, se elevó, lenta, con su sonrisa de
fuego, para caer, precisa, allí donde la tradición dispone el tajo.
Una mancha roja y espesa se extendió sobre la superficie tronchada
de la palma; brevemente la sangre dispersada pareció cobrar la forma
de un loro entre dos palmeras. La mano sana de la muchacha apretaba
la mola para protegerla en su pecho.
El curandero, eficaz en su labor, en pocos minutos se ocupó de
detener la hemorragia y vendar la herida.
Pocos días después, desde el barco que la llevaba a tierra firme, la
joven miraba perderse el conjunto de islas que había sido su
universo. No sabía lo que le deparaba el destino. Sin saber español,
alejada de su familia y sin su pulgar para crear, se sentía perdida.
Repudiada por los suyos, había dejado de formar parte de la
comunidad. No le permitieron que llevara consigo su vestido
tradicional. Al menos le dejaron su mola. Su última mola.
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Maritza López Lazzo
Maritza López-Lasso nació en Coclé, provincia de la República de
Panamá, (1957). Obtuvo su diploma de Ingeniera Civil en la
Universidad Tecnológica de Panamá donde trabajó como profesora de
Elementos de Mecánica y de Mecánica de Suelos hasta enero de 1987.
En octubre de 1988 recibió su título de "Máster en Ciencias y
Técnicas de Edificios" en la École des Ponts et Chaussées, en
París. Además de Panamá ha vivido en Francia y en Italia antes de
establecerse en Suiza donde reside actualmente. Desde 1996 se dedica
exclusivamente a la escritura. Su primera novela, “Ajuste de
Cuentas”, obra que revela la manera de encarar la vida de dos
hermanas mantenidas por hombres casados, fue publicada en Madrid por
Editorial Verbum (2002). En marzo de 2007 apareció, bajo el mismo
sello editorial, “Pasión y Fe”, viaje iniciático de una mujer a la
búsqueda de sí misma. Ha escrito siete novelas, un veintenar de
relatos –dos de los cuales han sido publicados por la revista
literaria “Auca de las Letras” en Alicante (España) y por el “Club
del Libro en Español” de la ONU (Ginebra)– y un gran número de
poemas publicados en diversas revistas literarias de España y
América Latina. En 2008 se presentará en Ginebra “Le jeu du pourquoi”,
su primera pieza de teatro, escrita en francés.

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