Miami
Estados Unidos
Año X

Nº 57/58

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

LA MOLA

por

Maritza López Lasso

 

    

     Su piel, de un color canela cenizo, tenía la brillantez del sol reflejado sobre una superficie pulida. Su nariz, curvada por el uso permanente de la argolla que cuelga de su tabique, sugería el pico del águila real. Sus ojos, oscuros y penetrantes, reposan ahora, soñadores, sobre su obra: su primera mola.

     Era todavía una chiquilla cuando su abuela la inició en la técnica de las molas. Con los retazos de tela que le sobraban, la Kata como la niña la llamaba le cortaba el contorno de los dibujos y la chica, introduciendo los bordes de manera que quedaran escondidos y aplastándolos enseguida con las uñas, los cosía. Sólo que eran molas pequeñas. Molas que ella utilizaba para vestir la muñeca de trapo que una extranjera le había regalado.

     La Kata no le escatimaba elogios. Le decía que sus molas hablarían por sí solas; le aseguraba que, a diferencia de sus ancestros quienes precisaban de antiguos rituales para mejorar la calidad de su trabajo, ella no necesitaría someterse al martirio de pararse sobre un hormiguero hasta que las hormigas, furiosas, recorrieran su cuerpo y la hicieran sangrar. Desde que la vio coser los primeros vestiditos para su muñeca, la abuela había sentenciado: ella tenía el kurgin. Sí, sin lugar a dudas, su nieta poseía un verdadero talento.

     Aunque siempre había trabajado en compañía de la Kata, esta vez se había visto en la necesidad de prescindir de su ayuda ya que los espíritus de la eternidad se la habían llevado algunos meses antes.

     Sobre un pedazo de tela roja había dibujado, sirviéndose de un trozo de carbón, un loro entre dos palmeras, como los que veía cada día en la isla donde moraba. Después de cortar y coser el contorno del dibujo sobre un rectángulo de tela de un amarillo candente lo había decorado con retazos de colores diferentes hasta obtener la maravilla que sus ojos contemplaban.

     ¿La pondría junto con las otras molas que el resto de las mujeres de su tribu habían dispuesto para la venta o la utilizaría para adornar la blusa del vestido tradicional que cada día llevaba? No. Ésta era demasiado bella para usarla para el diario. Ésta era una verdadera mor yoedi. Podría llevarla en la próxima fiesta de la pubertad. Con su collar de corales que había terminado la semana anterior, le quedaría a las mil maravillas.

     Pero, ¿qué diría su madre? “Ésta es una verdadera mor ukedi; se podrá vender a buen precio” había comentado en la mañana, antes de partir a la pesca. Y su madre no era como las otras mujeres de la tribu a quienes se les podía convencer fácilmente, a quienes sus maridos manipulaban como querían. Desde la muerte de su padre, acaecida tanto tiempo atrás que ya casi había olvidado sus facciones, su madre se había acostumbrado a controlarlo todo y a todos.

     Sí, su madre era diferente. Sin embargo, había pasado tantas horas realizando ese trabajo y el resultado era tan hermoso que le resultaba muy difícil separarse de él. En un instante tomó la decisión: lo escondería y comenzaría enseguida otro similar. Tendría que darse prisa ya que los turistas comenzarían a llegar al archipiélago tres días más tarde. No estaba segura de poder terminar una mola como aquella en tan poco tiempo, pero al menos lo intentaría.

     Tras rozarle la cabeza, un pájaro aterrizó frente a ella como advirtiéndole de un peligro que sólo él veía. La chica levantó la vista justo para ver, a lo lejos, la canoa de pesca de su madre que se acercaba. Como picada por un insecto se puso en pie, apartó la cortina de bejucos que hacía las veces de puerta y entró como un huracán en la choza. De un vistazo recorrió la mesa de cañareja y las dos camas del mismo material, la totalidad del mobiliario. ¿Dónde podría esconderla? ¿En el techo, entre las hojas de palma? No, su madre la vería enseguida. ¿En el suelo, disimulada en la espesa alfombra de arena? ¡Claro! Sin perder más tiempo se dirigió hacia la esquina en donde la arena estaba más suelta y ahí, junto a una de las paredes de bambú, la enterró.

A los pocos minutos, cargada de pescados y langostas, llegó su madre. Al verla sentada en uno de los rústicos bancos en el exterior de la vivienda, las manos ociosas, le preguntó, molesta, lo que hacía.

    

Nada contestó la muchacha tomando rápidamente el primer trozo de tela que se encontraba a su lado.

 

¿Ya terminaste la mola?

 

¿Eh? No. respondió la chica sin saber hacia donde dirigir su mirada.

 

Entonces, ¿qué esperas? ¡Termínala, chiquilla floja! ordenó su madre perdiéndose dentro de la choza.

 

     Sin que su madre la viera, la chica buscó rectángulos de tela roja y amarilla en los mismos tonos que los utilizados para su trabajo anterior, pero no los encontró. En su lugar los halló rojo vino y anaranjado. Se preguntaba adónde habían ido a parar los retazos de esos colores que hasta hacía pocos días poblaban la pila que reposaba a su lado, pero no tenía tiempo para reflexionar. Debía comenzar de inmediato su nueva tarea, de manera que su madre no se diera cuenta de que se trataba de una diferente de la que sus ojos habían admirado durante la mañana.

     Al día siguiente trabajó desde el alba. No se concedió un instante para el disfrute de la naturaleza que la rodeaba, como era su costumbre. Cada vez que se sorprendía divagando acerca de los primores de la mola anterior, alejaba estos pensamientos y trataba de concentrarse en su nueva obra.

Al final de la tarde, al volver de la pesca, su madre la encontró en plena labor.

 

¿Dónde está la otra mola, esa que debiste haber terminado ayer? le preguntó tras limpiar el pescado y prender el fogón para preparar la cena.

 

No hay otra. Esta es la de ayer.

 

No estoy para perder el tiempo. ¡Enséñamela!

 

Le juro que es ésta le aseguró la joven poniéndose en pie.

 

     Segura de que no se trataba del mismo trabajo y sorprendida por la osadía de la chica al jurar, la mujer irrumpió en la choza tras lanzarle una mirada de desprecio a su hija.

     Por algunos instantes la joven se quedó parada, el corazón galopando dentro de su pecho, sus manos estrujando el pedazo de tela que constituía su nueva obra. Sabía la suerte que, en su tribu, corría no sólo la persona que mentía, sino peor aún, la que juraba en vano. Si su madre la descubría, sería su desgracia.

     Haciendo un esfuerzo entró en la cabaña y encontró a su madre, de espaldas, parada en medio del recinto. Dirigió la vista hacia la esquina en la que había escondido la mola y percibió un pedacito de tela que sobresalía. Lentamente, como si estuviera midiendo sus pasos, caminó hacia el sitio que la delataba para recubrirlo.

     Su pie desnudo había terminado su tarea encubridora cuando, bruscamente, su madre se volvió. Se detuvo frente a ella y pasando su brazo sobre un costado de la chica, la empujó hacia un lado. Sin transición, sus ojos tropezaron con el fragmento de rojo entre la arena. Se agachó. Sus manos escarbaron y apareció la mola.

     La joven se cubrió el rostro con las manos.

 

¡Es mía, yo la hice! gemía.

 

    Como respuesta la madre salió disparada con el trabajo de su hija en la mano.

     Al anochecer todo estaba listo en el patio de la aldea. El tronco de palma y el hacha hincada sobre él esperaban en el centro del círculo formado por los miembros de la tribu. Los ancianos, en sus lugares habituales frente a la casa del tsaila, esperaban. Las oscilantes lenguas de fuego de una fogata iluminaban la escena. El castigo debería ser ejecutado por el padre de familia. Estando el suyo muerto, el tormento sería aplicado por el hermano mayor.

     Por un costado de la choza del jefe religioso, entraron los dos hermanos acompañados del murmullo que brotaba de las figuras envueltas por las sombras. La chica llevaba entre sus manos abiertas la hermosa pieza que se había apoderado de su joven corazón. Él, con la desmesurada altivez del que cumple un mandato superior, ejecutor de un oscuro designio, caminaba, marcial, a su lado. Se detuvieron uno frente al otro; el tronco de palma entre ellos. La muchacha no se resistía. ¿Para qué? Ella conocía la ley; y la respetaba.

     El murmullo cesó cuando los kantules, en una mano la flauta y en la otra una maraca, comenzaron a tocar. Dos hombres se pasearon entre los hermanos con sendos incensarios en los que se quemaban granos de cacao y de pimientos picantes. El tsaila entonó el canto que recogía mitos ancestrales y concluyó con una cadencia parecida a un lamento.

     Los dos hermanos se miraron por un instante. El joven hizo una especie de reverencia y tomó el hacha. Su hermana, sumisa, colocó su pulgar derecho sobre el tronco. La afilada lámina, iluminada por las parpadeantes llamas de la fogata, se elevó, lenta, con su sonrisa de fuego, para caer, precisa, allí donde la tradición dispone el tajo. Una mancha roja y espesa se extendió sobre la superficie tronchada de la palma; brevemente la sangre dispersada pareció cobrar la forma de un loro entre dos palmeras. La mano sana de la muchacha apretaba la mola para protegerla en su pecho.

     El curandero, eficaz en su labor, en pocos minutos se ocupó de detener la hemorragia y vendar la herida.

     Pocos días después, desde el barco que la llevaba a tierra firme, la joven miraba perderse el conjunto de islas que había sido su universo. No sabía lo que le deparaba el destino. Sin saber español, alejada de su familia y sin su pulgar para crear, se sentía perdida. Repudiada por los suyos, había dejado de formar parte de la comunidad. No le permitieron que llevara consigo su vestido tradicional. Al menos le dejaron su mola. Su última mola.

 

Maritza López Lazzo Maritza López-Lasso nació en Coclé, provincia de la República de Panamá, (1957).  Obtuvo su diploma de Ingeniera Civil en la Universidad Tecnológica de Panamá donde trabajó como profesora de Elementos de Mecánica y de Mecánica de Suelos hasta enero de 1987.  En octubre de 1988 recibió su título de "Máster en Ciencias y Técnicas de Edificios" en la École des Ponts et Chaussées, en París.  Además de Panamá ha vivido en Francia y en Italia antes de establecerse en Suiza donde reside actualmente. Desde 1996 se dedica exclusivamente a la escritura. Su primera novela, “Ajuste de Cuentas”, obra que revela la manera de encarar la vida de dos hermanas mantenidas por hombres casados, fue publicada en Madrid por Editorial Verbum (2002). En marzo de 2007 apareció, bajo el mismo sello editorial, “Pasión y Fe”, viaje iniciático de una mujer a la búsqueda de sí misma. Ha escrito siete novelas, un veintenar de relatos –dos de los cuales han sido publicados por la revista literaria “Auca de las Letras” en Alicante (España) y por el “Club del Libro en Español” de la ONU (Ginebra)– y un gran número de poemas publicados en diversas revistas literarias de España y América Latina. En 2008 se presentará en Ginebra “Le jeu du pourquoi”, su primera pieza de teatro, escrita en francés.