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Dejando a un
lado los términos exilio, diáspora, éxodo y otros por el
estilo con los cuales los cubanos ni siquiera se han puesto de
acuerdo dando lugar a candentes diatribas y polémicas, me
propongo definir como continental y cubana al mismo tiempo,
aquella dramaturgia que se escribe en castellano fuera de Cuba
en los Estados Unidos. Medio siglo no pasan en vano, y el
contrapunto cubano que representa una constante dependencia
entre una orilla y la otra, estableciendo a veces un diálogo
por señas y en otro un discurso de insultos y de gritos, de la
discordia a la conciliación, establece una línea de
dependencia y vigilancia mutua constante. Lo que ocurre en
Cuba es la comidilla cotidiana del Miami cubano, que a veces
tiene más conocimiento de lo que sucede en el espacio insular
de una manera más precisa gracias a la libertad de expresión.
Y lo que ocurre en Miami llega subrepticiamente a la Isla,
especialmente a través de la revolución electrónica, con la
cual no contaba el castrismo, como lo demuestra el reciente
estreno en Cuba de Los siete contra Tebas, cuyo
programa de mano llegó al continente de la noche a la mañana.
No deja de ser paradójico que esta fenomenología fuera una
consecuencia de la Revolución que logró que Cuba dejara de ser
una isla, creando una nueva frontera. Si el castrismo
transformó el mapa de Cuba a su modo y manera, acabó creando
una geografía sui géneris que complementa el
pensamiento cubano con voces y planteamientos fuera de su
control.
En comparación con la poesía, la narrativa
y el ensayo, podría decirse que el discurso dramático
continental mencionado es relativamente reducido. Ello se debe
en gran parte a las condiciones específicas del teatro, que es
un género literario que adquiere vigencia a través del
espectáculo. La coordinación de ambos factores acrecienta su
dificultad de expresión. Por otra parte, sin la publicación
del texto la producción teatral se vuelve efímera y escapa a
las posibilidades de permanencia y análisis crítico. Escribir
teatro bajo tales circunstancias significa estar asediado por
barreras dificilísimas de superar, mucho mayores que en el
caso de otros géneros literarios. Representa un esfuerzo
titánico contra viento y marea. Pero así y todo, la formación
de una dramaturgia cubana más allá del espacio insular es,
después de medio siglo, un hecho consumado.
UNA CUESTIÓN DE LÍMTES
No obstante lo dicho, la nómina de autores
cuya obra ha podido desarrollarse fuera de Cuba
requiere, además, un desarrollo sistemático y una fidelidad al
idioma sin la cual un texto dramático no puede llamarse
cubano. En el territorio sajón, desde el punto de vista
literario, se necesita el español para mantener las señas de
identidad creadora, que se reduce a medidas que el texto
(salvo en el caso de la dramaturgia no-verbal) utiliza el
inglés. Esto es esencial y delimita. Un autor nacido en Cuba
sigue siendo cubano aunque su obra la escriba en China, para
citar un espacio remoto, pero un texto no es cubano si se
escribe en tagalo o en cualquier idioma extranjero. Esto es
fundamental, porque la identidad nacional de un texto (no de
un autor) no se puede definir en un idioma que no es el de
país de origen. Ni siquiera en el caso de que la acción
dramática se desarrolle en Cuba o entre cubanos tomando
tacitas de café en La Carreta. Puede ser una obra
cubano-americana, pero no estrictamente cubana.
Es por ello que este análisis excluye de
entrada aquellos autores y obras, muy respetables por lo demás
(de María Irene Fornés, Nilo Cruz, Eduardo Machado, Manuel
Martín) que han desarrollado su producción en inglés,
utilizando el español como segundo idioma dentro del proceso
creador, a veces tardíamente (en auto-traducciones, como el
caso de Fefu y sus amigas de Fornés) y a medida que la
importancia del español ha adquirido mayor preponderancia en
los Estados Unidos. De ahí que un buen grupo de autores que se
forman en Nueva York en torno a INTAR sean escritores de
“habla” inglesa, ya que este es el vehículo de expresión
creadora; específicamente escritores “latinos”, que es una
marca de fábrica creada por la cultura sajona y no por la
hispánica. De forma menos radical es el caso de Dolores Prida,
fluctuando entre los dos idiomas.
Muchos de estos textos, a pesar de su
cubanía por determinantes costumbristas o históricas de la
acción, han entrado a formar parte del idioma a través de la
traducción, que ya es otra cosa: Sanguivin en Union City
de Manuel Martín, Alguna cosita que alivie el sufrir
de René R. Alomá, son dos buenos ejemplos. Algo similar
ocurre con Manuel Pereiras, cuya obra dramática se desarrolla
mayormente en inglés. Yo me atrevería a decir que en muchos
casos se trata de una posición pragmática, sujeta a los
imperativos de la geografía. En lo que a mí respecta, las
obras escritas en inglés no forman parte de las letras
hispánicas. Parece una perogrullada, pero no faltará quién no
esté de acuerdo con ella.
Por otra parte, otra fenomenología tiene
lugar. La obra de dramaturgos como José Cid se reduce al
mínimo al salir de Cuba y al establecerse en los Estados
Unidos. Cronológicamente su caso es muy complejo Cuando en
noviembre de 1960 toma el camino del exilio trae consigo
varias obras inéditas. Una de ellas es El primer cliente,
que no se publica hasta 1965. No será hasta 1968 que escriba
Su última conquista, pieza menor dentro de su extensa
producción dramática que subirá a escena en Nueva York,
dirigida por Francisco Morín, en 1979. La rebelión de los
títeres, cuyo primer acto había terminado en Cuba en 1939,
la concluirá en Nueva York en 1977, y no se publicará hasta
1987, conjuntamente con La comedia de los muertos, su
mejor obra, que tiene una trayectoria cronológica parecida.
Estos desajustes entre escritura, montaje y publicación
son una muestra de las vicisitudes por las que va a pasar la
dramaturgia que estamos investigando.
La producción dramática de Ramón Ferreira,
en Puerto Rico, y Manuel Reguera Saumell, en España, se da por
terminada al salir de Cuba. Algo parecido ocurre con la de
Fermín Borges, que escribe en el exilio un par de textos que
han desaparecido (como casi toda su obra) y que ni siquiera
fueron llevados a escena. Fuera del ámbito de este trabajo,
José Triana, que se establece en Francia, seguirá produciendo,
manteniéndose fiel al idioma a partir de su salida de Cuba en
1980, dando a conocer La fiesta en 1995, fecha en que
Las monjas de Eduardo Manet, con una obra teatral que
se desarrollará mayormente en francés, retornará a su idioma
de origen (es decir, a su más auténtica cubanía) cuando se
publica en Teatro: 5 autores cubanos, por Ollantay. Un
reducido número de piezas dramáticas, aunque escritas
originalmente en español, tienen el peculiar destino de
conocerse en inglés, como Con todos y para el bien de todos,
de cubanísimo título, de Uva de Aragón; o la dramaturgia de
Miguel González-Pando, cuyos textos en inglés se han publicada
mientras La familia Pilón se estrena pero permanece
inédita.
Muchas obras que se estrenan y no se
publican pasan a formar parte de una nómina inestable, ya que
en muchos casos (salvo conocimiento casual o investigaciones
en algún archivo universitario) no pueden ser sometidos a
análisis críticos, sujetos a la memoria incierta del montaje.
Algunas de ellas son contribuciones importantes o, por una
razón u otra, documentos teatrales de nuestro tiempo a riesgo
de desaparecer, como ocurre, particularmente, con las de Jorge
Trigoura, Mario Peña, Mario Martín, Julie de Grandy; autores
que han surgido recientemente cuyos valores están pendientes
de análisis, publicación y desarrollo: Frank Quintana, Larry
Villanueva, Cristina Rebull; y un grupo heterogéneo, a veces
con incursiones ocasionales en el género dramático, que
configuran una galería de montajes que se irán olvidando
gradualmente: José Ignacio Cabrera,
Omar Torres, Orestes Matachena, Mario Ernesto Sánchez, José
Carril, Orlando González-Esteva, Jesús Hernández-Cuellar,
Evelio Taillacq, Félix Lizárraga,
Tony Betancourt, Rosa Sánchez, Ofelia Fox, Roberto Antinoo,
Gloria González, Andrés Nóbregas, José Vicente Quiroga, Julio
O’Farril, Rafael Blanco, y algunos más.
A MODO DE
SÍNTESIS
Estas condiciones circunscriben el espacio
analítico a un limitado grupo de autores nacidos en Cuba, con
un buen número de piezas dramáticas escritas originalmente en
español y estrenadas, que forman decididamente un cuerpo
teatral, un núcleo, que al no poder funcionar en Cuba
constituye parte integral de su dramaturgia. Un primer grupo
pudiera extenderse hasta el Mariel: Leopoldo Hernández, Raúl
de Cárdenas, Matías Montes Huidobro, Julio Matas, José
Corrales, Iván Acosta, Pedro Monge Rafuls, Héctor Santiago,
José Abreu Felippe. Más recientemente, en proceso de
desarrollo: Yvonne López-Arenal, Maricel Mayor Marsán, Ernesto
García. Caso parecido pudiera ser el de Jorge Trigoura, de una
producción valiosa pero sin publicar; o el de Marcos Miranda,
a punto de publicar textos mayormente inéditos. En ciertos
casos (René Ariza, Reinaldo Arenas, Guillermo Hernández, Jorge
Valls, Tomás Fernández Travieso) entran en juego también,
además del valor en sí mismo de los textos, factores
históricos que los convierten en documento. En otras
instancias, la producción dramática se limita a un texto
significativo (Orlando Rossardi, Fernando Villaverde, Manuel
Márquez-Sterling, Marcos Casanova, Ileana González Monserrat,
Randy Barceló, José Enrique Puente); a varios textos breves
agrupados en una sola edición dentro de una producción más
bien limitada (Alberto Guigou, Yolanda Ortal-Miranda, Mary
Caleiro, Renaldo Ferradas); o a incursiones teatrales
ocasionales de escritores que se han dedicado mayormente a
otros géneros literarios (José Sánchez-Boudy).
El presente
trabajo se limita a trazar una visión panorámica (y por tanto
incompleta) de este teatro, recorriendo algunas variantes (no
todas) de su discurso escénico, con referencias a algunos
textos ilustrativos.
EL
DISCURSO DE LAS DOS ORILLAS
Observando este núcleo, me atrevería a
decir que el discurso de las dos orillas es el
fundamental y caracterizador de este contrapunto entre
insularidad y continentalidad, a partir del cual se forma un
péndulo de atracción y rechazo. Está relacionado con el
concepto “partir” vs. “quedarse”, cuyo antecedente fundamental
hay que irlo a buscar en la Electra Garrigó de Virgilio
Piñera. Forma parte de la tajante división entre “buenos” y
“malos”, que tiene su más radical expresión en Unos hombres
y otros de Jesús Díaz. En la insularidad lo confirma,
principalmente, la vigencia de Los siete contra Tebas,
ya sea como expresión de lo irreconciliable o de la
conciliación.
Pero no hay lugar a dudas que la obra
arquetípica es Siempre tuvimos miedo de Leopoldo
Hernández, que considero un “clásico” de la dramaturgia
cubana. Es sorprendente lo recurrente que resulta el título,
cuya actualidad no parece desaparecer en la historia nacional,
asociado con la temática de los Dos viejos pánicos de
Piñera, que es también un eco del miedo intelectual que llevó
a las Palabras a los Intelectuales pronunciadas por Castro en
1961. El miedo, como afirma Hernández,
ha sido una constante en la conducta nacional. El reiterado
contrapunto entre dos hermanos, El y Ella, separados por la
historia, que vuelven a reunirse después de muchos años, da
lugar a una verdadera batalla campal llena de reproches y
recriminaciones sobre las que los personajes van y vienen en
un círculo vicioso sin salida y sin principio ni fin. Él se
comporta de una manera frenética, resultado de las
experiencias que le ha tocado vivir en Cuba y en el exilio. Su
posición contra el gobierno cubano es una reacción violenta
contra la autoridad irracional, el temor psicológico y la
supremacía física. A esto se une la incompetencia y la
imposibilidad de todo entendimiento demostrada por la
intolerancia de los familiares que no están dispuestos a
recibirlo, respondiendo la obra a un momento histórico de
radical desencuentro donde no se aceptan términos medios,
incluyendo la posición apasionada, también bastante
intransigente, del hermano que reside en los Estados Unidos.
Con los elementos de una realidad dura y punzante, crea
Hernández una obra árida, áspera, que desconoce la piedad.
Implacable también como el parkinsonismo que sufren ambos
hermanos, la acción avanza con un temblor recurrente, sacudida
inevitable, incurable, sin esperanza de salvación, que sólo
puede aminorarse por un instante con ocasionales palabras de
afecto y pastillas sedantes de efecto transitorio y efímero.
Nadie se va del todo,
de Pedro Monge Rafuls, es otra muestra
representativa. Podría decirse que esta pieza se encuentra
entre las más efectivas en el tratamiento del allá y el acá
dentro de esta dramaturgia. Monge Rafuls desarrolla la acción
en dos espacios, y al mismo tiempo trabaja con dos tiempos, el
antes y el ahora. El acierto está en la concepción del espacio
y del tiempo, que no tiene línea divisoria. “La acción en
el escenario sucede en el Central Zaza, en Nueva York, en La
Habana y en Miami, pero hay un solo plano. Los actores podrán
–y deberán- usar la misma escenografía como si fuera un solo
lugar. La dirección debe evitar por todos los medios el apagón
para cambiar de escena, época o lugar, y en ningún momento
debe paralizar ni debe “congelar” a los personajes. Las
entradas y salidas las harán de acuerdo con el montaje, pero
los actores nunca deben detenerse mientras estén en escena
sino que tienen que ir creando nuevas posibilidades de acción”
(112). Esta idea es excelente y acrecienta el significado
metafórico de la obra, donde las fronteras de Cuba se borran y
forman una unidad física, geográfica e histórica. No hay
apagón que separe una acción de la otra; no hay escenografía
que separe el espacio insular del continental. Todos los
cubanos forman parte de una unidad total y de un tiempo en que
todo converge, que es nuestro quehacer histórico. Para la
lectura, el texto se vuelve confuso, particularmente en el
segundo acto; dificultades que pueden superarse en la
representación. Utiliza técnicas de acciones paralelas y
superpuestas que mantienen en pie la conciencia de los dos
espacios pero que no contradicen la noción de un espacio único
que caracteriza la obra. Los cambios, lejos de fragmentar el
desarrollo, lo unifican, de acuerdo con el objetivo del
dramaturgo, que parece querernos decir que a pesar del antes y
el después, del aquí y el allá, somos un cuerpo único, tenemos
una vivencia global que nos ha separado pero que no nos ha
dividido, lo cual es el mensaje positivo del texto, acorde con
un principio conciliatorio. Podría decirse que esta pieza se
encuentra entre las más efectivas en el tratamiento del antes
y el ahora, el allá y el acá.
José Abreu Felippe, que llega al exilio en 1983, lo abordará
dentro de otro ángulo no menos globalizador en Si de
verdad uno muriera. De corte realista, que a veces se
recrea en un descarnado naturalismo fisiológico, la obra en
sus momentos iniciales tiene características que parecen
apuntar hacia el planteamiento racional de un hecho frecuente
en la vida cubana desde hace casi medio siglo: el re-encuentro
familiar. Y sin embargo, a medida que se va desarrollando la
acción, lo que parece ser la norma proyecta la obra hacia un
nivel metafísico, dejando constancia de que la “otra orilla” a
la que llegan los personajes, sin perder sus vínculos con lo
histórico, difiere de un simple viaje de unas noventa millas:
un re-encuentro que no tuvo lugar en el aquí y el ahora, el
sueño de muchos cubanos, que finalmente se lleva a efecto en
el espacio metafísico de la muerte. Esto le da a la obra una
connotación diferente, convirtiéndola en una de las propuestas
más desoladoras del teatro cubano.
La
mayor parte de este discurso toma como eje las separaciones
familiares. En este sentido, lo que diferencia mi obra
Exilio de las restantes, es que la acción tiene lugar en
un contexto teatral y que el contrapunto lleva a implicaciones
de carácter estético, que es el área vivencial del autor y sus
personajes. Es una consecuencia casi directa de mi propia
experiencia en Cuba en el año 61, que incluye la invasión de
Bahía de Cochinos, las Palabras a los Intelectuales y el
cierre de Lunes de Revolución. Las relaciones
familiares quedan eliminadas a favor de los vínculos
personales entre artistas, amigos y amantes, convirtiéndose en
un texto directamente relacionado con el contrapunto entre el
artista y el estado, pero solucionado a través de conflictos
personales. Está construida además en tres tiempos: antes,
ahora y después; antes de Castro (primer acto); durante el
momento inicial de la toma de poder (segundo acto); y después
de Castro. Esta temporalidad determina el diálogo de “las
orillas”, siendo el segundo el núcleo huracanado de la
transición. A su vez trabajo con dos espacios geográficos. El
primer acto, en Nueva York, corresponde al antes. El segundo
nos traslada al núcleo de la decisión, que podría verse como
el ahora de la obra, pero que se expresa escenográficamente de
forma ambivalente: la acción se desarrolla en el Teatro
Nacional en Cuba, pero la escenografía reproduce un
apartamento newyorkino, estableciéndose de este modo un
diálogo de dos orillas en el espacio escénico. Finalmente, el
tercer acto se ubica en Nueva York con Castro en el poder,
trabajado como un re-encuentro que es, en sí mismo, un
“diálogo de las dos orillas”, nada conciliatorio. Exilio
se construye a partir de una dialéctica de la
confrontación.
Estos planteamientos se van a suceder a diferentes niveles.
Héctor Santiago trabajará con ellos en En busca del Paraíso
que tiene la amplitud de un mural, de corte múltiple,
variado y fragmentado. Raúl de Cárdenas lo aborda en Playa
Girón en Los hijos de Ochún, con ingredientes
afrocubanos, y en sus comedias costumbristas con alusiones
constantes a la dependencia de las dos orillas. Jorge Trigoura
lo hará dentro de nuevos términos generacionales en Si las
balsas hablaran, Vuelo directo y Re-encuentro con doble
E, para citar algunos ejemplos adicionales.
LA FIJACIÓN DE
LA MEMORIA
La
traslación espacial que representa irse de Cuba da lugar un
proceso de distanciamiento donde la memoria y el olvido entran
en contrapunto. A medida que nos alejamos, temporal y
cronológicamente, la memoria nos fija en el punto de partida,
que a su vez está luchando con el olvido. Perdido el objeto de
deseo (la Cuba insular) el cordón umbilical que no se corta lo
fija al otro extremo (la Cuba trashumante) y lo mantiene
obsesivamente en la cabeza. Pero en esta trayectoria, la
memoria se fija y se distorsiona, creando una tercera
realidad. Además, se crea una memoria regresiva que muchas
veces al punto de partida, y “toda Cuba de ayer” es mejor que
cualquier Cuba, porque se inventa hasta usando datos
estadísticos. Pero no sólo la inventa el que se va, sino el
que se queda y, particularmente los que nunca la conocieron,
reconstruyen el pasado no conocido a su modo y manera. Esto
lleva a la fijación de la memoria, acompañada del choque
cultural, que puede adquirir multitud de manifestaciones, pero
que se basa en una óptica realista que, por lo irracional de
muchas situaciones, llega a tener vínculos absurdistas.
El Súper, que
se estrena en 1977, es posiblemente la obra más significativa
de Iván Acosta y la más conocida, al mismo tiempo uno de los
mejores ejemplos del discurso de la fijación de la memoria y
el choque cultural. Esto se debe en parte porque de inmediato
fue llevada al cine, con bastante éxito, y tuvo una buena
recepción crítica. Es la obra, además, que establece
definitivamente directrices básicas de esta dramatugia,
significando una continuidad del realismo. Hay en ella dos
factores determinantes: el costumbrismo lúdico y la cubanidad
newyorkina. Desde fecha relativamente temprana, Acosta deja
sentada las bases de una preferencia realista similar a la de
otros dramaturgos en la isla, decididos a reconstruir una
realidad escénica que reproduzca en sus más mínimos detalles
la experiencia inmediata, usándola como trampolín para un
salto al pasado. De ahí que la memoria y en parte el olvido,
jueguen un papel importantísimo en el desarrollo de la acción
y sea factor determinante de los objetivos y el destino de los
personajes. En esta obra el tiempo y el espacio inmediato,
Nueva York, que se rechaza, sirve para trasladarnos al tiempo
y al espacio que se evoca, Cuba, con vistas a un tiempo y un
espacio futuro, Miami, que sustituye el sueño imposible de un
retorno. Por consiguiente Miami se vuelve la geografía de la
cubanidad, particularmente para el protagonista, Roberto
Amador Gonzalo, cuya meta es un regreso a las raíces de lo
nacional, pero ajustado a las circunstancias de la
extraterritorialidad. Es significativo que no tenga la vista
fija en un retorno insular, sino en un territorio continental
identificado como la meca del exilio, la ciudad fronteriza a
noventa millas. Este planteamiento se hace al detalle, lo que
le da a la obra la actualidad de lo perecedero o lo perecedero
de la actualidad como ocurre con todo texto aferrado al
realismo inmediato, que queda para documentar lo que se es en
un momento dado y convertirse en lo que fue y ha dejado de
ser. Es una muestra, además, del biculturalismo léxico donde
el español y el inglés se entremezclan en algunos momentos que
son delirantes, gracias al sentido del humor de Acosta. Pero
es precisamente a consecuencia de ese humor descaracterizador
del cubano, que Roberto Amador Gonzalo se queda corto para
llegar a convertirse en el Willy Loman del teatro cubano, que
más que en el infierno, sobrevive en el limbo. De todos modos,
crea un antihéroe patético que se convierte en un comentario
desolador sobre el exilio y la vida misma en general como
sucesión inútil de lo cotidiano.
Pero quizás sea Raúl de Cárdenas nuestro
costumbrista por excelencia, el cronista permanente del
quehacer popular, que reproduce de mil modos y maneras la
vivencia cubana en sus términos más comunes, con su humorismo
inagotable que tiene la recompensa de una carcajada constante
de parte del público. Este exuberante sentido del humor, cuya
riqueza se impone con frecuencia sobre la caracterización y el
desarrollo argumental, procede de un manejo del lenguaje
popular que el propio dramaturgo parece ser el primero en
disfrutar. De ahí su galería de personajes que se vuelven
familiares de una obra a lo otra, como el caso de las
Carbonell de la calle Obispo, que a veces son de la Vieja
Habana o de las Alturas del Vedado, pero que siempre llevan su
marca de fábrica. Sin embargo, su mejor teatro es aquel un
tanto más comedido donde el chiste queda amortiguado por la
calidad humana de los personajes, las inclemencias de la
historia y el desgarramiento de las situaciones, como ocurre
en Recuerdos de familia.
Nadie mejor que él, por consiguiente, para fijar nuestra
memoria histórica construyendo con esta obra una panorámica
del tiempo. Hay algo de la sensibilidad evanescente del
discurso realista chejoviano, quizás a consecuencia de un
sentido del humor que funciona como catarsis, reflejando
nuestro modo de ser, pero que rompe con el canon de la
angustia y lo mantiene en lo costumbrista, lo cual tiene su
pro y su contra.. En Recuerdos de
familia el amor ocupa un lugar que se superimpone sobre la
discordia. Bien es cierto que aunque la familia de los Molina
no escapa del todo a esto último y acaba destrozada por la
historia, la voz de la madre crece gradualmente, dispuesta a
quedarse. “¡No! [...] Yo me quedo para siempre, para que no me
entren en la casa. [...] Ellos no saben quien soy yo. Si hay
que patear, pateo. Si hay que arañar, araño. Pero, nadie me va
a robar a mí mis recuerdos. Eso es lo único que tengo, y me
basta. Mercedes Molina ¡se queda!”. Aunque la historia ha
demostrado lo idílico de la posición de la protagonista, este
final de fuerte impacto es un cierre clásico, de “gran teatro
cubano”, y demuestra la vigencia del “recuerdo de familia”,
todo un mundo, que es la memoria histórica de los que se han
ido.
DEL
ABSURDO A LA CRUELDAD
En
oposición al discurso mimético, desde fines de los cincuenta y
principios de los sesenta el teatro cubano va a estar dominado
por el teatro del absurdo y la crueldad, presidido por
Virgilio Piñera. Este teatro experimental, de vanguardia y
verdaderamente revolucionario, va a dominar la escena cubana
hasta el triunfo internacional de La noche de los asesinos
y representará una resistencia estética en oposición a la
praxis realista y en particular al discurso dogmático de la
creación colectiva y el realismo socialista, que será el
dominante en los setenta. Al salir de Cuba los dramaturgos que
reciben su impacto (Matías Montes Huidobro y Julio Matas en
particular) serán los portavoces inmediatos de esa estética y
sus procedimientos, con predominio de la metateatralidad. Esto
no quiere decir que estas características se limiten a estos
autores, ya que las mismas, en mayor o menor medida, serán
dominantes en otros, demostrando su vigencia. Los discursos de
la dramaturgia cubana de la segunda parte del siglo veinte, ya
sean insulares o trashumantes, se desarrollan paralelamente y
con líneas de forma y contenido que se comunican
constantemente, estableciendo un lenguaje con infinidad de
puntos comunes, destacándose una presencia absurdista en el
lenguaje, que se aleja la mayor parte de las veces de la
condición mimética de un diálogo racional.
Julio Matas se reintegra a la dramaturgia cubana en 1973
después de casi una década de silencio. Para 1965, fecha en
que se exilia, tenía un nombre bien establecido dentro del
movimiento dramático nacional. Fundador del teatro
experimental Arena, la presentación en Cuba de La soprano
calva en 1956, que
probablemente se llevaba a escena por primera vez en la
América Latina, deja un gran impacto.
Representante de lo que yo he llamado el
movimiento de resistencia estética de los sesenta; su cultura,
su conocimiento del teatro universal y su temperamento no
estaban en concordancia con el castrismo, cuya escala de
valores morales y estéticos funcionaban al otro extremo del
péndulo. En su caso, el absurdo y la
crueldad se entremezclan con el grotesco de la conducta
humana, que es un elemento medular de su teatro. Algunos de
sus textos son explícitamente absurdistas, pero otros lo son
por la absurdidad intrínseca de la conducta humana. Tras la
publicación de La crónica y el suceso en 1964, que es
su opera prima y también su obra maestra, da a conocer,
en inglés, Juego de damas, que no será
publicada en español hasta 1992, lo cual es muestra adicional
de las dificultades que han tenido que afrontar los
dramaturgos de su generación. Con este texto, retoma el camino
que había quedado interrumpido casi diez años atrás y
reafirma, desde la extraterritorialidad, la continuidad de la
resistencia estética. En la misma, el autor utiliza el
grotesco a niveles de teatro de la crueldad, volviendo a esa
relación frecuente en la dramaturgia cubana de hermanas
bastante mal llevadas que encontramos en otras muestras de la
crueldad y el absurdo. Matas desarrolla un “suspense” con una
permanente conciencia del grotesco, que debe darse visualmente
por el deterioro de los muebles y la presencia de bibelots,
jarrones y frasquitos, que crean una atmósfera opresiva y
caduca. En cuanto a la caracterización de los personajes, el
autor trabaja con un desarrollo gestual que conduce a la
desarticulación psíquica de los mismos. Estamos en plena
carnavalización de la conducta, que casi es un sello de
teatral cubanía.
Si
desafortunadamente la mayor parte de sus obras no han sido
llevadas a escena, afortunadamente han sido publicadas. En
Juegos y rejuegos, de título significativo ya que hace
explícito un concepto lúdico, reúne varias piezas cortas.
Sobresalen entre ellas El cambio y Tonos, sus
dos más refinados exponentes. En Tonos, el modo en que
cada uno de los personajes se comporta y expresa sus puntos de
vista descubre la intrascendencia de unas vidas que, al mismo
tiempo, se ven acosadas por el espectro de la muerte, que
corre por dentro. El efecto es patético. Aunque el diálogo no
es explícitamente absurdista, la corriente interna nos va
dando el absurdo angustioso de unas vidas que se consumen en
la nada. El cambio nos presenta, dentro de un marco
estrictamente realista, un acto ritual que pone de manifiesto
la falta de sentido que hay en las relaciones personales
Después de unos quince años de separación tiene lugar el
reencuentro de los protagonistas. Poco a poco el hombre y la
mujer van cuestionándolo todo, incluyendo los motivos y la
fecha de la separación misma, hasta que la identidad de ambos
personajes y la relación entre los dos queda puesta en tela de
juicio. Por consiguiente, si al principio empiezan por
reconocerse, aunque siempre de forma algo dudosa, a medida que
transcurre la acción, gracias a una serie de detalles menores,
llegan a la conclusión que no se han conocido nunca.
En
Teatro aparecen La crónica y el suceso, Aquí cruza
el ciervo y El extravío. Aunque en las notas iniciales el
autor se remonta a relacionarla con la leyenda del Minotauro
de Creta, lo cierto es que nos parece más directamente
asociada con un incidente de la crónica roja de esos que se
escuchaban con frecuencia en las radioemisoras nacionales en
la década del cincuenta. Hay cierto tratamiento irónico, de la
existencia republicana y de la conducta nacional, lo cual no
deja de ser un “extravío”, ya que esta aproximación no está
asociada a la manera más tradicional de ver “lo cubano”. Por
lo general, Matas enfoca la atención en determinados contextos
y les da la vuelta de tal manera que convierte lo histórico
(como ocurre en las obras “históricas” de El rapto de La
Habana) o lo cotidiano (un simple reencuentro familiar en
el exilio, como en Los parientes lejanos) en un
grotesco absurdista. La línea paródica, con fuertes
elementos del grotesco y notas de melodrama, lo insólito y lo
absurdista, se pone de manifiesto en mayor o menor medida en
casi todas sus obras, ya que el tono de farsa es lo dominante.
En
este epígrafe, la referencia a mi propia obra dramática se
hace inevitable, dado los vínculos que me unen a este
discurso. Como participo del mismo como dramaturgo, me veo
precisado a incluirme, sin pretender con ello ningún
protagonismo. Confluyen en ella el absurdo y la crueldad, con
un uso marcado de los desdoblamientos caracterológicos, la
metateatralidad y la inertextualidad, que paso a sintetizar.
En 1961 llego a los Estados Unidos con un texto eminentemente
metateatral, La Madre y la Guillotina, que podría
considerarse la nacionalización del discurso metateatral
contra-revolucionario que no se podía dar a conocer en Cuba ya
que iba en contra de los lineamientos del discurso oficial,
definidos por Fidel Castro en las Palabras a los
Intelectuales. Los signos de la crueldad están presentes a
través del ritualismo fratricida y la “misa en escena” que
representa el sacrificio de las hermanas al final de la obra.
Le sigue en la década siguiente Ojos para no ver, con
predominio de la intertextualidad de raíz histórica,
brechtiano-expresionista, pero que es básicamente un discurso
del desacato gracias a la concepción del protagonista,
Solavaya (Castro), visto con conciencia de distanciamiento.
Funeral en Teruel, se construye mediante una
intertextualidad literaria, en lugar de la histórica del texto
precedente, con un concepto paródico irreverente asociado al
discurso descaracterizador del vernáculo. El discurso de la
crueldad se reafirma con mayor intensidad en los
desdoblamientos constantes, freudianos, afro-cubanos y
metateatrales de La navaja de Olofé, teatralmente
ritualista; elementos todos ellos presentes en los discursos
teatrales insulares y continentales. En la trilogía (por la
estructura total de las obras, donde no falta una trayectoria
más racional de causa-efecto) formada por Exilio, Oscuro
total y Su cara mitad, la metateatralidad es un
criterio estructural que lleva a la constante del
desdoblamiento, no sólo entre los personajes sino entre los
actos entre sí, que a veces se desdoblan unos dentro de otros
y también se contradicen. El plan racional pugna con el caos,
la crueldad se intensifica, el absurdo no desaparece, y los
círculos rituales permanecen. Estos procedimientos me
encaminan hacia la suma de todos estos recursos en Un
objeto de deseo, intensificando la intertextualidad dentro
de la metateatralidad, con un desdoblamiento permanente a
través de Lucía-Carmen y el principio ficción-historia que son
los cimientos de la obra.
En cuanto a René Ariza, además de aquellos
textos que se desprenden de experiencia directa bajo la
represión castrista, va a escribir algunos “minidramas” que
son otras muestras del absurdo y la crueldad. Juego con
muñeca, que apenas dura unos quince minutos, es uno
de los mejores ejemplos. En un espacio temporal compacto, que
es casi la metáfora de una celda, como si el autor escribiera
sus textos con una conciencia claustrofóbica, Ariza logra la
creación de un tríptico alucinante donde Hija-Madre-Muñeca
establecen una interacción que configura la unidad de una
maternidad y filialidad de la esquizofrenia. La Niña entra en
escena con una muñeca, le habla como si fuera su madre y le
hace una amenaza macabra: “¿Sabes lo que voy a hacerte si no
te tomas tu sopa? ¡Te voy a meter en tu caja, te pondré la
cinta, y que te pudras ahí hasta que yo sea grande!”. El texto
de La Niña con respecto a la muñeca corre en línea paralela
con el de La Madre con respecto a La Niña, por lo cual esta
última “interpreta” el papel materno en sus relaciones con la
muñeca, repitiendo lo que su madre le ha dicho un centenar de
veces. Gradualmente (dentro de un tiempo dramático brevísimo)
tiene lugar una transición y un absoluto desdoblamiento. El
ciclo se cierra con una conciencia lúdica macabra cuando La
Niña vuelve con una caja de cartón y mete en ella a La Madre,
cumpliéndose el vaticinio inicial: “Te quedarás ahí hasta que
yo sea grande” y sale de escena con la muñeca. El asunto,
Declaración de principios y Una vendedora de flores de
nuestro tiempo son otras muestras del absurdo y la
crueldad de un teatro que invierte las situaciones como si nos
mostrara el negativo irracional de la conducta humana.
Ya en otro espacio generacional, José Abreu
Felippe vuelve sobre él dentro de un tratamiento original de
un espacio realista y metafísico a la vez en Alguien quiere
decir una oración. En este caso, la relación entre los
hermanos, Estúpido e Imbécil, es muy becktiana, acercándolo al
teatro de Ezequiel Vieta, mientras que los juegos lúdicos
metateatrales evocan los de La noche de los asesinos de
Triana. La propia obra tiene conciencia de sí misma
cuando ve todo esto como “demasiado teatral, demasiado
intelectualoide, demasiado literario... puro teatro del
absurdo...”, como si pidiera excusas. Y sin embargo, no tiene
razones para hacerlo, porque tiene su propia textura original
y, particularmente, su propia angustia trascendente en el
constante desdoblamiento de la vida y la muerte, que crea su
propia irrealidad. Sencillamente el absurdo y la crueldad son
actos rituales permanentes de una metateatralidad intrínseca
de la dramaturgia nacional.
Por ello, estas características hacen acto
de presencia en mayor o menor medida en textos muy disímiles:
el absurdismo poético de La visita de Orlando
Rossardi; la locura delirante de El infinito es negro
de Leopoldo Hernández; entremezclándose con el vernáculo en
Bulto postal y Juana Machete o la muerte en
bicicleta de José Corrales; las situaciones delirantes de
Un cubiche en la luna y Recojan las serpentinas que
se acabó el carnaval de Iván Acosta; ocurrencias
disparatadas de Monge Rafuls en La oreja militar y el
desencuentro matrimonial de Una cordial discrepancia,
que reitera con mayor crueldad en Madre sólo hay una;
el humorismo costumbrista del teatro de Raúl de Cárdenas que
llevado a extremos manifiesta el absurdismo intrínseco del
lenguaje cubano; el grotesco travestista del discurso gay,
particularmente en los textos de Héctor Santiago; el
contrapunto dialógico en La roca de Maricel Mayor
Marsán, cuyos personajes se encuentran atrapados en un
callejón sin salida y son tratados irónicamente.
En otras palabras, el absurdo y la crueldad
que hicieron su aparición en el teatro cubano en los
cincuenta, llegaron a nuestro teatro para quedarse hasta el
siglo XXI.
LA DIALÉCTICA
HISTÓRICA
El teatro histórico no ha sido
particularmente caracterizador de esta dramaturgia. Durante la
República pocas obras pueden clasificarse como tal. Se crea un
teatro patriótico, con referentes históricos, pero los
dramaturgos más importantes apenas lo cultivan, por lo cual
Tragedia indiana de Luis Alejandro Baralt tiene particular
importancia. Al principio de la Revolución surgen algunas
alegorías históricas, como el caso de El general Antonio
estuvo aquí, de Manuel Reguera Saumell, pero no hay mucho.
No obstante ello, al irse dogmatizando el discurso teatral, va
haciendo acto de presencia en obras poco afortunadas de José
Brene, Ignacio Gutiérrez y Gerardo Fulleda León, y se
reconstruye la historia siguiendo imperativos del discurso
marxista. No todos lo harán en términos tan radicales y se
iniciará una vertiente del discurso histórico literario con
La verdadera historia de José Jacinto Milanes de Abelardo
Estorino, que el caso de más representativo.
Los dramaturgos
que salen de Cuba no escriben con esa conciencia rígida de la
lucha de clases, que es la tabla de medida histórica del
teatro insular, y lejos de funcionar dentro de un plan
didáctico reglamentado por la tiranía, se aproximan a la
historia de forma independiente. Se desarrolla un discurso
teatral flexible, donde los factores individuales no
desaparecen y los personajes no funcionan como sujetos-objetos
de una dialéctica ideológica. Gertrudis Gómez de Avellaneda,
inspira a dos dramaturgos: Raúl de Cárdenas escribe La
Peregrina y Héctor Santiago es el autor de Vida y
Pasión de La Peregrina, con el que se lleva el premio
Letras de Oro. También lo recibirá Raúl de Cárdenas con
un monodrama martiano, Un hombre al amanecer, y Montes
Huidobro, en términos que no son estrictamente históricos,
interpreta la figura de Martí en Un objeto de deseo, de
forma iconoclasta.
Tomando como
base la autografía que escribió Manzano en la que narra su
vida y las miserias de la esclavitud, Héctor Santiago escribe
La eterna noche de Juan Francisco
Manzano. Compone una obra con una
conciencia intertextual que le da cierto carácter narrativo ya
que reproduce textos de la autobiografía de forma directa. A
eso se agregan poemas de Manzano, todo bien integrado a la
acción dramática, que la enriquecen y le dan mayor dimensión.
Todo lo hace dentro de una compleja madeja teatral que
requiere una elaborada puesta en escena. Santiago lleva a
efecto un desdoblamiento del protagonista que debe ser
interpretado por cuatro actores. El acierto de Santiago, más
que en la caracterización de Manzano, reside en crear una
atmósfera pesadillesca donde el poeta aparece acosado por una
continuidad de escenas y efectos visuales y sonoros que
configuran la pesadilla que debió ser su vida. Incluye esta
tramoya la presentación de un retablo de títeres callejeros,
que es una referencia metateatral, y una rústica mesa y
banqueta con tintero, papel y pluma, que sirve de referencia
al elemento narrativo que es el hilo conductor de la obra. El
uso de máscaras y la presencia de Ikú, la Muerte, que funciona
como director de escena, puede darnos una idea de las
posibilidades teatrales que hay detrás de la historicidad de
La eterna historia de Juan Francisco
Manzano.
EL DISCURSO
DE LA SEXUALIDAD
Hay que tener en cuenta que este teatro se
desarrolla a partir de la década del setenta, que es el
momento en el cual, en la Isla, se acrecienta el dogmatismo
político a través del teatro de creación colectiva y la
construcción del socialismo, marginando la sexualidad a favor
de una profilaxis revolucionaria. Textos irreverentes que
propugnan un absoluto destape sexual, como Revolico en el
campo de Marte de José Triana, están marginados dentro de
un discurso donde el hedonismo nacional aparece erradicado.
Por otra parte, fuera de Cuba, la revolución sexual que se
inicia en los sesenta favorece el destape de la sexualidad y
la total irreverencia. De ese período surge, del lado de acá y
en mi caso, el discurso irreverente de Funeral en Teruel,
especie de ópera rock del destape, texto de movimiento
pendular entre lo platónico y lo lujurioso, y que forma parte
también del discurso paródico caracterizador de lo cubano,
cubanizando el vampirismo.
Las represiones a la sexualidad que han tenido lugar en el
espacio insular, han llevado a un destape en dirección opuesta
en la dramaturgia cubana continental, colocándola a la
vanguardia de un discurso teatral explícito que no siempre ha
dado sus mejores frutos. Al hacer el análisis de La puta
del millón de Renaldo Ferradas, José A. Escarpanter
observa que esta obra “corresponde a la corriente del teatro
compuesta por algunos dramaturgos radicados en Nueva York que
prefieren temas, situaciones, personajes y diálogos al margen
de la norma tanto del teatro convencional burgués como del de
contenido político que predomina en las recientes décadas. La
pieza, en su ejecución y propósito, es un desafío a ambos
teatros y al público que los sostiene”. Escarpanter agrega que
“el mundo prostibulario se había usado antes en la escena
cubana, pero siempre con cierta intención mítica, pero en
estas piezas aparece sin ninguno de esos propósitos” regida
por parámetros de “una crudeza y una objetividad tan
explícitas que resultan imposible de imaginar en las
manifestaciones más francas del estilo naturalista finisecular
[XIX]”. Lo cierto es, sin embargo,
que cuando se reduce la exposición de la actividad a actos
orgánicos explícitos donde no se puede ver ningún otro
objetivo, no queda más remedio que colocarlos fuera del ámbito
crítico. Algunos de ellos son, realmente, medularmente
pornográficos.
Justo es aclarar que la prostitución juega
papel importantísimo en la historia cubana, convirtiendo a La
Habana, puerto que servía de escala para la conquista y
colonización, en el paraíso de una cultura falocéntrica desde
la época colonial, muy acorde con la conceptualización del
macho ibérico. Esta reputación se mantiene durante la
República y se incrementa con la Revolución. En la mayor parte
de los casos, la misma pierde sus nexos con la sordidez y se
llega a una interpretación idílica acorde con una escritura
producida mayormente por hombres. Con esta conciencia
ético-ideológica se forma toda una poética estético-dramática
que lleva a una concepción de la prostitución muy distante del
concepto de lacra social con el que entra en la ficción por
vías del naturalismo décimonónico.
Réquiem por Yarini
de Carlos Felipe es un ejemplo arquetípico de
estilización y reconstrucción idílico-metafísica del
prostíbulo habanero, convirtiéndose en un antecedente de
Las hetairas habaneras de José Corrales y Manuel Pereiras,
que también tiene sus nexos con la tradición
clásico-paródica de la Electra Garrigó de Virgilio
Piñera. En la obra que ahora nos interesa, el nacimiento de
Nicomedes, objeto de adoración, a quienes cantan sus
alabanzas, inicia la parodización trágica. Para las hetairas
el niño es “el futuro, el sol en la distancia”, objeto
permanente de adoración. Es el momento de afirmación vitalista
de las hetairas, que celebran un ritual pagano donde el sexo
equivale a la creación: “El nuevo macho. El macho de la
alegría y de la salsa. Que me enseñen el nuevo macho, el nuevo
macho de la casa”. Este falocentrismo idólatra equivale a la
de “un hombre nuevo” que no es precisamente el que propone el
quehacer revolucionario. Las implicaciones castristas en la
caracterización de Menelao, que es el tirano, se ponen de
manifiesto a todo lo largo de la obra, y en el tercer acto se
vuelve explícita: “Ustedes se pusieron a aplaudir al macho
cuando bajó de la montaña y el macho feliz por el canto y las
ofrendas.” Pero es precisamente la negación de ese futuro
vitalista, a consecuencia de la castración del niño que ordena
la tiranía, lo que determina la naturaleza trágica de la
pieza, porque en definitiva se trata de un vitalismo
contrarrevolucionario. La castración funciona en la literatura
latinoamericana como la expresión más descarnada de la
tiranía. Sexo y política convergen orgánicamente en el centro
de la tortura, que tiene su más intensa expresión en la
violación de los derechos de los órganos. Todas las tiranías
latinoamericanas convergen en la castración, el gran tema
sexo-histórico que es un sello funesto, seña de identidad.
Esta ubicación en el callejón sin salida de la castración le
da al texto una dimensión verdaderamente compleja, respuesta
tajante a la homofobia castrista. Al éxtasis de Eros que la
inicia se opone el éxtasis de la Muerte que la cierra.
El
discurso del destape sexual, a través de procedimientos de
carácter hermético que parecen contradecir el destape a través
del léxico y la complejidad de las relaciones humanas, va a
encontrar uno de sus más radicales exponentes en el teatro de
José Corrales, que explora relaciones heterosexuales,
bisexuales y homosexuales en un caleidoscopio del sexo que
llega a lo apocalíptico, a partir de Bulto postal y
La muerte en bicicleta, donde dice lo que en Cuba nunca
hubiera podido decir; como hace también en El vestido rojo,
El palacio de los gritos, Temporal, Nocturno de cañas bravas,
Orlando, Walter a primera vista, Vida y mentira de Lila Ruiz
y otras más. Pero Corrales le da altura a este discurso.
En Cuestión de santidad, que puede considerarse su
obra maestra, confluyen y se refinan una serie de elementos
que caracterizan el hermetismo escénico de Corrales y el
tratamiento exhaustivo de las relaciones sexuales. El cuerpo
se hace escénicamente palpable. Los personajes viven en un
constante estado de lujuria, con ellos mismos o con los demás,
del mismo u opuesto sexo. Una serie de contradicciones
configura el suspense de la obra, que requiere de parte del
espectador el esfuerzo de desentrañamiento de un significado
oculto, hermético. La relación corporal, primaria, busca un
significado metafísico, último. Esto se hace por medio de un
erotismo religioso sincrético y una intertextualidad
construida por participantes opuestos, ascendente y
descendentes, contradictorios. Se crea así una especie de
universo diferencial que es la cosmología de la obra. Quizás
por este requerimiento intelectivo, Corrales llame a la obra
“acto sacro-mental”, estableciendo además una sutil
distinción. Al decir acto lo presenta como cosa que se hace y,
además, adquiere un carácter escénico de naturaleza ritual,
sagrada, activamente ejecutado en la representación. En
realidad está creando un “auto sacramental” biológico,
fisiológico, con los órganos participantes en la sexualidad,
buscando tras ellos un planteamiento trascendente. Cuestión
de santidad funciona como una ceremonia ritual en torno al
protagonista y concluye en un sacrificio bíblico que es parte
intrínseca de la compleja ceremonia intertextual que es la
obra. Un estado de celo que no tiene cortapisas la satura de
principio a fin y se acrecienta a medida que avanza y se
complica con alusiones a desdoblamientos múltiples y oníricos
que incrementan las perspectivas de un multilenguaje mediante
el cual Corrales crea un gran barroco de la sexualidad,
indagando en la metafísica del deseo. Todo esto lleva a un
desmembramiento corporal que se acrecienta al final. El
cuerpo, objeto de deseo, queda convertido en pedacitos, sin
dejar huella posible de la existencia del alma y la integridad
del todo.
EL DISCURSO
HOMOERÓTICO
La
importancia del discurso homoerótico en la dramaturgia cubana
que se ha escrito y llevado a escena en los Estados Unidos es
muy marcada y representa una vanguardia internacional con
respecto al teatro que se ha producido en otras latitudes, con
años de anticipación, por ejemplo, a lo que Almodóvar ha hecho
en el cine, o a lo que se ha hecho después en los escenarios
españoles. Esto se debe en parte a la persecución a los
homosexuales en Cuba, que da lugar a una reacción antagónica
radical en un teatro cubano que sólo puede escribirse fuera de
Cuba. En este sentido se vuelve, indirectamente, un discurso
político.
El
tratamiento del discurso gay en Exilio debe
mencionarse, porque a diferencia de los otros textos que se
concentran específicamente en las dimensiones de lo personal,
la presencia de Rubén en mi obra da entrada en esta
dramaturgia a un personaje gay como agente político del
texto. El primero, según David William Foster. Las
dimensiones protagónicas del personaje y la función dramática
del mismo, que es estelar y determinante en el desarrollo
dramático, que va de lo pasivo a lo activo, en una transición
dramática que lo enriquece de un acto al otro dentro de la
problemática nacional, efectivamente, como no se había hecho
antes, mucho menos en Cuba, ni siquiera con las adaptaciones
escénicas de Fresa y chocolate, que vinieron después.
Los niveles del homoerotismo en esta dramaturgia pueden
variar, a partir de un discurso explícito sin pelos en la
lengua y en las situaciones. Con mucha frecuencia se convierte
en un discurso travesti, como ocurre en Las noches de la
chambelona y Madame Camille Escuela de Danza de
Héctor Santiago, Canciones de la vellonera de Randy
Barceló, o Se ruega puntualidad de Pedro Monge Rafulls.
Un inconveniente de entrada es que lo explícito de muchas
situaciones aísla el texto, que tiende a circunscribirse a un
público conocedor del ambiente y del lenguaje, reduciendo en
muchos casos el planteamiento a imperativos fisiológicos
estrictos a la larga poco imaginativos y hasta convencionales,
cuya única diferencia está en las preferencias sexuales de los
personajes. Por otra parte, el discurso situacional que sin
dejar de ser explícito lo hace dentro de ciertos límites,
amplía el marco de funcionalidad del lenguaje homoerótico,
como ocurre en Otra historia de Monge Rafuls o en El
pasatiempo nacional de Raúl de Cárdenas, hasta llegar a la
complejidad sicológica, elíptica y hermética de José
Corrales.
La
importancia que tiene Otra historia de Pedro Monge
Rafuls reside en que los planteamientos relativos a la
relación bisexual del protagonista, José Luis, y la definición
de su identidad homoerótica no se limita a la triangularidad
de las relaciones personales, sino que se complican dentro de
otros componentes culturales. En un primer nivel, las
relaciones de los personajes no difieren en mucho a las de un
triángulo amoroso tradicional. José Luis y Marina tienen una
relación de carácter permanente, caracterizada por el
apasionamiento que sienten el uno por el otro. Hay un
enfriamiento en la relación sexual que sostienen y Marina
sospecha que José Luis la engaña, cosa que es efectivamente
cierto, aunque no se puede imaginar que sea con un hombre. El
propio José Luis se considera muy macho y se ha sentido
siempre atraído por las mujeres, por lo cual le parecen
inadmisibles los deseos que siente por Marquito. Esta
ambigüedad, sin dudas, acrecienta el interés en el
protagonista, en oposición a Marquito, que conocedor de sus
preferencias sexuales no tiene ningún “problema”. Por otra
parte, Teresa, a quien le gusta José Luis, está detrás de este
y quisiera quitárselo a Marina, estableciendo por su cuenta
otra relación triangular, aunque esta no se materializa. Al
triángulo real formado por Marina-José Luis-Marquito, se unen
un par de triángulos hipotéticos: Marina-José Luis-Teresa y
Teresa-José Luis-Marquito, siendo José Luis, en todos estos
casos, el objeto de deseo.
Inclusive dentro de los términos expuestos, la obra tiene
interés, ya que la situación de José Luis es conflictiva
porque tiene que determinar su identidad sexual y, de
decidirse por el hombre, negar lo que siempre ha sido o creído
ser. Pero a otro nivel el conflicto tiene dimensiones
adicionales. Si esto es un choque personal para José Luis, el
impacto adquiere matices trascendentes por el contexto
afrocubano donde se desenvuelve la acción, que enriquece el
desarrollo y lo complica, dando la nota diferencial Al
principio de la obra Padrino le está tirando los caracoles a
José Luis, planteando el conflicto en un contexto ritual, con
reafirmación del código masculino acorde con las tradiciones
afrocubanas. Como consecuencia de ello emerge una conciencia
de culpa, en un proceso que va del machismo a la mariconería.
Respaldado por los códigos de la santería esto conduce a la
irritación de Changó, que sabe lo que está pasando frente a la
ignorancia del Padrino, que se desconcierta porque desconoce
la verdad del caso. El acierto de Monge está en no simplificar
el tratamiento al abc del discurso homoerótico, sino
construirlo a través de una serie de relaciones personales
complejas y en choque, dentro de un contexto ritual afrocubano
que trasciende lo simplemente decorativo y folklórico, creando
una obra de valor permanente que no se reduce a los límites
estrictos de la comunidad gay, que se proyecta hacia un
público más amplio y permite un entendimiento racional de la
conducta, aporte que no es tan simple como pudiera parecer.
El pasatiempo nacional
nos presenta a Raúl de Cárdenas en pleno dominio de sus
facultades creadoras, que supera su propia trayectoria
costumbrista, para darnos el más intenso desgarramiento con un
realismo que adquiere grandeza de tragedia. El argumento tiene
una vigencia inmediata, que toca de cerca a todos los cubanos,
de ambas orillas, y trasciende niveles generacionales. Trabaja
con el deporte nacional por excelencia, el béisbol, asociado
con la deserción de infinidad de peloteros cubanos que dan el
salto de una orilla a la otra, tomando un tema que más actual
no puede ser, en Cuba y en el extranjero. Es un documento en
carne viva de la situación cubana, donde su autor, dramaturgo
del exilio, logra desarrollar una situación convincente en el
espacio insular actual (demostrando que el teatro cubano no
tiene fronteras geográficas) y presenta el asedio político que
conduce a la imperiosa necesidad de salir del país, tomando
toda clase de riesgos. Parte de un título que es todo un
acierto, El pasatiempo nacional, ya que adquiere
triplicidad de significado: (a) referencia a una actividad
deportiva que siempre ha tenido mucha importancia en la vida
cubana; (b) a la conducta sexual, que en este caso invierte el
canon, como segunda opción de la multiplicidad interpretativa
del título; (c) la delación como una degeneración política que
se vuelve norma de conducta, convertida en pasatiempo
marxista.
La
obra se inicia cuando Yuri y Miguel Ángel practican en el
proscenio una serie de lanzamientos de la pelota, usando el
lenguaje propio de los hombres cuando practican el deporte,
aunque detrás del marcado machismo del lenguaje, de las malas
palabras, se puede detectar una segunda intención. Por otra
parte, lo hacen a escondidas (lo que acrecienta el
significado) ya que Miguel Ángel está fichado por su conducta
contrarrevolucionaria y Yuri, que es una promesa del béisbol
revolucionario, tiene que cuidarse para que no lo marginen o
se tomen medidas en su contra. Esto le da a la situación un
doble filo, sexual y político. El carácter de la situación es
machista, pero hay un discurso subyacente que va a cobrar
forma más explícita hacia el final del acto, en medio de la
borrachera de Yuri, con un desarrollo emocional estupendamente
logrado. De Cárdenas mantiene el equilibrio dramático entre el
discurso exterior de la revolución y el interno, que
corresponde a la relación homosexual que va desenvolviéndose.
No es un “diálogo del toqueteo”, sino de la emoción interna
entre dos personajes que se aman, que es la nota diferencial
en lo que respecta al desarrollo escénico del discurso
homoerótico. El “salto” que se plantea no es sólo a “la otra
orilla” de la geografía y la política, sino también de “la
sexualidad deportiva”.
No
conforme con ello, la relación entre ambos está interceptada
por César, el padre, que es un personaje esencial, una fuerza
maligna, una serpiente venenosa, donde el autor hace una
caracterización muy lograda. La lucha tribal, de tan larga
tradición en la escena nacional, adquiere nuevos matices,
porque además de ser una batalla política, de odio que se
desencadena, tiene una nueva dimensión dentro del discurso de
la sexualidad, ya que Miguel Ángel no es un mujeriego sino un
homosexual. Esto no diré que es nuevo, pero la nota dramática
distintiva es que Miguel Ángel y Yuri no sólo se acuestan sino
que se quieren. Ambas cosas se parecen, pero no son
exactamente lo mismo y, en el contexto de la dramaturgia
homoerótica que comentamos, es más frecuente que ocurra lo
primero sin lo segundo, aunque de Cárdenas cae
momentáneamente, en algunas situaciones un tanto almibaradas
que podrían omitirse. Además, el autor no elude poner el
conflicto familiar de la sexualidad dentro del vórtice
huracanado de la revolución, sin cortapisas ni medias tintas,
que es lo que le da mayor impacto y convierte la situación en
un eros político. El personaje del padre, que a veces parece
descolorido e inocuo, es difícil de interpretar, porque su
perversidad no se manifiesta en largos parlamentos sino en su
astucia. Afortunadamente al autor no se le pierde César, que
sinuoso, entra en escena como Saturno devorando a sus propios
hijos.
En
todo caso puede decirse que todo el discurso homoerótico que
tiene lugar fuera de Cuba es en sí mismo (aunque no se
mencione el castrismo para nada) una manifestación del
discurso del desacato, ya que representa una conducta impropia
inadmisible. Con el paso del tiempo y actitudes menos rígidas,
esto tiende a olvidarse.
LA CONSTANTE DEL
VERNÁCULO
Tampoco
debemos olvidar la contribución del vernáculo en la formación
del discurso teatral continental cubano con sede en Miami, con
el inconveniente tradicional del género: la vivencia teatral
en el vernáculo es la momentánea del espectáculo, que
usualmente permanece inédito. En todo caso, si de teatro
popular se trata, y al que con tanta insistencia se refiere la
crítica cubana, el vernáculo en Miami lo tuvo, en particular,
durante los últimos cuarenta años del siglo XX, con todo su
carácter irreverente.
Paradójicamente, hay una obra de José Enrique Puente,
Laura Olga, publicada en una edición limitada, que se
deriva de esta dramaturgia y que bien merecería una re-edición
más cuidadosa. Especie de film noir escénico, esta
pieza es una feliz variante del vernáculo miamense, que
adquiere categoría experimental gracias a la presencia de una
serie de componentes inesperados. Hay que tener en cuenta que
José Enrique Puente, nacido en 1928, crece en el ámbito
fílmico que permea la vida cubana en los años cuarenta y
cincuenta, y que tiene fundamental importancia en nuestra
existencia cultural contemporánea. Antes que el film noir
se pusiera de moda, Ramón Sánchez Varona en La sombra,
Nora Badía en Mañana es una palabra y María Alvarez
Ríos en La víctima establecen relaciones con el
melodrama detectivesco cinematográfico. Puente no escapa a
esta esfera de influencias, porque Laura Olga está
inspirada en la película Laura de Otto Preminger. Está
asociada además con otra tradición de nuestro carácter y
nuestra dramaturgia, la paródica, porque el autor tiene el
acierto adicional de no tomar el film noir en serio,
sino caricaturizarlo en una tradición que se remonta al siglo
XIX. Si los cubanos se enorgullecían del Teatro Tacón y las
compañías de ópera que nos visitaban, no es menos cierto que
nuestro vernáculo tenía el buen gusto de ponerlas en ridículo,
mediante productos tan pintorescos como el Mefistófeles
donde Sánchez Galárraga se burla de los acordes de Gonoud y
del mismísimo Goethe.
Siguiendo
la línea paródica, la sátira emerge en Laura Olga desde
el primer momento mediante un diálogo intertextual,
fílmico-teatral, establecido desde el primer momento a través
del retrato al óleo de Laura Olga en la pieza dramática y
Laura Hunt en la película. Con toda intención y buen juicio,
lo que hace José Enrique Puente es tomar este “ícono” fílmico
y triturarlo, hacerlo pedacitos. En otras palabras, la
desnuda, la cubaniza, coloando en su lugar el “desnudo” de
Laura Olga, cuyas voluptuosas formas en nada recuerdan las de
la elegante Gene Tirney. Completamente desnuda, con una
metralleta en la mano y una granada en la otra, mujer de pelo
en pecho a pesar de mostrar otra cosa, Laura Olga se nos
presenta como criatura de armas tomar, estableciendo el
carácter de farsa y convierte a la protagonista en una
farandulera de Miami. La conversión de Laura Hunt en una
farandulera cae en la categoría del vernáculo, elevándose
gracias al ingenio de las situaciones. No hay más que verla y
oírla para que se reproduzca toda una galería de “modelos”
(entre comillas) que aparecen constantemente en la televisión
local, en compañía de detectives y mafiosos. Como en la
película, Laura Olga comienza con la supuesta muerte de
la protagonista, ocurriendo en realidad una confusión de
identidades ya que la víctima no es Laura Olga sino su hermana
gemela Olga Laura, como se descubrirá al final. Con ello,
Puente recurre a otra parodización fílmica, la de las hermanas
gemelas, una mala y otra buena, frecuente en el cine de los
cuarenta. El dramaturgo duplica la parodia, ya que acaba
utilizando Laura para hacer una parodia de Miami (más
exactamente, Haialea) y nos coloca ante el espejo de la
chusmería. En menor medida, algo así como lo que hacía George
Grosz con los alemanes, enfrentándonos a un espejo en que no
queremos vernos.
AUSENCIA Y
PRESENCIA DEL DISCURSO FEMENINO
Uno de los problemas fundamentales que hay
respecto al discurso femenino radica en el limitado número de
creadoras que se han dedicado al teatro, cuya participación ha
sido más destacada en otros géneros. Esta situación va en
línea de continuidad con una trayectoria establecida por la
dramaturgia republicana, cuyos nombres se limitan a Flora Díaz
Parrado, Gloria Parrado, Nora Badía, Renée Potts, María
Alvarez Ríos, y algunos más de menor monta. Por otra parte, la
creación de grandes personajes femeninos, salvo en el caso de
Flora Díaz Parrado en Juana Revolico o el de Gloria
Parrado en Bembeta y Santa Rita, que descaracteriza de
forma radical la idílica prostibularia masculina, los
múltiples conflictos de la mujer aparecen marginados. De forma
más consciente lo hace Ramón Sánchez Varona y hasta José
Antonio Ramos en Tembladera crea con Isolina Gonsálvez
de la Rosa, una de las mujeres más independientes de la
dramaturgia cubana, audazmente feminista. Posteriormente,
Virgilio Piñera crea a Electra y Clitemnestra en Electra
Garrigó, Carlos Felipe a Palma en El Chino y
Rolando Ferrer a Lila en Lila, la Mariposa. Luz Marina
en Aire frío de Piñera, Medea en Medea en el espejo
de Triana, María Antonia de Hernández Espinosa
y La Mujer de La navaja de Olofé de Matías Montes
Huidobro son portavoces de un fuerte discurso femenino frente
al machismo recalcitrante de nuestros hombres, a los que
habría que unir los planteamientos de Abelardo Estorino. Con
la revolución pasa otro tanto, como se deduce del trabajo de
Rosa Ileana Boudet, “La mujer en el teatro cubano: ¿una
ausencia?”, aunque hay que reconocer fuertes presencias
revolucionariamente radicales. Flora Lauten, Herminia Sánchez,
Gilda Hernández son tres autoras de armas tomar. Ya sea porque
sus textos se montan menos y si se montan no se publican, o
por cualquier otra razón, incluyendo la calidad global de la
obra realizada, la voz femenina deja menos huellas.
En
la dramaturgia cubana que se escribe fuera de la Isla, la
nómina es también reducida, y en algunos casos se trata de
textos aislados, en otros (Julie de Grandy, por ejemplo) nos
encontramos con obras que no han sido publicadas,
imposibilitando un análisis crítico. Faltan, además, piezas
que hagan planteamientos específicos sobre los conflictos de
la mujer. Maricel Mayor Marsán llega a hacerlo, pero en
textos breves que nos tienen en espera de otros más
ambiciosos. Editora, poeta,
narradora y crítica literaria, contribuye a enriquecer este
discurso con la publicación de Gravitaciones teatrales.
Tres de las piezas que aparecen en este libro están dedicadas
en particular al análisis de la conducta femenina, cubriendo
varios aspectos de relaciones fundamentales de la mujer: entre
madre e hija en Lazos que atan y desatan las almas;
contrapunto irónico sobre el devenir de lo que une y lo que
separa, que se extiende respecto al tratamiento de la
“amistad” femenina en Las muchachas decentes no viven
solas. En Testimonios de mis días llega al desplome
total de la protagonista, en contrapunto con la crueldad
masculina, que es el personaje ausente. Hay que reconocer, sin
embargo, que, por su brevedad, queda pendiente un texto
abarcador y más ambiciosos de los aspectos, irónicos y
crueles, que se desprenden de estas situaciones y personajes.
Yvonne López-Arenal realiza una contribución importante al
discurso femenino en
Gaviotas habaneras
donde verifica un análisis sensible y bien desarrollado de las
relaciones de una pareja heterosexual desde una perspectiva en
la cual se hace palpable la presencia de un discurso femenino.
Básicamente hay dos niveles estructurales. De un lado una
relato relativamente simple: el reencuentro de una pareja, en
Miami, que años atrás, en Cuba, tuvo una relación amatoria,
de una sola noche, que ella recuerda con particular fijación
pero que él, por contraste, parece haber olvidado. Al ser
ambos personajes “gente de teatro”, esto le va a permitir a
López-Arenal la opción de interceptar este nexo con un
complejo entarimado teatral ultilizando múltiples referencias
intertextuales. La caracterización de los personajes descansa
en gran parte en la dependencia establecida con los referentes
teatrales, que sirven a su vez para que la obra manifieste una
auto-conciencia de sí misma. Esto lleva al frecuente uso del
teatro dentro del teatro, presencia constante en nuestra
dramaturgia, que ni siquiera la revolución y el realismo
socialista lograron exterminar. Esto le da cierta
espectacularidad e intelectualidad teatral a la acción,
aunque corre el peligro de desviarse del núcleo, que es el
punto de partida que despierta el interés en el espectador: es
decir, la relación personal entre el hombre y la mujer, la
atracción y el rechazo, los matices sicológicos de lo
masculino y lo femenino.
Aunque
las gaviotas chejovianas matizan el título que las
nacionaliza, la concientización teatral de la obra se pone de
manifiesto particularmente con referencia a la dramaturgia de
Carlos Felipe, ya que la protagonista reconoce la presencia de
la Palma de El Chino en su temperamento teatral e
inclusive en su propia experiencia personal. López-Arenal
trabaja con estos elementos y los reconstruye en la medida de
la situación dramática que viven María e Ignacio. La obsesión
de este último con Yarini, arquetipo ideológico, físico y
fisiológico del machismo nacional, le sirve para caracterizar
el ego del personaje, prácticamente incapaz de verla a ella, y
mucho menos recordarla, porque en el fondo sólo ve la imagen
narcisista de sí mismo. Esta tramoya metateatral se
complementa con la intrínseca metateatralidad de lo
afro-cubano, que entra en juego desde principios de la obra y
le da una consistencia metafísica a un simple re-encuentro que
tiene otras motivaciones. Esto le otorga espectacularidad
potencial, que es uno de los factores estructurales que entran
en juego; pero, de todos modos, la relación fundamental no
está en la intertextualidad sino en el encuentro cuerpo a
cuerpo de María e Ignacio, que siempre debe tenerse presente.
Ciertamente las “representaciones” son esenciales, pero todos
estos elementos existen en función de la “realidad” de María e
Ignacio, sus encuentros y desencuentros, la corriente
subterránea que debe establecerse entre el actor y la actriz
que los interpreten. Esta “química”, como tan bien se dice en
inglés, no puede ignorarse ni perderse.
La obra, finalmente, hace un par de
planteamientos (bueno, mucho más que un par de planteamientos)
sobre las circunstancias teatrales que viven autores,
directores e intérpretes en nuestro medio escénico. Las que
viven los protagonistas justifican los mismos, que bien vale
que se digan y hasta que se repitan. Es un texto que se recrea
tanto en el quehacer teatral como en la concepción estructural
de la obra, las experiencias vitales de los personajes, como
en el medio dentro del cual la propia Yvonne López-Arenal
escribe, actúa y dirige, no siempre favorable al teatro.
EL DISCURSO
DEL DESACATO
En
sentido global, toda la dramaturgia a la que estamos haciendo
referencia, por su propia existencia, representa un discurso
del desacato, inadmisible en el territorio insular, como ha
confirmado medio siglo de represión y creación literaria.
A
partir del triunfo revolucionario el teatro cubano se vuelca
sobre el pasado inmediato y el resultado es un análisis
demoledor de la burguesía, acompañado de las correspondientes
indagaciones sobre la responsabilidad y la culpa. Como es
natural, se cae en la interpretación del abuso de poder y la
tiranía, en una dialéctica que a primera vista apunta hacia el
batistato, pero como la tiranía comprende un ámbito más
amplio, El mayor General hablará de Teogonía, Gas en los
poros, La zona cero, Los mangos de Caín, La noche de los
asesinos y otras obras, van a ampliar el área de
opciones interpretativas y volverse a la larga,
implícitamente, discursos contra el castrismo. Al
implementarse a partir de las Palabras a los Intelectuales la
obligatoriedad de un discurso subordinado a la Revolución (y
por extensión, castrista) cualquier interpretación del proceso
revolucionario va a prohibirse y esto hace que sea fuera de
Cuba donde pueda escribirse un discurso crítico directo,
particularmente a partir de las represiones a Siete contra
Tebas, como si con ello se completara un espacio vacío en
el diálogo insular.
La
primera y más radical muestra pública del discurso de poder de
la Revolución se pone de manifiesto con los fusilamientos que
ocurren inmediatamente después que Castro toma el poder, pero
el planteamiento de lo que ello representa desde una óptica
que no fuera la revolucionaria no tiene lugar. El primer
cuestionamiento lo hace Leopoldo Hernández en una obra muy
corta, sombría, El infinito es negro, de 1959 pero que
no se dará a conocer hasta la fecha de su publicación en 1990,
que apenas llega al desacato cuando el protagonista, sumido en
problemas de conciencia, cuestiona su responsabilidad al tener
que firmar la sentencia de muerte de aquellos que colaboraron
con la dictadura batistiana. Salvo este caso, decididamente
moderado, no hay planteamiento radical respecto a los
fusilamientos, hasta que yo lo hago y salgo de Cuba en 1961
con La Madre y la Guillotina. Si no estoy equivocado
(y ojalá lo estuviera) la literatura dramática cubana insular
(valga la aclaración imprescindible) no se ha enfrentado
todavía, cara a cara, a tales derramamientos de sangre.
Tampoco en lo que respecta a la figura de Castro en el papel
protagónico que le corresponde por derecho propio, nuestro
Tirano Banderas, como yo voy a proyectarlo a través de
Solavaya en 1979, en Ojos para no ver, aunque no faltan
para esa época en la obra de Virgilio Piñera, que morirá ese
año, discursos de franco desacato que permanecieron subyugados
a partir de Dos viejos pánicos. En 1967, Leopoldo
Hernández nos trasladará a los paredones de fusilamiento en
las mazmorras de la Cabaña en Infierno y duda, de gran
efectividad dramática. Los hijos
de Ochún de Raúl de Cárdenas o
Diálogo entre Poeta y Máximo de Julio Matas forman
parte integral de este discurso. Valga la aclaración que en
Cuba ningún dramaturgo podría hacer nada parecido, salvo a
riesgo de ir a la cárcel. El discurso del desacato representa
una dialéctica teatral que complementa lo que en Cuba no puede
decirse.
Esta
función del discurso dramático continental es esencial el día
en el cual se lleve a efecto un análisis total de la
dramaturgia cubana de las últimas cuatro décadas del siglo XX
y lo que va del XXI. Omitirla es dejarla incompleta.
Como es natural, a este discurso pertenecen las obras de
aquellos que sufrieron persecuciones directas. Tal es el caso
de José Fernández-Travieso, que en 1969 escribe un largo
recitativo dramático, Prometeo, que se estrena en Miami
en 1976. Obra con sus limitaciones escénicas pero de gran
intensidad, es una muestra de un teatro de la crueldad que no
se gesta en ningún seminario ni bajo el impacto de Genet ni en
Teatro Estudio. El “método” internalizado surge de la cámara
negra de las cárceles cubanas y un sistema de desdoblamientos
caracterológicos que son el producto de la alineación entre
rejas.
Bajo parecidas circunstancias, Jorge Valls, que sufre prisión
en las cárceles de Boniato, escribe Los perros jíbaros.
La experiencia individual conduce a una metaforización
colectiva. No importa que la acción se desarrolle en un
espacio abierto por donde los personajes huyen, ya que
metafóricamente, en última instancia, todo es una cárcel,
encerrados los personajes (todo un pueblo) bajo la amenaza
constante de los perros jíbaros en una huida sin principio ni
fin y sin espacio. Reinaldo Arenas en Persecución,
reúne cinco piezas en un acto que mantienen su unidad por el
carácter pesadillesco que se desprende del conjunto, que
unifica en el título, y que es otra variante de la vida
cubana. Reaparecen, en esta colección, la traición y el
pelotón de fusilamiento en El traidor; la jaula como
ámbito del escritor en un paraíso sin escritura en El
paraíso; la incomunicación absurdista en Ella y yo;
la “justicia persecutoria” bajo el castrismo en El
reprimero; las relaciones entre escritura y represión en
El poeta. Guillermo Hernández, perteneciente a la
Generación del Mariel, deja una muestra realista del carácter
de los actos de repudio, que sufrió en carne propia, en El
barquito de papel, otro documento teatral de nuestro
tiempo.
Pero
el caso más significativo es el René Ariza, que en 1974, a los
treinta y tres años, es condenado a ocho años de cárcel por
escribir “cuentos, ensayos y relatos cuyo contenido y enfoque
se basan en el más amplio diversionismo ideológico y
propaganda contrarrevolucionaria escrita”, según acta que se
levanta en su contra y que llevó a que lo condenaran. Todos
sus escritos fueron confiscados, pero siguió escribiendo en
prisión, donde creó unos “minidramas” que seguirá produciendo
fuera de Cuba, a partir de 1979, cuando indultan a algunos
presos políticos, hasta la fecha de su muerte en 1994. Ariza
se convierte en un arquetipo de la represión en Cuba. Algunos
de estos “minidramas” se han publicado, pero otros permanecen
inéditos. A través de recitales de sus propios textos recrea
dramáticamente el proceso político que sufrió. Sobresale El
que faltaba, una pantomima macabra que elimina la
escritura, monólogo gestual caracterizado por su humor negro.
Tras escucharse unas órdenes de fusilamiento, se descorre el
telón y en el escenario aparece una hilera de cadáveres y un
número de cajas para enterrarlos. Pantomímicamente, el actor
cuenta las cajas y los muertos, encontrando una obvia
discrepancia entre unos y otros, hasta que finalmente, saca un
revólver, se lo pone en la sien, dispara y cae muerto,
ocupando el lugar de aquel que faltaba y haciendo un
comentario irónico sobre la existencia cubana bajo el
castrismo en el que sobran las palabras.
Finalmente, Ileana González
Monserrat es la autora de HoloCastro, obra ambiciosa y
muralista, donde entran en juego una multitud de componentes
temáticos y estructurales con lo que construye una pieza donde
la intertextualidad, el metateatro, el teatro-documento, se
entremezclan para crear un teatro total que bien merecería un
montaje monumental, comparable a otros, de mucho menos
virtudes, que se han escrito y montado en Cuba y fuera de
ella. Un sentido apocalíptico abarcador del todo cubano
caracteriza una obra que, en circunstancias más afortunadas,
ya hubiera sido llevada exitosamente a escena.
EL DISCURSO
APOCALÍPTICO
El
resultado de toda este experiencia histórica es un discurso
apocalíptico que, como en el inciso anterior, puede ser de
carácter político. En otros, puede traspasar estos límites y
mostrar una conciencia ecológico-didáctica, bien caracterizada
a través de personajes alegóricos con vivencias de carne y
hueso, como hace Maricel Mayor Marsán en El plan de las
aguas. El Aire, El Mar, La Tierra y el Sol se enfrentan en
la semi neblina del escenario, que en sí mismo representa una
cosmología del infinito, sosteniendo una batalla en un mundo a
punto de extinción por la ignorancia y la conducta suicida de
la humanidad. En otros casos, Ernesto García, uno de los
dramaturgos de más reciente promoción, crea una apocalipsis de
carácter expresionista en El celador del desierto. Su
percepción del mundo es distorsionada y alucinante, en medio
de un caos siniestro donde cinco celadores sobreviven una
hecatombe y viven una experiencia desoladora que, aunque no se
define como cubana y mantiene su universalidad, tiene a su vez
las resonancias de nuestro descalabro nacional.
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Matías Montes Huidobro
nació en Sagua la Grande, Las Villas, Cuba
(1931).
Es dramaturgo, narrador, poeta y ensayista. Ha sido
finalista de los
premios Alfaguara, Planeta, Ateneo de
Santander y Cáceres de España, así como del Premio “Jorge
Isaac” de Colombia, entre otros. Fue ganador del Premio del
Fondo de Cultura Económica de México por su novela
Desterrados al fuego en 1974 y del Premio Café Gijón de
España en 1997 por su novela Esa fuente de dolor.
Siendo muy joven, de 1959 a 1961 ejerció la crítica teatral
y el periodismo en el periódico Revolución, estando al mismo
tiempo al frente de la sección teatral en un programa
cultural semanal de la CMBF, Televisión Revolución. En el
periódico Lunes de Revolución publicó trabajos extensos
sobre teatro y un estudio suyo sobre la obra de Virgilio
Piñera salió publicado en Casa de las Américas en 1961. Es
autor de numerosas obras dramáticas, entre las que se
destacan: Las cuatro brujas (Mención Honorífica del Concurso
Prometeo/Cuba, 1950), Sobre las mismas rocas (Primer premio
del Concurso Prometeo/Cuba, 1951), Las caretas, La puerta
perdida, Sucederá mañana, El verano está cerca,
Los acosados
(estrenada en la Sala Arlequín de La Habana, representada
por toda la República de Cuba con gran éxito y
posteriormente llevada a la televisión nacional en 1960), La
botija, Las vacas (Premio “José Antonio Ramos”/La Habana,
1960) que fue estrenada en 1961 en el Palacio
de
Bellas
Artes de La Habana, El tiro por la culata (premiada en el
Festival del Teatro Obrero Campesino en 1961, llevada a
escena y televisión, así como publicada por Teatro Estudio
en ese mismo año), Gas en los poros (ha sido incluida en la
Antología de teatro cubano en un acto/Ediciones R, La
Habana, 1963, fue llevada a la escena y a la televisión, al
igual que fue publicada en Lunes de Revolución, La sal de
los muertos (incluida en la Antología del Teatro
Latinoamericano, Espelicer/España, 1971),
La madre y la guillotina, Funeral en Teruel,
La navaja de
Olofé y Exilio (representada en diversas ocasiones en los EE.UU.), entre muchas otras. Sus obras dramáticas han sido incluidas en
numerosas antologías y traducidas al inglés, al portugués y
al alemán. Sus logros han sido ampliamente reconocidos por
la crítica, que ha insistido en compararlo con Beckett,
Kafka, Camus, Sartre, Suskind, Gogol y Dostoyevski. Ha
publicado los libros: Persona, vida y máscara en el teatro
cubano, donde se analizó por primera vez, en el exilio, la
obra de Virgilio Piñera, así como la de muchos otros
importantes dramaturgos cubanos y El teatro cubano en el
vórtice del compromiso (1959-1961), Ediciones Universal
(2002). En breve saldrá su libro El teatro cubano durante
la República (1902-1958), conformando así una trilogía de
libros esenciales para el estudio del teatro cubano, tanto
dentro como fuera de Cuba. Ha publicado los libros de cuentos:
La
anunciación y otros cuentos cubanos, La vaca de los ojos
largos y Lamentación en tres estancias, entre otros. Ha
publicado en el género de novela: El muro de Dios, No tiene
nombre, Segar a los muertos, Concierto para sordos y
Parto
en el cosmos, entre muchas otras. Ha sido incluido en varias
antologías poéticas y sus poemas han sido publicados en
diversas publicaciones en Cuba, España y los Estados Unidos.
Su obra ensayística es vasta e incluye estudios
fundamentales acerca del teatro cubano y de los clásicos
españoles. También, ha colaborado en la creación de libros
de textos para la enseñanza del español en los EE.UU.,
entre los que se encuentran: Continuing Spanish y A Drillbook of Spanish Pronunciation.

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