Miami
Estados Unidos
Año XI

Nº 63/64

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

UNA SOLUCIÓN LÓGICA

por

Rosario Acosta Nieva

 

     Nunca imaginaron que ese invierno que comenzó de manera tan trágica, terminaría en el puro júbilo. La situación empezó a degradarse desde el Otoño porque en Septiembre cayó el Chahuiscle en todo el valle del San Martín. Era la primera vez que escuchaban ese nombre, y si su abuelo no les explica que se trataba una plaga que ataca a los cereales, hubieran seguido creyendo que el Chahuiscle era una especie de vampiro que aterrorizaba a la población. Si el maíz de la región se secó a causa de ese hongo rojizo que se pegó a los tallos y las hojas de las plantas, a ellas también se les marchitó la vida porque les nació un hermano.

     Era el primero y fue el único. El Profesor soñaba con un hijo desde antes de casarse, y cuando supo que era por fin padre de un varón, corrió a casa a sacar la caja de habanos que había guardado durante siete años en el fondo de su ropero, y pasó varias horas, paseándose por San Martín del Grande, regalando puros con olor a naftalina para festejar su tercera paternidad, y la única que a sus ojos contaba. Tener sólo dos hijas era bastante incómodo, pues todo macho que se respete tiene que engendrar al menos a otro ser de su mismo género para preservar su apellido.

     El Profesor consideraba que había razón para estar contento porque, según él, su suerte se había mejorado paulatinamente. Nueve meses después de su boda con Adelina, lo único que obtuvo fue una niña fea como un cercopiteco sin cola. La gente que la conoció pensaba lo mismo, pero no se lo decían para no ofenderlo. Las raras veces que se pasearon con ella por el pueblo cubrían la carriola con un trapo grueso con el pretexto de protegerla del sol. Cuando alguien insistía en ver al bebé, entendía por qué estaba rodeaba de tanto misterio. Efectivamente, la chiquilla era tan fea, que ni por piedad se podía pretender lo contrario. Una afirmación tan mentirosa hubiera sido interpretada como una burla para el Profesor. Por eso la gente empezó a calificar a Apolonia de “chistosa”, a falta de un adjetivo más adecuado.

     Les tomó cinco años reponerse del susto, y poco antes de que la primera cumpliera seis, vino al mundo Scipiona, un bebé precioso, pero, nuevamente, de sexo femenino. Se resignaron, pensando que no se podía tener todo, y que al menos en esa ocasión, la estética no les había jugado una mala broma. Tal vez por eso, sólo les llevó dos años renovar la experiencia, y la tercera fue la vencida: su hijo no sólo era, según dicen, bellísimo, sino también niño. Por fin estaba asegurada la continuidad de su estirpe.

    El resto de la familia también se vio afectado con ese nacimiento: diariamente se debatían con montañas de pañales, nadaban en litros de babas y soportaban altos decibeles de chillidos. En esas estaban, cuando los sorprendió el invierno.

     En la cuenca que comprende los pueblos de San Martín el Grande, San Martín el Chico y San Martinito, la última estación es apenas menos calurosa que las otras. Pero ese año, el clima se soliviantó y cayeron unas heladas inusuales, para las que nadie estaba preparado. Los patios y los amplios ventanales permitían que el frío se colara en las casas y se apoderara de los cuerpos de sus ocupantes que, faltos de prendas válidas, intentaban protegerse del cierzo con ralos suéteres de algodón. Nunca fueron tan evidentes los resquicios de las construcciones: las puertas que no cuadraban con los vanos, las ventanas desprovistas de hermetismo y los agujeros que ventilaban baños y cocinas fueron clausurados de rústica manera, unos con periódicos, otros con trapos viejos y algunos hasta con mastique.

     Después de su tercer parto, Adelina no se daba abasto para atender casa, marido, bebé y niñas. Las más relegadas fueron Apolonia y Scipiona porque nunca le alcanzaba el tiempo para ocuparse de ellas, y el arribo del invierno no hizo sino agravar la situación, pues se vio obligada a encerrarlas en casa para evitar que se enfermaran por el frío. Al menos era bien conciente de que su escasa energía no hubiera podido asumir el trabajo adicional que implicaba cuidar a dos agripadas que podían, encima de todo, contagiar al hijo de sus sueños. Para las niñas, el único responsable del abandono y el encierro era su hermano, al que detestaban con la naturalidad de sus pocos años.

     “Enero y Febrero, desviejadero”, decía el refrán, tan irrespetuoso como exacto: durante ese invierno se murieron varios conocidos de una cierta edad. A Don Chanito Pimentel, el dueño de los almacenes ‘La década’, lo atacó una bronquitis de la que sus 70 años no pudieron defenderlo. El primero de Enero por la mañana, los adultos disimularon los excesos de la cena de año nuevo bajo sus trajes de luto, y se apersonaron en la casona del que fuera el comerciante más próspero de la región para presentar sus condolencias a sus múltiples hijos y a sus aún más numerosos nietos.

     También falleció la antigua directora de la escuela primaria. Si Don Chanito agonizó durante cuatro días, la muerte de Giuseppa Bortolotti fue más expeditiva. El clima le ofreció la oportunidad que esperaba desde hace treinta años para reunirse con Olegario Salgado, el único hombre en su vida. Aprovechando la confusión de los preparativos para recibir a los reyes magos, la noche del cinco de enero se desvistió todita, abrió grandotas las ventanas de su cuarto, y se sentó de frente a esperar a que Olegario viniera por ella. Al día siguiente, a sus nietos se les fue la voz cuando entraron bulliciosos a su cuarto para mostrarle sus nuevos juguetes, y la encontraron encuerada y azul, sentada en una silla de madera pelada.

     Aunque de manera menos voluntaria que Giuseppa, las señoritas Mantilla también fenecieron. Dolores y Caridad eran dos beatas tan asiduas a la iglesia que hasta se parecían a las estatuas de bulto de la nave central. “Bendito el que viene en nombre del Señor” cantaban varios tonos arriba de lo que permitían sus gargantas seniles. Apolonia las apreciaba profundamente, porque sus voces de vibratos hilarantes le proporcionaban la más deliciosa de las distracciones durante las interminables misas matutinas en las que, medio dormida, tenía que escuchar al padre Higinio, perorar sobre la pureza del espíritu y la castidad del cuerpo, cuando ella no sabía lo que significaba ni lo uno, ni lo otro.

     Ateridas de frío, el siete de enero decidieron tomar medidas para dormir mejor. Acomodaron dos catres en la cocina, como pudieron, sellaron puertas y ventanas, y se dispusieron a pasar la noche allí, no sin antes prender el horno y dejarlo abierto para recalentar la pieza. Al parecer, no cerraron las hendiduras a conciencia porque un vientecillo apagó la flama. El gas invadió la cocina y sus pulmones, y cuando la sangre de las señoritas Mantilla ya no contenía ni un gramo de oxígeno, murieron. No, no fue un suicidio, dos fervientes practicantes como ellas nunca hubieran ofendido a Dios de esa manera. Por otro lado ¿para qué dormir con tubos y anchoas si no pensaban peinarse al día siguiente?

     Adelina y el Profesor se encontraron entonces llenos de compromisos: misas de cuerpo presente, velorios, entierros, rosarios y novenarios. Como no había quien cuidara a los niños durante esas ausencias, Apolonia estaba encargada de vigilar a sus hermanos con la repetida recomendación de no tocar la mollera del bebé. Esta prohibición no hizo sino atizar la curiosidad de Scipiona. Por eso, apenas los dejaron solos, se encaramó en una silla para alcanzar el borde de la cuna y antes de que su hermana comprendiera lo que estaba sucediendo, ya había hundido sus dedos sucios de caramelo en el cráneo del niño. Como el mal ya estaba hecho, Apolonia se dijo que sería estúpido no aprovechar la oportunidad para experimentar, ella también, la sensación de mullido cojín en el espacio depresible del cuero cabelludo.

     Al principio les causó risa: el chiquillo se veía bien chistoso con la punta de la testa aplastada. ¿Y cómo no iba a sumírsele el cuero, si tenía el coco como de gelatina? Se burlaron de él un buen rato, hasta que se percataron de que no retomaba su forma normal. Por unos minutos, las paralizó el susto, pero al cabo de un rato, Apolonia encontró una solución que explicó a Scipiona lo mejor que pudo.

     Se retorcía como tlaconete en sal, pero no logró zafarse de las manitas pegajosas con que Scipiona le tapaba las orejas, ni pudo escapar a la tenacidad con que Apolonia le apretaba la nariz, al mismo tiempo que soplaba entusiasta a través de su boca desdentada. Parecía lógico: puesto que lo habían desinflado, no tenían más que reinflarlo, impidiendo que el aire se le escapara por los pérfidos orificios de la cabeza, para que la fontanela recobrara su aspecto liso.

     Por más que negaron haber molestado a su hermano, nadie les creyó. Cuando constataron que el chiquillo seguía deforme a pesar de todo el aire que le hicieron tragar, corrieron a esconderse. En su apuración, olvidaron borrar las evidencias de su atropello y cuando Adelina y el Profesor regresaron, encontraron al bebé tranquilamente dormido en la cuna con la cabeza y la cara embarradas de caramelo rojo.

     Después de buscarlas por toda la casa, dieron por fin con Apolonia, escondida bajo la cama, y con Scipiona, hecha cuatro dobleces en el cesto de la ropa sucia. Estaban tan asustadas que no tuvieron que cocinarlas demasiado para que confesaran la verdad. Como castigo, las mandaron a San Martinito donde vivieron dos meses comiendo las frutas en dulce que preparaba la abuela, ayudando a los tíos a ordeñar las vacas, fabricando queso con el abuelo, y jugando al aire libre, que, aunque igual de frío que el de San Martín el Grande, les parecía más agradable.

     Así fue como el invierno de 1949 pasó a formar parte de sus mejores recuerdos. Aún ahora que somos viejos y que casi alcanzamos la edad de los que murieron en esa aciaga estación, mis hermanas siguen evocando con nostalgia esa temporada.

  

Rosario acosta Nieva nació en Córdoba, Veracruz, México (1964). Escritora. Graduada de Arqueología. Al finalizar su licenciatura, trabajó varios años como investigadora en la Universidad de Guadalajara en México, institución que le otorgó una beca para continuar su formación académica en Francia. Obtuvo un doctorado (tesis publicada por British Archaeological Reports) en Arqueología en la Sorbona en París, donde radica actualmente. Además de seguir su trabajo de investigadora, ha publicado numerosos artículos en revistas francesas, científicas y de divulgación, como Ulysse, L’archéologue, La Science au présent y Universalia de l’Encyclopaedia  Universalis. Colabora regularmente con el Bulletin Critique du Livre en Français, en el que se ocupa principalmente de la recensión de las obras españolas y latinoamericanas traducidas al francés y publicadas en Francia y Bélgica.  Ganó el primer premio en los concursos Filando Cuentos de Mujer 2005 (Langreo, Asturias) con su relato "Chepina" y Contam Dona 2008 (Catarroja, Valencia) con "Una solución lógica". Es también autora de dos novelas inéditas "En otras latitudes", dirigida principalmente al público infantil, y "Taco de camembert", en francés, sobre la experiencia de la inmigración en Francia. Actualmente combina su trabajo de traductora con la preparación de la novela "Triste mi calavera".