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Nunca imaginaron que ese invierno que comenzó
de manera tan trágica, terminaría en el puro júbilo. La situación
empezó a degradarse desde el Otoño porque en Septiembre cayó el
Chahuiscle en todo el valle del San Martín. Era la primera vez que
escuchaban ese nombre, y si su abuelo no les explica que se trataba
una plaga que ataca a los cereales, hubieran seguido creyendo que el
Chahuiscle era una especie de vampiro que aterrorizaba a la
población. Si el maíz de la región se secó a causa de ese hongo
rojizo que se pegó a los tallos y las hojas de las plantas, a ellas
también se les marchitó la vida porque les nació un hermano.
Era el primero y fue el único. El Profesor
soñaba con un hijo desde antes de casarse, y cuando supo que era por
fin padre de un varón, corrió a casa a sacar la caja de habanos que
había guardado durante siete años en el fondo de su ropero, y pasó
varias horas, paseándose por San Martín del Grande, regalando puros
con olor a naftalina para festejar su tercera paternidad, y la única
que a sus ojos contaba. Tener sólo dos hijas era bastante incómodo,
pues todo macho que se respete tiene que engendrar al menos a otro
ser de su mismo género para preservar su apellido.
El Profesor consideraba que había razón para
estar contento porque, según él, su suerte se había mejorado
paulatinamente. Nueve meses después de su boda con Adelina, lo único
que obtuvo fue una niña fea como un cercopiteco sin cola. La gente
que la conoció pensaba lo mismo, pero no se lo decían para no
ofenderlo. Las raras veces que se pasearon con ella por el pueblo
cubrían la carriola con un trapo grueso con el pretexto de
protegerla del sol. Cuando alguien insistía en ver al bebé, entendía
por qué estaba rodeaba de tanto misterio. Efectivamente, la
chiquilla era tan fea, que ni por piedad se podía pretender lo
contrario. Una afirmación tan mentirosa hubiera sido interpretada
como una burla para el Profesor. Por eso la gente empezó a calificar
a Apolonia de “chistosa”, a falta de un adjetivo más adecuado.
Les tomó cinco años reponerse del susto, y poco
antes de que la primera cumpliera seis, vino al mundo Scipiona, un
bebé precioso, pero, nuevamente, de sexo femenino. Se resignaron,
pensando que no se podía tener todo, y que al menos en esa ocasión,
la estética no les había jugado una mala broma. Tal vez por eso,
sólo les llevó dos años renovar la experiencia, y la tercera fue la
vencida: su hijo no sólo era, según dicen, bellísimo, sino también
niño. Por fin estaba asegurada la continuidad de su estirpe.
El resto de la familia también se vio afectado
con ese nacimiento: diariamente se debatían con montañas de pañales,
nadaban en litros de babas y soportaban altos decibeles de chillidos.
En esas estaban, cuando los sorprendió el invierno.
En la cuenca que comprende los pueblos de San
Martín el Grande, San Martín el Chico y San Martinito, la última
estación es apenas menos calurosa que las otras. Pero ese año, el
clima se soliviantó y cayeron unas heladas inusuales, para las que
nadie estaba preparado. Los patios y los amplios ventanales
permitían que el frío se colara en las casas y se apoderara de los
cuerpos de sus ocupantes que, faltos de prendas válidas, intentaban
protegerse del cierzo con ralos suéteres de algodón. Nunca fueron
tan evidentes los resquicios de las construcciones: las puertas que
no cuadraban con los vanos, las ventanas desprovistas de hermetismo
y los agujeros que ventilaban baños y cocinas fueron clausurados de
rústica manera, unos con periódicos, otros con trapos viejos y
algunos hasta con mastique.
Después de su tercer parto, Adelina no se daba
abasto para atender casa, marido, bebé y niñas. Las más relegadas
fueron Apolonia y Scipiona porque nunca le alcanzaba el tiempo para
ocuparse de ellas, y el arribo del invierno no hizo sino agravar la
situación, pues se vio obligada a encerrarlas en casa para evitar
que se enfermaran por el frío. Al menos era bien conciente de que su
escasa energía no hubiera podido asumir el trabajo adicional que
implicaba cuidar a dos agripadas que podían, encima de todo,
contagiar al hijo de sus sueños. Para las niñas, el único
responsable del abandono y el encierro era su hermano, al que
detestaban con la naturalidad de sus pocos años.
“Enero y Febrero, desviejadero”, decía el
refrán, tan irrespetuoso como exacto: durante ese invierno se
murieron varios conocidos de una cierta edad. A Don Chanito
Pimentel, el dueño de los almacenes ‘La década’, lo atacó una
bronquitis de la que sus 70 años no pudieron defenderlo. El primero
de Enero por la mañana, los adultos disimularon los excesos de la
cena de año nuevo bajo sus trajes de luto, y se apersonaron en la
casona del que fuera el comerciante más próspero de la región para
presentar sus condolencias a sus múltiples hijos y a sus aún más
numerosos nietos.
También falleció la antigua directora de la
escuela primaria. Si Don Chanito agonizó durante cuatro días, la
muerte de Giuseppa Bortolotti fue más expeditiva. El clima le
ofreció la oportunidad que esperaba desde hace treinta años para
reunirse con Olegario Salgado, el único hombre en su vida.
Aprovechando la confusión de los preparativos para recibir a los
reyes magos, la noche del cinco de enero se desvistió todita, abrió
grandotas las ventanas de su cuarto, y se sentó de frente a esperar
a que Olegario viniera por ella. Al día siguiente, a sus nietos se
les fue la voz cuando entraron bulliciosos a su cuarto para
mostrarle sus nuevos juguetes, y la encontraron encuerada y azul,
sentada en una silla de madera pelada.
Aunque de manera menos voluntaria que Giuseppa,
las señoritas Mantilla también fenecieron. Dolores y Caridad eran
dos beatas tan asiduas a la iglesia que hasta se parecían a las
estatuas de bulto de la nave central. “Bendito el que viene en
nombre del Señor” cantaban varios tonos arriba de lo que permitían
sus gargantas seniles. Apolonia las apreciaba profundamente, porque
sus voces de vibratos hilarantes le proporcionaban la más deliciosa
de las distracciones durante las interminables misas matutinas en
las que, medio dormida, tenía que escuchar al padre Higinio, perorar
sobre la pureza del espíritu y la castidad del cuerpo, cuando ella
no sabía lo que significaba ni lo uno, ni lo otro.
Ateridas de frío, el siete de enero decidieron
tomar medidas para dormir mejor. Acomodaron dos catres en la cocina,
como pudieron, sellaron puertas y ventanas, y se dispusieron a pasar
la noche allí, no sin antes prender el horno y dejarlo abierto para
recalentar la pieza. Al parecer, no cerraron las hendiduras a
conciencia porque un vientecillo apagó la flama. El gas invadió la
cocina y sus pulmones, y cuando la sangre de las señoritas Mantilla
ya no contenía ni un gramo de oxígeno, murieron. No, no fue un
suicidio, dos fervientes practicantes como ellas nunca hubieran
ofendido a Dios de esa manera. Por otro lado ¿para qué dormir con
tubos y anchoas si no pensaban peinarse al día siguiente?
Adelina y el Profesor se encontraron entonces
llenos de compromisos: misas de cuerpo presente, velorios, entierros,
rosarios y novenarios. Como no había quien cuidara a los niños
durante esas ausencias, Apolonia estaba encargada de vigilar a sus
hermanos con la repetida recomendación de no tocar la mollera del
bebé. Esta prohibición no hizo sino atizar la curiosidad de Scipiona.
Por eso, apenas los dejaron solos, se encaramó en una silla para
alcanzar el borde de la cuna y antes de que su hermana comprendiera
lo que estaba sucediendo, ya había hundido sus dedos sucios de
caramelo en el cráneo del niño. Como el mal ya estaba hecho,
Apolonia se dijo que sería estúpido no aprovechar la oportunidad
para experimentar, ella también, la sensación de mullido cojín en el
espacio depresible del cuero cabelludo.
Al principio les causó risa: el chiquillo se
veía bien chistoso con la punta de la testa aplastada. ¿Y cómo no
iba a sumírsele el cuero, si tenía el coco como de gelatina? Se
burlaron de él un buen rato, hasta que se percataron de que no
retomaba su forma normal. Por unos minutos, las paralizó el susto,
pero al cabo de un rato, Apolonia encontró una solución que explicó
a Scipiona lo mejor que pudo.
Se retorcía como tlaconete en sal, pero no
logró zafarse de las manitas pegajosas con que Scipiona le tapaba
las orejas, ni pudo escapar a la tenacidad con que Apolonia le
apretaba la nariz, al mismo tiempo que soplaba entusiasta a través
de su boca desdentada. Parecía lógico: puesto que lo habían
desinflado, no tenían más que reinflarlo, impidiendo que el aire se
le escapara por los pérfidos orificios de la cabeza, para que la
fontanela recobrara su aspecto liso.
Por más que negaron haber molestado a su
hermano, nadie les creyó. Cuando constataron que el chiquillo seguía
deforme a pesar de todo el aire que le hicieron tragar, corrieron a
esconderse. En su apuración, olvidaron borrar las evidencias de su
atropello y cuando Adelina y el Profesor regresaron, encontraron al
bebé tranquilamente dormido en la cuna con la cabeza y la cara
embarradas de caramelo rojo.
Después de buscarlas por toda la casa, dieron
por fin con Apolonia, escondida bajo la cama, y con Scipiona, hecha
cuatro dobleces en el cesto de la ropa sucia. Estaban tan asustadas
que no tuvieron que cocinarlas demasiado para que confesaran la
verdad. Como castigo, las mandaron a San Martinito donde vivieron
dos meses comiendo las frutas en dulce que preparaba la abuela,
ayudando a los tíos a ordeñar las vacas, fabricando queso con el
abuelo, y jugando al aire libre, que, aunque igual de frío que el de
San Martín el Grande, les parecía más agradable.
Así fue como el invierno de 1949 pasó a formar
parte de sus mejores recuerdos. Aún ahora que somos viejos y que
casi alcanzamos la edad de los que murieron en esa aciaga estación,
mis hermanas siguen evocando con nostalgia esa temporada.
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Rosario acosta Nieva
nació en Córdoba, Veracruz,
México (1964).
Escritora. Graduada de
Arqueología.
Al finalizar su licenciatura, trabajó varios años como investigadora
en la Universidad de Guadalajara en México, institución que le
otorgó una beca para continuar su formación académica en Francia.
Obtuvo un doctorado (tesis publicada por British Archaeological
Reports) en Arqueología en la Sorbona en París, donde radica
actualmente. Además de seguir su trabajo de investigadora, ha
publicado numerosos artículos en revistas francesas, científicas y
de divulgación, como
Ulysse, L’archéologue, La
Science au présent
y
Universalia de l’Encyclopaedia Universalis. Colabora
regularmente con el Bulletin Critique du Livre en Français,
en el que se ocupa principalmente de la recensión de las obras
españolas y latinoamericanas traducidas al francés y publicadas en
Francia y Bélgica.
Ganó
el primer premio en los concursos Filando Cuentos de Mujer 2005 (Langreo,
Asturias) con su relato "Chepina" y Contam Dona 2008 (Catarroja,
Valencia) con "Una solución lógica". Es también autora de dos
novelas inéditas "En otras latitudes", dirigida principalmente al
público infantil, y "Taco de camembert", en francés, sobre la
experiencia de la inmigración en Francia. Actualmente
combina su trabajo de traductora con la preparación de la novela "Triste
mi calavera".

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