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─¿Qué
vamos a hacer después? ─preguntó
Claudia.
─¿Después
de qué?
─Después
del partido, Fran. Para festejar. ¿Arreglaste algo?
─No,
no arreglé nada. Además, ni ahí vamos a ganar. ¿Qué querés salir a
festejar?
─Pero
no seas así bebé, tan mala onda...
─Claudia
se acercó a su novio y le pasó una mano por el hombro. Él, sentado
en su escritorio abriendo correspondencia, ignoró el gesto. Al notar
su indiferencia, y sin decir nada, ella lo soltó y se alejó unos
pasos. Para disimular, encendió la tele y se echó en el sillón
anaranjado del living, ubicado a unos metros de donde estaba él.
A
través del ventanal que daba a un balconcito gris y enrejado con un
ficus en una punta, podían contemplarse las paredes hollinadas y
ventanas brumosas que confluían en aquel corazón de manzana. La
sombra de la tarde caía despareja a lo largo y ancho de los
edificios, como si alguien estuviera deslizando trabajosamente una
cortina oscura y translúcida desde uno de los techos. La luz se
replegaba rápidamente hacia el oeste, abandonando esta fosa
cuadrada, monótona y elevada a favor de otras, tal vez igual de
sucias y sobrias, o tal vez no. Cansado y destemplado de tanto estar
quieto y expuesto, el sol necesitaba abandonar su rutina estricta
para regresar al día siguiente renovado y vigoroso. Así daba fin a
una jornada luminosa y de poco viento, aunque helado. De a poco
incrementaban los ecos de cacerolas golpeando hornallas, y de niños
aburridos e impacientes que buscaban algo que hacer o un poco de
atención. Algunas señoras osadas envueltas en chales y chalecos
apolillados se asomaban de vez en cuando para colgar ropa húmeda en
los hilos improvisados. Apenas se molestaban en acomodar las
prendas: preferían planchar antes que exponerse de más a la
intemperie.
─¿Víste
qué bueno?
─preguntó
Claudia algunos minutos más tarde, volviéndose hacia Francisco con
sonrisa de ‘aquí no ha pasado nada.’ --Van a dar un especial de Dalí
mañana a la una...alucinante, no me lo pienso perder...
─Mañana
a la una tenemos lo de Gustavo. Además, ese canal es una
porquería...─
respondió Francisco, sin siquiera darle la cara.
─¿Por
qué decís eso?--increpó ella, con expresión turbada y cejijunta,
dirigiéndose a una nuca desflecada y ondulada castaño claro. A
Francisco lo volvía loco que el pelo le llegara a los hombros.
Amenazaba con cortárselo cada dos por tres, pero Claudia insistía en
que no lo hiciera: a ella le encantaba largo y desprolijo. Él a
veces cedía, pero sólo por un tiempo.
─Si
sabés que yo lo veo siempre...
─Porque
es así. Los programas son chatos, superficiales. No te dejan nada.
Se quieren hacer los entendidos y les sale para el orto.
─¿Cómo
sabés? Si nunca lo ves...
─Malsanamente
Claudia aguardaba una de las contestaciones que más detestaba de su
novio: que se lo había dicho la madre o una de las hermanas.
─¿Cómo
que no lo veo? ¿Qué te creés que hago de noche mientras vos torrás
como una reina?
Claudia empezó a decir algo pero él la interrumpió. Quería
preguntarle por qué entonces, si era tan malo, seleccionaba ese
canal entre los más de cien que tenía para elegir.
─Es
más, ver ese tipo de programas me ayuda a dormirme —agregó él,
─aunque
a veces ni eso funciona, lo que significa que mi insomnio es grave─.
Habiendo ya ordenado, clasificado y colocado las cuentas impagas,
Francisco se había dispuesto a arreglar las carpetas apiladas en el
escritorio y a juntar lapiceras desparramadas.
Todo
con tal de no mirarme, pensó Claudia irritada. Optó por no
contestarle. Prefirió dejar la cancha libre y dedicarse a hacer
zapping. No quería admitirlo, pero ahora le avergonzaba un poco
mirar ese canal.
Francisco, entretanto, abollaba hojas de papel y los arrojaba con
ímpetu al tacho de basura. A algunos de ellos los despedazaba antes
de tirarlos. Claudia oía el chasquido crujiente de impresos
quebrándose, alternando con el de biromes golpeando los costados de
una lata cilíndrica que alguna vez había contenido trescientos
mililitros de cerveza alemana y ahora hacía de portalápices. Miró de
reojo a su novio: advirtió la bronca y la coloración fornida de su
rostro, pero no dijo nada. Hacía tres años que conocía y aceptaba el
férreo temperamento de su pareja. Más bien, desde que se habían
mudado juntos hacía dos años, porque durante el primer año de
noviazgo lo había ocultado bastante bien. El tema es que ahora no
quería admitir, ni siquiera a ella misma, que el trato que le
dedicaba su adorado Fran había empeorado notablemente durante los
últimos meses; sobre todo desde que lo habían despedido de la CEPI -
la institución de estudios sociales donde ejercía como investigador
- un mes y medio atrás. No ayudó tampoco que le cancelaran el
doctorado por falta de fondos. De un día para otro se había quedado
en la calle. Desde entonces no hacía más que desesperarse buscando
trabajo. Y en realidad no le quedaba otra. ¿Qué podía hacer el
pobre: limarse las uñas o irse de picnic a la Costanera cuando su
conciencia le dictaba que buscara algo, cualquier cosa, aún sabiendo
que no había nada en ningún lado? Es por eso, según ella, que
acomodaba y reacomodaba constantemente sus papeles: tenía que
sentirse útil de alguna forma. Suerte que tenía el departamento,
regalo de sus padres cuando se vino de Rosario a Buenos Aires para
comenzar el doctorado. Y suerte que la tenía a ella para compartir
los demás gastos, sino ahora estaría durmiendo en la calle, o
recogiendo restos de la basura. No era una persona muy amiga del
ahorro.
No
obstante, tenía sus destellos de buen humor. En esos ratos Claudia
olvidaba los insultos y las críticas, y respondía a sus besos y a
sus ruegos como si fueran los de un niño enfermo al que había que
atender y consentir en todo. Por otra parte, admiraba la garra,
conciencia social y sed de conocimiento de su compañero. Le
fascinaba que tuviera una opinión para todo, y que ésta fuera
siempre distinta al de la mayoría.
Claudia sentía que Francisco la completaba, que la volvía mas
fuerte, más inteligente, más abierta y menos prejuiciosa frente a
otros pensamientos y puntos de vista. Justamente por faltarle eso
antes le había cortado a Marcelo. Marcelo y ella tenían demasiado en
común y eso, para Claudia, impidió que crecieran como pareja: los
dos estudiaban Letras en la UBA (ahí se conocieron); los dos soñaban
con ser escritores; los dos amaban a Borges y a Cortázar casi más
que a su propia madre; los dos razonaban con el corazón y pensaban
con la sangre. Y así terminaron. Odiándose. Celando y envidiando con
furor los logros del otro. Compitiendo como dos caballos de carrera
encabritados.
Luego
sobrevinieron cinco meses hasta conocer a Fran, con quien de entrada
no tuvo de qué preocuparse: desde que cruzaron la primera palabra en
el casamiento de Samantha - una amiga que trabajaba con ella en el
restaurante, prima lejana de él - supo que eran el agua y el aceite.
Claudia estaba convencida de que era precisamente eso lo que
necesitaba para ser feliz con alguien. Después de todo, sus padres
habían sido opuestos en todo – desde religión hasta política, desde
gustos musicales hasta carreras profesionales – y sin embargo se
habían amado como nadie, hasta el último día, hasta el día del
accidente...
Para
Francisco la literatura – así como el arte en general – eran una
pérdida de tiempo. ¿Qué agregan a la sociedad? solía preguntar a
quien quisiera oírlo. Consideraba que la única manera de aportar
algo desde la ficción era si el relato daba cuenta de la situación
social. Es por eso que leía únicamente artículos y libros de
sociología (sobre todo aquellos relacionados con el doctorado, el
doctorado que había tenido que dejar).
Claudia se alegraba de que tuvieran intereses y perspectivas tan
diferentes de la vida. Él era un estudioso de la realidad, ella una
ardiente adepta a la irrealidad y al mundo oculto de los sueños; él
era un fervoroso y proclamado izquierdista, ella una apasionada
amante de la vida individual, en cualquiera de sus formas; él era
judío tornado ateo, ella católica practicante; él tenía mamá y
hermanas, ella era huérfana de padre y madre desde los dieciséis
años, y no tenía hermanos; él detestaba el tumulto histérico de la
ciudad, y añoraba constantemente la soledad y la paz del campo, ella
moría por paredes garabateadas de cemento y calles roídas de
asfalto; él era de Independiente, ella de Racing; él era noctámbulo
y sufría de insomnio, ella amaba madrugar y acostarse temprano; a él
le repugnaba el chocolate y la Coca-cola, ella comía de todo; él era
castaño y robusto, ella morocha y espigada.
Podrían seguir enumerándose diferencias, pero mejor regresar al
ambiente que la pareja compartía en Barrio Norte porque parece ser
que al fin Francisco se decidió a interrumpir el silencio de los
últimos minutos.
─Me
parece que deberíamos ir yendo.
Claudia se apartó de la pantalla de televisión; había quedado
hipnotizada en ella, olvidándose de lo que ocurría en el resto del
mundo, o si no en el mundo al menos sí en su país y en el
departamento de su novio en Córdoba y Agüero.
─¿Ya?
¡Pero si falta más de una hora!
─Sí,
pero acordáte que va a haber mucho tráfico.
─Pero
si vamos acá nomás...
─Hacé
como quieras, pero yo no quiero llegar tarde.
Claudia decidió hacerle caso, como siempre, con tal de no tener que
bancarle la cara larga el resto de la noche.
─Me
pongo la remera de la selección y voy—respondió con desgano.
Si
Francisco notó el tono austero en la voz de su novia, no le prestó
la menor atención. --Te espero abajo.
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Llegaron media hora antes de lo previsto. Los dueños de casa aún no
se habían bañado ni habían acomodado las sillas frente al televisor.
Claudia miró a su novio con cara de “¡Víste!”al quedar solos en el
living, cada uno con un vaso del tinto que habían traído en la mano.
Él no pareció darse por aludido. Sus amigos, Dolores y Jorge, se
habían ido a arreglar. De vez en cuando se oían los quejidos de una
beba – Valentina – en el cuarto contiguo.
Dolores iba y venía. Cruzaba el living vestida a medias y se metía
corriendo en el cuarto de enfrente para socorrer a la recién nacida.
Luego regresaba, gritaba “¡Disculpen!” al pasar y volvía a
encerrarse en su dormitorio que quedaba del otro lado. En el ínterin
se hizo de noche. Claudia se tuvo que parar para encender una luz.
Sentía vergüenza de estar ahí, entrometiéndose en la intimidad de
otra pareja; estaba segura de que Francisco debía sentir algo
parecido, aunque jamás lo admitiría.
Los
ojos de Claudia permanecieron fijos e indiferentes frente a las
imágenes sin sentido que atravesaban el aparato cuadrado ubicado
delante suyo hasta que reaparecieron los dueños de casa, esta vez sí
para sentarse junto a ellos, perfumados y emperifollados en
camisetas y gorros de la celeste y blanca. Se sentaron en el sofá
principal que daba de frente a la pantalla. Claudia y Francisco lo
habían dejado libre, en compensación por su desfachatez anterior. El
hecho de que la pareja no insistiese en que sus invitados se
sentaran allí indicó a Claudia que no estaban muy felices con la
aparición imprevista de la pareja.
Casi
no se habló. Los cuatro pretendían estar sumamente concentrados en
la repetición de goles y jugadas anteriores de las selecciones de
Argentina y Suecia, próximos rivales en el mundial de fútbol
Corea-Japón 2002.
─La
verdad es que son buenos los suecos, che...
─comentó
Francisco, tratando de reparar de alguna forma el daño que había
generado. Se le notaba el tono conciliador en su voz áspera y
saturada.
Claudia encendió un cigarrillo. Francisco odiaba que fumara, pero
esta vez tenía crédito. Antes de exhalar la primer pitada se aseguró
de que la puerta del cuarto de la beba estuviese cerrada. --Nosotros
somos mejores--dijo ella, tras bañar a su entorno de humo.
─No
te creas. Esos tipos nos van a descoser
─advirtió
su novio.
─Quién
sabe--replicó ella, balanceando los tacos afilados de sus zapatos en
el piso alfombrado como un mástil de velero se menea con la
corriente del agua. Le entretenía eso de ir y venir con sus pies en
el aire. Le divertía ver descender el vértice del zapato hasta estar
a orillas del piso para luego elevarse como un avión que desafía al
suelo firme. Sus empeines zapateaban como si jugaran con los pedales
de una máquina de coser o los de un auto. El ruido seco y cortante
de sus ligamentos era lo único que se oía en la sala, además del
murmullo eterno y monocorde del televisor.
─Ese
humo jode para ver la pantalla─,
declaró Francisco mientras frotaba con agresión sus ojos llorosos
con ambas manos.
─¿Podrías
ir a fumar a otro lado, plis?─
Trataba de conservar su trato cordial y amable, pero era obvio que
le era difícil.
Mientras Claudia decidía cómo responder al pedido de Francisco, oyó
voces, dos puertas metálicas que se abrían y cerraban y luego un
discreto golpecito en la puerta blanca de entrada. Dolores se
incorporó para responder al llamado, pero para entonces Claudia ya
estaba casi en la puerta.
Eran
Elena y Solano.
─¡Faltan
sólo quince minutos!
─gritó
Elena al lanzarse sobre Claudia con efusión.
─¡Me
muero! Ya no sé qué uña morderme...
Al
igual que Dolores, Elena había sido compañera de Claudia en el
colegio. Ninguna de las dos aprobaba a Francisco. Decían que era
medio raro y que la maltrataba. Se habían hartado de sugerirle que
cortara, pero demás está decir que sus ruegos no habían sido
escuchados. Sí les había gustado en su momento Marcelo. Ella, en
cambio, no quería ver a Marcelo ni en figuritas. Pero sus amigas
seguían queriendo que se arreglaran.
─Sí,
yo también
─respondió
Claudia, tratando de parecer alegre.
─Quiero
que empiece ya.
─Dejá
que se prolongue la esperanza un rato más--, oyó que proclamaba la
voz de Francisco desde su silla.
¿Por
qué tiene que estar en todo, desparramando su mala onda como un
ventilador?, pensó Claudia con disgusto.
Diez
minutos más tarde habían logrado escurrirse quién sabe cómo cinco
parejas en el apretado living de Jorge y Dolores. A esta altura
Francisco ya no podía quejarse del cigarrillo; todos, salvo él,
fumaban. En un momento abrieron un poco el ventanal, pero tuvieron
que cerrarlo al poco tiempo porque entraba un chiflete demasiado
frío para el termostato de las mujeres presentes. Durante los
agonizantes cinco minutos que siguieron, los tortuosos cinco minutos
previos al comienzo del partido, pudo verse a Solano apoyar de tanto
en tanto su colilla en el cenicero para juntar sus manos y rezar en
silencio, a Elena agarrarse de la alfombra color lavanda y a Dolores
abrazarse fuertemente de sus rodillas. Francisco, entretanto,
devoraba los maníes y papas fritas que habían colocado en la mesa
ratona los dueños de casa.
Claudia sonreía con ansiedad. Quería que el partido empezara de una
buena vez. Disfrutaba estar rodeada de gente querida. Faltaban sólo
sus padres, pero bueno, sus padres faltaban desde hacía rato. Un
Mundial no los iba a traer de vuelta. Sentía miedo de lo que pasaría
en las calles de Buenos Aires si Argentina perdía el partido y
quedaba descalificado del Mundial. Francisco se lo había advertido
claramente: va a haber quilombo. Trató de no pensar en ello y de
concentrarse en la hora y media que tenía por delante, en los amigos
a su lado, en Fran; no mejor en Fran no.
Sin
quererlo, sus pupilas color laurel se voltearon a mirarlo.
Percibieron una expresión compungida, turbulenta, irritada. Vieron
que no hablaba ni se comunicaba con nadie: fijaba su vista en la
pantalla, como si estuviese solo. De vez en cuando llevaba una copa
de vino a los labios, para luego regresarla a su lugar de apoyo al
costado de la silla. Su rostro no parecía disfrutar del aroma
maderoso de la uva fermentada. Podía ser agua estancada y a él
probablemente le hubiera dado lo mismo.
Sintió pena por aquella mirada distante y petrificada, cuyo único
brillo se lo debía a la rabia, al rencor y a la bronca. Se preguntó
para qué querría Francisco someterse a ver el partido si estaba
seguro de que la Argentina perdería. Y para el caso para qué vivir,
¿no?, si igual todos vamos a morir en algún momento. Para eso mejor
morir como sus viejos, cuando todavía eran relativamente jóvenes y
aún no habían tenido tiempo de darse cuenta de las fallas sin
arreglo del mundo. Qué actitud cobarde, se dijo ella. Se detuvo:
¿Habrá pensado alguna vez su novio en quitarse la vida? Le hubiese
gustado conocer la respuesta de su propia boca, pero sabía que
Francisco jamás le respondería semejante duda. Rara vez aceptaba
hablar de sus penas y anhelos personales. De lo que sufrió a raíz de
la muerte del abuelo Claudia se había enterado de casualidad, por un
comentario de la madre. Jamás por un comentario suyo. Por un
instante tuvo ganas de recostársele al lado y reconfortarlo: decirle
que estaba todo bien, que el mundo no era tan terrible como él lo
imaginaba, que las cosas no tenían por que salir mal todo el tiempo.
Pero sabía que si lo hacía tenía una alta probabilidad de ser
rechazada. Su vida tampoco había sido una vida de ensueño, y sin
embargo, no le tenía tanto odio y temor a la vida. ¿Por qué será que
algunos reaccionan de ésta manera a sus sufrimientos? ¿Qué misterio,
no? Eso de que dos personas tan cercanas vean la vida tan
fundamentalmente distinta. ¿Qué lo lleva a uno a pensar y sentir de
determinada manera? Los padres de Francisco no eran tan pesimistas
como él; al contrario, eran unos divinos. ¿Habrá algún tío, algún
abuelo a quien haya heredado? ¿O fue la carrera que eligió? Quien
sabe. Pobre Fran, si seguís así te vas a quedar solo, y ahí sí vas a
tener motivo para sufrir. Es difícil quererte cuando te la pasás
quejándote y llevándole la contra a todo el mundo. Y a la vez sos
re-buen tipo. Te importan los pobres y los alienados como nadie que
conozco, y por eso te admiro tanto. Pero con tu propia gente, la que
realmente te quiere, ¡sos un desastre! ¿Quién te entiende Francisco
Meller? Al decirse esto esbozó una mueca de ternura, no pudo
evitarlo.
─Más
vale que consiga trabajo rápido... —murmuró en voz alta, pero nadie
la oyó, al menos eso le pareció.
Volvió su mirada a la pantalla, ahora cubierta casi enteramente por
un verde rapado y simétrico cercado y dividido cada tanto por
gruesas líneas blancas. Parecía un juego de mesa sobredimensionado.
Y al fin ingresaron a la cancha: jugadores petisos, pelilargos y
oscuros enfilando nerviosos hacia el centro luciendo orgullosos una
remera celeste y blanca, apilándose a un costado como muñecos de
torta mientras agitaban sus piernas como bailarinas de salón y
escupían como llamas salteñas. Enseguida se acercaron los contrarios
y las cámaras de televisión se voltearon a filmarlos: un grupo de
rubiones afeitados, altos y soberbios que gozaban del amarillo y
azul rabioso de su camiseta.
Sonó
el silbato. El partido entre Argentina y Suecia había comenzado.
Francisco observaba la pantalla queda como fanático, como si su vida
dependiera del resultado de ese partido. Claudia sonrió: quizá
después de todo, en algún rincón oculto y rezagado del alma de su
novio, se conservara aún intacto un retazo de ilusión.
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Mariana Dietl
nació en Argentina. Narradora. Su primera colección de relatos,
recibió el tercer premio en el concurso Chicano/Latino de la
Universidad de Irvine en California (2004). Varios de sus cuentos
individuales han sido finalistas y recibieron menciones en diversos
concursos, dentro y fuera de los Estados Unidos. Sus relatos pueden
encontrarse en las siguientes revistas literarias: hotmetalpress.net,
Literary Chaos, Tertulia, Luces & Sombras,
The Externalist, The
Litchfield Review, Tonopah Preview y en Palabra. Su primera novela,
Confined, resultó ganadora del concurso de novela de The
Litchfield Review.
Con regularidad ofrece lecturas públicas de su obra en ferias del libro
y en galerías de arte de Los Ángeles. Actualmente se encuentra
trabajando en su segunda colección de relatos, titulado Era.
Reside desde el año 2000 en la ciudad de Los Ángeles, California,
EE.UU.

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