Miami
Estados Unidos
Año XI

Nº 63/64

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL SUFRIMIENTO NACIONAL

por

Mariana Dietl

 

     ¿Qué vamos a hacer después?preguntó Claudia.

   

     ¿Después de qué?

 

     Después del partido, Fran. Para festejar. ¿Arreglaste algo?

 

     No, no arreglé nada. Además, ni ahí vamos a ganar. ¿Qué querés salir a festejar?

 

     Pero no seas así bebé, tan mala onda...Claudia se acercó a su novio y le pasó una mano por el hombro. Él, sentado en su escritorio abriendo correspondencia, ignoró el gesto. Al notar su indiferencia, y sin decir nada, ella lo soltó y se alejó unos pasos. Para disimular, encendió la tele y se echó en el sillón anaranjado del living, ubicado a unos metros de donde estaba él.

 

     A través del ventanal que daba a un balconcito gris y enrejado con un ficus en una punta, podían contemplarse las paredes hollinadas y ventanas brumosas que confluían en aquel corazón de manzana. La sombra de la tarde caía despareja a lo largo y ancho de los edificios, como si alguien estuviera deslizando trabajosamente una cortina oscura y translúcida desde uno de los techos. La luz se replegaba rápidamente hacia el oeste, abandonando esta fosa cuadrada, monótona y elevada a favor de otras, tal vez igual de sucias y sobrias, o tal vez no. Cansado y destemplado de tanto estar quieto y expuesto, el sol necesitaba abandonar su rutina estricta para regresar al día siguiente renovado y vigoroso. Así daba fin a una jornada luminosa y de poco viento, aunque helado. De a poco incrementaban los ecos de cacerolas golpeando hornallas, y de niños aburridos e impacientes que buscaban algo que hacer o un poco de atención. Algunas señoras osadas envueltas en chales y chalecos apolillados se asomaban de vez en cuando para colgar ropa húmeda en los hilos improvisados. Apenas se molestaban en acomodar las prendas: preferían planchar antes que exponerse de más a la intemperie.

 

     ¿Víste qué bueno?preguntó Claudia algunos minutos más tarde, volviéndose hacia Francisco con sonrisa de ‘aquí no ha pasado nada.’ --Van a dar un especial de Dalí mañana a la una...alucinante, no me lo pienso perder...

 

     Mañana a la una tenemos lo de Gustavo. Además, ese canal es una porquería... respondió Francisco, sin siquiera darle la cara.

 

     ¿Por qué decís eso?--increpó ella, con expresión turbada y cejijunta, dirigiéndose a una nuca desflecada y ondulada castaño claro. A Francisco lo volvía loco que el pelo le llegara a los hombros. Amenazaba con cortárselo cada dos por tres, pero Claudia insistía en que no lo hiciera: a ella le encantaba largo y desprolijo. Él a veces cedía, pero sólo por un tiempo. Si sabés que yo lo veo siempre...

 

     Porque es así. Los programas son chatos, superficiales. No te dejan nada. Se quieren hacer los entendidos y les sale para el orto.

 

     ¿Cómo sabés? Si nunca lo ves...Malsanamente Claudia aguardaba una de las contestaciones que más detestaba de su novio: que se lo había dicho la madre o una de las hermanas.

 

     ¿Cómo que no lo veo? ¿Qué te creés que hago de noche mientras vos torrás como una reina?

    

     Claudia empezó a decir algo pero él la interrumpió. Quería preguntarle por qué entonces, si era tan malo, seleccionaba ese canal entre los más de cien que tenía para elegir.

 

     ─Es más, ver ese tipo de programas me ayuda a dormirme —agregó él,aunque a veces ni eso funciona, lo que significa que mi insomnio es grave. Habiendo ya ordenado, clasificado y colocado las cuentas impagas, Francisco se había dispuesto a arreglar las carpetas apiladas en el escritorio y a juntar lapiceras desparramadas.

 

     Todo con tal de no mirarme, pensó Claudia irritada. Optó por no contestarle. Prefirió dejar la cancha libre y dedicarse a hacer zapping. No quería admitirlo, pero ahora le avergonzaba un poco mirar ese canal.

 

     Francisco, entretanto, abollaba hojas de papel y los arrojaba con ímpetu al tacho de basura. A algunos de ellos los despedazaba antes de tirarlos. Claudia oía el chasquido crujiente de impresos quebrándose, alternando con el de biromes golpeando los costados de una lata cilíndrica que alguna vez había contenido trescientos mililitros de cerveza alemana y ahora hacía de portalápices. Miró de reojo a su novio: advirtió la bronca y la coloración fornida de su rostro, pero no dijo nada. Hacía tres años que conocía y aceptaba el férreo temperamento de su pareja. Más bien, desde que se habían mudado juntos hacía dos años, porque durante el primer año de noviazgo lo había ocultado bastante bien. El tema es que ahora no quería admitir, ni siquiera a ella misma, que el trato que le dedicaba su adorado Fran había empeorado notablemente durante los últimos meses; sobre todo desde que lo habían despedido de la CEPI - la institución de estudios sociales donde ejercía como investigador - un mes y medio atrás. No ayudó tampoco que le cancelaran el doctorado por falta de fondos. De un día para otro se había quedado en la calle. Desde entonces no hacía más que desesperarse buscando trabajo. Y en realidad no le quedaba otra. ¿Qué podía hacer el pobre: limarse las uñas o irse de picnic a la Costanera cuando su conciencia le dictaba que buscara algo, cualquier cosa, aún sabiendo que no había nada en ningún lado? Es por eso, según ella, que acomodaba y reacomodaba constantemente sus papeles: tenía que sentirse útil de alguna forma. Suerte que tenía el departamento, regalo de sus padres cuando se vino de Rosario a Buenos Aires para comenzar el doctorado. Y suerte que la tenía a ella para compartir los demás gastos, sino ahora estaría durmiendo en la calle, o recogiendo restos de la basura. No era una persona muy amiga del ahorro.

 

     No obstante, tenía sus destellos de buen humor. En esos ratos Claudia olvidaba los insultos y las críticas, y respondía a sus besos y a sus ruegos como si fueran los de un niño enfermo al que había que atender y consentir en todo. Por otra parte, admiraba la garra, conciencia social y sed de conocimiento de su compañero. Le fascinaba que tuviera una opinión para todo, y que ésta fuera siempre distinta al de la mayoría.

 

     Claudia sentía que Francisco la completaba, que la volvía mas fuerte, más inteligente, más abierta y menos prejuiciosa frente a otros pensamientos y puntos de vista. Justamente por faltarle eso antes le había cortado a Marcelo. Marcelo y ella tenían demasiado en común y eso, para Claudia, impidió que crecieran como pareja: los dos estudiaban Letras en la UBA (ahí se conocieron); los dos soñaban con ser escritores; los dos amaban a Borges y a Cortázar casi más que a su propia madre; los dos razonaban con el corazón y pensaban con la sangre. Y así terminaron. Odiándose. Celando y envidiando con furor los logros del otro. Compitiendo como dos caballos de carrera encabritados.    

 

     Luego sobrevinieron cinco meses hasta conocer a Fran, con quien de entrada no tuvo de qué preocuparse: desde que cruzaron la primera palabra en el casamiento de Samantha - una amiga que trabajaba con ella en el restaurante, prima lejana de él - supo que eran el agua y el aceite. Claudia estaba convencida de que era precisamente eso lo que necesitaba para ser feliz con alguien. Después de todo, sus padres habían sido opuestos en todo – desde religión hasta política, desde gustos musicales hasta carreras profesionales – y sin embargo se habían amado como nadie, hasta el último día, hasta el día del accidente...

 

     Para Francisco la literatura – así como el arte en general – eran una pérdida de tiempo. ¿Qué agregan a la sociedad? solía preguntar a quien quisiera oírlo. Consideraba que la única manera de aportar algo desde la ficción era si el relato daba cuenta de la situación social. Es por eso que leía únicamente artículos y libros de sociología (sobre todo aquellos relacionados con el doctorado, el doctorado que había tenido que dejar).

 

     Claudia se alegraba de que tuvieran intereses y perspectivas tan diferentes de la vida. Él era un estudioso de la realidad, ella una ardiente adepta a la irrealidad y al mundo oculto de los sueños; él era un fervoroso y proclamado izquierdista, ella una apasionada amante de la vida individual, en cualquiera de sus formas; él era judío tornado ateo, ella católica practicante; él tenía mamá y hermanas, ella era huérfana de padre y madre desde los dieciséis años, y no tenía hermanos; él detestaba el tumulto histérico de la ciudad, y añoraba constantemente la soledad y la paz del campo, ella moría por paredes garabateadas de cemento y calles roídas de asfalto; él era de Independiente, ella de Racing; él era noctámbulo y sufría de insomnio, ella amaba madrugar y acostarse temprano; a él le repugnaba el chocolate y la Coca-cola, ella comía de todo; él era castaño y robusto, ella morocha y espigada. 

 

     Podrían seguir enumerándose diferencias, pero mejor regresar al ambiente que la pareja compartía en Barrio Norte porque parece ser que al fin Francisco se decidió a interrumpir el silencio de los últimos minutos.

 

     Me parece que deberíamos ir yendo.

     Claudia se apartó de la pantalla de televisión; había quedado hipnotizada en ella, olvidándose de lo que ocurría en el resto del mundo, o si no en el mundo al menos sí en su país y en el departamento de su novio en Córdoba y Agüero. 

 

     ¿Ya? ¡Pero si falta más de una hora!

 

     Sí, pero acordáte que va a haber mucho tráfico.

      

     Pero si vamos acá nomás...

 

     Hacé como quieras, pero yo no quiero llegar tarde.

 

     Claudia decidió hacerle caso, como siempre, con tal de no tener que bancarle la cara larga el resto de la noche. Me pongo la remera de la selección y voy—respondió con desgano.

 

     Si Francisco notó el tono austero en la voz de su novia, no le prestó la menor atención. --Te espero abajo.

 

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     Llegaron media hora antes de lo previsto. Los dueños de casa aún no se habían bañado ni habían acomodado las sillas frente al televisor. Claudia miró a su novio con cara de “¡Víste!”al quedar solos en el living, cada uno con un vaso del tinto que habían traído en la mano. Él no pareció darse por aludido. Sus amigos, Dolores y Jorge, se habían ido a arreglar. De vez en cuando se oían los quejidos de una beba – Valentina – en el cuarto contiguo.

 

     Dolores iba y venía. Cruzaba el living vestida a medias y se metía corriendo en el cuarto de enfrente para socorrer a la recién nacida. Luego regresaba, gritaba “¡Disculpen!” al pasar y volvía a encerrarse en su dormitorio que quedaba del otro lado. En el ínterin se hizo de noche. Claudia se tuvo que parar para encender una luz. Sentía vergüenza de estar ahí, entrometiéndose en la intimidad de otra pareja; estaba segura de que Francisco debía sentir algo parecido, aunque jamás lo admitiría.

 

     Los ojos de Claudia permanecieron fijos e indiferentes frente a las imágenes sin sentido que atravesaban el aparato cuadrado ubicado delante suyo hasta que reaparecieron los dueños de casa, esta vez sí para sentarse junto a ellos, perfumados y emperifollados en camisetas y gorros de la celeste y blanca. Se sentaron en el sofá principal que daba de frente a la pantalla. Claudia y Francisco lo habían dejado libre, en compensación por su desfachatez anterior. El hecho de que la pareja no insistiese en que sus invitados se sentaran allí indicó a Claudia que no estaban muy felices con la aparición imprevista de la pareja.    

    

     Casi no se habló. Los cuatro pretendían estar sumamente concentrados en la repetición de goles y jugadas anteriores de las selecciones de Argentina y Suecia, próximos rivales en el mundial de fútbol Corea-Japón 2002.

 

     ─La verdad es que son buenos los suecos, che...comentó Francisco, tratando de reparar de alguna forma el daño que había generado. Se le notaba el tono conciliador en su voz áspera y saturada.

 

     Claudia encendió un cigarrillo. Francisco odiaba que fumara, pero esta vez tenía crédito. Antes de exhalar la primer pitada se aseguró de que la puerta del cuarto de la beba estuviese cerrada. --Nosotros somos mejores--dijo ella, tras bañar a su entorno de humo.

 

     ─No te creas. Esos tipos nos van a descoseradvirtió su novio.

 

     Quién sabe--replicó ella, balanceando los tacos afilados de sus zapatos en el piso alfombrado como un mástil de velero se menea con la corriente del agua. Le entretenía eso de ir y venir con sus pies en el aire. Le divertía ver descender el vértice del zapato hasta estar a orillas del piso para luego elevarse como un avión que desafía al suelo firme. Sus empeines zapateaban como si jugaran con los pedales de una máquina de coser o los de un auto. El ruido seco y cortante de sus ligamentos era lo único que se oía en la sala, además del murmullo eterno y monocorde del televisor.

 

     Ese humo jode para ver la pantalla, declaró Francisco mientras frotaba con agresión sus ojos llorosos con ambas manos. ¿Podrías ir a fumar a otro lado, plis? Trataba de conservar su trato cordial y amable, pero era obvio que le era difícil.

 

     Mientras Claudia decidía cómo responder al pedido de Francisco, oyó voces, dos puertas metálicas que se abrían y cerraban y luego un discreto golpecito en la puerta blanca de entrada. Dolores se incorporó para responder al llamado, pero para entonces Claudia ya estaba casi en la puerta.

 

     Eran Elena y Solano.

 

     ¡Faltan sólo quince minutos!gritó Elena al lanzarse sobre Claudia con efusión. ¡Me muero! Ya no sé qué uña morderme...

 

     Al igual que Dolores, Elena había sido compañera de Claudia en el colegio. Ninguna de las dos aprobaba a Francisco. Decían que era medio raro y que la maltrataba. Se habían hartado de sugerirle que cortara, pero demás está decir que sus ruegos no habían sido escuchados. Sí les había gustado en su momento Marcelo. Ella, en cambio, no quería ver a Marcelo ni en figuritas. Pero sus amigas seguían queriendo que se arreglaran.

 

     Sí, yo también respondió Claudia, tratando de parecer alegre. Quiero que empiece ya.

 

     Dejá que se prolongue la esperanza un rato más--, oyó que proclamaba la voz de Francisco desde su silla.

 

     ¿Por qué tiene que estar en todo, desparramando su mala onda como un ventilador?, pensó Claudia con disgusto.

 

     Diez minutos más tarde habían logrado escurrirse quién sabe cómo cinco parejas en el apretado living de Jorge y Dolores. A esta altura Francisco ya no podía quejarse del cigarrillo; todos, salvo él, fumaban. En un momento abrieron un poco el ventanal, pero tuvieron que cerrarlo al poco tiempo porque entraba un chiflete demasiado frío para el termostato de las mujeres presentes. Durante los agonizantes cinco minutos que siguieron, los tortuosos cinco minutos previos al comienzo del partido, pudo verse a Solano apoyar de tanto en tanto su colilla en el cenicero para juntar sus manos y rezar en silencio, a Elena agarrarse de la alfombra color lavanda y a Dolores abrazarse fuertemente de sus rodillas. Francisco, entretanto, devoraba los maníes y papas fritas que habían colocado en la mesa ratona los dueños de casa. 

 

     Claudia sonreía con ansiedad. Quería que el partido empezara de una buena vez. Disfrutaba estar rodeada de gente querida. Faltaban sólo sus padres, pero bueno, sus padres faltaban desde hacía rato. Un Mundial no los iba a traer de vuelta. Sentía miedo de lo que pasaría en las calles de Buenos Aires si Argentina perdía el partido y quedaba descalificado del Mundial. Francisco se lo había advertido claramente: va a haber quilombo. Trató de no pensar en ello y de concentrarse en la hora y media que tenía por delante, en los amigos a su lado, en Fran; no mejor en Fran no.

 

     Sin quererlo, sus pupilas color laurel se voltearon a mirarlo. Percibieron una expresión compungida, turbulenta, irritada. Vieron que no hablaba ni se comunicaba con nadie: fijaba su vista en la pantalla, como si estuviese solo. De vez en cuando llevaba una copa de vino a los labios, para luego regresarla a su lugar de apoyo al costado de la silla. Su rostro no parecía disfrutar del aroma maderoso de la uva fermentada. Podía ser agua estancada y a él probablemente le hubiera dado lo mismo.

 

     Sintió pena por aquella mirada distante y petrificada, cuyo único brillo se lo debía a la rabia, al rencor y a la bronca. Se preguntó para qué querría Francisco someterse a ver el partido si estaba seguro de que la Argentina perdería. Y para el caso para qué vivir, ¿no?, si igual todos vamos a morir en algún momento. Para eso mejor morir como sus viejos, cuando todavía eran relativamente jóvenes y aún no habían tenido tiempo de darse cuenta de las fallas sin arreglo del mundo. Qué actitud cobarde, se dijo ella. Se detuvo: ¿Habrá pensado alguna vez su novio en quitarse la vida? Le hubiese gustado conocer la respuesta de su propia boca, pero sabía que Francisco jamás le respondería semejante duda. Rara vez aceptaba hablar de sus penas y anhelos personales. De lo que sufrió a raíz de la muerte del abuelo Claudia se había enterado de casualidad, por un comentario de la madre. Jamás por un comentario suyo. Por un instante tuvo ganas de recostársele al lado y reconfortarlo: decirle que estaba todo bien, que el mundo no era tan terrible como él lo imaginaba, que las cosas no tenían por que salir mal todo el tiempo. Pero sabía que si lo hacía tenía una alta probabilidad de ser rechazada. Su vida tampoco había sido una vida de ensueño, y sin embargo, no le tenía tanto odio y temor a la vida. ¿Por qué será que algunos reaccionan de ésta manera a sus sufrimientos? ¿Qué misterio, no? Eso de que dos personas tan cercanas vean la vida tan fundamentalmente distinta. ¿Qué lo lleva a uno a pensar y sentir de determinada manera? Los padres de Francisco no eran tan pesimistas como él; al contrario, eran unos divinos. ¿Habrá algún tío, algún abuelo a quien haya heredado? ¿O fue la carrera que eligió? Quien sabe. Pobre Fran, si seguís así te vas a quedar solo, y ahí sí vas a tener motivo para sufrir. Es difícil quererte cuando te la pasás quejándote y llevándole la contra a todo el mundo. Y a la vez sos re-buen tipo. Te importan los pobres y los alienados como nadie que conozco, y por eso te admiro tanto. Pero con tu propia gente, la que realmente te quiere, ¡sos un desastre! ¿Quién te entiende Francisco Meller? Al decirse esto esbozó una mueca de ternura, no pudo evitarlo. Más vale que consiga trabajo rápido... —murmuró en voz alta, pero nadie la oyó, al menos eso le pareció. 

 

     Volvió su mirada a la pantalla, ahora cubierta casi enteramente por un verde rapado y simétrico cercado y dividido cada tanto por gruesas líneas blancas. Parecía un juego de mesa sobredimensionado. Y al fin ingresaron a la cancha: jugadores petisos, pelilargos y oscuros enfilando nerviosos hacia el centro luciendo orgullosos una remera celeste y blanca, apilándose a un costado como muñecos de torta mientras agitaban sus piernas como bailarinas de salón y escupían como llamas salteñas. Enseguida se acercaron los contrarios y las cámaras de televisión se voltearon a filmarlos: un grupo de rubiones afeitados, altos y soberbios que gozaban del amarillo y azul rabioso de su camiseta.

 

     Sonó el silbato. El partido entre Argentina y Suecia había comenzado. 

 

     Francisco observaba la pantalla queda como fanático, como si su vida dependiera del resultado de ese partido. Claudia sonrió: quizá después de todo, en algún rincón oculto y rezagado del alma de su novio, se conservara aún intacto un retazo de ilusión.

 

Mariana Dietl nació en Argentina. Narradora. Su primera colección de relatos, recibió el tercer premio en el concurso Chicano/Latino de la Universidad de Irvine en California (2004). Varios de sus  cuentos individuales han sido finalistas y recibieron menciones en diversos concursos, dentro y fuera de los Estados Unidos.  Sus relatos pueden encontrarse en las siguientes revistas literarias: hotmetalpress.net, Literary Chaos, Tertulia, Luces & Sombras, The Externalist, The Litchfield Review, Tonopah Preview y en Palabra. Su primera novela, Confined, resultó ganadora del concurso de novela de The Litchfield Review. Con regularidad ofrece lecturas públicas de su obra en ferias del libro y en galerías de arte de Los Ángeles. Actualmente se encuentra trabajando en su segunda colección de relatos, titulado Era. Reside desde el año 2000 en la ciudad de Los Ángeles, California, EE.UU.