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Arriba, un solo ojo: redondo, blanco, lleno de ausencias, es decir,
vaciado, los contemplaba. Era, sin embargo, una mirada luminosa en
todo. Los alumbraba, les acariciaba el pelo, los hombros. Les hacía
una caricia apenas mojada, como de lengua húmeda. ¡Era extraño
pensar así! No, eso no podía ser poético —se dijo la muchacha—.
Claro que peor hubiera sido comparar la luna con un enorme queso
roído de túneles. Más de uno había dicho algo semejante, creyendo
ser un verdadero original. Lo romántico, por otra parte, hubiera
sido hablar de la luna como de una presencia misteriosa en el
firmamento. Una cara femenina que se ocultaba tras las finas gasas
de su sombrero. ¡Quedaba demostrado que no era una romántica! En
todo caso, lo suyo no se trataba de un trastorno irremediable, a
fondo y desenfrenado como lo de él. No se trataba de un romanticismo
impenitente. No, la luna estaba. Era cierto. Y la noche era
estrellada con todo ese montón de estrellas bajas y altas repartidas
por el cielo. Constelaciones de estrellas con su parpadeo rojo,
azul, verde, naranja. Un chispazo y otro, y otro más. Y ellos dos,
muy juntos. A veces se besaban, y a veces se sumían en un silencio
profundo y misterioso en el que también brillaban estrellas fugaces.
—¿Ya quieres volver al hotel?
—Sí
ya. ¡Vamos…! —dijo ella a tiempo que se echaban a andar como quien
no tiene prisa por llegar. Ella en verdad no la tenía. Allí a donde
iban muy bien podían esperarles un poco más. Él, por su parte,
simuló no estar apurado tampoco, con tal de darle a ella esa
impresión.
—¿Y
si el portero no está? —aventuró él.
—No importa —dijo ella sonriéndole, como si en verdad la idea no
pudiera desasosegarla—. Esperaremos, y ya está.
—No
seas bobita. Lo decía en broma
—¿Qué? ¿Lo del portero?
—No. Digo, sí…
—¿En qué quedamos? ¡¿No?! ¡¿Sí?! Parece como si deshojaras una
margarita imposible.
—Oiga, compañerita, —dijo él componiendo un ceño adusto que
debía ser viejo y la hiciera sonreír al menos—. Sepa usted que para
Menda no hay nada imposible… Ni siquiera margaritas. ¡Sobre todo:
Margaritas!
Pese al tono festivo que él imprimiera a sus palabras, y a la voz
cascada, ella no encontró nada que decir de momento. Él tampoco
añadió cosa alguna a lo ya dicho, pero su mano se apretó un poquito
más alrededor de la de ella. Aquel silencio pudo durar mucho o poco.
No tenían conciencia de cuánto había durado.
—Entonces, ¿a qué te referías? —dijo ella finalmente—. Mejor
dicho, ¿a qué cosa se refería el Señor Menda…?
—¡A
las llaves, mi amor! Siempre tengo conmigo las benditas llaves.
—¿Las llaves? —preguntó ella, tal vez desconcertada.
—Las de tu puerta.
La
muchacha no pudo reprimir un conato de llanto, pero siguió aquel
juego de las frases que él le proponía siempre en situaciones
difíciles.
—¿Las de mi corazón también?
—Eso, nada más que tú misma podrías saberlo.
—Pero yo recuerdo muy bien haberlas puesto en tus manos.
—¿Entonces por qué dudas?
—No
es duda.
Volvieron a besarse antes de echar a caminar nuevamente sin
rumbo fijo. Aquello a lo que él llamara su hotel, quedaba en
cualquier parte. Una suite con recamaras abiertas al aire del mar y
a la noche estrellada. Unas veces, donde los sorprendiera la noche,
al amparo o desamparo del lugar; otras, en casa de uno u otro amigo.
Pocas veces, y eso sólo durante el día, en la única habitación,
oscura, sofocante, estrecha y con olor a humus que compartían los
padres de ella en un barrio viejo de la ciudad.
—Es
luna llena.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque sí
—A
mí, sin embargo, me parece que le falta un cachito todavía para
llenarse.
—Inconforme que eres. Por eso lo dices.
—¿Por qué conformarse?
—¡Nunca estarás conforme con nada!
—Estoy conforme contigo.
—Pero yo no soy nada, yo… —dijo él fingiendo ahora un aire de
inconformidad con las palabras de ella.
—¿Que tú no eres nada ? ¿Es decir, que… no eres? ¡Vamos! ¿Y
desde cuándo se volvió Menda tan modesto?
Sorprendido en la madeja de su propio juego de frases, ella lo
vio trastabillar.
—Mi modestia tiene sus límites, naturalmente —dijo él.
—¡A
ver! Explíquese el señor Menda. Para que pueda entenderlo.
—Quiero decir que, no siendo nada, debo ser algo por lo menos.
Y si soy algo, debo ser algo muy serio, tratándose de mí. ¿No crees?
—¡Ah, vamos!
—A
donde tú quieras, mi cielo.
—¡Al cielo! —acertó a decir ella, y era, sin dudas, lo que sin
proponérselo quería decir—. Llévame de aquí al cielo.
Él
debió comprender mejor que ella misma el sentido último de sus
palabras, pero siguió fingiendo que jugaban.
—¿Eso nada más? ¿Es todo cuanto quieres?
—No —dijo ella—. Tú, lo eres todo.
Al
fin, debieron llegar a donde iban, y se tumbaron sobre un trozo de
césped húmedo y fresco, que transpiraba el olor a tierra encubierto
apenas con su verdor de pasto, por otra parte oscurecido. La luz de
la luna no llegaba hasta ellos sino trizada a través de las ramas
del árbol que les servía de techo. Así y todo los deslumbraba con su
luz, cada vez que el vaivén de las ramas abría como una brecha
momentánea.
—¿Tienes frío? —preguntó él mientras la abrazaba.
—No
cuando estoy a tu lado.
—¿Sueño?
Ella asintió en la oscuridad, sin palabras, pero ya él había
aprendido a verla y supo cuál era su respuesta.
—Bueno, duérmete ya. Verás como es de fácil.
—Tú
también, ¿sí?
—Sí, claro, yo también —se besaron.
—Hasta que amanezcamos, entonces.
—Siempre amanece.
No
habrían podido saber cuánto tiempo les tomó quedarse dormidos, uno
en los brazos del otro. Así habrían estado hasta que sucediera aquel
amanecer que con tanto fervor se prometieran mucho tiempo antes.
La
ronda de vecinos que andaba a la caza de rateros dio con sus cuerpos
allí tendidos.
—Hay que dar parte enseguida, para que vengan a ver.
—No
corre apuro. Ya estos dos no van a ningún lugar.
Pero el que tal decía se equivocaba. La chica aún vivía, y con
mucha suerte y un tris era posible que viviera aún para contarlo.
Vivió. Y ahí está… para contarlo algún día todo. Es un decir, claro.
¡Siempre es un decir!
Pero es horrible, ¿no? ¡Las de cosas que una tiene que ver y oír
aquí, cuando se está de guardia! Siempre ha sido así, pero esta
vez, la verdad… Puede que se trate de todos los años que no tenían
entre los dos. Una es médico y eso, y ya debía estar acostumbrada a
lo peor, pero ver perderse así dos vidas jóvenes… Bueno, tal vez
ella aún logre rehacer su vida. Es muy joven aún y debe tener toda
la vida por delante. ¡Tú me entiendes! Y los padres de él no tenían
consuelo. ¿Quién iba a tenerlo desde luego? Aún de muerto era
hermoso el muchacho. Parecía un actor de cine, no es exageración. ¡Y
tan jóvenes! Y la muchacha no se queda atrás. Muy linda también.
Parecían dormidos. Y cuando conseguimos reanimarla, lo primero que
hizo fue preguntar por él. No, lo primero que hizo fue preguntar si
estaban en el cielo, y enseguidita preguntar por él. Porque si
estaban en el cielo tenían que estar juntos. ¿Y él dónde estaba? Se
volvió loca de la desesperación. Entre los dos se las arreglaron
para introducirse en un laboratorio, y sustraer de allí las
sustancias que pensaban usar. Luego, él ideó un cóctel con todo
aquello. Algún tiempo lo estuvieron pensando mientras rodaban por
ahí como dos piedras sin destino. Y finalmente, un día se decidieron
a consumar juntos aquel acto. ¡Esta vida no valía nada! Lo mejor era
marcharse lejos —juntos— hasta algún lugar donde a lo mejor algo los
aguardaba. No había otra salida. Y el cielo existía seguramente en
alguna parte, y ellos se conformarían con poco.
¡Qué va, esto así no puede continuar! Y yo tampoco. No sé cuánto
tiempo más aguante en este puesto de guardia de un hospital donde
nada más se ven cuadros como éste, y donde ni siquiera una aspirina
tienes a la mano para darle a quien la necesita. La chica está viva
de puro milagro. Es muy joven. A lo mejor aún logra reponerse. La
vida puede ser larga a veces. Perdóname por darte esta lata, como si
tú también no tuvieras ya bastante. Es que ya no podía más. Tenía
necesidad de desahogarme, librarme de estas cosas que tanto mal
hacen. Perdóname, no es justo. Es que no me siento nada bien. Hace
ya días que siento como que he tocado fondo… Y este caso… ¡Gracias!
¡Gracias por oírme! Eso, era todo.
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Rolando D. H. Morelli
nació en Horsens, Dinamarca
(1953). Antes de cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey,
donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo
por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios
superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la
Universidad de Temple, en
Filadelfia, ciudad donde ha residido casi de
modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en
varias universidades norteamericanas:
Tulane University, University of New Orleans, y
la Warton Business School de Pennsylvania
University.
Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai,
Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición
bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial
Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca
de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y
el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora
Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias
antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio,
Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos
de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989);
From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y
El Faro, Ciudad de México, 1989. Obtuvo la única mención
del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario
Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya
publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón.
En el 2007 fue ganador del premio que otorga anualmente la Fundación
Emilia Bernal Agüero por su labor de investigación en torno a la
obra de la fallecida escritora.

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