Miami
Estados Unidos
Año XI

Nº 63/64

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

LA LUNA LLENA

por

Rolando D. H. Morelli

 

     Arriba, un solo ojo: redondo, blanco, lleno de ausencias, es decir, vaciado, los contemplaba. Era, sin embargo, una mirada luminosa en todo. Los alumbraba, les acariciaba el pelo, los hombros. Les hacía una caricia apenas mojada, como de lengua húmeda. ¡Era extraño pensar así! No, eso no podía ser poético —se dijo la muchacha—. Claro que peor hubiera sido comparar la luna con un enorme queso roído de túneles. Más de uno había dicho algo semejante, creyendo ser un verdadero original. Lo romántico, por otra parte, hubiera sido hablar de la luna como de una presencia misteriosa en el firmamento. Una cara femenina que se ocultaba tras las finas gasas de su sombrero. ¡Quedaba demostrado que no era una romántica! En todo caso, lo suyo no se trataba de un trastorno irremediable, a fondo y desenfrenado como lo de él. No se trataba de un romanticismo impenitente. No, la luna estaba. Era cierto. Y la noche era estrellada con todo ese montón de estrellas bajas y altas repartidas por el cielo. Constelaciones de estrellas con su parpadeo rojo, azul, verde, naranja. Un chispazo y otro, y otro más. Y ellos dos, muy juntos. A veces se besaban, y a veces se sumían en un silencio profundo y misterioso en el que también brillaban estrellas fugaces.

     —¿Ya quieres volver al hotel?

     —Sí ya. ¡Vamos…! —dijo ella a tiempo que se echaban a andar como quien no tiene prisa por llegar. Ella en verdad no la tenía. Allí a donde iban muy bien podían esperarles un poco más. Él, por su parte, simuló no estar apurado tampoco, con tal de darle a ella esa impresión. 

     —¿Y si el portero no está? —aventuró él.

      —No importa —dijo ella sonriéndole, como si en verdad la idea no pudiera desasosegarla—. Esperaremos, y ya está.

     —No seas bobita. Lo decía en broma

     —¿Qué? ¿Lo del portero?

     —No. Digo, sí…

     —¿En qué quedamos? ¡¿No?! ¡¿Sí?! Parece como si deshojaras una margarita imposible.

     —Oiga, compañerita, —dijo él componiendo un ceño adusto que debía ser viejo y la hiciera sonreír al menos—. Sepa usted que para Menda no hay nada imposible… Ni siquiera margaritas. ¡Sobre todo: Margaritas!

      Pese al tono festivo que él imprimiera a sus palabras, y a la voz cascada, ella no encontró nada que decir de momento. Él tampoco añadió cosa alguna a lo ya dicho, pero su mano se apretó un poquito más alrededor de la de ella. Aquel silencio pudo durar mucho o poco. No tenían conciencia de cuánto había durado.

     —Entonces, ¿a qué te referías? —dijo ella finalmente—. Mejor dicho, ¿a qué cosa se refería el Señor Menda…?

     —¡A las llaves, mi amor!  Siempre tengo conmigo las benditas llaves.

     —¿Las llaves? —preguntó ella, tal vez desconcertada.

     —Las de tu puerta.

     La muchacha no pudo reprimir un conato de llanto, pero siguió aquel juego de las frases que él le proponía siempre en situaciones difíciles.

     —¿Las de mi corazón también?

     —Eso, nada más que tú misma podrías saberlo.

     —Pero yo recuerdo muy bien haberlas puesto en tus manos.

     —¿Entonces por qué dudas?

     —No es duda.

     Volvieron a besarse antes de echar a caminar nuevamente sin rumbo fijo. Aquello a lo que él llamara su hotel, quedaba en cualquier parte. Una suite con recamaras abiertas al aire del mar y a la noche estrellada. Unas veces, donde los sorprendiera la noche, al amparo o desamparo del lugar; otras, en casa de uno u otro amigo. Pocas veces, y eso sólo durante el día, en la única habitación, oscura, sofocante, estrecha y con olor a humus que compartían los padres de ella en un barrio viejo de la ciudad.

     —Es luna llena.

     —¿Cómo puedes estar tan seguro?

     —Porque sí

     —A mí, sin embargo, me parece que le falta un cachito todavía para llenarse.

     —Inconforme que eres. Por eso lo dices.

     —¿Por qué conformarse?

     —¡Nunca estarás conforme con nada!

     —Estoy conforme contigo.

     —Pero yo no soy nada, yo… —dijo él fingiendo ahora un aire de inconformidad con las palabras de ella.

     —¿Que tú no eres nada ? ¿Es decir, que… no eres? ¡Vamos! ¿Y desde cuándo se volvió Menda tan modesto?

     Sorprendido en la madeja de su propio juego de frases, ella lo vio trastabillar.

     —Mi modestia tiene sus límites, naturalmente —dijo él.

     —¡A ver! Explíquese el señor Menda. Para que pueda entenderlo.

     —Quiero decir que, no siendo nada, debo ser algo por lo menos. Y si soy algo, debo ser algo muy serio, tratándose de mí. ¿No crees?

      —¡Ah, vamos!

      —A donde tú quieras, mi cielo.

      —¡Al cielo! —acertó a decir ella, y era, sin dudas, lo que sin proponérselo quería decir—. Llévame de aquí al cielo.

      Él debió comprender mejor que ella misma el sentido último de sus palabras, pero siguió fingiendo que jugaban.

      —¿Eso nada más? ¿Es todo cuanto quieres?

      —No —dijo ella—. Tú, lo eres todo.

      Al fin, debieron llegar a donde iban, y se tumbaron sobre un trozo de césped húmedo y fresco, que transpiraba el olor a tierra encubierto apenas con su verdor de pasto, por otra parte oscurecido. La luz de la luna no llegaba hasta ellos sino trizada a través de las ramas del árbol que les servía de techo. Así y todo los deslumbraba con su luz, cada vez que el vaivén de las ramas abría como una brecha momentánea.

     —¿Tienes frío? —preguntó él mientras la abrazaba.

     —No cuando estoy a tu lado.

     —¿Sueño?

     Ella asintió en la oscuridad, sin palabras, pero ya él había aprendido a verla y supo cuál era su respuesta.

     —Bueno, duérmete ya. Verás como es de fácil.

     —Tú también, ¿sí?

     —Sí, claro, yo también —se besaron.

     —Hasta que amanezcamos, entonces.

     —Siempre amanece.

     No habrían podido saber cuánto tiempo les tomó quedarse dormidos, uno en los brazos del otro. Así habrían estado hasta que sucediera aquel amanecer que con tanto fervor se prometieran mucho tiempo antes.

      La ronda de vecinos que andaba a la caza de rateros dio con sus cuerpos allí tendidos.

     —Hay que dar parte enseguida, para que vengan a ver.

     —No corre apuro. Ya estos dos no van a ningún lugar.

     Pero el que tal decía se equivocaba. La chica aún vivía, y con mucha suerte y un tris era posible que viviera aún para contarlo. Vivió. Y ahí está… para contarlo algún día todo. Es un decir, claro. ¡Siempre es un decir!

 

     Pero es horrible, ¿no? ¡Las de cosas que una tiene que ver y oír aquí, cuando se está de guardia!  Siempre ha sido así, pero esta vez, la verdad… Puede que se trate de todos los años que no tenían entre los dos. Una es médico y eso, y ya debía estar acostumbrada a lo peor, pero ver perderse así dos vidas jóvenes… Bueno, tal vez ella aún logre rehacer su vida.  Es muy joven aún y debe tener toda la vida por delante. ¡Tú me entiendes! Y los padres de él no tenían consuelo. ¿Quién iba a tenerlo desde luego? Aún de muerto era hermoso el muchacho. Parecía un actor de cine, no es exageración. ¡Y tan jóvenes! Y la muchacha no se queda atrás. Muy linda también. Parecían dormidos. Y cuando conseguimos reanimarla, lo primero que hizo fue preguntar por él. No, lo primero que hizo fue preguntar si estaban en el cielo, y enseguidita preguntar por él. Porque si estaban en el cielo tenían que estar juntos. ¿Y él dónde estaba? Se volvió loca de la desesperación. Entre los dos se las arreglaron para introducirse en un laboratorio, y sustraer de allí las sustancias que pensaban usar. Luego, él ideó un cóctel con todo aquello. Algún tiempo lo estuvieron pensando mientras rodaban por ahí como dos piedras sin destino. Y finalmente, un día se decidieron a consumar juntos aquel acto. ¡Esta vida no valía nada! Lo mejor era marcharse lejos —juntos— hasta algún lugar donde a lo mejor algo los aguardaba. No había otra salida. Y el cielo existía seguramente en alguna parte, y ellos se conformarían con poco.

     ¡Qué va, esto así no puede continuar! Y yo tampoco. No sé cuánto tiempo más aguante en este puesto de guardia de un hospital donde nada más se ven cuadros como éste, y donde ni siquiera una aspirina tienes a la mano para darle a quien la necesita. La chica está viva de puro milagro. Es muy joven. A lo mejor aún logra reponerse. La vida puede ser larga a veces. Perdóname por darte esta lata, como si tú también no tuvieras ya bastante. Es que ya no podía más. Tenía necesidad de desahogarme, librarme de estas cosas que tanto mal hacen. Perdóname, no es justo. Es que no me siento nada bien. Hace ya días que siento como que he tocado fondo… Y este caso…  ¡Gracias! ¡Gracias por oírme!  Eso, era todo.

 

Rolando D. H. Morelli nació en Horsens, Dinamarca (1953). Antes de cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey, donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la Universidad de Temple, en Filadelfia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en varias universidades norteamericanas: Tulane University, University of New Orleans, y la Warton Business School de Pennsylvania University. Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai, Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio, Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989); From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y El Faro, Ciudad de México, 1989. Obtuvo la única mención del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón. En el 2007 fue ganador del premio que otorga anualmente la Fundación Emilia Bernal Agüero por su labor de investigación en torno a la obra de la fallecida escritora.