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Registro
del mundo, revolución y crítica; pero también inteligencia
sensible. Así, la poesía de José Emilio Pacheco[1]
se vuelve instrumento de conocimiento, vasta realidad
contenida en el lenguaje. Hay, en sus inicios, una visión
cósmica prefigurando el poema; gravedad, el transcurso del
mundo permeando ritmos y acentos; una marcha sonoramente
sensitiva que prefigura espacios; transformaciones profundas
buscando modificar la substancia de las cosas:
Mientras avanza el día se devora,
acepta Pacheco.
Desde
Los elementos de la noche[2]
(1958-1962) hasta El silencio de la luna (1983),
Pacheco ha conformado una obra donde alterna el orden sonoro
de la imagen con la reflexión; los procesos sociales con el
cántico sacro; la inteligencia con la modulada acentuación; el
enunciado con algunos recursos rítmicos. De manera que el
poeta mexicano concilia lirismo y reflexión, el discurso
poético frente a la Historia. Por su combinación de agudeza y
sagacidad Pacheco plantea una propuesta estética singular,
recogida en tres antologías:
Tarde o temprano[3]
(1980), Fin de
siglo y otros poemas[4]
(1984) y, en España, Alta traición.
Antología poética
[5]
(1985), donde se destaca la lucidez como un don, como un
estado de gracia, y el sentimiento, la emoción misma, que se
contrapone como núcleo central.
En términos generales, puede
destacarse que “el lirismo como forma de inteligencia y la
sabiduría como sentido del tiempo”[6]
determinan la obra del poeta que ahora me ocupa y que le
valiera el Premio Hispanoamericano de Poesía José Donoso en el
2001 y, recientemente, el Premio Cervantes 2009 en España.
En este orden de ideas la
presencia del mundo deja su huella imperativa: ... el
tiempo abre las alas/ con mansedumbre y odio de paloma y
pantera. Por supuesto que la revelación surge irrebatible.
Todo es fugaz. El transcurso duele, limita:
¿Cómo atajar la sombra que nos
hiere y nos lava
si nada permanece,
si todo nos fue dado
como tributo o dualidad del polvo?
En El reposo del fuego
prevalece la métrica tradicional: 7 y 11 sílabas armonizan
para eslabonar un canto en tres partes, donde el poeta expone
su visión cosmogónica, terrible. La mañana se concreta a
partir de los cuatro elementos fundamentales. Precisión y
contundencia; catacresis, aspectos metonímicos exactos, frente
a la visión histórica, avasalladora, del ser social.
Paulatinamente José Emilio Pacheco desliza intenciones,
expresiones sobre una ciudad concatenada a las circunstancias.
Mito y leyenda, realidad y sueños, principio y recomienzo,
siempre:
... todo el jardín se yergue entre
las piedras:
nace el mundo de nuevo ante mis ojos.
El
mundo, y nosotros con él, tiene un destino fugaz. Desde el
inicio del cántico, Pacheco lo precisa:
Nada altera el desastre: llena el
mundo
la caudal pesadumbre de la sangre.
La realidad, ciertamente, es
cruel. Y así lo revela el poeta. Por ende, hay versos
contundentes, sabiduría al nivel de sentencias. En el volumen
No me preguntes
cómo pasa el tiempo[7],
con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes
en 1969, la visión histórica del mundo prevalece desde el
inicio del libro. Su intención: contraponerse a las profecías
y a las revelaciones. La respuesta, materialista desde luego,
es obvia: “Basta mirar lo que hoy ocurre” (p. 14) para
saber que la fugacidad de las cosas, la impermanencia, el
deterioro, representa el signo inequívoco de la vida; por lo
mismo, hasta el lenguaje se funde en el vacío.
La óptica desacralizada del poeta lo lleva,
justamente, al verso directo, al enunciado crítico,
epigramático. La poesía como acumulación de citas
cognoscitivas; la dicción lírica bajo el imperio de la
retórica; es decir, de la impostura. Si nada es sagrado, el
lenguaje se advierte como un simple código, un discurso para
exteriorizar la crueldad del mundo y la condición fugaz de la
materia. Y sin embargo, en este poemario prevalece el ritmo,
los silencios pausados, el estremecimiento divino, los planos
de significados simultáneos. Hay poesía en estas líneas:
Arde la misma rosa en cada rosa
El agua es simultánea y sucesiva
El futuro ha pasado
El tiempo nace
de alguna eternidad que se deshiela.
Sapiencia, convicción, ludismo.
Sucesos y versiones. Recuento de hechos. La exaltación como
núcleo fundamental. Paulatinamente el autor va prefigurando
una estética discursiva, una propuesta más del orden del
significante, donde la poesía representa un acto compartido.
La palabra designa el transcurrir de la Historia, recuperando
vacíos. En Islas a
la deriva[8]
prevalece el asombro, el redescubrimiento del origen, la
reinvención del pasado. En esta obra se concilia el tono sacro
con la locución sencilla, la valoración de la historia como el
impulso que provoca el cambio expresivo, ideológico; el
significante que prevalece al sentido estético, el cántico con
la integración substancial de las cosas:
Si este silencio hablara
Sus palabras se
harían de piedra
Si esta
piedra tuviera el movimiento
Sería mar
Si estas olas fuesen prisioneras
Serían piedras
en el observatorio
serían hojas
convertidas en llamas circulares.
El
poeta asume la condición del cronista y del escriba, del
sacerdote y del amanuense. Su función es fluctuante; la
remembranza histórica se revela y se condensa, por eso es
factible, y conveniente, anotar los acontecimientos. La poesía
es crónica, memoria, sucesión de hechos; por eso, también, el
registro de los poetas novohispanos, los guiños a Las Casas y
a López Velarde. Islas a la deriva (1976)
resume la condición reflexivamente lírica de José Emilio
Pacheco. Historia y revelación; técnica y exaltación;
posibilidades, intenciones, propuesta estética: categoría
artística.
El
poeta retoma su condición de cantor para compartir su
emotividad. Se observa, además, el desplazamiento del mundo,
lo crudelísimo de la realidad, que finalmente se impone en la
declaración lírica; el susurro de las cosas, los
acontecimientos imperceptibles que, no obstante, repercuten en
la memoria. Todo ello, eslabones férreos de la existencia.
Pacheco recupera aquí el tono solemne, grave, de todo lírida.
Su visión se transfigura. Por otra parte, lo fugaz, el
movimiento continuo, la eternidad del instante se apoderan del
poemario titulado Desde entonces (1980)[9].
Reflexiones, textos en prosa, versiones de otros autores se
van entretejiendo para formar un entramado lírico donde la
escritura testimonia este transcurso. Sabiduría y mordacidad,
estampas líricas, casi daguerrotipos ocres; la voz que susurra
evitando el canto, la visión sagrada del antiguo poetizar. El
ritmo se va desplazando con suavidad. Y a pesar de las pausas
versiculares, alcanza el tono prosístico, prosaico, como el de
una traducción, o una simple versión al español donde quedan,
mínimamente, aspectos fugaces de los recursos estilísticos
utilizados en el texto de origen.
Esta sensación se repite a lo largo del libro: los textos de
José Emilio Pacheco alcanzan la dimensión de enunciados
líricos, artefactos semánticos que soslayan la brillantez
lingüística; reflejos emotivos que admiten en momentos la
capacidad estética del lenguaje. Si los antiguos bardos
cantaban una historia, Pacheco narra un canto. Más
cercano a la prosa, el verso de este autor soslaya el orden
sonoro de la imagen, la voz humana oficiando, revelando
verdades fundamentales y desemboca en un lenguaje más crítico,
más reflexivo. Acaso por lo mismo, otro libro del poeta que me
ocupa, Los trabajos del mar (1983)[10]
contiene, según los editores, lo que postula Marianne Moore:
el sentido de compactación, el tono “absolutamente nítido,
absolutamente eficiente, para hacer del lenguaje poético un
verdadero vehículo del pensamiento”. Curiosamente, el
poema titulado “Prosa de la calavera” observa una enorme dosis
de poesía.
El
aliento es grave, solemne, casi grandilocuente, con el sentido
trágico heredado de la tradición judeocristiana: Como
Ulises me llamo Nadie. Como/ demonio de los Evangelios mi
nombre es Legión. El tono satírico es inmejorable. Creo
que este es el tono exacto del cantor que me ocupa. Versos
irregulares, amétricos; expresión discursiva, arrítmica, sin
variedad estilística, soslayando los cánones del discurso
placentero.
El
aparente agotamiento preceptivo lleva a Pacheco al tono
narrativo. En otros términos: aquí no hay intenciones líricas:
el lenguaje va del enunciado a la ligereza; irreverente, busca
desacralizar el estilo expresivo, la acentuación regular,
isocrónica. Sin embargo, no llega al desaliño, aunque esta
actitud estética tampoco elude el sentido substancial de la
lengua poética.
Para finalizar, El
silencio de la luna[11],
volumen con el que obtuvo el “Premio de Poesía José Asunción
Silva” en 1994, retoma en muchos momentos el repertorio
rítmico para percutir un cántico inicial, donde el
reconocimiento a la mujer es evidente. Pacheco forja, en la
primera parte, una visión histórica con sabiduría, con justa
precisión. Riesgos y temores del hombre frente a la cruel
naturaleza femenina. “Prehistoria” es un canto preciso,
hermoso, perturbador, donde confluyen el sentimiento y el
pensamiento. En la segunda instancia del poemario lo cotidiano
da paso a la conciencia del tiempo, a los sucesos
irrepetibles, a la fugaz permanencia de la vida:
Y nadie escucha.
Sombra y silencio en torno de la gota,
brizna de luz entre la noche cósmica
en donde no hay respuesta.
El
orden sonoro de la imagen vuelve en la serie de pareados de la
p. 98. En la tercera parte de este volumen, los temas
objetivos, los poemas y estampas líricas se desplazan entre el
pensamiento y la sensibilidad. El tiempo prevalece en el
golpeteo de la lluvia, que termina por disolver la noche.
Fugacidad y permanencia, vacío y completud: dimensión
de la existencia. Por último se advierte un exacto equilibrio
lingüístico, contundencia, reflexión y testimonio existencial.
La vida, en ocasiones, es anómala, terrible, crudelísima, pero
que no obstante permanece. Ironía, sí. Pero también tragedia y
esperanza. El silencio de la luna arroja saldos
favorables, aunque no mantiene su nivel emotivo inicial.
Sabiduría e inteligencia frente a la dinámica condición, y
convicción, de poetizar el entorno. Hay instantes justos donde
la percepción, la energía interior se desborda. Puede
advertirse la diversidad de registros en la poética de José
Emilio Pacheco. Del tono sacro, a las expresiones discursivas.
La lucidez como estado de gracia, el aspecto lírico como forma
sensible y de sapiencia. La objetividad histórica frente a la
transformación lúdica del habla poética.
De
la métrica y la rima de sus inicios, a la paulatina entrega al
tono narrativo, muchas veces soslayando los cánones de
acentuación y las figuras de dicción y de pensamiento, en
Pacheco se advierte la Historia y el lenguaje crítico,
confluyendo en una estética lírica significada por el tono
conversacional, directo en ocasiones.

Oscar Wong nació
en Tonalá, Chiapas, México (1948). Poeta, narrador,
ensayista y profesor de literatura. Es miembro activo de la
comunidad intelectual de Chiapas. También es promotor y editor de antologías
de excelente calidad, tales como: Chiapas. Nueva fiesta de pájaros
(Editorial Praxis, 1998), en donde se rescata la tradición de
un siglo de su entidad natal a través de las voces de 17
poetas nacidos en ese estado sureño, y Chiapas. Dimensión
social de la narrativa (Editorial Edaméx, 1999), proyecto
que incluye a narradores chiapanecos. Ha obtenido diversos
galardones, entre los que destacan: el Premio Nacional de Poesía
"Ramón López Velarde" en 1988, por su libro Enardecida luz; el primer
lugar
en
el Certamen Literario "Rosario Castellanos" en 1989, en cuento, con el volumen
La edad de las mariposas; el primer lugar en los XXVI Juegos FLorales
"Anita Pompa de Trujillo" en Hermosillo, Sonora en 1998; y en julio de 2000
ganó los XXXIX Juegos Florales Nacionales de Ciudad del Carmen, Campeche, con
el libro Razones de voz.
Ha
publicado los poemarios: Espejo a la deriva (1996), Cantares del
Escriba (1999) y Fulgor de la desdicha (2002), entre otros. En la
categoría de ensayo se destaca su libro: La Pugna Sagrada (1997).
Sus poemas, ensayos,
narrativas y artículos aparecen en diferentes publicaciones
de México,
al igual que en América Latina, Estados Unidos y Europa.

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