Miami
Estados Unidos
Año XI

 Nº 63/64

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

 

JOSÉ EMILIO PACHECO, UNA ESTÉTICA

LÍRICA SIGNIFICATIVA

(PREMIO CERVANTES 2009)

 

por

  

Óscar Wong

 


 

 

     Registro del mundo, revolución y crítica; pero también inteligencia sensible. Así, la poesía de José Emilio Pacheco[1] se vuelve instrumento de conocimiento, vasta realidad contenida en el lenguaje. Hay, en sus inicios, una visión cósmica prefigurando el poema; gravedad, el transcurso del mundo permeando ritmos y acentos; una marcha sonoramente sensitiva que prefigura espacios; transformaciones profundas buscando modificar la substancia de las cosas: Mientras avanza el día se devora, acepta Pacheco.

 

     Desde Los elementos de la noche[2] (1958-1962) hasta El silencio de la luna (1983), Pacheco ha conformado una obra donde alterna el orden sonoro de la imagen con la reflexión; los procesos sociales con el cántico sacro; la inteligencia con la modulada acentuación; el enunciado con algunos recursos rítmicos. De manera que el poeta mexicano concilia lirismo y reflexión, el discurso poético frente a la Historia. Por su combinación de agudeza y sagacidad Pacheco plantea una propuesta estética singular, recogida en tres antologías: Tarde o temprano[3] (1980), Fin de siglo y otros poemas[4] (1984) y, en España, Alta traición. Antología poética [5] (1985), donde se destaca la lucidez como un don, como un estado de gracia, y el sentimiento, la emoción misma, que se contrapone como núcleo central.

 

     En términos generales, puede destacarse que “el lirismo como forma de inteligencia y la sabiduría como sentido del tiempo”[6] determinan la obra del poeta que ahora me ocupa y que le valiera el Premio Hispanoamericano de Poesía José Donoso en el 2001 y, recientemente, el Premio Cervantes 2009 en España. En este orden de ideas la presencia del mundo deja su huella imperativa: ... el tiempo abre las alas/ con mansedumbre y odio de paloma y pantera. Por supuesto que la revelación surge irrebatible. Todo es fugaz. El transcurso duele, limita:

 

                        ¿Cómo atajar la sombra que nos hiere y nos lava

                        si nada permanece,

                        si todo nos fue dado

                        como tributo o dualidad del polvo?

 

     En El reposo del fuego prevalece la métrica tradicional: 7 y 11 sílabas armonizan para eslabonar un canto en tres partes, donde el poeta expone su visión cosmogónica, terrible. La mañana se concreta a partir de los cuatro elementos fundamentales. Precisión y contundencia; catacresis, aspectos metonímicos exactos, frente a la visión histórica, avasalladora, del ser social. Paulatinamente José Emilio Pacheco desliza intenciones, expresiones sobre una ciudad concatenada a las circunstancias. Mito y leyenda, realidad y sueños, principio y recomienzo, siempre:

 

                        ... todo el jardín se yergue entre las piedras:

                        nace el mundo de nuevo ante mis ojos.

 

     El mundo, y nosotros con él, tiene un destino fugaz. Desde el inicio del cántico, Pacheco lo precisa:

 

                        Nada altera el desastre: llena el mundo

                        la caudal pesadumbre de la sangre.

 

     La realidad, ciertamente, es cruel. Y así lo revela el poeta. Por ende, hay versos contundentes, sabiduría al nivel de sentencias. En el volumen No me preguntes cómo pasa el tiempo[7], con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1969, la visión histórica del mundo prevalece desde el inicio del libro. Su intención: contraponerse a las profecías y a las revelaciones. La respuesta, materialista desde luego, es obvia: “Basta mirar lo que hoy ocurre” (p. 14) para saber que la fugacidad de las cosas, la impermanencia, el deterioro, representa el signo inequívoco de la vida; por lo mismo, hasta el lenguaje se funde en el vacío.

 

     La óptica desacralizada del poeta lo lleva, justamente, al verso directo, al enunciado crítico, epigramático. La poesía como acumulación de citas cognoscitivas; la dicción lírica bajo el imperio de la retórica; es decir, de la impostura. Si nada es sagrado, el lenguaje se advierte como un simple código, un discurso para exteriorizar la crueldad del mundo y la condición fugaz de la materia. Y sin embargo, en este poemario prevalece el ritmo, los silencios pausados, el estremecimiento divino, los planos de significados simultáneos. Hay poesía en estas líneas:

 

                        Arde la misma rosa en cada rosa

El agua es simultánea y sucesiva

                        El futuro ha pasado

                        El tiempo nace

                        de alguna eternidad que se deshiela.

 

     Sapiencia, convicción, ludismo. Sucesos y versiones. Recuento de hechos. La exaltación como núcleo fundamental. Paulatinamente el autor va prefigurando una estética discursiva, una propuesta más del orden del significante, donde la poesía representa un acto compartido. La palabra designa el transcurrir de la Historia, recuperando vacíos. En Islas a la deriva[8] prevalece el asombro, el redescubrimiento del origen, la reinvención del pasado. En esta obra se concilia el tono sacro con la locución sencilla, la valoración de la historia como el impulso que provoca el cambio expresivo, ideológico; el significante que prevalece al sentido estético, el cántico con la integración substancial de las cosas:

 

                        Si este silencio hablara

                           Sus palabras se harían de piedra

Si esta piedra tuviera el movimiento

                           Sería mar

                        Si estas olas fuesen prisioneras

                           Serían piedras

                        en el observatorio

                           serían hojas

                        convertidas en llamas circulares.

 

     El poeta asume la condición del cronista y del escriba, del sacerdote y del amanuense. Su función es fluctuante; la remembranza histórica se revela y se condensa, por eso es factible, y conveniente, anotar los acontecimientos. La poesía es crónica, memoria, sucesión de hechos; por eso, también, el registro de los poetas novohispanos, los guiños a Las Casas y a López Velarde. Islas a la deriva (1976) resume la condición reflexivamente lírica de José Emilio Pacheco. Historia y revelación; técnica y exaltación; posibilidades, intenciones, propuesta estética: categoría artística.

 

     El poeta retoma su condición de cantor para compartir su emotividad. Se observa, además, el desplazamiento del mundo, lo crudelísimo de la realidad, que finalmente se impone en la declaración lírica; el susurro de las cosas, los acontecimientos imperceptibles que, no obstante, repercuten en la memoria. Todo ello, eslabones férreos de la existencia. Pacheco recupera aquí el tono solemne, grave, de todo lírida. Su visión se transfigura. Por otra parte, lo fugaz, el movimiento continuo, la eternidad del instante se apoderan del poemario titulado Desde entonces (1980)[9]. Reflexiones, textos en prosa, versiones de otros autores se van entretejiendo para formar un entramado lírico donde la escritura testimonia este transcurso. Sabiduría y mordacidad, estampas líricas, casi daguerrotipos ocres; la voz que susurra evitando el canto, la visión sagrada del antiguo poetizar. El ritmo se va desplazando con suavidad. Y a pesar de las pausas versiculares, alcanza el tono prosístico, prosaico, como el de una traducción, o una simple versión al español donde quedan, mínimamente, aspectos fugaces de los recursos estilísticos utilizados en el texto de origen.

 

     Esta sensación se repite a lo largo del libro: los textos de José Emilio Pacheco alcanzan la dimensión de enunciados líricos, artefactos semánticos que soslayan la brillantez lingüística; reflejos emotivos que admiten en momentos la capacidad estética del lenguaje. Si los antiguos bardos cantaban una historia, Pacheco narra un canto. Más cercano a la prosa, el verso de este autor soslaya el orden sonoro de la imagen, la voz humana oficiando, revelando verdades fundamentales y desemboca en un lenguaje más crítico, más reflexivo. Acaso por lo mismo, otro libro del poeta que me ocupa, Los trabajos del mar (1983)[10] contiene, según los editores, lo que postula Marianne Moore: el sentido de compactación, el tono “absolutamente nítido, absolutamente eficiente, para hacer del lenguaje poético un verdadero vehículo del pensamiento”. Curiosamente, el poema titulado “Prosa de la calavera” observa una enorme dosis de poesía.

 

     El aliento es grave, solemne, casi grandilocuente, con el sentido trágico heredado de la tradición judeocristiana: Como Ulises me llamo Nadie. Como/ demonio de los Evangelios mi nombre es Legión. El tono satírico es inmejorable. Creo que este es el tono exacto del cantor que me ocupa. Versos irregulares, amétricos; expresión discursiva, arrítmica, sin variedad estilística, soslayando los cánones del discurso placentero.

 

     El aparente agotamiento preceptivo lleva a Pacheco al tono narrativo. En otros términos: aquí no hay intenciones líricas: el lenguaje va del enunciado a la ligereza; irreverente, busca desacralizar el estilo expresivo, la acentuación regular, isocrónica. Sin embargo, no llega al desaliño, aunque esta actitud estética tampoco elude el sentido substancial de la lengua poética.

 

     Para finalizar, El silencio de la luna[11], volumen con el que obtuvo el “Premio de Poesía José Asunción Silva” en 1994, retoma en muchos momentos el repertorio rítmico para percutir un cántico inicial, donde el reconocimiento a la mujer es evidente. Pacheco forja, en la primera parte, una visión histórica con sabiduría, con justa precisión. Riesgos y temores del hombre frente a la cruel naturaleza femenina. “Prehistoria” es un canto preciso, hermoso, perturbador, donde confluyen el sentimiento y el pensamiento. En la segunda instancia del poemario lo cotidiano da paso a la conciencia del tiempo, a los sucesos irrepetibles, a la fugaz permanencia de la vida:

 

                        Y nadie escucha.

                        Sombra y silencio en torno de la gota,

                        brizna de luz entre la noche cósmica

                        en donde no hay respuesta.

 

     El orden sonoro de la imagen vuelve en la serie de pareados de la p. 98. En la tercera parte de este volumen, los temas objetivos, los poemas y estampas líricas se desplazan entre el pensamiento y la sensibilidad. El tiempo prevalece en el golpeteo de la lluvia, que termina por disolver la noche. Fugacidad y permanencia, vacío y completud: dimensión de la existencia. Por último se advierte un exacto equilibrio lingüístico, contundencia, reflexión y testimonio existencial. La vida, en ocasiones, es anómala, terrible, crudelísima, pero que no obstante permanece. Ironía, sí. Pero también tragedia y esperanza. El silencio de la luna arroja saldos favorables, aunque no mantiene su nivel emotivo inicial.

 

     Sabiduría e inteligencia frente a la dinámica condición, y convicción, de poetizar el entorno. Hay instantes justos donde la percepción, la energía interior se desborda. Puede advertirse la diversidad de registros en la poética de José Emilio Pacheco. Del tono sacro, a las expresiones discursivas. La lucidez como estado de gracia, el aspecto lírico como forma sensible y de sapiencia. La objetividad histórica frente a la transformación lúdica del habla poética.

 

     De la métrica y la rima de sus inicios, a la paulatina entrega al tono narrativo, muchas veces soslayando los cánones de acentuación y las figuras de dicción y de pensamiento, en Pacheco se advierte la Historia y el lenguaje crítico, confluyendo en una estética lírica significada por el tono conversacional, directo en ocasiones.

 


[1] México, D. F., 30 de junio de 1939

[2] Cfr. Tarde o temprano, pp. 15-35

[3] FCE, Letras Mexicanas, Méx., 1980, 321 pp. Pacheco compila veinte años de poetizar, con variantes y cambios realizados en los poemas reunidos. Las modificaciones que realiza el propio autor, sobre todo de sus primeros libros, muestra a un autor no sólo con una visión trágica del mundo, sino ahora desencantado Es, según el propio Pacheco, su primer libro el cual ha tardado 20 años en escribir.

[4] FCE/SEP, Lecturas Mexicanas, No. 44, Méx., 1984, 130 pp.

[5] Selec. y prólog. de José Ma. Guelbenzu, Alianza Edit., El libro de bolsillo, Madrid, 1985, 112 pp.

[6] Cfr. El estudio introductorio de José Ma. Guelbenzu, en Alta traición,  p. 14

[7] Edit. Joaquín Mortiz, Méx., 1969, 122 pp.

[8] Siglo XXI Edit., Méx., 1976, 159 pp.

[9] Edic. Era, Méx., 1980, 112 pp.

[10] Edic. Era, Méx., 1983, 86 pp.

[11] Edic. Era/Casa de Poesía Silva, Méx., 1994, 175 pp.

 

Oscar Wong nació en Tonalá, Chiapas, México (1948). Poeta, narrador, ensayista y profesor de literatura. Es miembro activo de la comunidad intelectual de Chiapas. También es promotor y editor de antologías de excelente calidad, tales como: Chiapas. Nueva fiesta de pájaros (Editorial Praxis, 1998), en donde se rescata la tradición de un siglo de su entidad natal a través de las voces de 17 poetas nacidos en ese estado sureño, y Chiapas. Dimensión social de la narrativa (Editorial Edaméx, 1999), proyecto que incluye a narradores chiapanecos. Ha obtenido diversos galardones, entre los que destacan: el Premio Nacional de Poesía "Ramón López Velarde" en 1988, por su libro Enardecida luz; el primer lugar en el Certamen Literario "Rosario Castellanos" en 1989, en cuento, con el volumen La edad de las mariposas; el primer lugar en los XXVI Juegos FLorales "Anita Pompa de Trujillo" en Hermosillo, Sonora en 1998; y en julio de 2000 ganó los XXXIX Juegos Florales Nacionales de Ciudad del Carmen, Campeche, con el libro Razones de voz. Ha publicado los poemarios: Espejo a la deriva (1996), Cantares del Escriba (1999) y Fulgor de la desdicha (2002), entre otros. En la categoría de ensayo se destaca su libro: La Pugna Sagrada (1997). Sus poemas, ensayos, narrativas y artículos aparecen en diferentes publicaciones de México, al igual que en América Latina, Estados Unidos y Europa.