Hay una imagen que viene a mí, noche tras noche...
Es el recuerdo de un amor que sentí hace mucho tiempo por aquel
hombre casado con Dios. Aquel día estaba muy cansada. Lo único que
deseaba era me llamaran para atenderme en la peluquería. Hacía
apenas dos días que había regresado a San Juan y sólo quería que
Asdrúbal, mi peluquero de tantos años, me atendiera. Habían pasado
ya algunos años desde que me había trasladado a la ciudad de San
Francisco y aún no me dejaba arreglar el cabello por nadie que no
fuera él. Manías que se nos meten en la cabeza a las mujeres, como
si en esas grandes ciudades no existieran otros peluqueros con una
vasta experiencia, que van a seminarios por todo el mundo y con unos
historiales excelentes. Pero era cosa de costumbre...o de fidelidad.
¡Me relajaba tanto cuando iba allí!…. Ese día, después de tanta
agitación con los pormenores de la presentación, sentía que me
merecía el descanso y no pensar en nada; dejar que me mimaran con un
buen masaje facial, arreglo de uñas y todo lo que me hiciera estar
mejor conmigo misma.
Hacía días que no podía quitar esa inquietud del alma y
que no sabía a qué atribuir. Sí, era la primera exhibición de mis
obras en la Isla, pero no la primera de mi carrera, tampoco sería la
última. Ni cuando estuve en Francia, aún sin hablar el idioma,
compitiendo con tantos artistas famosos, me sentí tan inquieta. No
podía ser eso. Era como un presagio. Desde niña, cuando sentía esa
inquietud, era porque algo malo me iba a suceder. Sacudí el
pensamiento y agradecí al cielo escuchar la voz de la recepcionista
que me llamaba:
̶
Anastasia... Anastasia...
Me levanté y la seguí, sólo para ver ̶
sorprendida ̶
que,
a la vez, se levantaba otra mujer que respondía al mismo nombre. Era
ella, la “otra” Anastasia, la asistente del Padre Luciano, la que,
cuando yo llamaba, le decía que llamaba la "otra" Anastasia. Por el
tiempo compartido con él, se sentía dueña de ser la primera, ya que
llevaban veinte años trabajando juntos.
Me dio tanta alegría verla…. Pasó mucho tiempo desde que me fui y
perdí el contacto con ellos. Descubrí entonces, que habían duplicado
la cita, confusión de nombres, así que me tocó esperar. Le pregunté
como estaba el Padre Luciano y se sorprendió de que no supiera que
estaba muy enfermo. Intentado disimular, dije estar al corriente por
no querer admitir que hacía meses, por distracción en mi trabajo,
que no le había llamado.
̶
Le llamaré esta misma tarde ̶
apostillé con premura.
En la casa parroquial de Río Piedras, donde él se
alojaba la última vez que conversamos, no estaba. Me comentaron que
últimamente vivía en el domicilio de su madre, Doña Amelia. Llamé y
tuve la alegría de que fuera él quien contestara. Pero no era
aquella voz saltarina de mi amigo del alma, llena de alegría y de
bondad, era una voz apagada. Le pregunté qué le ocurría y me dijo
que tenía un tumor en el cerebro, que le estaba dando candela y se
lo habían removido:
̶
¡Pero si eso es peligroso! ̶
le dije.
Me respondió que no:
̶
Los
médicos no observaron excesivos riesgos y yo tenía toda mi fe en
Dios de que saldría airoso de esta prueba que me ha tocado vivir.
Pero tendré que guardar mucho reposo y, por lo mismo, me he visto
obligado a trasladarme a casa de mi madre. Me preguntó cuánto
tiempo me quedaría y le dije que sólo un par de días, pero que
volvería en dos semanas para la presentación de mis esculturas en
una galería reconocida de la ciudad. Prometí que una vez llegara le
llamaría para vernos. Nos pondríamos al día con todas las cosas que
nos habían ocurrido en los últimos meses.
̶
Te
quiero mucho ̶ le dije.
̶
Y
yo a ti también Anastasia ̶ me contestó.
Mi nombre pronunciado por él ese día, me pareció
diferente, algo etéreo.
El avión que me traía de regreso a la Isla descendía lentamente por
el lado noroeste. La vista hermosa del viejo San Juan y de la bahía,
me despertaban la nostalgia que sentía. No podía dejar de sentir una
gran emoción cuando regresaba a casa. Era tanta que las lágrimas
salían solas cada vez que lograba regresar y miraba a través de la
ventana del avión. Se agolpaban los recuerdos viendo la cordillera
en la distancia. Las emociones se acumulaban y la cabeza me daba
vueltas. ¡Eran tantos los amigos a los que quería ver y era casi
imposible hacerlo! Menos mal que ésta vez sería más fácil,
diferente, pues les vería a todos a la vez en la Exposición. Lo
primero que haría sería llamar a Luciano. Si ya estaba mejor, le
pediría me acompañase a la presentación como lo hizo la primera vez.
Nunca olvidaré la experiencia de ese día. Había intentado durante
meses, sin lograrlo, que alguna galería reconocida apoyara mi
primera exhibición. Sí, yo no era conocida como pintora y mucho
menos como escultora, pero bien que tenía mi trabajo como prueba,
las otras exposiciones en el extranjero, mis estudios, mi
trayectoria. Pero era como todo: “si no tienes padrino, no te
bautizas", o como bien dicen “nadie es profeta en su tierra”.
Decidí alquilar una discoteca por la tarde, montar una exhibición y
hacerlo yo misma. Eso sí, con una gran publicidad y con el respaldo
de varios amigos que creían en mi obra. Luciano era uno de ellos.
Nunca olvidaré que llegué al lugar casi a la hora en que deberían
comenzar a llegar los invitados. Allí, sentado en la entrada, estaba
él. ¡Qué hombre tan guapo!: alto, de unos seis pies de estatura,
delgado pero fornido, de pelo negro y una sonrisa que iluminaba el
alma a cualquiera. Qué alegría me dió verle. Nos habíamos hecho
amigos desde que nos miramos a los ojos la primera vez. Nos dimos un
abrazo y noté que no estaba vestido de sacerdote. Su alzacuello
blanco había sido suplantado por una elegante corbata de seda de
tonalidades azules y su traje negro por uno azul marino de una
elegancia impresionante.
Nada que ver este hombre con el cura. Le pregunté que dónde dejó su
vestimenta de sacerdote y me respondió que ese día nadie debía
brillar o llamar la atención más que yo. Que ese era “mí día”, tan
esperado. Me costó mucho convencer a mis amigas de que no era un
nuevo novio o romance, era un sacerdote serio y simplemente éramos
amigos.
̶
¡Por
Dios, Anastasia! ̶
Me
decía mi amiga Pilar ̶ , que me voy a meter a monja esta misma
semana, a ver si lo pesco en los pasillos del Colegio. ¡Niña qué
bueno que está!
Llegué a la casa de mis padres y me extrañó que no
estuvieran. Eran las diez y media de la mañana. Habrían tenido
alguna cita con un médico. Ellos sabían que yo tenía llaves de la
casa y como no les permitía que fueran al aeropuerto a buscarme,
seguían con su vida cotidiana como si nada. Encima de la mesa estaba
el periódico. Enseguida lo cogí para leerlo, eran muchos los deseos
que tenía de saber si habían anunciado ya la presentación de mis
obras. Lo abrí por la mitad buscando la sección de sociales y la
página que hojeé contenía las esquelas. Leí varias con un nombre en
letras enormes que decían: “PADRE LUCIANO ALVAREZ” ha fallecido.
¡No, no podía ser! Informaban que el cortejo fúnebre
saldría de la funeraria a las once de la mañana. Miré el reloj y
tenía las once en punto. ¡Dios Mío!, ¡Luciano, nuestro Luciano había
muerto! Pensé que si me apuraba podría llegar a tiempo al
cementerio. Llamé un taxi y pensé que debía cambiarme. Estaba con un
conjunto de pantalón rojo con el que había viajado toda la noche.
Como una loca tiré la maleta en la cama, saqué un vestidito de
verano negro y blanco que traía, unas alpargatas blancas y me vestí
como pude. Acababa de ponérmelo cuando sonó la bocina del Taxi.
̶
Por
favor, lléveme al cementerio de Isla Verde. Lloré, lloré como una
magdalena todo el camino. ¿Que habría ocurrido? ¿No estaba todo bajo
control? ¿Quizá lo operaron y no resistió? O ¿es que me había
mentido para ahorrarme un dolor? ¡Coño Luciano!..., ¿con qué derecho
te ibas sin despedirte de mí...?
El taxi me dejó en la avenida, a las afueras del
cementerio. No había un alma por allí. Sólo se veía aquel toldo
verde que cubría una tumba abierta al final del cementerio, donde
las paredes que lo rodeaban daban al mar. Caminé hacia ella y me
senté a esperar. Al menos, él reposaría en un lugar hermoso, con la
brisa de mar, el sol radiante, en su tierra natal. Pero eso no era
consuelo, yo sabía que él creía en otras cosas, que allí no se
quedaba. Y ahora, en unos minutos llegaría el cortejo fúnebre que
traería sus restos. ¡Dios Mío...! No me pude despedir de él. Pero no
podía sentirme así, con esa angustia. Yo sabía que algún día
tendríamos que partir, tendríamos que separarnos, otra vez.
Recuerdo cuando nos conocimos o, mejor dicho, nos reconocimos. Yo
acababa de mudarme a San Francisco hacía unos meses. Había sido una
decisión muy difícil, pero tenía que buscar nuevos horizontes.
Decidí regresar a casa esa primera Navidad en que me había alejado
de la familia, tal vez, para siempre. Era difícil pasarla lejos de
los seres queridos, así que cogí los pocos ahorros que me quedaban y regresé
para sorprender a mi gente. Pasé tanto coraje cuando ya en el avión
anunciaban la parada en Washington D.C. ¿Cómo que una parada? El
agente de viajes especificó que era un viaje directo a la Isla.
Llamé al asistente de vuelo que estaba a cargo y le reclamé.
Me habían dicho que era un vuelo directo y ahora decían que
aterrizaríamos en Washington. ¿Qué sucedía? Me dijo, con un tonito
de sabelotodo, de superioridad, que ese era un vuelo con escala. Que
un vuelo "directo" era con escala. De querer ir sin paradas tenía
que haber pedido un vuelo sin escala. Me sentí engañada por el
agente de viajes, pero bien que le reclamaría a mi regreso. Para
colmo de males, nos hicieron bajar del avión mientras lo limpiaban.
En la sala de espera, lo vi. Ese hombre que, al cruzar su mirada con
la mía, me imantó. Nos quedamos mirándonos hasta el descaro, estaba
segura que lo que sentía era algo superior a mí, algo que nunca en
esta vida había experimentado.
Traté de leer en la sala de espera pero no podía concentrarme. Cada
vez que levantaba la vista del libro, ahí estaban aquellos ojos
punzantes mirándome. Coincidimos en el avión, le tocó sentarse al
cruzar el pasillo, cerca de mí. Comenzamos a hablar y después de
unos minutos sentí como si le conociera de toda la vida. Me preguntó
a qué me dedicaba y le conté en unos minutos, prácticamente, toda mi
vida. Tal vez, por esa sensación de familiaridad que sentía. Cuando
le pregunté si había estado de vacaciones en Washington, me
respondió que no. Nerviosa, le comenté que conocía esa ciudad tan
hermosa y comencé a lucirme diciéndole de los lugares que había
visitado y que él en sus múltiples viajes a la ciudad ya había
conocido. Me dijo que vivió allí un tiempo. Me parecía tan genial
que conociera todo tan bien. Entonces le pregunté si es que había
estudiado allá. Me contestó que sí, en cierto modo. Llegó allí
cuando comenzó su vida de seminarista...
̶
¡Seminarista! ¿Seminarista?
̶
Sí
seminarista ̶
me
confirmó. Regresaba feliz porque hacía sólo tres días lo habían
ordenado sacerdote. Tuve que disimular mi decepción. Por el
contrario, a él se le veía inmensamente feliz... Su sonrisa era tan
hermosa, iluminada por algo lejano a mi entender. Intercambiamos
nuestros números de teléfono y quedamos estar en contacto. No
pasaron sino unos días y en víspera de Navidad me llamó. Me emocionó
mucho esa llamada, dado que al ser sacerdote pensé que nunca más
volvería a saber de él. Le pregunté cómo le iba en el Colegio ahora
que no era hermano, sino sacerdote. Me dijo que bien, aunque ese día
lo había pasado fatal, había sido día de confesión y los pecados de
aquellos chicos del colegio eran todos iguales, aburridos. Todos
pecaban de lo mismo, el pecado “capital”: se masturbaban... Me reí
tanto. ¡Cómo era que tenía tanta confianza en mí para decirme
aquello! Así, de ese modo tan extraño, fue naciendo en mí un
sentimiento, hasta entonces, desconocido. El “amor platónico” del
que tanto había oído hablar.
Tendría que resignarme pues estaba “casado” con Dios y yo no era
quién para cambiar eso. Surgió una amistad de camaradería. A veces,
sonaba el teléfono de madrugada. Era él, disculpándose porque, en su
insomnio, me enredaba. Sabía que yo como artista trabajaba mucho a
deshoras. Me decía que no podía dormir, porque unos feligreses de la
parroquia, un matrimonio con problemas le pedían consejo y él no se
sentía capaz de discernir cuál era la respuesta que esperaban de él
para otorgarles paz y armonía. Entonces, me contaba, yo le
aconsejaba y días después me llamaba para decirme que lo habíamos
logrado, habíamos salvado un matrimonio. Eso me llenaba de gran
júbilo, saber que de una forma u otra yo estaba haciendo trabajos
sociales indirectos.
Un día, me encontraba en mi estudio en San Francisco.
Preparaba mis trabajos bajo la tutela de mi profesora de arte.
Habíamos sido seleccionados varios pintores del área para participar
de una magna exhibición del estado en el Lago Tahoe. Era muy
importante y me catapultaría como una de las pintoras más cotizadas
de la región. Aunque ya eran las doce de la noche, me obligaba a
terminar, porque a la mañana siguiente tenía otros compromisos. El
arte era mi pasatiempo, pero un pasatiempo que se me estaba
escapando de las manos. Mi trabajo en bienes raíces era lo que, en
realidad, pagaba las cuentas. Sonó el teléfono del estudio. Me
sorprendió pues casi nadie me llamaba allí y menos a esa hora.
Levanté el auricular y era Luciano...
̶
Luciano,
¿qué ocurre?
̶
Nada
mujer, te llamo porque deseo hacerte una invitación.
El segundo domingo del mes entrante hay una actividad
en el Colegio y quiero que seas mi invitada especial. Le pregunté de
qué se trataba, pero me dijo que sería una sorpresa. Hice todos los
arreglos para ir. Era la primera vez que Luciano me invitaba a algo
con tanto entusiasmo. Luciano, cuántas veces me escuchó mi madre
decirle así e indignada me recriminaba.
̶
¡Es
el Padre Luciano, Anastasia! ¡Ten más respeto, que es un sacerdote!
Y yo le decía:
̶
Calma
mamá, que antes que sacerdote, es mi amigo, un amigo entrañable al
que quiero mucho. Ella me miraba con ojos del que te contesta:
̶
Sí...demasiado.
Llegué puntual a la recepción en el Colegio. Subí unas
escaleras empinadas desde el estacionamiento. Estaba nerviosa. Había
ido sola y no conocía a nadie salvo a Luciano. Le vi nada más
entrar. Le estaban entrevistando, gente con micrófonos y cámaras.
Al verme, siguió hablando con el mismo aplomo que lo caracterizaba.
Pero su mirada era tan intensa, tan directa hacia mi, que los
entrevistadores se giraron a ver a quién miraba. Allí estaba yo,
parada como una estatua, tiesa, vestida como una reina. Esa noche de
alguna forma me sentía hermosa, mirándole con la misma intensidad
que daba el derecho de ser camaradas, amigos incondicionales, amigos
“astrales”. Se acercó y me dijo:
̶
La
misa va a comenzar.
Me fui sola y me senté donde me indicó. Oficiaba él la
misa; ese sacerdote al que no conocía, nunca había ido a una misa
suya, ni se me hubiera ocurrido. Al dar el sermón me enteré,
celebraba sus 25 años de sacerdocio y le dedicaba la misa a sus
amigos, en especial a mí. Nunca pensé en tener emociones mezcladas
de amor espiritual y carnal, hasta esa noche. Supe de lo que es una
entrega incondicional, un amor de amigos sin expectativas, ese día
supe que no estaba sola en este planeta.
Me desperté en casa de mis padres al día siguiente.
Tuve un sueño con él: estábamos en una casa de la playa un grupo de
personas amigas. Él con su sotana de sacerdote, feliz, hablando como
siempre con todos. Yo en un balcón del segundo piso, sentada en una
mecedora de madera, meditando. Luciano se acercó a preguntarme qué
me pasaba. Le dije que nada, me levanté y caminé al interior de la
casa. Me tomó del brazo y me volvió a preguntar qué era lo que me
ocurría. Le miré a los ojos y me quedé tan imantada como al
principio. Él se acercó y me besó. Me desperté asustada, dándole
gracias a Dios por ser sólo un sueño.
Mi madre entró en la habitación. Cuando se dió cuenta
de que estaba despierta, me ofreció el desayuno. Me vio la cara de
espanto. Le conté lo del sueño con Luciano y me dijo:
̶
Padre
Luciano, Anastasia, Padre Luciano ̶ insistió. Y me dio un sermón
peor de los que daban en la Iglesia. Que no debía llamarle Luciano a
solas y sobre todo, nunca, nunca debía contarle lo de ese sueño,
porque sería muy injusto por mi parte inquietar a un sacerdote que
nada tenía que ver con mis inquietudes de mujer mundana.
Regresé a mi apartamento en San Francisco, a mi trabajo y a mi
pintura. Le daba gracias a Dios de que vivía lejos de Luciano. Sonó
el teléfono y era él recriminando que me hubiera ido sin siquiera
haberle llamado para despedirme.
̶
Se me
complicaron las cosas ̶
dije.
Tuve que cumplir con las obligaciones familiares y el tiempo se me
fue. Con una nota de camaradería, le comenté mi sueño con él.
Insistió en conocer al detalle el mismo y le respondí que no podía
decírselo.
̶
Pero
¿por qué no? ̶ preguntó.
̶
Porque alguien con más experiencia que yo, me ha aconsejado no
hacerlo.
̶
Es
que, ¿acaso, es algo como lo de "El pájaro espino"?
̶
Sí ̶
contesté con la voz entrecortada y algo ruborizada.
Sólo recuerdo su risa a través del hilo telefónico. Una alegría en
su voz desconocida para mí. Sonaba como si, sobre eso, le habrían
alertado en sus años de seminario.
Unos meses después, regresé a la Isla para unos
preparativos de la boda de una amiga. Me quedé con ella en su
apartamento. Llamé a Luciano y le dije que estaba de visita. Me dijo
que yo como siempre le caía llovida del cielo, que me necesitaba
como nunca. Un chico seminarista al que le había tocado ser su guía
espiritual, estaba en un error. Para él no tenía pinta de ser
candidato a seminarista. Pero el chico insistía, decía que sí, que
tenía vocación y Luciano me pidió le permitiera ir al apartamento
esa noche con el muchacho para que yo le diera mi opinión sobre él.
No quería equivocarse y sacar del seminario a quien no debía. Yo me
emocioné mucho de que confiara tanto en mí. Ariana, mi amiga, se fue
esa noche con el novio y me dejó sola para que no tuviéramos prisa
en resolver ese asunto tan delicado. En el balcón de su apartamento,
con la vista del Yunque por delante, el reflejo de las estrellas en
la laguna al frente y la luna de testigo, conversamos los tres. Yo
sentada al lado de Luciano en una tumbadora para dos y él frente a
nosotros. Después de miles de preguntas que le hice sabía que
Luciano tenía la razón. Este muchacho no debía ser sacerdote.
Luciano me puso la mano por los hombros y le dijo para convencerle
de que teníamos razón en lo que le aconsejábamos algo que yo nunca
esperé escuchar...
̶
Esta
hermosa mujer que tengo a mi lado, dijo, es mi mejor amiga, pero si
la hubiera conocido tres días antes de lo que la conocí, antes de
que me ordenaran sacerdote, habría colgado los hábitos y hoy estaría
casado con ella. Abrí los ojos desorbitados y sin querer me encontré
diciéndole, que yo tampoco le hubiera dejado escapar. Era una de las
pruebas de amor verdadero, más grandes que nunca habría de tener.
Nunca volví a ver al seminarista, sólo supe por Luciano que se había
marchado del seminario unas semanas después, ya habían pasado años
desde entonces y nunca dejamos de ser esos amigos incondicionales de
siempre.
El cortejo fúnebre llegaba. Me levanté como una
sonámbula y me alejé de la tumba vacía donde había estado sentada,
en espera de su llegada. Varias limusinas llenas de flores seguían
el coche que traía sus restos. ¡Cuánta gente! Todos vestidos de gala
y yo como una pordiosera, mal vestida pero allí, firme, para darle
el último adiós a mi amigo del alma. No conocía a nadie, a Doña
Amelia la habían llevado de la funeraria a casa. Es tan difícil eso
de sobrevivir a los hijos... Cuando el padre se acercó para oficiar
el último responso ̶ era el Padre Juan Vicente ̶ un seminarista de
los que también paso por mi casa con Luciano y sí era un hombre de
fe. Había llegado a ser un gran sacerdote. Supe, días después del
entierro, que era el escogido para suceder a Luciano como Principal
del Colegio. Pero no podía acercarme a él y menos en la facha en la
que andaba.
Lloré, lloré mucho con sus palabras. Le amaban
tanto..., había sido un sacerdote ejemplar, un pilar de la Iglesia.
Comencé a hablarle a Luciano en ese lenguaje que sólo los que
creemos en la telepatía y en que hay otros mundos, conocemos. Le
sentí la voz, casi su aliento cerca de mí consolándome, diciéndome
que él no estaba en aquella caja que bajaban a aquel hueco. Él
estaba allí, junto a mí, sintiendo ese sol candente de nuestra Isla,
la brisa del mar, disfrutando ese hermoso día, siendo testigo de los
amigos que le querían bien y fueron a esa última reunión con él,
llena de camaradería. Pero que él estaba allí, conmigo, como
siempre, misterioso, estando, pero sin estar, siendo sin ser.
Le dije, me diera una prueba, de esas que tanto
hablamos cuando decíamos que nos dejaríamos sentir el uno al otro,
cuando tuviéramos que partir. Que probara lo que me dijo un día de
que yo, había hecho de él un creyente. Sentí un brazo que se posó en
mi hombro, miré a ver quien era y sentí un cuerpo que me arropaba
diciéndome, lo siento, no sabes cuánto lo siento.
No tuve casi tiempo de mirarle a la cara, sentía ese abrazo sincero,
un calor que emanaba de él y me daba consuelo, lloré, me abracé con
desesperación a aquel cuerpo que se me acercaba justo en ese
momento. Me sentí bañada por sus lágrimas, sus gemidos, sus
pucheros. Pasó un tiempo que me pareció eterno. Cuando nos separamos
le vi, era él, el seminarista arrepentido y volvimos a fundirnos en
un abrazo. Él, muy cariñoso, me decía al oído:
̶
Anastasia, él te quería tanto, tanto.
̶
Lo
sé, hoy más que nunca lo sé
̶
le
dije.
A su lado estaba una hermosa mujer de cabello largo,
rubio, con una hermosa barriga de embarazo. Me dice emocionado:
̶
Te
presento a mi esposa. La abracé y sentí algo que me halaba la falda,
miré hacia abajo y ahí estaba un niño hermoso de unos tres añitos,
sonriendo, inocente, que me decía:
̶
Hola.
Soy Luciano...