Miami
Estados Unidos
Año XI

 Nº 63/64

Escríbanos     

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

EL AMOR AL PADRE LUCIANO

  

 por

María Juliana Villafañe

 

 


      Hay una imagen que viene a mí, noche tras noche...
 

     Es el recuerdo de un amor que sentí hace mucho tiempo por aquel hombre casado con Dios. Aquel día estaba muy cansada. Lo único que deseaba era me llamaran para atenderme en la peluquería. Hacía apenas dos días que había regresado a San Juan y sólo quería que Asdrúbal, mi peluquero de tantos años, me atendiera. Habían pasado ya algunos años desde que me había trasladado a la ciudad de San Francisco y aún no me dejaba arreglar el cabello por nadie que no fuera él. Manías que se nos meten en la cabeza a las mujeres, como si en esas grandes ciudades no existieran otros peluqueros con una vasta experiencia, que van a seminarios por todo el mundo y con unos historiales excelentes. Pero era cosa de costumbre...o de fidelidad. ¡Me relajaba tanto cuando iba allí!….  Ese día, después de tanta agitación con los pormenores de la presentación, sentía que me merecía el descanso y no pensar en nada; dejar que me mimaran con un buen masaje facial, arreglo de uñas y todo lo que me hiciera estar mejor conmigo misma.


     Hacía días que no podía quitar esa inquietud del alma y que no sabía a qué atribuir. Sí, era la primera exhibición de mis obras en la Isla, pero no la primera de mi carrera, tampoco sería la última. Ni cuando estuve en Francia, aún sin hablar el idioma, compitiendo con tantos artistas famosos, me sentí tan inquieta. No podía ser eso. Era como un presagio. Desde niña, cuando sentía esa inquietud, era porque algo malo me iba a suceder. Sacudí el pensamiento y agradecí al cielo escuchar la voz de la recepcionista que me llamaba:

 

 ̶ Anastasia... Anastasia...

 
     Me levanté y la seguí, sólo para ver  
̶
sorprendida ̶  que, a la vez, se levantaba otra mujer que respondía al mismo nombre. Era ella, la “otra” Anastasia, la asistente del Padre Luciano, la que, cuando yo llamaba, le decía que llamaba la "otra" Anastasia. Por el tiempo compartido con él, se sentía dueña de ser la primera, ya que llevaban veinte años trabajando juntos.

 

     Me dio tanta alegría verla…. Pasó mucho tiempo desde que me fui y perdí el contacto con ellos. Descubrí entonces, que habían duplicado la cita, confusión de nombres, así que me tocó esperar. Le pregunté como estaba el Padre Luciano y se sorprendió de que no supiera que estaba muy enfermo. Intentado disimular, dije estar al corriente por no querer admitir que hacía meses, por distracción en mi trabajo, que no le había llamado.


 ̶ Le llamaré esta misma tarde   ̶ apostillé con premura.


     En la casa parroquial de Río Piedras, donde él se alojaba la última vez que conversamos, no estaba. Me comentaron que últimamente vivía en el domicilio de su madre, Doña Amelia. Llamé y tuve la alegría de que fuera él quien contestara. Pero no era aquella voz saltarina de mi amigo del alma, llena de alegría y de bondad, era una voz apagada. Le pregunté qué le ocurría y me dijo que tenía un tumor en el cerebro, que le estaba dando candela y se lo habían removido:


 
̶ ¡Pero si eso es peligroso!  
 ̶ le dije.
 
Me respondió que no:

 ̶ Los médicos no observaron excesivos riesgos y yo  tenía toda mi fe en Dios de que saldría airoso de esta prueba que me ha tocado vivir. Pero tendré que guardar mucho reposo y, por lo mismo, me he visto obligado a trasladarme a casa de mi  madre. Me preguntó cuánto tiempo me quedaría y le dije que sólo un par de días, pero que volvería en dos semanas para la presentación de mis esculturas en una galería reconocida de la ciudad. Prometí que una vez llegara le llamaría para vernos. Nos pondríamos al día con todas las cosas que nos habían ocurrido en los últimos meses.

 

 ̶ Te quiero mucho  ̶ le dije.


 
̶
 Y yo a ti también Anastasia  ̶ me contestó.


     Mi nombre pronunciado por él ese día, me pareció diferente, algo etéreo.

 

     El avión que me traía de regreso a la Isla descendía lentamente por el lado noroeste. La vista hermosa del viejo San Juan y de la bahía, me despertaban la nostalgia que sentía. No podía dejar de sentir una gran emoción cuando regresaba a casa. Era tanta que las lágrimas salían solas cada vez que lograba regresar y miraba a través de la ventana del avión. Se agolpaban los recuerdos viendo la cordillera en la distancia. Las emociones se acumulaban y la cabeza me daba vueltas. ¡Eran tantos los amigos a los que quería ver y era casi imposible hacerlo! Menos mal que ésta vez sería más fácil, diferente, pues les vería a todos a la vez en la Exposición. Lo primero que haría sería llamar a Luciano. Si ya estaba mejor, le pediría me acompañase a la presentación como lo hizo la primera vez.

 

     Nunca olvidaré la experiencia de ese día. Había intentado durante meses, sin lograrlo, que alguna galería reconocida apoyara mi primera exhibición. Sí, yo no era conocida como pintora y mucho menos como escultora,  pero bien que tenía mi trabajo como prueba, las otras exposiciones en el extranjero, mis estudios, mi trayectoria. Pero era como todo: “si no tienes padrino, no te bautizas", o como bien dicen  “nadie es profeta en su tierra”. Decidí alquilar una discoteca por la tarde, montar una exhibición y hacerlo yo misma. Eso sí, con una gran publicidad y con el respaldo de varios amigos que creían en mi obra. Luciano era uno de ellos. Nunca olvidaré que llegué al lugar casi a la hora en que deberían comenzar a llegar los invitados. Allí, sentado en la entrada, estaba él. ¡Qué hombre tan guapo!: alto, de unos seis pies de estatura, delgado pero fornido, de pelo negro y una sonrisa que iluminaba el alma  a cualquiera. Qué alegría me dió verle. Nos habíamos hecho amigos desde que nos miramos a los ojos la primera vez. Nos dimos un abrazo y noté que no estaba vestido de sacerdote. Su alzacuello blanco había sido suplantado por una elegante corbata de seda de tonalidades azules y su traje negro por uno azul marino de una elegancia impresionante.

 

     Nada que ver este hombre con el cura. Le pregunté que dónde dejó su vestimenta de sacerdote y me respondió que ese día nadie debía brillar o llamar la atención más que yo. Que ese era “mí día”, tan esperado. Me costó mucho convencer a mis amigas de que no era un nuevo novio o romance, era un sacerdote serio y simplemente éramos amigos.


 
̶
¡Por Dios, Anastasia!   ̶ Me decía mi amiga Pilar ̶ , que me voy a meter a monja esta misma semana, a ver si lo pesco en los pasillos del Colegio. ¡Niña qué bueno que está!

 
     Llegué a la casa de mis padres y me extrañó que no estuvieran. Eran las diez y media de la mañana. Habrían tenido alguna cita con un médico. Ellos sabían que yo tenía llaves de la casa y como no les permitía que fueran al aeropuerto a buscarme, seguían con su vida cotidiana como si nada. Encima de la mesa estaba el periódico. Enseguida lo cogí para leerlo, eran muchos los deseos que tenía de saber si habían anunciado ya la presentación de mis obras. Lo abrí por la mitad buscando la sección de sociales y la página que hojeé contenía las esquelas. Leí varias con un nombre en letras enormes que decían: “PADRE LUCIANO ALVAREZ” ha fallecido.

 
     ¡No, no podía ser! Informaban que el cortejo fúnebre saldría de la funeraria a las once de la mañana. Miré el reloj y tenía las once en punto. ¡Dios Mío!, ¡Luciano, nuestro Luciano había muerto! Pensé que si me apuraba podría llegar a tiempo al cementerio. Llamé un taxi y pensé que debía cambiarme. Estaba con un conjunto de pantalón rojo con el que había viajado toda la noche. Como una loca tiré la maleta en la cama, saqué un vestidito de verano negro y blanco que traía,  unas alpargatas blancas y me vestí como pude. Acababa de ponérmelo cuando sonó la bocina del Taxi.


  
̶
Por favor, lléveme al cementerio de Isla Verde. Lloré, lloré como una magdalena todo el camino. ¿Que habría ocurrido? ¿No estaba todo bajo control? ¿Quizá lo operaron y no resistió? O ¿es que me había mentido para ahorrarme un dolor? ¡Coño Luciano!..., ¿con qué derecho te ibas sin despedirte de mí...?


     El taxi me dejó en la avenida, a las afueras del cementerio. No había un alma por allí. Sólo se veía aquel toldo verde que cubría una tumba abierta al final del cementerio, donde las paredes que lo rodeaban daban al mar. Caminé hacia ella y me senté a esperar. Al menos, él reposaría en un lugar hermoso, con la brisa de mar, el sol radiante, en su tierra natal. Pero eso no era consuelo, yo sabía que él creía en otras cosas, que allí no se quedaba. Y ahora, en unos minutos llegaría el cortejo fúnebre que traería sus restos. ¡Dios Mío...! No me pude despedir de él. Pero no podía sentirme así, con esa angustia. Yo sabía que algún día tendríamos que partir, tendríamos que separarnos, otra vez.

 

     Recuerdo cuando nos conocimos o, mejor dicho, nos reconocimos. Yo acababa de mudarme a San Francisco hacía unos meses. Había sido una decisión muy difícil, pero tenía que buscar nuevos horizontes. Decidí regresar a casa esa primera Navidad en que me había alejado de la familia, tal vez, para siempre. Era difícil pasarla lejos de los seres queridos, así que cogí los pocos ahorros que me quedaban y regresé para sorprender a mi gente. Pasé tanto coraje cuando ya en el avión anunciaban la parada en Washington D.C. ¿Cómo que una parada? El agente de viajes especificó que era un viaje directo a la Isla.  Llamé al asistente de vuelo que estaba a cargo y le reclamé.

 

     Me habían dicho que era un vuelo directo y ahora decían que aterrizaríamos en Washington. ¿Qué sucedía? Me dijo, con un tonito de sabelotodo, de superioridad, que ese era un vuelo con escala. Que un vuelo "directo" era con escala. De querer ir sin paradas tenía que haber pedido un vuelo sin escala. Me sentí engañada por el agente de viajes, pero bien que le reclamaría a mi regreso. Para colmo de males, nos hicieron bajar del avión mientras lo limpiaban. En la sala de espera, lo vi. Ese hombre que, al cruzar su mirada con la mía, me imantó. Nos quedamos mirándonos hasta el descaro, estaba segura que lo que sentía era algo superior a mí, algo que nunca en esta vida había experimentado.

 

     Traté de leer en la sala de espera pero no podía concentrarme. Cada vez que levantaba la vista del libro, ahí estaban aquellos ojos punzantes mirándome. Coincidimos en el avión, le tocó sentarse al cruzar el pasillo, cerca de mí. Comenzamos a hablar y después de unos minutos sentí como si le conociera de toda la vida. Me preguntó a qué me dedicaba y le conté en unos minutos, prácticamente, toda mi vida. Tal vez, por esa sensación de familiaridad que sentía. Cuando le pregunté si había estado de vacaciones en Washington, me respondió que no. Nerviosa, le comenté que conocía esa ciudad tan hermosa y comencé a lucirme diciéndole de los lugares que había visitado y que él en sus múltiples viajes a la ciudad ya había conocido. Me dijo que vivió allí un tiempo. Me parecía tan genial que conociera todo tan bien. Entonces le pregunté si es que había estudiado allá. Me contestó que sí, en cierto modo. Llegó allí cuando comenzó su vida de seminarista...


 
̶
¡Seminarista! ¿Seminarista?

 
 
̶
Sí seminarista   ̶ me confirmó.  Regresaba feliz porque hacía sólo tres días lo habían ordenado sacerdote. Tuve que disimular mi decepción. Por el contrario, a él se le veía inmensamente feliz... Su sonrisa era tan hermosa, iluminada por algo lejano a mi entender. Intercambiamos nuestros números de teléfono y quedamos estar en contacto. No pasaron sino unos días y en víspera de Navidad me llamó. Me emocionó mucho esa llamada, dado que al ser sacerdote pensé que nunca más volvería a saber de él. Le pregunté cómo le iba en el Colegio ahora que no era hermano, sino sacerdote. Me dijo que bien, aunque ese día lo había pasado fatal, había sido día de confesión y los pecados de aquellos chicos del colegio eran todos iguales, aburridos. Todos pecaban de lo mismo, el pecado “capital”: se masturbaban... Me reí tanto. ¡Cómo era que tenía tanta confianza en mí para decirme aquello! Así, de ese modo tan extraño, fue naciendo en mí un sentimiento, hasta entonces, desconocido. El “amor platónico” del que tanto había oído hablar.

 

     Tendría que resignarme pues estaba “casado” con Dios y yo no era quién para cambiar eso. Surgió una amistad de camaradería. A veces, sonaba el teléfono de madrugada. Era él, disculpándose porque, en su insomnio, me enredaba. Sabía que yo como artista trabajaba mucho a deshoras. Me decía que no podía dormir, porque unos feligreses de la parroquia, un matrimonio con problemas le pedían consejo y él no se sentía capaz de discernir cuál era la respuesta que esperaban de él para otorgarles paz y armonía. Entonces, me contaba, yo le aconsejaba y días después me llamaba para decirme que lo habíamos logrado, habíamos salvado un matrimonio. Eso me llenaba de gran júbilo, saber que de una forma u otra yo estaba haciendo trabajos sociales indirectos.


     Un día, me encontraba en mi estudio en San Francisco. Preparaba mis trabajos bajo la tutela de mi profesora de arte. Habíamos sido seleccionados varios pintores del área para participar de una magna exhibición del estado en el Lago Tahoe. Era muy importante y me catapultaría como una de las pintoras más cotizadas de la región. Aunque ya eran las doce de la noche, me obligaba a terminar, porque a la mañana siguiente tenía otros compromisos. El arte era mi pasatiempo, pero un pasatiempo que se me estaba escapando de las manos. Mi trabajo en bienes raíces era lo que, en realidad, pagaba las cuentas. Sonó el teléfono del estudio. Me sorprendió pues casi nadie me llamaba allí y menos a esa hora. Levanté el auricular y era Luciano...


 
̶
 Luciano, ¿qué ocurre?


 
̶
 Nada  mujer, te llamo porque deseo hacerte una invitación.

 
     El segundo domingo del mes entrante hay una actividad en el Colegio y quiero que seas mi invitada especial. Le pregunté de qué se trataba, pero me dijo que sería una sorpresa. Hice todos los arreglos para ir. Era la primera vez que Luciano me invitaba a algo con tanto entusiasmo. Luciano, cuántas veces me escuchó mi madre decirle así e indignada me recriminaba.

 

 ̶ ¡Es el Padre Luciano, Anastasia! ¡Ten más respeto, que es un sacerdote!

 

Y yo le decía:


 
̶
Calma mamá, que antes que sacerdote, es mi amigo, un amigo entrañable al que quiero mucho. Ella me miraba con ojos del que te contesta:

 

 ̶ Sí...demasiado.

 
     Llegué puntual a la recepción en el Colegio. Subí unas escaleras empinadas desde el estacionamiento. Estaba nerviosa. Había ido sola y no conocía a nadie salvo a Luciano. Le vi nada más entrar. Le estaban entrevistando, gente con micrófonos y cámaras.  Al verme, siguió hablando con el mismo aplomo que lo caracterizaba. Pero su mirada era tan intensa, tan directa hacia mi, que los entrevistadores se giraron a ver a quién miraba. Allí estaba yo, parada como una estatua, tiesa, vestida como una reina. Esa noche de alguna forma me sentía hermosa, mirándole con la misma intensidad que daba el derecho de ser camaradas, amigos incondicionales, amigos “astrales”. Se acercó y me dijo:


 
̶
La misa va a comenzar.


     Me fui sola y me senté donde me indicó. Oficiaba él la misa; ese sacerdote al que no conocía, nunca había ido a una misa suya, ni se me hubiera ocurrido. Al dar el sermón me enteré, celebraba sus 25 años de sacerdocio y le dedicaba la misa a sus amigos, en especial a mí. Nunca pensé en tener emociones mezcladas de amor espiritual y carnal, hasta esa noche. Supe de lo que es una entrega incondicional, un amor de amigos sin expectativas, ese día supe que no estaba sola en este planeta.

 
     Me desperté en casa de mis padres al día siguiente. Tuve un sueño con él: estábamos en una casa de la playa un grupo de personas amigas. Él con su sotana de sacerdote, feliz, hablando como siempre con todos. Yo en un balcón del segundo piso, sentada en una mecedora de madera, meditando. Luciano se acercó a preguntarme qué me pasaba. Le dije que nada, me levanté y caminé al interior de la casa. Me tomó del brazo y me volvió a preguntar qué era lo que me ocurría. Le miré a los ojos y me quedé tan imantada como al principio. Él se acercó y me besó. Me desperté asustada, dándole gracias a Dios por ser sólo un sueño.


     Mi madre entró en la habitación. Cuando se dió cuenta de que estaba despierta, me ofreció el desayuno.  Me vio la cara de espanto. Le conté lo del sueño con Luciano  y me dijo:
 
 
̶
Padre Luciano, Anastasia, Padre Luciano ̶ insistió. Y me dio un sermón peor de los que daban en la Iglesia. Que no debía llamarle Luciano a solas y sobre todo, nunca, nunca debía contarle lo de ese sueño, porque sería muy injusto por mi parte inquietar a un sacerdote que nada tenía que ver con mis inquietudes de mujer mundana.

 

     Regresé a mi apartamento en San Francisco, a mi trabajo y a mi pintura. Le daba gracias a Dios de que vivía lejos de Luciano. Sonó el teléfono y era él recriminando que me hubiera ido sin  siquiera haberle llamado para despedirme.


 
̶
Se me complicaron las cosas   ̶ dije. Tuve que cumplir con las obligaciones familiares y el tiempo se me fue. Con una nota de camaradería, le comenté mi sueño con él. Insistió en conocer al detalle el mismo y le respondí que no podía decírselo.


 
̶
Pero ¿por qué no? ̶ preguntó.


 
̶
Porque alguien con más experiencia que yo, me ha aconsejado no hacerlo.


 
̶
Es que, ¿acaso, es algo como lo de "El pájaro espino"?


 
̶
Sí   ̶ contesté con la voz entrecortada y algo ruborizada.

 

     Sólo recuerdo su risa a través del hilo telefónico. Una alegría en su voz desconocida para mí. Sonaba como si, sobre eso, le habrían alertado en sus años de seminario.

 
     Unos meses después, regresé a la Isla para unos preparativos de la boda de una amiga. Me quedé con ella en su apartamento. Llamé a Luciano y le dije que estaba de visita. Me dijo que yo como siempre le caía llovida del cielo, que me necesitaba como nunca. Un chico seminarista al que le había tocado ser su guía espiritual, estaba en un error. Para él no tenía pinta de ser candidato a seminarista. Pero el chico insistía, decía que sí, que tenía vocación y Luciano me pidió le permitiera ir al apartamento esa noche con el muchacho para que yo le diera mi opinión sobre él. No quería equivocarse y sacar del seminario a quien no debía. Yo me emocioné mucho de que confiara tanto en mí. Ariana, mi amiga, se fue esa noche con el novio y me dejó sola para que no tuviéramos prisa en resolver ese asunto tan delicado. En el balcón de su apartamento, con la vista del Yunque por delante, el reflejo de las estrellas en la laguna al frente y la luna de testigo, conversamos los tres. Yo sentada al lado de Luciano en una tumbadora para dos y él frente a nosotros. Después de miles de preguntas que le hice sabía que Luciano tenía la razón. Este muchacho no debía ser sacerdote. Luciano me puso la mano por los hombros y le dijo para convencerle de que teníamos razón en lo que le aconsejábamos algo que yo nunca esperé escuchar...


 
̶
Esta hermosa mujer que tengo a mi lado, dijo, es mi mejor amiga, pero si la hubiera conocido tres días antes de lo que la conocí, antes de que me ordenaran sacerdote, habría colgado los hábitos y hoy estaría casado con ella. Abrí los ojos desorbitados y sin querer me encontré diciéndole, que yo tampoco le hubiera dejado escapar. Era una de las pruebas de amor verdadero, más grandes que nunca habría de tener. Nunca volví a ver al seminarista, sólo supe por Luciano que se había marchado del seminario unas semanas después, ya habían pasado años desde entonces y nunca dejamos de ser esos amigos incondicionales de siempre.

 
     El cortejo fúnebre llegaba. Me levanté como una sonámbula y me alejé de la tumba vacía donde había estado sentada, en espera de su llegada. Varias limusinas llenas de flores seguían el coche que traía sus restos. ¡Cuánta gente! Todos vestidos de gala y yo como una pordiosera, mal vestida pero allí, firme, para darle el último adiós a mi amigo del alma. No conocía a nadie, a Doña Amelia la habían llevado de la funeraria a casa. Es tan difícil eso de sobrevivir a los hijos... Cuando el padre se acercó para oficiar el último responso ̶ era el Padre Juan Vicente ̶  un seminarista de los que también paso por mi casa con Luciano y sí era un hombre de fe. Había llegado a ser un gran sacerdote. Supe, días después del entierro, que era el escogido para suceder a Luciano como Principal del Colegio. Pero no podía acercarme a él  y menos en la facha en la que andaba.

 
     Lloré, lloré mucho con sus palabras. Le amaban tanto..., había sido un sacerdote ejemplar, un pilar de la Iglesia. Comencé a hablarle a Luciano en ese lenguaje que sólo los que creemos en la telepatía y en que hay otros mundos, conocemos. Le sentí la voz, casi su aliento cerca de mí consolándome, diciéndome que él no estaba en aquella caja que bajaban a aquel hueco. Él estaba allí, junto a mí, sintiendo ese sol candente de nuestra Isla, la brisa del mar, disfrutando ese hermoso día, siendo testigo de los amigos que le querían bien y fueron a esa última reunión con él, llena de camaradería. Pero que él estaba allí, conmigo, como siempre,  misterioso, estando, pero sin estar, siendo sin ser.

 

     Le dije, me diera una prueba, de esas que tanto hablamos cuando decíamos que nos dejaríamos sentir el uno al otro, cuando tuviéramos que partir. Que probara lo que me dijo un día de que yo, había hecho de él un creyente. Sentí un brazo que se posó en mi hombro, miré a ver quien era y sentí un cuerpo que me arropaba diciéndome, lo siento, no sabes cuánto lo siento.

 

     No tuve casi tiempo de mirarle a la cara, sentía ese abrazo sincero, un calor que emanaba de él y me daba consuelo, lloré, me abracé con desesperación a aquel cuerpo que se me acercaba justo en ese momento. Me sentí bañada por sus lágrimas, sus gemidos, sus pucheros. Pasó un tiempo que me pareció eterno. Cuando nos separamos le vi, era él, el seminarista arrepentido y volvimos a fundirnos en un abrazo. Él, muy cariñoso, me decía al oído:


 
̶
Anastasia, él te quería tanto, tanto.
 
 
̶
Lo sé, hoy más que nunca lo sé   ̶ le dije.


     A su lado estaba una hermosa mujer de cabello largo, rubio, con una hermosa barriga de embarazo. Me dice emocionado:

 
 
̶
Te presento a mi esposa. La abracé y sentí algo que me halaba la falda, miré hacia abajo y ahí estaba un niño hermoso de unos tres añitos, sonriendo, inocente, que me decía:


 
̶
Hola. Soy Luciano...

 


María Juliana Villafañe nació en San Juan, Puerto Rico (1948). Poeta, narradora y autora de música popular. Ha publicado en poesía: Dimensiones en el amor, galardonado en Nueva York con el premio Palma Julia de Burgos, (Puerto Rico, 1992) y Entre Dimensiones (Editorial Isla Negra, Puerto Rico, 2002). Su libro de narrativa juvenil Aurora y sus viajes intergalácticos fue publicado por la Editorial Planeta en el 2003. Aparte de publicar su poesía en diversas revistas literarias, sus poemas han sido publicados en las antologías: The American Society of Poets, American Biographical Institute (1991); Awaken to a Dream (Watermark Press Publication, 1991); Mujeres 98 (Creación Femenina, 1998); Entre el Fulgor y los Delirios (Ed. Maribelina-Perú, 1997); Ontolírica del Canto (Ed. Maribelina-Perú, 2000); Literatura Infantil y Juvenil – Tendencias Actuales en investigación (Universidad de Vigo-España, 2000); y en la Antología Compartida de Poetas Hispanos de Miami (Editorial Nosotros, 2000). El fenecido jazzista Jon Lucien  incluyó sus letras en los discos: Man From Paradise (1993) y Endless is love (1997). Asesora del V Encuentro de Escritoras Clara Lair y Julia de Burgos mas allá de las fronteras (2003), del VI Congreso Inés Arredondo celebrado en Guadalajara - México (2004), y del VII Encuentro Internacional Rosalía de Castro celebrado en Vigo, España (2006). Es corresponsal de varias revistas literarias, tales como Alborada en Bilbao, España. Representa en Estados Unidos y Puerto Rico a la Institución Cultural América Madre de Córdoba - Argentina y es representante  internacional de la Casa del Poeta Peruano. Actualmente reside en Miami, Florida.