Miami
Estados Unidos
Año XI

 Nº 63/64

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

RÉQUIEM PROFANO

 

 por

 

Eduardo Gutiérrez de la Cruz

 


    

“Amor, el más sabio de los dioses”

 

          Marguerite Yourcenar

 

 

 

PERSONAJES:

 

LIDIA (actriz de teatro) (35 años)

SOFÍA (músico-contrabajista) (50 años)

EZEQUIEL (dibujante de grabados herméticos) (17 años)

 

 

Libros, manuscritos, fantasmas, instrumentos rituales y partituras de música sacra.

 

 

 

PRIMER RETABLO

 

Un santuario en ruinas con mecanismos de metal y de ciencia… En el altar encerrados en vitrinas, órganos humanos salpicados de musgo, reliquias e iconos alumbrados por una hoguera ritual. En la bóveda central del recinto un orificio derrama partículas de arena, inundan lentamente el escenario emulando un reloj ancestral…


 

Escena primera

 

 

LIDIA: Nada… sólo granos de arena balanceándose de un lugar a otro y cada vez que caen me desgastan. En silencio me convierto en polvo… pronto acabaremos inmóviles, cubiertos de sal, manchados de mosto… Tanto polvo, como si se desintegrara el cuerpo de los dioses y cayera diminuto, rompiendo la bóveda celeste… ¡polvo de oro! ¡azul índigo! ¡arcilla inútil! Pronto acabará de vaciarse el abismo…

 

SOFÍA: ¡Deja ya de mirar el interior de los relojes! ¡No surgirá nada nuevo de ellos! Sólo son instrumentos de medición que trazan un círculo, giran, van, llegan y no pasan de ahí.

 

LIDIA: Son como nosotros, suspendidos en nuestro autoexilio; girando en los días pasados, añorando los frutos prohibidos del paraíso para llegar al origen del conocimiento… ni siquiera sabemos si somos reales o somos el sueño de un poeta ebrio… ¡Mira la soledad en que estamos, Sofía!. Aferrándonos a un santuario imaginario, siguiendo las leyes de un manuscrito escrito con sangre, acabándonos con él día a día, con la mirada, con el cuerpo encerrado tras paredes… Sofía, necesito ir a las ferias, a los teatros, a los cantos… pero me atas a un cuerpo mío que te pertenece.

 

SOFÍA: ¿Has terminado? Qué bien que aclares que puedo privarte de lo mío… ¿Olvidas el pacto? Recuerda por qué estamos los tres aquí, si alguno decide romper el juramento del manuscrito sagrado los otros velarán el recinto del conocimiento y la sabiduría. Si no, sabes muy bien lo que vendrá.

 

LIDIA: ¡Oh, promesas! ¡Oh, pactos! No sé si lo pueda soportar, provoca en mí desarmonía.

 

SOFÍA: ¡No te detengo! En el momento que quieras puedes renunciar a estas leyes y marcharte.

 

LIDIA: ¡Perdón Sofía! La memoria aún guarda en mí aquellos lugares vivos a pesar de ser sólo destellos fugaces, fantasmas apagados, jirones de sueños olvidados en los jardines de la noche y una mano invisible y desconocida me conduce a los recuerdos; están llenos de pasión y añoranza como los libros sagrados de poesía…

 

SOFÍA: ¡No existen más libros santos! Di que sólo hay uno por encima de todos, júralo en su presencia… (Entre mantos de seda blanca transporta el libro sagrado… Es un libro con manuscritos antiguos y partituras de música sacra, de gran dimensión y grosor cubierto por una pasta amarilla con grabados forjados en metal). Éste es el libro único, sólo él nos sostiene en esta civilización de asfalto gris y metal alejados de la condición y naturaleza humana. Nuestro origen, nuestro presente, nuestro porvenir. En sus páginas está disecada toda la sabiduría eterna, nuestros antepasados y su memoria, sus ritos, su filosofía, su ciencia y sus artes. No sabes valorar lo que contiene: las lenguas, la magia ritual, las raíces históricas, la transmutación del fuego, los símbolos ocultos, los ejes y movimientos de los astros, las piedras, los brebajes y unciones consagradas, la disciplina de los sabios y místicos, la ruta para llegar a la perfección y al equilibrio interior.

 

LIDIA: ¡Ese libro me da miedo! ¡Ese libro, recopilación de cerebros, de juegos intelectuales de profetas, reformadores, santos, locos y místicos, me aniquila, me acaba…

 

SOFÍA: ¡Calla, blasfema! No repitas tus palabras de lodo y fango. ¡Áspid! Veneno tienes en la boca, en el cerebro y en el corazón. Si algún mal nos viene, la culpa es tuya… (Deja el libro).

 

LIDIA: ¿De qué ha servido ese libro aquí? Hay que trabajar duro día a día dejando el cuerpo en la masa del pan, la sensatez en el hilo que borda esta angustia existencial, la piel en la tierra húmeda de la cotidianidad, la mirada en las letras y los renglones que forman un viñedo en un mismo pasaje, nuestro trayecto en análisis oscuros, el ánimo en un ritual, en un negro acuerdo con los muertos. Hasta he olvidado los sentidos, las caricias y el sexo por estar aquí esperando a que Dios nos sublime a sus ciencias y esferas y nos eleve a un conocimiento superior… ¡Me siento muerta! Encerrada en esta casa armando piezas mecánicas en mi mente, siguiendo las leyes matemáticas de los relojes, cultivando vid, haciendo vino, lavando en agua pura los ropajes de la noche oscura, cocinando el pan que llena de vigor la sangre de los cuerpos torturados por la vida, ya de por sí la vida es una crucifixión suficiente… ¡Quiero salir al parque! Llegar a la fuente y mojarme desnuda, caminar por las calles y avenidas llenas de luces de neón, mirar a los transeúntes y encontrarme en la miseria de la ciudad… Para tener la ilusión de que no estamos muertos cambio todo por el sacrificio y la disciplina de los místicos. Busco una respuesta de la luz a una pregunta que no la tiene. ¿Por qué no podemos atrapar el jugo de una planta, flor o fruto sin que se marchiten? ¿Por qué no podemos atrapar el espíritu de los muertos en cofres de hierro, ni recopilar la vibración de los seres que habitan en un instrumento de música… o en un libro?

 

SOFÍA: ¡Has hablado demasiado! ¿Aún no te cansas de escupir heces a este santuario?... La sangre se te ha vuelto negra…

 

LIDIA: ¡Negra no! ¡Roja! ¡Roja como los poemas!

 

Como manzano entre los árboles silvestres

es mi amado entre los mancebos.

A su sombra anhelo sentarme,

y su fruto es dulce a mi paladar.

 

Me ha introducido en la sala del festín,

y la bandera que contra mí alzó es amor.

 

Confortadme con pasas,

reanimadme con manzanas,

que desfallezco de amor…

 

¿Acaso estas frases no son sagradas?

 

 

SOFÍA: ¡Calla de una vez!

 

LIDIA: Amo a Ezequiel. Quiero su cuerpo desnudo. ¡Dámelo esta noche!

 

SOFÍA: No has servido para otra cosa, sólo para acostarte con él. ¿Siete días no puedes abstenerte de tu pasión?

 

LIDIA: ¡Siete días son tantos días para el amor! ¡Siete días son siete círculos del infierno para el que ama! Estoy cansada… ¡Mírame! Estoy agotada de ver mecanismos de relojes mientras la arena cae sin fin en este cuerpo agonizante… Eres dura contigo, Sofía. De noche también has llorado en el abismo del alma. ¡Hueco profundo, vacío alejado de la luz! ¡Noche oscura que estamos pasando, luz agónica que se apaga! ¡No quiero más bacterias filosóficas que se reproducen por capricho nuestro, ni gusanos de seda enredándose a nuestros huesos, ni hilar vida, ni conocimiento, ni bordar ocultismos ni sortilegios en los mapas del cerebro, ni enhebrar estrellas, planetas, constelaciones y vías lácteas en el pelo! ¡No quiero ser sabia, profeta, santa, ni elegida!

 

SOFÍA: ¿Entonces niegas la inteligencia, un orden superior místico, salir de nosotros a otros planos desconocidos para ver y sentir a Dios? ¿Todo por sentir en el cuerpo las caricias de un hombre?

 

LIDIA: Sí, creo en la poesía, en lo que me duele, en lo que siento y gozo, en mis dudas, en el pesar que quisiera alejar de mi cuerpo llagado, en la melancolía del humano, en la lluvia, el sol y la armonía. En lo que miro y quisiera retener en mis manos, sé que todo termina y nunca podré retener el cuerpo de Ezequiel, ni su calor… Cuerpo, ser, equilibrio, libertad y poesía unidos…

 

¡Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven!

Que ya se ha pasado el invierno

y han cesado las lluvias.

 

Ya se muestran en la tierra los brotes floridos,

y ha llegado el tiempo de poda,

y se deja oír en nuestra tierra el arrullo

de la tórtola.

 

Ya ha echado la higuera sus brotes,

ya las viñas en flor esparcen su aroma.

¡Levántate, amada mía, hermosa mía,

y ven!

 

Ya me he quitado la túnica.

¿Cómo volver a vestirme?

Ya me he lavado los pies.

¿Cómo volver a ensuciarlos?

 

Mi amado metió su mano

por el agujero de la cerradura,

y mis entrañas se estremecieron por él.

 

Me levanté para abrir a mi amado.

Mis manos destilaron mirra,

y mis dedos miel exquisita,

en el pestillo de la llave.

 

Abrí a mi amado…

 

 

SOFÍA: Estás rompiendo el código. Mañana los astros y planetas formarán un triángulo en el firmamento… La figura geométrica perfecta; trazada en los manuscritos. Se abrirán los sellos, se romperá la morada astral donde permanece el maestro Aristo encerrado en un astro esférico, espera deshacer la clave y descender con sus hordas de genios y sus huestes de espíritus, para habitar en el cuerpo de Ezequiel… Se derramará la luz del amor en las almas como dejó escrito el sabio jesuita, el nuevo mesías renacerá. Aristo fue repudiado por la orden de la Compañía de Jesús, un herético que desafió la existencia del único mesías, negó a Cristo y aún en la hoguera después del martirio se elevó a la potente esfera dejando estos folios de la profecía, él vendrá para reinar entre los hombres y crear su imperio en la Tierra. El libro no te importa, ni el oráculo del manuscrito… ¡Míralo! Esta es la sentencia…

 

(Abre el libro)

 

IV NU LEGNÁ EUQ AÍDNECSED

LED OLEIC, ODNEYART

AL EVALL LED OMSIBA Y ANU

NARG ANEDAC NE US ONAM

ÓMOT LA NOGARD, A LA

ETNEIPRES AUGITNA, EUQ SE LE

OLBAID, SÁNATAS, Y EL

ÓNEDACNE ROP LIM SOÑA, EL

ÓJORRA LA OMSIBA Y ÓRREC, Y

AMICNE.

ED LÉ OSUP NU OLLES ARAP EUQ

ON ESAIVARTXE SÁM A SAL

SENOICAN

ATSAH SODANIMRET SOL LIM

SOÑA, SÉUPSED ED SOL SELAUC

ÁRES ODATLOS…

 

(Cierra el libro)

 

 

LIDIA: ¡Calla! ¡Calla! ¡Silencio! Me hacen daño los murmullos de palabras muertas… “Lenguaje de Babel” No quiero que me tortures con signos huecos, no quiero que me flageles con las letras emanadas del pensamiento. ¡Déjalas dormir en su caja! ¡Déjenme con su sabiduría! No quiero escuchar…

 

Levántate, Cierzo; Ven Austro.

Oread mi jardín, que exhale sus aromas.

 

Venga a su huerto mi amado

a comer de sus frutos exquisitos.

 

Voy a mi jardín hermana mía, esposa

a coger de mi mirra y de mi bálsamo,

a comer mi panal y mi miel,

a beber de mi vino y de mi leche.

Comed, colegas míos, y bebed,

y embriagaos, amigos míos.

 

 

SOFÍA: ¿Te pones así ante lo sagrado y lo divino? ¡Perra! Sólo te gusta la carne, que te toquen, que te forniquen… ¡Perversa! ¡Profana!...

 

LIDIA: Sí profana, más no negra y arpía…

 

SOFÍA: Sabes que tengo el poder y Ezequiel me pertenece, sé que lo tienes poseído por tu cuerpo lujurioso, lleno de fango, ¡Lidia! Ezequiel no es más que carne… ¡Carne!... hombre de desecho y a la carne, se le moldea, se le atrapa o si se quiere se le desaparece.

 

LIDIA: Para ti nada ha tenido valor, sólo el libro, sólo los antepasados, sus ritos y sus costumbres y ¿nosotros qué? Somos de esta época, de este momento, de este siglo, con nada claro hacia el mañana. El libro dice que no debemos corrompernos de carne y Ezequiel también sube a tu lecho y además en los manuscritos hay ritos de sangre, vicios, incesto, prostitución, guerra y sodomía… “Impureza”.

 

SOFÍA: Ezequiel es más mío que tuyo. Lo enseñé a descifrar los signos herméticos del conocimiento, del cosmos, del alma y del cuerpo. ¡Está poseído por el espíritu del gran sabio, mañana se unirán mediante un ritual triangular, a Ezequiel ya no le pertenece su alma! Hemos firmado un pacto con nuestros cuerpos para que Aristo regrese y habite en el cuerpo de Ezequiel y logre su imperio. Se transformará en el nuevo mesías tan esperado y así dominará las ánimas universales. ¡Todo ha sido planeado para estos tiempos, renacerá la luz del amor, derramada en todos los seres! Estaremos cerca de un Dios, conoceremos los misterios de la creación… Ezequiel es disciplinado y ha evolucionado más de lo que pudiéramos imaginar, está en mi poder, lo preparo para el holocausto final.

 

LIDIA: También sabe poesía.

 

SOFÍA: ¡La poesía es para hombres inútiles y el libro sagrado, sus códigos y manuscritos son para lo eterno! No dejaré que lo corrompas…

 

LIDIA: No hay eternidad sin humanidad y sin poesía, está escrito en cualquier libro sagrado; unión de dos cuerpos igual a armonía. Amor entre esposa y amado.

 

SOFÍA: ¡Has maculado la noche antes del día señalado por los profetas visionarios de los manuscritos! ¡Has ensuciado el festín preparatorio! Una sola noche antes de tantos años y sacrificios te niegas a la purificación cuando se está a punto de entrar a develar las profecías de iluminación y transfiguración. Esta noche antes del día indicado debes ofrendarte hasta el amanecer flagelando tu cuerpo hasta sangrar y arrepentirte de todas tus blasfemias. ¿Quieres que yo lo haga y que con tu sangre escriba oraciones en tu sacrílego cuerpo? El libro te aborrece; nuestras deidades deben verte arrepentida; el rito así lo exige.

 

LIDIA: ¡No lo haré más! ¡No tienes compasión de nada, ni de ti misma! Mira cómo enloquecemos día a día en este autoexilio, siguiendo las reglas de un manuscrito de profetas, místicos y deidades inexistentes… ¡Piedad! ¡Pide compasión a tu Dios! Dile que no puedo amarlo.

 

SOFÍA: ¿Quieres abandonarlo todo, quieres deshacer la tríada ritual y destruirnos?... Tú eres "pureza" ante los ojos del amado, más no tomas en cuenta tu insensatez al hablar de esa forma. Olvidé mi música, abandoné mi contrabajo amado, las partituras de mis compositores predilectos. Renuncié al caracol armónico que despliega los sonidos eternos. Corté todo lazo para escuchar la música de las esferas, para que la pirámide de fuego trajera al sabio en un cuerpo nuevo. Corté todo hilo al mundo por el día esperado... tú dejaste las máscaras de teatro, los personajes vestidos de papel seda, en un escenario hueco balanceándose en una danza mágica. ¿Qué ocurriría si cuento a Ezequiel su verdadero origen y lo despierto a estas horas de la noche para descubrirte ante sus ojos, decirle que lo robaste cuando tenía siete años? ¿Recuerdas que volvía de la escuela? Lo arrebataste sin importarte el dolor y la búsqueda de sus padres, lo ataste a ti cuando era un pequeño de nueve años, no renunciaste a tu insana pasión. Amar a un niño que sería el elegido según el Evangelio de Aristo. El manuscrito de esta profecía fue la herencia de tu abuelo, un anticuario que guardaba celosamente estos folios con hermosos grabados y partituras de música. Así han pasado siete años lejos de todo esperando el renacimiento de un Mesías... pasó por ser mi hijo sin saber la verdadera historia de estas dos locas que huyen de la gente cuando salen a vender lo que elaboran. Yo compré tu delirio sexual con mi encubrimiento y silencio a cambio de un manuscrito antiguo y accedí a este juego por el misterio de este oráculo especial.

 

LIDIA: ¡Silencio, me matará! ¡Silencio! Oraré… Oraré… ¡Me sacrificaré! Tenemos un pacto…

 

SOFÍA: Me voy, vendré a suplirte al amanecer, repite y grábate el libro una y otra vez hasta que el humo de las deidades inunde de incienso el santuario y el agua lustral esté preparada para el baño… Procura que el fuego no se consuma por ningún motivo… (Sale)

 

LIDIA: ¡Oh confusión! Veo un camino oscuro… no hay luz, sólo oscuridad, noche… (Lidia desnuda su cuerpo y se golpea en cada frase de la letanía)

 

 

Luces que alumbran el arca y la cúpula celeste,

hierbas y brebajes con jugo de tierra,

árbol sagrado de los sabios con frutos de oro,

cáliz–labios sacros donde se bebe el vino divino…

 

 

(Oscuro)

 

 

 

Escena segunda

 

 

(Ezequiel es un joven amarillo y de cara pálida como los muertos). En una habitación alumbrado por una lámpara de aceite. Está inclinado en el piso ante un folio que contiene grabados y dibujos a tinta. De su cintura penden cientos de llaves antiguas de metal, atadas con cordones que forman un círculo que lo rodea y aprisiona. La noche envuelve la atmósfera como un delirio… a lo lejos tocan la puerta siete veces. De repente la puerta se abre y deja filtrar la luz violentamente. Aparece Sofía, trae una escudilla con agua que coloca cerca de Ezequiel.

 

 

SOFÍA: ¡Oh, Ezequiel! Me entra polvo por la boca, cada respiro es una polvareda que me convierte en un monte quieto.

 

EZEQUIEL: ¡Cierra la puerta, Sofía! La luz me ciega… ¡Acércame un poco de agua! ¡Siete noches me transforman, me devastan!... ¡Sofía! Estas noches hay signos de ámbar en lo más oscuro del alma, intento ver qué hay más allá del cristal interior. Una espesa niebla me impide ver al maestro Aristo atrapado en su esfera errante y me encuentro ante un cono profundo de tinieblas… Todo es noche, vapores pétreos ascienden por las cavidades del alma, el pensamiento se vuelve tierra y el eco del sonido es un murmullo agudo que horada mi pecho. Es difícil preparar la morada de un dios, hacer del cuerpo un templo. Mi cuerpo miserable con su armazón de cal y músculo está agrietado como un muro viejo, sólo lo guía un reflejo; un relámpago que es el corazón, nube roja que vibra como un instrumento de percusión… Este sonido armoniza a los espíritus que dudan de Dios y sus profecías…

 

SOFÍA: ¡No hables así, Ezequiel! Me aterra tu ensalmo… Tu cuerpo es un valle, un terreno fértil para la siembra. ¿Acaso no has visto en tu interior cómo surge el paraíso? Un fuelle cargado de aliento luminoso y preña las simientes, los conceptos y llena de aire la mente y la música de las esferas.

 

EZEQUIEL: ¡Tengo miedo, Sofía! Mi carne es débil para albergar a un maestro poderoso. Estas ruinas son un inmundo lugar para recibir a una deidad… ¡Siete días he intentado con oración encontrar la llave que abra los cielos! ¡Siete años he fortalecido mi cuerpo para resistir el mal y el hambre! Pienso que esta envoltura es imperfecta para no caer en los vicios que devoran a todos los hombres de la tierra.

 

SOFÍA: ¡No quiero oírte hablar así, Ezequiel! Parece que niegas todo el poder que posee lo que tú llamas armazón humana. Sólo debes preparar la guarida. Aristo vendrá a habitar no un templo, una catedral tan sólida como la pirámide que es el alma.

 

EZEQUIEL: ¿Y mi conciencia? ¿Y mi individualidad? ¿Dónde quedarán? No seré yo en esencia… Otros humores, otros pensamientos perturbarán mi cerebro…

 

SOFÍA: ¡Serás un Dios! ¿No te basta? El renacimiento de un sabio. Un Dios atrapado en su esfera. ¿Acaso ignoras que el cuerpo astral es esférico y que las almas están divididas según los astros? Las almas tienen por morada el astro que les corresponde y tu destino está anclado a esa guarida esférica… Ahí permanece nuestro maestro Aristo, ansía este día para habitar tu cuerpo. Al morir el cuerpo, el alma regresa a su astro, la del malvado y el impío está condenada a encarnar de nuevo y cada vez más bajo en la escala de los seres…

 

EZEQUIEL: Hay amarres tan fuertes en mi ser, que el poder no puede derribar. Las letras, los grabados, las cifras, las ecuaciones, los vocablos, los signos y las oraciones se convierten navajas con un brillo férreo, parece que desgarran el cielo… ¡Sofía, me aterra pensar que la sangre vertida de las bestias y los hombres sea inútil para liberar un espíritu! No niego que mi cuerpo quiera llenarse de esos códigos que ayudan al hombre a ser un dios, no niego los sonidos que abren otras inteligencias. Mi cuerpo es una maquinaria que puede ser pervertida por una clave indescifrable que poseen los cuerpos para morir y renacer al mismo tiempo y llaman amor… Temo que el manuscrito reabra su horroroso contenido y se trague al universo, ese lenguaje donde místicos de la India y de otros países y generaciones vertieron todo su humor y conciencia. Temo que estas páginas de la inteligencia al ser destruidas por el fuego consuman al mismo tiempo todo el universo y las llamas del amor. Y que la profecía de Aristo, nuestro guía, se evapore en el infinito éter, siendo luz apagada, polvo de sabios.

 

SOFÍA: ¡Así no puede hablar un dios, Ezequiel! Un profeta nunca se deja dominar por el terror y ningún ente, ninguna potencia puede dominar el relámpago de su alma. ¿Acaso quieres quedarte aquí atado a este suelo, como vil mortal, encadenado a sus vicios? Toda esta niebla que te circunda puede ser convertida en luz y el paraíso no va a perderse por el terror que le produce a un hombre renunciar a ser dios. Si yo fuera un hombre de tu condición me sometería a toda clase de disciplina. Mi deseo de estar cerca de un mesías no aborta ninguna postura, ninguna duda. Mis manos saben el secreto de la tierra, mi mente ya se desplaza por los astros y conoce la vibración de los planetas y la música de los elementos… Tendré que dar muerte a quien se oponga a la llegada de Aristo y al renacimiento de un dios. Pongo toda mi esencia para que no se destruya el paraíso que nos espera. ¿Crees tú, que el maestro no espera con ansia el renacimiento? ¿Olvidas la voz del sabio cuando sopla sobre tus dibujos, ese humor que te ayuda a crear? Los espíritus nacen de la sangre en forma de éter y vapor, un vapor tan tenue que pasa por el hígado al corazón y del corazón a la cabeza, se purifica más y más… el espíritu mora en el cerebro y de ahí nace la fantasía…

 

(Pausa)

 

¡Ezequiel, el dominio de las almas te pertenece, está en nuestra voluntad! Deja todos los hilos que te atan a este pedazo de tierra, toma las tijeras del porvenir, deshaz, troza todos los cordones que te impiden subir a las esferas o fugarte del sueño… La víspera del día anunciado nos espera… nuestro origen, nuestro presente, el pasado no cuenta, ni quién somos o por qué llegamos a esta historia perdida en un lugar del universo. Estaremos condenados a repetirnos, a vagar, a errar con nuestra culpa, sin descanso con la duda, no tendremos lugar en el mundo ni raíces, iremos errantes buscándonos sin encontrarnos, sin recuerdos por la galaxia.

¿Quieres el infierno y su aceitoso brillo? La sal y el azufre, un desierto sin fin… arena… arena… dunas… sin raíces que absorban agua… Ni Lidia, ni tú, ni yo saldremos de esta cúpula de vidrio si no cumplimos estas leyes.

 

EZEQUIEL: ¡Oh, Sofía! Ser un dios y tener el dominio de los seres es tener una fantasía lúcida, mi alma saturada de conceptos y claves. Sólo espero que esta angustia que provoca la soledad me haga hablar en estos términos… ¡Quiero el paraíso! Ayúdame a orar, a cumplir con mi destino, a entender estos folios y grabados… No quiero este pozo de tinieblas, cono de cenizas… quiero el verde sin fin del paraíso, el poder del ámbar y la inmortalidad de la sangre.

 

SOFÍA: ¡Descansa, amado Ezequiel! Si fuera tu madre te liberaría de la carga que llevas, tus oraciones y conocimiento han abierto tantas puertas y recintos que no debes dejarte vencer por el cuerpo que sólo da dolor y angustia… Al alba vendré a bañarte para la ceremonia, día tan esperado.

 

EZEQUIEL: ¡Bésame, Sofía, el paraíso está cerca!

 

SOFÍA: Adiós, amado, el paraíso nos espera… (Sale)

 

EZEQUIEL: ¡Oh!, qué noche tan larga, no logro distinguir el sueño, la vigilia ni la fantasía. ¿Y si Aristo que nos guía no fuera más que Mefistófeles tentándonos? ¡Inútil conocimiento de tres Faustos! Y la fantasía es más poderosa, es un espíritu que no he podido vencer… La fantasía y el amor absorben mi ser, vuelto vapor, convertido en sombra para transportarlo a otra esfera… ¿Qué me sucede?… un espíritu desata mis amarras…

 

 

Luz tenue se filtra de la bóveda celeste. A lo lejos se escucha el canto de Lidia… Ezequiel es jalado hacia arriba… un golpeteo de metales provoca un ruido ensordecedor.

 

 

(Oscuro)

 


 

Escena tercera

 

 

LIDIA:

 

  ¿Quién es éste que se levanta como la aurora,

hermoso cual la luna,

resplandeciente como el sol,

terrible como escuadrones ordenados?...

 

 

EZEQUIEL:

 

Bajé la nozaleda para ver cómo verdea el valle.

A ver si brota ya la viña y si florecen los granados.

 

Sin saber cómo

me vi sentado en los carros de mi noble pueblo…

 

¡Lidia, deja ya de sángrate, deja ya el manuscrito! Esta noche ya duerme Sofía…

 

LIDIA: Ezequiel, estoy maldita ante los ojos de Dios, la carne sólo es mi salvación, tú debes sacarme de aquí… Sólo habrá luz, si se toca el réquiem sagrado… Pero sólo creo en el réquiem que surge de la música y el canto de dos cuerpos y dos bocas amándose.

 

EZEQUIEL: Sólo estamos desvirtuando este templo guarida de criaturas errantes, ellos nos miran…

 

LIDIA: ¡Qué importa! ¡Bésame!

 

Bajó mi amado a su jardín,

A los macizos de las balsameras,

Para apacentar su rebaño en los vergeles

Y coger azucenas.

 

Yo soy para mi amado, y mi amado es para mí,

Él que pastorea entre azucenas.

 

EZEQUIEL:

 

Eres, amada mía, hermosa como Tirsa,

Encantadora como Jerusalén

Terrible como escuadrón ordenado en batalla.

 

Aparta ya de mí tus ojos, que me fascinan.

Es tu cabello…

 

¡Oh! Nuestros antepasados ven el templo sin guardia y nos castigarán, por no custodiar el fuego noche y día… ¿No ves que beben luz? Y todas las noches llegan a beber sangre de las palomas y se purifican en las llamas. Aristo mi maestro vendrá en la forma de un ave de fuego para poseer mi cuerpo, crear su reino y así cerrar el triángulo perfecto del manuscrito. Tendré el poder y la sabiduría sobre los hombres.

 

LIDIA: ¿También piensas en eso? La carne no sólo puede ser carne, dentro tiene la clave de la unión.

 

EZEQUIEL: La oración y el ayuno también nos llevan a la unión…

 

LIDIA: Olvídate de todo, moja con tus labios mi cuerpo, no quiero orar ¡Quiero comulgar en tu cuerpo! Déjame beber tu saliva que destila leche, miel y jugo de caña como el vino del cáliz de oro.

 

EZEQUIEL: Hoy no puedo, nos miran los antepasados. He preparado siete días la guarida del maestro Aristo, no puedo mancharme. Esta noche sagrada la has profanado y en mi boca hay quemaduras y llagas de tu boca.

 

LIDIA: También en mí han crecido violetas, rosas y adelfas de tus labios. Mi cuerpo era un pueblo desconocido con millares de helechos en mis caminos, los pozos estaban cuajados de musgo, mis montes y valles estaban cubiertos de toda especie de árboles frutales. Ahora mis ciudades son silenciosas y polvorientas cual si hubieran pasado por ellas el ejército y el olvido, destrozando con su guerra los sembradíos llevándose la lluvia y agua pura… ¡Estoy maldita, no puedo seguir orando! El pan está lleno de hormigas y el cáliz convirtió el vino de Cristo en un brebaje amargo y fétido y eso no impedirá que la sangre se convierta en un río y se derrame como vino por las calles. Mira mi sangre, Ezequiel. ¡Mira cómo fluye de mis venas, es un elixir rojo y cálido que alimenta al amor y a los poemas, bébelo! Siente la savia de los dioses en la boca, miel roja inmortal, eterno veneno, para evitar que muera el amor… ¡Bebe mi sangre, alimenta tu espíritu para que todo tu cuerpo se encienda como un huerto y los antepasados comuniquen el secreto de este rito de amapolas!

 

EZEQUIEL: (bebe la sangre) ¡Misterio de vampiros!

 

LIDIA: Y mira lo que hago con el manuscrito… (Lo arroja a la hoguera).

 

EZEQUIEL: ¡Lidia! ¡No! Te has vuelto loca…

 

LIDIA: ¡Espera Ezequiel! No dejaré que lo salves, que se queme, que se arda en los infiernos, que las criaturas del fuego, que los demonios domesticados de las fraguas de Plutón lo extingan para siempre. (Combate entre los dos personajes).  Son escritos de dioses inexistentes, locura de frases y símbolos, mentiras de hombres… ¡Mejor ámame! ¡Bésame, Ezequiel!

 

EZEQUIEL: ¡Loca! ¡Voy a soltarme y te voy a matar! ¡El manuscrito desaparecerá! ¡Apártate!

 

LIDIA: Entra a mi viña, ven a mi huerto, piérdete en las luces de mi aura… ¡Ámame con besos de tu boca! No podrás exclamar más frases hasta que esté destruido… Tengo poder para lograrlo… ¡No la llamarás más!...

 

(Pausa)

 

EZEQUIEL: ¡Sofía!... ¡Sofía!... (Cae dormido)

 

LIDIA: ¡Calla de una vez! ¡Se destruyó! ¡Se acabó el libro!... Inútil manuscrito! Sólo habrá poesía, carne, noches de cantos, placeres y frutos perfectos que surjan de nuestros cuerpos, pensamientos, jardines y huertos… ¡Ah!... ¡No vencerás!... Debo hacer una libación a Eros derramar miel y vino en su altar, encender las antorchas del Himeneo. ¡Deidad del amor! ¡Numen del placer y los sentidos! Hoy el amor venció en nuestras ánimas… (Sale).

 

 

 

 

Escena cuarta

 

 

EZEQUIEL: ¡Mi ánima está manchada! Es ahora un recinto hueco plagado de amapolas y cardos venenosos… Crecen hierbas malditas, es morada de espíritus inmundos, hay incendios y serpientes de lumbre desgarrando su esencia… ¡Estamos malditos! ¡Oh Aristo! ¿Dónde buscarte, maestro? ¿Dónde dar contigo? Si ya no hay caminos, el manuscrito era la vía, el arca donde surgían los seres, donde renacía el misterio de la creación y la armonía… El manuscrito tenía una maldición si se violaban los sellos… Un demonio femenino venció a los iluminados… ¡Serpiente! ¡Eva! ¡Lilith! ¡Mara! ¡Magdalena! ¡María!... ¡Aristo, maestro! ¡Apiádate de nosotros no nos dejes menguar! ¡Ilumina nuestra suerte! ¡El libro que lo contenía todo, donde se contemplaban los ríos, los personajes, los cielos, los mares, los árboles, está destruido! Es nada, polvo. Sólo un réquiem fue el final del juego…

 

(Aparece Sofía como despertando de una pesadilla, presagiando un mal suceso)

 

SOFÍA: ¿Qué pasa Ezequiel?...

 

EZEQUIEL: (en plena melancolía como el grabado de Albert Durero) ¡Sofía! Despiértame de este sueño, es una pesadilla…

 

SOFÍA: ¿Qué ha sucedido? ¿Qué es ese olor que inunda el recinto?

 

EZEQUIEL: Es una visión, estamos en una pesadilla…

 

SOFÍA: Tu cara, tus manos y tu pecho… ¿Heridos, manchados de sangre y hollín? ¿Qué pasa? ¿Lidia está bien?

 

EZEQUIEL: Lo intenté con todas mis fuerzas… El libro sagrado está hecho cenizas, sólo he salvado unos pasajes incompletos y una partitura final…

 

SOFÍA: (derrota melancólica) ¡Oh no! ¡Ay, se derrumba mi cuerpo como la muralla de Jericó! Vendrán males, tragedia y horror. Las deidades se alejarán para siempre de este templo… ¡Mira! Ya los siento alejarse, dan la espalda,  no fuimos dignos de su salvación. Se perderán en el abismo, en la nada… ¡Maldita! Engendro perverso de humanos lacerados… ¡Ay! ¡Ah!... ¿Dónde está ella? ¿Dónde se ha escondido? ¡Encuéntrala, Ezequiel! ¡Oh, mi libro! La eternidad rota… Sólo un réquiem incompleto, sólo una oración para muertos es el hilo de plata hacia el universo. Sólo estos rotos manuscritos que estaban prohibidos de leer, sólo una melodía que aún no se debía entonar quedaron. Debo cubrirme de negro y esparcir las flores rituales. Debo llorar por lo que fue y quedó reducido a nada. (Lee las partituras). El canto es la forma más elevada de oración, contiene un reino de signos acústicos y rítmicos tan finos que llegan a Dios… El canto perpetúa la palabra y los espíritus acuden al templo de los antepasados para oír música, abrevar las sustancias de los sacrificios, se abren las puertas de las almas y todo es una posesión de correspondencia. La música penetra las virtudes de las inteligencias sobrenaturales y la armonía absorbe los espíritus desde las esferas, les permite elevarse de la tierra y el inframundo para originar la sustancia de los seres… La música es la espiral armónica donde se conjuntan la vibración de los elementos, del cosmos, de las plantas, de los hombres, de los astros, de las piedras, de los animales... Un réquiem, una oración para muertos traerá la luz y el fuego piramidal que esperamos, la luz azul donde habitará la armonía.

 

 

(Oscuro)

 

 

 

 Escena quinta

 

 

Ezequiel llega, trae atada a Lidia semidesnuda con un enorme corazón tatuado en sus pechos y el cabello rapado.

 

 

EZEQUIEL: ¡Mírala! ¡Se niega a vestir de luto, se ha rapado la cabeza y con un punzón se ha tatuado un corazón en sus pechos, ha enloquecido! Se ha ofrendado al amor y a los que han muerto en sus templos atados a sus leyes.

 

SOFÍA: ¡Átala fuerte a la cruz! Las deidades se han ido, ella debe regresarlos, debe orar y orar, invocar e invocar, inmolarse y sacrificarse hasta el final, hasta que destile todo su cerebro, su sangre y no quede ni una gota de líquido en su ser.

 

LIDIA: (derribada) ¡Ezequiel, rásgame la carne, no sé amar a Dios ni a mis ancestros! ¡No quiero amarlos! Sólo quiero amar tu cuerpo.

 

SOFÍA: (trastornada) Sabes, amada Lidia, que vas a implorar a grito abierto, hasta que el cielo se quiebre. Juro que dirás una oración con más estrépito que un rayo. ¡No quisiste recuperar el imperio de luz, ni el canto de sol de las antiguas deidades! Destruiste tu identidad y la nuestra. Aún hay un réquiem que entonarás para el final de la noche…

 

LIDIA: ¡No quiero saber de oraciones muertas! ¡Sólo quiero sentir vida en todos mis poros, tejidos y arterias! ¡Sólo quiero que inunden ríos de agua pura y fresca a mis venas, a mis conductos y órganos que dan movimiento a mis sentidos! ¡Bésame Ezequiel! ¡Trae amor a mis valles, escarda la tierra, trae luminosidad a los árboles frutales, llévame a la viña, desnúdame bajo los granados en flor y haz una orgía, un festín en que se coma y se beba sin moderación!

 

SOFÍA: ¡Impía! ¡Maldita! El demonio te tiene poseída. ¡Amado Ezequiel, átala fuerte y prepara el sacrificio conforme al rito! No olvides los manuscritos mutilados, ni el brebaje ritual, ni traer las víctimas, el agua lustral, ni limpiar los instrumentos y las cajas de música; enciende la hoguera y el incienso. Ve al patio y corta las flores más bellas y perfumadas del jardín… ¿Por qué guardas silencio, tienes miedo de la hecatombe? ¡Amada Lidia, necesito que me ayudes a entonar el réquiem! Este círculo de metal será el instrumento y la Luna de plata la tonalidad del rito… ¿Por qué guardas silencio, tienes miedo de la hecatombe? ¡Lidia amada no me mires así, sólo serán aves, sólo una navaja que las degüelle, sólo un brebaje de sangre para que sirvas de médium…

 

EZEQUIEL: Sofía, aquí tienes los elementos, los signos están preparados.

 

SOFÍA: El baño de purificación lo haremos en seguida, tú Ezequiel lávate en la pila del patio mientras lavo a Lidia… (Sale Ezequiel. Sofía desnuda a Lidia que se encuentra atada). Mancharé tu cuerpo de líquidos de plantas para que el perfume de las hierbas purifique el acto…

 

LIDIA: ¡Déjame, no quites mis máculas! Ni toda el agua ni todos los sacrificios y ritos borrarán mis ansias, mis deseos y pensamientos… ¡Déjame, déjame!... termina de una vez, no quiero más daño… ¡Siete años! ¡Siete generaciones! ¡Setecientas aves! ¡Setenta toros! ¡Siete hombres sacrificados! Se han vertido corrientes de líquidos, se han decantado humores, destilado órganos humanos para crear un imperio de sombras…

 

SOFÍA: ¡No un imperio de sombras! Un reino de espíritus tan tenues como el éter y el vapor para que abrevaran la sustancia vital y la derramaran en el cáliz de los sabios… ¡Elíxir sacro!... Aristo atrapado en su esfera transmutaba la sangre en fuego primordial, en soplos ígneos; absorbía y alimentaba su esencia y a su elemento le transmitía vida…

 

LIDIA: ¡Ficción! Ezequiel era el único ser puro y hoy está maldito, el reino destruido, Aristo nunca saldrá de su esfera…

 

SOFÍA: ¡Prostituta de amapolas! ¡Perra de lumbre! No tienes ni el opio sagrado de la sabiduría… ¡Ramera de templos griegos! No queda sino tu sacrificio una doble muerte donde termines por arderte toda y sólo quede de ti un montoncito de cenizas confundidas con polvo… Te pondré un manto limpio… ¡Deja tus réplicas! (Mientras se lava). Sólo tu sacrificio puede recuperar la luz y el orden, sólo nuestra memoria podrá mediar entre los antepasados y ellos con las deidades. Aunque sólo con la muerte debe entonarse un réquiem y vale morir para regresarlos…

 

LIDIA: ¡Oh tonta Sofía creíste la invención que hice del manuscrito! Sólo era un folio falsificado escrito con sangre de carneros y lechuzas, esta leyenda fue obra de un autor de teatro. Sólo era un libro inspirado en mentes imaginativas, invención de un poeta maldito y un loco invertido. Todo fue un pretexto para que te ligaras a mí y a él.

 

SOFÍA: ¡Mentira! ¡Calla o te aniquilaré! Has enloquecido totalmente…

 

EZEQUIEL: (entra, lleva una escudilla con fuego). ¡Llevo una luz! ¡Ilumino! ¡Elevo el fuego ritual, símbolo ancestral de renovación! Que nunca falte la luz en este altar. Todo está dispuesto para el acto.

 

SOFÍA: ¡Así sea! Que nunca se apague la luz, ni dominen las tinieblas… Ahora no debemos perder más tiempo, renovaremos el pacto, enmendaremos el daño. Ezequiel corona de amapolas y adormideras a tu frente; para que los vapores emanados de ellas preparen la senda que debemos transitar y a ti Lidia pongo la mandrágora trenzada con laurel; para que ayude a nuestro viaje. Vid y azafrán anudo en mi cabeza para hacer más tolerable el trayecto… Tú irás primero, Lidia. Abrirás la puerta, nos señalarás el camino y nos pondrás alerta del peligro… Ezequiel saca el cuchillo y ofrenda las aves, córtales el cuello, desprende sus siete cabezas y junta la sangre en la copa de plata.

 

LIDIA: ¡No lo hagas, ante mis pies te lo imploro! Es un crimen, no quiero ver los ríos y los charcos que hacen sus líquidos carmesíes; me recuerdan al mañana, a la pesadilla en que se convertirán nuestros cuerpos, ríos y más ríos de tortura por la locura del hombre.

 

SOFÍA: ¡Hazlo rápido Ezequiel, no tengas piedad, tampoco la tuvo ella! ¡Mezclaré el brebaje y beberemos los tres!

 

LIDIA: ¡No beberé!

 

SOFÍA: Abre su boca y yo derramaré el contenido. ¡Debes implorar, Lidia!

 

LIDIA: ¡Ay! ¡Quiten de mí ese cáliz! ¡No quiero dioses sanguinarios, insaciables!

 

SOFÍA: ¡Bébelo todo! Lo necesitarás hasta el fin. Será menos doloroso, es todo. Ahora nosotros querido Ezequiel ¿O es que no quieres continuar, quieres este abismo?

 

EZEQUIEL: ¡No, eso no! Sólo deseo que todo salga bien y vuelva la claridad que había. Toda la historia de esos hombres entregados a la sabiduría derramaron sus humores y locuras para ver la luz azul, la luz que se transforma en círculos y espirales de oro… Sólo vieron lodo, arcilla, tierra agrietada y polvorienta… Aristo me guiaba por senderos cónicos y me conducía entre los muertos para beber el agua pura, sólo me hará navegar en sangre. Tomo el vino sacro para recuperar la armonía…

 

LIDIA: No volverá. ¡No saldrá de mi boca ningún rezo, ni canto, ni súplica, ni voz! ¡Sólo maldición y sino entonamos los tres no se escuchará el réquiem! Tú tocarás sólo la música, faltará la plegaria.

 

SOFÍA: Ezequiel, toca las notas del réquiem en el contrabajo… Vamos Lidia, entona la oración… ¡Debes cantar! ¿Ahora guardas silencio? ¡Silencio!… ¡Has matado nuestras deidades y ancestros, el réquiem debe oírse, te lo exijo… (La tortura).

 

EZEQUIEL: Tanto silencio, si ella no canta, menos aún bailará y sacrificará nada, Sofía… Lidia, debemos sacrificar una víctima para el holocausto… debe haber una muerte.

 

LIDIA: No creo en el rito, jamás volverán, porque nunca ha estado nadie aquí. La muerte no traerá espíritus, dioses o entes invisibles, nadie vuelve de la muerte ni la eternidad…

 

EZEQUIEL: Amada Lidia, ¿no quieres bailar la danza? Yo lo haré por ti, debes entonar la oración. Promete que lo harás y te llevaré bajo las higueras, los viñedos y los naranjos en flor…

 

(Pausa)

 

SOFÍA: Sigue obstinada con su silencio, es ya de madrugada, ella no dirá más. Hoy ha despuntado el crepúsculo, es el día señalado por los viejos sabios… No insistiré más, queda la última carta del juego, debemos descansar un poco, pronto acabará esta pesadilla… Todo está preparado para la misa de muerte. ¡Ezequiel duerme un poco, lo necesitas! Yo te despertaré, te lavaré, te purificaré y ungiré de aceite, en unos momentos te revelaré la iluminación y los signos proféticos. Lidia se quedará salmodiando lo que resta de oscuridad cuando la claridad de la luz indique el tiempo señalado, te juro amada Lidia que entonarás el canto… ¡Vamos Ezequiel, besa a tu amada esposa impura! Te buscaré, amado… (Sale).

 

 

Escena sexta

 

 

EZEQUIEL: (besándola). Lidia, te entrego la carne y noches plagadas de profanos versos a cambio de tu voz.

 

LIDIA: ¡No entonaré el réquiem, sólo maldeciré con mi canto siniestro!

 

EZEQUIEL: ¡Ya lo veremos! Al alba acabará tu negación… Esas noches de abstinencia he sido poseído por un fulgor nocturno, mi mano escribía y dibujaba sin descanso, manchaba las hojas con códigos, líneas, con figuras, símbolos y colores. ¡Los punzones marcaban las láminas y los trozos de madera con signos herméticos inspirados por mis lecturas y viejos escritos!... Todo parecía iluminado por un ámbar mágico. ¡Aristo vendrá a crear su imperio!... ¡Me voy, Sofía me revelará el don profético y el don de lenguas! Se destruyen los libros mas quedan grabados en la memoria.

 

LIDIA: ¡No te enseñará nada, sólo te aniquilará, sólo te llevará al camino de la destrucción y al abismo! ¡No me dejes, Ezequiel, desátame y huyamos! ¡Dejémosla sola! A su lado sólo serás un discípulo, nunca un maestro. ¡Huye conmigo, tómame como una perra o una mujer esclava, olvidados de magia y recuerdos!... ¡Vivamos en la ciudad olvidados de esta locura, te mostraré la multitud de luces de neón que tanto te gustan, las tiendas llenas de baratijas, las panaderías con variadas formas y colores de pan, los parques y sus fuentes, los teatros llenos de poesía y gente, los cines, las librerías, la multitud y los cafés…

 

EZEQUIEL: Sabes que no lo haré. Sólo cuentas las cosas bellas ¿y la miseria, la monotonía gris y la destrucción de la ciudad? Yo lo conozco, tú me trajiste aquí, me sacaste de ahí, te lo agradezco. Te amo Lidia pero amo más mis conocimientos y mis antepasados. Tu amor no me salvará de esta noche oscura del ánima, de este lugar abandonado, de este patio blanco.

 

LIDIA: ¡Ezequiel, desgárrame la piel y la carne! ¡No puedo salir de ti ni de Sofía! Sólo eres tú mi guía en este laberinto de hormigas. Leí de pequeña una fábula de un laberinto enorme, habitado por un minotauro que pedía víctimas. Entre ellas llegó Ariadna, amada de Teseo, que llevaba un hilo de seda para conducir a su amado y darle muerte al engendro de Pasífae… nunca la ha olvidado, tú puedes tomar el hilo de seda y dar muerte al sanguinario Minos…

 

EZEQUIEL: ¡Bonita leyenda en verdad! El hilo quedará roto como la destrucción del manuscrito. Luego tendré tiempo de tus leyendas, debo partir Lidia. Hoy el día esperado, la revelación del misterio, del secreto e interpretaré las visiones de los profetas… ¡Prométeme que cantarás en la ceremonia, todo saldrá bien!

 

LIDIA: Te lo prometo si me sacas de aquí, si me besas con besos de árboles frutales, si me tomas, si entras a mi viña.

 

EZEQUIEL: ¡Todo saldrá bien! ¡Volverá la luz. Siento la armonía muy cerca. Te prometo que vendré a buscarte, que vendré por ti aún desde el infinito, aún de las vías lácteas y de las estrellas, desde la niebla y la nada… me voy amada Lidia…

 

LIDIA: ¡No me dejes! ¡Me inunda el miedo, la noche, el abismo, la locura! ¡Huye conmigo, desátame de estas amarras de conciencia y sensatez!

 

EZEQUIEL: ¡Voy a amordazarte, necesito tranquilidad, descanso! Los misterios son revelados en silencio. Al aclarar el día te soltaré, debes guardar la voz y las fuerzas.

 

LIDIA: Te prometo que callaré, que emularé a una roca, a un pez en la profundidad de sus lechos cavernosos. Pronto vendrá la luz… Te agradezco Ezequiel, tal vez mañana no estés aquí o yo. Te diré que el manuscrito fue invención de un poeta maldito, sólo quería tenerte a mi lado y a Sofía de testigo y cómplice… Ustedes lo veneran como verdad… El alma de Aristo se evaporó, está ardiéndose en los siete infiernos. ¡Oh, jesuita oscuro! Los religiosos incendios de tu sabiduría fueron ardores de hoguera… Tú querías el poder para dominar a los hombres, pero estás manchado y Aristo nunca vendrá.

 

EZEQUIEL: ¡Estoy maldito! ¡El reino de luz es sólo arcilla inútil! ¡Imperio de sombras y abismo! Si no guardas silencio y descansas te amarraré la boca… Adiós amada, bajaré a beber del estanque de tu pueblo, y te amaré bajo los limoneros… (Sale).

 

LIDIA: (está agotada, balbucea las frases hasta caer dormida). ¡Oh! ¡Torna, torna, Sulamita, que te contemplemos; torna, torna, que te contemplemos!

 

 

Me quitaron mi velo

los centinelas de las murallas.

 

Os conjuro, hijas de Jerusalén,

que, si encontráis a mi amado,

le digáis que desfallezco de amor…

 

 

(Oscuro leve)

 

 

  

Escena séptima

 

 

Un rayo intenso de luz rompe la bóveda del cielo, el resplandor cegador inunda el salón derramando una claridad de oro, a la vez se deja escuchar un canto hermoso y fúnebre mezclado con un grito desgarrador…

 

LIDIA: (despertando) ¡Oh no, el réquiem! Alguien ha muerto, alguien profanó el pacto… ¿Ezequiel, qué significa esto? ¿De dónde surge esta sinfonía?

 

(De la luz emerge Sofía ataviada con un hábito negro, arrastrando un lecho cubierto con sedas y flores. Esparce sobre el tálamo ungüentos y perfumes a la vez que susurra enloquecida un salmo)

 

SOFÍA: Ahora deberás entonar el réquiem para que regresen nuestros dioses, nuestros antepasados, nuestro muerto…

 

LIDIA: ¿Qué has hecho Sofía?

 

SOFÍA: (en desequilibrio) ¡Hay un muerto! ¡Mira, Ezequiel ha muerto! Tenemos un muerto… La víctima del holocausto cual si fuera Isaac… Ahora canta por nuestro muerto.

 

LIDIA: ¡Qué sucedió Sofía? ¡Suéltame, desátame! ¡Necesito estrechar en mis brazos lo que me hacía amar este país, esta celda, este patio blanco, este lugar… Has cortado los hilos de esta marioneta, has derrumbado el pilar inmaculado del templo de Salomón, cortaste mi cabeza como Judith a Holofernes, me destruiste como a Goliat, cortaste mi cabello de oro como Dalila lo hizo con Sansón, aniquilaste la pureza del jardín, manchaste los lirios blancos y las rosas nevadas y me entregas la cabeza del Bautista… En él estaba la pureza, el amor limpio, perfecto, intocado por la corrupción…

 

SOFÍA: Ahora estamos iguales, destruido el libro, destruido el cuerpo-templo. Ya no más deidades, profetas, ni poetas. No más primogénitos, ni antepasados… ¡Cruel elegido, no quiso el paraíso, se fugó por los caminos de la nada y las tinieblas! ¡Qué misterio de derrota hay en el humano, si cualquier precipicio le parece la vía final, le dio miedo perder su esencia y ahora es sólo un pozo de olvido! Se lo tragó el vacío de Dios… Nuestro cultivo dio su abundante y variado fruto. Sólo quedamos tú y yo con nuestros despojos… No hubo Dios, ni primavera iluminada, ni lluvia de oro y luz, sólo agua pasada de lágrimas…

 

LIDIA: ¡Suéltame! ¡Desátame Sofía y entonaré el réquiem sagrado y oraré por ti y por mí! Creo en el manuscrito y en sus leyes sagradas aún cuando no sea verídico.

 

SOFÍA: No hay notas de la oración, se borró la tinta con la lluvia, no sé orar, no recuerdo nada… ¿sabes tú la oración?

 

LIDIA: ¡Sofía, qué has hecho de tu santuario y de mi sangre?

 

SOFÍA: Se derribó, cayó, cayó el templo inmaculado… Nos toca invocar, danzar el baile ritual. Los grillos, los relojes y el silencio nos darán la música… (La desata). Vístete de negro.

 

LIDIA: (corre al cuerpo de Ezequiel) ¡Oh Ezequiel! ¿Qué será de nosotros, si sólo la carne importa, si sólo buscamos la pureza, el instante en las flores humanas, esa indescriptible sensación de reflejarte en un espejo hecho de una materia de sueños y agua? Cuando estemos solos ¿Quién inundará los poros con caricias, quién cultivará los campos como tú? Sólo nos quedan surcos y caminos hechos por los arados del cuerpo y huellas de unos pasos cubiertos con polvo… la ausencia acaba… es muerte… ¡Amor, el más sabio de los dioses!

 

SOFÍA: Ayúdame a ungirlo de aceite y ponerle en reliquias. Todo su ser debe quedar con su pureza, su cabello, sus uñas, sus miembros santos. Le edificaremos un templo y le veneraremos. Ayúdame a recolectar todos sus líquidos que aún segrega y a embalsamarlo en cera y ámbar…

 

LIDIA: ¡No puedo, estoy mutilada! Ni hablar logro, mis cantos, mis versos se han marchitado.

 

(Una luminosidad cuelga de la bóveda)

 

SOFIA: ¡Mira Lidia, ese rayo que se filtra por la cúpula cuajado en destellos fluviales, marinos, áureos y argénteos! ¡Enciende el fuego, regresan, ya vuelven! ¡Invocaremos a los ancestros! ¡Vuelven! Entona el réquiem.

 

LIDIA: ¡Se apagó mi voz, no puedo moverme, soy una roca, soy una peña, soy el ébano, soy la luna congelada! ¡Venid, sabios y ancestros! ¡Venid a acabar con el llanto de la carne, invoco a que vengan con la danza negra y fúnebre del descanso!

 

SOFÍA: ¡Ya se escucha el sonido de las esferas, el galope de los caballos blancos jalando sus carros de oro! ¡Aristo, sus huestes y ejércitos llegan por la vía láctea y sus caminos, vienen cubiertos de púrpura al compás del viento! Continuemos el rito, hay un muerto… Desemboquen aquí la luz de sus astros, no sabemos oraciones, sólo un canto roto más sabemos implorar… Tocaré mi instrumento que me abre los cielos y los mares, que tiene los hilos de los planetas…

 

LIDIA Y SOFÍA:

 

Numquid coniungere velebis

micantes stellas pleiadas, aut gyrum

Arcturi poteris disspare?

Numquid producis luciferum

In tempore suo,

el vesperum super filios terrae

consurfere facis?

 

LIDIA: No volverán, no volverán los muertos, no volverán…

 

A lo lejos se oye una música y hacen una ronda en escena mientras va cayendo arena hasta inundar el escenario, la luz se desvanece. Oscuro.

 

 

Telón

  

Eduardo Gutiérrez de la Cruz nació en San Juan de los Lagos, Jalisco, México (1975). Egresado de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara. Estudió perfeccionamiento actoral en la Escuela del Realismo Psicológico con el maestro Iouri Iliachevski. Realizó cursos de dirección con el “Grupo 80” en Viena, Austria. Ha dirigido varias puestas en escena con diferentes grupos independientes, así como impartido talleres de teatro y pintura en Guadalajara y el Distrito Federal. Fue escenógrafo y actor de la compañía de teatro de la compañía de la Universidad de Guadalajara. Ha ilustrado cuatro libros de poesía y algunas revistas culturales. Actualmente es director y productor de la compañía de teatro La Escena Muda. Ha publicado en diversos periódicos y revistas nacionales. Tiene siete obras de teatro inéditas.