PERSONAJES:
LIDIA
(actriz de teatro) (35 años)
SOFÍA
(músico-contrabajista) (50 años)
EZEQUIEL
(dibujante de grabados herméticos) (17 años)
Libros,
manuscritos, fantasmas, instrumentos rituales y partituras de música
sacra.
PRIMER RETABLO
Un
santuario en ruinas con mecanismos de metal y de ciencia… En el altar
encerrados en vitrinas, órganos humanos salpicados de musgo, reliquias
e iconos alumbrados por una hoguera ritual. En la bóveda central del
recinto un orificio derrama partículas de arena, inundan lentamente el
escenario emulando un reloj ancestral…
Escena primera
LIDIA:
Nada… sólo granos de arena balanceándose de un lugar a otro y cada vez
que caen me desgastan. En silencio me convierto en polvo… pronto
acabaremos inmóviles, cubiertos de sal, manchados de mosto… Tanto
polvo, como si se desintegrara el cuerpo de los dioses y cayera
diminuto, rompiendo la bóveda celeste… ¡polvo de oro! ¡azul índigo!
¡arcilla inútil! Pronto acabará de vaciarse el abismo…
SOFÍA:
¡Deja ya de mirar el interior de los relojes! ¡No surgirá nada nuevo
de ellos! Sólo son instrumentos de medición que trazan un círculo,
giran, van, llegan y no pasan de ahí.
LIDIA:
Son como nosotros, suspendidos en nuestro autoexilio; girando en los
días pasados, añorando los frutos prohibidos del paraíso para llegar
al origen del conocimiento… ni siquiera sabemos si somos reales o
somos el sueño de un poeta ebrio… ¡Mira la soledad en que estamos,
Sofía!. Aferrándonos a un santuario imaginario, siguiendo las leyes de
un manuscrito escrito con sangre, acabándonos con él día a día, con la
mirada, con el cuerpo encerrado tras paredes… Sofía, necesito ir a las
ferias, a los teatros, a los cantos… pero me atas a un cuerpo mío que
te pertenece.
SOFÍA:
¿Has terminado? Qué bien que aclares que puedo privarte de lo mío…
¿Olvidas el pacto? Recuerda por qué estamos los tres aquí, si alguno
decide romper el juramento del manuscrito sagrado los otros velarán el
recinto del conocimiento y la sabiduría. Si no, sabes muy bien lo que
vendrá.
LIDIA:
¡Oh, promesas! ¡Oh, pactos! No sé si lo pueda soportar, provoca en mí
desarmonía.
SOFÍA:
¡No te detengo! En el momento que quieras puedes renunciar a estas
leyes y marcharte.
LIDIA:
¡Perdón Sofía! La memoria aún guarda en mí aquellos lugares vivos a
pesar de ser sólo destellos fugaces, fantasmas apagados, jirones de
sueños olvidados en los jardines de la noche y una mano invisible y
desconocida me conduce a los recuerdos; están llenos de pasión y
añoranza como los libros sagrados de poesía…
SOFÍA:
¡No existen más libros santos! Di que sólo hay uno por encima de
todos, júralo en su presencia… (Entre mantos de seda blanca
transporta el libro sagrado… Es un libro con manuscritos antiguos y
partituras de música sacra, de gran dimensión y grosor cubierto por
una pasta amarilla con grabados forjados en metal). Éste es el
libro único, sólo él nos sostiene en esta civilización de asfalto gris
y metal alejados de la condición y naturaleza humana. Nuestro origen,
nuestro presente, nuestro porvenir. En sus páginas está disecada toda
la sabiduría eterna, nuestros antepasados y su memoria, sus ritos, su
filosofía, su ciencia y sus artes. No sabes valorar lo que contiene:
las lenguas, la magia ritual, las raíces históricas, la transmutación
del fuego, los símbolos ocultos, los ejes y movimientos de los astros,
las piedras, los brebajes y unciones consagradas, la disciplina de los
sabios y místicos, la ruta para llegar a la perfección y al equilibrio
interior.
LIDIA:
¡Ese libro me da miedo! ¡Ese libro, recopilación de cerebros, de
juegos intelectuales de profetas, reformadores, santos, locos y
místicos, me aniquila, me acaba…
SOFÍA:
¡Calla, blasfema! No repitas tus palabras de lodo y fango. ¡Áspid!
Veneno tienes en la boca, en el cerebro y en el corazón. Si algún mal
nos viene, la culpa es tuya… (Deja el libro).
LIDIA:
¿De qué ha servido ese libro aquí? Hay que trabajar duro día a día
dejando el cuerpo en la masa del pan, la sensatez en el hilo que borda
esta angustia existencial, la piel en la tierra húmeda de la
cotidianidad, la mirada en las letras y los renglones que forman un
viñedo en un mismo pasaje, nuestro trayecto en análisis oscuros, el
ánimo en un ritual, en un negro acuerdo con los muertos. Hasta he
olvidado los sentidos, las caricias y el sexo por estar aquí esperando
a que Dios nos sublime a sus ciencias y esferas y nos eleve a un
conocimiento superior… ¡Me siento muerta! Encerrada en esta casa
armando piezas mecánicas en mi mente, siguiendo las leyes matemáticas
de los relojes, cultivando vid, haciendo vino, lavando en agua pura
los ropajes de la noche oscura, cocinando el pan que llena de vigor la
sangre de los cuerpos torturados por la vida, ya de por sí la vida es
una crucifixión suficiente… ¡Quiero salir al parque! Llegar a la
fuente y mojarme desnuda, caminar por las calles y avenidas llenas de
luces de neón, mirar a los transeúntes y encontrarme en la miseria de
la ciudad… Para tener la ilusión de que no estamos muertos cambio todo
por el sacrificio y la disciplina de los místicos. Busco una respuesta
de la luz a una pregunta que no la tiene. ¿Por qué no podemos atrapar
el jugo de una planta, flor o fruto sin que se marchiten? ¿Por qué no
podemos atrapar el espíritu de los muertos en cofres de hierro, ni
recopilar la vibración de los seres que habitan en un instrumento de
música… o en un libro?
SOFÍA:
¡Has hablado demasiado! ¿Aún no te cansas de escupir heces a este
santuario?... La sangre se te ha vuelto negra…
LIDIA:
¡Negra no! ¡Roja! ¡Roja como los poemas!
Como
manzano entre los árboles silvestres
es
mi amado entre los mancebos.
A su
sombra anhelo sentarme,
y su
fruto es dulce a mi paladar.
Me
ha introducido en la sala del festín,
y la
bandera que contra mí alzó es amor.
Confortadme con pasas,
reanimadme con manzanas,
que
desfallezco de amor…
¿Acaso
estas frases no son sagradas?
SOFÍA:
¡Calla de una vez!
LIDIA:
Amo a Ezequiel. Quiero su cuerpo desnudo. ¡Dámelo esta noche!
SOFÍA:
No has servido para otra cosa, sólo para acostarte con él. ¿Siete días
no puedes abstenerte de tu pasión?
LIDIA:
¡Siete
días son tantos días para el amor! ¡Siete días son siete círculos del
infierno para el que ama! Estoy cansada… ¡Mírame! Estoy agotada de ver
mecanismos de relojes mientras la arena cae sin fin en este cuerpo
agonizante… Eres dura contigo, Sofía. De noche también has llorado en
el abismo del alma. ¡Hueco profundo, vacío alejado de la luz! ¡Noche
oscura que estamos pasando, luz agónica que se apaga! ¡No quiero más
bacterias filosóficas que se reproducen por capricho nuestro, ni
gusanos de seda enredándose a nuestros huesos, ni hilar vida, ni
conocimiento, ni bordar ocultismos ni sortilegios en los mapas del
cerebro, ni enhebrar estrellas, planetas, constelaciones y vías
lácteas en el pelo! ¡No quiero ser sabia, profeta, santa, ni elegida!
SOFÍA:
¿Entonces niegas la inteligencia, un orden superior místico, salir de
nosotros a otros planos desconocidos para ver y sentir a Dios? ¿Todo
por sentir en el cuerpo las caricias de un hombre?
LIDIA:
Sí, creo en la poesía, en lo que me duele, en lo que siento y gozo, en
mis dudas, en el pesar que quisiera alejar de mi cuerpo llagado, en la
melancolía del humano, en la lluvia, el sol y la armonía. En lo que
miro y quisiera retener en mis manos, sé que todo termina y nunca
podré retener el cuerpo de Ezequiel, ni su calor… Cuerpo, ser,
equilibrio, libertad y poesía unidos…
¡Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven!
Que
ya se ha pasado el invierno
y
han cesado las lluvias.
Ya
se muestran en la tierra los brotes floridos,
y ha
llegado el tiempo de poda,
y se
deja oír en nuestra tierra el arrullo
de
la tórtola.
Ya
ha echado la higuera sus brotes,
ya
las viñas en flor esparcen su aroma.
¡Levántate, amada mía, hermosa mía,
y
ven!
Ya
me he quitado la túnica.
¿Cómo volver a vestirme?
Ya
me he lavado los pies.
¿Cómo volver a ensuciarlos?
Mi
amado metió su mano
por
el agujero de la cerradura,
y
mis entrañas se estremecieron por él.
Me
levanté para abrir a mi amado.
Mis
manos destilaron mirra,
y
mis dedos miel exquisita,
en
el pestillo de la llave.
Abrí
a mi amado…
SOFÍA:
Estás rompiendo el código. Mañana los astros y planetas formarán un
triángulo en el firmamento… La figura geométrica perfecta; trazada en
los manuscritos. Se abrirán los sellos, se romperá la morada astral
donde permanece el maestro Aristo encerrado en un astro esférico,
espera deshacer la clave y descender con sus hordas de genios y sus
huestes de espíritus, para habitar en el cuerpo de Ezequiel… Se
derramará la luz del amor en las almas como dejó escrito el sabio
jesuita, el nuevo mesías renacerá. Aristo fue repudiado por la orden
de la Compañía de Jesús, un herético que desafió la existencia del
único mesías, negó a Cristo y aún en la hoguera después del martirio
se elevó a la potente esfera dejando estos folios de la profecía, él
vendrá para reinar entre los hombres y crear su imperio en la Tierra.
El libro no te importa, ni el oráculo del manuscrito… ¡Míralo! Esta es
la sentencia…
(Abre
el libro)
IV NU LEGNÁ EUQ
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LED OLEIC, ODNEYART
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NARG ANEDAC NE US
ONAM
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NOGARD, A LA
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OLBAID,
SÁNATAS, Y EL
ÓNEDACNE ROP LIM SOÑA, EL
ÓJORRA
LA OMSIBA Y ÓRREC, Y
AMICNE.
ED LÉ OSUP
NU OLLES ARAP EUQ
ON
ESAIVARTXE SÁM A SAL
SENOICAN
ATSAH
SODANIMRET SOL LIM
SOÑA,
SÉUPSED ED SOL SELAUC
ÁRES
ODATLOS…
(Cierra
el libro)
LIDIA:
¡Calla! ¡Calla! ¡Silencio! Me hacen daño los murmullos de palabras
muertas… “Lenguaje de Babel” No quiero que me tortures con signos
huecos, no quiero que me flageles con las letras emanadas del
pensamiento. ¡Déjalas dormir en su caja! ¡Déjenme con su sabiduría! No
quiero escuchar…
Levántate, Cierzo; Ven Austro.
Oread mi jardín, que exhale sus aromas.
Venga a su huerto mi amado
a
comer de sus frutos exquisitos.
Voy
a mi jardín hermana mía, esposa
a
coger de mi mirra y de mi bálsamo,
a
comer mi panal y mi miel,
a
beber de mi vino y de mi leche.
Comed, colegas míos, y bebed,
y
embriagaos, amigos míos.
SOFÍA:
¿Te pones así ante lo sagrado y lo divino? ¡Perra! Sólo te gusta la
carne, que te toquen, que te forniquen… ¡Perversa! ¡Profana!...
LIDIA:
Sí profana, más no negra y arpía…
SOFÍA:
Sabes que tengo el poder y Ezequiel me pertenece, sé que lo tienes
poseído por tu cuerpo lujurioso, lleno de fango, ¡Lidia! Ezequiel no
es más que carne… ¡Carne!... hombre de desecho y a la carne, se le
moldea, se le atrapa o si se quiere se le desaparece.
LIDIA:
Para ti nada ha tenido valor, sólo el libro, sólo los antepasados, sus
ritos y sus costumbres y ¿nosotros qué? Somos de esta época, de este
momento, de este siglo, con nada claro hacia el mañana. El libro dice
que no debemos corrompernos de carne y Ezequiel también sube a tu
lecho y además en los manuscritos hay ritos de sangre, vicios,
incesto, prostitución, guerra y sodomía… “Impureza”.
SOFÍA:
Ezequiel es más mío que tuyo. Lo enseñé a descifrar los signos
herméticos del conocimiento, del cosmos, del alma y del cuerpo. ¡Está
poseído por el espíritu del gran sabio, mañana se unirán mediante un
ritual triangular, a Ezequiel ya no le pertenece su alma! Hemos
firmado un pacto con nuestros cuerpos para que Aristo regrese y habite
en el cuerpo de Ezequiel y logre su imperio. Se transformará en el
nuevo mesías tan esperado y así dominará las ánimas universales. ¡Todo
ha sido planeado para estos tiempos, renacerá la luz del amor,
derramada en todos los seres! Estaremos cerca de un Dios, conoceremos
los misterios de la creación… Ezequiel es disciplinado y ha
evolucionado más de lo que pudiéramos imaginar, está en mi poder, lo
preparo para el holocausto final.
LIDIA:
También sabe poesía.
SOFÍA:
¡La poesía es para hombres inútiles y el libro sagrado, sus códigos y
manuscritos son para lo eterno! No dejaré que lo corrompas…
LIDIA:
No hay eternidad sin humanidad y sin poesía, está escrito en cualquier
libro sagrado; unión de dos cuerpos igual a armonía. Amor entre esposa
y amado.
SOFÍA:
¡Has maculado la noche antes del día señalado por los profetas
visionarios de los manuscritos! ¡Has ensuciado el festín preparatorio!
Una sola noche antes de tantos años y sacrificios te niegas a la
purificación cuando se está a punto de entrar a develar las profecías
de iluminación y transfiguración. Esta noche antes del día indicado
debes ofrendarte hasta el amanecer flagelando tu cuerpo hasta sangrar
y arrepentirte de todas tus blasfemias. ¿Quieres que yo lo haga y que
con tu sangre escriba oraciones en tu sacrílego cuerpo? El libro te
aborrece; nuestras deidades deben verte arrepentida; el rito así lo
exige.
LIDIA:
¡No lo
haré más! ¡No tienes compasión de nada, ni de ti misma! Mira cómo
enloquecemos día a día en este autoexilio, siguiendo las reglas de un
manuscrito de profetas, místicos y deidades inexistentes… ¡Piedad!
¡Pide compasión a tu Dios! Dile que no puedo amarlo.
SOFÍA:
¿Quieres abandonarlo todo, quieres deshacer la tríada ritual y
destruirnos?... Tú eres "pureza" ante los ojos del amado, más no tomas
en cuenta tu insensatez al hablar de esa forma. Olvidé mi música,
abandoné mi contrabajo amado, las partituras de mis compositores
predilectos. Renuncié al caracol armónico que despliega los sonidos
eternos. Corté todo lazo para escuchar la música de las esferas, para
que la pirámide de fuego trajera al sabio en un cuerpo nuevo. Corté
todo hilo al mundo por el día esperado... tú dejaste las máscaras de
teatro, los personajes vestidos de papel seda, en un escenario hueco
balanceándose en una danza mágica. ¿Qué ocurriría si cuento a Ezequiel
su verdadero origen y lo despierto a estas horas de la noche para
descubrirte ante sus ojos, decirle que lo robaste cuando tenía siete
años? ¿Recuerdas que volvía de la escuela? Lo arrebataste sin
importarte el dolor y la búsqueda de sus padres, lo ataste a ti cuando
era un pequeño de nueve años, no renunciaste a tu insana pasión. Amar
a un niño que sería el elegido según el Evangelio de Aristo. El
manuscrito de esta profecía fue la herencia de tu abuelo, un
anticuario que guardaba celosamente estos folios con hermosos grabados
y partituras de música. Así han pasado siete años lejos de todo
esperando el renacimiento de un Mesías... pasó por ser mi hijo sin
saber la verdadera historia de estas dos locas que huyen de la gente
cuando salen a vender lo que elaboran. Yo compré tu delirio sexual con
mi encubrimiento y silencio a cambio de un manuscrito antiguo y accedí
a este juego por el misterio de este oráculo especial.
LIDIA:
¡Silencio, me matará! ¡Silencio! Oraré… Oraré… ¡Me sacrificaré!
Tenemos un pacto…
SOFÍA:
Me voy, vendré a suplirte al amanecer, repite y grábate el libro una y
otra vez hasta que el humo de las deidades inunde de incienso el
santuario y el agua lustral esté preparada para el baño… Procura que
el fuego no se consuma por ningún motivo… (Sale)
LIDIA:
¡Oh confusión! Veo un camino oscuro… no hay luz, sólo oscuridad,
noche… (Lidia desnuda su cuerpo y se golpea en cada frase de la
letanía)
Luces que alumbran el arca y la cúpula celeste,
hierbas y brebajes con jugo de tierra,
árbol sagrado de los sabios con frutos de oro,
cáliz–labios sacros donde se bebe el vino divino…
(Oscuro)
Escena segunda
(Ezequiel es un joven amarillo y de cara pálida como los muertos). En
una habitación alumbrado por una lámpara de aceite. Está inclinado en
el piso ante un folio que contiene grabados y dibujos a tinta. De su
cintura penden cientos de llaves antiguas de metal, atadas con
cordones que forman un círculo que lo rodea y aprisiona. La noche
envuelve la atmósfera como un delirio… a lo lejos tocan la puerta
siete veces. De repente la puerta se abre y deja filtrar la luz
violentamente. Aparece Sofía, trae una escudilla con agua que coloca
cerca de Ezequiel.
SOFÍA:
¡Oh, Ezequiel! Me entra polvo por la boca, cada respiro es una
polvareda que me convierte en un monte quieto.
EZEQUIEL:
¡Cierra
la puerta, Sofía! La luz me ciega… ¡Acércame un poco de agua! ¡Siete
noches me transforman, me devastan!... ¡Sofía! Estas noches hay signos
de ámbar en lo más oscuro del alma, intento ver qué hay más allá del
cristal interior. Una espesa niebla me impide ver al maestro Aristo
atrapado en su esfera errante y me encuentro ante un cono profundo de
tinieblas… Todo es noche, vapores pétreos ascienden por las cavidades
del alma, el pensamiento se vuelve tierra y el eco del sonido es un
murmullo agudo que horada mi pecho. Es difícil preparar la morada de
un dios, hacer del cuerpo un templo. Mi cuerpo miserable con su
armazón de cal y músculo está agrietado como un muro viejo, sólo lo
guía un reflejo; un relámpago que es el corazón, nube roja que vibra
como un instrumento de percusión… Este sonido armoniza a los espíritus
que dudan de Dios y sus profecías…
SOFÍA:
¡No hables así, Ezequiel! Me aterra tu ensalmo… Tu cuerpo es un valle,
un terreno fértil para la siembra. ¿Acaso no has visto en tu interior
cómo surge el paraíso? Un fuelle cargado de aliento luminoso y preña
las simientes, los conceptos y llena de aire la mente y la música de
las esferas.
EZEQUIEL:
¡Tengo miedo, Sofía! Mi carne es débil para albergar a un maestro
poderoso. Estas ruinas son un inmundo lugar para recibir a una deidad…
¡Siete días he intentado con oración encontrar la llave que abra los
cielos! ¡Siete años he fortalecido mi cuerpo para resistir el mal y el
hambre! Pienso que esta envoltura es imperfecta para no caer en los
vicios que devoran a todos los hombres de la tierra.
SOFÍA:
¡No
quiero oírte hablar así, Ezequiel! Parece que niegas todo el poder que
posee lo que tú llamas armazón humana. Sólo debes preparar la guarida.
Aristo vendrá a habitar no un templo, una catedral tan sólida como la
pirámide que es el alma.
EZEQUIEL:
¿Y mi conciencia? ¿Y mi individualidad? ¿Dónde quedarán? No seré yo en
esencia… Otros humores, otros pensamientos perturbarán mi cerebro…
SOFÍA:
¡Serás un Dios! ¿No te basta? El renacimiento de un sabio. Un Dios
atrapado en su esfera. ¿Acaso ignoras que el cuerpo astral es esférico
y que las almas están divididas según los astros? Las almas tienen por
morada el astro que les corresponde y tu destino está anclado a esa
guarida esférica… Ahí permanece nuestro maestro Aristo, ansía este día
para habitar tu cuerpo. Al morir el cuerpo, el alma regresa a su
astro, la del malvado y el impío está condenada a encarnar de nuevo y
cada vez más bajo en la escala de los seres…
EZEQUIEL:
Hay amarres tan fuertes en mi ser, que el poder no puede derribar. Las
letras, los grabados, las cifras, las ecuaciones, los vocablos, los
signos y las oraciones se convierten navajas con un brillo férreo,
parece que desgarran el cielo… ¡Sofía, me aterra pensar que la sangre
vertida de las bestias y los hombres sea inútil para liberar un
espíritu! No niego que mi cuerpo quiera llenarse de esos códigos que
ayudan al hombre a ser un dios, no niego los sonidos que abren otras
inteligencias. Mi cuerpo es una maquinaria que puede ser pervertida
por una clave indescifrable que poseen los cuerpos para morir y
renacer al mismo tiempo y llaman amor… Temo que el manuscrito reabra
su horroroso contenido y se trague al universo, ese lenguaje donde
místicos de la India y de otros países y generaciones vertieron todo
su humor y conciencia. Temo que estas páginas de la inteligencia al
ser destruidas por el fuego consuman al mismo tiempo todo el universo
y las llamas del amor. Y que la profecía de Aristo, nuestro guía, se
evapore en el infinito éter, siendo luz apagada, polvo de sabios.
SOFÍA:
¡Así no
puede hablar un dios, Ezequiel! Un profeta nunca se deja dominar por
el terror y ningún ente, ninguna potencia puede dominar el relámpago
de su alma. ¿Acaso quieres quedarte aquí atado a este suelo, como vil
mortal, encadenado a sus vicios? Toda esta niebla que te circunda
puede ser convertida en luz y el paraíso no va a perderse por el
terror que le produce a un hombre renunciar a ser dios. Si yo fuera un
hombre de tu condición me sometería a toda clase de disciplina. Mi
deseo de estar cerca de un mesías no aborta ninguna postura, ninguna
duda. Mis manos saben el secreto de la tierra, mi mente ya se desplaza
por los astros y conoce la vibración de los planetas y la música de
los elementos… Tendré que dar muerte a quien se oponga a la llegada de
Aristo y al renacimiento de un dios. Pongo toda mi esencia para que no
se destruya el paraíso que nos espera. ¿Crees tú, que el maestro no
espera con ansia el renacimiento? ¿Olvidas la voz del sabio cuando
sopla sobre tus dibujos, ese humor que te ayuda a crear? Los espíritus
nacen de la sangre en forma de éter y vapor, un vapor tan tenue que
pasa por el hígado al corazón y del corazón a la cabeza, se purifica
más y más… el espíritu mora en el cerebro y de ahí nace la fantasía…
(Pausa)
¡Ezequiel, el dominio de las almas te pertenece, está en nuestra
voluntad! Deja todos los hilos que te atan a este pedazo de tierra,
toma las tijeras del porvenir, deshaz, troza todos los cordones que te
impiden subir a las esferas o fugarte del sueño… La víspera del día
anunciado nos espera… nuestro origen, nuestro presente, el pasado no
cuenta, ni quién somos o por qué llegamos a esta historia perdida en
un lugar del universo. Estaremos condenados a repetirnos, a vagar, a
errar con nuestra culpa, sin descanso con la duda, no tendremos lugar
en el mundo ni raíces, iremos errantes buscándonos sin encontrarnos,
sin recuerdos por la galaxia.
¿Quieres el infierno y su aceitoso brillo? La sal y el azufre, un
desierto sin fin… arena… arena… dunas… sin raíces que absorban agua…
Ni Lidia, ni tú, ni yo saldremos de esta cúpula de vidrio si no
cumplimos estas leyes.
EZEQUIEL:
¡Oh, Sofía! Ser un dios y tener el dominio de los seres es tener una
fantasía lúcida, mi alma saturada de conceptos y claves. Sólo espero
que esta angustia que provoca la soledad me haga hablar en estos
términos… ¡Quiero el paraíso! Ayúdame a orar, a cumplir con mi
destino, a entender estos folios y grabados… No quiero este pozo de
tinieblas, cono de cenizas… quiero el verde sin fin del paraíso, el
poder del ámbar y la inmortalidad de la sangre.
SOFÍA:
¡Descansa, amado Ezequiel! Si fuera tu madre te liberaría de la carga
que llevas, tus oraciones y conocimiento han abierto tantas puertas y
recintos que no debes dejarte vencer por el cuerpo que sólo da dolor y
angustia… Al alba vendré a bañarte para la ceremonia, día tan
esperado.
EZEQUIEL:
¡Bésame, Sofía, el paraíso está cerca!
SOFÍA:
Adiós,
amado, el paraíso nos espera… (Sale)
EZEQUIEL:
¡Oh!, qué noche tan larga, no logro distinguir el sueño, la vigilia ni
la fantasía. ¿Y si Aristo que nos guía no fuera más que Mefistófeles
tentándonos? ¡Inútil conocimiento de tres Faustos! Y la fantasía es
más poderosa, es un espíritu que no he podido vencer… La fantasía y el
amor absorben mi ser, vuelto vapor, convertido en sombra para
transportarlo a otra esfera… ¿Qué me sucede?… un espíritu desata mis
amarras…
Luz
tenue se filtra de la bóveda celeste. A lo lejos se escucha el canto
de Lidia… Ezequiel es jalado hacia arriba… un golpeteo de metales
provoca un ruido ensordecedor.
(Oscuro)
Escena tercera
LIDIA:
¿Quién es éste que se levanta como la aurora,
hermoso cual la luna,
resplandeciente como el sol,
terrible como escuadrones ordenados?...
EZEQUIEL:
Bajé
la nozaleda para ver cómo verdea el valle.
A
ver si brota ya la viña y si florecen los granados.
Sin
saber cómo
me
vi sentado en los carros de mi noble pueblo…
¡Lidia,
deja ya de sángrate, deja ya el manuscrito! Esta noche ya duerme
Sofía…
LIDIA:
Ezequiel, estoy maldita ante los ojos de Dios, la carne sólo es mi
salvación, tú debes sacarme de aquí… Sólo habrá luz, si se toca el
réquiem sagrado… Pero sólo creo en el réquiem que surge de la música y
el canto de dos cuerpos y dos bocas amándose.
EZEQUIEL:
Sólo estamos desvirtuando este templo guarida de criaturas errantes,
ellos nos miran…
LIDIA:
¡Qué importa! ¡Bésame!
Bajó
mi amado a su jardín,
A
los macizos de las balsameras,
Para
apacentar su rebaño en los vergeles
Y
coger azucenas.
Yo
soy para mi amado, y mi amado es para mí,
Él
que pastorea entre azucenas.
EZEQUIEL:
Eres, amada mía, hermosa como Tirsa,
Encantadora como Jerusalén
Terrible como escuadrón ordenado en batalla.
Aparta ya de mí tus ojos, que me fascinan.
Es
tu cabello…
¡Oh!
Nuestros antepasados ven el templo sin guardia y nos castigarán, por
no custodiar el fuego noche y día… ¿No ves que beben luz? Y todas las
noches llegan a beber sangre de las palomas y se purifican en las
llamas. Aristo mi maestro vendrá en la forma de un ave de fuego para
poseer mi cuerpo, crear su reino y así cerrar el triángulo perfecto
del manuscrito. Tendré el poder y la sabiduría sobre los hombres.
LIDIA:
¿También piensas en eso? La carne no sólo puede ser carne, dentro
tiene la clave de la unión.
EZEQUIEL:
La oración y el ayuno también nos llevan a la unión…
LIDIA:
Olvídate de todo, moja con tus labios mi cuerpo, no quiero orar
¡Quiero comulgar en tu cuerpo! Déjame beber tu saliva que destila
leche, miel y jugo de caña como el vino del cáliz de oro.
EZEQUIEL:
Hoy no puedo, nos miran los antepasados. He preparado siete días la
guarida del maestro Aristo, no puedo mancharme. Esta noche sagrada la
has profanado y en mi boca hay quemaduras y llagas de tu boca.
LIDIA:
También en mí han crecido violetas, rosas y adelfas de tus labios. Mi
cuerpo era un pueblo desconocido con millares de helechos en mis
caminos, los pozos estaban cuajados de musgo, mis montes y valles
estaban cubiertos de toda especie de árboles frutales. Ahora mis
ciudades son silenciosas y polvorientas cual si hubieran pasado por
ellas el ejército y el olvido, destrozando con su guerra los
sembradíos llevándose la lluvia y agua pura… ¡Estoy maldita, no puedo
seguir orando! El pan está lleno de hormigas y el cáliz convirtió el
vino de Cristo en un brebaje amargo y fétido y eso no impedirá que la
sangre se convierta en un río y se derrame como vino por las calles.
Mira mi sangre, Ezequiel. ¡Mira cómo fluye de mis venas, es un elixir
rojo y cálido que alimenta al amor y a los poemas, bébelo! Siente la
savia de los dioses en la boca, miel roja inmortal, eterno veneno,
para evitar que muera el amor… ¡Bebe mi sangre, alimenta tu espíritu
para que todo tu cuerpo se encienda como un huerto y los antepasados
comuniquen el secreto de este rito de amapolas!
EZEQUIEL:
(bebe la sangre) ¡Misterio de vampiros!
LIDIA:
Y mira
lo que hago con el manuscrito… (Lo arroja a la hoguera).
EZEQUIEL:
¡Lidia!
¡No! Te has vuelto loca…
LIDIA:
¡Espera Ezequiel! No dejaré que lo salves, que se queme, que se arda
en los infiernos, que las criaturas del fuego, que los demonios
domesticados de las fraguas de Plutón lo extingan para siempre. (Combate
entre los dos personajes). Son escritos de dioses inexistentes,
locura de frases y símbolos, mentiras de hombres… ¡Mejor ámame!
¡Bésame, Ezequiel!
EZEQUIEL:
¡Loca! ¡Voy a soltarme y te voy a matar! ¡El manuscrito desaparecerá!
¡Apártate!
LIDIA:
Entra a mi viña, ven a mi huerto, piérdete en las luces de mi aura…
¡Ámame con besos de tu boca! No podrás exclamar más frases hasta que
esté destruido… Tengo poder para lograrlo… ¡No la llamarás más!...
(Pausa)
EZEQUIEL:
¡Sofía!... ¡Sofía!... (Cae dormido)
LIDIA:
¡Calla de una vez! ¡Se destruyó! ¡Se acabó el libro!... Inútil
manuscrito! Sólo habrá poesía, carne, noches de cantos, placeres y
frutos perfectos que surjan de nuestros cuerpos, pensamientos,
jardines y huertos… ¡Ah!... ¡No vencerás!... Debo hacer una libación a
Eros derramar miel y vino en su altar, encender las antorchas del
Himeneo. ¡Deidad del amor! ¡Numen del placer y los sentidos! Hoy el
amor venció en nuestras ánimas… (Sale).
Escena cuarta
EZEQUIEL:
¡Mi ánima está manchada! Es ahora un recinto hueco plagado de amapolas
y cardos venenosos… Crecen hierbas malditas, es morada de espíritus
inmundos, hay incendios y serpientes de lumbre desgarrando su esencia…
¡Estamos malditos! ¡Oh Aristo! ¿Dónde buscarte, maestro? ¿Dónde dar
contigo? Si ya no hay caminos, el manuscrito era la vía, el arca donde
surgían los seres, donde renacía el misterio de la creación y la
armonía… El manuscrito tenía una maldición si se violaban los sellos…
Un demonio femenino venció a los iluminados… ¡Serpiente! ¡Eva!
¡Lilith! ¡Mara! ¡Magdalena! ¡María!... ¡Aristo, maestro! ¡Apiádate de
nosotros no nos dejes menguar! ¡Ilumina nuestra suerte! ¡El libro que
lo contenía todo, donde se contemplaban los ríos, los personajes, los
cielos, los mares, los árboles, está destruido! Es nada, polvo. Sólo
un réquiem fue el final del juego…
(Aparece Sofía como despertando de una pesadilla, presagiando un mal
suceso)
SOFÍA:
¿Qué
pasa Ezequiel?...
EZEQUIEL:
(en plena melancolía como el grabado de Albert Durero) ¡Sofía!
Despiértame de este sueño, es una pesadilla…
SOFÍA:
¿Qué ha sucedido? ¿Qué es ese olor que inunda el recinto?
EZEQUIEL:
Es una visión, estamos en una pesadilla…
SOFÍA:
Tu cara, tus manos y tu pecho… ¿Heridos, manchados de sangre y hollín?
¿Qué pasa? ¿Lidia está bien?
EZEQUIEL:
Lo intenté con todas mis fuerzas… El libro sagrado está hecho cenizas,
sólo he salvado unos pasajes incompletos y una partitura final…
SOFÍA:
(derrota melancólica) ¡Oh no! ¡Ay, se derrumba mi cuerpo como
la muralla de Jericó! Vendrán males, tragedia y horror. Las deidades
se alejarán para siempre de este templo… ¡Mira! Ya los siento
alejarse, dan la espalda, no fuimos dignos de su salvación. Se
perderán en el abismo, en la nada… ¡Maldita! Engendro perverso de
humanos lacerados… ¡Ay! ¡Ah!... ¿Dónde está ella? ¿Dónde se ha
escondido? ¡Encuéntrala, Ezequiel! ¡Oh, mi libro! La eternidad rota…
Sólo un réquiem incompleto, sólo una oración para muertos es el hilo
de plata hacia el universo. Sólo estos rotos manuscritos que estaban
prohibidos de leer, sólo una melodía que aún no se debía entonar
quedaron. Debo cubrirme de negro y esparcir las flores rituales. Debo
llorar por lo que fue y quedó reducido a nada. (Lee las partituras).
El canto es la forma más elevada de oración, contiene un reino de
signos acústicos y rítmicos tan finos que llegan a Dios… El canto
perpetúa la palabra y los espíritus acuden al templo de los
antepasados para oír música, abrevar las sustancias de los
sacrificios, se abren las puertas de las almas y todo es una posesión
de correspondencia. La música penetra las virtudes de las
inteligencias sobrenaturales y la armonía absorbe los espíritus desde
las esferas, les permite elevarse de la tierra y el inframundo para
originar la sustancia de los seres… La música es la espiral armónica
donde se conjuntan la vibración de los elementos, del cosmos, de las
plantas, de los hombres, de los astros, de las piedras, de los
animales... Un réquiem, una oración para muertos traerá la luz y el
fuego piramidal que esperamos, la luz azul donde habitará la armonía.
(Oscuro)
Escena quinta
Ezequiel llega, trae atada a Lidia semidesnuda con un enorme corazón
tatuado en sus pechos y el cabello rapado.
EZEQUIEL:
¡Mírala! ¡Se niega a vestir de luto, se ha rapado la cabeza y con un
punzón se ha tatuado un corazón en sus pechos, ha enloquecido! Se ha
ofrendado al amor y a los que han muerto en sus templos atados a sus
leyes.
SOFÍA:
¡Átala fuerte a la cruz! Las deidades se han ido, ella debe
regresarlos, debe orar y orar, invocar e invocar, inmolarse y
sacrificarse hasta el final, hasta que destile todo su cerebro, su
sangre y no quede ni una gota de líquido en su ser.
LIDIA:
(derribada) ¡Ezequiel, rásgame la carne, no sé amar a Dios ni a
mis ancestros! ¡No quiero amarlos! Sólo quiero amar tu cuerpo.
SOFÍA:
(trastornada) Sabes, amada Lidia, que vas a implorar a grito
abierto, hasta que el cielo se quiebre. Juro que dirás una oración con
más estrépito que un rayo. ¡No quisiste recuperar el imperio de luz,
ni el canto de sol de las antiguas deidades! Destruiste tu identidad y
la nuestra. Aún hay un réquiem que entonarás para el final de la
noche…
LIDIA:
¡No quiero saber de oraciones muertas! ¡Sólo quiero sentir vida en
todos mis poros, tejidos y arterias! ¡Sólo quiero que inunden ríos de
agua pura y fresca a mis venas, a mis conductos y órganos que dan
movimiento a mis sentidos! ¡Bésame Ezequiel! ¡Trae amor a mis valles,
escarda la tierra, trae luminosidad a los árboles frutales, llévame a
la viña, desnúdame bajo los granados en flor y haz una orgía, un
festín en que se coma y se beba sin moderación!
SOFÍA:
¡Impía! ¡Maldita! El demonio te tiene poseída. ¡Amado Ezequiel, átala
fuerte y prepara el sacrificio conforme al rito! No olvides los
manuscritos mutilados, ni el brebaje ritual, ni traer las víctimas, el
agua lustral, ni limpiar los instrumentos y las cajas de música;
enciende la hoguera y el incienso. Ve al patio y corta las flores más
bellas y perfumadas del jardín… ¿Por qué guardas silencio, tienes
miedo de la hecatombe? ¡Amada Lidia, necesito que me ayudes a entonar
el réquiem! Este círculo de metal será el instrumento y la Luna de
plata la tonalidad del rito… ¿Por qué guardas silencio, tienes miedo
de la hecatombe? ¡Lidia amada no me mires así, sólo serán aves, sólo
una navaja que las degüelle, sólo un brebaje de sangre para que sirvas
de médium…
EZEQUIEL:
Sofía, aquí tienes los elementos, los signos están preparados.
SOFÍA:
El baño de purificación lo haremos en seguida, tú Ezequiel lávate en
la pila del patio mientras lavo a Lidia… (Sale Ezequiel. Sofía
desnuda a Lidia que se encuentra atada). Mancharé tu cuerpo de
líquidos de plantas para que el perfume de las hierbas purifique el
acto…
LIDIA:
¡Déjame, no quites mis máculas! Ni toda el agua ni todos los
sacrificios y ritos borrarán mis ansias, mis deseos y pensamientos…
¡Déjame, déjame!... termina de una vez, no quiero más daño… ¡Siete
años! ¡Siete generaciones! ¡Setecientas aves! ¡Setenta toros! ¡Siete
hombres sacrificados! Se han vertido corrientes de líquidos, se han
decantado humores, destilado órganos humanos para crear un imperio de
sombras…
SOFÍA:
¡No un imperio de sombras! Un reino de espíritus tan tenues como el
éter y el vapor para que abrevaran la sustancia vital y la derramaran
en el cáliz de los sabios… ¡Elíxir sacro!... Aristo atrapado en su
esfera transmutaba la sangre en fuego primordial, en soplos ígneos;
absorbía y alimentaba su esencia y a su elemento le transmitía vida…
LIDIA:
¡Ficción! Ezequiel era el único ser puro y hoy está maldito, el reino
destruido, Aristo nunca saldrá de su esfera…
SOFÍA:
¡Prostituta de amapolas! ¡Perra de lumbre! No tienes ni el opio
sagrado de la sabiduría… ¡Ramera de templos griegos! No queda sino tu
sacrificio una doble muerte donde termines por arderte toda y sólo
quede de ti un montoncito de cenizas confundidas con polvo… Te pondré
un manto limpio… ¡Deja tus réplicas! (Mientras se lava). Sólo
tu sacrificio puede recuperar la luz y el orden, sólo nuestra memoria
podrá mediar entre los antepasados y ellos con las deidades. Aunque
sólo con la muerte debe entonarse un réquiem y vale morir para
regresarlos…
LIDIA:
¡Oh tonta Sofía creíste la invención que hice del manuscrito! Sólo era
un folio falsificado escrito con sangre de carneros y lechuzas, esta
leyenda fue obra de un autor de teatro. Sólo era un libro inspirado en
mentes imaginativas, invención de un poeta maldito y un loco
invertido. Todo fue un pretexto para que te ligaras a mí y a él.
SOFÍA:
¡Mentira! ¡Calla o te aniquilaré! Has enloquecido totalmente…
EZEQUIEL:
(entra, lleva una escudilla con fuego). ¡Llevo una luz!
¡Ilumino! ¡Elevo el fuego ritual, símbolo ancestral de renovación! Que
nunca falte la luz en este altar. Todo está dispuesto para el acto.
SOFÍA:
¡Así sea! Que nunca se apague la luz, ni dominen las tinieblas… Ahora
no debemos perder más tiempo, renovaremos el pacto, enmendaremos el
daño. Ezequiel corona de amapolas y adormideras a tu frente; para que
los vapores emanados de ellas preparen la senda que debemos transitar
y a ti Lidia pongo la mandrágora trenzada con laurel; para que ayude a
nuestro viaje. Vid y azafrán anudo en mi cabeza para hacer más
tolerable el trayecto… Tú irás primero, Lidia. Abrirás la puerta, nos
señalarás el camino y nos pondrás alerta del peligro… Ezequiel saca el
cuchillo y ofrenda las aves, córtales el cuello, desprende sus siete
cabezas y junta la sangre en la copa de plata.
LIDIA:
¡No lo hagas, ante mis pies te lo imploro! Es un crimen, no quiero ver
los ríos y los charcos que hacen sus líquidos carmesíes; me recuerdan
al mañana, a la pesadilla en que se convertirán nuestros cuerpos, ríos
y más ríos de tortura por la locura del hombre.
SOFÍA:
¡Hazlo rápido Ezequiel, no tengas piedad, tampoco la tuvo ella!
¡Mezclaré el brebaje y beberemos los tres!
LIDIA:
¡No beberé!
SOFÍA:
Abre su boca y yo derramaré el contenido. ¡Debes implorar, Lidia!
LIDIA:
¡Ay! ¡Quiten de mí ese cáliz! ¡No quiero dioses sanguinarios,
insaciables!
SOFÍA:
¡Bébelo todo! Lo necesitarás hasta el fin. Será menos doloroso, es
todo. Ahora nosotros querido Ezequiel ¿O es que no quieres continuar,
quieres este abismo?
EZEQUIEL:
¡No, eso no! Sólo deseo que todo salga bien y vuelva la claridad que
había. Toda la historia de esos hombres entregados a la sabiduría
derramaron sus humores y locuras para ver la luz azul, la luz que se
transforma en círculos y espirales de oro… Sólo vieron lodo, arcilla,
tierra agrietada y polvorienta… Aristo me guiaba por senderos cónicos
y me conducía entre los muertos para beber el agua pura, sólo me hará
navegar en sangre. Tomo el vino sacro para recuperar la armonía…
LIDIA:
No volverá. ¡No saldrá de mi boca ningún rezo, ni canto, ni súplica,
ni voz! ¡Sólo maldición y sino entonamos los tres no se escuchará el
réquiem! Tú tocarás sólo la música, faltará la plegaria.
SOFÍA:
Ezequiel, toca las notas del réquiem en el contrabajo… Vamos Lidia,
entona la oración… ¡Debes cantar! ¿Ahora guardas silencio? ¡Silencio!…
¡Has matado nuestras deidades y ancestros, el réquiem debe oírse, te
lo exijo… (La tortura).
EZEQUIEL:
Tanto silencio, si ella no canta, menos aún bailará y sacrificará
nada, Sofía… Lidia, debemos sacrificar una víctima para el holocausto…
debe haber una muerte.
LIDIA:
No creo en el rito, jamás volverán, porque nunca ha estado nadie aquí.
La muerte no traerá espíritus, dioses o entes invisibles, nadie vuelve
de la muerte ni la eternidad…
EZEQUIEL:
Amada Lidia, ¿no quieres bailar la danza? Yo lo haré por ti, debes
entonar la oración. Promete que lo harás y te llevaré bajo las
higueras, los viñedos y los naranjos en flor…
(Pausa)
SOFÍA:
Sigue obstinada con su silencio, es ya de madrugada, ella no dirá más.
Hoy ha despuntado el crepúsculo, es el día señalado por los viejos
sabios… No insistiré más, queda la última carta del juego, debemos
descansar un poco, pronto acabará esta pesadilla… Todo está preparado
para la misa de muerte. ¡Ezequiel duerme un poco, lo necesitas! Yo te
despertaré, te lavaré, te purificaré y ungiré de aceite, en unos
momentos te revelaré la iluminación y los signos proféticos. Lidia se
quedará salmodiando lo que resta de oscuridad cuando la claridad de la
luz indique el tiempo señalado, te juro amada Lidia que entonarás el
canto… ¡Vamos Ezequiel, besa a tu amada esposa impura! Te buscaré,
amado… (Sale).
Escena sexta
EZEQUIEL:
(besándola). Lidia, te entrego la carne y noches plagadas de
profanos versos a cambio de tu voz.
LIDIA:
¡No entonaré el réquiem, sólo maldeciré con mi canto siniestro!
EZEQUIEL:
¡Ya lo veremos! Al alba acabará tu negación… Esas noches de
abstinencia he sido poseído por un fulgor nocturno, mi mano escribía y
dibujaba sin descanso, manchaba las hojas con códigos, líneas, con
figuras, símbolos y colores. ¡Los punzones marcaban las láminas y los
trozos de madera con signos herméticos inspirados por mis lecturas y
viejos escritos!... Todo parecía iluminado por un ámbar mágico.
¡Aristo vendrá a crear su imperio!... ¡Me voy, Sofía me revelará el
don profético y el don de lenguas! Se destruyen los libros mas quedan
grabados en la memoria.
LIDIA:
¡No te enseñará nada, sólo te aniquilará, sólo te llevará al camino de
la destrucción y al abismo! ¡No me dejes, Ezequiel, desátame y
huyamos! ¡Dejémosla sola! A su lado sólo serás un discípulo, nunca un
maestro. ¡Huye conmigo, tómame como una perra o una mujer esclava,
olvidados de magia y recuerdos!... ¡Vivamos en la ciudad olvidados de
esta locura, te mostraré la multitud de luces de neón que tanto te
gustan, las tiendas llenas de baratijas, las panaderías con variadas
formas y colores de pan, los parques y sus fuentes, los teatros llenos
de poesía y gente, los cines, las librerías, la multitud y los cafés…
EZEQUIEL:
Sabes que no lo haré. Sólo cuentas las cosas bellas ¿y la miseria, la
monotonía gris y la destrucción de la ciudad? Yo lo conozco, tú me
trajiste aquí, me sacaste de ahí, te lo agradezco. Te amo Lidia pero
amo más mis conocimientos y mis antepasados. Tu amor no me salvará de
esta noche oscura del ánima, de este lugar abandonado, de este patio
blanco.
LIDIA:
¡Ezequiel, desgárrame la piel y la carne! ¡No puedo salir de ti ni de
Sofía! Sólo eres tú mi guía en este laberinto de hormigas. Leí de
pequeña una fábula de un laberinto enorme, habitado por un minotauro
que pedía víctimas. Entre ellas llegó Ariadna, amada de Teseo, que
llevaba un hilo de seda para conducir a su amado y darle muerte al
engendro de Pasífae… nunca la ha olvidado, tú puedes tomar el hilo de
seda y dar muerte al sanguinario Minos…
EZEQUIEL:
¡Bonita leyenda en verdad! El hilo quedará roto como la destrucción
del manuscrito. Luego tendré tiempo de tus leyendas, debo partir
Lidia. Hoy el día esperado, la revelación del misterio, del secreto e
interpretaré las visiones de los profetas… ¡Prométeme que cantarás en
la ceremonia, todo saldrá bien!
LIDIA:
Te lo prometo si me sacas de aquí, si me besas con besos de árboles
frutales, si me tomas, si entras a mi viña.
EZEQUIEL:
¡Todo saldrá bien! ¡Volverá la luz. Siento la armonía muy cerca. Te
prometo que vendré a buscarte, que vendré por ti aún desde el
infinito, aún de las vías lácteas y de las estrellas, desde la niebla
y la nada… me voy amada Lidia…
LIDIA:
¡No me dejes! ¡Me inunda el miedo, la noche, el abismo, la locura!
¡Huye conmigo, desátame de estas amarras de conciencia y sensatez!
EZEQUIEL:
¡Voy a amordazarte, necesito tranquilidad, descanso! Los misterios son
revelados en silencio. Al aclarar el día te soltaré, debes guardar la
voz y las fuerzas.
LIDIA:
Te prometo que callaré, que emularé a una roca, a un pez en la
profundidad de sus lechos cavernosos. Pronto vendrá la luz… Te
agradezco Ezequiel, tal vez mañana no estés aquí o yo. Te diré que el
manuscrito fue invención de un poeta maldito, sólo quería tenerte a mi
lado y a Sofía de testigo y cómplice… Ustedes lo veneran como verdad…
El alma de Aristo se evaporó, está ardiéndose en los siete infiernos.
¡Oh, jesuita oscuro! Los religiosos incendios de tu sabiduría fueron
ardores de hoguera… Tú querías el poder para dominar a los hombres,
pero estás manchado y Aristo nunca vendrá.
EZEQUIEL:
¡Estoy maldito! ¡El reino de luz es sólo arcilla inútil! ¡Imperio de
sombras y abismo! Si no guardas silencio y descansas te amarraré la
boca… Adiós amada, bajaré a beber del estanque de tu pueblo, y te
amaré bajo los limoneros… (Sale).
LIDIA:
(está agotada, balbucea las frases hasta caer dormida). ¡Oh!
¡Torna, torna, Sulamita, que te contemplemos; torna, torna, que te
contemplemos!
Me
quitaron mi velo
los
centinelas de las murallas.
Os
conjuro, hijas de Jerusalén,
que,
si encontráis a mi amado,
le
digáis que desfallezco de amor…
(Oscuro leve)
Escena séptima
Un rayo intenso de
luz rompe la bóveda del cielo, el resplandor cegador inunda el salón
derramando una claridad de oro, a la vez se deja escuchar un canto
hermoso y fúnebre mezclado con un grito desgarrador…
LIDIA:
(despertando) ¡Oh no, el réquiem! Alguien ha muerto, alguien
profanó el pacto… ¿Ezequiel, qué significa esto? ¿De dónde surge esta
sinfonía?
(De
la luz emerge Sofía ataviada con un hábito negro, arrastrando un lecho
cubierto con sedas y flores. Esparce sobre el tálamo ungüentos y
perfumes a la vez que susurra enloquecida un salmo)
SOFÍA:
Ahora deberás entonar el réquiem para que regresen nuestros dioses,
nuestros antepasados, nuestro muerto…
LIDIA:
¿Qué has hecho Sofía?
SOFÍA:
(en desequilibrio) ¡Hay un muerto! ¡Mira, Ezequiel ha muerto!
Tenemos un muerto… La víctima del holocausto cual si fuera Isaac…
Ahora canta por nuestro muerto.
LIDIA:
¡Qué sucedió Sofía? ¡Suéltame, desátame! ¡Necesito estrechar en mis
brazos lo que me hacía amar este país, esta celda, este patio blanco,
este lugar… Has cortado los hilos de esta marioneta, has derrumbado el
pilar inmaculado del templo de Salomón, cortaste mi cabeza como Judith
a Holofernes, me destruiste como a Goliat, cortaste mi cabello de oro
como Dalila lo hizo con Sansón, aniquilaste la pureza del jardín,
manchaste los lirios blancos y las rosas nevadas y me entregas la
cabeza del Bautista… En él estaba la pureza, el amor limpio, perfecto,
intocado por la corrupción…
SOFÍA:
Ahora estamos iguales, destruido el libro, destruido el cuerpo-templo.
Ya no más deidades, profetas, ni poetas. No más primogénitos, ni
antepasados… ¡Cruel elegido, no quiso el paraíso, se fugó por los
caminos de la nada y las tinieblas! ¡Qué misterio de derrota hay en el
humano, si cualquier precipicio le parece la vía final, le dio miedo
perder su esencia y ahora es sólo un pozo de olvido! Se lo tragó el
vacío de Dios… Nuestro cultivo dio su abundante y variado fruto. Sólo
quedamos tú y yo con nuestros despojos… No hubo Dios, ni primavera
iluminada, ni lluvia de oro y luz, sólo agua pasada de lágrimas…
LIDIA:
¡Suéltame! ¡Desátame Sofía y entonaré el réquiem sagrado y oraré por
ti y por mí! Creo en el manuscrito y en sus leyes sagradas aún cuando
no sea verídico.
SOFÍA:
No hay notas de la oración, se borró la tinta con la lluvia, no sé
orar, no recuerdo nada… ¿sabes tú la oración?
LIDIA:
¡Sofía, qué has hecho de tu santuario y de mi sangre?
SOFÍA:
Se derribó, cayó, cayó el templo inmaculado… Nos toca invocar, danzar
el baile ritual. Los grillos, los relojes y el silencio nos darán la
música… (La desata). Vístete de negro.
LIDIA:
(corre al cuerpo de Ezequiel) ¡Oh Ezequiel! ¿Qué será de
nosotros, si sólo la carne importa, si sólo buscamos la pureza, el
instante en las flores humanas, esa indescriptible sensación de
reflejarte en un espejo hecho de una materia de sueños y agua? Cuando
estemos solos ¿Quién inundará los poros con caricias, quién cultivará
los campos como tú? Sólo nos quedan surcos y caminos hechos por los
arados del cuerpo y huellas de unos pasos cubiertos con polvo… la
ausencia acaba… es muerte… ¡Amor, el más sabio de los dioses!
SOFÍA:
Ayúdame a ungirlo de aceite y ponerle en reliquias. Todo su ser debe
quedar con su pureza, su cabello, sus uñas, sus miembros santos. Le
edificaremos un templo y le veneraremos. Ayúdame a recolectar todos
sus líquidos que aún segrega y a embalsamarlo en cera y ámbar…
LIDIA:
¡No puedo, estoy mutilada! Ni hablar logro, mis cantos, mis versos se
han marchitado.
(Una
luminosidad cuelga de la bóveda)
SOFIA:
¡Mira Lidia, ese rayo que se filtra por la cúpula cuajado en destellos
fluviales, marinos, áureos y argénteos! ¡Enciende el fuego, regresan,
ya vuelven! ¡Invocaremos a los ancestros! ¡Vuelven! Entona el réquiem.
LIDIA:
¡Se apagó mi voz, no puedo moverme, soy una roca, soy una peña, soy el
ébano, soy la luna congelada! ¡Venid, sabios y ancestros! ¡Venid a
acabar con el llanto de la carne, invoco a que vengan con la danza
negra y fúnebre del descanso!
SOFÍA:
¡Ya se escucha el sonido de las esferas, el galope de los caballos
blancos jalando sus carros de oro! ¡Aristo, sus huestes y ejércitos
llegan por la vía láctea y sus caminos, vienen cubiertos de púrpura al
compás del viento! Continuemos el rito, hay un muerto… Desemboquen
aquí la luz de sus astros, no sabemos oraciones, sólo un canto roto
más sabemos implorar… Tocaré mi instrumento que me abre los cielos y
los mares, que tiene los hilos de los planetas…
LIDIA Y SOFÍA:
Numquid
coniungere velebis
micantes stellas pleiadas, aut gyrum
Arcturi
poteris disspare?
Numquid
producis luciferum
In
tempore suo,
el
vesperum super filios terrae
consurfere facis?
LIDIA:
No volverán, no volverán los muertos, no volverán…
A lo
lejos se oye una música y hacen una ronda en escena mientras va
cayendo arena hasta inundar el escenario, la luz se desvanece. Oscuro.
Telón