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(Para
Luna. Con órbita propia).
Súbitamente, algo
andaba mal en el universo, fue la noticia que trajo a los
consternados dioses su enviado, el pájaro Lovetodo. Las
estrellas caían de sus órbitas sin más causa. Constelaciones enteras
desaparecían, tragadas por un agujero negro, que al devorarlas
producía un ruido semejante al de quien trucida vidrio. Una
golondrina decidió establecerse en medio del invierno más crudo,
dando origen así a un dicho que desde entonces se repite sin que se
piense en su procedencia. Las estaciones se cruzaban y confundían en
su plenitud, y los árboles que ahora exhibían su austeridad en el
verano, se arrancaban con dolor las flores de la primavera en medio
del otoño, que no sabía qué cosa hacerse con las flores, hecho como
estaba a barajar hojas.
Fue un puro azar —se
diría— que los dioses se percataran de que algo andaba mal, y
mandaran al mensajero en busca de noticias. Pero la casualidad
también es prerrogativa del Misterio. Se habían reunido junto a la
gran mesa de los convites, todos los grandes y pequeños dioses de
los cuatro puntos cardinales, convocados por el anciano dios
Lohice, cuya sabiduría no tiene límites, y a quienes se
atribuían, entre otros portentos, la creación del pensamiento humano,
cuyas madejas imperceptibles desenredan sus manos, con la habilidad
de un titiritero. Como los dioses no requieren de ninguna razón
especial para reunirse a comer y a beber alrededor de una mesa,
ninguno indagó la razón por la que se les llamaba, y con la presteza
de los inmortales para aquellas cosas que tienen por importantes,
acudieron a la cena con buena disposición y una voracidad insaciable.
Ocurrió que en medio de la celebración el anciano dios Lohice
observó casualmente que El principio creador faltaba de su
sitio desde hacía algún tiempo, y no había manera de saber dónde se
hallaba. Se había ausentado —concedió el anciano dios Lohice—
sin consultar a nadie, prerrogativa ésta de la divinidad que a
ninguno de los reunidos se le ocurrió cuestionar. Se había marchado
seguramente —aventuró entonces alguno de los invitados— para existir
en permanente retiro.
—Lejos del mundanal
ruido de las esferas —aseguró un diocesillo barrigudo y simpático,
ya pasado de tragos, alzando su copa mientras hablaba, y salpicando
a sus vecinos con ella.
El anciano Lohice
hizo observar entonces la ocurrencia de fenómenos improcedentes en
el universo circundante e inmediato: la premura de las nubes en el
cielo que parecían marchar siempre aceleradamente hacia su
destrucción;
la exasperante lentitud del viento a cuyo encuentro se
precipitaban éstas; el llover en cualquier sentido, de abajo hacia
arriba, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Entonces
algunos comenzaron a hablar de sus propias observaciones, a hacer
conjeturas y a sugerir remedios, casi todos impracticables; algún
milagro trucado que impresionara a los más simples o a los menos
dados a pensar entre los mortales.
—Enviemos al pájaro
Lovetodo —sugirió para contento del anciano dios Lohice
la diosa del Espacio Intermedio, cuya jurisdicción estaba
entre el cielo de los dioses y el cielo de los hombres—. Él nos
informará de todo lo que ocurra.
Había sido, en
consecuencia, a instancias de la diosa madre que el halcón mensajero
había trascendido de un cielo al otro. Cuando éste regresó a los
dioses todavía reunidos, con la alarmante noticia de un cataclismo
universal, el anciano dios Lohice sugirió a la asamblea que
el remedio, lo mismo que la causa, había que buscarlos en la
desaparición del Principio Creador cuya presencia en otro
sitio, o más bien, cuya ausencia en el centro de toda creación, era
la responsable del desastre. La opinión general que aquellas
palabras suscitaron fue de que se encontrara de una vez por todas
al ausente, y de que sin mediar razones o palabras se le obligara a
volver al sitio en el que debía hallarse entre los dioses. El viejo
y sabio Lohice, cuya sabiduría no conoce límites, les recordó
entonces a los reunidos aquella prerrogativa de la divinidad, cuya
virtud es darse o retraerse, y para consternación de no pocos, les
reveló asimismo que, si aquélla era en verdad divina, era en
particular don y facultad del Principio Creador del cual
dimanaba. El convite había terminado por transformarse en concilio,
al frente del cual el anciano dios Lohice recomendó que se
tomaran dos medidas urgentes: La primera, localizar el punto exacto
del universo escogido por el ausente como lugar de residencia; la
segunda, intentar convencerlo de que regresara a su Centro,
atrayéndolo con ruegos y devoción verdadera. Para este fin, fueron
despachados infinidad de mensajeros en la persona de multitud de
dioses poseedores de cualidades diversas, afines a su misión
respectiva. Pero sólo a insistencia del sabio Lohice se
enviaron mensajeros a la tierra, donde según el general consenso de
los dioses, no era ni remotamente concebible que el Principio
Creador se hubiese instalado. Se ofreció para cumplir el que en
principio había parecido tan desestimable propósito, un diocesillo
tutelar que venía de abajo, justamente, de algún lugar remoto y
escarpado de aquel planeta. Negro, como debía ser aquélla tierra de
la que provenía, de ojos transparentes y ambarinos, casi amarillos
en el centro como el interior de un huevo de iguana, y de pelambre
hirsuta y rojiza, como la arcilla de otras regiones, con su voz
entre chillona y áspera prometió encontrar al ausente aunque se
ocultara bajo tierra. Sus hermanos y parientes, al oírlo, rieron
como si se tratara de una broma colosal, y hasta le agradecieron el
alivio que momentáneamente proporcionaba a la reunión. El único en
no reír en esta ocasión fue el sabio dios Lohice, quien con
una ligera inclinación de cabeza despidió al diocesillo, negro como
el carbón, no sin antes reiterarle la necesidad de proceder con toda
cautela, y sin desconsideración. El Consejo quedó disuelto, después
de que todos acordaran reunirse nuevamente, al término de dos ciclos
lunares.
Mientras en el cielo de
los dioses tenían lugar estos acontecimientos, en la tierra y el
universo, todo se había vuelto cada vez más caótico. Sin embargo, en
algún lugar, por razones que ningún mortal acertaría a explicarse,
la vida transcurría apacible y razonadamente. Como más tarde
averiguaría el diocesillo tutelar, era este punto una aldea perdida
en la Manchuria donde vivía y trabajaba el maestro alfarero Wang Li.
Nadie se pregunte qué hacía en tal sitio un maestro de la distinción
de éste; ni de dónde venía; ni porqué se hallaba entre los
habitantes de lugar tan insignificante y miserable, un alfarero como
Wang. Harían falta muchísimos ciclos lunares para responder tales
preguntas, y la convocación de todos los dioses de los cuatro puntos
cardinales y aquellos intermedios. Baste saber que allí estaba Wang
Li, que había llegado de algún lugar, presumiblemente otra aldea, y
que había sido bien acogido por los lugareños, con sencillez, pero
con calor humano. De modo que el forastero decidió establecerse. Se
despojó de las botas, que estaban llenas de lodo, y las dejó a la
puerta de la primera choza que le ofreció albergue. Una mujer muy
vieja y desdentada fue a alzarlas, y se percató para su sorpresa,
que estaban llenas de peces. Por curiosidad hubiera preguntado al
forastero de qué se trataba, pues siendo mujer de la estepa no había
visto peces en su vida, pero su sentido de la hospitalidad le
impidió hacer tal género de preguntas a su huésped. Le ofreció, en
cambio, todo cuanto tenía que ofrecerle: carne salada, alguna
mermelada endulzada con miel de abejas, y un caso con agua para
mitigar la sed. Wang Li sostuvo entre sus manos la vasija con agua
mientras bebía, y una vez que hubo terminado, la devolvió a la
anciana. La buena mujer no podía creer lo que veían sus ojos,
apagados ya por tan larga vida. Entre sus manos tenía ahora un
recipiente precioso de porcelana, cuyo mérito no habría podido
desestimar el mismísimo Emperador, de haberlo contemplado.
—No es mía, buen
hombre —dijo la vieja, devolviéndole la vasija a Wang Li.
—Sí que lo es. De
ella acabo de servirme. —Respondió éste, devolviéndosela a su vez.
La anciana vio ahora
como se transformaba ante sus ojos una vez más el caso de barro que
primeramente ofreciera al forastero, y sin vacilar esta vez lo tomó
de vuelta en sus manos con una reverencia lo más profunda de que fue
capaz su viejo cuerpo.
—Y ya que me has dado
de comer y cobijo, buena mujer, ¿me harás también un sitio donde
tumbarme a descansar? —preguntó Wang Li, ocultando un bostezo en el
dorso de la mano.
—Escoge tú el sitio
que mejor te plazca y acomode, buen hombre, y yaz en él, que pareces
fatigado… —repuso la anciana—. ¡Y que los dioses protejan tu sueño,
te iluminen mediante él, y no dejen que te atormenten los espíritus
que se gozan en ello, y a veces cabalgan en los pliegues del manto
con que se recubre el mensajero!
Wang Li se despidió
de la buena mujer, y se echó a descansar en el piso de la choza,
sobre una estera de paja. Fingió que se dormía, y cuando la
anfitriona ya descansaba, se levantó nuevamente y salió sin hacer
ruido alguno. Al lado mismo de la casucha en que vivía aquélla,
levantó en un dos por tres un cobertizo en el que instaló su taller.
Con el barro de sus botas, y alrededor del torno que operaban sus
pies, fue elaborando una tras otra una hilera de vasijas, cacharros
y objetos cuyo acabado no requería de un tratamiento especial para
conseguir los efectos de la mejor porcelana. Entre tales enseres
Wang Li dedicó especial atención a un cuenco de proporciones
descomunales que plantó en la estepa. Cuando lo dio por acabado,
volcó en el interior el contenido de sus botas, y el cuenco se llenó
a rebosar de un agua cristalina, donde nadaban peces de todas clases
y colores. Hecho esto, regresó a su lecho cuando ya faltaba poco
tiempo para amanecer.
La sorpresa de la
hospitalaria anciana así como la de los demás aldeanos, no tuvo
comparación, al encontrar en la mañana un lago lleno de peces junto
a sus chozas miserables y destartaladas en medio de la pradera, y
como si esto fuera poco, una hilera de jarrones preciosos y otras
mil vasijas que parecían aguardar allí por ellos. Wang Li, sin
embargo, se mostró retraído —o lo que tal parecía— ante la general
fascinación de los lugareños.
—¿Qué de
extraordinario pueden tener un lago lleno de peces y una ringlera de
objetos de porcelana? —comentó humildemente, para no hacer sentir el
peso de ninguna deuda a sus benefactores.
—Solamente de una
dádiva del Emperador puede tratarse —especularon algunos, y el que
debía ser el principal entre los vecinos, se dio a secundar de
inmediato esta idea, hasta hacerla parecer del todo suya a los ojos
de muchos, adivinando en ello quizá la posibilidad de hacer méritos
en alguna parte.
—¿Quién si no Su
Grandeza podría acordarse de nosotros —aseveró un viejo reverente,
pariente del otro— pequeñitos como somos, semejantes a un grano de
arena en medio del polvo?
—Esta no es dádiva de
Grandes —terció uno cualquiera— sino generosa provisión de algún
dios, al cual debemos dar gracias.
—Pero ¿cómo saberlo?
—Yo sé a quién deben
atribuirse, y a quién tenemos que agradecer estos regalos —Se animó
a decir finalmente la anciana que hospedara a Wang Li, luego de
luchar unos instantes con su propia indecisión—. El forastero a
quien acogimos en nuestra aldea, y yo en mi casa, lo ha hecho todo.
Estas palabras de la
mujer despertaron una verdadera tempestad de airadas palabras entre
los vecinos, la mayor parte de los cuales se sentía complacida
creyendo que se trataba de un regalo del Emperador.
—Yo lo he visto hacer
—dijo una vez más la anciana con obstinación inquebrantable,
pensando para sí que mentía por primera vez en su vida.
—Tendría que probarlo
ante nosotros —aventuró uno cualquiera de los aldeanos reacios a
dejarse persuadir de algo que no fuera un presente del Emperador,
pese a que éste nunca hasta aquí había dado señal alguna de
preocuparse por ellos.
—Lo que se sabe, no
hay porqué demostrarlo —objetó la anciana, a nombre de su huésped—.
Yo lo he visto hacer. ¡Está hecho! Y así basta. No hay porqué darle
más vueltas al asunto.
—Tal vez yo pueda
hacer algo para demostrar mi destreza ante todos —se escuchó por
último la voz de Wang Li, que buscaba erradicar discordias entre los
lugareños, mientras posaba su mano en el brazo de la anciana.
Y diciendo y haciendo
fue todo uno. Tomando con sus manos del barro, y soplando sobre él,
Wang Li dio forma a un pájaro de porcelana viva, que pronto aleteaba
entre sus manos, y al final daba vueltas sobre las cabezas de los
vecinos, antes de remontar el cielo en dirección desconocida. Ante
semejante demostración, los vecinos se prosternaron a los pies de
Wang Li, creyéndolo poco menos que la encarnación de un poderoso
hechicero. Sin embargo, el forastero intentó disuadirlos con sus
mejores palabras, diciéndoles a los aldeanos que no era otro sino
Wang Li, maestro alfarero. Al cabo, como ninguno osara levantar la
frente del suelo contra el que la apretaban, Wang Li añadió como si
se tratara de una concesión que, en efecto, no era él cualquier
alfarero, sino el mejor de su oficio, como que se trataba del Divino
Alfarero, aquél del que seguramente habían oído hablar alguna vez.
Su oficio, fabricar toda la cacharrería celeste de los dioses. La
palabra divino aún suscitó confusión y reticencias entre los
aldeanos, que Wang Li se vio en la obligación de esclarecer y
despejar. Se trataba ni más ni menos que de un artista que arrancaba
al barro inerte su forma, y luego lo despertaba a la vida musitando
palabras que había aprendido en un sueño muy raro, es decir, muy
especial, que había tenido hacía ya mucho tiempo. Ello bastaba —en
opinión de los vecinos— para considerar a Wang Li un elegido de los
dioses, lo que ya es mucho, y aunque éste se esforzó en adelante por
mostrarse modesto respecto a sus poderes, los vecinos no dejaron de
tratarlo con especial reverencia. Él, por su parte, abrió su taller
a los que querían aprender su arte, y constituyó la primera escuela
que hubo nunca en la aldea. Con el tiempo, los maestros alfareros
abundarían en ésta, y la fama de los mismos llegó hasta lugares
remotos. Pero no esperó tanto la fama para propalarse, sino que al
otro día mismo, llegó a oídos del Emperador en persona la existencia
de sus vasallos, que en algún lugar de la pradera gozaban de la fama
de ser los mejores alfareros del país y del imperio, gracias al arte
singular de aquel maestro y artista desconocido hasta entonces.
Entre tanto, por todo el
universo continuaba la afanada búsqueda del Principio Creador.
El plazo de dos ciclos lunares acordado por los dioses para reunirse
nuevamente parecía a punto de completarse, según el cálculo de todos,
sin que aún se estuviera en la pista que condujera a él. Únicamente
el diocesillo negro como la hulla, de regreso de una de sus
exploraciones al centro de la tierra, había visto volar una tarde a
un pájaro de porcelana viva, que atrajo su atención, y deslumbró sus
sentidos por un instante. Pero, ¿qué importancia podía tener un
hecho semejante, en relación a la búsqueda que a todos desasosegaba?
Inquietos por la falta de noticias, los dioses todos se comunicaban
entre sí, el menor asombro; la caída de una estrella fugaz;
cualquier trivialidad o sospecha. Cuando se conoció, sin embargo, lo
que viera el diocesillo tutelar, todos rieron de él y de su simpleza.
Todos, salvo el anciano dios Lohice, cuya sabiduría no tiene
límites y resiste hasta la burla de los dioses en conjunto. A la
tierra envió pues, al pájaro Lovetodo, con la encomienda de
encontrar al otro de porcelana. Días pasaron desde que el pájaro
Lovetodo se pusiera en camino, y cada uno que transcurría se le
esperaba con impaciencia en el cielo de los dioses. Corrían los días,
pasaron las semanas, transcurrieron los meses y los años y
Lovetodo seguía sin regresar, hasta que una tarde reapareció
batiendo sus alas enormes y volando en círculos concéntricos frente
a las ventanas del primero de los dioses. Al fin se posó, con
evidentes señales de fatiga —mitigada con solicitud por la mano del
comprensivo y bondadoso anciano— sobre una rama que siempre estaba
florecida. Había encontrado al fin el pájaro de porcelana, roto. Por
órdenes del Emperador, la guardia imperial lo había atrapado y
encerrado en una jaula toda de oro. Como debían estar convencidos
que se trataba de una alondra única, el Emperador quería poseer su
canto, encerrarlo en su jardín de lagos y estanques de plata
ensombrecida. El pájaro se había posado y había quedado inerte, cosa
que no agradó en nada al Emperador. Éste dio entonces la orden de
que lo echaran al lugar de los trastos y las cosas inútiles de las
que había repletas varias habitaciones en palacio. Al ir a tocarlo
uno de los guardias imperiales, sin embargo, el pájaro de porcelana
se hizo añicos. El enviado de los dioses había vuelto con la noticia
de su hallazgo. En el pico era portador de algunas muestras que puso
en las manos del dios Lohice. Aquél no tuvo más que soplar
sobre la cascarilla, como si escupiera en la palma de la mano, para
que la alondra de porcelana volviera a la vida ante sus ojos.
No se vaya a creer
que entre tanto la amenaza de desastre y confusión que pesaba sobre
el universo había decrecido. Una colisión de astros precipitaba en
alguna parte una reacción en cadena que alcanzaba a mundos en el
confín opuesto. Y naturalmente, la vida de los habitantes de cada
uno de ellos se volvió más errática y difícil: hambre, sequía, frío
antártico o calor intolerable; plagas, terremotos y las secuelas de
todos estos extremos. ¡Y lo peor! ¡La total desesperanza y la
desesperación de los que sobrevivían a uno u otro flagelo! No
hubiera hecho falta ser dioses, en cualquier caso, para percatarse
de que aquello había que remediarlo. ¡Y pronto! El anciano dios
Lohice dispuso que se enviara una delegación de los principales
dioses a la tierra. Cada uno portador de un mensaje, y de una misión
que debía cumplir en un plazo no mayor de dos días. Pero al cabo de
este tiempo, cuando hasta el último de los mensajeros había
regresado, seguían sin noticia alguna del paradero del Principio
Creador.
Aunque su imperio todo
diera muestras fehacientes de ruina y desorden, el Emperador no se
cuidaba sino de aquello que le sirviera de distracción y lo apartara
de cualquier obligación, la que encargaba sin pensarlo dos veces a
sus mandarines y cortesanos, sin mucho considerar si eran o no
aquéllos los más apropiados para conducir las riendas del estado.
Encaprichado
en poseer un pájaro semejante a aquél que alguna vez
poseyera, mandó a traer a su presencia al prodigioso alfarero Wang
Li para obligarlo a producir una réplica en todo semejante —pues
consideraba que la perfección misma era insuperable y aquel pájaro,
sin dudas lo era, salvo por el hecho de que no podía detenerse o ser
tocado por mano alguna sin hacerse añicos—. Wang Li debería crear
para él un pájaro sin par, que además comiera de su mano, y se
posara en ella mientras cantaba una melodía nunca oída, antes o
después, concebida sólo para los oídos de la Imperial Persona.
Los mensajeros
partieron pero no fue fácil dar con la aldea, y una vez localizada
tampoco fue fácil llegar. Donde una vez hubo un puente ahora faltaba
éste y para llegar a la llanura hubo que atravesar antes parajes de
toda clase. Una tropa de jinetes fue arrollada de pronto por el
desborde de un inmenso río que nadie pudo decir de dónde había
salido con su tromba de agua oscura y revuelta. Los que al fin
consiguieron llegar a la apartada aldea donde residía Wang Li se
encontraron que no estaba en ella, así que decidieron esperar por él.
Una vez en la aldea, se condujeron con arreglo a sus ínfulas de
grandes y obligaron a los habitantes a atender y satisfacer todos
sus caprichos y necesidades, con lo cual nadie tuvo ya tiempo de
ocuparse de nada más.
Wang Li había
marchado allá donde terminaba la estepa en busca de un barro de
color muy blanco y cualidades muy sutiles que sólo él conocía bien para traer a la aldea un poco con qué rematar los pétalos de una
flor única en la que ya trabajaba, la cual pensaba obsequiar a su
anfitriona, y con la cual podrían hacerse desde emplastos hasta
ungüentos, y de perfumes a toda clase de tizanas, aparte del sosiego
y el gusto que sólo contemplarla podía proveer.
La tropa acantonada
en la aldea, entre tanto, se aburría horrores y para distraerse no
se le ocurrió otra cosa que emplear la cacharrería elaborada por
Wang Li como blanco de sus tiros de ballesta o de flechas con arco,
o pegar fuego al cobertizo del alfarero, con lo que también ardió la
destartalada cabaña de la anciana, que se vio de repente sin cosa
alguna en el mundo. Del primero al último de la tropa, ebrios,
camorristas, y muy pagados de sí mismos, procuraban de la mañana a
la noche poner el temor en los desamparados aldeanos, y de esta
suerte llegaba a su fin un día y comenzaba el siguiente, sin que se
vislumbrara un cambio. Y de repente, un día, cuando aún dormían
todos, y hasta los centinelas, convencidos de que no debían esperar
mal o amenaza alguna procedente de ninguno de los puntos cardinales,
descabezaban un sueño de tres pesadas cabezas, cada uno por su
cuenta, regresó Wang Li. Nadie supo de su llegada por lo que tampoco
se explicaban luego de qué modo había venido a saber lo que
enseguida supo, es decir, que habían venido por él para conducirle a
la presencia del Emperador. Sin perder tiempo se presentó al oficial
a cargo de la tropa ante el cual se identificó con toda cortesía. La
arrogancia del enviado imperial —acrecentada por la mortificación
que ser despertado a hora tan temprana le producía— hizo que
vapuleara duramente con una vara al criado, y que hiciera aguardar a
quien buscaba ser recibido, hasta pasado el mediodía.
Sin inmutarse a causa
de la desconsiderada actitud del oficial, Wang Li se ocupó con
diligencia en reparar los desmanes cometidos por la soldadesca, y
con el sol ya bien alto sobre su cabeza, valiéndose de unos rayos de
luz transparentes, (los de más pureza y flexibilidad que podían
obtenerse) cual si se tratara de hilos en un telar invisible
concluyó un traje hecho de hojas, flores, pastos y riachuelos —el
más vistoso que se hubiera visto hasta entonces en cualquier parte—
y lo colgó, o más bien lo colocó cual si ataviara a un maniquí
transparente, a manera de armadura. En los bolsillos, en medio de un
prado magnífico se levantaba una casita rodeada de un jardín
suntuoso atravesado todo él por una fuente que serpeaba con un
murmullo incesante, y cruzaba debajo de un puentecillo del trazo más
delicado, hecho de nácar y perlas incrustadas en sus pasamanerías.
Casi al mismo tiempo se fue donde la anciana, desconsolada con lo
absoluto de su pérdida miraba al infinito, y al verlo, se alegró sin
pensar más en la desgracia que le había sucedido, antes bien,
empeñada en darle aviso de la presencia de los imperiales que habían
prometido llevarlo ante el Emperador a cualquier precio. Wang Li
puso en las manos de la anciana aquella flor que para ella había
concebido, en aprecio de su bondad genuina y de su generoso
desprendimiento para con un desconocido. La anciana no hizo más que
contemplar la flor como si en ella contemplara por vez primera todas
las flores del mundo, e inhalar el aroma que de sus pétalos emanaba,
cuando se sintió transformada, de nuevo joven y hermosa como ella
misma no suponía haberlo sido nunca.
—¡Oh, maestro Wang Li
—dijo, dirigiéndose al artista, también con voz nueva y espléndida,
sin dudas ajena—. ¿Qué flor es ésta que así me cautiva engañando mis
sentidos con tan placenteras sensaciones? Te doy gracias, aunque
cuando despierte luego de este sortilegio, me encuentre nuevamente
muy vieja, ya próxima a mi muerte, porque habré conocido por este
medio lo que significan la verdadera juventud, la belleza, y sobre
todo, por haber llegado a una edad en que todo eso ha quedado atrás
como una cumbre que se contempla desde otra lejana. Ni más alta ni
más baja. Ni más ni menos hermosa, sólo distante.
—Así es —concedió
Wang Li— porque en tu vejez has conservado intacta la primera
juventud del alma, alimentándola y no dejando que se agostara por
causas de la miseria, las incertidumbres y los desencantos.
Wang Li procedió
entonces a hacerle otro regalo superior a todos, el de su verdadera
identidad, luego de lo cual, la ahora joven mujer con el mayor gusto
accedió a acompañarlo hasta el mismísimo fin del mundo, es decir,
hasta el último rincón, que es precisamente lo que había decidido
hacer El Principio Creador quien —como ya todos habrán
adivinado— se ocultaba tras la identidad del alfarero celeste.
A la mismísima puerta
de entrada al jardín de la casita que adornaba uno de los bolsillos
del traje trasladó a la joven en un dos por tres y en el otro
bolsillo colocó un remolino de arena alrededor de los cuales puso a
girar a los soldados del Emperador, cual si se tratara de un tiovivo
enloquecido. Hallándose aún bajo la resaca de la noche anterior, ni
siquiera acertaban
éstos a darse cuenta muy bien de lo que sucedía,
pero en cuanto creyeron entender que por culpa de su señor se
hallaban, Dios sabía cómo, en medio de una lisa tan disparatada,
maldijeron su nombre. Y la maldición reiterada de su nombre cayó
sobre el Emperador. No pasó mucho tiempo antes de que éste, incapaz
como era, y sin la menor intención o disposición de hacer frente a
las demandas cada vez más desesperadas y urgentes de sus súbditos,
se viera depuesto por un golpe palaciego, en lo que Wang Li pudo o
no intervenir, de eso nada han querido decir los habitantes de
aquella aldea en la que antes de marcharse dejó Wang Li una
provisión de bienes que la convirtieron en un lugar maravilloso donde,
según se dice, vive la gente muchos años sin envejecer, y son
todos corteses y hospitalarios con los forasteros, pero sobre todo
entre sí.
Antes de partir, Wang
Li se vistió el esplendoroso traje que había tramado y echándose una
vez más al camino se propuso recorrer de arriba a abajo y de un lado
a otro todos los puntos de la geografía universal.
Entre
tanto, el mensajero de los dioses, el pájaro Lovetodo pudo al
fin dar con el paradero del Principio Creador cuando volando
próximo al sol notó el chisporroteo de los hilos que de él salían,
en el instante en que de ellos tiraba la mano de Wang Li para hacer
el traje que lo vestiría.
Con un vuelo en
círculos concéntricos descendió hasta colocarse próximo al maestro
alfarero, y una vez allí, se transformó en un joven apuesto y
ceremonioso que se dirigió al Principio Creador del modo más
humilde y respetuoso de que era capaz. Comunicó así la desolación
de la asamblea de dioses, sus hermanos en el cielo, a causa de su
desaparición, y la petición que por su medio le comunicaba el sabio
y viejo dios Lohice.
El Principio
Creador oyó con atención al enviado, y después de consultarlo
con la joven que había sido anciana, y ahora habitaba la casa y el
jardín que en el bolsillo de su traje había colocado el pretendido
Wang Li, concluyó al fin que lo mejor sería volver cuanto antes para
poner orden en el caos y llevar sosiego a sus hermanos, y al más
sabio y bondadoso de todos los dioses, el anciano Lohice con
quien se sentía en deuda de cariño y devoción.
—Parte ahora mismo
con mi respuesta al empíreo, y la promesa de que regresaré de
inmediato.
Así lo hizo el joven,
luego de asumir nuevamente la forma de un pájaro, que era la suya.
Las noticias que
traía consigo produjeron un incomparable júbilo allí donde las
aguardaban con ansias, y se acordó entonces conceder en lo adelante,
a aquel que faltaba, la reverencia y el reconocimiento que merecía
por su función y carácter, de manera que ninguno pudiera desconocer
o dudar que en el Principio Creador radicaba el principio de
todo lo que existe así en el cielo de los dioses como en el de los
hombres. Y desde entonces, por decisión de los dioses dispone éste
de una cohorte de sirvientes y aprendices que van por esos mundos
repartiendo los dones de la creación. Y a veces, cuando lo estima
conveniente, puede el Principio Creador mismo transformarse
en un alfarero como Wang Li, u otros como han sido el escriba Mu
Rong o la cortesana Shien Piu Thang. A su lado, siempre refugiada en
su jardín de flores olorosas de inagotables formas, le acompaña
aquélla en quien un día halló el Principio Creador la
inspiración más fecunda.
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Rolando H. Morelli
nació en Horsens, Dinamarca
(1953). Antes de cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey,
donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo
por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios
superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la
Universidad de Temple, en
Filadelfia, ciudad donde ha residido casi de
modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en
varias universidades norteamericanas:
Tulane University, University of New Orleans, y
la Warton Business School de Pennsylvania
University.
Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai,
Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición
bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial
Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca
de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y
el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora
Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias
antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio,
Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos
de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989);
From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y
El Faro, Ciudad de México, 1989. Obtuvo la única mención
del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario
Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya
publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón.
En el 2007 fue ganador del premio que otorga anualmente la Fundación
Emilia Bernal Agüero por su labor de investigación en torno a la
obra de la fallecida escritora.

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