Miami
Estados Unidos
Año XII

Nº 69/70

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL MAESTRO ALFARERO WANG LI

por

Rolando H. Morelli

 

                                                                     (Para Luna. Con órbita propia). 

     Súbitamente, algo andaba mal en el universo, fue la noticia que trajo a los consternados dioses su enviado, el pájaro Lovetodo. Las estrellas caían de sus órbitas sin más causa. Constelaciones enteras desaparecían, tragadas por un agujero negro, que al devorarlas producía un ruido semejante al de quien trucida vidrio. Una golondrina decidió establecerse en medio del invierno más crudo, dando origen así a un dicho que desde entonces se repite sin que se piense en su procedencia. Las estaciones se cruzaban y confundían en su plenitud, y los árboles que ahora exhibían su austeridad en el verano, se arrancaban con dolor las flores de la primavera en medio del otoño, que no sabía qué cosa hacerse con las flores, hecho como estaba a barajar hojas.     

     Fue un puro azar —se diría— que los dioses se percataran de que algo andaba mal, y mandaran al mensajero en busca de noticias. Pero la casualidad también es prerrogativa del Misterio. Se habían reunido junto a la gran mesa de los convites, todos los grandes y pequeños dioses de los cuatro puntos cardinales, convocados por el anciano dios Lohice, cuya sabiduría no tiene límites, y a quienes se atribuían, entre otros portentos, la creación del pensamiento humano, cuyas madejas imperceptibles desenredan sus manos, con la habilidad de un titiritero. Como los dioses no requieren de ninguna razón especial para reunirse a comer y a beber alrededor de una mesa, ninguno indagó la razón por la que se les llamaba, y con la presteza de los inmortales para aquellas cosas que tienen por importantes, acudieron a la cena con buena disposición y una voracidad insaciable. Ocurrió que en medio de la celebración el anciano dios Lohice observó casualmente que El principio creador faltaba de su sitio desde hacía algún tiempo, y no había manera de saber dónde se hallaba. Se había ausentado —concedió el anciano dios Lohice— sin consultar a nadie, prerrogativa ésta de la divinidad que a ninguno de los reunidos se le ocurrió cuestionar. Se había marchado seguramente —aventuró entonces alguno de los invitados— para existir en permanente retiro.

     —Lejos del mundanal ruido de las esferas —aseguró un diocesillo barrigudo y simpático, ya pasado de tragos, alzando su copa mientras hablaba, y salpicando a sus vecinos con ella.

     El anciano Lohice hizo observar entonces la ocurrencia de fenómenos improcedentes en el universo circundante e inmediato: la premura de las nubes en el cielo que parecían marchar siempre aceleradamente hacia su destrucción; la exasperante lentitud del viento a cuyo encuentro se precipitaban éstas; el llover en cualquier sentido, de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Entonces algunos comenzaron a hablar de sus propias observaciones, a hacer conjeturas y a sugerir remedios, casi todos impracticables; algún milagro trucado que impresionara a los más simples o a los menos dados a pensar entre los mortales.

     —Enviemos al pájaro Lovetodo —sugirió para contento del anciano dios Lohice la diosa del Espacio Intermedio, cuya jurisdicción estaba entre el cielo de los dioses y el cielo de los hombres—. Él nos informará de todo lo que ocurra.

     Había sido, en consecuencia, a instancias de la diosa madre que el halcón mensajero había trascendido de un cielo al otro. Cuando éste regresó a los dioses todavía reunidos, con la alarmante noticia de un cataclismo universal, el anciano dios Lohice sugirió a la asamblea que el remedio, lo mismo que la causa, había que buscarlos en la desaparición del Principio Creador cuya presencia en otro sitio, o más bien, cuya ausencia en el centro de toda creación, era la responsable del desastre. La opinión general que aquellas palabras suscitaron fue de que se encontrara de una vez por todas al ausente, y de que sin mediar razones o palabras se le obligara a volver al sitio en el que debía hallarse entre los dioses. El viejo y sabio Lohice, cuya sabiduría no conoce límites, les recordó entonces a los reunidos aquella prerrogativa de la divinidad, cuya virtud es darse o retraerse, y para consternación de no pocos, les reveló asimismo que, si aquélla era en verdad divina, era en particular don y facultad del Principio Creador del cual dimanaba. El convite había terminado por transformarse en concilio, al frente del cual el anciano dios Lohice recomendó que se tomaran dos medidas urgentes: La primera, localizar el punto exacto del universo escogido por el ausente como lugar de residencia; la segunda, intentar convencerlo de que regresara a su Centro, atrayéndolo con ruegos y devoción verdadera. Para este fin, fueron despachados infinidad de mensajeros en la persona de multitud de dioses poseedores de cualidades diversas, afines a su misión respectiva. Pero sólo a insistencia del sabio Lohice se enviaron mensajeros a la tierra, donde según el general consenso de los dioses, no era ni remotamente concebible que el Principio Creador se hubiese instalado. Se ofreció para cumplir el que en principio había parecido tan desestimable propósito, un diocesillo tutelar que venía de abajo, justamente, de algún lugar remoto y escarpado de aquel planeta. Negro, como debía ser aquélla tierra de la que provenía, de ojos transparentes y ambarinos, casi amarillos en el centro como el interior de un huevo de iguana, y de pelambre hirsuta y rojiza, como la arcilla de otras regiones, con su voz entre chillona y áspera prometió encontrar al ausente aunque se ocultara bajo tierra. Sus hermanos y parientes, al oírlo, rieron como si se tratara de una broma colosal, y hasta le agradecieron el alivio que momentáneamente proporcionaba a la reunión. El único en no reír en esta ocasión fue el sabio dios Lohice, quien con una ligera inclinación de cabeza despidió al diocesillo, negro como el carbón, no sin antes reiterarle la necesidad de proceder con toda cautela, y sin desconsideración. El Consejo quedó disuelto, después de que todos acordaran reunirse nuevamente, al término de dos ciclos lunares.

     Mientras en el cielo de los dioses tenían lugar estos acontecimientos, en la tierra y el universo, todo se había vuelto cada vez más caótico. Sin embargo, en algún lugar, por razones que ningún mortal acertaría a explicarse, la vida transcurría apacible y razonadamente. Como más tarde averiguaría el diocesillo tutelar, era este punto una aldea perdida en la Manchuria donde vivía y trabajaba el maestro alfarero Wang Li. Nadie se pregunte qué hacía en tal sitio un maestro de la distinción de éste; ni de dónde venía; ni porqué se hallaba entre los habitantes de lugar tan insignificante y miserable, un alfarero como Wang. Harían falta muchísimos ciclos lunares para responder tales preguntas, y la convocación de todos los dioses de los cuatro puntos cardinales y aquellos intermedios. Baste saber que allí estaba Wang Li, que había llegado de algún lugar, presumiblemente otra aldea, y que había sido bien acogido por los lugareños, con sencillez, pero con calor humano. De modo que el forastero decidió establecerse. Se despojó de las botas, que estaban llenas de lodo, y las dejó a la puerta de la primera choza que le ofreció albergue. Una mujer muy vieja y desdentada fue a alzarlas, y se percató para su sorpresa, que estaban llenas de peces. Por curiosidad hubiera preguntado al forastero de qué se trataba, pues siendo mujer de la estepa no había visto peces en su vida, pero su sentido de la hospitalidad le impidió hacer tal género de preguntas a su huésped. Le ofreció, en cambio, todo cuanto tenía que ofrecerle: carne salada, alguna mermelada endulzada con miel de abejas, y un caso con agua para mitigar la sed. Wang Li sostuvo entre sus manos la vasija con agua mientras bebía, y una vez que hubo terminado, la devolvió a la anciana. La buena mujer no podía creer lo que veían sus ojos, apagados ya por tan larga vida. Entre sus manos tenía ahora un recipiente precioso de porcelana, cuyo mérito no habría podido desestimar el mismísimo Emperador, de haberlo contemplado.

     —No es mía, buen hombre —dijo la vieja, devolviéndole la vasija a Wang Li.

     —Sí que lo es. De ella acabo de servirme. —Respondió éste, devolviéndosela a su vez.

     La anciana vio ahora como se transformaba ante sus ojos una vez más el caso de barro que primeramente ofreciera al forastero, y sin vacilar esta vez lo tomó de vuelta en sus manos con una reverencia lo más profunda de que fue capaz su viejo cuerpo.

     —Y ya que me has dado de comer y cobijo, buena mujer, ¿me harás también un sitio donde tumbarme a descansar? —preguntó Wang Li, ocultando un bostezo en el dorso de la mano.

     —Escoge tú el sitio que mejor te plazca y acomode, buen hombre, y yaz en él, que pareces fatigado… —repuso la anciana—. ¡Y que los dioses protejan tu sueño, te iluminen mediante él, y no dejen que te atormenten los espíritus que se gozan en ello, y a veces cabalgan en los pliegues del manto con que se recubre el mensajero!

     Wang Li se despidió de la buena mujer, y se echó a descansar en el piso de la choza, sobre una estera de paja. Fingió que se dormía, y cuando la anfitriona ya descansaba, se levantó nuevamente y salió sin hacer ruido alguno. Al lado mismo de la casucha en que vivía aquélla, levantó en un dos por tres un cobertizo en el que instaló su taller. Con el barro de sus botas, y alrededor del torno que operaban sus pies, fue elaborando una tras otra una hilera de vasijas, cacharros y objetos cuyo acabado no requería de un tratamiento especial para conseguir los efectos de la mejor porcelana. Entre tales enseres Wang Li dedicó especial atención a un cuenco de proporciones descomunales que plantó en la estepa. Cuando lo dio por acabado, volcó en el interior el contenido de sus botas, y el cuenco se llenó a rebosar de un agua cristalina, donde nadaban peces de todas clases y colores. Hecho esto, regresó a su lecho cuando ya faltaba poco tiempo para amanecer.

     La sorpresa de la hospitalaria anciana así como la de los demás aldeanos, no tuvo comparación, al encontrar en la mañana un lago lleno de peces junto a sus chozas miserables y destartaladas en medio de la pradera, y como si esto fuera poco, una hilera de jarrones preciosos y otras mil vasijas que parecían aguardar allí por ellos. Wang Li, sin embargo, se mostró retraído —o lo que tal parecía— ante la general fascinación de los lugareños.

     —¿Qué de extraordinario pueden tener un lago lleno de peces y una ringlera de objetos de porcelana? —comentó humildemente, para no hacer sentir el peso de ninguna deuda a sus benefactores.

     —Solamente de una dádiva del Emperador puede tratarse —especularon algunos, y el que debía ser el principal entre los vecinos, se dio a secundar de inmediato esta idea, hasta hacerla parecer del todo suya a los ojos de muchos, adivinando en ello quizá la posibilidad de hacer méritos en alguna parte.

     —¿Quién si no Su Grandeza podría acordarse de nosotros —aseveró un viejo reverente, pariente del otro— pequeñitos como somos, semejantes a un grano de arena en medio del polvo?

     —Esta no es dádiva de Grandes —terció uno cualquiera— sino generosa provisión de algún dios, al cual debemos dar gracias.

     —Pero ¿cómo saberlo?

     —Yo sé a quién deben atribuirse, y a quién tenemos que agradecer estos regalos —Se animó a decir finalmente la anciana que hospedara a Wang Li, luego de luchar unos instantes con su propia indecisión—. El forastero a quien acogimos en nuestra aldea, y yo en mi casa, lo ha hecho todo.

     Estas palabras de la mujer despertaron una verdadera tempestad de airadas palabras entre los vecinos, la mayor parte de los cuales se sentía complacida creyendo que se trataba de un regalo del Emperador.

     —Yo lo he visto hacer —dijo una vez más la anciana con obstinación inquebrantable, pensando para sí que mentía por primera vez en su vida.

     —Tendría que probarlo ante nosotros —aventuró uno cualquiera de los aldeanos reacios a dejarse persuadir de algo que no fuera un presente del Emperador, pese a que éste nunca hasta aquí había dado señal alguna de preocuparse por ellos.

     —Lo que se sabe, no hay porqué demostrarlo —objetó la anciana, a nombre de su huésped—. Yo lo he visto hacer. ¡Está hecho! Y así basta. No hay porqué darle más vueltas al asunto.

     —Tal vez yo pueda hacer algo para demostrar mi destreza ante todos —se escuchó por último la voz de Wang Li, que buscaba erradicar discordias entre los lugareños, mientras posaba su mano en el brazo de la anciana.

     Y diciendo y haciendo fue todo uno. Tomando con sus manos del barro, y soplando sobre él, Wang Li dio forma a un pájaro de porcelana viva, que pronto aleteaba entre sus manos, y al final daba vueltas sobre las cabezas de los vecinos, antes de remontar el cielo en dirección desconocida. Ante semejante demostración, los vecinos se prosternaron a los pies de Wang Li, creyéndolo poco menos que la encarnación de un poderoso hechicero. Sin embargo, el forastero intentó disuadirlos con sus mejores palabras, diciéndoles a los aldeanos que no era otro sino Wang Li, maestro alfarero. Al cabo, como ninguno osara levantar la frente del suelo contra el que la apretaban, Wang Li añadió como si se tratara de una concesión que, en efecto, no era él cualquier alfarero, sino el mejor de su oficio, como que se trataba del Divino Alfarero, aquél del que seguramente habían oído hablar alguna vez. Su oficio, fabricar toda la cacharrería celeste de los dioses. La palabra divino aún suscitó confusión y reticencias entre los aldeanos, que Wang Li se vio en la obligación de esclarecer y despejar. Se trataba ni más ni menos que de un artista que arrancaba al barro inerte su forma, y luego lo despertaba a la vida musitando palabras que había aprendido en un sueño muy raro, es decir, muy especial, que había tenido hacía ya mucho tiempo. Ello bastaba —en opinión de los vecinos— para considerar a Wang Li un elegido de los dioses, lo que ya es mucho, y aunque éste se esforzó en adelante por mostrarse modesto respecto a sus poderes, los vecinos no dejaron de tratarlo con especial reverencia. Él, por su parte, abrió su taller a los que querían aprender su arte, y constituyó la primera escuela que hubo nunca en la aldea. Con el tiempo, los maestros alfareros abundarían en ésta, y la fama de los mismos llegó hasta lugares remotos. Pero no esperó tanto la fama para propalarse, sino que al otro día mismo, llegó a oídos del Emperador en persona la existencia de sus vasallos, que en algún lugar de la pradera gozaban de la fama de ser los mejores alfareros del país y del imperio, gracias al arte singular de aquel maestro y artista desconocido hasta entonces.

     Entre tanto, por todo el universo continuaba la afanada búsqueda del Principio Creador. El plazo de dos ciclos lunares acordado por los dioses para reunirse nuevamente parecía a punto de completarse, según el cálculo de todos, sin que aún se estuviera en la pista que condujera a él. Únicamente el diocesillo negro como la hulla, de regreso de una de sus exploraciones al centro de la tierra, había visto volar una tarde a un pájaro de porcelana viva, que atrajo su atención, y deslumbró sus sentidos por un instante. Pero, ¿qué importancia podía tener un hecho semejante, en relación a la búsqueda que a todos desasosegaba? Inquietos por la falta de noticias, los dioses todos se comunicaban entre sí, el menor asombro; la caída de una estrella fugaz; cualquier trivialidad o sospecha. Cuando se conoció, sin embargo, lo que viera el diocesillo tutelar, todos rieron de él y de su simpleza. Todos, salvo el anciano dios Lohice, cuya sabiduría no tiene límites y resiste hasta la burla de los dioses en conjunto. A la tierra envió pues, al pájaro Lovetodo, con la encomienda de encontrar al otro de porcelana. Días pasaron desde que el pájaro Lovetodo se pusiera en camino, y cada uno que transcurría se le esperaba con impaciencia en el cielo de los dioses. Corrían los días, pasaron las semanas, transcurrieron los meses y los años y Lovetodo seguía sin regresar, hasta que una tarde reapareció batiendo sus alas enormes y volando en círculos concéntricos frente a las ventanas del primero de los dioses. Al fin se posó, con evidentes señales de fatiga —mitigada con solicitud por la mano del comprensivo y bondadoso anciano— sobre una rama que siempre estaba florecida. Había encontrado al fin el pájaro de porcelana, roto. Por órdenes del Emperador, la guardia imperial lo había atrapado y encerrado en una jaula toda de oro. Como debían estar convencidos que se trataba de una alondra única, el Emperador quería poseer su canto, encerrarlo en su jardín de lagos y estanques de plata ensombrecida. El pájaro se había posado y había quedado inerte, cosa que no agradó en nada al Emperador. Éste dio entonces la orden de que lo echaran al lugar de los trastos y las cosas inútiles de las que había repletas varias habitaciones en palacio. Al ir a tocarlo uno de los guardias imperiales, sin embargo, el pájaro de porcelana se hizo añicos. El enviado de los dioses había vuelto con la noticia de su hallazgo. En el pico era portador de algunas muestras que puso en las manos del dios Lohice. Aquél no tuvo más que soplar sobre la cascarilla, como si escupiera en la palma de la mano, para que la alondra de porcelana volviera a la vida ante sus ojos.

     No se vaya a creer que entre tanto la amenaza de desastre y confusión que pesaba sobre el universo había decrecido. Una colisión de astros precipitaba en alguna parte una reacción en cadena que alcanzaba a mundos en el confín opuesto. Y naturalmente, la vida de los habitantes de cada uno de ellos se volvió más errática y difícil: hambre, sequía, frío antártico o calor intolerable; plagas, terremotos y las secuelas de todos estos extremos. ¡Y lo peor! ¡La total desesperanza y la desesperación de los que sobrevivían a uno u otro flagelo! No hubiera hecho falta ser dioses, en cualquier caso, para percatarse de que aquello había que remediarlo. ¡Y pronto! El anciano dios Lohice dispuso que se enviara una delegación de los principales dioses a la tierra. Cada uno portador de un mensaje, y de una misión que debía cumplir en un plazo no mayor de dos días. Pero al cabo de este tiempo, cuando hasta el último de los mensajeros había regresado, seguían sin noticia alguna del paradero del Principio Creador.

     Aunque su imperio todo diera muestras fehacientes de ruina y desorden, el Emperador no se cuidaba sino de aquello que le sirviera de distracción y lo apartara de cualquier obligación, la que encargaba sin pensarlo dos veces a sus mandarines y cortesanos, sin mucho considerar si eran o no aquéllos los más apropiados para conducir las riendas del estado. Encaprichado en poseer un pájaro semejante a aquél que alguna vez poseyera, mandó a traer a su presencia al prodigioso alfarero Wang Li para obligarlo a producir una réplica en todo semejante —pues consideraba que la perfección misma era insuperable y aquel pájaro, sin dudas lo era, salvo por el hecho de que no podía detenerse o ser tocado por mano alguna sin hacerse añicos—.  Wang Li debería crear para él un pájaro sin par, que además comiera de su mano, y se posara en ella mientras cantaba una melodía nunca oída, antes o después, concebida sólo para los oídos de la Imperial Persona.

     Los mensajeros partieron pero no fue fácil dar con la aldea, y una vez localizada tampoco fue fácil llegar. Donde una vez hubo un puente ahora faltaba éste y para llegar a la llanura hubo que atravesar antes parajes de toda clase. Una tropa de jinetes fue arrollada de pronto por el desborde de un inmenso río que nadie pudo decir de dónde había salido con su tromba de agua oscura y revuelta. Los que al fin consiguieron llegar a la apartada aldea donde residía Wang Li se encontraron que no estaba en ella, así que decidieron esperar por él. Una vez en la aldea, se condujeron con arreglo a sus ínfulas de grandes y obligaron a los habitantes a atender y satisfacer todos sus caprichos y necesidades, con lo cual nadie tuvo ya tiempo de ocuparse de nada más.

     Wang Li había marchado allá donde terminaba la estepa en busca de un barro de color muy blanco y cualidades muy sutiles que sólo él conocía bien para traer a la aldea un poco con qué rematar los pétalos de una flor única en la que ya trabajaba, la cual pensaba obsequiar a su anfitriona, y con la cual podrían hacerse desde emplastos hasta ungüentos, y de perfumes a toda clase de tizanas, aparte del sosiego y el gusto que sólo contemplarla podía proveer. 

     La tropa acantonada en la aldea, entre tanto, se aburría horrores y para distraerse no se le ocurrió otra cosa que emplear la cacharrería elaborada por Wang Li como blanco de sus tiros de ballesta o de flechas con arco, o pegar fuego al cobertizo del alfarero, con lo que también ardió la destartalada cabaña de la anciana, que se vio de repente sin cosa alguna en el mundo. Del primero al último de la tropa, ebrios, camorristas, y muy pagados de sí mismos, procuraban de la mañana a la noche poner el temor en los desamparados aldeanos, y de esta suerte llegaba a su fin un día y comenzaba el siguiente, sin que se vislumbrara un cambio. Y de repente, un día, cuando aún dormían todos, y hasta los centinelas, convencidos de que no debían esperar mal o amenaza alguna procedente de ninguno de los puntos cardinales, descabezaban un sueño de tres pesadas cabezas, cada uno por su cuenta, regresó Wang Li. Nadie supo de su llegada por lo que tampoco se explicaban luego de qué modo había venido a saber lo que enseguida supo, es decir, que habían venido por él para conducirle a la presencia del Emperador. Sin perder tiempo se presentó al oficial a cargo de la tropa ante el cual se identificó con toda cortesía. La arrogancia del enviado imperial —acrecentada por la mortificación que ser despertado a hora tan temprana le producía— hizo que vapuleara duramente con una vara al criado, y que hiciera aguardar a quien buscaba ser recibido, hasta pasado el mediodía.

     Sin inmutarse a causa de la desconsiderada actitud del oficial, Wang Li se ocupó con diligencia en reparar los desmanes cometidos por la soldadesca, y con el sol ya bien alto sobre su cabeza, valiéndose de unos rayos de luz transparentes, (los de más pureza y flexibilidad que podían obtenerse) cual si se tratara de hilos en un telar invisible concluyó un traje hecho de hojas, flores, pastos y riachuelos —el más vistoso que se hubiera visto hasta entonces en cualquier parte— y lo colgó, o más bien lo colocó cual si ataviara a un maniquí transparente, a manera de armadura. En los bolsillos, en medio de un prado magnífico se levantaba una casita rodeada de un jardín suntuoso atravesado todo él por una fuente que serpeaba con un murmullo incesante, y cruzaba debajo de un puentecillo del trazo más delicado, hecho de nácar y perlas incrustadas en sus pasamanerías. Casi al mismo tiempo se fue donde la anciana, desconsolada con lo absoluto de su pérdida miraba al infinito, y al verlo, se alegró sin pensar más en la desgracia que le había sucedido, antes bien, empeñada en darle aviso de la presencia de los imperiales que habían prometido llevarlo ante el Emperador a cualquier precio. Wang Li puso en las manos de la anciana aquella flor que para ella había concebido, en aprecio de su bondad genuina y de su generoso desprendimiento para con un desconocido. La anciana no hizo más que contemplar la flor como si en ella contemplara por vez primera todas las flores del mundo,  e inhalar el aroma que de sus pétalos emanaba, cuando se sintió transformada, de nuevo joven y hermosa como ella misma no suponía haberlo sido nunca.

     —¡Oh, maestro Wang Li —dijo, dirigiéndose al artista, también con voz nueva y espléndida, sin dudas ajena—. ¿Qué flor es ésta que así me cautiva engañando mis sentidos con tan placenteras sensaciones? Te doy gracias, aunque cuando despierte luego de este sortilegio, me encuentre nuevamente muy vieja, ya próxima a mi muerte, porque habré conocido por este medio lo que significan la verdadera juventud, la belleza, y sobre todo, por haber llegado a una edad en que todo eso ha quedado atrás como una cumbre que se contempla desde otra lejana. Ni más alta ni más baja. Ni más ni menos hermosa, sólo distante.

     —Así es —concedió Wang Li— porque en tu vejez has conservado intacta la primera juventud del alma, alimentándola y no dejando que se agostara por causas de la miseria, las incertidumbres y los desencantos.       

     Wang Li procedió entonces a hacerle otro regalo superior a todos, el de su verdadera identidad, luego de lo cual, la ahora joven mujer con el mayor gusto accedió a acompañarlo hasta el mismísimo fin del mundo, es decir, hasta el último rincón, que es precisamente lo que había decidido hacer El Principio Creador quien —como ya todos habrán adivinado— se ocultaba tras la identidad del alfarero celeste.

     A la mismísima puerta de entrada al jardín de la casita que adornaba uno de los bolsillos del traje trasladó a la joven en un dos por tres y en el otro bolsillo colocó un remolino de arena alrededor de los cuales puso a girar a los soldados del Emperador, cual si se tratara de un tiovivo enloquecido. Hallándose aún bajo la resaca de la noche anterior, ni siquiera acertaban éstos a darse cuenta muy bien de lo que sucedía, pero en cuanto creyeron entender que por culpa de su señor se hallaban, Dios sabía cómo, en medio de una lisa tan disparatada, maldijeron su nombre. Y la maldición reiterada de su nombre cayó sobre el Emperador. No pasó mucho tiempo antes de que éste, incapaz como era, y sin la menor intención o disposición de hacer frente a las demandas cada vez más desesperadas y urgentes de sus súbditos, se viera depuesto por un golpe palaciego, en lo que Wang Li pudo o no intervenir, de eso nada han querido decir los habitantes de aquella aldea en la que antes de marcharse dejó Wang Li una provisión de bienes que la convirtieron en un lugar maravilloso donde, según se dice, vive la gente muchos años sin envejecer, y son todos corteses y hospitalarios con los forasteros, pero sobre todo entre sí.

     Antes de partir, Wang Li se vistió el esplendoroso traje que había tramado y echándose una vez más al camino se propuso recorrer de arriba a abajo y de un lado a otro todos los puntos de la geografía universal. 

     Entre tanto, el mensajero de los dioses, el pájaro Lovetodo pudo al fin dar con el paradero del Principio Creador cuando volando próximo al sol notó el chisporroteo de los hilos que de él salían, en el instante en que de ellos tiraba la mano de Wang Li para hacer el traje que lo vestiría.

     Con un vuelo en círculos concéntricos descendió hasta colocarse próximo al maestro alfarero, y una vez allí, se transformó en un joven apuesto y ceremonioso que se dirigió al Principio Creador del modo más humilde y respetuoso de que era capaz. Comunicó así la desolación de la asamblea de dioses, sus hermanos en el cielo, a causa de su desaparición, y la petición que por su medio le comunicaba el sabio y viejo dios Lohice

     El Principio Creador oyó con atención al enviado, y después de consultarlo con la joven que había sido anciana, y ahora habitaba la casa y el jardín que en el bolsillo de su traje había colocado el pretendido Wang Li, concluyó al fin que lo mejor sería volver cuanto antes para poner orden en el caos y llevar sosiego a sus hermanos, y al más sabio y bondadoso de todos los dioses, el anciano Lohice con quien se sentía en deuda de cariño y devoción.

     —Parte ahora mismo con mi respuesta al empíreo, y la promesa de que regresaré de inmediato.

     Así lo hizo el joven, luego de asumir nuevamente la forma de un pájaro, que era la suya.

     Las noticias que traía consigo produjeron un incomparable júbilo allí donde las aguardaban con ansias, y se acordó entonces conceder en lo adelante, a aquel que faltaba, la reverencia y el reconocimiento que merecía por su función y carácter, de manera que ninguno pudiera desconocer o dudar que en el Principio Creador radicaba el principio de todo lo que existe así en el cielo de los dioses como en el de los hombres. Y desde entonces, por decisión de los dioses dispone éste de una cohorte de sirvientes y aprendices que van por esos mundos repartiendo los dones de la creación. Y a veces, cuando lo estima conveniente, puede el Principio Creador mismo transformarse en un alfarero como Wang Li, u otros como han sido el escriba Mu Rong o la cortesana Shien Piu Thang. A su lado, siempre refugiada en su jardín de flores olorosas de inagotables formas, le acompaña aquélla en quien un día halló el Principio Creador la inspiración más fecunda.

    

Rolando H. Morelli nació en Horsens, Dinamarca (1953). Antes de cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey, donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la Universidad de Temple, en Filadelfia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en varias universidades norteamericanas: Tulane University, University of New Orleans, y la Warton Business School de Pennsylvania University. Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai, Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio, Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989); From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y El Faro, Ciudad de México, 1989. Obtuvo la única mención del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón. En el 2007 fue ganador del premio que otorga anualmente la Fundación Emilia Bernal Agüero por su labor de investigación en torno a la obra de la fallecida escritora.