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Nació en Cienfuegos,
Cuba (1944). Su familia se trasladó a La Habana cuando él tenía 3
años, donde cursó estudios de primaria y secundaria (bachillerato en
ciencias y letras, diplomado en 1961). Ingresó en la Escuela de
Letras de la Universidad de La Habana en 1962 y en ese centro
concluyó en 1967 sus estudios de Licenciatura en Lengua y Literatura
Francesas.
A los 17 años de edad empezó a escribir poesía
y un poco después se puso en contacto con las Ediciones El Puente,
un grupo editorial independiente de jóvenes escritores que dirigía
el poeta y dramaturgo José Mario, con quien trabó amistad. Con esa
editorial publicó en 1962 Acta, su primer poemario (a los 18
años de edad). Ese mismo año y con la misma editorial, apareció la
antología Novísima poesía cubana, que él y Ana María Simo
habían preparado y que recogía las obras poéticas de los miembros
del grupo El Puente. En 1964 el grupo comenzó a recibir fuertes
ataques de la prensa gubernamental; esos ataques fueron en aumento y
se hicieron más extremos, hasta que la editorial fue clausurada en
1965. A partir de ese momento, y debido en parte a que mantuvo una
actitud escéptica y reservada ante las instituciones culturales de
la isla, que estaban controladas estrechamente por las autoridades
políticas, García Ramos no hizo nuevos esfuerzos por publicar obra
propia en su país. Desde 1965 hasta 1980, año en que salió del país,
García Ramos siguió escribiendo poesía, pero no volvió a publicar ni
sus poemas ni ningún otro texto independiente en Cuba.
Trabajó
en el Departamento de Selección y Adquisición de Libros de la
Biblioteca Nacional entre 1962 y 1964; renunció a ese puesto para
concentrarse en sus estudios universitarios. Después de concluir
sus estudios trabajó un tiempo en el Centro de Investigaciones
Literarias de la Casa de las Américas, bajo la supervisión del
difunto escritor uruguayo Mario Benedetti; se le encargó compilar
una colección de textos sobre Juan Carlos Onetti (Valoración
múltiple de J.C.O.) que fue revisada y editada por Benedetti y
publicada en 1969. Ese mismo año, García Ramos pasó a integrar uno
de los equipos que el Consejo Nacional de Cultura organizó entonces
para realizar actividades de divulgación literaria en zonas
apartadas del país; junto con otros dos recién graduados de la
Escuela de Letras, fue enviado a Trinidad, en la provincia de Las
Villas, donde permaneció un año. A su regreso a La Habana, ingresó
como redactor y revisor de traducciones en la Editorial Arte y
Literatura del Instituto Cubano del Libro, donde permaneció hasta
que salió de Cuba. Como parte de su trabajo en la Editorial Arte y
Literatura, preparó ediciones en español de autores reconocidos o
clásicos, en particular de habla francesa, como Guy de Maupassant,
Alphonse de Lamartine, Alain-Fournier, Louis Aragon, entre muchos
otros, así como una edición completa en dos volúmenes de
Gargantúa y Pantagruel de Rabelais y una edición bilingüe de
Fedra, de Jean Racine. También preparó ediciones de algunos
autores norteamericanos anteriores a la segunda guerra mundial, como
Sherwood Anderson, y tradujo del francés una selección de cuentos de
Ryunosuke Akutagawa. En ninguna de esas ediciones se permitió que
apareciera un texto de valoración o interpretación escrito y/o
firmado por García Ramos (hubo un par de excepciones, entre ellas la
edición de Racine, que llevó un prólogo especializado escrito por él
y firmado, pero que tuvo una tirada muy reducida, destinada a las
escuelas de idiomas; no se distribuyó al gran público).
El 20 de mayo de 1980, García Ramos
abandonó la isla a bordo de uno de los barcos
del éxodo marítimo de Mariel. Entre 1980 y 2001 residió en Nueva
York, donde trabajó como editor en varios órganos de prensa, entre
ellos en el servicio de noticias para América Latina de la agencia
The Associated Press, y durante doce años fue traductor de
la Secretaría de las Naciones Unidas. El puesto en Naciones Unidas
lo obtuvo al pasar airosamente un examen internacional de dos días
realizado en 1985 en todos los países de habla hispana; fue
contratado en 1989 y se jubiló de esa organización en 2001.
También durante su estadía en Nueva York
perteneció al Consejo de Dirección de la revista de arte y
literatura Mariel (1983-1985), en compañía de Reinaldo Arenas
y Juan Abreu.
Tras salir de Cuba, García Ramos
ha publicado los poemarios El buen peligro (Madrid, 1987),
Caverna fiel (Madrid 1993), En la llanura (Coral Gables,
Florida, 2001), Únicas ofrendas, cinco poemas (Madrid, 2004)
y El ánimo animal (Coral Gables, 2008). Recibió en 2006 el
XI Premio Internacional de Poesía "Luys Santamarina-Ciudad de Cieza"
con su libro Obra del fugitivo, publicado ese año en Madrid.
Su obra poética ha sido incluida en numerosas antologías; entre
ellas, Poesía cubana de la revolución, selección de Ernesto
Cardenal (México, 1976); La isla en su tinta, selección de
Francisco Morán (Madrid, 2000); Las palabras son islas, panorama
de la poesía cubana, siglo XX, selección de Jorge Luis Arcos
(La Habana, 1999); Poesía cubana del siglo XX, selección
de Jesús J. Barquet y Norberto Codina (México, 2002) y Antología
de la poesía cubana, selección de Ángel Esteban y Álvaro
Salvador (Madrid, 2002).
Desde 2001 vive en Miami Beach, donde en 2002
fundó la revista digital de poesía Decir del Agua, que se
publicó trimestralmente hasta octubre de 2008 y de la cual fue
editor y diseñador. Acaba de publicar en 2010
una novela testimonial sobre su salida de Cuba por Mariel,
Cuerpos al borde de una isla. Además, es autor de numerosos
artículos, reseñas y ensayos sobre literatura y artes visuales que
tiene la intención de recoger en libro próximamente.
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“García Ramos ha escrito, pues, un testimonio
donde relata sus vivencias en aquellos días. El hecho de que
volviese sobre éstos tres décadas después ha obrado a su
favor. Le ha permitido enfrentarlos desde otra perspectiva,
tanto en lo que se refiere a la visión que hoy tiene de
ellos como en la manera como los ha plasmado. En el primer
aspecto, la distancia aportada por el paso del tiempo le
permite reflexionar y rememorarlos con más objetividad,
puesto que las heridas están más o menos cicatrizadas.”
Carlos Espinosa Domínguez
Cubaencuentro.com
(Diario virtual)
Sección de Cultura
Madrid, España
(12 de noviembre de 2010)
“En una época en que la
poesía, al igual que otros géneros literarios, se ha
impregnado para bien o mal de un incurable exhibicionismo,
de una avidez febril por trazar nuevas pautas, resultaría
injusto que pasara inadvertido un libro como Caverna fiel,
de Reinaldo García Ramos, cuya virtud esencial parece ser el
decoro.”
Carlos Victoria
La Habana Elegante
Sección La azotea de
Reina
Artículo “La aceptación de los límites”
Miami, Florida, EE.UU.
(Abril de 1994)
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Maricel Mayor Marsán: ¿Cuándo descubriste tu instinto poético y tu
inclinación por las letras?
Reinaldo García Ramos:
Fue una necesidad emotiva, que me surgió a los
17 años, cuando al salir del bachillerato me pusieron en un
“cursillo de nivelación” para entrar en la Facultad de Tecnología.
La propaganda del gobierno en esos días impulsaba a los jóvenes a
estudiar tecnología, para “ayudar” al país, aunque la vocación del
individuo fuera otra. Durante ese cursillo, el choque contra
el álgebra y la trigonometría me sumió en muchas introspecciones y
me forzó a escribir cada día decenas de poemas. Era una manera
de escapar de las cifras, que me resultaban tan incomprensibles. De
esos textos caóticos, incluso desesperados, surgió mi primer libro,
Acta, que en 1962 salió publicado por las Ediciones El
Puente.
MMM:
¿Cómo te vinculaste al grupo de escritores El Puente? ¿Fue algo
espontáneo o algo que buscaste de manera determinada?
RGR: Fue
en cierto modo accidental, pero al mismo tiempo algo que yo busqué
instintivamente. Creo que los hechos importantes de nuestra vida
siempre son una mezcla de búsqueda instintiva y de destino
predeterminado (una combinación del azar y la necesidad, para usar
los términos del biólogo francés Jacques Monod). Fue en el
verano de 1961. Yo había terminado el bachillerato, asistía
por inercia al horrible cursillo de tecnología que ya mencioné, pero
por las tardes estudiaba francés en la Escuela de Idiomas que estaba
en el Capitolio, donde conocí a Nancy Morejón, que también
estudiaba allí esa lengua. Una tarde, a la salida de los
cursos, fui con ella al cine Payret y allí ella estaba José Mario;
ella me lo presentó. Ese encuentro cambió mi vida.
Él estaba sumido de lleno en los esfuerzos por
llevar adelante el proyecto de las Ediciones El Puente, en medio de
aquel panorama socio-cultural tan agresivo que imperaba en La Habana
de los años 60. En esa tarea lo ayudaba Ana María Simo,
codirectora de las Ediciones, a quien conocí poco después. Pero los
dos estaban rodeados por un grupo fascinante de jóvenes escritores
con mentalidad independiente, nada convencionales (entre ellos,
la misma Nancy), que se sentían ansiosos de publicar y escapar así
al dogmatismo que ya se perfilaba en los medios culturales.
Recordemos que era el momento en que Edith García Buchaca, al frente
del Consejo Nacional de Cultura, y con ella los anquilosados
figurones del antiguo Partido Socialista Popular, se atribuían el
derecho de programar la creación artística en el país y por tanto el
deber de intimidar y sojuzgar cualquier manifestación independiente
que surgiera dentro de ese campo. En el grupo de El Puente
reinaba un ambiente muy distinto, y para mí fue un enorme estímulo
descubrir que había jóvenes inteligentes y sensibles que no entraban
en esa vetusta camisa de fuerza que el PSP quería aplicar a la
cultura nacional. Pero la influencia fundamental que recibí en
esos años, repito, fue la de José Mario, a quien conocí en un
momento capital de mi formación.
MMM:
¿Por qué cesan tus publicaciones por un período de más de dos
décadas?
RGR: He
pensado mucho en eso durante años; todavía no tengo una respuesta
clara ni definitiva. A partir de 1964, El Puente comenzó a
recibir fuertes ataques de algunos dirigentes y de la prensa
gubernamental. Esos ataques se fueron haciendo cada vez más
intensos, hasta que las Ediciones fueron clausuradas en 1965.
Al mismo tiempo, la represión social arreció, se desencadenó la
persecución contra los homosexuales y contra todo tipo de disidentes
y se abrieron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP),
a las cuales mandaron a varios de mis amigos (entre ellos al propio
José Mario). A partir de ese momento mantuve una actitud
escéptica y reservada ante las instituciones culturales de la isla,
que ya estaban controladas por las autoridades políticas. Tal
vez esa apatía facilitó que los dirigentes de esas instituciones
empezaran a recelar de mí, a verme como un tipo del cual había que
desconfiar, no por lo que yo hacía, sino precisamente por lo que
no hacía. En los años subsiguientes nadie de esas
instituciones se interesó de veras por conocer lo que yo escribía y
yo no hice esfuerzos por volver a publicar mi poesía ni otros textos
literarios en mi país.
Pero hay otras cosas que decir al respecto.
La clausura de las Ediciones en 1965 fue para mí un golpe demoledor,
porque con ellas se desmoronaba el marco en que yo había formulado
mis expectativas juveniles como escritor y como ser humano. Al
ver que todo aquello desaparecía de repente, perdí las esperanzas de
volver a existir como creador de manera normal o sistemática en mi
país. Retrospectivamente, a veces me reprocho haber actuado
así: pienso que debí luchar más, ripostar el ataque y seguir
manifestándome como elemento activo dentro del entorno cultural;
pero también a veces creo que hice bien, porque estaba convencido de
que todos los que habíamos participado directa o indirectamente en
la experiencia editorial y espiritual de El Puente íbamos a ser
mirados siempre con desconfianza, con sorna y hasta con abierta
hostilidad, o nos veríamos obligados a hacer demasiadas concesiones
para poder sobrevivir en aquel medio tan contaminado por la
ideología excluyente de los gobernantes. Tal vez me dominó una
justificada cautela, al ver cerradas tantas puertas, no sé. Porque
hay que decir que muchas puertas se me cerraron. Pero también es
posible que mi postura haya sido demasiado dramática o tímida.
Lo cierto es que me mantuve alejado de los círculos literarios y
decidí concentrarme en terminar mis estudios en la Universidad, cosa
que logré en 1967, aunque a los miembros de mi promoción no nos
dieron los títulos hasta once años después.
MMM:
Acabas de publicar un libro sobre la experiencia de tu salida de
Cuba a través del éxodo del Mariel, pero me gustaría saber ¿cómo
llegaste a formar parte del Consejo de Dirección de la revista
Mariel? ¿Conocías a Reinaldo Arenas desde Cuba o lo conociste a
tu llegada a los Estados Unidos?
RGR: El
libro se titula Cuerpos al borde de una isla; mi salida de Cuba
por Mariel y en él presento un testimonio novelado de mis
experiencias en ese éxodo masivo, desde que recibo las primeras
noticias sobre lo ocurrido en la embajada de Perú en La Habana a
principios de abril de 1980 hasta que, ya a bordo del barco que me
sacó del país, veo que las costas de la isla desaparecen en el
horizonte. Es un exorcismo, para desactivar en mi mente los
componentes traumáticos de aquellos hechos, al cabo de 30 años.
Y traté de hacer un relato ameno, sorpresivo, que reflejara el
dramatismo y la violencia de aquellos días, pero también los
incidentes grotescos o incluso jocosos que entonces me ocurrieron o
que presencié. Por suerte para mí, el libro salió muy bien
editado, gracias al esmero y el buen gusto de la Editorial Silueta,
en particular de su director, Rodolfo Martínez Sotomayor, y de su
esposa Eva Vergara, que se ocupó del diseño. En la portada
usamos un cuadro del pintor cubano Cepp Selgas, que vino por Mariel.
La historia de Reinaldo Arenas y de la revista
Mariel es otra, aunque se desarrolla paralelamente a mi
salida del país. A Reinaldo yo lo había conocido en Cuba; fue el
propio José Mario quien me lo presentó. Él ya había publicado
Celestino antes del alba, su primera novela, y esa noche de
fines de los años 60 llevaba un ejemplar de la misma bajo el brazo.
Pero durante años Arenas y yo no tuvimos mucho intercambio, la
verdad. Sólo empezamos a vernos con cierta frecuencia a
mediados de los años 70, y mayormente a partir de 1976, después de
su salida de la prisión; creo que fue el poeta Delfín Prats quien
más hizo por acercarnos en esos años: nos reuníamos a veces los tres
con otros amigos en algún parque de La Habana a leernos nuestras
cosas. Reinaldo siempre nos hacía reír mucho con sus cuentos (tanto
escritos como improvisados). Era un individuo dotado de una
extraordinaria imaginación y de un afilado sentido del humor.
Después nos reencontramos en Nueva York y
comenzó la aventura de la revista Mariel, que se fundó en
abril de 1983 y siguió saliendo trimestralmente durante dos años;
publicamos en total ocho números. Fue Arenas quien
primero comprendió la necesidad de fundar una publicación periódica
en que los escritores y artistas de Mariel nos pudiéramos expresar.
Su combatividad nos entusiasmó y nos aglutinó en ese proyecto, y a
través de él fue que conocí a los demás integrantes del Consejo de
Editores (Juan Abreu, Roberto Valero, Carlos Victoria, René
Cifuentes y Luis de la Paz). También fue el propio Arenas
quien me propuso ser uno de los tres miembros del Consejo de
Dirección, junto con él y Juan Abreu.
MMM:
Tu libro de poemas El buen peligro es un buen ejemplo de la
poesía como rescate existencial. ¿Me podrías hablar del mismo?
RGR: El buen
peligro fue el primer libro que publiqué
en el exilio: salió en 1987 por la
Editorial Playor, de Madrid, que dirigía Carlos Alberto Montaner.
Creo que con ese libro
tuve dos propósitos fundamentales: primero, demostrar que durante
los 15 años que había pasado como autor silenciado en Cuba
(1965-1980) nunca dejé de escribir poesía; y segundo, que en los
primeros tiempos en el exilio (1980-1986) tampoco había dejado de
hacerlo. Fue, sin duda alguna, una labor de rescate en lo que
respecta a lo escrito en la isla, pues contiene poemas de tres
libros que compuse en Cuba y sólo logré sacar parcialmente del país:
Los viajeros (escrito entre 1969 y 1974), Personajes que
pasan (compuesto entre 1972 y 1974) y Lugar sitiado (un
poemario de 1976). La última parte de El buen peligro
contiene poemas de un cuaderno escrito en Nueva York, Espacio a
prueba. No veo este último grupo de textos como un
rescate, puesto que ya me había librado de las restricciones
impuestas por el castrismo en la isla, sino más bien como una
reafirmación de mi libertad de expresión.


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