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Llovía torrencialmente cuando la vimos por primera vez. Nosotros
conversábamos animadamente o más bien discutíamos en el portal de la
Sociedad Liceo de Buenavista sobre algún hecho trivial que no
recuerdo y tuvimos que entrar corriendo en el edificio tratando de
escapar del agua que amenazaba con mojarlo todo. Las nubes se abrían
con una ferocidad desacostumbrada en el pueblo donde llovía cada día
del año, pero siempre suavemente y nunca por más de cinco minutos.
Era una verdadera tormenta o más bien una especie de inesperado
ciclón de verano. Entramos en la Sociedad y mirábamos sorprendidos
el aguacero por las ventanas cuando la descubrimos. Se encontraba
precisamente en el sitio del portal donde nosotros estuvimos pocos
minutos antes. Su cara me recordó a Simonetta Vespucci, la bellísima
modelo italiana que según la leyenda utilizó Sandro Botticelli para
su cuadro El nacimiento de Venus que yo había visto por
casualidad en esos días en una revista de modas. Igual que a
Simonetta, el cabello intensamente rubio le llegaba a la cintura y
con su mano derecha intentaba cubrirse los senos que se insinuaban a
través de la tela mojada de su blusa. Estaba descalza. Lo único que
le faltaba era la concha bajo sus pies para imitar la obra maestra
del pintor renacentista italiano que se encuentra en Florencia.
Nosotros permanecíamos asombrados y mudos ante tanta belleza
mientras que la Venus se nos acercó completamente empapada, y
desafiando la lluvia y el ruido de los truenos nos preguntó casi que
a gritos:
─
¿Saben dónde vive Abelardo Santos Cuña?
Sus palabras sonaron a música en nuestros oídos. Si no hubiera
estado lloviendo yo me hubiera prestado para guiarla, pero la
tormenta me impidió cualquier gesto caballeroso. Por supuesto que
sabíamos quién era Santos Cuña, posiblemente el hombre más rico de
la comarca, y uno de los más miserables. Su casa con techo de guano
y tablas de palma pintadas de blanco y azul estaba a la salida del
poblado, cerca del cementerio, y era fácil llegar a ella sin
necesidad de un guía porque bastaba con indicarle a quien la buscaba
que desde la calle se percibía el mal olor, que era imposible
ignorar la peste que brotaba de la vivienda donde hacía años que
nadie limpiaba.
La última persona que intentó eliminar y casi mantuvo a raya la
suciedad en aquella casa fue Dionisia, la hermana mayor del
agricultor miserable, quien había sido el único familiar que le
hizo compañía al viejo hasta que un mal día murió por la patada de
un caballo garañón. La mañana en que ocurrió la tragedia Dionisia se
había levantado más temprano que de costumbre para esperar a
Antonino Correa, el capador, que siempre que lo llamaban estaba
dispuesto a castrar a cuantos animales se le presentaran. La jornada
comenzó con normalidad, Abelardo había ordenado que bien temprano
sacaran de la caballeriza a Diablo, un potro salvaje de tres años al
que nadie se le podía acercar y ya se le daba por indomable.
Castrarlo era la última oportunidad de pacificarlo y prepararlo para
la doma, después sería vendido a un buen precio porque el animal de
trote, pelo negro brilloso, músculos poderosos y muchas condiciones
prometía ser perfecto para los vaqueros que trasladaban el ganado a
otras regiones, incluso al lejano Camagüey, donde constantemente se
compraban toros de alta calidad.
La orden de entregarle el caballo a Antonino fue cumplida por Lelo
Perendengue, el caballericero, que sacó del pesebre al animal y lo
llevaba hacia donde estaba el capador, que ya andaba listo con sus
afilados cuchillos para comenzar su sangrienta labor. Todo marchaba
bien, y hasta Diablo parecía estar aquella mañana más obediente y
manso que nunca pues se dejaba conducir tranquilamente por
Perendengue que, como siempre, iba silbando alguna canción. Entonces
ocurrió lo inesperado, Dionisia salía de la casa con varios
recipientes metálicos en los que recogería los testículos de los
toros que también serían castrados aquel día, para cocinar la
sabrosa criadilla o huevos de toro que tanto le gustaba a su
hermano, y en la semioscuridad del amanecer no se dio cuenta de que
se acercaba Lelo con el nervioso semental. Fue cuestión de segundos.
Nadie vio cómo la mujer chocó contra las ancas del potro que se
asustó con el ruido de los cacharros de cocina, tirando una potente
patada que alcanzó a la anciana en medio de la frente y ésta caía
fulminada por la magnitud del impacto. Fueron inútiles los esfuerzos
de Antonino y otros trabajadores para resucitar a Dionisia la cual
no tuvo tiempo para ver la causa de su muerte. El hermano no le
concedió a la difunta ni siquiera el derecho a una sepultura decente
y tan pronto el juez levantó el cadáver fue transportado a una
funeraria en Remedios para ser cremado.
Luego comenzó la castración como si nada hubiera ocurrido. Además de
Diablo, Antonino castró ese día ocho toros a los que se les
amarraron las patas traseras para que no pudieran escapar al sentir
el dolor. Se decía que había capadores que para minimizar la
sensación dolorosa en los animales usaban anestesia local pero de
hacerlo así se perjudicaría el sabor de la criadilla y Abelardo no
quería permitirlo. También se decía a manera de justificación que
los cortes que daba Antonino con su bien afilado cuchillo eran un
tormento menor comparados con la castración por maceta que se usaba
en otros sitios. En este último método el capador inmoviliza las
cuatro patas del toro, luego le acerca por detrás una mesa o meseta
bien fuerte y encima coloca los testículos, y una vez que estén bien
colocados les asesta uno o varios golpes violentos con una especie
de maceta, mandarria o martillo enorme destruyéndolos por completo.
¡Qué salvajada! Es tanto el suplicio que según algunos testigos las
pobres bestias lloran y se les aflojan los dientes, pero ni el
capador ni los dueños se compadecen de los animales martirizados.
Aunque no sabía cocinar ni podía leer una receta de cocina porque
era analfabeto, Abelardo se dio durante el almuerzo un atracón de
criadilla al estilo fricasé cocinada por él mismo. Primeramente
ordenó comprar una botella de ron y una caja de cerveza para los
trabajadores, así lo dejarían tranquilo, y cuando caparon el primer
bruto él se apropió de los testículos y se escondió en la cocina sin
que nadie lo viera para no tener que compartir con los capadores su
alimento, y recordó que para comenzar Dionisia tomaba dos testículos
de toro de tamaño regular y les quitaba una especie de tela que los
cubre, luego los cortaba en trozos pequeños, y usaba cebolla, puré
de tomate, cilantro, ajo, sal y limón al gusto; nada de sofrito, lo
echó todo junto en un caldero, lo puso al fuego lento y cuando la
carne estaba suave la retiró del fogón y dejó que se enfriara un
poco. Después la sirvió con arroz blanco, y si le hubieran
preguntado, habría respondido que ésa era la criadilla más sabrosa
que jamás había comido.
Lo que no le gustó fue cuando terminó de almorzar y regresó al patio
en busca de los otros testículos, resulta que como Dionisia no
estaba presente para recogerlos, Antonino se los tiró a los perros
que los devoraron en un santiamén. El cabrón de Antonino, susurró el
viejo que se sintió traicionado, pero no pudo echarle nada en cara
porque éste nunca le cobró ni un centavo por capar a sus animales,
lo que significaba un ahorro sustancial.
En ningún momento le importó el fallecimiento de la vieja que había
decidido acompañarlo en sus últimos años a pesar de la miseria que
imperaba en el hogar. Era de todos conocido que pese a su dinero
Abelardo vivía como un avaro, que nunca le agradeció ni le pagó a su
hermana un centavo por sus servicios ni le hizo ningún regalo de
valor a pesar de que la mujer no sólo limpiaba los pisos, igualmente
lavaba y planchaba con devoción la escasa ropa, y también se ocupaba
de la cocina y de otras labores importantísimas como era alimentar a
las gallinas y a los puercos. Todo eso gratis. La mujer era una
verdadera esclava. Así había sido desde pequeña y se rumoreaba que
parte de las tierras del anciano habían pertenecido y fueron robadas
a la amorosa hermana. Contaban los vecinos que tenían que regalarle
su ropa usada a la Dionisia porque el viejo sostenía la opinión de
que con un par de vestidos deshilachados era suficiente para cubrir
la desnudez, que según el avaro era el único objetivo de vestirse.
Él mismo carecía de pantalones nuevos, los pocos que tenía se veían
gastados por las rodillas o los fondillos, y en cuanto a las camisas
ni qué decir, estaban manchadas por el sudor y llenas de grandes y
pequeños huecos. De calzoncillos y camisetas ni hablar, hacía
décadas que Abelardo no los usaba, y los más atrevidos le llamaban
“huevos duros” pensando en cómo estarían sus testículos con tanto
años de roce contra la dureza de los pantalones.
Para completar el triste paisaje de la miseria extrema e
innecesaria, cuando quería cubrir su calvicie para protegerse de los
rayos solares Abelardo poseía solamente un sombrero de Panamá viejo,
muy gastado, el cual usaba a cada momento, hasta para guataquear,
por lo que debía lavarlo con agua y jabón cada vez que tenía que
salir del pueblo para cobrar en el Central Adela el dinero de la
zafra, o cuando una vez al año viajaba a Placetas para hacerse
reconocer en la Clínica del doctor Leonardo Fernández, donde las
enfermeras hacían muecas de asco por la peste que despedía cuando
debían ayudarlo a bajarse el pantalón para inyectarlo en la nalga,
o para hacerle una radiografía o tomarle muestras de orina y sangre
para los análisis. Dicen que en cierta ocasión el médico tuvo que
amenazar con el despido a sus enfermeras para que actuaran frente a
este paciente como lo hacían con otros enfermos.
En fin que el viejo era a la vez sucio y miserable, jamás se gastaba
dinero en la casa ni en su persona, era incapaz de pagar a una buena
cocinera, casi siempre comía pan viejo con huevos fritos cocinados
por él mismo y café con leche a toda hora, nunca se aseaba y vivía
por debajo del más ínfimo nivel de pobreza sin que nadie supiera
dónde metía el abundante dinero que producía la finca. Muchas
personas decían que esa fortuna era guardada en pequeñas botijas de
colores que luego eran enterradas silenciosamente en noches de
tormenta en diversos sitios de la propiedad, pero eso nunca se pudo
comprobar aunque algunos vecinos, los más audaces, registraron sin
hacer ruido varias zonas completas del fundo.
Sólo había algo que lo salvaba de la condenación eterna por su
constante avaricia, uno de los siete pecados capitales que según el
Dante son castigados con rigor en el infierno, y era su hijo, del
mismo nombre, quien estudiaba la carrera de medicina en la
Universidad de La Habana. Abelardo vivía orgulloso de su vástago,
del casi médico, como lo llamaba, le pagaba una casa de huéspedes
para jóvenes ricos cerca de la colina universitaria, para que se
relacionara con los hijos de los políticos, principalmente de los
senadores, y era todo fiestas y celebración durante las escasas
oportunidades en que su primogénito se dignaba a venir de vacaciones
a Buenavista, algo que no hacía de buen grado. Para hacerlo regresar
aunque fuera por unas horas a su pueblo el padre le prometía villas
y castillas. En aquellos días las cosas cambiaban, no se escatimaba
el dinero para los gastos del hogar, el joven le inyectaba sangre
nueva a la casa, y aunque no dormía allí porque le era insoportable
el mal olor, durante el día ayudaba a su padre a recorrer la finca,
a remendar las cercas de alambre de púas, a reparar las puertas de
los potreros y a contar y recontar los cerdos y las vacas que algún
día serían suyos.
Una vez terminado el recorrido, Abelardito se bañaba con agua fría
en un enorme latón convertido en bañera detrás de la casona pero no
comía con su papá, pues de ahí partía rumbo a la fonda de las
hermanas Petra y Victoria Pajarito, frente al parque, donde
desayunaba, almorzaba y cenaba opíparamente con el dinero que
graciosamente le entregaba su padre, quien se negaba a acompañarlo a
la fonda y continuaba ingiriendo los alimentos más baratos y
desabridos mientras que el niño despilfarraba sin miramiento sus
caudales.
Cuando murió su hermana, el viejo trató inútilmente de contratar
alguna mujer que lo ayudara, por lo menos con la cocina, pero
ninguna muchacha de Buenavista quiso vivir en aquella pestilencia y
dos o tres jovencitas de Zulueta que ignoraban la leyenda negra y
dijeron estar dispuestas a dar el terrible paso fueron reprimidas
con violencia por sus propios padres. Muy lejos había llegado la
fama de la casa de la peste, como la llamaban, y parecía que estaba
condenada a desaparecer un día con su único ocupante en medio de una
plaga de moscas, mosquitos, cucarachas y hasta ratones. Pero ese
peligro no le importaba a nadie en el pueblo, es más, podríamos
decir que muchos nos hubiéramos alegrado de ver saltar en pedazos la
cueva de la miseria porque no tolerábamos al vejete cagalitroso y le
deseábamos lo peor. Fue por eso que los gamberros que vimos por
primera vez aquella tarde a Simonetta nos quedamos con la boca
abierta cuando en medio de la lluvia ella nos informó que había
venido con un solo objetivo, trabajar como criada para Abelardo.
─
¿Cómo es posible?
─
dijimos todos a la vez, pensando que aquel ser extremadamente bello
se marchitaría con tan sólo entrar en la vivienda apestosa.
Pero ella siguió en sus trece, y partió bajo el chaparrón con los
zapatos en la mano cuando todos nosotros, hablando a la vez, le
dimos las direcciones más elementales para encontrar la gruta del
viejo apestoso.
Durante varios días no la volvimos a ver, pero nos enteramos de que
había sido bien recibida por el vetusto dueño, y según los vecinos
del anciano, desde que ella entró en la casa maldita fueron
desapareciendo poco a poco los malos olores que infestaban la
cuadra. Su llegada a Buenavista fue bien recibida por más de uno, a
los más cercanos les encantó su presencia porque prometía meter en
cintura la mansión de la miseria, y para el vejestorio fue como la
aparición del sol en una noche de tormentas. Se le veía poco y no
conversaba con nadie; en ocasiones andaba por la parte posterior de
la propiedad quemando sacos de basura o alimentando a las aves y los
cerdos, otras veces derramaba baldes de agua con detergente sobre
las losas y con una escoba vieja intentaba borrar las manchas de
fango que el tiempo y la desidia habían grabado durante años. Era
infatigable y agresiva. Un día tomó una brocha sin permiso del dueño
y pintó de rosado las paredes de tabla de palma, dándole un toque
femenino a la morada, algo que ni la hermana Dionisia había
alcanzado a hacer en varias décadas. Al parecer al viejo no le gustó
mucho el “colorcito homosexual”, así lo definió, pero no protestó.
Simonetta aprovechó los pequeños poderes que se le iban otorgando, o
que ella iba acaparando, para lograr incluso que su patrono
contratara mensualmente un fumigador para acabar de una vez por
todas con cuanto bicharraco vivía bajo su mismo techo. Una muestra
más de lo que logra la belleza. El olor a miseria desapareció y se
ganó el favor de los vecinos. En las contadas ocasiones que salía a
la calle podíamos comprobar algo: continuaba siendo tan bella como
aquella tarde lluviosa en que nos preguntó dónde vivía el miserable.
Pasaron los meses y como no se le veía mucho comenzamos a
olvidarla. Llegamos a pensar que Simonetta se contagiaría con el
sucio entorno en que vivía. Pero las buenas costumbres triunfan
sobre las malas y se propagan, hacen milagros, y un día nos dimos
cuenta de que la actitud de su patrón en algo o en mucho había
cambiado por la influencia de su criada. Una calurosa mañana
Abelardo entró en la tienda El Asia, propiedad de unos chinos de
Cantón que nunca aprendieron español, de los que se sospechaba que
comían gatos y perros, y cuando regresó a su casa llevaba bajo el
brazo una pesada bolsa llena de ropa. Casi no podía cargarla de
tanto que abultaba. Supimos por la locuacidad del chino loco, quien
era el único empleado de aquel negocio que no padecía de mutismo
absoluto porque todo el día caminaba sin rumbo con un cigarro en la
boca y hablaba algún castellano, por lo menos las palabras
esenciales, que se trataba de dos pantalones, tres camisas, algo de
ropa interior, un juego de sábanas, dos pares de botas nuevas y tres
pares de medias, en fin, una importante merca, como se decía en
aquellos días, que hasta entonces parecía imposible. Al otro día
Abelardo cabalgó sin rumbo por el pueblo, precisamente sobre Diablo,
al que después de domado no había querido vender. Era evidente que
deseaba hacerse notar, vestía un pantalón nuevo, así como una camisa
limpia, espuelas brillosas y sobre su cabeza un sombrero Stetson de
ésos que usan los vaqueros en el Oeste de Estados Unidos. Desde la
testa a los pies era un hombre nuevo, diferente. Decían incluso
quienes se le acercaban que olía de una manera distinta, luego
supimos que después de bañarse cada atardecer en el latón de su hijo
se rociaba generosamente con Agua de Florida. Otros aseguraban que
se trataba de Agua de Colonia 1800 de Crusellas. En ambos casos el
polémico Abelardo olía mejor que lo que nadie recordaba.
Pocos días más tarde partió temprano para Placetas en el automóvil
de Ciprián Delgado y cuando regresó esa noche con el mismo chofer de
alquiler venía con algo que parecía una maleta de cartón, y dentro
de ella numerosas piezas de ropa para su sirvienta. Ésta se pasó
toda la madrugada revisando con satisfacción aquel ajuar, y cuando
terminó lo colgó con mucho cuidado para evitar arrugas indeseadas.
Según dijo Ciprián, Abelardo era un hombre recién cambiado,
desconocido y generoso que hasta lo invitó a almorzar en el Café
Ribera cuando terminaron de visitar todas las tiendas de ropa de la
ciudad.
Llegó la noche del domingo. La noche de la sorpresa o del milagro,
la llamarían a partir de entonces. Prácticamente toda Buenavista se
encontraba en el parque como era la costumbre dominical cuando muy
cerca del busto de Martí entró Simonetta en la plaza. Lucía un
vestido rojo modelo “chemise”, unos zapatos de tacón alto que le
conferían una mayor estatura, una cartera de piel de cocodrilo y
hasta una especie de sombrerito punzó con redecilla que le daba
cierto aire de misterio. Era tanta su hermosura que María Félix y
las demás actrices del cine mexicano, que era el único cine que se
veía en Buenavista, lucían como sirvientas al lado de Simonetta que
era nuestra única reina de belleza. Gozaba además de una simpatía
sin igual, pues saludaba y le sonreía a todo el mundo a pesar de que
casi no conocía a nadie. Fue la primera vez que se dejó ver por todo
el pueblo y al populacho le gustó. Detrás de ella, pero a muy poca
distancia, marchaba muy bien pelado y afeitado por primera vez en
muchos años el mismísimo Abelardo, que aquella noche estrenaba una
guayabera de color crudo y zapatos de dos tonos que le quedaban
chicos y lo hacían cojear, pese a los cuales mostraba un toque de
distinción desconocida hasta entonces. Quienes conocían algo sobre
la moda, principalmente las costureras Emilia Menéndez y Monga Guti,
los calificaron como ridículos, pero la mayoría de los presentes que
no sabían ni quién era Coco Chanel quedaron maravillados ante tanta
supuesta elegancia, según dijeron después a quienes estaban
ausentes. De más está decir que aquellas que la criticaron fueron
calificadas como envidiosas.
Abelardo y Simonetta pasearon por el parque durante unos veinte
minutos, y aunque él respetaba la distancia y nunca se aproximó a
ella, nosotros pensamos que ya se trataba de una pareja, de una
relación. Hubo un momento en que todos los presentes detuvimos la
marcha para verlos pasear. No teníamos dudas. La repetida historia
de la bella y la bestia. Había ocurrido un milagro. A partir de
aquella noche las chismosas del pueblo certificaron que Abelardo ya
tenía novia, algo que nadie intentó cuestionar. Desde que su esposa
murió hacía muchos años, al viejo no se le conoció mujer alguna, ni
siquiera viajaba a los prostíbulos para descargar su energía sexual,
por lo que el noviazgo con la linda jovencita fue considerado como
un acontecimiento extraordinario en el pueblucho donde nunca ocurría
nada interesante.
Encandiladas por la belleza de Simonetta, a las mujeres de
Buenavista las consumía la envidia. Oh, si pudiéramos tener un
cutis, un cabello, unos ojos o unas piernas como ella.
En cuanto a los hombres, por primera vez en sus vidas desearon ser
el hasta entonces despreciado Abelardo Santos Cuña para poder dormir
aunque fuera una sola noche con aquella mujer de insuperable
atractivo.
Unos meses más tarde, sin que sorprendiera a nadie, el viejo
anunciaba oficialmente que Simonetta y él eran novios, estaban
comprometidos pero no se casarían hasta que ante la ley quedara bien
clara la partición de las propiedades que en caso de su muerte les
pertenecerían a su hijo y a la bonita viuda por igual. Eso llevaría
tiempo pues el futuro médico tenía por derecho propio ciertos
heredamientos que provenían de su madre, la cual había fallecido de
tuberculosis cuando él era muy pequeño. Todo debía quedar bien claro
para evitar disputas innecesarias y malsanas cuando el viejo
desapareciera.
Una tarde de invierno llegó Abelardito al pueblo y fue sorprendido
por la noticia de que ya no era la única persona en la vida de su
padre. Pero, como siempre, vestía a la última moda. Llevaba puesta
una carísima camisa McGregor de las que hacían furor entre la
juventud y un par de zapatos Ingelmo de dos tonos como exigía el
buen gusto de la época. Del cuello le colgaba el estetoscopio del
cual no se separaba nunca. Hasta cuando íbamos a nadar al río La
Vega o a jugar pelota en Palazón o en Rojas lo llevaba en un lugar
bien visible, como buen hijo de Hipócrates o Galeno, por si tenía
que auscultar a un enfermo ̶─decía─̶
, algo que nunca ocurrió. Pero ahora cambiaría alguna de sus
costumbres, lo que fue muy criticado. Palos porque bogan, palos
porque no bogan. En vez de comer en la fonda de las Pajarito, y sin
que nadie se lo pidiera el futuro médico desayunaba, almorzaba y
cenaba en casa. Al parecer le gustaba como cocinaba la linda criada
de su padre a la que ahora veía por primera vez. O era la criada la
que le gustaba, insinuaban las lenguas de doble filo. En la casa
paterna invertía la mayor parte del tiempo, echando leña sin querer
al fuego de la calumnia, pues había personas que aseguraban sin
tener pruebas, que fornicaba con la que era ante todo la mujer de su
padre, a la cual le debía el mayor respeto posible. Lo único que
hacía como antes era dormir fuera para poner fin a los chismes de
alcoba. En ocasiones pasaba las noches en casa de algún amigo, de un
amigote, como decía su padre, y otras veces en los numerosos
prostíbulos desde Zulueta a Yaguajay. Durante el día andaba junto a
su progenitor como un perrito faldero y de noche abandonaba la
vivienda tan pronto cenaban, por lo que cualquier aventura con la
madrastra era imposible, pero eso no impedía las calumnias.
Muchas veces se le vio cordeleando palmiche. Es decir, el
desmochador subía a la palma y desde arriba dejaba caer la punta de
una soga que Abelardito amarraba a una estaca de la carreta y por
esa soga se deslizaría el racimo cortado hasta caer en la cama del
vehículo de ruedas enormes tirado por una o varias yuntas de bueyes.
Luego trasladaba los racimos hasta los corrales, para darles de
comer a los marranos, arreando a los mansos bueyes cuyos nombres
conocía de memoria.
─
Adelante, Comandante; avanza, Bandolero
─ gritaba
a los obedientes bovinos mientras los pinchaba para que caminaran
más ligeros.
En esos días al viejo se le veía orgulloso y proclamaba a los cuatro
vientos:
─ Vengan
para que lo vean. Un médico cordeleando palmiche. ¿Cuándo se había
visto que un médico cordeleara palmiche? Ése es mi Abelardito.
Igual sucedía cuando al estudiante se le ocurría vencer el sueño y
levantarse de madrugada para ordeñar. A horas bien tempranas llegaba
a su casa y se unía a los ordeñadores, y con el mismo rabo embarrado
de porquería de las vacas y los terneros limpiaba y frotaba las
hinchadas ubres para estimularlas, y con sus manos poco dadas al
trabajo fuerte les arrancaba a los animales la espumosa leche que
luego iría al mercado local. Hasta las vacas daban más leche cuando
el hijo ordeñaba, según pensaba el viejo que lo propagaba por todo
el pueblo. Qué orgulloso estaba de su médico. Y eso que no tenía el
título todavía. Cómo sería cuando se graduara.
El primogénito no decía nada, pero también se le veía ufano por su
tarea. Esa labor y otras aún más duras le servían al joven de
entretenimiento. Además, los trabajos que realizaba redundaban en
beneficio de la finca y los animales que un día no muy lejano serían
suyos. Aunque ya no serían sólo suyos porque habría que repartirlos
con la madrastra, pero había suficiente para ambos. Recuerdo cuando
Abelardito partió de regreso para La Habana. Iba bien contento. Sólo
le faltaba un puñado de asignaturas para graduarse. No sabía todavía
si volvería a Buenavista como médico rural o abriría su oficina en
la capital de la provincia, donde tendría más posibilidades de
especializarse en cardiología, que era lo que más le gustaba, según
le había confiado a su progenitor. Posiblemente un consultorio en
Santa Clara que le costaría varios miles de pesos al padre sería lo
más apropiado para él hasta que su papá no pudiera seguir
administrando los negocios. Entonces él regresaría al pueblo para
hacerse cargo de las posesiones que eran muchas. Más de medio millón
de arrobas de caña que se molían en dos centrales azucareros, Adela
y San Agustín, ganado vacuno en varios potreros y un corral con
diversos tipos de aves. Esto es lo que pensaba Abelardito, pero como
dice el proverbio: “El hombre propone y Dios dispone”.
Todavía no se sabe de quién fue la idea, pero alguien le envió una
carta al rector magnífico Dr. Clemente Inclán indagando cuándo se
graduaría el estudiante. Hacía mucho tiempo que el anciano
sospechaba que algo extraño ocurría. Así lo creía el padre benévolo:
su amado hijo estudiaba y estudiaba, el infeliz se quemaba las
pestañas leyendo tantos libros muy gruesos y nunca acababa de
graduarse. Una vez le preguntó a qué se debía esa situación y el
casi doctor le respondió que la Fisiología era una asignatura muy
difícil y extensa que requería varios años, pero que él la vencería,
etcétera, etcétera. Otras veces eran la Anatomía o la Patología
Clínica. Siempre había una disciplina que impedía la inmediata
graduación, pero él la dominaría para que su padre se sintiera
orgulloso como nunca.
Cuando llegó la respuesta del rector ardió Troya. Ojalá nunca
hubiera llegado. Abelardo Santos Pérez ya no era estudiante de la
Universidad de La Habana. Casi un lustro atrás había cursado el
primer año de la carrera de Medicina y luego sin dar explicaciones
abandonó sus estudios habiendo aprobado solamente algunas materias.
A continuación se detallaban las pocas asignaturas aprobadas y las
que había suspendido. Las últimas eran mucho más que las primeras.
Lo que no decía la epístola del rector era que durante esos años el
muchacho gastó el abundante dinero que recibió de su padre en putas
caras y orgías con amigos que sólo querían explotarle. Como el viejo
no sabía leer, fue Simonetta la encargada de darle a conocer el
contenido de la misiva. Cuentan que al padre se le salieron las
lágrimas. No por el dinero que había invertido en la educación del
hijo pródigo, así dijo, sino por el engaño al que éste lo había
sometido. Cuánto tiempo lo tuvo haciendo el ridículo.
El viejo ordenó al eterno estudiante que regresara a casa
inmediatamente. Ni un minuto más en la capital dándose la gran vida,
a joderse sudando en los surcos. La noche en que volvió a Buenavista
en la máquina de Ciprián Delgado que lo esperaba en Placetas fue
tanto el escándalo en casa de los Santos que cientos de chismosos se
congregaron en la calle para escuchar la discusión. Al recién
llegado se le vio cariacontecido. Tenía miedo de enfrentarse al
padre pero decidió dar la cara y afrontar el castigo como un hombre
de verdad, lo que le concedió cierto valor ante algunos conocidos.
Aún así la mayoría pensaba que el escolar merecía un verdadero
escarmiento por burlarse del anciano. Abelardo que tenía fama de
pacífico insultó a su hijo tan pronto lo vio, lo acusó de
malversador, lo amenazó con desheredarlo y terminó dándole una
bofetada que fue muy aplaudida por los curiosos. La bella no dijo ni
media palabra.
A partir de ahí todo cambió. El viejo presentó un recurso en la
corte y despojó a su retoño de todos los derechos de herencia.
Invalidó los deseos de su fallecida mujer. La única heredera de su
fortuna si se portaba bien sería Simonetta. Para el hijo embustero
ni un kilo prieto, juró el dueño. Abelardito mantendría el derecho a
vivir en la casa y a trabajar para ella pero nada más. Se terminaron
las buenas comidas, la fonda de las Pajarito donde tanto lo
complacían hasta con filete mignon, las borracheras en el
Chorrerón, las fiestas con el vino español que mucho le gustaba, las
bebederas con amigas de dudosa moralidad en la piscina de Baldomero
Acosta, las madrugadas en los prostíbulos de Placetas,
principalmente en el “336” donde era recibido por las putas como
cliente de primera clase, las juergas en otros pueblos y las noches
de ronda como decía el insuperable Agustín Lara.
─
Vivirás por lo que dé la mocha. Se acabaron los parásitos ─
afirmó el decepcionado padre.
Pocos días después el juez Ramón Casalla declaraba al viejo y su
sirvienta marido y mujer. El juez, que sobresalía por su
corpulencia, gozaba también de mucho respeto porque era un hombre
íntegro y entre otras medidas había terminado con las riñas a
puñetazos en los bailes de la zona sentenciando a varios meses de
cárcel a quienes participaban en las peleas, y anunció que cualquier
persona que se burlara del viejo durante la boda sería castigado a
una larga pena de prisión. Casalla y el novio eran íntimos amigos y
siendo jóvenes idealistas habían combatido durante la guerrita de la
Chambelona en 1917 cuando los liberales dirigidos por los generales
de la independencia José Miguel Gómez y Gerardo Machado intentaron
derrocar al presidente Mario G. Menocal, acusado de haber cometido
fraude en las elecciones que lo llevaron al poder.
Aé, aé, aé la chambelona,
Aspiazu me dio
botella y yo voté por Varona,
aé, aé, aé la
chambelona...
El juez perdió una pierna por una herida de bala que se le infectó
en el combate de Caicaje donde Abelardo tuvo mejor suerte y resultó
ileso. La amistad entre ellos continuó toda la vida y al enterarse
que se quería casar con la jovencita, Casalla trató de disuadir a su
hermano de sangre, pero comprendió que todo sería inútil, pues éste
había contraído la dulce enfermedad del amor, lo peor que le puede
pasar a un viejo, sobre todo si se trata de una mujer joven y bella,
porque no hay médico que pueda curar ese mal por muy sabio que sea.
De todas formas habló con su antiguo compañero de armas.
─
Mira, Abelardo, ya tú no tienes edad para lo que quieres hacer,
recapacita ─
le dijo Casalla.
─ Sabía
que te opondrías sin razón, pero te digo una cosa a ti que has leído
tanto, el patriarca Abraham era más viejo que yo, y según la Biblia
tuvo un hijo a los cien años.
─
Eso fue en la Biblia, pero en la vida real es una verdadera locura.
Tú podrías ser el abuelo de esa niña. Y espero que no pretendas
tener un hijo como Abraham. Harías el ridículo. ---Así terminó el
consejo del juez sin ningún resultado. Abelardo estaba profundamente
enamorado e insistió en casarse.
Llegó el día del casamiento. Junto al representante de la ley estaba
el padre José María, un sacerdote franciscano de Remedios que leyó
la epístola de San Pablo, haciendo jurar a los flamantes cónyuges
que se respetarían y serían fieles el uno al otro en la riqueza o en
la pobreza, y en la salud o en la enfermedad hasta que la muerte los
separara, lo que hizo sonreír maliciosamente a más de uno de los
presentes, pero nadie se atrevió a hablar en voz alta.
Prácticamente todo el pueblo se aglomeró frente al juzgado para
verlos salir. Ella se veía preciosa y mostraba una sonrisa
inigualable, al parecer ya había conseguido lo que se propuso desde
el día en que llegó a Buenavista; él parecía lo que era, un vejete
con fortuna, y también exhibía una sonrisa de oreja a oreja. Hasta
Severa, la mujer del juez que ya estaba arterioesclerótica y vivía
en un mundo irreal, se entusiasmó con la ceremonia a pesar de que le
chocaba tanta diferencia de edad y cantó el Ave María
de Schubert en honor de los desposados, aunque pocos entendieron lo
que decía Severa, y muchos la aplaudieron con entusiasmo.
Abelardo le llevaba casi 50 años a su esposa, y aseguraba que
‘’todavía tenía con qué’’, pero algunos lo pusieron en duda. El hijo
también estuvo en el juzgado durante el casorio, no dijo ni una
palabra pero le entregó una flor, un solo clavel rojo, a su nueva
madrastra. En lo que sería el único acto de desprendimiento
monetario en su larga vida, el novio fue hasta la panadería de Juan
Vergel y regaló dulces y refrescos a los numerosos espectadores que
quedaron maravillados ante aquellos excesos. El panadero lo obligó a
pagar por la mercancía antes de llevarla al juzgado, pues en
cuestiones de dinero nadie confiaba en Abelardo, quien le ordenó a
su vástago, delante de todos, que no fuera a dormir en la casa por
la noche. Los recién casados no querían interferencias durante esa
ocasión tan especial.
Cuando el hijo protestó porque según dijo no tenía dónde dormir, la
respuesta fue categórica:
─
Pues te acuestas en el parque, que no te vendrá mal que duermas al
sereno. O búscate un par de putas que te acompañen.
La primera noche de la luna de miel la pasaron los recién casados en
la última habitación de la casa, muy cerca del corral de los
puercos, escuchando el gruñido de los marranos. La luz se mantuvo
encendida casi toda la madrugada, lo que hizo pensar a los mañaneros
que Abelardo mantenía en alto su virilidad y no fueron pocos quienes
lo felicitaron. Al día siguiente el viejo se levantó bien temprano
como era su costumbre, dejó en la cama a la bellísima esposa y se
fue a guataquear una punta de yuca en los límites de la finca;
Simonetta reinició sus tareas domésticas poco después y Abelardito
regresó a la casa sabiendo que desde aquel momento en adelante
tendría que trabajar como cualquier hijo de vecino. Y sobre todo,
debería respetar como a su propia madre a la recién desposada que
desde ahora y por siempre decidiría lo que había que hacer. No hubo
que esperar a que su padre le asignara el trabajo a realizar, fue su
flamante madrastra la que le señaló sus deberes para cada jornada,
incluyendo los domingos y otros días de guardar, porque los animales
y la tierra no conocían el ocio, ni tampoco los hombres de vergüenza
tenían el derecho de darse ese lujo.
Cuando el viejo volvió casi al anochecer se mostró muy satisfecho
por la forma como Abelardito había cumplido con sus deberes. La
cerca de alambre de púas que estuvo rota por algún tiempo impediría
ahora que las vacas penetraran en el maizal. Cenaron en silencio los
tres juntos, como una verdadera familia, y cuando el patrono terminó
de comer se despidió con un beso de su mujer alegando que había
trabajado mucho; ni siquiera se bañó, fue directamente a su
habitación y sin lavarse los pies enfangados se echó a dormir sobre
las sábanas limpias y almidonadas, pero no por mucho tiempo. Como
desconfiado que era, Abelardo se levantó y tratando de no hacer
ruido, casi que en puntillas, estuvo un buen rato detrás de una
puerta escuchando lo que hablaban en el comedor. El tema que
discutían esa noche era si la gente joven para vivir prefería a La
Habana sobre las provincias. Ella decía que los jóvenes odiaban el
campo, mientras que él aseguraba que no era así. Cuando se convenció
de que la conversación era anodina, que no había nada que temer, que
aquella charla no le interesaba, volvió a la cama, podía dormir
tranquilo. Su mujer y su hijo sabían de sobra lo que les esperaba si
intentaban traicionarlo de cualquier manera.
El estudiante desertor y la esposa de su padre permanecieron
sentados junto a la mesa. Él la odiaba porque sospechaba que ella
había sido la gestora de la carta al rector, pero tenía las manos
atadas, al menos por el momento no podría hacer nada. Nunca pensó en
conquistarla porque su padre era lo que más temía en el mundo. Ya
con lo de la universidad era suficiente. Si hacía cornudo a su viejo
podría hasta costarle la vida. Él sabía de lo que éste era capaz si
se creía agredido. Nadie podría quitarle lo que le pertenecía, y
Simonetta era suya.
En cuanto a ella, sentía temor a una posible represalia, quizás
hasta una agresión física por parte de su hijastro, pero cuando
intentó explicarle al esposo que lo mejor sería sacar al hijo de la
casa él le respondió categóricamente que no. El malversador, así lo
llamó, tendría que pagar con su trabajo en el campo los años de
disipación perdidos en La Habana. Entonces la joven madrastra
decidió ganarse su amistad, no le quedaría otro remedio que fumar
con él la pipa de la paz.
Y la paz imperó en el hogar durante varias semanas. Todo transcurría
a pedir de boca. Cada quien conocía sus deberes y si no, ahí estaba
el jefe de todo y de todos para recordárselos. Ahora eran cuatro
brazos para trabajar la tierra y ésta les daba sus mejores frutos.
Las aves de corral ponían más huevos, los terneros crecían y
engordaban, los puercos se cebaban, las vacas daban más leche y las
viandas se cosechaban por quintales. Todo gracias al trabajo duro.
Con el pasar de los días cesaron las calumnias sobre Simonetta y su
hijastro. No podían llevarse mejor. La suerte les sonreía. ¡Qué más
podían pedirle a la vida!
Pero cuando parecía que sus existencias marchaban por el cauce
deseado, que nada podía cambiar, el viejo sufrió una grave apoplejía
y estuvo a punto de morir. Lo trasladaron con urgencia a la Clínica
del doctor Fernández en Placetas y milagrosamente pudieron salvarlo,
pero quedó hecho un adefesio, un muñeco sin cuerda, decía el hijo.
Estaba paralizado del lado izquierdo, no hablaba ni reconocía a
nadie y no se podía tener en pie. Nunca determinaron la causa del
derrame cerebral. Pudo ser por una trombosis o una hemorragia, y el
enfermo sufría entre otras cosas de labilidad emocional, es decir
que era víctima de crisis inesperadas de llanto, ira o risa, y por
supuesto de una aguda depresión. Ya no había razón para temerle, era
un cero a la izquierda, pensaron sus más allegados. Después de
varios días luchando tenazmente para evitar el fin, Simonetta lo
trajo de vuelta a la casa en una ambulancia. Sería un largo proceso
de recuperación debido a la edad avanzada. No había garantías de que
superaría la terrible enfermedad.
─
Tienen que cuidarlo mucho para que vuelva a su actividad normal, y
hacerle cada día sus ejercicios, eso es lo principal, la terapia es
fundamental en estos casos ─
le advirtieron los médicos, pero la joven esposa ya se iba y apenas
si los escuchó.
Como señal de respeto lo ubicaron en el primer cuarto, el más
amplio, desde donde podía mirar hacia la calle para que se
entretuviera en algo. Así pasaba la jornada. Mirando y mirando.
Solamente sus ojos parecían haber vencido a la apoplejía y la
muerte. Eran su única forma de reacción ante el mundo exterior. No
era capaz de articular las palabras más elementales ni de caminar y
tenía que hacer un enorme esfuerzo para tragar, ya fuera el agua o
los alimentos sólidos, pero sus ojos seguían vivos, observando sin
cesar lo que le rodeaba, querían abarcarlo todo.
A partir de las ocho de la noche, Simonetta y Abelardito se dirigían
a la habitación del viejo, le daban algo de comer, a veces contra
su voluntad, lo aseaban un poco con un alcohol especial de color
verde patentado por el farmacéutico doctor Florentino Fundora que
almacenaban en el tocador, le hacían engullir un somnífero fuerte,
lo lanzaban sobre la cama y lo ponían a dormir. El enfermo caía como
un tronco en el lecho conyugal y a los pocos minutos roncaba como un
bendito. No se despertaría en doce horas. Como un bebé chiquito.
Entonces la joven esposa y su entenado se sentaban sin miedo a la
mesa para cenar. No tenían que preocuparse de que los estuvieran
vigilando como antes. La antigua criada y ahora señora de la casa no
cocinaba platos muy diversos, pero los que conocía le salían muy
bien. La comida era casi siempre igual: sopa o frijoles de distintos
colores y sabores, arroz blanco, algún tipo de carne con vegetales
los días de más suerte, y viandas cosechadas por ellos mismos. Una
vez terminada la cena permanecían sentados a la mesa conversando
casi siempre sobre el trabajo del día siguiente, planificando lo que
había que hacer y escuchando alguna de las novelas que transmitía la
radio. Ambos vivieron momentos de intensa emoción con la obra El
derecho de nacer, del poeta Félix B. Caignet, la historia de un
muchacho, hijo natural, que fue repudiado por su abuelo rico quien
al final terminó aceptándolo; y lloraron juntos cuando recibieron la
noticia de la muerte de María Valero, una de las estrellas
radiofónicas que los hizo soñar con el amor, la cual fue arrollada
por un automóvil en la Avenida del Puerto cuando se disponía a
presenciar la llegada del Cometa Halley, que se hace visible cada 75
ó 76 años.
Fueron precisamente estas novelas de amor las que poco a poco los
unieron. Habían terminado de escuchar un lacrimógeno episodio en la
radio cuando ella se emocionó y comenzó a narrarle su desdichada
niñez. Sin saber por qué. En un momento le confió sus más íntimos
secretos, le contó de dónde venía, del dolor del hambre, de la
incertidumbre que provoca el no saber quiénes son los padres
biológicos, de los hogares rotos por el alcohol, de sus esperanzas y
de sus ambiciones y le confesó que para salir de la vida miserable
que conoció desde siempre y a la que nunca se acostumbró era capaz
de cualquier cosa.
─
Cualquier cosa ─
enfatizó.
Abelardito no respondió, pero comprendió que el matrimonio de
Simonetta con su padre había sido una de las muchas cosas que ella
estuvo dispuesta a hacer para escapar de la miseria. Era de armas
tomar. Cuántas actitudes de mujer digna no sería capaz de simular
para lograr lo que se proponía. Muy cerca de ellos los ronquidos del
viejo rompían el silencio de la noche. Pero ambos parecían no
escuchar. No estaban dispuestos a limitarse ahora que no había nada
que los amenazara. Se acercaron uno al otro peligrosamente. Los dos
tenían el mismo deseo de entregarse. Ese deseo de entrega que sólo
son capaces de sentir los que aman. Apagaron la luz del comedor para
evitar miradas indiscretas y se acercaron aún más. Cuando se dieron
cuenta se estaban besando. Besos desesperados que intentaban borrar
la angustia y el temor que habían vivido en los últimos años bajo el
látigo del tirano inmisericorde que ahora estaba en los umbrales de
la muerte. Esa sensación de que el dueño de todo pronto
desaparecería los hacía libres. Los liberaba del miedo. Del comedor
pasaron a otra habitación donde dieron rienda suelta a sus apetitos
largamente reprimidos. El convencimiento de que la parca ya rondaba
su casa para que dejaran de temer, los había convertido en
cómplices.
Pasó el tiempo y los dos admitieron que odiaban al viejo, que éste
merecía el desprecio de ambos, y dejaron de preocuparse por él.
Abelardo era un estorbo. Qué felices serían ellos dos solos en el
viejo caserón. No deseaban simular más. Ella no quería seguir
aparentando que era la esposa buena, la mujer sacrificada. No le
debía nada a nadie, menos aún a su marido. Simonetta ya no toleraba
asear diariamente al enfermo, lavar sus excrementos, limpiar sus
constantes vomiteras. Le causaba asco, deseos de arrojar lo que
tenía en el estómago. Trataba de esquivar aquella mirada. No tenía
por qué fingir. Cada día se alejaba más y más de su esposo. Cuando
le daba la comida le metía con rudeza la cuchara en la boca,
brutalmente, haciendo que el paciente se atragantara. En cierta
ocasión le rompió un diente y ni siquiera lo llevó al dentista para
que lo curara. Para lo que le queda en el convento, se justificó. A
la hora del baño, muy de cuando en cuando, lo sentaba desnudo en una
batea que colocaron cerca de la cama y sin tocarlo ni aproximarse
mucho le lanzaba encima cubos de agua con creolina para que no
oliera mal. Cuando se acordaba le entregaba un cepillo para
limpiarse los dientes, pero el enfermo no recordaba como usarlo y
ella montaba en cólera. Le molestaba el hedor que despedía. En
ocasiones el viejo pretendía rebelarse ante esos atropellos y
trataba de hablar, de comunicarse, y cuando no lo lograba era
evidente su desesperación y hasta dejaba caer una lágrima, pero su
mujer estaba insensibilizada y él no podía hacer nada para escapar
de la penosa situación.
En cuanto al hijo, se preguntaba qué derecho había tenido el padre
para haberlo despojado de la herencia que le dejó su madre. El odio
a aquel ser humano desvalido los unió aún más. La solidaridad de las
bestias. Durante el día se besuqueaban por todos los rincones de la
casa y se revolcaban hasta en el establo evitando el ojo escrutador
del enfermo, pero una vez éste los vio e intentó decirles algo, y
desde entonces a ellos no pareció importarles. Llegaron incluso a
hacer el amor al alcance de los ojos amenazadores.
Además, como si estuvieran avergonzados sin darse cuenta de su
conducta bestial, de sus pecados, del constante abuso de aquel ser
desvalido, comenzaron a beber grandes cantidades de alcohol para
lavar la ignominia. No tardaron en consumir litros de etanol robados
de la destilería del central Adela cuya fabricación no era
precisamente para preparar cócteles que serían ingeridos por seres
humanos. Pero el efecto de los diferentes tipos o grados de alcohol
era el mismo: evadirse de la indigencia moral en que vivían.
Abandonaron por completo el trabajo en la finca y en la casa.
Despidieron a los trabajadores. Ya nadie sembraba ni atendía a los
animales. Sin proponérselo adoptaron como actitud la divisa de la
pereza italiana: Il dolce far niente. No hacer nada era su
lema. Y se hundieron irremisiblemente en la peor de las miserias,
que es la del alma.
Una noche durante las habituales libaciones alcohólicas, Abelardito
tuvo un rapto de celos y le reprochó a su amante que se hubiera
acostado con aquel ser asqueroso, babeante eterno, así lo calificó,
y ella le confesó que el anciano nunca pudo penetrarla, que lo
intentó varias veces pero que jamás tuvo una verdadera erección.
─
No se le paraba. Eso era de esperar a su avanzada edad, pero él no
cejaba en su empeño y yo me limitaba a cerrar los ojos para no
verlo, tanto era el asco que me causaba, imagínate mi sufrimiento
cada vez que se lanzaba encima de mí ─
dijo Simonetta.
─
¿Entonces por qué estuvo la luz encendida en tu cuarto toda la
noche?
─
continuó indagando el muchacho.
─
Te repito que no se daba por vencido. Lo intentó muchas veces, pero
todo fue inútil. Llegó hasta a golpearme en su intento de poseerme,
como hacen los caballos sementales cuando la yegua no se deja montar
─
le explicó.
Abelardito rió estrepitosamente ante esa imagen tan gráfica de los
caballos y las yeguas y en el colmo de la bajeza esa noche tuvieron
sexo con la luz encendida en la cama donde dormía el viejo, que
desde su sillón los miraba con odio de bestia acorralada. Después de
esa relación sexual, ambos estaban tan borrachos que se les olvidó
poner a dormir al inválido, y éste pasó la noche entera sentado
sobre sus propias excretas, rodeado de moscas y dormitando en su
poltrona.
─
Bastante hacemos por él, cuánto mal nos hizo a pesar de lo bien que
lo tratamos siempre. No merece nuestros cuidados
─
se justificaban.
Como era de suponer, aquellas borracheras y el ambiente de
corruptela que se creó en la vivienda no podían conducir a nada
bueno. Cada día la casa parecía volver a la época cuando nadie la
limpiaba. Los insectos y las telarañas competían entre sí y lo
cubrían todo. No había dinero para pagar al fumigador. Nadie se
limpiaba los pies para entrar. El joven sólo se levantaba de la cama
para ir a recoger algunos frutos menores o huevos necesarios para
comer, o para capturar una que otra gallina con qué alimentarse,
pero éstas escaseaban a ojos vista pues las cercas y el gallinero
estaban rotos nuevamente y él no los reparaba, y los animales
aprovechaban para huir o eran robados sin que ellos parecieran darse
cuenta. Los pollos que no escapaban ni morían de hambre eran
canjeados por botellas de ron o de aguardiente malos que llenas o
vacías pululaban por todos los rincones. El “chispa ‘e tren” se
apoderó de sus voluntades. Se dejó de cosechar, de perseguir las
raíces del marabú que se apropiaba de la tierra fértil cada día,
cada minuto, y en poco tiempo la finca se convirtió en un erial. Los
cerdos tampoco eran alimentados, nadie cordeleaba el palmiche. Ellos
mismos dejaron de bañarse todos los días y despedían un hedor
insoportable. El abandono se apropió de su casa y de sus vidas.
En cuanto a la bella, apenas cocinaba lo poco que le traía su
amante, no limpiaba la residencia y menos aún aseaba a su vetusto
esposo que a veces permanecía muchas horas sobre la cama sin que
nadie lo ayudara a levantarse. En cuanto a bañarlo, era sólo un
recuerdo de tiempos mejores. Ahora el enfermo podía orinarse o
defecarse sin llamar la atención, o estaba días sin o con muy pocos
alimentos, lo que lo había hecho enflaquecer, se estaba convirtiendo
en una especie de esqueleto agonizante. Para evitar que los vecinos
lo vieran y se enteraran de lo que sucedía, del misterio que se
ocultaba tras aquellas paredes, le cerraron la ventana del cuarto,
previniendo de esta manera que el paciente presenciara lo que
ocurría en la calle, que era su único entretenimiento. O que el
chino loco continuara saludándolo a través de ese último contacto
con el universo exterior. Pero aún así no pudieron evitar que todo
el mundo se diera cuenta de lo que ocurría. Alguien habló con el
juez Casalla sobre esa situación, pero éste aseguró que no tenía
jurisdicción para entrar en la casa mientras que Abelardo no lo
solicitara o hiciera la denuncia. Posiblemente eso no era
exactamente cierto, pero Casalla era ya un anciano cansado que muy
poco podía hacer. Los médicos de Placetas intentaron en vano
visitar al enfermo, pero como nunca recibieron una respuesta
positiva a sus deseos, llegaron a olvidarlo.
La crisis moral que se desató alrededor del viejo y sus jóvenes
allegados era tan grande que el pueblo se dividió en dos bandos: los
más conservadores quizás se veían en ese espejo y sentían piedad por
el enfermo que pronto habría de morir, aunque reconocían sus
defectos, y los otros pensaban que los amantes no tenían ninguna
obligación de cuidar de alguien que nunca mostró amor por los demás.
Ambos grupos esgrimían sus razones con la misma vehemencia. Algunos
hasta cruzaron apuestas, y también hubo peleas como la del isleño
Perdigón, un mecánico muy fuerte, que un domingo en medio del
parque, tras salir de misa, le dio un tremendo puñetazo a un
guajirito que en su borrachera pedía a gritos la muerte del anciano
hemipléjico sin saber a ciencia cierta de qué se trataba.
Sólo una cosa era verídica: Abelardo Santos Cuña estaba secuestrado
en su propio hogar, fallecía lentamente sin ayuda de quienes debían
protegerlo y nadie lograba verlo. A veces se podía escuchar al orate
cantonés que desde la calle le gritaba algo en su mal español.
─
Capitán, no podel ver na
─
decía el asiático, sin comprender que Abelardo no podía escapar de
su prisión.
Pero a pesar de su delgadez y de su estado de indefensión el viejo
hacía esfuerzos por moverse y cada vez lograba un poco más de
movilidad, llegando incluso a salirse una tarde del sillón y en el
suelo estuvo varias horas hasta que lo encontraron esa noche a la
hora de acostarlo. Cada vez que lograba dar nuevos pasos en su
recuperación, por pequeños que fueran, Abelardo planeaba
detalladamente su venganza que sería brutal. Esa voluntad de
cobrarse todas las afrentas recibidas lo mantenía vivo. No tenía
ningún otro motivo para vivir.
Por su parte los amantes continuaban su escandalosa vida de
francachela y cada vez se ocupaban menos del apopléjico que se
babeaba, sudaba, orinaba y defecaba sin que lo limpiaran ni le
prestaran atención. En ocasiones hablaron de causarle la muerte, de
asesinarlo, aunque nunca tuvieron el valor de elaborar un plan para
eliminarlo. De todas formas, se decían, las precarias condiciones en
que lo mantenían no le permitirían vivir por mucho tiempo. No le
daban a tomar sus medicamentos que eran varios, los glúteos
mostraban numerosas escaras por estar quemados por la orina y los
excrementos y no ser cambiado de posición, y la comida estaba cada
día mucho más racionada, pero en aquel organismo deteriorado y sucio
crecía el afán de cobrar la deuda que tenían con él. Por las tardes,
cuando sus enemigos dormían la siesta y soñaban con matarlo, él
rezaba un rosario sin cuentas y siempre pedía la misma cosa al Sumo
Hacedor al que había renunciado muchos años antes, que le diera
fuerzas para limpiar con sangre todas las afrentas recibidas. No
lograba caminar ni ponerse de pie con normalidad, aunque más de una
vez y sin que lo vieran, pudo bajarse del sillón y volver a subir
sin ayuda de nadie. Sudaba copiosamente para obtener cualquier
pequeño resultado pero cuando lograba algo nuevo reía feliz por su
éxito. Sin que nadie lo viera, por supuesto. No podía darse el lujo
de despertar sospechas. Ya les pasaré la cuenta, canallas, los voy a
destruir, repetía en voz baja. Así esperaba pacientemente lo que él
pensaba que sería el momento de la victoria del odio sobre la
crueldad.
Una noche la libación alcohólica fue mayor que de costumbre.
Abelardito había conseguido mediante el intercambio de dos hermosos
pavos y de sus últimos conejos varias botellas de ron peleón con un
altísimo contenido etílico. 50% de alcohol por volumen / 80 proof,
decía la etiqueta, y en medio de aquel frenesí y cuando estaban
completamente ebrios, y guiados por la costumbre fueron a acostar al
viejo, el alcohol los impulsó a tener sexo en la misma cama donde
dormía el enfermo del cual se olvidaron por completo. El anciano los
miraba y presentía que había llegado el momento. Una vez concluido
el coito, los jóvenes bebieron un par de tragos más, y se burlaron
del achacoso testigo que se limitaba a sonreír, y como no podían ni
sostenerse en pie se echaron a dormir completamente desnudos. Al
lado de la cama yacían abandonadas dos botellas de ron.
El enfermo esperó hasta que creyó que estaban profundamente
dormidos, casi que en estado de coma o en un profundo letargo, que
eso era lo que quería, descendió trabajosamente de su sillón y de
entre los almohadones que lo sostenían sacó la botella de alcohol
verde que antes usaban para aliviarle los dolores de la artritis y
su aseo personal. Luego se arrastró hacia el tocador donde sabía que
se guardaban otros litros de ese mismo alcohol. Allí estaban.
Entonces los destapó, gateó como pudo hasta la puerta de la
habitación arrastrando su valiosa carga y ahí mismo derramó
completamente varios litros del alcohol verde que esta vez no
tendría facultades curativas. Ésa sería la trampa mortal. No
escaparían.
Una vez consumada la primera parte de su plan tomó las dos botellas
de ron abandonadas al lado de la cama y junto con la botella de
alcohol verde que le quedaba las derramó sobre las sábanas y los
pies de los amantes que dormían. Éstos no parecieron sentir el frío
del alcohol y apenas se movieron, tan ebrios estaban, hasta que el
viejo con un agotador esfuerzo tomó una caja de fósforos que
reservaba para la ocasión e intentó encenderlos, y después de
inútiles y dolorosos movimientos al fin lo logró y les prendió
fuego. A pesar de su ebriedad, los amantes se despertaron entonces
por el dolor de las quemaduras, y tratando de escapar de la cama en
llamas y de sus propios pies, corrieron aterrados pidiendo socorro
hacia la salida del cuarto, pero cuando llegaron ante la puerta
cerrada el alcohol derramado en el piso se incendió y las voraces
llamas se agarraron como sanguijuelas hambrientas a sus piernas para
no dejarlos huir.
Como era de noche y a pesar de los gritos desesperados de las
víctimas, los vecinos tardaron en llegar con la ayuda necesaria para
auxiliarlos, apagar las llamas y aliviarles el dolor, y el médico y
los enfermeros que se aparecieron después poco pudieron hacer. El
viejo volvió a trepar a su sillón, aunque tenía los pies un poco
chamuscados, y desde allí sonreía beatíficamente y lo miraba todo
con evidente satisfacción.
Abelardito fue quien peor salió. Sufrió quemaduras tan graves desde
los pies hasta el área genital que a pesar de los sueros, la sulfa,
los antibióticos y los esfuerzos de los médicos murió días más tarde
por septicemia en el Hospital de Remedios. Nunca llegó a recuperar
el pleno conocimiento y sus dolores fueron terribles. Dicen que en
su delirio pedía perdón al padre que le causó la muerte, pero eso
pudo ser sólo una invención de alguna enfermera piadosa. La familia
de Joaquín Cáceres prestó su panteón en el cementerio de Buenavista
para evitar que por una paradoja de la vida sepultaran a Abelardito
junto al padre al que tanto llegó a odiar. No debían estar cerca ni
después de muertos. En cuanto a Simonetta, sobrevivió a sus lesiones
pero quedó prácticamente inválida para toda la vida pues hubo que
amputarle una pierna por debajo de la rodilla. Quienes antes la
llamaban la bella ahora la denominaban la bruja y la culpaban de
todo lo ocurrido.
Abelardo Santos Cuña fue condenado a prisión por asesinato en primer
grado e intento de asesinato a pesar de que su abogado justificó sus
actos como defensa propia y una justa represalia por los abusos que
sufrió de manos de su hijo y de su esposa que también lo querían
matar. Nunca se repuso totalmente de la apoplejía, tampoco recobró
completamente el habla y murió pronto en la cárcel donde estaba
recluido jurando que era inocente, que se lo merecían.
Simonetta cobró la herencia del anciano homicida, vendió la finca y
se marchó del pueblo. La tarde en que la vimos irse llovía
torrencialmente como el día que llegó. Nunca la volvimos a ver ni
supimos para dónde se fue.
Enrique Guillermo Morató
nació en La Habana, Cuba (1936). Cursó estudios
de filosofía y trabajó como jefe de redacción y corrector en la
Editorial Arte y Literatura de La Habana desde 1973 hasta 1980, fecha en que
abandona el país a través del éxodo del Mariel. En los Estados
Unidos, trabajó durante varios años como redactor de noticias en la
cadena de televisión nacional Univisión y en el Canal 23 – WLTV de
Miami entre 1986 y 2004. Algunos de sus relatos han sido publicados
en la Revista Literaria Baquiana y en otros medios de prensa
(digitales e impresos). Es autor del libro El sueño de la
calabaza y otros relatos (Ediciones Baquiana, 2010).
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