Miami
Estados Unidos
Año XII

Nº 69/70

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

HISTORIA DE UN MAL AMOR

(Noveleta)

por

Enrique Guillermo Morató

 

     Llovía torrencialmente cuando la vimos por primera vez. Nosotros conversábamos animadamente o más bien discutíamos en el portal de la Sociedad Liceo de Buenavista sobre algún hecho trivial que no recuerdo y tuvimos que entrar corriendo en el edificio tratando de escapar del agua que amenazaba con mojarlo todo. Las nubes se abrían con una ferocidad desacostumbrada en el pueblo donde llovía cada día del año, pero siempre suavemente y nunca por más de cinco minutos. Era una verdadera tormenta o más bien una especie de inesperado ciclón de verano. Entramos en la Sociedad y mirábamos sorprendidos el aguacero por las ventanas cuando la descubrimos. Se encontraba precisamente en el sitio del portal donde nosotros estuvimos pocos minutos antes. Su cara me recordó a Simonetta Vespucci, la bellísima modelo italiana que según la leyenda utilizó Sandro Botticelli para su cuadro El nacimiento de Venus que yo había visto por casualidad en esos días en una revista de modas. Igual que a Simonetta, el cabello intensamente rubio le llegaba a la cintura y con su mano derecha intentaba cubrirse los senos que se insinuaban a través de la tela mojada de su blusa. Estaba descalza. Lo único que le faltaba era la concha bajo sus pies para imitar la obra maestra del pintor renacentista italiano que se encuentra en Florencia.

     Nosotros permanecíamos asombrados y mudos ante tanta belleza mientras que la Venus se nos acercó completamente empapada, y desafiando la lluvia y el ruido de los truenos nos preguntó casi que a gritos:

      ¿Saben dónde vive Abelardo Santos Cuña?

     Sus palabras sonaron a música en nuestros oídos. Si no hubiera estado lloviendo yo me hubiera prestado para guiarla, pero la tormenta me impidió cualquier gesto caballeroso. Por supuesto que sabíamos quién era Santos Cuña, posiblemente el hombre más rico de la comarca, y uno de los más miserables. Su casa con techo de guano y tablas de palma pintadas de blanco y azul estaba a la salida del poblado, cerca del cementerio, y era fácil llegar a ella sin necesidad de un guía porque bastaba con indicarle a quien la buscaba que desde la calle se percibía el mal olor, que era imposible ignorar la peste que brotaba de la vivienda donde hacía años que nadie limpiaba.

     La última persona que intentó eliminar y casi mantuvo  a raya la suciedad en aquella casa fue Dionisia, la hermana mayor del agricultor miserable, quien había sido el  único familiar que le hizo compañía al viejo hasta que un mal día murió por la patada de un caballo garañón. La mañana en que ocurrió la tragedia Dionisia se había levantado más temprano que de costumbre para esperar a Antonino Correa, el capador, que siempre que lo llamaban estaba dispuesto a castrar a cuantos animales se le presentaran. La jornada comenzó con normalidad, Abelardo había ordenado que bien temprano sacaran de la caballeriza a Diablo, un potro salvaje de tres años al que nadie se le podía acercar y ya se le daba por indomable. Castrarlo era la última oportunidad de pacificarlo y prepararlo para la doma, después sería vendido a un buen precio porque el animal de trote, pelo negro brilloso, músculos poderosos y muchas condiciones prometía ser perfecto para los vaqueros que trasladaban el ganado a otras regiones, incluso al lejano Camagüey, donde constantemente se compraban toros de alta calidad.

     La orden de entregarle el caballo a Antonino fue cumplida por Lelo Perendengue, el caballericero, que sacó del pesebre al animal y lo llevaba hacia donde estaba el capador, que ya andaba listo con sus afilados cuchillos para comenzar su sangrienta labor. Todo marchaba bien, y hasta Diablo parecía estar aquella mañana más obediente y manso que nunca pues se dejaba conducir tranquilamente por Perendengue que, como siempre, iba silbando alguna canción. Entonces ocurrió lo inesperado, Dionisia salía de la casa con varios recipientes metálicos en los que recogería  los testículos de los toros que también serían castrados aquel día, para cocinar la sabrosa criadilla o huevos de toro que tanto le gustaba a su hermano, y en la semioscuridad del amanecer no se dio cuenta de que se acercaba Lelo con el nervioso semental. Fue cuestión de segundos. Nadie vio cómo la mujer chocó contra las ancas del potro que se asustó con el ruido de los cacharros de cocina, tirando una potente patada que alcanzó a la anciana en medio de la frente y ésta caía fulminada por la magnitud del impacto. Fueron inútiles los esfuerzos de Antonino y otros trabajadores para resucitar a Dionisia la cual no tuvo tiempo para ver la causa de su muerte. El hermano no le concedió a la difunta ni siquiera el derecho a una sepultura decente y tan pronto el juez levantó el cadáver fue transportado a una funeraria en Remedios para ser cremado.

     Luego comenzó la castración como si nada hubiera ocurrido. Además de Diablo, Antonino castró ese día ocho toros a los que se les amarraron las patas traseras para que no pudieran escapar al sentir el dolor. Se decía que había capadores que para minimizar la sensación dolorosa en los animales usaban anestesia local pero de hacerlo así se perjudicaría el sabor de la criadilla y Abelardo no quería permitirlo. También se decía a manera de justificación que los cortes que daba Antonino con su bien afilado cuchillo eran un tormento menor comparados con la castración por maceta que se usaba en otros sitios. En este último método  el capador inmoviliza las cuatro patas del toro, luego le acerca por detrás una mesa o meseta bien fuerte y encima coloca los testículos, y una vez que estén bien colocados les asesta uno o varios golpes violentos con una especie de maceta, mandarria o martillo enorme destruyéndolos por completo. ¡Qué salvajada! Es tanto el suplicio que según algunos testigos las pobres bestias lloran y se les aflojan los dientes, pero ni el capador ni los dueños se compadecen de los animales martirizados.   

     Aunque no sabía cocinar ni podía leer una receta de cocina porque era analfabeto, Abelardo se dio durante el almuerzo un atracón de criadilla al estilo fricasé cocinada por él mismo. Primeramente ordenó comprar una botella de ron y una caja de cerveza para los trabajadores, así lo dejarían tranquilo, y cuando caparon el primer bruto él se apropió de los testículos y se escondió en la cocina sin que nadie lo viera para no tener que compartir con los capadores su alimento, y recordó que para comenzar Dionisia tomaba dos testículos de toro de tamaño regular y les quitaba una especie de tela que los cubre, luego los cortaba en trozos pequeños, y usaba cebolla, puré de tomate, cilantro, ajo, sal y limón al gusto; nada de sofrito, lo echó todo junto en un caldero, lo puso al fuego lento y cuando la carne estaba suave la retiró del fogón y dejó que se enfriara un poco. Después la sirvió con arroz blanco, y si le hubieran preguntado, habría respondido que ésa era la criadilla más sabrosa que jamás había comido.

     Lo que no le gustó fue cuando terminó de almorzar y regresó al patio en busca de los otros testículos, resulta que como Dionisia no estaba presente para recogerlos, Antonino se los tiró a los perros que los devoraron en un santiamén. El cabrón de Antonino, susurró el viejo que se sintió traicionado, pero no pudo echarle nada en cara porque éste nunca le cobró ni un centavo por capar a sus animales, lo que significaba un ahorro sustancial.

     En ningún momento le importó el fallecimiento de la vieja que había decidido acompañarlo en sus últimos años a pesar de la miseria que imperaba en el hogar. Era de todos conocido que pese a su dinero Abelardo vivía como un avaro, que nunca le agradeció ni le pagó a su hermana un centavo por sus servicios ni le hizo ningún regalo de valor a pesar de que la mujer no sólo limpiaba los pisos, igualmente lavaba y planchaba con devoción la escasa ropa, y también se ocupaba de la cocina y de otras labores importantísimas como era alimentar a las gallinas y a los puercos. Todo eso gratis. La mujer era una verdadera esclava. Así había sido desde pequeña y se rumoreaba que parte de las tierras del anciano habían pertenecido y fueron robadas a la amorosa hermana. Contaban los vecinos que tenían que regalarle su ropa usada a la Dionisia porque el viejo sostenía la opinión de que con un par de vestidos deshilachados era suficiente para cubrir la desnudez, que según el avaro era el único objetivo de vestirse. Él mismo carecía de pantalones nuevos, los pocos que tenía se veían gastados por las rodillas o los fondillos, y en cuanto a las camisas ni qué decir, estaban manchadas por el sudor y llenas de grandes y pequeños huecos. De calzoncillos y camisetas ni hablar, hacía décadas que Abelardo no los usaba, y los más atrevidos le llamaban “huevos duros” pensando en cómo estarían sus testículos con tanto años de roce contra la dureza de los pantalones.

     Para completar el triste paisaje de la miseria extrema e innecesaria, cuando quería cubrir su calvicie para protegerse de los rayos solares Abelardo poseía solamente un sombrero de Panamá viejo, muy gastado, el cual usaba a cada momento, hasta para guataquear, por lo que debía lavarlo con agua y jabón cada vez que tenía que salir del pueblo para cobrar en el Central Adela el dinero de la zafra, o cuando una vez al año viajaba a Placetas para hacerse reconocer en la Clínica del doctor Leonardo Fernández, donde las enfermeras hacían muecas de asco por la peste que despedía cuando debían ayudarlo a bajarse el pantalón para  inyectarlo en la nalga, o para hacerle una radiografía o tomarle muestras de orina y sangre para los análisis. Dicen que en cierta ocasión el médico tuvo que amenazar con el despido a sus enfermeras para que actuaran frente a este paciente como lo hacían con otros enfermos.

     En fin que el viejo era a la vez sucio y miserable, jamás se gastaba dinero en la casa ni en su persona, era incapaz de pagar a una buena cocinera, casi siempre comía pan viejo con huevos fritos cocinados por él mismo y café con leche a toda hora, nunca se aseaba y vivía por debajo del más ínfimo nivel de pobreza sin que nadie supiera dónde metía el abundante dinero que producía la finca. Muchas personas decían que esa fortuna era guardada en pequeñas botijas de colores que luego eran enterradas silenciosamente en noches de tormenta en diversos sitios de la propiedad, pero eso nunca se pudo comprobar aunque algunos vecinos, los más audaces, registraron sin hacer ruido varias zonas completas del fundo. 

     Sólo había algo que lo salvaba de la condenación eterna por su constante avaricia, uno de los siete pecados capitales que según el Dante son castigados con rigor en el infierno, y era su hijo, del mismo nombre, quien estudiaba la carrera de medicina en la Universidad de La Habana. Abelardo vivía orgulloso de su vástago, del casi médico, como lo llamaba, le pagaba una casa de huéspedes para jóvenes ricos cerca de la colina universitaria, para que se relacionara con los hijos de los políticos, principalmente de los senadores, y era todo fiestas y celebración durante las escasas oportunidades en que su primogénito se dignaba a venir de vacaciones a Buenavista, algo que no hacía de buen grado. Para hacerlo regresar aunque fuera por unas horas a su pueblo el padre le prometía villas y castillas. En aquellos días las cosas cambiaban, no se escatimaba el dinero para los gastos del hogar, el joven le inyectaba sangre nueva a la casa, y aunque no dormía allí porque le era insoportable el mal olor, durante el día ayudaba a su padre a recorrer la finca, a remendar las cercas de alambre de púas, a reparar las puertas de los potreros y a contar y recontar los cerdos y las vacas que algún día serían suyos.

     Una vez terminado el recorrido, Abelardito se bañaba con agua fría en un enorme latón convertido en bañera detrás de la casona pero no comía con su papá, pues de ahí partía rumbo a la fonda de las hermanas Petra y Victoria Pajarito, frente al parque, donde desayunaba, almorzaba y cenaba opíparamente con el dinero que graciosamente le entregaba su padre, quien se negaba a acompañarlo a la fonda y continuaba ingiriendo los alimentos más baratos y desabridos mientras que el niño despilfarraba sin miramiento sus caudales. 

     Cuando murió su hermana, el viejo trató inútilmente de contratar alguna mujer que lo ayudara, por lo menos con la cocina, pero ninguna muchacha de Buenavista quiso vivir en aquella pestilencia y dos o tres jovencitas de Zulueta que ignoraban la leyenda negra y dijeron estar dispuestas a dar el terrible paso fueron reprimidas con violencia por sus propios padres. Muy lejos había llegado la fama de la casa de la peste, como la llamaban, y parecía que estaba condenada a desaparecer un día con su único ocupante en medio de una plaga de moscas, mosquitos, cucarachas y hasta ratones. Pero ese peligro no le importaba a nadie en el pueblo, es más, podríamos decir que muchos nos hubiéramos alegrado de ver saltar en pedazos la cueva de la miseria porque no tolerábamos al vejete cagalitroso y le deseábamos lo peor. Fue por eso que los gamberros que vimos por primera vez aquella tarde a Simonetta nos quedamos con la boca abierta cuando en medio de la lluvia ella nos informó que había venido con un solo objetivo, trabajar como criada para Abelardo.

     ¿Cómo es posible?  dijimos todos a la vez, pensando que aquel ser extremadamente bello se marchitaría con tan sólo entrar en la vivienda apestosa.

     Pero ella siguió en sus trece, y partió bajo el chaparrón con los zapatos en la mano cuando todos nosotros, hablando a la vez, le dimos las direcciones más elementales para encontrar la gruta del viejo apestoso.

     Durante varios días no la volvimos a ver, pero nos enteramos de que había sido bien recibida por el vetusto dueño, y según los vecinos del anciano, desde que ella entró en la casa maldita fueron desapareciendo poco a poco los malos olores que infestaban la cuadra. Su llegada a Buenavista fue bien recibida por más de uno, a los más cercanos les encantó su presencia porque prometía meter en cintura la mansión de la miseria, y para el vejestorio fue como la aparición del sol en una noche de tormentas. Se le veía poco y no conversaba con nadie; en ocasiones andaba por la parte posterior de la propiedad quemando sacos de basura o alimentando a las aves y los cerdos, otras veces derramaba baldes de agua con detergente sobre las losas y con una escoba vieja intentaba borrar las manchas de fango que el tiempo y la desidia habían grabado durante años. Era infatigable y agresiva. Un día tomó una brocha sin permiso del dueño y pintó de rosado las paredes de tabla de palma, dándole un toque femenino a la morada, algo que ni la hermana Dionisia había alcanzado a hacer en varias décadas. Al parecer al viejo no le gustó mucho el “colorcito homosexual”, así lo definió, pero no protestó.

     Simonetta aprovechó los pequeños poderes que se le iban otorgando, o que ella iba acaparando, para lograr incluso que su patrono contratara mensualmente un fumigador para acabar de una vez por todas con cuanto bicharraco vivía bajo su mismo techo. Una muestra más de lo que logra la belleza. El olor a miseria desapareció y se ganó el favor de los vecinos. En las contadas ocasiones que salía a la calle podíamos comprobar algo: continuaba siendo tan bella como aquella tarde lluviosa en que nos preguntó dónde vivía el miserable.

     Pasaron los meses y como no se le veía mucho  comenzamos a olvidarla. Llegamos a pensar que Simonetta se contagiaría con el sucio entorno en que vivía. Pero las buenas costumbres triunfan sobre las malas y se propagan, hacen milagros, y un día nos dimos cuenta de que la actitud de su patrón en algo o en mucho había cambiado por la influencia de su criada. Una calurosa mañana Abelardo entró en la tienda El Asia, propiedad de unos chinos de Cantón que nunca aprendieron español, de los que se sospechaba que comían gatos y perros, y cuando regresó a su casa llevaba bajo el brazo una pesada bolsa llena de ropa. Casi no podía cargarla de tanto que abultaba. Supimos por la locuacidad del chino loco, quien era el único empleado de aquel negocio que no padecía de mutismo absoluto porque todo el día caminaba sin rumbo con un cigarro en la boca y hablaba algún castellano, por lo menos las palabras esenciales, que se trataba de dos pantalones, tres camisas, algo de ropa interior, un juego de sábanas, dos pares de botas nuevas y tres pares de medias, en fin, una importante merca, como se decía en aquellos días, que hasta entonces parecía imposible. Al otro día Abelardo cabalgó sin rumbo por el pueblo, precisamente sobre Diablo, al que después de domado no había querido vender. Era evidente que deseaba hacerse notar, vestía un pantalón nuevo, así como una camisa limpia, espuelas brillosas y sobre su cabeza un sombrero Stetson de ésos que usan los vaqueros en el Oeste de Estados Unidos. Desde la testa a los pies era un hombre nuevo, diferente. Decían incluso quienes se le acercaban que olía de una manera distinta, luego supimos que después de bañarse cada atardecer en el latón de su hijo se rociaba generosamente con Agua de Florida. Otros aseguraban que se trataba de Agua de Colonia 1800 de Crusellas. En ambos casos el polémico Abelardo olía mejor que lo que nadie recordaba.

     Pocos días más tarde partió temprano para Placetas en el automóvil de Ciprián Delgado y cuando regresó esa noche con el mismo chofer de alquiler venía con algo que parecía una maleta de cartón, y dentro de ella numerosas piezas de ropa para su sirvienta. Ésta se pasó toda la madrugada revisando con satisfacción aquel ajuar, y cuando terminó lo colgó con mucho cuidado para evitar arrugas indeseadas. Según dijo Ciprián, Abelardo era un hombre recién cambiado, desconocido y generoso que hasta lo invitó a almorzar en el Café Ribera cuando terminaron de visitar todas las tiendas de ropa de la ciudad.

     Llegó la noche del domingo. La noche de la sorpresa o del milagro, la llamarían a partir de entonces. Prácticamente toda Buenavista se encontraba en el parque como era la costumbre dominical cuando muy cerca del busto de Martí entró Simonetta en la plaza. Lucía un vestido rojo modelo “chemise”, unos zapatos de tacón alto que le conferían una mayor estatura, una cartera de piel de cocodrilo y hasta una especie de sombrerito punzó con redecilla que le daba cierto aire de misterio. Era tanta su hermosura que María Félix y las demás actrices del cine mexicano, que era el único cine que se veía en Buenavista, lucían como sirvientas al lado de Simonetta que era nuestra única reina de belleza. Gozaba  además de una simpatía sin igual, pues saludaba y le sonreía a todo el mundo a pesar de que casi no conocía a nadie. Fue la primera vez que se dejó ver por todo el pueblo y al populacho le gustó. Detrás de ella, pero a muy poca distancia, marchaba muy bien pelado y afeitado por primera vez en muchos años el mismísimo Abelardo, que aquella noche estrenaba una guayabera de color crudo y zapatos de dos tonos que le quedaban chicos y lo hacían cojear, pese a los cuales mostraba un toque de distinción desconocida hasta entonces. Quienes conocían algo sobre la moda, principalmente las costureras Emilia Menéndez y Monga Guti, los calificaron como ridículos, pero la mayoría de los presentes que no sabían ni quién era Coco Chanel quedaron maravillados ante tanta supuesta elegancia, según dijeron después a quienes estaban ausentes. De más está decir que aquellas que la criticaron fueron calificadas como envidiosas.   

     Abelardo y Simonetta pasearon por el parque durante unos veinte minutos, y aunque él respetaba la distancia y nunca se aproximó a ella, nosotros pensamos que ya se trataba de una pareja, de una relación. Hubo un momento en que todos los presentes detuvimos la marcha para verlos pasear. No teníamos dudas. La repetida historia de la bella y la bestia. Había ocurrido un milagro. A partir de aquella noche las chismosas del pueblo certificaron que Abelardo ya tenía novia, algo que nadie intentó cuestionar. Desde que su esposa murió hacía muchos años, al viejo no se le conoció mujer alguna, ni siquiera viajaba a los prostíbulos para descargar su energía sexual, por lo que el noviazgo con la linda jovencita fue considerado como un acontecimiento extraordinario en el pueblucho donde nunca ocurría nada interesante.  

     Encandiladas por la belleza de Simonetta, a las mujeres de Buenavista las consumía la envidia. Oh, si pudiéramos tener un cutis, un cabello, unos ojos o unas piernas como ella.  

     En cuanto a los hombres, por primera vez en sus vidas desearon ser el hasta entonces despreciado Abelardo Santos Cuña para poder dormir aunque fuera una sola noche con aquella mujer de insuperable atractivo.

     Unos meses más tarde, sin que sorprendiera a nadie, el viejo anunciaba oficialmente que Simonetta y él eran novios, estaban comprometidos pero no se casarían hasta que ante la ley quedara bien clara la partición de las propiedades que en caso de su muerte les pertenecerían a su hijo y a la bonita viuda por igual. Eso llevaría tiempo pues el futuro médico tenía por derecho propio ciertos heredamientos que provenían de su madre, la cual había fallecido de tuberculosis cuando él era muy pequeño. Todo debía quedar bien claro para evitar disputas innecesarias y malsanas cuando el viejo desapareciera.   

     Una tarde de invierno llegó Abelardito al pueblo y fue sorprendido por la noticia de que ya no era la única persona en la vida de su padre. Pero, como siempre, vestía a la última moda. Llevaba puesta una carísima camisa McGregor de las que hacían furor entre la juventud y un par de zapatos Ingelmo de dos tonos como exigía el buen gusto de la época. Del cuello le colgaba el estetoscopio del cual no se separaba nunca. Hasta cuando íbamos a nadar al río La Vega o a jugar pelota en Palazón o en Rojas lo llevaba en un lugar bien visible, como buen hijo de Hipócrates o Galeno, por si tenía que auscultar a un enfermo  ̶decía̶ , algo que nunca ocurrió. Pero ahora cambiaría alguna de sus costumbres, lo que fue muy criticado. Palos porque bogan, palos porque no bogan. En vez de comer en la fonda de las Pajarito, y sin que nadie se lo pidiera el futuro médico desayunaba, almorzaba y cenaba en casa. Al parecer le gustaba como cocinaba la linda criada de su padre a la que ahora veía por primera vez. O era la criada la que le gustaba, insinuaban las lenguas de doble filo. En la casa paterna invertía la mayor parte del tiempo, echando leña sin querer al fuego de la calumnia, pues había personas que aseguraban sin tener pruebas, que fornicaba con la que era ante todo la mujer de su padre, a la cual le debía el mayor respeto posible. Lo único que hacía como antes era dormir fuera para poner fin a los chismes de alcoba. En ocasiones pasaba las noches en casa de algún amigo, de un amigote, como decía su padre, y otras veces en los numerosos prostíbulos desde Zulueta a Yaguajay. Durante el día andaba junto a su progenitor como un perrito faldero y de noche abandonaba la vivienda tan pronto cenaban, por lo que cualquier aventura con la madrastra era imposible, pero eso no impedía las calumnias.

     Muchas veces se le vio cordeleando palmiche. Es decir, el desmochador subía a la palma y desde arriba dejaba caer la punta de una soga que Abelardito amarraba a una estaca de la carreta y por esa soga se deslizaría el racimo cortado hasta caer en la cama del vehículo de ruedas enormes tirado por una o varias yuntas de bueyes. Luego trasladaba los racimos hasta los corrales, para darles de comer a los marranos, arreando a los mansos bueyes cuyos nombres conocía de memoria.

     Adelante, Comandante; avanza, Bandolero  gritaba a los obedientes bovinos mientras los pinchaba para que caminaran más ligeros.

     En esos días al viejo se le veía orgulloso y proclamaba a los cuatro vientos:

      Vengan para que lo vean. Un médico cordeleando palmiche. ¿Cuándo se había visto que un médico cordeleara  palmiche? Ése es mi Abelardito.

     Igual sucedía cuando al estudiante se le ocurría vencer el sueño y levantarse de madrugada para ordeñar. A horas bien tempranas llegaba a su casa y se unía a los ordeñadores, y con el mismo rabo embarrado de porquería de las vacas y los terneros limpiaba y frotaba las hinchadas ubres para estimularlas, y con sus manos poco dadas al trabajo fuerte les arrancaba a los animales la espumosa leche que luego iría al mercado local. Hasta las vacas daban más leche cuando el hijo ordeñaba, según pensaba el viejo que lo propagaba por todo el pueblo. Qué orgulloso estaba de su médico. Y eso que no tenía el título todavía. Cómo sería cuando se graduara.

     El primogénito no decía nada, pero también se le veía ufano por su tarea. Esa labor y otras aún más duras le servían al joven de entretenimiento. Además, los trabajos que realizaba redundaban en beneficio de la finca y los animales que un día no muy lejano serían suyos. Aunque ya no serían sólo suyos porque habría que repartirlos con la madrastra, pero había suficiente para ambos. Recuerdo cuando Abelardito partió de regreso para La Habana. Iba bien contento. Sólo le faltaba un puñado de asignaturas para graduarse. No sabía todavía si volvería a Buenavista como médico rural o abriría su oficina en la capital de la provincia, donde tendría más posibilidades de especializarse en cardiología, que era lo que más le gustaba, según le había confiado a su progenitor. Posiblemente un consultorio en Santa Clara que le costaría varios miles de pesos al padre sería lo más apropiado para él hasta que su papá no pudiera seguir administrando los negocios. Entonces él regresaría al pueblo para hacerse cargo de las posesiones que eran muchas. Más de medio millón de arrobas de caña que se molían en dos centrales azucareros, Adela y San Agustín, ganado vacuno en varios potreros y un corral con diversos tipos de aves. Esto es lo que pensaba Abelardito, pero como dice el proverbio: “El hombre propone y Dios dispone”.

     Todavía no se sabe de quién fue la idea, pero alguien le envió una carta al rector magnífico Dr. Clemente Inclán indagando cuándo se graduaría el estudiante. Hacía mucho tiempo que el anciano sospechaba que algo extraño ocurría. Así lo creía el padre benévolo: su amado hijo estudiaba y estudiaba, el infeliz se quemaba las pestañas leyendo tantos libros muy gruesos y nunca acababa de graduarse. Una vez le preguntó a qué se debía esa situación y el casi doctor le respondió que la Fisiología era una asignatura muy difícil y extensa que requería varios años, pero que él la vencería, etcétera, etcétera. Otras veces eran la Anatomía o la Patología Clínica. Siempre había una disciplina que impedía la inmediata graduación, pero él la dominaría para que su padre se sintiera orgulloso como nunca.

     Cuando llegó la respuesta del rector ardió Troya. Ojalá nunca hubiera llegado. Abelardo Santos Pérez ya no era estudiante de la Universidad de La Habana. Casi un lustro atrás había cursado el primer año de la carrera de Medicina y luego sin dar explicaciones abandonó sus estudios habiendo aprobado solamente algunas materias. A continuación se detallaban las pocas asignaturas aprobadas y las que había suspendido. Las últimas eran mucho más que las primeras. Lo que no decía la epístola del rector era que durante esos años el muchacho gastó el abundante dinero que recibió de su padre en putas caras y orgías con amigos que sólo querían explotarle. Como el viejo no sabía leer, fue Simonetta la encargada de darle a conocer el contenido de la misiva. Cuentan que al padre se le salieron las lágrimas. No por el dinero que había invertido en la educación del hijo pródigo, así dijo, sino por el engaño al que éste lo había sometido. Cuánto tiempo lo tuvo haciendo el ridículo.

     El viejo ordenó al eterno estudiante que regresara a casa inmediatamente. Ni un minuto más en la capital dándose la gran vida, a joderse sudando en los surcos. La noche en que volvió a Buenavista en la máquina de Ciprián Delgado que lo esperaba en Placetas fue tanto el escándalo en casa de los Santos que cientos de chismosos se congregaron en la calle para escuchar la discusión. Al recién llegado se le vio cariacontecido. Tenía miedo de enfrentarse al padre pero decidió dar la cara y afrontar el castigo como un hombre de verdad, lo que le concedió cierto valor ante algunos conocidos. Aún así la mayoría pensaba que el escolar merecía un verdadero escarmiento por burlarse del anciano. Abelardo que tenía fama de pacífico insultó a su hijo tan pronto lo vio, lo acusó de malversador, lo amenazó con desheredarlo y terminó dándole una bofetada que fue muy aplaudida por los curiosos. La bella no dijo ni media palabra.    

     A partir de ahí todo cambió. El viejo presentó un recurso en la corte y despojó a su retoño de todos los derechos de herencia. Invalidó los deseos de su fallecida mujer. La única heredera de su fortuna si se portaba bien sería Simonetta. Para el hijo embustero ni un kilo prieto, juró el dueño. Abelardito mantendría el derecho a vivir en la casa y a trabajar para ella pero nada más. Se terminaron las buenas comidas, la fonda de las Pajarito donde tanto lo complacían hasta con filete mignon, las borracheras en el Chorrerón, las fiestas con el vino español que mucho le gustaba, las bebederas con amigas de dudosa moralidad en la piscina de Baldomero Acosta, las madrugadas en los prostíbulos de Placetas, principalmente en el “336” donde era recibido por las putas como cliente de primera clase, las juergas en otros pueblos y las noches de ronda como decía el insuperable Agustín Lara.

      Vivirás por lo que dé la mocha. Se acabaron los parásitos   afirmó el decepcionado padre.

     Pocos días después el juez Ramón Casalla declaraba al viejo y su sirvienta marido y mujer. El juez, que sobresalía por su corpulencia, gozaba también de mucho respeto porque era un hombre íntegro y entre otras medidas había terminado con las riñas a puñetazos en los bailes de la zona sentenciando a varios meses de cárcel a quienes participaban en las peleas, y anunció que cualquier persona que se burlara del viejo durante la boda sería castigado a una larga pena de prisión. Casalla y el novio eran íntimos amigos y siendo jóvenes idealistas habían combatido durante la guerrita de la Chambelona en 1917 cuando los liberales dirigidos por los generales de la independencia José Miguel Gómez y Gerardo Machado intentaron derrocar al presidente Mario G. Menocal, acusado de haber cometido fraude en las elecciones que lo llevaron al poder.

                  Aé, aé, aé la chambelona,

                  Aspiazu me dio

                  botella y yo voté por Varona,

                  aé, aé, aé la chambelona...

     El juez perdió una pierna por una herida de bala que se le infectó en el combate de Caicaje donde Abelardo tuvo mejor suerte y resultó ileso. La amistad entre ellos continuó toda la vida y al enterarse que se quería casar con la jovencita, Casalla trató de disuadir a su hermano de sangre, pero comprendió que todo sería inútil, pues éste había contraído la dulce enfermedad del amor, lo peor que le puede pasar a un viejo, sobre todo si se trata de una mujer joven y bella, porque no hay médico que pueda curar ese mal por muy sabio que sea. De todas formas habló con su antiguo compañero de armas.

     Mira, Abelardo, ya tú no tienes edad para lo que quieres hacer, recapacita   le dijo Casalla.

      Sabía que te opondrías sin razón, pero te digo una cosa a ti que has leído tanto, el patriarca Abraham era más viejo que yo, y según la Biblia tuvo un hijo a los cien años.

     Eso fue en la Biblia, pero en la vida real es una verdadera locura. Tú podrías ser el abuelo de esa niña. Y espero que no pretendas tener un hijo como Abraham. Harías el ridículo. ---Así terminó el consejo del juez sin ningún resultado. Abelardo estaba profundamente enamorado e insistió en casarse.

     Llegó el día del casamiento. Junto al representante de la ley estaba el padre José María, un sacerdote franciscano de Remedios que leyó la epístola de San Pablo, haciendo jurar a los flamantes cónyuges que se respetarían y serían fieles el uno al otro en la riqueza o en la pobreza, y en la salud o en la enfermedad hasta que la muerte los separara, lo que hizo sonreír maliciosamente a más de uno de los presentes, pero nadie se atrevió a hablar en voz alta.

     Prácticamente todo el pueblo se aglomeró frente al juzgado para verlos salir. Ella se veía preciosa y mostraba una sonrisa inigualable, al parecer ya había conseguido lo que se propuso desde el día en que llegó a Buenavista; él parecía lo que era, un vejete con fortuna, y también exhibía  una sonrisa de oreja a oreja. Hasta Severa, la mujer del juez que ya estaba arterioesclerótica y vivía en un mundo irreal, se entusiasmó con la ceremonia a pesar de que le chocaba tanta diferencia de edad y cantó el Ave María de Schubert en honor de los desposados, aunque pocos entendieron lo que decía Severa, y muchos la aplaudieron con entusiasmo.

     Abelardo le llevaba casi 50 años a su esposa, y  aseguraba que ‘’todavía tenía con qué’’, pero algunos lo pusieron en duda. El hijo también estuvo en el juzgado durante el casorio, no dijo ni una palabra pero le entregó una flor, un solo clavel rojo, a su nueva madrastra. En lo que sería el único acto de desprendimiento monetario en su larga vida, el novio fue hasta la panadería de Juan Vergel y regaló dulces y refrescos a los numerosos espectadores que quedaron maravillados ante aquellos excesos. El panadero lo obligó a pagar por la mercancía antes de llevarla al juzgado, pues en cuestiones de dinero nadie confiaba en Abelardo, quien le ordenó a su vástago, delante de todos, que no fuera a dormir en la casa por la noche. Los recién casados no querían interferencias durante esa ocasión tan especial.

     Cuando el hijo protestó porque según dijo no tenía dónde dormir, la respuesta fue categórica:

     Pues te acuestas en el parque, que no te vendrá mal que duermas al sereno. O búscate un par de putas que te acompañen.

     La primera noche de la luna de miel la pasaron los recién casados en la última habitación de la casa, muy cerca del corral de los puercos, escuchando el gruñido de los marranos. La luz se mantuvo encendida casi toda la madrugada, lo que hizo pensar a los mañaneros que Abelardo mantenía en alto su virilidad y no fueron pocos quienes lo felicitaron. Al día siguiente el viejo se levantó bien temprano como era su costumbre, dejó en la cama a la bellísima esposa y se fue a guataquear una punta de yuca en los límites de la finca; Simonetta reinició sus tareas domésticas poco después y Abelardito regresó a la casa sabiendo que desde aquel momento en adelante tendría que trabajar como cualquier hijo de vecino. Y sobre todo, debería respetar como a su propia madre a la recién desposada que desde ahora y por siempre decidiría lo que había que hacer. No hubo que esperar a que su padre le asignara el trabajo a realizar, fue su flamante madrastra la que le señaló sus deberes para cada jornada, incluyendo los domingos y otros días de guardar, porque los animales y la tierra no conocían el ocio, ni tampoco los hombres de vergüenza tenían el derecho de darse ese lujo.

     Cuando el viejo volvió casi al anochecer se mostró muy satisfecho por la forma como Abelardito había cumplido con sus deberes. La cerca de alambre de púas que estuvo rota por algún tiempo impediría ahora que las vacas penetraran en el maizal. Cenaron en silencio los tres juntos, como una verdadera familia, y cuando el patrono terminó de comer se despidió con un beso de su mujer alegando que había trabajado mucho; ni siquiera se bañó, fue directamente a su habitación y sin lavarse los pies enfangados se echó a dormir sobre las sábanas limpias y almidonadas, pero no por mucho tiempo. Como desconfiado que era, Abelardo se levantó y tratando de no hacer ruido, casi que en puntillas, estuvo un buen rato detrás de una puerta escuchando lo que hablaban en el comedor. El tema que discutían esa noche era si la gente joven para vivir prefería a La Habana sobre las provincias. Ella decía que los jóvenes odiaban el campo, mientras que él aseguraba que no era así. Cuando se convenció de que la conversación era anodina, que no había nada que temer, que aquella charla no le interesaba, volvió a la cama, podía dormir tranquilo. Su mujer y su hijo sabían de sobra lo que les esperaba si intentaban traicionarlo de cualquier manera.

     El estudiante desertor y la esposa de su padre permanecieron sentados junto a la mesa. Él la odiaba porque sospechaba que ella había sido la gestora de la carta al rector, pero tenía las manos atadas, al menos por el momento no podría hacer nada. Nunca pensó en conquistarla porque su padre era lo que más temía en el mundo. Ya con lo de la universidad era suficiente. Si hacía cornudo a su viejo podría hasta costarle la vida. Él sabía de  lo que éste era capaz si se creía agredido. Nadie podría quitarle lo que le pertenecía, y Simonetta era suya.

     En cuanto a ella, sentía temor a una posible represalia, quizás hasta una agresión física por parte de su hijastro, pero cuando intentó explicarle al esposo que lo mejor sería sacar al hijo de la casa él le respondió categóricamente que no. El malversador, así lo llamó, tendría que pagar con su trabajo en el campo los años de disipación perdidos en La Habana. Entonces la joven madrastra decidió ganarse su amistad, no le quedaría otro remedio que fumar con él la pipa de la paz.

     Y la paz imperó en el hogar durante varias semanas. Todo transcurría a pedir de boca. Cada quien conocía sus deberes y si no, ahí estaba el jefe de todo y de todos para recordárselos. Ahora eran cuatro brazos para trabajar la tierra y ésta les daba sus mejores frutos. Las aves de corral ponían más huevos, los terneros crecían y engordaban, los puercos se cebaban, las vacas daban más leche y las viandas se cosechaban por quintales. Todo gracias al trabajo duro. Con el pasar de los días cesaron las calumnias sobre Simonetta y su hijastro. No podían llevarse mejor. La suerte les sonreía. ¡Qué más podían pedirle a la vida!

     Pero cuando parecía que sus existencias marchaban por el cauce deseado, que nada podía cambiar, el viejo sufrió una grave apoplejía y estuvo a punto de morir. Lo trasladaron con urgencia a la Clínica del doctor Fernández en Placetas y milagrosamente pudieron salvarlo, pero quedó hecho un adefesio, un muñeco sin cuerda, decía el hijo. Estaba paralizado del lado izquierdo, no hablaba ni reconocía a nadie y no se podía tener en pie. Nunca determinaron la causa del derrame cerebral. Pudo ser por  una trombosis o una hemorragia, y el enfermo sufría entre otras cosas de labilidad emocional, es decir que era víctima de crisis inesperadas de llanto, ira o risa, y por supuesto de una aguda depresión. Ya no había razón para temerle, era un cero a la izquierda, pensaron sus más allegados. Después de varios días luchando tenazmente para evitar el fin, Simonetta lo trajo de vuelta a la casa en una ambulancia. Sería un largo proceso de recuperación debido a la edad avanzada. No había garantías de que superaría la terrible enfermedad.

      Tienen que cuidarlo mucho para que vuelva a su actividad normal, y hacerle cada día sus ejercicios, eso es lo principal, la terapia es fundamental en estos casos   le advirtieron los médicos, pero la joven esposa ya se iba y apenas si los escuchó.

     Como señal de respeto lo ubicaron en el primer cuarto, el más amplio, desde donde podía mirar hacia la calle para que se entretuviera en algo. Así pasaba la jornada. Mirando y mirando.

     Solamente sus ojos parecían haber vencido a la apoplejía y la muerte. Eran su única forma de reacción ante el mundo exterior. No era capaz de articular las palabras más elementales ni de caminar y tenía que hacer un enorme esfuerzo para tragar, ya fuera el agua o los alimentos sólidos, pero sus ojos seguían vivos, observando sin cesar lo que le rodeaba, querían abarcarlo todo.

     A partir de las ocho de la noche, Simonetta y Abelardito se dirigían a la habitación del viejo, le daban algo de comer,  a veces contra su voluntad, lo aseaban un poco con un alcohol especial de color verde patentado por el farmacéutico doctor Florentino Fundora que almacenaban en el tocador, le hacían engullir un somnífero fuerte, lo lanzaban sobre la cama y lo ponían a dormir. El enfermo caía como un tronco en el lecho conyugal y a los pocos minutos roncaba como un bendito. No se despertaría en doce horas. Como un bebé chiquito.

     Entonces la joven esposa y su entenado se sentaban  sin miedo a la mesa para cenar. No tenían que preocuparse de que los estuvieran vigilando como antes. La antigua criada y ahora señora de la casa no cocinaba platos muy diversos, pero los que conocía le salían muy bien. La comida era casi siempre igual: sopa o frijoles de distintos colores y sabores, arroz blanco, algún tipo de carne con vegetales los días de más suerte, y viandas cosechadas por ellos mismos. Una vez terminada la cena permanecían sentados a la mesa conversando casi siempre sobre el trabajo del día siguiente, planificando lo que había que hacer y escuchando alguna de las novelas que transmitía la radio. Ambos vivieron momentos de intensa emoción con la obra El derecho de nacer, del poeta Félix B. Caignet, la historia de un muchacho, hijo natural, que fue repudiado por su abuelo rico quien al final terminó aceptándolo; y lloraron juntos cuando recibieron la noticia de la muerte de María Valero, una de las estrellas radiofónicas que los hizo soñar con el amor, la cual fue arrollada por un automóvil en la Avenida del Puerto cuando se disponía a presenciar la llegada del Cometa Halley, que se hace visible cada 75 ó 76 años.

     Fueron precisamente estas novelas de amor las que poco a poco los unieron. Habían terminado de escuchar un lacrimógeno episodio en la radio cuando ella se emocionó y comenzó a narrarle su desdichada niñez. Sin saber por qué. En un momento le confió sus más íntimos secretos, le contó de dónde venía, del dolor del hambre, de la incertidumbre que provoca el no saber quiénes son los padres biológicos, de los hogares rotos por el alcohol, de sus esperanzas y de sus ambiciones y le confesó que para salir de la vida miserable que conoció desde siempre y a la que nunca se acostumbró era capaz de cualquier cosa.

     Cualquier cosa   enfatizó.

     Abelardito no respondió, pero comprendió que el matrimonio de Simonetta con su padre había sido una de las muchas cosas que ella estuvo dispuesta a hacer para escapar de la miseria. Era de armas tomar. Cuántas actitudes de mujer digna no sería capaz de simular para lograr lo que se proponía. Muy cerca de ellos los ronquidos del viejo rompían el silencio de la noche. Pero ambos parecían no escuchar. No estaban dispuestos a limitarse ahora que no había nada que los amenazara. Se acercaron uno al otro peligrosamente. Los dos tenían el mismo deseo de entregarse. Ese deseo de entrega que sólo son capaces de sentir los que aman. Apagaron la luz del comedor para evitar miradas indiscretas y se acercaron aún más. Cuando se dieron cuenta se estaban besando. Besos desesperados que intentaban borrar la angustia y el temor que habían vivido en los últimos años bajo el látigo del tirano inmisericorde que ahora estaba en los umbrales de la muerte. Esa sensación de que el dueño de todo pronto desaparecería los hacía libres. Los liberaba del miedo. Del comedor pasaron a otra habitación donde dieron rienda suelta a sus apetitos largamente reprimidos. El convencimiento de que la parca ya rondaba su casa para que dejaran de temer, los había convertido en cómplices.  

     Pasó el tiempo y los dos admitieron que odiaban al viejo, que éste merecía el desprecio de ambos, y dejaron de preocuparse por él. Abelardo era un estorbo. Qué felices serían ellos dos solos en el viejo caserón. No deseaban simular más. Ella no quería seguir aparentando que era la esposa buena, la mujer sacrificada. No le debía nada a nadie, menos aún a su marido. Simonetta ya no toleraba asear diariamente al enfermo, lavar sus excrementos, limpiar sus constantes vomiteras. Le causaba asco, deseos de arrojar lo que tenía en el estómago. Trataba de esquivar aquella mirada. No tenía por qué fingir. Cada día se alejaba más y más de su esposo. Cuando le daba la comida le metía con rudeza la cuchara en la boca, brutalmente, haciendo que el paciente se atragantara. En cierta ocasión le rompió un diente y ni siquiera lo llevó al dentista para que lo curara. Para lo que le queda en el convento, se justificó. A la hora del baño, muy de cuando en cuando, lo sentaba desnudo en una batea que colocaron cerca de la cama y sin tocarlo ni aproximarse mucho le lanzaba encima cubos de agua con creolina para que no oliera mal. Cuando se acordaba le entregaba un cepillo para limpiarse los dientes, pero el enfermo no recordaba como usarlo y ella montaba en cólera. Le molestaba el hedor que despedía. En ocasiones el viejo pretendía rebelarse ante esos atropellos y trataba de hablar, de comunicarse, y cuando no lo lograba era evidente su desesperación y hasta dejaba caer una lágrima, pero su mujer estaba insensibilizada y él no podía hacer nada para escapar de la penosa situación.

     En cuanto al hijo, se preguntaba qué derecho había tenido el padre para haberlo despojado de la herencia que le dejó su madre. El odio a aquel ser humano desvalido los unió aún más. La solidaridad de las bestias. Durante el día se besuqueaban por todos los rincones de la casa y se revolcaban hasta en el establo evitando el ojo escrutador del enfermo, pero una vez éste los vio e intentó decirles algo, y desde entonces a ellos no pareció importarles. Llegaron incluso a hacer el amor al alcance de los ojos amenazadores.

     Además, como si estuvieran avergonzados sin darse cuenta de su conducta bestial, de sus pecados, del constante abuso de aquel ser desvalido, comenzaron a beber grandes cantidades de alcohol para lavar la ignominia. No tardaron en consumir litros de etanol robados de la destilería del central Adela cuya fabricación no era precisamente para preparar cócteles que serían ingeridos por seres humanos. Pero el efecto de los diferentes tipos o grados de alcohol era el mismo: evadirse de la indigencia moral en que vivían. Abandonaron por completo el trabajo en la finca y en la casa. Despidieron a los trabajadores. Ya nadie sembraba ni atendía a los animales. Sin proponérselo adoptaron como actitud la divisa de la pereza italiana: Il dolce far niente. No hacer nada era su lema. Y se hundieron irremisiblemente en la peor de las miserias, que es la del alma.

     Una noche durante las habituales libaciones alcohólicas, Abelardito tuvo un rapto de celos y le reprochó a su amante que se hubiera acostado con aquel ser asqueroso, babeante eterno, así lo calificó, y ella le confesó que el anciano nunca pudo penetrarla, que lo intentó varias veces pero que jamás tuvo una verdadera erección.

      No se le paraba. Eso era de esperar a su avanzada edad, pero él no cejaba en su empeño y yo me limitaba a cerrar los ojos para no verlo, tanto era el asco que me causaba, imagínate mi sufrimiento cada vez que se lanzaba encima de mí   dijo Simonetta.

     ¿Entonces por qué estuvo la luz encendida en tu cuarto toda la noche?       ─ continuó indagando el muchacho.

     Te repito que no se daba por vencido. Lo intentó muchas veces, pero todo fue inútil. Llegó hasta a golpearme en su intento de poseerme, como hacen los caballos sementales cuando la yegua no se deja montar   le explicó.

     Abelardito rió estrepitosamente ante esa imagen tan gráfica de los caballos y las yeguas y en el colmo de la bajeza esa noche tuvieron sexo con la luz encendida en la cama donde dormía el viejo, que desde su sillón los miraba con odio de bestia acorralada. Después de esa relación sexual, ambos estaban tan borrachos que se les olvidó poner a dormir al inválido, y éste pasó la noche entera sentado sobre sus propias excretas, rodeado de moscas y dormitando en su poltrona.

     Bastante hacemos por él, cuánto mal nos hizo a  pesar de lo bien que lo tratamos siempre. No merece nuestros cuidados se justificaban. 

     Como era de suponer, aquellas borracheras y el ambiente de corruptela que se creó en la vivienda no podían conducir a nada bueno. Cada día la casa parecía volver a la época cuando nadie la limpiaba. Los insectos y las telarañas competían entre sí y lo cubrían todo. No había dinero para pagar al fumigador. Nadie se limpiaba los pies para entrar. El joven sólo se levantaba de la cama para ir a recoger algunos frutos menores o huevos necesarios para comer, o para capturar una que otra gallina con qué alimentarse, pero éstas escaseaban a ojos vista pues las cercas y el gallinero estaban rotos nuevamente y él no los reparaba, y los animales aprovechaban para huir o eran robados sin que ellos parecieran darse cuenta. Los pollos que no escapaban ni morían de hambre eran canjeados por botellas de ron o de aguardiente malos que llenas o vacías pululaban por todos los rincones. El “chispa ‘e tren” se apoderó de sus voluntades. Se dejó de cosechar, de perseguir las raíces del marabú que se apropiaba de la tierra fértil cada día, cada minuto, y en poco tiempo la finca se convirtió en un erial. Los cerdos tampoco eran alimentados, nadie cordeleaba el palmiche. Ellos mismos dejaron de bañarse todos los días y despedían un hedor insoportable. El abandono se apropió de su casa y de sus vidas.

     En cuanto a la bella, apenas cocinaba lo poco que le traía su amante, no limpiaba la residencia y menos aún aseaba a su vetusto esposo que a veces permanecía muchas horas sobre la cama sin que nadie lo ayudara a levantarse. En cuanto a bañarlo, era sólo un recuerdo de tiempos mejores. Ahora el enfermo podía orinarse o defecarse sin llamar la atención, o estaba días sin o con muy pocos alimentos, lo que lo había hecho enflaquecer, se estaba convirtiendo en una especie de esqueleto agonizante. Para evitar que los vecinos lo vieran y se enteraran de lo que sucedía, del misterio que se ocultaba tras aquellas paredes, le cerraron la ventana del cuarto, previniendo de esta manera que el paciente presenciara lo que ocurría en la calle, que era su único entretenimiento. O que el chino loco continuara saludándolo a través de ese último contacto con el universo  exterior. Pero aún así no pudieron evitar que todo el mundo se diera cuenta de lo que ocurría. Alguien habló con el juez Casalla sobre esa situación, pero éste aseguró que no tenía jurisdicción para entrar en la casa mientras que Abelardo no lo solicitara o hiciera la denuncia. Posiblemente eso no era exactamente cierto, pero Casalla era ya un anciano cansado que muy poco podía hacer.  Los médicos de Placetas intentaron en vano visitar al enfermo, pero como nunca recibieron una respuesta positiva a sus deseos, llegaron a olvidarlo.

     La crisis moral que se desató alrededor del viejo y sus jóvenes allegados era tan grande que el pueblo se dividió en dos bandos: los más conservadores quizás se veían en ese espejo y sentían piedad por el enfermo que pronto habría de morir, aunque reconocían sus defectos, y los otros pensaban que los amantes no tenían ninguna obligación de cuidar de alguien que nunca mostró amor por los demás. Ambos grupos esgrimían sus razones con la misma vehemencia. Algunos hasta cruzaron apuestas, y también hubo peleas como la del isleño Perdigón, un mecánico muy fuerte, que un domingo en medio del parque, tras salir de misa, le dio un tremendo puñetazo a un guajirito que en su borrachera pedía a gritos la muerte del anciano hemipléjico sin saber a ciencia cierta de qué se trataba.  

     Sólo una cosa era verídica: Abelardo Santos Cuña estaba secuestrado en su propio hogar, fallecía lentamente sin ayuda de quienes debían protegerlo y nadie lograba verlo. A veces se podía escuchar al orate cantonés que desde la calle le gritaba algo en su mal español.

     Capitán, no podel ver na   decía el asiático, sin comprender que Abelardo no podía escapar de su prisión.  

     Pero a pesar de su delgadez y de su estado de indefensión el viejo hacía esfuerzos por moverse y cada vez lograba un poco más de movilidad, llegando incluso a salirse una tarde del sillón y en el suelo estuvo varias horas hasta que lo encontraron esa noche a la hora de acostarlo. Cada vez que lograba dar nuevos pasos en su recuperación, por pequeños que fueran, Abelardo planeaba detalladamente su venganza que sería brutal. Esa voluntad de cobrarse todas las afrentas recibidas lo mantenía vivo. No tenía ningún otro motivo para vivir.

     Por su parte los amantes continuaban su escandalosa vida de francachela y cada vez se ocupaban menos del apopléjico que se babeaba, sudaba, orinaba y defecaba sin que lo limpiaran ni le prestaran atención. En ocasiones hablaron de causarle la muerte, de asesinarlo, aunque nunca tuvieron el valor de elaborar un plan para eliminarlo. De todas formas, se decían, las precarias condiciones en que lo mantenían no le permitirían vivir por mucho tiempo. No le daban a tomar sus medicamentos que eran varios, los glúteos mostraban numerosas escaras por estar quemados por la orina y los excrementos y no ser cambiado de posición, y la comida estaba cada día mucho más racionada, pero en aquel organismo deteriorado y sucio crecía el afán de cobrar la deuda que tenían con él. Por las tardes, cuando sus enemigos dormían la siesta y soñaban con matarlo, él rezaba un rosario sin cuentas y siempre pedía la misma cosa al Sumo Hacedor al que había renunciado muchos años antes, que le diera fuerzas para limpiar con sangre todas las afrentas recibidas. No lograba caminar ni ponerse de pie con normalidad, aunque más de una vez y sin que lo vieran, pudo bajarse del sillón y volver a subir sin ayuda de nadie. Sudaba copiosamente para obtener cualquier pequeño resultado pero cuando lograba algo nuevo reía feliz por su éxito. Sin que nadie lo viera, por supuesto. No podía darse el lujo de despertar sospechas. Ya les pasaré la cuenta, canallas, los voy a destruir, repetía en voz baja. Así esperaba pacientemente lo que él pensaba que sería el momento de la victoria del odio sobre la crueldad.   

     Una noche la libación alcohólica fue mayor que de costumbre. Abelardito había conseguido mediante el  intercambio de dos hermosos pavos y de sus últimos conejos varias botellas de ron peleón con un altísimo contenido etílico. 50% de alcohol por volumen / 80 proof, decía la etiqueta, y en medio de aquel frenesí y cuando estaban completamente ebrios, y guiados por la costumbre fueron a acostar al viejo, el alcohol los impulsó a tener sexo en la misma cama donde dormía el enfermo del cual se olvidaron por completo. El anciano los miraba y presentía que había llegado el momento. Una vez concluido el coito, los jóvenes bebieron un par de tragos más, y se burlaron  del achacoso testigo que se limitaba a sonreír, y como no podían ni sostenerse en pie se echaron a dormir completamente desnudos. Al lado de la cama yacían abandonadas dos botellas de ron.

     El enfermo esperó hasta que creyó que estaban profundamente dormidos, casi que en estado de coma o en un profundo letargo, que eso era lo que quería, descendió trabajosamente de su sillón y de entre los almohadones que lo sostenían sacó la botella de alcohol verde que antes usaban para aliviarle los dolores de la artritis y su aseo personal. Luego se arrastró hacia el tocador donde sabía que se guardaban otros litros de ese mismo alcohol. Allí estaban. Entonces los destapó, gateó como pudo hasta la puerta de la habitación arrastrando su valiosa carga y ahí mismo derramó completamente varios litros del alcohol verde que esta vez no tendría facultades curativas. Ésa sería la trampa mortal. No escaparían.

     Una vez consumada la primera parte de su plan tomó las dos botellas de ron abandonadas al lado de la cama y junto con la botella de alcohol verde que le quedaba las derramó sobre las sábanas y los pies de los amantes que dormían. Éstos no parecieron sentir el frío del alcohol y apenas se movieron, tan ebrios estaban, hasta que el viejo con un agotador esfuerzo tomó una caja de fósforos que reservaba para la ocasión e intentó encenderlos, y después de inútiles y dolorosos movimientos al fin lo logró y les prendió fuego. A pesar de su ebriedad, los amantes se despertaron entonces por el dolor de las quemaduras, y tratando de escapar de la cama en llamas y de sus propios pies, corrieron aterrados pidiendo socorro hacia la salida del cuarto, pero cuando llegaron ante la puerta cerrada el alcohol derramado en el piso se incendió y las voraces llamas se agarraron como sanguijuelas hambrientas a sus piernas para no dejarlos huir.     

     Como era de noche y a pesar de los gritos  desesperados de las víctimas, los vecinos tardaron en llegar con la ayuda necesaria para auxiliarlos, apagar las llamas y aliviarles el dolor, y el médico y los enfermeros que se aparecieron después poco pudieron hacer. El viejo volvió a trepar a su sillón, aunque tenía los pies un poco chamuscados, y desde allí sonreía beatíficamente y lo miraba todo con evidente satisfacción.

     Abelardito fue quien peor salió. Sufrió quemaduras tan graves desde los pies hasta el área genital que a pesar de los sueros, la sulfa, los antibióticos y los esfuerzos de los médicos murió días más tarde por septicemia en el Hospital de Remedios. Nunca llegó a recuperar el pleno conocimiento y sus dolores fueron terribles. Dicen que en su delirio pedía perdón al padre que le causó la muerte, pero eso pudo ser sólo una invención de alguna enfermera piadosa. La familia de Joaquín Cáceres prestó su panteón en el cementerio de Buenavista para evitar que por una paradoja de la vida sepultaran a Abelardito junto al padre al que tanto llegó a odiar. No debían estar cerca ni después de muertos. En cuanto a Simonetta, sobrevivió a sus lesiones pero quedó prácticamente inválida para toda la vida pues  hubo que amputarle una pierna por debajo de la rodilla. Quienes antes la llamaban la bella ahora la denominaban la bruja y la culpaban de todo lo ocurrido.

     Abelardo Santos Cuña fue condenado a prisión por asesinato en primer grado e intento de asesinato a pesar de que su abogado justificó sus actos como defensa propia y una justa represalia por los abusos que sufrió de manos de su hijo y de su esposa que también lo querían matar. Nunca se repuso totalmente de la apoplejía, tampoco recobró completamente el habla y murió pronto en la cárcel donde estaba recluido jurando que era inocente, que se lo merecían.

     Simonetta cobró la herencia del anciano homicida, vendió la finca y se marchó del pueblo. La tarde en que la vimos irse llovía torrencialmente como el día que llegó. Nunca la volvimos a ver ni supimos para dónde se fue.


Enrique Guillermo Morató nació en La Habana, Cuba (1936). Cursó estudios de filosofía y trabajó como jefe de redacción y corrector en la Editorial Arte y Literatura de La Habana desde 1973 hasta 1980, fecha en que abandona el país a través del éxodo del Mariel. En los Estados Unidos, trabajó durante varios años como redactor de noticias en la cadena de televisión nacional Univisión y en el Canal 23 – WLTV de Miami entre 1986 y 2004. Algunos de sus relatos han sido publicados en la Revista Literaria Baquiana y en otros medios de prensa (digitales e impresos). Es autor del libro El sueño de la calabaza y otros relatos (Ediciones Baquiana, 2010).