CADA ÉPOCA TIENE SU CÁMARA
diminuta para la disección.
Sobre la mariposa hay libros ilustrados
que
se compran y se leen en el Coliseum.
El
libro mostraba fotos de cómo disecar las alas,
apresarlas intactas contra la superficie del vidrio.
Hay
clavos invisibles, diminutos para esta operación,
en
las puntas de las alas, hacia los bordes, se injertan.
Se
les inyecta al cuerpo un líquido que no deja pulverizar el
polen.
Luego se unta un perfume para que no pierdan el color.
Pequeños rectángulos vidriosos
exactos a esos con que se analiza la sangre.
Vidrios sin peso que el naturalista
ha
escogido para resguardar el pequeño hallazgo
se
colocan encima de la delgada momia.
Así
será admirada en el museo,
mostrada en fiestas entre conversaciones de scotch y vino.
CIUDADES LEVANTADAS DE ALABASTRO,
sortilegio de sol enterrado entre llamas,
escribir una línea de angustia
comenzar con la mano callada,
arremeter hasta la cámara oscura,
respirar, saborear el ácido pico de la nada.
LA TRANSFIGURACIÓN SE LLAMA CAOS.
Después de vivir gravitando en unos planos
donde la distancia tan larga
se convirtió en un paso
ya todo está acabado.
Una simple acción,
un gesto escondido, un vórtice virado,
un eclipse lo ha hecho todo irreversible.
CUANDO UNO NO QUIERE ENCORVARSE
POR EL LLANTO
ni tirarse de bruces en la tierra,
uno mastica duramente y borra el rostro más
querido
como en la despedida de los muertos
donde dices, recupérate, prométeme que te
cuidarás,
ya nos veremos.
Así será después que una se muera.
Esa luz de que hablan no estará corroída
nebulosa lágrima agarrada a pupila.
Un gemido que sale solo, completo, cuando la
tierra cae
en la fosa y uno mira los rostros de tantos años
perdidos.
Aquellos que míseros te ponen sus ofrendas,
aquellos que dejaste te reciben como flores
abiertas.
Y una tumba también abierta recibe impávida las
dádivas.
No hay que llorar —dices, sostienes, y dentro,
los tejidos espasmódicamente tragan las entrañas.
Los rostros de los del otro mundo están ajados.
No tienen las cremas necesarias.
No tienen ese aprendiz de brujo
de la vida.
Tienen esas límpidas tímidas sonrisas del
suplicio.
Hay un espacio. Siempre
Ay
hay un espacio. Siempre hay un espacio entre
cortinas.
El ángel cortés que distraído lo
adentra a una en la tierra,
quitándonos el fardo, las
maletas.
No se moleste. ¿Cómo se llama Ud.?
¿Qué subterfugio de Dios me quita por un instante
esta cruz cerrada, leve y dura, esta maleta?
Nos han prestado un carro el domingo para
llevarte a casa.
Vamos atropellados, somos tantos en este
velocípedo,
un ciempiés, una semilla,
una frágil estructura del
momento,
los juguetes, los vestidos de quince,
las malangas sembradas por abuelo,
la salud,
las nuevas parentelas en el auto.
Domingo, llegas como siempre tan cansado.
Estoy sola
parecen tus ojos decir.
Atrás queda tu otra identidad,
la nocturna faz de tus anhelos.
Te veo en los rostros de mis acompañantes.
Te desgarras para comprenderlos.
Tratas de oír tantas victorias,
tantos pasajes, inundaciones del
afecto.
Ya te encontraste en la pared de la sala, ya te
encontraron.
Ya descubrieron la pirámide donde está la mueca,
donde apuntas
en una pizarra que se borra el diario donde
guardas tus memorias.
Ya te revisan tu lento olfatear por otros cuartos
en aquella figura
de murciélago que descansa en el vaso de la
entrada.
Ya está la bayoneta preparada.
Ya la barraca donde te ejecutan.
Ya la memoria crece con sus crines, eres otra,
eres
el difuso correr del arrebato de aquel que se
desploma
y lo reviven para una vez más reencontrarse
con una sombra y otra.
Ya están las aves penetrando el estante, abriendo
los pescados,
el guiso del humor, entrecortando la fachada
dantesca,
el Michelangelo colgado.
Ya estás en el cuarto, lo has reconocido, tus
noches,
tus papeles echados en la cesta, la imagen
diosdada del asfalto
se interpola en los mosaicos de esta triste casa.
Están tus puntos, los centauros, las paletas
consignas,
los retratos, están tus camas, tus orgasmos están
en las paredes
desplegados.
Está el vino a la intemperie, está el cigarro,
las cucarachas saliendo a recibirte: Bienvenida
la artista,
la coma, el relicario.
Está fugaz tu vida entera, asomada sorda, ya sin
fardos.
¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Soy Ulises,
Electra,
soy la luna, el triunvirato, soy Perséfone
perdida,
seis meses allá en sangre viva, seiscientos
siglos acá
ya sin certeza.
Soy Perséfone Pérez, la errabunda mártir, la
destreza,
la victima victimizada, soy la cereza, la
fruta,
el semen de mujer entre las piernas,
el pavo real paseando las ciudades,
extinguida distinguida visión de las
paredes.
Soy la pluma del árbol, soy la esfinge
aterrada.
Traspasar el cadalso,
ir como María Antonieta o María Estuardo
a cortarle las alas a Pegaso
para que no me mate con su
amorfa cuchilla.
Es mi espejo que irrumpe en las
habitaciones.
Es la figura ancestral que pide sangre.
Es la gota que escribe en las paredes, es
el hilo
menstrual en descubierto
cielo.
Estás ahí, ciudadana del mundo,
contemplando tu espejo, sin preguntas.
Afilando la hora, marcando tus líneas.
Agotada, ahí de frente te saludo.
No, no vine a mi juicio.
Vine a enjuiciar al hombre.
Habitantes Hijas del
Pueblo
S e ñ o r a s y S e ñ o r e s
Abran los brazos y digan como en las pastorales
ELDOMINUSVOBISCUM.
Ahí está el Éufrates, la milenaria
ostentación del Vellocino.
¿Me entienden Rencillas Redes
Patronímicos.
Fratricida?
Ahí estás en esas colas, en esas aves que
picotean,
en esas líneas, en esa sonda de
obstáculos.
Ahora sí que voy a llorar. Pero sí,
lo sé.
Todos lo esperan. Pero no. No repito la escena.
Estás, eres el juez.
Eres el enajenado aquel que no mira las
flores
ni sabe su nombre. No conoce de
nombres.
Eres aquel que ríe por todas las
sandeces,
ese que no lee ni sabe de números.
Eres el espantapájaros.
El que nunca pensábamos
nos salvaría.
Eres quien me comprende.
El que pones los dedos en mi herida y la
alivias.
El que en mi infancia no temiste a la muerte.
Eres el sirviente;
esa mano fortuita que me aguanta las
sienes.
Eres aquel bobo del barrio que camina con las
paticas zambas,
el que hace que todos repercutan en risas,
el que lame los suelos.
El que no espera un puesto en el espíritu,
el que recibe la muerte y la vida, dos mellizas.
Aire, cuando entras en mi pecho se ensancha la
verdad.
Aire, cuando me tocas duermo como ángel capaz,
sin ilusiones.
Alivio, aire, te vas en mi pecho como las
bocanadas.
Puedo redimirme ahora que estás dentro.
El lenguaje: déjame ver que diría para hacerte
más bella.
EN LA HABANA, EN ENERO, HACE CALOR.
El hotel en que me hospedo desemboca
al mar.
Abro la puerta de este lujoso,
tan nefasto
también tan necesario,
abro la puerta del balcón
y miro al mar.
Tímidamente nos reconocemos.
El mar no es como yo,
lanza sus brazos blancos,
quiere que me deje arrastrar
hacia su orilla,
abrazarme,
darme la bienvenida.
Náufrago, que haces por acá, vas tan
perdido.
¿Cuál es tu roca? ¿Cuál es el azul que te
permite sonreír?
Frente a mí qué caminata quita el pésame de cada gesto.
¿Cuál de mis grises llevarás en el
recuerdo?
Todos los que vuelven de visita consagran su
vista
en este pedazo de lienzo
azul
detrás de torres: Malecón,
aquí nadando están los nombres que me detiene
descifrarlos
el musgo, mirar intensamente la piedra bajo el agua,
querer trazar el horizonte de otro día,
arrinconar las latas de bebidas vividas
por tus nocturnos visitantes.
Aquí está el primero que dijo yo me marcho.
El que
trazó
con silencioso afán su itinerario.
El que planeó la ayuda de tus conchas,
el que escondido se sintió molusco y hombre
decidiendo
futuros.
Mal concebidos fueron sus letargos en la espuma,
mal recogidos sus secretos.
No contaron
con tu anchura sin límites
ni el poderío de las olas crecientes inundándole
el buque.
Mar, me hiciste un pequeño barquito de papel
donde navego perdida sin remos,
tapizando la arena con miles de reproches.
Las cadenas y el aire me llevan,
me alejan de tu vientre.
¿Dónde has guardado mi iniciación, mis ritos juveniles,
por qué perdí la espuma, el agua infantil que tus
playas prendidas
de recuerdos, me impulsaron al fondo a conocerte?
¿Te acuerdas de mis pies,
de la caricia de tus gotas en mis hombros?
SE CERRARON LAS PUERTAS,
se taparon los hoyos
y
se puso estopa en las hendijas.
Dijeron que la enfermedad
no escaparía si la muralla era
de cal y de cemento.
Se abarrotan los fantasmas
en los sueños, se reúnen en la boda
donde al pasar grito
es toda una mentira.
Los invitados se alzan
en defensa de la majestuosa
Reina de la Casa.
Se entrelaza hoy con el viejo hurón
de la pandilla,
el que pronto le sacará la hiel
de abeja reina y se hará Rey.
Viviremos en el enjambre,
esclavas.
Certificada está la defunción.
Los sellos yacen preparados.
Si pudiera desprenderme de los sueños,
de los tantos detalles,
de ese último encuentro.
De tanto objeto nulo
de tantas boberías
compradas por capricho.
La materia sucumbe,
los objetos vueltos testimonio
parados en el cuarto
no te dejan ir, te echan.
Una está muy débil,
y
a la otra arrastra como puede.
Una está vestida con una negra túnica,
a
la otra le han tirado
un pedazo de colcha para el frío.
Tropiezan con espinas y con ramas.
Las dos están descalzas.
Se sientan en los troncos de algún árbol
desplazando las estrellas para auscultar el cielo.
Mientras una camina lentamente
con el peso de la otra en sus espaldas,
la otra recuerda la cara del Buda que pintaba,
las palabras en aquellas postales ya amarillas,
los tiernos animales
que atendieron las dos
las canciones a la luz que escapaba,
la jaula de los pájaros.
Las dos saben que una tendrá
que ser abandonada
en la intemperie más tarde
o más temprano
Pero no todavía.
Cruzan el monte estéril del invierno
y
descubren los huesos
entre tantos entierros de las piedras.
Una está muy débil.
Dos asnos,
dos mulas,
dos entidades
cada vez más cerca.
Las calladas siluetas
han puesto anuncios en los postes
de la ciudad fantasma.
Ciudadanos abandonen las casas.
Han pintado de rojo las esquinas
con flechas que indican
por este lado no el otro.
Los animales del establo
abandonados miran
con la condescendencia
de la resignación.
Las mulas siguen sin hacer mucho caso
no hay ni angustia, ni desesperación,
sólo la condición de espera
inalterable y firme
que nunca fue elegida.
No obstante hay que comer
hay que tomar agua y aire
para el peregrinaje.
Allá lejos
se ve el humo de ofrendas
para apaciguar desconocidos dioses.
Sin piedad las aves han dejado las nubes
robándoles el miedo.
Todo tan fácil era,
todo lo que fue posible
se torna delicado
y
frágil.
¿Qué es una mujer
o
un hombre ante la ira
de las olas que no se contienen en el mar?
Olas que vienen maldiciendo la arena
suculentas mesiánicas devuelven
habitantes marinos, los soldados del agua,
los testigos de la ruptura del coral,
los vidrios rotos de ventanas submarinas.
Los abandonados peces saltan en la orilla.
No podrán siquiera sofocar el hambre del mendigo,
el hedor los hace escalas eméritas del viento.
Las culebras vuelan del desierto,
bajan de sus cuevas
al menor escape del azufre,
por montones se arrojan en el mar.
Ahogadas son devueltas por las olas.
El mar no quiere habitantes de otros lados,
sólo recibir los cuerpos.
El sulfuro no espera,
aunque todos esperamos
su ruptura.
Muchos se han ido a esconder
en los trenes subterráneos.
Han llevado sus termos de café
sus sándwiches envueltos en foil paper
naipes para jugar mientras esperan
con sus teléfonos que no responden
y
radios que tampoco se dan a conocer.
Pero el tren tiene todos los asientos ocupados.
Esos que están sentados
piensan que en algún momento,
el más preciso, un milagro ha de ocurrir.
Que como un sueño vuelto pesadilla
el universo volverá a su centro
callado y sin sentirse.
Como un reloj dormido
volverá de repente a dar la hora
que corresponda a esa hora
a
ese día que ellos aún quieren vivir.
Otros se retiran a las celdas
de prisiones vacías
a
cadena perpetua se condenan
comiéndose las uñas y con los ojos bajos
calculan los discursos en el juicio final.