Miami
Estados Unidos
Año XII

 Nº 69/70

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

LA QUINTA HABITACIÓN

 

 por

 

Juan Manuel Pérez Álvarez

 


      

Acto primero

 

Una sala en penumbra, débilmente alumbrada. Vacía. En el extremo izquierdo del escenario, una pared con una puerta cerrada. Dos hombres vestidos de legionarios romanos la custodian a ambos extremos. Es importante acentuar la soledad y el abandono de la escena. Después de transcurrido un minuto en perfecto silencio, se escucha un murmullo parecido a un sollozo prolongado. Unos segundos después, aparece un hombre vestido con frac elegante y una flor en el ojal. Avanza hacia el centro del escenario, contempla la puerta y los guardianes y se frota las manos. Después, acercándose más a la puerta, exclama: 

EL HOMBRE: ¡Despertad! ¡Despertad! ¡Yo os lo ruego! 

Los guardias parecen reaccionar. El de la derecha le dice a su compañero: 

GUARDIA 1º: ¿Has oído eso? 

GUARDIA 2º: Lo tienes delante. Es otro que se ha perdido. Habrá que explicárselo. 

GUARDIA 1º: Explícaselo tú. 

GUARDIA 2º: Estaba a punto de dormirme. Bien, parece que hay trabajo. Esta te la guardaré. 

GUARDIA 1º: Como quieras. Despacha. 

Ninguno de los dos hace ademán de iniciar conversación con el recién llegado. Este se impacienta. Mira hacia atrás y hacia los lados. Parece desorientado. 

EL HOMBRE (monólogo consigo mismo): Sí... Este es el sitio... No cabe duda... Yo nunca he estado aquí antes... 

GUARDIA 2º (alzando la voz): ¿Quién va? 

EL HOMBRE (reaccionando): ¡Yo! ¡Yo! ¿Tengo el honor de ser el primero? 

El guardia 1º, al escuchar la pregunta del hombre, reprime una carcajada breve. Después vuelve a su impasibilidad. 

GUARDIA 2º (mirando a su interlocutor): ¿Qué se le ofrece? 

EL HOMBRE (se arrodilla a los pies del guardia 2º y le besa los pies): Bendito sea su nombre, fuego que calienta y no abrasa. Dichoso yo que os he mirado. 

GUARDIA 2º (quejándose): Déjese de cumplidos inútiles, hágame el favor. Levántese y hábleme a la cara. Si me adula demasiado, entenderé que quiere sobornarme, y eso no puedo permitírselo. Tal vez espera que yo le proporcione algún beneficio. Todos piensan lo mismo cuando llegan aquí. Como si en nuestras manos estuviese incumplir nuestras obligaciones. 

EL HOMBRE (reparando en el otro guardia, pretende practicar el mismo protocolo con él, pero este lo rechaza con un gesto. Después contempla la puerta y la toca con las manos entreabriendo la boca): Esta es la entrada, la entrada... ¡Cuántas veces la he soñado, pero entonces no podía tocarla! Ahora la veo y la toco, y sé que no es un sueño. Yo la imaginaba de oro, como todo lo que es bello, pero no es sino de madera, como todas las puertas. Vale más que así sea... Amén. (El hombre permanece unos segundos palpando la superficie de la puerta. Después se retira y finge llorar, cubriendo el rostro con las manos. Con voz cavernosa, lúgubre, dice:) Animal que te llamas hombre... Esta es tu herencia. Sí. Esta es tu única herencia: una puerta cerrada. Naciste para recorrer el mundo, para establecer tu ley en el universo. ¿Te acuerdas cuando caminabas sobre las cuatro extremidades y desconocías tu voz? Entonces no amabas ni aborrecías. Vivías en la Edad de Oro. Sí. Eras un conjunto de células que interactuaba con otros conjuntos, pero no te conformabas, no, con ser apariencia entre apariencias, querías llegar a ser. Querías ascender, evolucionar y superar toda forma, toda limitación. Agresivo, luchaste por la supremacía entre tus semejantes, dijiste que tus células tenían un linaje distinto a las demás que demostraban tu superioridad. Y fundaste la Historia. Porque, ¿qué es la Historia más que un cuento bien contado? Te creíste el cuento, tu Constitución. Pero esa constitución no está escrita de una vez y para siempre, no. Hay que escribirla cada día, hay que aplicarla a nuevas situaciones que contradicen a las primeras, y llegará un día en que la narración será incoherente y absurda. ¿Y ese día, será el Fin del Mundo? ¿Qué será de nosotros? Pues el suelo que pisamos no es estable, sino móvil como el agua. Un día alguien dice: ¡He descubierto algo!. Y todos lo siguen como borregos. Pasado un tiempo, nadie se acuerda del invento porque ya no es actual. Otro embeleco lo suplanta. Un conocido mía afirmaba que el hombre es un simio. Bien sé que es una sátira, pero ¡qué sátira! Llega uno a asimilarla. “La selección natural” decía “opera así”. Y muchos se convencieron, e incluso lo corroboraron después (riendo) No puede uno dejar de reírse hasta en los momentos más serios. Perdónenme ustedes (dirigiéndose a los guardias) y también ustedes, espíritus del tiempo (haciendo una reverencia al supuesto público) Todo se termina aprendiendo, porque todas las cosas son iguales. Somos nosotros los que nos creemos distintos. 

GUARDIA 2º (dando un paso hacia él): ¿Ha terminado ya? 

EL HOMBRE (bajando de su encumbramiento): Sí, sí, excelso señor... La verdad es que pensaba que esta escena sería más bonita. Es cierto que figuran los querubines vestidos a la moda del Imperio y la puerta está en su sitio, como cabía esperar, pero siento que falta algo... 

GUARDIA 2º (suspirando con resignación): No falta sino su reconocimiento del hecho. Es habitual fabricarse castillos en el aire, con embajadas, recepciones, proyecciones, última tecnología... Fantasmas... Fantasmas... A todos les ocurre igual. La imaginación no se cansa de diseñar nubes. 

EL HOMBRE (sorprendiéndose): ¿A todos, dice? ¿Luego hubo otros que llegaron aquí antes que yo? 

El guardia 1º vuelve a ahogar una carcajada. 

GUARDIA 1º (Al guardia 2º): Enséñale el abecedario. 

EL HOMBRE (reparando en el guardia 1º): ¿Pero ese ángel habla? Yo creí que era mudo. 

GUARDIA 2º: No. Solo es mudo cuando quiere. 

EL HOMBRE (volviendo el rostro al guardia 1º): En fin, a pesar de la decepción, estoy orgulloso de haber llegado hasta aquí. Al fin podré conocer el tabernáculo, la quinta habitación, como le llaman. ¡Oh!. Dicen que es infinita, que la vista no tropieza nunca en ella, porque sus paredes son de luz purísima, eterna. ¡Si hemos pasado la vida mirando sombras, qué experimentaremos cuando percibamos el efecto transfigurador de la luz! La sensación ya se puede apreciar mientras se piensa. Aquí, en este órgano (señala el corazón) parece que se enciende algo. Es necesario creer. Por mucho que nos opongamos, es necesario creer. ¿Quién no tiene esperanza? Hasta el suelo tiene esperanza de ser pisado, cuanto más el mortal que ha pasado la vida anhelando. Esa ilusión prorrogada no puede morir cuando todas las cosas que nos rodean mueren, por lo menos quedará una semilla para empezar la vida de nuevo. 

GUARDIA 2º (encogiéndose de hombros y mirando al techo del escenario): Está usted a punto de volar. Me imagino que es un pájaro que revolotea por encima de nuestras cabezas... Discurso admirable, el suyo... Pero además de retórica, ¿qué contiene? 

EL HOMBRE (mirando al guardia 2º fijamente): Un sentimiento. Un sentimiento tan verdadero como usted. 

GUARDIA 2º (dirigiendo la vista al guardia 1º): Otro como los demás. (volviendo el rostro al hombre) A ver si acierto: ¿usted quiere entrar, me equivoco? 

EL HOMBRE (con la mirada radiante): Usted lo ha dicho. 

GUARDIA 2º (sonriendo malignamente): Le invito a que haga la siguiente deducción. ¿Cuál considera que es nuestro papel en esta representación? Porque representación es, ¿verdad? (el hombre asiente) Vamos a probar su perspicacia... Si la puerta permaneciese abierta a todo el mundo... ¿qué sentido tendría nuestro trabajo? 

EL HOMBRE (resuelto): No tendría ningún sentido. 

GUARDIA 2º (sin dejar de sonreír): Por lo tanto, usted mismo puede considerar que, puesto que estamos aquí yo y mi compañero, la puerta va a permanecer cerrada. 

EL HOMBRE (mirando primero a la puerta y después a los guardias. Comprendiendo): ¡Oh, déjenme al menos! ¡Aunque solo sea un segundo, una milésima de segundo...! 

GUARDIA 2º (con la mano en el hombro de su interlocutor): Imposible, amigo. 

EL HOMBRE (braceando): ¿Saben cuánto me ha costado llegar hasta esta puerta? Han sido años de estudio, de privaciones, olvidando los placeres de la naturaleza: la conversación, el sexo, el descanso... No sé lo que es reposar... He invertido todo mi patrimonio humano en esta empresa. No me digan que lo he perdido todo. No, porque sería falso. Ya sé que ustedes son de otra raza, que no se mueve al soplo del viento. Ustedes ya estaban aquí antes del principio de los tiempos. Son mandatarios del Todopoderoso, ese que actúa por su propia cuenta porque su sustancia es el movimiento. Pero no me digan ahora (haciendo ademán de limpiarse las lágrimas) no me digan ahora que no puedo, después de mi pasado, que no puedo... ser recibido en la Corte, en la Sala Infinita. 

GUARDIA 2º (tratando de convencerlo): Es una habitación como las demás. Usted ha estado en cuatro habitaciones (mientras esto dice el guardia, el hombre niega rotundamente con la cabeza) Ya no es un niño. Sabrá de lo que le estoy hablando. 

EL HOMBRE (rotundo): ¡Oh! ¡Usted no ha estado allí! 

GUARDIA 2º (impasible): Ni usted tampoco. 

EL HOMBRE (manteniendo la pausa de unos segundos): Entonces... ¿He de morir sin ver...? 

GUARDIA 2º (con aplomo): Ya lo ha visto todo. 

EL HOMBRE (a punto de replicar, parece convencerse): Es decir, ¿que no hay nada más? 

GUARDIA 2º (haciendo un mohín de contrariedad): Nada o todo, según se mire. 

El hombre mira al suelo. No se mueve. El guardia 1º tose. El hombre avanza hacia la derecha del escenario, sin quitar la vista del suelo, en ademán de querer marcharse por donde ha venido. El guardia 2º lo mira con lástima condoliéndose de él. 

GUARDIA 2º (levantando el brazo): Oiga... 

EL HOMBRE (sin volver la vista): Me voy. No tengo nada que hacer aquí. (Sale del escenario). 

El guardia 2º regresa a la puerta y guardia su posición inicial. Mantiene silencio durante unos segundos. 

GUARDIA 1º (observándolo y compadeciéndolo): No te preocupes por él. Aprenderá. 

GUARDIA 2º (no contesta). 

GUARDIA 1º: ¿Te ocurre algo? 

GUARDIA 2º (después de un tiempo, cuando el guardia 1º está a punto de repetir la pregunta): No. No... Solo que... En parte tenía razón... Pobre hombre... 

GUARDIA 1º: Se habrá  llevado un chasco, como todos... ¿Y quién no se lo lleva? 

GUARDIA 2º: Pensaba que hablábamos en verso. 

GUARDIA 1º: Bueno, ¿y qué? Tal vez hablemos en verso sin saberlo. Todo es opinión. 

GUARDIA 2º (mirando al guardia 1º, repitiendo): Todo es opinión. 

El escenario se ilumina. Entra una joven vestida de maja acompañada de un individuo con chándal deportivo que consulta continuamente su reloj de pulsera. Ve a los guardias. Los saluda agitando la mano. 

GUARDIA 1º Y GUARDIA 2º (saludando): Bienvenida, Libertad. 

LIBERTAD (dando una vuelta a modo de sevillana y haciendo que la falda revolotee un poco): Bendice, alma, a quien te saluda por tu nombre. Donde estés tú, estará la alegría. ¡Ay de los que te aborrecen! ¿Qué sería del hombre sin la mujer? Un niño abandonado. Tal vez un despojo. 

GUARDIA 1º: ¿Siempre te manifiestas del mismo modo? 

LIBERTAD: Soy deseo, ¿cómo habría de manifestarme? 

GUARDIA 1º: Hace poco estuvo aquí alguien a quien podrías haber ayudado. Llegó aquí guiado por una estrella, pero es posible que hubiese confundido un astro lejano con algún foco de estos que nos ilumina (dirige la vista hacia el techo). 

LIBERTAD (bromeando): ¡Oh! ¡Sí! En la vida unas cosas se parecen a otras, pero no lo son. (Filosófica). Yo pensaba que el mundo estaba ahí, como una montaña, y tardé en comprender que el mundo somos nosotros. El tiempo nace cuando empezamos a hablar. Es inevitable. 

GUARDIA 1º: ¿Y ese que te acompaña, es otro de tus amantes? 

LIBERTAD (colocando el dedo sobre la boca, a modo de advertencia): Es el Héroe, el Redentor. Se llama Hércules. 

GUARDIA 2º (sorprendido): ¿Se llama Hércules? 

EL ACOMPAÑANTE (adelantándose, con timidez): Me llamo Hércules. 

LIBERTAD (disculpándolo): Habla poco todavía. Dice que hay que hacer las cosas cuando es el momento de hacerlas. De otro modo, se pierden. Pero es muy simpático si le da por serlo... Siempre está mirando el reloj, con mucha atención. Asegura que el Todopoderoso le comunica las noticias a través de él. Viste ropa deportiva porque está en toda ocasión vigilante, preparado para la acción. Actúa muy bien. 

EL ACOMPAÑANTE (adelantándose otra vez con la misma voz de antes): A veces soy simpático. 

GUARDIA 2º (con la mano en el mentón mirando al guardia 1º): Ese nombre lo he oído alguna vez, ¿tú no? 

GUARDIA 1º (haciendo memoria): Tal vez... Alguno de los que pasaron debía llamarse así. 

EL ACOMPAÑANTE (avanzando unos pasos delante de Libertad. Señalando con el dedo) Esa es la puerta... (volviéndose al público) Ese es el Todopoderoso... 

LIBERTAD (adoctrinándolo): Solo es un ojo en la noche. No hace daño. Te mira, únicamente. Te acabas acostumbrando. 

EL ACOMPAÑANTE (repitiendo ensimismado): Te acabas acostumbrando... 

GUARDIA 1º (A Libertad): ¿Cuál es su función? 

LIBERTAD (dubidativa): Pues... dicen que conoce todos los idiomas... y que puede curar enfermos... Tiene una obsesión con la puntualidad... Si le quitaran el reloj, yo creo que se volvería loco... (mientras Libertad habla, el acompañante comienza a recorrer el escenario buscando algo) ¿Qué ocurre, Hércules? ¿Perdiste la hora? 

EL ACOMPAÑANTE (con la vista en el suelo): Huellas...Huellas de hombre... 

LIBERTAD (mirando al suelo también): Serán las tuyas... 

EL ACOMPAÑANTE (con voz más fuerte): No... Huellas de otro hombre... Aquí ha venido uno, vestido de frac, hace nueve minutos... Buscaba la puerta... Quería entrar... No le dejaron...  

Los dos guardias se miran. 

GUARDIA 2º: Todo lo que ha dicho es verdad. Yo mismo asistí a ese individuo. Es el hombre del que te hablamos antes. Mi compañero puede corroborarlo. 

GUARDIA 1º: Es cierto. 

LIBERTAD (con un gesto de entereza): Ya veis que no me equivoco al afirmar que mi acompañante tiene poderes sobrenaturales. Para él ningún fenómeno está oculto. Es un excelente detective. Por algo lo he educado en un pupilaje sobrio. Lo amo como si fuera un hijo. ¿No es así, Hércules mío? 

EL ACOMPAÑANTE (señalando la puerta): El Paraíso... Del otro lado de la puerta... Lo siento... Un campo magnético irresistible... Atrae y destruye... Todos lo esperan... Es la conciencia... Nadie lo alcanzará... Solo se deduce... Pero al Final de los Tiempos... cuando ninguno exista... cuando el reloj se pare... se abrirá la puerta.... Hasta entonces, sangre será nuestra bebida... 

GUARDIA 1º (risueño): Habla como un libro. 

LIBERTAD (disculpándolo): A veces es difícil de comprender, pero nunca miente. A mí me gusta escucharlo. Te aclara muchas cosas. Incluso profetiza sobre mí como si no me conociera. Parece que no pisa el suelo, da la impresión de que no está entre nosotros. Yo lo quiero mucho, porque es como un niño. Si no lo beso delante de la gente, es porque me da vergüenza hacerlo. 

EL ACOMPAÑANTE (señalando el reloj): Los turistas... 

LIBERTAD (dando una palmada): ¡Por Dios! ¡Se me olvidaba! ¡Qué tonta soy! Deprisa, cambiaos el traje. Están a punto de llegar. 

GUARDIA 1º Y GUARDIA 2º: ¿Quiénes? 

LIBERTAD (en voz alta): ¿Quiénes van a ser? ¡Los turistas! ¡Los turistas! Rápido, tenemos que poner esto como una patena. 

GUARDIA 2º: ¿Pero cómo? (sin saber qué hacer) ¿Cómo no nos avisaste antes? 

LIBERTAD (dando vueltas de un lado para otro): Se me pasó... Se me pasó... ¡Oh! ¿Cómo puedo ser tan distraída? Rápido, que venga Braulio con los trajes... (caminando hacia la derecha del escenario y llamando fuertemente) ¡Braulio! ¡Braulio! ¡Braulio!  

Entra un individuo con peluca blanca del siglo XVIII. Es corto de vista y no muy perspicaz. Lleva una maleta roja en la mano que no sabe muy bien qué hacer con ella. Mientras mira estúpidamente al público, Libertad le arrebata la maleta de las manos. 

LIBERTAD (con ira): ¡Oh! ¿No te dije que me avisaras cuando llegaran? ¿Qué clase de bedel eres tú? ¡Pero trae los decorados, hombre! 

BRAULIO (duda un instante, mira al público y después a Libertad, al acompañante y a los guardias. Mientras tanto, Libertad abre la maleta e indica a los guardias que se desvistan y se pongan los vestidos de ángel que hay en la maleta. Los vestidos de ángel son túnicas blancas con alas de pluma o de otro material. Los guardias se desvisten con celeridad sus atuendos romanos y los introducen en la maleta. Libertad entrega la maleta a Braulio) 

LIBERTAD (palmoteando, a Braulio): ¡Pero espabila, hombre! ¡Trae los decorados! (Braulio avanza corriendo a punto de salir) ¿Y el humorista? ¿Dónde está el humorista? (Braulio regresa corriendo a donde está Libertad) ¡Trae al humorista! ¡Trae los decorados! (Braulio sale corriendo del escenario). 

Braulio vuelve a entrar con una bolsa negra en la mano y acompañado de un hombre de unos treinta años con el pelo engominado y gafas de sol. Viste camisa blanca y pantalón de traje y se sonríe continuamente. Braulio entrega la bolsa a Libertad, y ella extrae de ella unas figuras de porispán o de cartón que simbolizan flores, fuentes, árboles que dan al escenario una apariencia campestre, bucólica y pintoresca. De todos modos, ha de notarse que es una decoración improvisada, puesta a prisa, sin cuidado. 

LIBERTAD (a su acompañante Hércules, mientras coloca los decorados): Tú también puedes ayudar. 

EL ACOMPAÑANTE (excusándose): Alguien tiene que observar mientras. 

Libertad termina su trabajo. Comprueba con una mirada que los guardias están vestidos. Extrae de la bolsa negra una guirnalda de flores y la coloca en la cabeza. Después avanza hacia el hombre del pelo engominado, que es el humorista, y le dice: 

LIBERTAD: Tú conmigo siempre. Es importante que te vean conmigo (y lo coloca a su lado). 

EL HUMORISTA: ¿Empiezo ya? 

LIBERTAD: No, no... Espera a que lleguen (al acompañante) Y tú, Hércules, a mi lado también (lo coge de un brazo y lo coloca a su lado) Qué hermosa trinidad. Así estamos bien (mirando a los guardias) ¿Estáis listos? (Ellos asienten) Bueno (A Braulio, que mira al público con ojos de estúpido) Venga, tráelos ya (Braulio, caminando como un pato asustado, sale) 

Transcurren pocos segundos. Se escucha un murmullo de gente que se acerca. Entra Braulio acompañado de cinco personas, dos mujeres y tres hombres. Van vestidos, los hombres, con pantalón blanco y camisa hawaiana. Las mujeres, con pareos y faldas cortas. Están permanentemente comentando y admirándolo todo. Levan cámaras de foto colgadas del cuello. Cuando entran, Braulio conecta el tocadiscos y se oye durante unos segundos una pequeña parte de “Música Acuática” de Häendel. La música termina. 

LIBERTAD (improvisando): Ejem... Buenos días, señores... Yo soy Libertad, y tengo por misión enseñarles la entrada de la Quinta Habitación. ¿Podrían prestarme un minuto de atención? ¿Solo un minuto? ¿Sí? (los turistas guardan silencio) Este es el vestíbulo, ¿ven? Está decorado así en homenaje a la cuarta égloga de Virgilio... Ustedes habrán oído hablar de la cuarta égloga de Virgilio, ¿no es así? (murmullos de aprobación) Aquella que empieza... (Libertad busca en su memoria, intentando encontrar el verso). 

EL ACOMPAÑANTE: Sicelides Musae, paulo maiora canamus. 

LIBERTAD (dando una palmada en la cabeza): Exacto, exacto. Muchas gracias a mi acompañante. Siempre dice todo a tiempo. 

Los turistas aplauden a Hércules. 

LIBERTAD: No, no es necesario que aplaudan. Eso resérvenlo para el final... Pero miren (señalando la puerta) Ese es el famoso templo cerrado y los dos ángeles custodios. Ahí estuvieron Adán y Eva, y ahí dicen que regresaremos todos. Nadie lo ha visto por dentro todavía, pero dicen que es bellísimo (Libertad, al decir esto, levanta la cabeza al cielo. Los turistas fotografían la puerta. Uno de los turistas se acerca al guardia 1º y le toca la orla de su túnica para comprobar que es verdadera) Sí, queridos presentes, son reales... son reales. Pueden hablar, ¿no es así, angelitos? 

GUARDIAS 1º Y 2º  A LA VEZ: Sí. 

Los turistas retroceden asustados. Una mujer da un grito corto.  

LIBERTAD: No se asusten, no hacen daño. 

HUMORISTA (iniciando su intervención): Son de cera, pero muy educados. 

Los turistas miran al humorista y se ríen. 

HUMORISTA (disculpándose): Es verdad. 

Los turistas siguen riendo. 

HUMORISTA (aparte): Nunca pensé  que esta profesión fuera tan fácil. 

TURISTA 1º (preguntando): ¿Se puede entrar? 

LIBERTAD (reaccionando): Ah, no, no, está prohibido. Esta habitación es sagrada. 

TURISTA 2º (una mujer sacando un fajo de billetes): Podemos pagar. 

LIBERTAD (intolerante): De ninguna manera, señora. Es un delito, ¿sabe? Esto es una cosa espiritual, que no está en el comercio de los hombres. Aquí solo entran los elegidos. Es decir, hasta ahora no ha entrado nadie, ¿no es así, angelitos? 

GUARDIAS 1º Y 2º A LA VEZ: Sí. 

Los turistas vuelven a asustarse. 

LIBERTAD (tratando de convencerlos): Conténtense con mirar. Pero oigan (acordándose de algo) Esta habitación tiene su leyenda... Se cuenta- al menos, así me lo contaron a mí cuando era pequeña- que dentro de la habitación hay una gigantesca pantalla, de más de mil pulgadas, y que en ella se representa sucesivamente el nacimiento del mundo. Es hermoso, ¿verdad? Esto lo contaba un poeta que asegura que lo vio con sus propios ojos. 

TURISTA FEMENINA (protestando): ¡Qué aburrido! 

TURISTA MASCULINO: ¿Y esa pantalla, es en color? 

LIBERTAD: Creo que sí. 

TURISTA MASCULINO 2: ¿Y es de alta definición? 

HUMORISTA (sarcástico): Depende de la vista que usted tenga. 

TURISTA FEMENINA 2: A mí  me gustan mucho las películas de amor, los largometrajes lentos, y los cortometrajes cómicos de Charlie Chaplin... ¿En esa pantalla se proyecta alguna película de Charlie Chaplin? 

LIBERTAD (dudando): Pues... 

HUMORISTA: Ya lo creo. Los ratones hacen de todo. 

Los turistas no parecen comprender. 

HUMORISTA (en un aprieto): O las ratas... 

Los turistas ríen. 

HUMORISTA: Estoy a punto de reírme yo. 

LIBERTAD (levantando los brazos): ¿Y bien, que les parece este acogedor vestíbulo? Esta arquitectura es colosal, grandiosa, revela el talento del Creador, que tal vez nos escuche... 

HUMORISTA: ¿Eh? 

Los acompañantes siguen mirando a la puerta, hipnotizados. 

EL ACOMPAÑANTE (sentencioso): Todo mortal... Sin remedio... Seducido por esa puerta. 

HUMORISTA: Y eso que no saben lo que hay detrás. 

LIBERTAD (filosófica): Vamos, señores, pero qué sería del mundo si ese misterio se resolviese... Caerían una a una nuestras ilusiones... Es mejor que así sea... 

EL ACOMPAÑANTE: Amén. 

En este momento, se produce un hecho inesperado. De entre la turba de turistas avanza uno con una pistola en la mano. Se puede reconocer al hombre de la primera escena, a quienes los guardias le impidieron el paso a la Quinta Habitación. Avanza hacia la puerta y se coloca delante de los turistas, que retroceden aterrados. 

EL ACOMPAÑANTE (con un susurro): El... maligno. 

EL HOMBRE ARMADO (con sorna): Bien, ahora no dudo que me escucharán... Así lo he aprendido: “Cuando no te valga pedir, ordena” (gira la vista hacia atrás). Estos dos señores disfrazados de ángeles me negaron la entrada a la Sala Infinita... Ahora he venido aquí para entrar, y aquel que se me oponga, lo mataré. 

EL HUMORISTA (sin perder la sonrisa): ¿Ha comprobado que la pistola está cargada? 

Una turista se desmaya. Otra grita. Los dos turistas masculinos se arrodillan y rezan. 

LIBERTAD (clamando, con nervios): ¡Ay! ¡Ay! ¿Pero qué es esto? 

EL HOMBRE ARMADO: Esto es una orden. 

HUMORISTA: ¿Podemos pactar un aplazamiento? 

EL HOMBRE ARMADO: Desde luego. Puede morir primero, si lo desea, para hacer tiempo. 

HUMORISTA (aparte): Ahora el chiste lo ha hecho él. 

GUARDIA 1º (quejándose): Si al menos tuviéramos nuestras armas... 

EL HOMBRE ARMADO (gritando): ¡Deprisa! ¡Los turistas pueden marcharse! 

Los turistas salen del escenario corriendo. 

EL HUMORISTA: Recuerdo que dejé afuera el pañuelo... ¿Podría...? 

EL HOMBRE ARMADO (gritando): ¡He dicho los turistas! 

EL ACOMPAÑANTE (declamando): Hasta que se abra la puerta, sangre será nuestra bebida. 

EL HOMBRE ARMADO (apuntando a los guardias): Abran la puerta. 

Los guardias vacilan. Libertad grita “¡No!”. Los gritan a la vez: “¡Tirano!”. El acompañante Hércules avanza hacia el hombre armado y trata de sujetarlo cuando este se encuentra de espaldas a él. Ambos forcejean. 

EL HOMBRE ARMADO (gritando): ¡Esto acabará en tragedia! 

EL ACOMPAÑANTE: ¡Cobarde! Dependes de un arma... 

LIBERTAD (gritando a pleno pulmón): ¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Bajad el telón! ¡Bajad el telón! 

Los guardias abandonan la puerta y obedecen. Cae el telón.  
 

Acto segundo

La misma sala en penumbra del primer acto. Prácticamente la misma escena. Los guardias, vestidos de romanos, vigilan la puerta. No hay rastros del decorado campestre. El escenario debe transmitir tristeza, soledad. Un pájaro, símbolo de la nostalgia, se oye cantar en la lejanía. Después del canto del pájaro, comienza el diálogo. 

GUARDIA 1º: Nos han dejado como al principio. 

GUARDIA 2º (meditabundo): Parece mentira que hubiese sucedido aquello... El pasado desaparece, y queda lo mismo, lo que no se puede llevar el tiempo. 

GUARDIA 1º (ensimismado): ¿Qué es lo que no se puede llevar el tiempo? 

GUARDIA 2º: La conciencia. 

Unos segundos de silencio. 

GUARDIA 2º: Aún así, no lo comprendo. 

GUARDIA 1º: ¿Qué  no comprendes? 

GUARDIA 2º: No comprendo nada... Yo bien sé (se frota la frente) que aquí hay alguien más entre nosotros. 

GUARDIA 1º: Eso es ridículo... (señalando al público). Ellos no participan... Ahí hay una pared incorpórea... Pertenecen a otro mundo. 

GUARDIA 2º (sentencioso): Hay un solo mundo para todos. 

GUARDIA 1º: Pues entonces serán los recuerdos... Las estatuas de los Antiguos. El Senado de los Antepasados. Las cosas que suceden vienen a parar ahí más tarde o más temprano. 

Otros segundos de silencio. 

GUARDIA 1º (aproximándose al guardia 2º): Oye. 

GUARDIA 2º: Qué. 

GUARDIA 1º: ¿Tú  nunca has sentido curiosidad por...? 

GUARDIA 2º: Eso es imposible. Nosotros estamos aquí para impedir que eso suceda. 

GUARDIA 1º: Es verdad. Pero... Nosotros también... 

GUARDIA 2º: No, no somos como ellos. 

El guardia 1º hace ademán de hablar, pero luego opta por callarse. Se escucha el ladrido de un perro. 

GUARDIA 1º: La llamada... 

GUARDIA 2º: Es solo un fenómeno natural. No significa nada. 

Unos segundos de silencio. 

GUARDIA 2º (riendo solo): Ese pícaro... 

GUARDIA 1º: ¿Quién? 

GUARDIA 2º: El advenedizo ese... el de la pistola... 

GUARDIA 1º: Ah. 

GUARDIA 2º: No estuvo mal el simulacro, ¿verdad? 

GUARDIA 1º: Por un momento me lo creí, pero después me dije: “el poder somos nosotros. Nosotros somos la divinidad. Nadie puede conculcar esa norma, porque si no, ¿qué sentido tendríamos?”. Lo que ocurrió fue que nos pilló desprevenidos, representando y no actuando, para engatusar a esos turistas. Ellos quieren verlo todo premeditado, para sentirse seguros y organizar la sociedad en base a sus apreciaciones. No pueden ver las cosas cara a cara... 

GUARDIA 2º: Necesitan olvidar la puerta. 

GUARDIA 1º: Es que pensar que el quinto elemento está ahí dentro, el éter... 

GUARDIA 2º: El éter... vapor de agua... nuestras ilusiones. 

GUARDIA 1º: Pero yo he perdido la fe. 

GUARDIA 2º (enfurecido): ¡Cállate! 

Unos segundos de silencio. 

GUARDIA 1º: ¿y Libertad? ¿Actúa o representa? 

GUARDIA 2º: Representa, como los demás. Ella conduce al pueblo, a la asamblea, hasta la puerta, acompañada del humor y del entusiasmo, del sacerdote y del Mesías. Los turistas de este mundo, que forman el pueblo, no pueden dejar de seguirla (pausa). Y así es la Historia, siempre igual para los que no nos movemos del sitio. 

GUARDIA 1º: ¿Y el de la pistola, qué pretendía? 

GUARDIA 2º: Interrumpir la representación. Pero nunca podrá conseguirlo. 

GUARDIA 1º: ¿Por qué? 

GUARDIA 2º: Porque es incapaz de matar una mosca. Es el Mal, el peor actor de esta pieza. 

GUARDIA 1º: Consiguió que se bajase el telón... 

GUARDIA 2º: Sí... Para volver a subirlo más tarde. ¿De qué sirve tener una pistola si no se puede apretar el gatillo? Si se abriese la puerta, todo se desvanecería. Ese hombre estaba loco, así que no puede representar con nosotros. 

GUARDIA 1º: A ti te daba lástima al principio. 

GUARDIA 2º: Sí, y me la sigue dando. En el fondo, en el fondo, yo sé que no es del todo malo... 

Breve pausa. 

GUARDIA 1º: Oye. 

GUARDIA 2º: Qué. 

GUARDIA 1º: ¿Y nosotros... actuamos o representamos? 

GUARDIA 2º (tras una pausa): ¿Por qué me preguntas eso? ¿No sabes la respuesta? 

GUARDIA 1º: Sí... pero... a veces... a veces... (el guardia 2º suspira). No sé si hay... algo más... que esto. 

GUARDIA 2º: Por supuesto que hay algo más (mirando a la sala). ¿Este escenario pobre te parece suficiente? 

GUARDIA 1º: También están las cuatro habitaciones de arriba... Los dormitorios de los turistas... 

GUARDIA 2º (enfurecido): ¡Pero no es suficiente! Cuatro habitaciones no llegan a formar el mundo que pensamos. Solo hay una posibilidad racional: adjudicar a la Quinta Habitación lo que no podemos ver. 

GUARDIA 1º: Pero eso no prueba nada. 

GUARDIA 2º (golpeando el suelo con el pie): ¿Y qué? ¿Acaso puedes tú demostrar que no es verdad? 

GUARDIA 1º (tímido): Pero la carga de la prueba... en todo caso... incumbe al que afirma... 

GUARDIA 2º (gritando): ¡Pues yo no afirmo nada, niego que tengas razón! 

GUARDIA 1º (afable): Te has puesto nervioso. 

GUARDIA 2º (protestando): ¡Me pongo como me da la gana! 

GUARDIA 1º (en voz baja): Yo... perdona... 

GUARDIA 2º (enfurecido): ¡Me estás contagiando tu falta de fe! 

GUARDIA 2º (disculpándose): Es que yo... quiero creer... pero a veces... siento una falta... 

GUARDIA 2º: ¡Te estás volviendo cobarde, como el loco ese que vino aquí con la pistola! 

GUARDIA 1º (prosiguiendo): El otro día soñé... que entraba en la habitación... Tú no estabas... Y cuando entré... cuando entré vi todo oscuro... y el interior olía a cerrado, un poco a humedad, como un abismo... Y yo grité, pero nadie me contestó, porque no había nadie dentro... Estaba solo... Allí... 

GUARDIA 2º (despreciándolo): Eso son imaginaciones... Tu falta de fe te engaña. 

GUARDIA 1º: Yo quiero pensar que es así... Pero si me dieran una prueba, aunque fuera como un átomo... 

GUARDIA 2º: ¡Y dale con la obsesión! Si hubiera pruebas, no estaríamos aquí. 

GUARDIA 1º: Puede ser... o... es... Ambas cosas son lo mismo... Pero lo que sí sé, es que en esta situación no podré seguir por más tiempo. 

GUARDIA 2º (revolviéndose): ¿Vas a abandonar? 

GUARDIA 1º (firme): No... Voy a entrar. 

GUARDIA 2º (asustado): ¡Estás loco! 

GUARDIA 1º (firme): Ahora sé que no puedo hacer otra cosa. Es mi destino... 

GUARDIA 2º (encarándose con él): ¡Por encima de mi cadáver! 

GUARDIA 1º (mirando a la puerta): Lo siento... Somos compañeros de oficio, y el continuo trato nos ha hecho amigos... Pero en este preciso instante mi paciencia se termina... y debo entrar o morir. No hay término medio. 

GUARDIA 2º (tratando de relajarlo): Intenta tranquilizarte... Tal vez estés pasando por un mal momento... Recapacita. Lo que pretendes es imposible. 

GUARDIA 1º (firme): Te equivocas. Es posible. Lo imposible es que tú lo aceptes. 

GUARDIA 2º (resuelto): Pues entonces, vence o muere (y lo golpea con el puño en la sien. El guardia 1º cae. Mientras está en el suelo, el guardia 2º extrae un puñal del cinto y finge apuñalarlo) 

El guardia 1º no se mueve del suelo. Transcurren unos segundos. El guardia 2º está  inquieto y comienza a dar vueltas alrededor del escenario. Se acerca a la puerta. Hace ademán de asir el pomo y desiste, durante tres veces. Después mira al fallecido con profunda preocupación y se muerde las uñas. Vuelve a dar una vuelta alrededor del escenario. Se sienta en el suelo. Se levanta. Va hacia la puerta y ase el pomo. Lo suelta como si ardiese. Vuelve a mirar al fallecido, después al público, y desesperado por el remordimiento, vuelve a extraer el puñal con el que mató al guardia 1º, y se hiere con él en el pecho. Cae al suelo. Se escucha el ladrido de un perro y después el canto de un pájaro. Transcurre medio minuto, pasado el cual la puerta se abre y entra al escenario un niño de unos cinco años con un cubito de playa en la mano. El niño parece desorientado, mira a los cadáveres que están al lado de la puerta y mira al público, sin comprender. Asustado, vuelve a entrar en la habitación y cierra la puerta. 

FIN
 
 

Juan Manuel Pérez Álvarez nació en Orense, Galicia, España (1985). Poeta, narrador y dramaturgo. Ha publicado los libros de poesía: Azul y Oro / Diario Suspensivo (Ed. Incipit) , Vidrieras (Ed. Incipit), Versiones de una vasija (Ed. Incipit) y Sangre y Agua (Ed. El Taller del Poeta). Sus textos se orientan hacia la metafísica y el sentido filosófico de la vida, así como a la idea que concibe el sentimiento como resurreción y ser absoluto, conciencia de la existencia, mente y realidad. La Quinta Habitación es la primera obra de teatro que publica.