Miami
Estados Unidos
Año XII

 Nº 71/72

Escríbanos    

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

NO AGUANTO MÁS

(Monológo)

 

por

 

María Juliana Villafañe

 


En medio del escenario, una luz se ilumina lentamente sobre el espacio en que aparece sentada en el suelo una mujer, con rostro golpeado y mal vestida, mirando en dirección al techo. La luz sigue todos sus movimientos mientras transcurre el monólogo.

 

 

Mira como me ha dejado la cara. Dios Mío, si puedo decir que tuve un accidente de auto y me lo creerían (alzando los brazos). ¿Cómo pude dejar que llegara a esto? Sí, ya sé que estaba borracho, que se había drogado y por eso no pudo controlar lo que hizo. Pero eso no justifica lo que ha hecho. ¡No aguanto más! (bajando los brazos).

 

Nos casamos tan jóvenes. Por más que me advirtieron mis padres, que no me casara, que terminara mi carrera primero, no les hice caso. En aquel entonces no era tan importante que la mujer estudiara, sino el hombre.

 

¡Aún no puedo creer que me haya dejado el rostro así! (dirigiéndose en dirección al público). Lo de las costillas fracturadas puedo ignorarlo, es un dolor interno que pasará, pero no mi rostro marcado, ni la vergüenza ante los vecinos que saben la verdad. ¿Que dirá mi hijo cuando llegue? Ésta herida en mi alma es demasiado honda.

 

Yo hice de todo para ayudarlo (levantándose). Los primeros tres años de casados trabajé como una bendita para mantenerlo y que él pudiera estudiar. Debí dejarlo en aquel momento. Yo era tan inocente, tan tonta, todo lo veía color de rosa. Nunca pregunté por sus notas de la universidad, como habrían hecho sus padres. Tampoco me preguntaba qué hacía cuando decía que se llevaba su botecito para la playa en días de semana. Me sorprendía que nunca hablara de los temas de sus clases o estuviera estudiando de noche cuando yo llegaba a casa. Tampoco en los fines de semana lo veía estudiar. Siempre tenía tiempo para mí. Nos íbamos a bucear largas horas y siempre estaba inventando paseos y cenas, pero todo salía del salario que yo con tanto esfuerzo me ganaba.

 

Perdona, es que con éstos golpes se me ha revolcado el recuerdo (mirando al público y señalando a su rostro). ¿Cómo es posible que le diera casi todo lo que me ganaba? Era cosa del hombre ocuparse de pagar las cuentas, decía. Cuando supe que no había estado estudiando, que se lo estaba pasando bien haciendo que estudiaba, debí dejarlo. Pero es que estaba tan ciega, tan enamorada.

 

Menos mal que le exigí que trabajara o lo nuestro se terminaba (dirigiéndose nuevamente al público mientras camina por la escena). Se buscó un trabajo de capataz de una empresa de construcción. Mal que bien era un trabajo y yo podía costearme los estudios. Protestó mucho cuando insistí que si él no estudiaba lo haría yo. Logré a empujones terminar la carrera. Pero no creas, no fue nada fácil saber que tanto sacrificio no valió de nada entonces. Había quedado embarazada. Al menos eso me hacía ilusión, tener un hijo. Pensaba que eso le haría cambiar esa actitud machista que tenía en los últimos meses que trabajé. No, no dejé el trabajo porque estaba embarazada, sino por la vergüenza que me hizo pasar. Era un viernes, se apareció sin avisar a buscarme a la salida del trabajo. Yo estaba conversando afuera con un compañero al que felicitaba por su matrimonio, recién se había casado. Sentí aquel tirón del brazo sin saber qué ocurría (tocándose el brazo). Mi marido me gritaba diciéndome que era una puta, que siempre había sospechado que estaba con alguien. ¡Estaba borracho! No importó lo que pudiera decir mi compañero, no escuchaba razones. Al llegar a casa no le recriminé nada, no tenía ni fuerzas para discutir. Al otro día le dije que no podía creer lo que había hecho. ¿Cómo me había avergonzado así frente a mi compañero de trabajo que precisamente se acababa de casar? Y ¿cómo no podía respetar el hecho de que estaba encinta? La culpa era mía decía, yo me la pasaba coqueteando con los hombres y él no toleraba eso. Debí dejarle entonces, pero la ilusión de la llegada de mi hijo me detuvo (llevando ambas manos a su vientre).

 

Creo que siempre le molestó este rostro mío que, aún a mi edad, se mantenía lozano. Debe ser genético, mi madre fue hermosa hasta la vejez. Y ahora tengo el rostro destrozado (se cubre el rostro sollozando).

 

Cuando regresé a trabajar, no tardaron mucho en ascenderme en  (mientras se seca las lágrimas del rostro). Yo había estudiado mercadeo y sabía muy bien cómo introducir los productos en el mercado. Mi puesto requería que viajara de vez en cuando a hacer presentaciones en otras localidades. No me prohibió que me ausentara, pero siempre me atosigaba con interrogatorios que me hacían sentir hasta culpable, de lo bien que me sentía durmiendo un par de días tranquila, en la soledad de un cuarto de hotel.

 

No sé cuando comencé a ver un cierto desprecio en los ojos de mi hijo. Un día llegué del trabajo y su padre no apareció hasta tarde. Nos sintió discutir. Me lo encontré en la cocina y le comenté que no me parecía bien que su padre se quedara fuera hasta las tantas de la noche, sin al menos llamar.

 

Es tu culpa mamá, siempre andas atosigándolo, recriminándole por todo. Ya ves lo mucho que ha tenido que trabajar para tenernos bien, es normal que quiera divertirse con los amigos. Salió dando un portazo y ni siquiera me dejó decir nada.

 

¿De qué habla? Si su padre por años ha sido un conformista (alzando los brazos mientras camina por el escenario). Se ha ganado un salario mínimo en su trabajo. Nunca ha tenido la valentía ni para pedir un aumento de sueldo. La que ha llevado las riendas económicas de la casa siempre he sido yo. Claro, como lo ve llegar sudado, con las botas llenas de fango, piensa que trabaja más que yo. Nunca he querido decirle que todos sus lujos los tiene gracias a mí, a mi esfuerzo, a mis logros (señalándose a sí misma). Sus estudios los he pagado yo, la mayor parte de sus juguetes los compré yo. Aún recuerdo sus reacciones cuando tuvo su primer Nintendo. Hoy tiene computadora en su cuarto por mí, tiene su I-phone por mí, su dinero para gastos por mí. Es tan ciego como su padre para ver la mujer que soy. Llevo años aguantando el maltrato de los dos hombres de mi vida (llevándose las manos a la cabeza).

 

Pero esto de hoy ha sido demasiado. Me fui ésta mañana a trabajar muy de madrugada. Tenía que visitar una sucursal y debía manejar unas tres horas. Cuando me desperté él no había llegado. Lo llamé al celular y no contestó. Fui al cuarto de mi hijo para ver si había llamado su padre o si sabía dónde estaba. Cuando lo desperté y le pregunté, me gritó diciendo que estaba harto de mí, que lo molestara con mis cosas, que su padre era hombre y hacía lo que le saliera de los timbales.

 

¡A mí no me faltas el respeto carajo! Le contesté. Salí del cuarto disparada y me fui. Ya se me estaba haciendo tarde. Al regreso ya hablaría con él, con los dos (con aire de seguridad).

 

Regresé del trabajo a las tres de la tarde y encontré a mi marido tirado en nuestra cama, vestido como se había ido el día antes. Estaba indignada ante tal escena. No tuvo ni la delicadeza de cambiarse de ropa. Le toqué para despertarlo y me decía que lo dejara tranquilo. No, que no, cómo es posible que me hagas esto. Yo estaba preocupada, lo menos que puedes hacer es considerarme y llamar. Al menos para saber que no te ha pasado algo malo. ¡Cállate ya! Me gritó. Me tienes harto, que aquí yo soy el macho, el que lleva los pantalones y hago lo que me da la gana. ¿Qué te crees? Que eres la reina. ¡Ya basta! Le devolví el grito, eres un desconsiderado. Me viré para salir del cuarto cuando sentí el halón de pelo (pasándose una mano por la cabeza). ¿Qué te pasa Adrián? ¡Suéltame! Comenzó a darme puños en la cara, en el estómago. Yo que nunca había recibido un golpe en mi vida. Me arrastró por el suelo hasta la calle. Gritaba como un loco que me iba a matar. No lo reconocía, había sido muy fuerte conmigo pero nunca algo como esto. Los vecinos tuvieron que arrancarlo de encima de mí.

 

Hace apenas un rato llegué del hospital. Estoy tan hinchada. Le pedí que se fuera hasta que yo decidiera qué iba a hacer con mi vida. Le advertí, que mejor era que saliera sin discutir, de lo contrario, me vería obligada a llamar a la policía (con voz firme).

 

No me lo pudo hacer fácil, aunque fuera por una vez en su vida. Lloraba mientras me decía que la culpa era mía porque no tenía que haberlo despertado de la forma en que lo hice, que él recién había llegado cuando todo ocurrió. Le dije que lo sabía, aún podía oler el alcohol en su aliento. Estaba borracho. No, decía, lo que había ocurrido es que los amigos le habían puesto una droga en la bebida. Era una broma que le habían jugado. Aún resuenan esas palabras en mí.

 

No siento nada, salvo un gran alivio de ver que se ha marchado. ¿Cómo pude aguantar tantos años ese maltrato? ¿Cómo dejé que me hiciera sentir como una persona que no valía nada? Sus frustraciones por lo que no logró en la vida las descargó sobre mí, que sí me superé por encima de él. Sometida, compartiendo sin egoísmo mi vida (se sienta lentamente en el escenario).

 

¡Mamá! Mamá…lo sentí llamar. Corrí y me acurruqué en sus brazos llorando como una niña desvalida (se abraza a sí misma). Mi mundo, al menos como lo conocía hasta ahora se había derrumbado. Al menos estaban los brazos de mi hijo que me consolaban. Me separé a mirarle a los ojos y ver cómo todo esto le había afectado. Su única respuesta fue ¡Cómo pudiste, mamá! ¡Cómo pudiste hacerle eso a papá! Me miré en sus ojos y vi el reflejo del monstruo que yo misma he creado (inclinando la cabeza hacia el piso mientras las luces se apagan lentamente).

 

FIN

 

Maria Juliana Villafañe nació en San Juan, Puerto Rico (1948). Poeta, narradora, guionista y autora de música popular. Su libro de narrativa juvenil Aurora y sus viajes intergalácticos fue publicado por la Editorial Planeta en el 2003. El afamado jazzista Jon Lucien ha incluido sus letras en varios de sus discos, siendo el más reciente, Man From Paradise (2002), donde incluye dos temas de su autoría. Ha sido corresponsal de varias revistas y asesora del V Encuentro de Escritoras Clara Lair y Julia de Burgos mas allá de las fronteras (2003), del VI Congreso Inés Arredondo celebrado en Guadalajara - México (2004) y del VII Encuentro Internacional Rosalía de Castro celebrado en Vigo, España (2006). Ha publicado los poemarios: Dimensiones en el amor, galardonado en Nueva York con el premio Palma Julia de Burgos, (Puerto Rico, 1992) y Entre Dimensiones (Editorial Isla Negra, 2002). Aparte de publicar su poesía en diversas revistas literarias, sus poemas han sido publicados en las antologías: The American Society of Poets, American Biographical Institute (1991); Awaken to a Dream (Watermark Press Publication, 1991); Mujeres 98 (Creación Femenina, 1998); Entre el Fulgor y los Delirios (Ed. Maribelina-Perú, 1997); Ontolírica del Canto (Ed. Maribelina-Perú, 2000); Literatura Infantil y Juvenil – Tendencias Actuales en investigación (Universidad de Vigo-España, 2000); la Antología Compartida de Poetas Hispanos de Miami (Editorial Nosotros, 2000); en los Anuarios X y XI de la Revista Literaria Baquiana (Ediciones Baquiana, 2009 y 2010 respectivamente); y en el libro Homenaje a Miguel Hernández en su centenario (AECID – Ediciones Baquiana, 2010).