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En medio del
escenario, una luz se ilumina lentamente sobre el espacio en que
aparece sentada en el suelo una mujer, con rostro golpeado y mal
vestida, mirando en dirección al techo. La luz sigue todos sus
movimientos mientras transcurre el monólogo.
─Mira
como me ha dejado la cara. Dios Mío, si puedo decir que tuve un
accidente de auto y me lo creerían (alzando los brazos). ¿Cómo
pude dejar que llegara a esto? Sí, ya sé que estaba borracho, que se
había drogado y por eso no pudo controlar lo que hizo. Pero eso no
justifica lo que ha hecho. ¡No aguanto más! (bajando los brazos).
Nos casamos tan jóvenes. Por más que me advirtieron mis padres, que no
me casara, que terminara mi carrera primero, no les hice caso. En
aquel entonces no era tan importante que la mujer estudiara, sino el
hombre.
¡Aún no puedo creer que me haya dejado el rostro así! (dirigiéndose
en dirección al público). Lo de las costillas fracturadas puedo
ignorarlo, es un dolor interno que pasará, pero no mi rostro marcado,
ni la vergüenza ante los vecinos que saben la verdad. ¿Que dirá mi
hijo cuando llegue? Ésta herida en mi alma es demasiado honda.
Yo hice de todo para ayudarlo (levantándose). Los primeros tres
años de casados trabajé como una bendita para mantenerlo y que él
pudiera estudiar. Debí dejarlo en aquel momento. Yo era tan inocente,
tan tonta, todo lo veía color de rosa. Nunca pregunté por sus notas de
la universidad, como habrían hecho sus padres. Tampoco me preguntaba
qué hacía cuando decía que se llevaba su botecito para la playa en
días de semana. Me sorprendía que nunca hablara de los temas de sus
clases o estuviera estudiando de noche cuando yo llegaba a casa.
Tampoco en los fines de semana lo veía estudiar. Siempre tenía tiempo
para mí. Nos íbamos a bucear largas horas y siempre estaba inventando
paseos y cenas, pero todo salía del salario que yo con tanto esfuerzo
me ganaba.
Perdona, es que con éstos golpes se me ha revolcado el
recuerdo (mirando al público y señalando a su rostro). ¿Cómo es
posible que le diera casi todo lo que me ganaba?
Era cosa del hombre ocuparse de pagar las cuentas, decía. Cuando supe
que no había estado estudiando, que se lo estaba pasando bien haciendo
que estudiaba, debí dejarlo. Pero es que estaba tan ciega, tan
enamorada.
Menos mal que le exigí que trabajara o lo nuestro se terminaba
(dirigiéndose nuevamente al público mientras camina por la escena).
Se buscó un trabajo de capataz de una empresa de construcción. Mal que
bien era un trabajo y yo podía costearme los estudios. Protestó mucho
cuando insistí que si él no estudiaba lo haría yo. Logré a empujones
terminar la carrera. Pero no creas, no fue nada fácil saber que tanto
sacrificio no valió de nada entonces. Había quedado embarazada. Al
menos eso me hacía ilusión, tener un hijo. Pensaba que eso le haría
cambiar esa actitud machista que tenía en los últimos meses que
trabajé. No, no dejé el trabajo porque estaba embarazada, sino por la
vergüenza que me hizo pasar. Era un viernes, se apareció sin avisar a
buscarme a la salida del trabajo. Yo estaba conversando afuera con un
compañero al que felicitaba por su matrimonio, recién se había casado.
Sentí aquel tirón del brazo sin saber qué ocurría (tocándose el
brazo). Mi marido me gritaba diciéndome que era una puta, que
siempre había sospechado que estaba con alguien. ¡Estaba borracho! No
importó lo que pudiera decir mi compañero, no escuchaba razones. Al
llegar a casa no le recriminé nada, no tenía ni fuerzas para discutir.
Al otro día le dije que no podía creer lo que había hecho. ¿Cómo me
había avergonzado así frente a mi compañero de trabajo que
precisamente se acababa de casar? Y ¿cómo no podía respetar el hecho
de que estaba encinta? La culpa era mía decía, yo me la pasaba
coqueteando con los hombres y él no toleraba eso. Debí dejarle
entonces, pero la ilusión de la llegada de mi hijo me detuvo
(llevando ambas manos a su vientre).
Creo que siempre le molestó este rostro mío que, aún a mi edad, se
mantenía lozano. Debe ser genético, mi madre fue hermosa hasta la
vejez. Y ahora tengo el rostro destrozado (se cubre el rostro
sollozando).
Cuando regresé a trabajar, no tardaron mucho en
ascenderme en (mientras se seca las lágrimas del rostro). Yo
había estudiado mercadeo y sabía muy bien cómo introducir
los productos en el
mercado. Mi puesto requería que viajara de vez en cuando a hacer
presentaciones en otras localidades. No me prohibió que me ausentara,
pero siempre me atosigaba con interrogatorios que me hacían sentir
hasta culpable, de lo bien que me sentía durmiendo un par de días
tranquila, en la soledad de un cuarto de hotel.
No sé cuando comencé a ver un cierto desprecio en los ojos de mi hijo.
Un día llegué del trabajo y su padre no apareció hasta tarde. Nos
sintió discutir. Me lo encontré en la cocina y le comenté que no me
parecía bien que su padre se quedara fuera hasta las tantas de la
noche, sin al menos llamar.
Es tu culpa mamá, siempre andas atosigándolo, recriminándole por todo.
Ya ves lo mucho que ha tenido que trabajar para tenernos bien, es
normal que quiera divertirse con los amigos. Salió dando un portazo y
ni siquiera me dejó decir nada.
¿De qué habla? Si su padre por años ha sido un conformista (alzando
los brazos mientras camina por el escenario). Se ha ganado un
salario mínimo en su trabajo. Nunca ha tenido la valentía ni para
pedir un aumento de sueldo. La que ha llevado las riendas económicas
de la casa siempre he sido yo. Claro, como lo ve llegar sudado, con
las botas llenas de fango, piensa que trabaja más que yo. Nunca he
querido decirle que todos sus lujos los tiene gracias a mí, a mi
esfuerzo, a mis logros (señalándose a sí misma). Sus estudios
los he pagado yo, la mayor parte de sus juguetes los compré yo. Aún
recuerdo sus reacciones cuando tuvo su primer Nintendo. Hoy
tiene computadora en su cuarto por mí, tiene su I-phone por mí,
su dinero para gastos por mí. Es tan ciego como su padre para ver la
mujer que soy. Llevo años aguantando el maltrato de los dos hombres de
mi vida (llevándose las manos a la cabeza).
Pero esto de hoy ha sido demasiado. Me fui ésta mañana a trabajar muy
de madrugada. Tenía que visitar una sucursal y debía manejar unas tres
horas. Cuando me desperté él no había llegado. Lo llamé al celular y
no contestó. Fui al cuarto de mi hijo para ver si había llamado su
padre o si sabía dónde estaba. Cuando lo desperté y le pregunté, me
gritó diciendo que estaba harto de mí, que lo molestara con mis cosas,
que su padre era hombre y hacía lo que le saliera de los timbales.
¡A mí no me faltas el respeto carajo! Le contesté. Salí del cuarto
disparada y me fui. Ya se me estaba haciendo tarde. Al regreso ya
hablaría con él, con los dos (con aire de seguridad).
Regresé del trabajo a las tres de la tarde y encontré a mi marido
tirado en nuestra cama, vestido como se había ido el día antes. Estaba
indignada ante tal escena. No tuvo ni la delicadeza de cambiarse de
ropa. Le toqué para despertarlo y me decía que lo dejara tranquilo.
No, que no, cómo es posible que me hagas esto. Yo estaba preocupada,
lo menos que puedes hacer es considerarme y llamar. Al menos para
saber que no te ha pasado algo malo. ¡Cállate ya! Me gritó. Me tienes
harto, que aquí yo soy el macho, el que lleva los pantalones y hago lo
que me da la gana. ¿Qué te crees? Que eres la reina. ¡Ya basta! Le
devolví el grito, eres un desconsiderado. Me viré para salir del
cuarto cuando sentí el halón de pelo (pasándose una mano por la
cabeza). ¿Qué te pasa Adrián? ¡Suéltame! Comenzó a darme puños en
la cara, en el estómago. Yo que nunca había recibido un golpe en mi
vida. Me arrastró por el suelo hasta la calle. Gritaba como un loco
que me iba a matar. No lo reconocía, había sido muy fuerte conmigo
pero nunca algo como esto. Los vecinos tuvieron que arrancarlo de
encima de mí.
Hace apenas un rato llegué del hospital. Estoy tan hinchada. Le pedí
que se fuera hasta que yo decidiera qué iba a hacer con mi vida. Le
advertí, que mejor era que saliera sin discutir, de lo contrario, me
vería obligada a llamar a la policía (con voz firme).
No me lo pudo hacer fácil, aunque fuera por una vez en su vida.
Lloraba mientras me decía que la culpa era mía porque no tenía que
haberlo despertado de la forma en que lo hice, que él recién había
llegado cuando todo ocurrió. Le dije que lo sabía, aún podía oler el
alcohol en su aliento. Estaba borracho. No, decía, lo que había
ocurrido es que los amigos le habían puesto una droga en la bebida.
Era una broma que le habían jugado. Aún resuenan esas palabras en mí.
No siento nada, salvo un gran alivio de ver que se ha marchado. ¿Cómo
pude aguantar tantos años ese maltrato? ¿Cómo dejé que me hiciera
sentir como una persona que no valía nada? Sus frustraciones por lo
que no logró en la vida las descargó sobre mí, que sí me superé por
encima de él. Sometida, compartiendo sin egoísmo mi vida (se sienta
lentamente en el escenario).
¡Mamá! Mamá…lo sentí llamar. Corrí y me acurruqué en sus brazos
llorando como una niña desvalida (se abraza a sí misma). Mi
mundo, al menos como lo conocía hasta ahora se había derrumbado. Al
menos estaban los brazos de mi hijo que me consolaban. Me separé a
mirarle a los ojos y ver cómo todo esto le había afectado. Su única
respuesta fue ¡Cómo pudiste, mamá! ¡Cómo pudiste hacerle eso a papá!
Me miré en sus ojos y vi el reflejo del monstruo que yo misma he
creado (inclinando la cabeza hacia el piso mientras las luces se
apagan lentamente).
FIN
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