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Me llamó mi hermana para contármelo:
̶ ¿Te
enteraste?
̶ ¿De qué?
̶ Están
aquí en el pueblo los arqueólogos
̶ ¿Qué
arqueólogos? ̶ Con ella las conversaciones siempre son así, a
trompicones, como si quisiera retrasar el momento en el que
demuestra ser la dueña exclusiva del último chisme.
̶ Los de la memoria histórica esa.
En cuarenta y
cinco minutos me lo contó todo con pelos y señales. Fue idea de los
de Casa del Marqués. Por lo visto la nieta que vive en Madrid está
casada con un periodista y cuando estuvieron allí en el pueblo el
verano pasado anduvo de casa en casa entrevistando a todos los que
quedan de aquella época. Antes no se hablaba de estas cosas más que
con los de mucha confianza, pero ahora, con el paso de los años la
gente perdió el miedo. El caso es que, según me cuenta ella, el
periodista de marras lo iba apuntando todo en una libreta y cuando
volvió a Madrid se lo llevó a un conocido que tiene en el ministerio,
o donde sea que se ocupan de estas cosas, y ahora van a empezar a
revolver por varios sitios a ver qué encuentran.
̶ Me dijo Teresa que van a empezar donde la fuente La Ñavera…
̶ ¿Sin pedir permiso a nadie?
̶ Ya sabes que el alcalde es del PSOE
̶ ¿Y a las familias no nos preguntan?
̶ Las familias queremos saber, ¿no? ̶ Ella es la mayor, pero ya
desde que éramos pequeñas busca siempre mi opinión antes de decidir
cuál va a ser la suya. Y ahí quedó la cosa, porque yo no sé si
quiero saber más de lo que ya sé.
Sé
que mis padres se conocieron en la romería de San Juan. Él era de
otro pueblo, y había venido con unos amigos, cruzando por los montes,
como se hacía antes. Bailaron un par de pasodobles, se gustaron y
empezaron a cortejar a la antigua. Después de un año, se casaron, y
mi padre, que era cantero, construyó nuestra casa en un terreno que
les regalaron mis abuelos maternos. Allí nacimos nosotras y de allí
sacaron a mi padre una noche al poco tiempo de empezar la guerra.
Mi madre tuvo que cerrar la casa y volver a vivir con mis abuelos
una vez que aceptó que mi padre no iba a volver.
Los abuelos
eran de dinero y de derechas. De misa diaria, pero buena gente. Yo
creo que sintieron lo de mi padre, pero no estaban los tiempos como
para demostrarlo. De cara a la galería supongo que se lamentarían de
la mala cabeza de mi madre, casándose con un rojo, pero en casa ni
una mala palabra. Claro que entonces nosotras éramos muy pequeñas
para enterarnos de nada.
Debe de ser
verdad lo que dicen sobre que en los pueblos se notaron menos las
penurias de la guerra y la postguerra, porque yo no recuerdo pasar
privaciones. En casa teníamos huerta, frutales, vacas para la leche,
gallinas para los huevos, y matanza para la carne. El negocio de mi
abuelo no sufrió mucho y, al menos en mi opinión infantil, no nos
faltaba de nada.
Cuando empecé a ir a la escuela fue cuando empecé a
darme cuenta de que había dos tipos de gente: nosotros y los rojos.
Don Paco, el maestro, que había perdido un ojo en la Batalla del
Ebro, nos explicó que los rojos eran todos malísimos. Quemaban
iglesias, mataban a curas y monjas y querían llevar todo el oro de
España para Rusia. Gracias a Dios, el Generalísimo les había parado
los pies y ahora las cosas iban a volver a su cauce. Los rojos
estaban en la cárcel o en el exilio y por tanto los curas, las
monjas y los niños podíamos respirar tranquilos.
Como ya dije antes, no recuerdo haber sufrido ninguna
carencia material durante la infancia. Tuve, sin embargo, la
carencia de mi padre. Como todos los niños que pierden a uno de sus
padres antes de poder recordarlo, yo me creé una imagen de mi padre
basada en las cuatro fotos que había visto y en lo poco que me había
contado mi madre. El resto lo añadió mi imaginación. Seguro que
había sido cariñoso, más alto de lo que parecía en las fotos,
simpático y fuerte.
Mi madre nunca entró en muchos detalles sobre su
muerte, así que cuál no sería mi sorpresa cuando una amiga de la
escuela me dijo que le había oído decir a su madre que mi padre era
un rojo y que lo habían fusilado al principio de la guerra. En un
principio protesté y me negué a creerlo. Le retiré el saludo a mi
amiga, incluso. Pero luego me pudo la curiosidad y empecé a recoger
migajas de información aquí y allí. Y decidí que si mi padre era
rojo de verdad, entonces tan malos no podían ser.
A pesar de todas las migajas, lo cierto es que al
llegar el fin de semana de Difuntos, nosotras no teníamos un nicho
al que llevar flores, y yo, ya que tenía que crecer sin conocer a mi
padre, me daba por lo menos el gusto de imaginarme que a lo mejor
todos esos rumores eran falsos. En ese mundo imaginario, mi padre se
había escapado (de alguna manera heroica, por supuesto) y llevaba
una vida interesantísima en algún sitio exótico. Aunque nos echaba
de menos, no podía regresar a por nosotras porque todavía tenía
enemigos y era mejor para él que le consideraran muerto. Otras veces,
si no vivo, por lo menos me imaginaba que había muerto como un
valiente, enfrentándose a sus verdugos y matando a tres o cuatro
antes de caer abatido.
Seguí alimentando esas fantasías durante años.
Incluso, cuando la gente fue perdiendo el miedo poco a poco y
empezaron los rumores sobre donde estaban enterrados todos los que,
como mi padre, ya no estaban, ni tenían un nicho en el cementerio
del pueblo. Se decía que había una fosa en la curva de La Florida,
otra al lado del muro de la pomarada de casa Luis y una última en la
fuente de La Ñavera. En esta última se supone que está mi padre. No
voy a negar que mis paseos me llevan por allí, por lo menos una vez,
siempre que visito el pueblo, pero nunca dejo flores, como sé que
hacía mi madre y que todavía hace mi hermana de vez en cuando,
porque si empiezo a dejar flores tengo que dejar de imaginarme esa
vida fabulosa que quizás tuvo mi padre después de escapar.
Como en los pueblos pequeños no nos podemos evitar
los unos a los otros, poco a poco los odios acérrimos se fueron
atemperando. Fue algo así como en el fútbol. Nada más acabar la
guerra esto era como cuando vienen los ingleses a jugar una copa de
Europa, y los antidisturbios tienen que escoltarlos por las calles
hasta el estadio porque si los dejan solos con los ultras españoles
se matan entre ellos. Una vez en el estadio, cada grupo a su esquina
para que haya paz. Con el paso de los años, me recuerda más al bar
del pueblo cuando juegan el Madrid y el Barcelona. Todo el mundo
sabe de qué pie cojea el resto, y hay mucha voz subida de tono,
mucha cizaña cuando marca uno o el otro, mucha palabra malsonante,
mucho “desde que marchó Di Stefano no volvimos a levantar cabeza” o
“es que como Cruyff ya no quedan”… pero la sangre no llega al río.
Por eso, y porque los viejos lo que quieren es tener a alguien que
los escuche, el periodista de Madrid se hizo con todos los detalles
que necesitaba para un buen artículo en el dominical de El País.
Me volvió a llamar mi hermana. Estuve a punto de no
contestar, pero me pudo la curiosidad.
̶ Ya
terminaron en La Ñavera
̶
¿Y?
̶
Encontraron
seis. Según me dijo Josefa algunos todavía tienen el reloj y los
botones del traje, pero según madre, padre iba en pijama cuando lo
llevaron.
̶ ¿Cuándo
hablasteis tú y madre de eso?
̶ Más de una vez en los últimos años, después de que tú
marchaste a estudiar y a hacer vida en la ciudad
̶ ¿Y nunca me dijiste nada?-¿en qué cabeza cabe?
̶ Se me olvidaría. Como nos vemos poco… ̶ siempre con lo mismo.
̶ ¿Qué más te contó que yo no sepa?
̶ No sé, así de pronto no sé lo que tú sabes y lo que no. El
caso es que te llamaba porque los de la memoria quieren una muestra
de ADN o no sé qué, para saber si alguno de los seis es padre.
̶ ¿Se la vas a dar?
̶ Ahora
a las cuatro y media.
̶ Llámame cuando sepas algo.
Al
final, la memoria histórica pudo más que la mía, mi memoria
imaginaria. Mi padre no estuvo nunca ni en París, ni en Buenos
Aires. El motivo por el que no volvió a por nosotras no fue una
amnesia, ni un grave peligro, como yo justificaba. Tampoco murió
peleando, porque parece ser que tenía las manos atadas, la nariz y
la mandíbula rotas a culatazos y tres tiros en la espalda. Por dejar,
no me dejaron ni la fantasía de que era más alto de lo que parecía
en las fotos, porque hasta su estatura exacta pusieron en el informe.
Yo no lo pedí, pero por ley tienen que enviar una copia a cada
descendiente directo. Una vez que lo tuve delante, no pude evitar
leerlo. Me dicen en la carta que enviaron con el informe que ahora
que sé todo esto ya me puedo quedar tranquila. ¿Qué sabrán ellos? Mi
padre imaginario me visitaba en las noches insomnes para contarme la
apasionante historia de su vida. Mi padre histórico es un montón de
huesos rotos y agujereados que enterramos en la tumba de mi madre.
Debo ser rara, porque no siento tranquilidad ninguna.
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Verónica Álvarez Alonso
nació en
Gijón, España (1976).
Narradora y profesora. Es Licenciada en Filología Hispánica por la
Universidad de Oviedo. Reside en el Estado de Nueva York, donde
trabaja como profesora de español en una escuela secundaria desde el
año 2001. Sus narraciones han sido publicadas en diversos medios de
prensa.

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