Miami
Estados Unidos
Año XIII

Nº 73/74

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

MEMORIA IMAGINARIA

por

Verónica Álvarez Alonso

 

        Me llamó mi hermana para contármelo:

    ̶  ¿Te enteraste?

       ̶  ¿De qué?

       ̶  Están aquí en el pueblo los arqueólogos

      ̶  ¿Qué arqueólogos?  ̶ Con ella las conversaciones siempre son así, a trompicones, como si quisiera retrasar el momento en el que demuestra ser la dueña exclusiva del último chisme.

     ̶  Los de la memoria histórica esa.

  

     En cuarenta y cinco minutos me lo contó todo con pelos y señales.  Fue idea de los de Casa del Marqués.  Por lo visto la nieta que vive en Madrid está casada con un periodista y cuando estuvieron allí en el pueblo el verano pasado anduvo de casa en casa entrevistando a todos los que quedan de aquella época.  Antes no se hablaba de estas cosas más que con los de mucha confianza, pero ahora, con el paso de los años la gente perdió el miedo.  El caso es que, según me cuenta ella, el periodista de marras lo iba apuntando todo en una libreta y cuando volvió a Madrid se lo llevó a un conocido que tiene en el ministerio, o donde sea que se ocupan de estas cosas, y ahora van a empezar a revolver por varios sitios a ver qué encuentran.

 

     ̶  Me dijo Teresa que van a empezar donde la fuente La Ñavera…

     ̶  ¿Sin pedir permiso a nadie?

     ̶  Ya sabes que el alcalde es del PSOE

     ̶  ¿Y a las familias no nos preguntan? 

     ̶  Las familias queremos saber, ¿no?  ̶ Ella es la mayor, pero ya desde que éramos pequeñas busca siempre mi opinión antes de decidir cuál va a ser la suya.  Y ahí quedó la cosa, porque yo no sé si quiero saber más de lo que ya sé. 

    

    Sé que mis padres se conocieron en la romería de San Juan.  Él era de otro pueblo, y había venido con unos amigos, cruzando por los montes, como se hacía antes.  Bailaron un par de pasodobles, se gustaron y empezaron a cortejar a la antigua.  Después de un año, se casaron, y mi padre, que era cantero, construyó nuestra casa en un terreno que les regalaron mis abuelos maternos.  Allí nacimos nosotras y de allí sacaron a mi padre una noche al poco tiempo de empezar la guerra.  Mi madre tuvo que cerrar la casa y volver a vivir con mis abuelos una vez que aceptó que mi padre no iba a volver.

      

     Los abuelos eran de dinero y de derechas. De misa diaria, pero buena gente. Yo creo que sintieron lo de mi padre, pero no estaban los tiempos como para demostrarlo. De cara a la galería supongo que se lamentarían de la mala cabeza de mi madre, casándose con un rojo, pero en casa ni una mala palabra. Claro que entonces nosotras éramos muy pequeñas para enterarnos de nada.

      

     Debe de ser verdad lo que dicen sobre que en los pueblos se notaron menos las penurias de la guerra y la postguerra, porque yo no recuerdo pasar privaciones. En casa teníamos huerta, frutales, vacas para la leche, gallinas para los huevos, y matanza para la carne. El negocio de mi abuelo no sufrió mucho y, al menos en mi opinión infantil, no nos faltaba de nada.

    

     Cuando empecé a ir a la escuela fue cuando empecé a darme cuenta de que había dos tipos de gente: nosotros y los rojos. Don Paco, el maestro, que había perdido un ojo en la Batalla del Ebro, nos explicó que los rojos eran todos malísimos. Quemaban iglesias, mataban a curas y monjas y querían llevar todo el oro de España para Rusia. Gracias a Dios, el Generalísimo les había parado los pies y ahora las cosas iban a volver a su cauce. Los rojos estaban en la cárcel o en el exilio y por tanto los curas, las monjas y los niños podíamos respirar tranquilos.

   

     Como ya dije antes, no recuerdo haber sufrido ninguna carencia material durante la infancia. Tuve, sin embargo, la carencia de mi padre. Como todos los niños que pierden a uno de sus padres antes de poder recordarlo, yo me creé una imagen de mi padre basada en las cuatro fotos que había visto y en lo poco que me había contado mi madre. El resto lo añadió mi imaginación. Seguro que había sido cariñoso, más alto de lo que parecía en las fotos, simpático y fuerte. 

   

     Mi madre nunca entró en muchos detalles sobre su muerte, así que cuál no sería mi sorpresa cuando una amiga de la escuela me dijo que le había oído decir a su madre que mi padre era un rojo y que lo habían fusilado al principio de la guerra. En un principio protesté y me negué a creerlo. Le retiré el saludo a mi amiga, incluso. Pero luego me pudo la curiosidad y empecé a recoger migajas de información aquí y allí. Y decidí que si mi padre era rojo de verdad, entonces tan malos no podían ser.

    

     A pesar de todas las migajas, lo cierto es que al llegar el fin de semana de Difuntos, nosotras no teníamos un nicho al que llevar flores, y yo, ya que tenía que crecer sin conocer a mi padre, me daba por lo menos el gusto de imaginarme que a lo mejor todos esos rumores eran falsos. En ese mundo imaginario, mi padre se había escapado (de alguna manera heroica, por supuesto) y llevaba una vida interesantísima en algún sitio exótico. Aunque nos echaba de menos, no podía regresar a por nosotras porque todavía tenía enemigos y era mejor para él que le consideraran muerto. Otras veces, si no vivo, por lo menos me imaginaba que había muerto como un valiente, enfrentándose a sus verdugos y matando a tres o cuatro antes de caer abatido.

    

     Seguí alimentando esas fantasías durante años. Incluso, cuando la gente fue perdiendo el miedo poco a poco y empezaron los rumores sobre donde estaban enterrados todos los que, como mi padre, ya no estaban, ni tenían un nicho en el cementerio del pueblo. Se decía que había una fosa en la curva de La Florida, otra al lado del muro de la pomarada de casa Luis y una última en la fuente de La Ñavera. En esta última se supone que está mi padre. No voy a negar que mis paseos me llevan por allí, por lo menos una vez, siempre que visito el pueblo, pero nunca dejo flores, como sé que hacía mi madre y que todavía hace mi hermana de vez en cuando, porque si empiezo a dejar flores tengo que dejar de imaginarme esa vida fabulosa que quizás tuvo mi padre después de escapar.

    

     Como en los pueblos pequeños no nos podemos evitar los unos a los otros, poco a poco los odios acérrimos se fueron atemperando. Fue algo así como en el fútbol. Nada más acabar la guerra esto era como cuando vienen los ingleses a jugar una copa de Europa, y los antidisturbios tienen que escoltarlos por las calles hasta el estadio porque si los dejan solos con los ultras españoles se matan entre ellos. Una vez en el estadio, cada grupo a su esquina para que haya paz. Con el paso de los años, me recuerda más al bar del pueblo cuando juegan el Madrid y el Barcelona. Todo el mundo sabe de qué pie cojea el resto, y hay mucha voz subida de tono, mucha cizaña cuando marca uno o el otro, mucha palabra malsonante, mucho “desde que marchó Di Stefano no volvimos a levantar cabeza” o “es que como Cruyff ya no quedan”… pero la sangre no llega al río. Por eso, y porque los viejos lo que quieren es tener a alguien que los escuche, el periodista de Madrid se hizo con todos los detalles que necesitaba para un buen artículo en el dominical de El País.

    

     Me volvió a llamar mi hermana. Estuve a punto de no contestar, pero me pudo la curiosidad.

 

      ̶  Ya terminaron en La Ñavera

      ̶  ¿Y?

     ̶  Encontraron seis.  Según me dijo Josefa algunos todavía tienen el reloj y los botones del  traje, pero según madre, padre iba en pijama cuando lo llevaron.

      ̶  ¿Cuándo hablasteis tú y madre de eso?

   ̶  Más de una vez en los últimos años, después de que tú marchaste a estudiar y a hacer vida en la ciudad

   ̶  ¿Y nunca me dijiste nada?-¿en qué cabeza cabe?

   ̶  Se me olvidaría.  Como nos vemos poco…  ̶ siempre con lo mismo.

   ̶  ¿Qué más te contó que yo no sepa?

   ̶  No sé, así de pronto no sé lo que tú sabes y lo que no. El caso es que te llamaba porque los de la memoria quieren una muestra de ADN o no sé qué, para saber si alguno de los seis es padre.

   ̶  ¿Se la vas a dar?

      ̶  Ahora a las cuatro y media.

   ̶  Llámame cuando sepas algo.

    

Al final, la memoria histórica pudo más que la mía, mi memoria imaginaria. Mi padre no estuvo nunca ni en París, ni en Buenos Aires. El motivo por el que no volvió a por nosotras no fue una amnesia, ni un grave peligro, como yo justificaba. Tampoco murió peleando, porque parece ser que tenía las manos atadas, la nariz y la mandíbula rotas a culatazos y tres tiros en la espalda. Por dejar, no me dejaron ni la fantasía de que era más alto de lo que parecía en las fotos, porque hasta su estatura exacta pusieron en el informe. Yo no lo pedí, pero por ley tienen que enviar una copia a cada descendiente directo. Una vez que lo tuve delante, no pude evitar leerlo. Me dicen en la carta que enviaron con el informe que ahora que sé todo esto ya me puedo quedar tranquila. ¿Qué sabrán ellos? Mi padre imaginario me visitaba en las noches insomnes para contarme la apasionante historia de su vida. Mi padre histórico es un montón de huesos rotos y agujereados que enterramos en la tumba de mi madre. Debo ser rara, porque no siento tranquilidad ninguna.

 

Verónica Álvarez Alonso nació en Gijón, España (1976). Narradora y profesora. Es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo. Reside en el Estado de Nueva York, donde trabaja como profesora de español en una escuela secundaria desde el año 2001. Sus narraciones han sido publicadas en diversos medios de prensa.