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Estando a uno metros de la suicida, Carlos dudó
un instante y los pies
̶ahora unos troncos pesados ̶ se hundieron en el barro y la hierba
del precipicio. Más allá, la persona a quien debía rescatar
sollozaba y sus bramidos se desvanecían con el viento. Desde arriba
los curiosos gritaban. “¡sálvenla!”.
“¡Vamos, Don Carlos!”, dijo el joven bombero detrás de él y Carlos,
dubitativo, dio unos pasos. Creía tener la convicción (¿o era apenas
una corazonada?) que las escenas se repetían una y otra vez desde
siempre. Los chicos portándose mal, el alquiler de la casa, las
cuotas del auto, taxear de lunes a sábado, el fútbol dominguero y el
posterior dolor en la espalda que duraba la noche entera. Lo peor,
la diabetes de su esposa e ir a mendigar al Seguro Social por una
cita médica.
Le dio
pánico creer que avizoraba en el rostro mustio de la suicida, no
solo el dolor sino sus motivos. Si era una chiquilla probablemente
estuviese embarazada; si era una mujer mayor, quizás la había
abandonado su marido; y si era una mujer cincuentona, había sido
despedida de su trabajo. Y, de ser una joven ilusa, posiblemente
acababa de enterarse de que su novio no retornaría del extranjero
pues se había comprometido con una tal May Brown.
“Don Carlos,
ya casi llegamos”, dijo el joven y ambos avanzaron por el peñasco
con cuidado de no pisar en falso y desbarrancarse. Se imagino por un
segundo que rodaba por el abismo, y su cuerpo iba despedazándose, el
dolor era intenso pero había un extraño alivio al caer y al final
del barranco su cuerpo exangüe no permitiría, más sufrimientos. Y
tras caer, quizás sus cerebro pudiese pensar que estaba ya muerto.
¡Su cerebro podía pensar pero ya no podría moverse ni gritar! Su
tuviese conciencia quizás ya tampoco importaría, porque el cuerpo al
ponerse rígido como un fantoche, sería cubierto con periódicos o una
manta vieja y ese sería el fin. ¿Lo sería realmente?
“Don Carlos,
voy a agarrarla”, dijo el bombero joven y caminó decidido. Carlos,
que estaba detrás del muchacho, sabía lo que vendría. Tenía ya diez
años de bombero y salvado muchas vidas, pero estaba temblando.
Reparó limpiándose el sudor de la barba que llevaba una semana sin
afeitar.
“Si
avanzas un paso más me tiro”, dijo la mujer agarrándose el rostro.
En sus muñecas se veían las marcas de antiguas cicatrices. Lloraba
ahora con intensidad y los ojos inyectados, laxos, casi se salían de
su cara. “¡Me tiro, maldita sea que no se equivocaba sobre la mujer
que acababa de salvar, “lo volverá a intentar hasta matarse”. . No
te acerques mas!”.
“¡Don Carlos! ¡Ayúdame carajo!”, gritó el muchacho. Carlos era
experto en hablarle a los suicidas y anestesiarles las mentes:
“Piensa en tus hijos”, “Tu mamá no soportaría tu ausencia”,
“Tu esposa te espera en
casa”, y así, poquito a poco, los suicidas terminaban ablandándose y
la agresividad inicial desaparecía y como niños abandonados
gritaban: “¡Ayúdenme!”, y no era el rescate físico de lo que
hablaban, era casi una súplica desgarrada y sangrante por hallar
redención.
Carlos estaba por hablarle a la mujer pero ésta miraba había el
barranco de reojo, confundida y jadeante. Tenía que tirarse sobre
ella y, aún tembloroso y contra el tiempo, se abalanzó. Cogió a la
mujer de los hombros y al observarla entendió que ella estaba en
trance.
“¡Bravo, Don Carlos!”, exclamó el joven y cubrió con sus brazos a la
chica. “Te vamos a ayudar”, le decía. Carlos se sentó en un
montículo de tierra, respiraba con dificultad. El viento soplaba
fuerte y los curiosos aplaudían. Esta vez la intuición ̶ la
confirmación de la inutilidad de sus actos ̶ vino como una borrasca
inesperada, Y Carlos vio los ojos de la chica y el pavor lo rodeo al
saber que las escenas se repetían como siempre: los chicos
portándose mal, el alquiler de la casa, las cuotas del auto, taxear
de lunes a sábado, el fútbol dominguero, el dolor de espaldas. Y lo
peor, la diabetes de su esposa. Y, por si fuera poco, también
reconocer esos ojos de suicida que ya había visto tantas veces.
Estaba convencido de de que ella lo volvería a intentar.
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Hemil García Linares
nació en Lima, Perú (1971).
Narrador y periodista. También es profesor en el Sistema Público
Escolar del Condado Fairfax en Virginia. Es egresado de la Universidad Bausate y Meza
en Perú.
Publicó artículos en el diario El Comercio (Perú) y en periódicos
latinos de EE.UU. Sus cuentos figuran en antologías de
México, Estados Unidos y Argentina. Fue finalista del Concurso
Internacional de Cuentos Junín País 2008 (Argentina), primer lugar
en el 2010 International Latino Book Awards – Mariposa Awards, en la
categoría Mejor libro debut en Español (Nueva York, Mayo de 2010)
y finalista del Concurso de Cuento Internacional Oaxaca (México, 2010). Desde el 2000 reside en Virginia, Estados
Unidos. Ha publicado “Cuentos del Norte, Historias del Sur” un libro
de cuentos que tiene como temas centrales la inmigración, el terrorismo,
la guerra y la diiscriminación. Con motivos de la presentación de
este libro, el autor asistió como escritor invitado a la
universidad Grand Valley State University en Michigan durante el Mes de la Herencia
Hispana de 2009.

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