Miami
Estados Unidos
Año XIII

Nº 73/74

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL CLUB DE LA CELEBRACIÓN

por

Alberto Roblest

 

    

                                                                                                                      A Edgar Allan Poe

 

 

     Nada en serio, la tragedia había quedado excluida del lugar. Se llamaba el Laughing club, o el club de los sonrientes, si les parece mejor. Estaba ubicado en Nueva York. En un edificio de diez pisos en Manhattan, entre el East Village y Tribeca. En otros tiempos había servido de fábrica, estación de policía, bodega del ejército, almacén de ropa y sede de un sindicato de teamsters, además de shelter para homeless y casa de esclavos, cuando todavía estos existían. En su última etapa, había funcionaba como guarida para yonquis, prostitutas y de nido de ratas. Había sobrevivido a tres incendios y a la demolición un par de ocasiones. Por dentro lucía nuevo, aunque para quienes lo conocían, seguía siendo el mismo lúgubre edificio de siempre del que se decían cosas. Ya no se encontraba abandonado, ni se contaban historias de crímenes y muertes que habían sucedido en su interior. Ahora estaba bañado de luces, iluminado como una gran bombilla de pies a cabeza y se veía grandioso con sus nuevas puertas de cristal. Había sido comprado por una importante firma internacional especializada en Gyms, Spas, ocio y viajes por crucero.

    

     El Laughing club, como se anunciaba, estaba abierto veinticuatro horas y tenía de inaugurado no más de once meses. Por el día mantenía abierto un gimnasio, una sala de masajes, dos salones de charla, clases de auto control y de auto estimulación sentimental. Además, un salón de baile y uno de bromas. Entre otras cosas como clases permanentes de yoga, meditación, relajamiento y reiky, entre otras disciplinas. Contaba con tres páginas en la Internet y ahí, tres chats virtuales, chistes en línea, animaciones y un poco de soft porno. El único requisito: reír. Estar feliz, pasarla bien, no quejarse, sonreír a la vida, auto amarse, ser el mejor amigo de uno mismo. Reír a rabiar.

    

     Ya no era un edificio gris. Ahora las paredes eran blancas, azules, amarillas y de diferentes tonos pasteles. Todo era nuevo, no sólo el diseño y los muebles, sino los pisos, las ventanas, los elevadores y la decoración. Las antiguas celdas eran ahora salones de proyección, jacusi, sauna, salones de relajamiento y recámaras con equipo para rejuvenecer. También había bocinas por todos lados, y monitores y cámaras de TV, en sus diez pisos. Por la noche mantenía abierto un bar, un casino, dos restaurantes donde se preparaba comida exótica y saludable. Una sala de cine donde sólo proyectaban películas cómicas o muy ligeras, y un teatro, en el que semanalmente se programaban comediantes de diversos géneros. El viernes tocaba cabaret, el lunes chiste político y los jueves, comedia. En cuanto al miércoles, el micrófono estaba abierto a los espontáneos y aspirantes. Además de los siete pisos abiertos al público y socios, el edificio contaba también con uno dedicado a oficinas, uno a tiendas de lujo y perfumerías. Además de un maravilloso penthouse donde vivía el creador del proyecto, y hasta un sótano clausurado desde hacia treinta años... Decían que era un edificio que dolía. Un edificio con muchas historias y por lo menos doscientos años sobre el suelo de la isla.

    

     Durante los años de la gran depresión habían sucedido ahí varios crímenes, incluido uno de los más horrendos de los que se tenga memoria en los anales de Manhattan. Un hombre en un acto de furia incontenible había asesinado a toda su familia y a él mismo con un gigantesco cuchillo de cocina. -Se recuerda como un crudo invierno, uno de los más feroces-. El victimario desesperado por el hambre, apuñala a sus seis hijos, uno a uno y descuartiza a la esposa con gala de un sadismo inusitado; cuarenta puñaladas, veinte al menos a cada uno de los seis jovencitos, una carnicería. Otro caso, éste en el quinto piso y también nota a ocho columnas; una mujer cuelga a sus dos hijas de una soga atada a una viga en el techo y después desaparece sin dejar rastro. Además, él caso del portero asesinado a balazos por una de sus adúlteras inquilinas en la década de los treintas y el de una familia entera asfixiada por carbón, ya durante los setentas. Esas eran sólo algunas de las historias más renombradas, aunque había que mencionar también, la muerte en circunstancias poco claras de un próspero comerciante de Chicago electrocutado mientras se bañaba… Y mucho antes, en su primer incendio, la muerte también en ese mismo lugar de unas cien personas, todos ellos inmigrantes europeos al término de la Primera Guerra Mundial.

    

     La idea del club y el concepto, habían sido de un publicista que ahora era gerente y socio mayoritario, se llamaba Murray Grant y vivía en el penthouse. A él se debía la rehabilitación de edificio, la rehabilitación del barrio y del negocio del entretenimiento que era más que redituable. De hecho, mister Murray Grant, se encontraba pensando seriamente en la expansión, dado que el número de socios aumentaba y las aplicaciones seguían llegando por montones. Dinero, buen humor, triunfo, eran su lema y la clave de su éxito. Hacer caso omiso al sufrimiento mundial, al dolor humano si no se padecía en carne propia, al drama de la vida. Lo importante era crearse retos a corto plazo, grandes aspiraciones, confianza, y ante todo, reír. Incluido de lo malo, lo triste, lo oscuro, lo inexplicable, reírse de uno mismo, del próximo, del dolor incluso. ‘No reír envejece’, era otro de sus slogans. ‘La soledad, la peor enemiga del hombre, el silencio, lo impensable’ ‘La vida es un espacioso lugar lleno de flores’.

    

     Murray Grant, subió al ascensor, tecleó el número especial e introdujo una llave en la cerradura, pulsó el botón número diez. Se disponía a descansar después de un largo día de atender personalidades, actores y políticos de toda índole, ricos y ancianos sin nada que hacer en el mundo más que gastar dinero. Le dolían un poco las quijadas de tanto mantener la buena cara, la risa perpetua. Lo que necesitaba era silencio, un poco de privacidad. Las puertas del ascensor se abrieron en el penthouse. Encendió la luz. Por las ventanas la nieve caía en una ciudad que le pareció medieval. Nieve en las calles como hojuelas de algodón cubriendo la oscuridad de la avenida de iluminación azul. La tétrica arquitectura, los lóbregos quejidos que se escapaban por las hendiduras de las ventanas y los respiraderos de aire en las azoteas parecieron revivir.

    

     Se quitó la ropa y se vistió con una bata de algodón color negro, no se percató de los ojillos que lo miraron desde el interior del closet. Se miró en el espejo, se palpó los ojos. Desde que había llegado a esta casa, había perdido paulatinamente el sueño, y cuando lograba vencer el insomnio, tenía pesadillas… horribles pesadillas. La noche anterior había despertado faltándole el aire.

    

     Se puso el pijama. Fue al bar y se sirvió en un vaso con hielo un buen tanto de coñac, regresó y se tumbó en un enorme sillón de piel. Cogió el control de la televisión, aunque no encendió el aparato, lo arrojó sobre la mesilla de centro. Quizá en poco tiempo se haría necesario abrir otro par de salones de la risa, quizás uno en Brooklyn y otro más en Uptown. Con que la mitad de aquella ciudad riera en sus locales, pensó, podría saldar todas sus deudas y eventualmente ser inmensamente rico, como muchos de sus clientes. Dio un nuevo sorbo al vaso, aunque esta vez dejo el líquido en la boca y lo dejó pasar lentamente por su garganta. Por un momento se sintió profundamente sólo. Apuró el resto del licor y se puso de pie. No estaba solo, los ojillos lo miraron desde otro ángulo. Quería que cada edificio riese, cada persona, cada alma en aquella ciudad. Si aquellos se divertían, él hacía negocio. ‘La risa por la risa, como la ventana al buen humor, a la vida fácil... Optimismo a cualquier precio’- pensó, aquello era otra buena frase… se la comunicaría a sus subalternos. El ganar dinero lo hacían sentirse verdaderamente bien. Fue al bar y volvió a servir licor en el vaso. Estaba orgulloso de sí mismo, tenía cuarenta y dos años, no conocía a sus padres y había logrado estudiar y tener su propio negocio gracias a su esfuerzo y sacrificio. Huérfano se había criado, en instituciones de beneficencia, no tenía a nadie verdaderamente cercano, ni un pariente siquiera a quien llamar por teléfono. Del pasado no quedaba nada, ni siquiera las cartas del orfanato o las fotos en el ejército... menos aún los días tristes, las experiencias reveladoras, los años de hambre. Por eso celebraba, dado que al celebrar construía día a día la importancia de la vida, le gustaba compartir con otros, y que éstos olvidaran sus tristezas. ¡Reír, reír! No importaba que la felicidad fuera irreal, poco auténtica, al fin y al cabo ser feliz era una ficción, quien mejor que él para saberlo. Pensó en llamar a Rebeca, su novia -un poco de sexo no le caería mal-, aunque desistió,  “el día de la madre” no eran siempre el mejor día para salir con la prometida. Día de la madre, del padre, de los novios, del amor, no dejaban de parecerle cursis, incluidos sus propios cumpleaños... y no tenía ninguno que celebrar. Pensó en Rebeca, su esbelto cuerpo, su cabellera dorada, rodeada de sus hermanas y los sobrinitos brincándole y haciendo ruido. De todos modos la vería en dos días, cenarían en un restaurante para festejar su aniversario de dos años. Le gustaba, sobre todo sus ojos verdes y sus piernas, aunque también su carácter. Reflexionó un momento. No sabía bien si la amaba, ni siquiera si la quería, quizá porque no alcanzaba a entender aquel concepto, o no lo había conocido. Le resultaba paradójico...

    

     Desde la cocina, en la oscuridad, las dos hermanas muertas hacia cuarenta años se tomaron de la mano y lo vieron regresar a su sitio en la ventana, justamente donde ellas recordaban el sillón de su madre, y la radio sobre la mesilla de la que no se despegaba… su vientre abultado que crecía.

    

     Murray Grant suspiró hondo. Se encontraba satisfecho, los negocios iban bien y el futuro se vislumbraba prometedor... sin embargo, algo andaba y no sabía qué… algo raro, lo presentía... quizá no era feliz del todo... quizá era aquel lugar... aunque tampoco creía en supersticiones, ni prestaba atención a lo que decía la gente.

    

     Por alguna extraña razón las dos hermanas pensaron que el hermano menor había regresado, el hijo al que la madre había preferido en lugar de ellas; se le parecía tanto. Se encontraban embobadas. Ya no estarían más tiempo solas, se dijeron con la mirada y esbozaron una sonrisa. Una de ellas levantó una cuerda que llevaba en la mano y volvió a esconderla entre sus ropas, jugando. Sonrieron, ahora vieron como el hombre fue a la cocina, tomó el teléfono, pero se arrepintió y lo dejó en su lugar. Se les parecía tanto.

    

     Murray levantó la vista, un extraño olor le cosquilleó la nariz, aunque no prestó atención. Se puso de pie, apagó la luz, caminó hacia su recamara disponiéndose a dormir. Se metió a la gran cama. Creyó escuchar voces dentro del armario, pero eso era sencillamente imposible. Cerró los ojos con la esperanza de dormir, lo necesitaba.

    

     Las hermanas bajaron al sótano y tomaron asiento en los primeros escalones bajo la luz mortecina de una amarillenta bombilla. Detrás de la gruesa puerta de metal, un hombre da vueltas desesperado con un gran cuchillo en la mano, mientras piensa en la muerte en sus múltiples formas y en el sufrimiento... en tanto la cabeza sin cuerpo de su esposa le mira fijamente desde la mesa de la cocina… La sangre coagulada en el piso.

(Del libro de cuentos inéditos: Instantáneas Norteamericanas)

Alberto Roblest nació en México, D.F. Poeta, narrador, crítico literario, productor de videos culturales y profesor de literatura. Es autor de los libros de poesía: De la Ciudad y otras pequeñeces, Chicaneando, Del Silencio en las Ciudades, Ortografía para piromaniacos; y de las plaquettes: El Futuro y los Anillos, Las Andanzas del Huy Huy Huy y el Chichicaxtle con su ñero. Sus reseñas, crónicas, cuentos y poemas se han publicado en diferentes revistas y suplementos de México, EE.UU. y América Latina.  Así mismo, es autor de unos 30 videos de arte que han sido expuestos en diferentes museos, galerías y festivales de México, Europa y los Estados Unidos, tales como: Los Angeles International Latino Film Festival, Zebra Poetry Film Festival Alemania,  Sadho Poetry Film Festival en India, Festival Internacional de Cine Uruguay, el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México y MTV España, entre otros. Como productor de videos culturales, resultó ganador de la Primera Bienal de Yucatán, del premio Bichito de Oro” en el Festival Geografías Suaves, del premio del público en el Boston Underground Film and Video Festival y del premio a lo mejor de la categoría innovación del USA-Northeast Video Festival, además de la beca jóvenes creadores del FONCA de México y la beca del Washington, D.C. Commission on the Arts and Humanities, entre otras distinciones. Reside en Washington, D.C.