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A Edgar Allan Poe
Nada en serio, la tragedia había quedado excluida
del lugar. Se llamaba el Laughing club, o el club de los
sonrientes, si les parece mejor. Estaba ubicado en Nueva York. En un
edificio de diez pisos en Manhattan, entre el East Village y
Tribeca. En otros tiempos había servido de fábrica, estación
de policía, bodega del ejército, almacén de ropa y sede de un
sindicato de teamsters, además de shelter
para homeless y casa de esclavos,
cuando todavía estos existían. En su última etapa, había funcionaba
como guarida para yonquis, prostitutas y de nido de ratas.
Había sobrevivido a tres incendios y a la demolición un par de
ocasiones. Por dentro lucía nuevo, aunque para quienes lo conocían,
seguía siendo el mismo lúgubre edificio de siempre del que se decían
cosas. Ya no se encontraba abandonado, ni se contaban historias de
crímenes y muertes que habían sucedido en su interior. Ahora estaba
bañado de luces, iluminado como una gran bombilla de pies a cabeza y
se veía grandioso con sus nuevas puertas de cristal. Había sido
comprado por una importante firma internacional especializada en
Gyms, Spas, ocio y viajes por crucero.
El
Laughing club, como se anunciaba, estaba abierto veinticuatro
horas y tenía de inaugurado no más de once meses. Por el día
mantenía abierto un gimnasio, una sala de masajes, dos salones de
charla, clases de auto control y de auto estimulación sentimental.
Además, un salón de baile y uno de bromas. Entre otras cosas como
clases permanentes de yoga, meditación, relajamiento y
reiky, entre otras
disciplinas. Contaba con tres páginas en la Internet y ahí, tres
chats virtuales, chistes en línea, animaciones y un poco de
soft porno. El único requisito: reír. Estar feliz, pasarla bien,
no quejarse, sonreír a la vida, auto amarse, ser el mejor amigo de
uno mismo. Reír a rabiar.
Ya no
era un edificio gris. Ahora las paredes eran blancas, azules,
amarillas y de diferentes tonos pasteles. Todo era nuevo, no sólo el
diseño y los muebles, sino los pisos, las ventanas, los elevadores y
la decoración. Las antiguas celdas eran ahora salones de proyección,
jacusi, sauna, salones de relajamiento y recámaras con equipo para
rejuvenecer. También había bocinas por todos lados, y monitores y
cámaras de TV, en sus diez pisos. Por la noche mantenía abierto un
bar, un casino, dos restaurantes donde se preparaba comida exótica y
saludable. Una sala de cine donde sólo proyectaban películas cómicas
o muy ligeras, y un teatro, en el que semanalmente se programaban
comediantes de diversos géneros. El viernes tocaba cabaret, el lunes
chiste político y los jueves, comedia. En cuanto al miércoles, el
micrófono estaba abierto a los espontáneos y aspirantes. Además de
los siete pisos abiertos al público y socios, el edificio contaba
también con uno dedicado a oficinas, uno a tiendas de lujo y
perfumerías. Además de un maravilloso penthouse donde vivía el
creador del proyecto, y hasta un sótano clausurado desde hacia
treinta años... Decían que era un edificio que dolía. Un edificio
con muchas historias y por lo menos doscientos años sobre el suelo
de la isla.
Durante los años de la gran depresión habían sucedido ahí varios
crímenes, incluido uno de los más horrendos de los que se tenga
memoria en los anales de Manhattan. Un hombre en un acto de furia
incontenible había asesinado a toda su familia y a él mismo con un
gigantesco cuchillo de cocina. -Se recuerda como un crudo invierno,
uno de los más feroces-. El victimario desesperado por el hambre,
apuñala a sus seis hijos, uno a uno y descuartiza a la esposa con
gala de un sadismo inusitado; cuarenta puñaladas, veinte al menos a
cada uno de los seis jovencitos, una carnicería. Otro caso, éste en
el quinto piso y también nota a ocho columnas; una mujer cuelga a
sus dos hijas de una soga atada a una viga en el techo y después
desaparece sin dejar rastro. Además, él caso del portero asesinado a
balazos por una de sus adúlteras inquilinas en la década de los
treintas y el de una familia entera asfixiada por carbón, ya durante
los setentas. Esas eran sólo algunas de las historias más
renombradas, aunque había que mencionar también, la muerte en
circunstancias poco claras de un próspero comerciante de Chicago
electrocutado mientras se bañaba… Y mucho antes, en su primer
incendio, la muerte también en ese mismo lugar de unas cien
personas, todos ellos inmigrantes europeos al término de la Primera
Guerra Mundial.
La
idea del club y el concepto, habían sido de un publicista que ahora
era gerente y socio mayoritario, se llamaba Murray Grant y vivía en
el penthouse. A él se debía la rehabilitación de edificio, la
rehabilitación del barrio y del negocio del entretenimiento que era
más que redituable. De hecho, mister Murray Grant, se encontraba
pensando seriamente en la expansión, dado que el número de socios
aumentaba y las aplicaciones seguían llegando por montones. Dinero,
buen humor, triunfo, eran su lema y la clave de su éxito. Hacer caso
omiso al sufrimiento mundial, al dolor humano si no se padecía en
carne propia, al drama de la vida. Lo importante era crearse retos a
corto plazo, grandes aspiraciones, confianza, y ante todo, reír.
Incluido de lo malo, lo triste, lo oscuro, lo inexplicable, reírse
de uno mismo, del próximo, del dolor incluso. ‘No reír envejece’,
era otro de sus slogans. ‘La soledad, la peor enemiga del
hombre, el silencio, lo impensable’ ‘La vida es un espacioso lugar
lleno de flores’.
Murray Grant, subió al ascensor, tecleó el número especial e
introdujo una llave en la cerradura, pulsó el botón número diez. Se
disponía a descansar después de un largo día de atender
personalidades, actores y políticos de toda índole, ricos y ancianos
sin nada que hacer en el mundo más que gastar dinero. Le dolían un
poco las quijadas de tanto mantener la buena cara, la risa perpetua.
Lo que necesitaba era silencio, un poco de privacidad. Las puertas
del ascensor se abrieron en el penthouse. Encendió la luz. Por las
ventanas la nieve caía en una ciudad que le pareció medieval. Nieve
en las calles como hojuelas de algodón cubriendo la oscuridad de la
avenida de iluminación azul. La tétrica arquitectura, los lóbregos
quejidos que se escapaban por las hendiduras de las ventanas y los
respiraderos de aire en las azoteas parecieron revivir.
Se
quitó la ropa y se vistió con una bata de algodón color negro, no se
percató de los ojillos que lo miraron desde el interior del closet.
Se miró en el espejo, se palpó los ojos. Desde que había llegado a
esta casa, había perdido paulatinamente el sueño, y cuando lograba
vencer el insomnio, tenía pesadillas… horribles pesadillas. La noche
anterior había despertado faltándole el aire.
Se
puso el pijama. Fue al bar y se sirvió en un vaso con hielo un buen
tanto de coñac, regresó y se tumbó en un enorme sillón de piel.
Cogió el control de la televisión, aunque no encendió el aparato, lo
arrojó sobre la mesilla de centro. Quizá en poco tiempo se haría
necesario abrir otro par de salones de la risa, quizás uno en
Brooklyn y otro más en Uptown. Con que la mitad de aquella ciudad
riera en sus locales, pensó, podría saldar todas sus deudas y
eventualmente ser inmensamente rico, como muchos de sus clientes.
Dio un nuevo sorbo al vaso, aunque esta vez dejo el líquido en la
boca y lo dejó pasar lentamente por su garganta. Por un momento se
sintió profundamente sólo. Apuró el resto del licor y se puso de
pie. No estaba solo, los ojillos lo miraron desde otro ángulo.
Quería que cada edificio riese, cada persona, cada alma en aquella
ciudad. Si aquellos se divertían, él hacía negocio. ‘La risa por la
risa, como la ventana al buen humor, a la vida fácil... Optimismo a
cualquier precio’- pensó, aquello era otra buena frase… se la
comunicaría a sus subalternos. El ganar dinero lo hacían sentirse
verdaderamente bien. Fue al bar y volvió a servir licor en el vaso.
Estaba orgulloso de sí mismo, tenía cuarenta y dos años, no conocía
a sus padres y había logrado estudiar y tener su propio negocio
gracias a su esfuerzo y sacrificio. Huérfano se había criado, en
instituciones de beneficencia, no tenía a nadie verdaderamente
cercano, ni un pariente siquiera a quien llamar por teléfono. Del
pasado no quedaba nada, ni siquiera las cartas del orfanato o las
fotos en el ejército... menos aún los días tristes, las experiencias
reveladoras, los años de hambre. Por eso celebraba, dado que al
celebrar construía día a día la importancia de la vida, le gustaba
compartir con otros, y que éstos olvidaran sus tristezas. ¡Reír,
reír! No importaba que la felicidad fuera irreal, poco auténtica, al
fin y al cabo ser feliz era una ficción, quien mejor que él para
saberlo. Pensó en llamar a Rebeca, su novia -un poco de sexo no le
caería mal-, aunque desistió, “el día de la madre” no eran siempre
el mejor día para salir con la prometida. Día de la madre, del
padre, de los novios, del amor, no dejaban de parecerle cursis,
incluidos sus propios cumpleaños... y no tenía ninguno que celebrar.
Pensó en Rebeca, su esbelto cuerpo, su cabellera dorada, rodeada de
sus hermanas y los sobrinitos brincándole y haciendo ruido. De todos
modos la vería en dos días, cenarían en un restaurante para festejar
su aniversario de dos años. Le gustaba, sobre todo sus ojos verdes y
sus piernas, aunque también su carácter. Reflexionó un momento. No
sabía bien si la amaba, ni siquiera si la quería, quizá porque no
alcanzaba a entender aquel concepto, o no lo había conocido. Le
resultaba paradójico...
Desde
la cocina, en la oscuridad, las dos hermanas muertas hacia cuarenta
años se tomaron de la mano y lo vieron regresar a su sitio en la
ventana, justamente donde ellas recordaban el sillón de su madre, y
la radio sobre la mesilla de la que no se despegaba… su vientre
abultado que crecía.
Murray Grant suspiró hondo. Se encontraba satisfecho, los negocios
iban bien y el futuro se vislumbraba prometedor... sin embargo, algo
andaba y no sabía qué… algo raro, lo presentía... quizá no era feliz
del todo... quizá era aquel lugar... aunque tampoco creía en
supersticiones, ni prestaba atención a lo que decía la gente.
Por
alguna extraña razón las dos hermanas pensaron que el hermano menor
había regresado, el hijo al que la madre había preferido en lugar de
ellas; se le parecía tanto. Se encontraban embobadas. Ya no estarían
más tiempo solas, se dijeron con la mirada y esbozaron una sonrisa.
Una de ellas levantó una cuerda que llevaba en la mano y volvió a
esconderla entre sus ropas, jugando. Sonrieron, ahora vieron como el
hombre fue a la cocina, tomó el teléfono, pero se arrepintió y lo
dejó en su lugar. Se les parecía tanto.
Murray levantó la vista, un extraño olor le cosquilleó la nariz,
aunque no prestó atención. Se puso de pie, apagó la luz, caminó
hacia su recamara disponiéndose a dormir. Se metió a la gran cama.
Creyó escuchar voces dentro del armario, pero eso era sencillamente
imposible. Cerró los ojos con la esperanza de dormir, lo necesitaba.
Las
hermanas bajaron al sótano y tomaron asiento en los primeros
escalones bajo la luz mortecina de una amarillenta bombilla. Detrás
de la gruesa puerta de metal, un hombre da vueltas desesperado con
un gran cuchillo en la mano, mientras piensa en la muerte en sus
múltiples formas y en el sufrimiento... en tanto la cabeza sin
cuerpo de su esposa le mira fijamente desde la mesa de la cocina… La
sangre coagulada en el piso.
(Del libro de
cuentos inéditos: Instantáneas Norteamericanas)
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Alberto Roblest
nació en México,
D.F. Poeta, narrador, crítico literario, productor de videos
culturales y profesor de literatura. Es autor de los libros de
poesía: De la Ciudad y otras pequeñeces,
Chicaneando, Del Silencio en las Ciudades, Ortografía para
piromaniacos;
y de las
plaquettes:
El Futuro y los Anillos, Las Andanzas del Huy Huy Huy
y el Chichicaxtle con su ñero. Sus reseñas, crónicas, cuentos
y poemas se han publicado en diferentes revistas y suplementos de
México, EE.UU. y América Latina. Así mismo, es autor de unos 30
videos de arte que han sido expuestos en diferentes museos, galerías
y festivales de México, Europa y los Estados Unidos, tales como: Los
Angeles International Latino Film Festival, Zebra Poetry Film
Festival Alemania, Sadho Poetry Film Festival en India, Festival
Internacional de Cine Uruguay, el Museo de Arte Moderno de la Ciudad
de México y MTV España, entre otros. Como productor de videos
culturales, resultó ganador de la Primera Bienal de Yucatán, del
premio “Bichito
de Oro” en el Festival Geografías Suaves, del premio del
público en el Boston Underground Film and Video Festival y
del premio a lo mejor de la categoría innovación del USA-Northeast
Video Festival, además de la beca jóvenes creadores del FONCA de México
y la beca del
Washington, D.C. Commission on the Arts and Humanities, entre otras
distinciones. Reside en Washington, D.C.

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