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Iraida Iturralde ha publicado varios libros de poesía: Hubo
la viola, su primer poemario, que data de 1979, al cual
siguen El libro de Josafat / The Book of Josaphat
(1983), Tropel de espejos (1989), Discurso de las
infantas (1997) y La Isla Rota (2002). En
tanto que Preso el antílope y Pasaje de la niña muda
aparecerán próximamente. El presente estudio se centrará en
La Isla Rota, que recoge vivencias de su retorno a la isla
de Cuba.
Según indico en el título, estudiaré las imágenes de
redención, lo que precisa acercarse críticamente a sus
respectivos símbolos contextuales. Todo ello se enriquece
mediante una diversidad de voces[1]
con que la poeta lleva a cabo su cometido lírico. Esta
multiplicidad de voces sorprende, dada la dificultad que
representa, para la mayor parte de los escritores, el
expresarse por medio de voces diversas, pues en efecto ello
requiere la creación poética de voces, llamadas idiolectos por
los sociolingüistas, que reflejan el modo específico en que un
individuo se expresa verbalmente, incluyendo sintaxis,
vocabulario, ritmo e imágenes metafóricas. Recuerdo que Gore
Vidal, en 1981, durante una conferencia de escritores que
formó parte del festival de Edimburgo, afirmó que constituye
un verdadero reto para el escritor la creación de diversas
voces, ya se trate de novelistas, poetas o dramaturgos. Así,
según él, Shakespeare hace uso hasta de unas siete voces,
Dickens de unas tres, y la mayoría de los escritores posee una
voz y media[2].
Este trasfondo crítico nos permite valorar a la autora en su
quehacer poético, según veremos a continuación.
El
volumen en cuestión está dividido en tres partes, comenzando
con “Prehistoria y génesis”, que consiste de un poema cuyo
título es afín al de la colección. La mayoría de los poemas
corresponden a la segunda parte, “El velo invisible”, metáfora
ésta que apunta hacia un impedimento visual no aparente y que
pone en tela de juicio la comunicación directa. La última
sección con el título de “Epifanía” —o sea
revelación— contiene sólo un poema: “Muerte para un tirano”;
implícita alusión a Castro, cuyo nombre no figura en ningún
sitio en el poemario. Esta estructura tripartita conforma un
verdadero tríptico, partiendo de una utopía que se desangra en
distopia para concluir anunciando la posibilidad redentora.
El
primer poema de la colección, curiosamente, retrotrae la
existencia de la isla hasta antes de su comienzo: “Pero la
isla no fue siempre isla”,[3]
aludiendo a su origen geológico a partir de una masa
continental, estableciéndose poéticamente el cambio como una
constante en el ciclo vital de la misma. Así, alude al pasado
indígena: “y vio cómo andaban desnudos los hombres lampiños /
y las mujeres bailaban con las manos abiertas” (p. 16). A
continuación se suceden una serie de imágenes de difícil
interpretación: “Entonces la isla quiso ser verde / y luego
azul” apuntando posiblemente a su riqueza vegetal y a su
apertura marítima, respectivamente. Y continúa: “y también
roja y amarilla”, colores de la bandera española, refiriéndose
tal vez a su colonización, para finalmente reafirmar su
universalidad: “y de todos los colores del alba”. Seguidamente
enfoca la vida económica del territorio, enriquecido por el
azúcar: “y supo que era fértil / y regó de almíbar sus arenas
/ y de sombra airosa los patios” (p.16).
Lo
anterior se expresa a través de una voz solemne y mítica, afín
a la del Creador. Se une a lo mítico una sensualidad de tono y
de expresión, sugiriendo un verdadero paraíso tropical. Mas no
es enteramente utópico este primer poema, ya que finaliza
mencionando brevemente la distopia y la redención. Es decir
que, temáticamente, prefigura la segunda y la tercera parte
del volumen:
Y se hizo eterno
el desaliento…
y la isla quedó
rota,
rota y desecha,
como un ave sin
alas,
aún mas frágil,
perdida y ultrajada (p. 17).
El estado distópico anterior de la isla rota entraña una
totalidad negativa a nivel práctico, pues no puede funcionar
–como un “ave sin alas”– y en su fragmentación, implícita en
su creciente fragilidad –“frágil”– se pierde –“perdida”–,
víctima de una continua violación moral –o sea, “ultrajada”.
“Dicen”, sin embargo, “que aguarda por un delfín[4]
celeste / que la devuelva al nido de su sueño dorado.” (p.
17). El delfín en la simbología cristiana representa a Cristo.
Aquí el proceso de redención colmará todas las esperanzas. Es
más: se pasa de una distopia en que la isla está “rota y
desecha”, a un renacer, pudiendo alcanzar su resurrección o
“sueño dorado”. La restauración paradisíaca implica una
auténtica redención. Esto nos remite al mito primaveral de
Northrop Frye con su transición de destrucción y muerte a un
verdadero renacer, refiriéndose no al individuo, sino a una
sociedad descompuesta que pasa a mejor[5].
Hay que considerar también al respecto a Jung con su teoría
arquetípica; en efecto, este “sueño dorado” es una imagen
redentora y primordial. Según dicha teoría, “Whoever speaks in
primordial images speaks with a thousand voices” –y valga esta
hipérbole en relación con los propósitos del presente estudio.
Continuando:
he enthralls and overpowers,
while at the same time he lifts the idea he is seeking to
express out of the occasional and the transitory into the
realm of the ever-enduring. He transmutes our personal destiny
into the destiny of mankind, and evokes in us all those
beneficent forces that even and anon have enabled humanity to
find a refuge from every peril and to outlive the longest
night.
That is the secret of great art,
and of its effect upon us. The creative process, as far as we
are able to follow it at all, consist in the unconscious
activation of an archetypal image, and in elaborating and
shaping this image into the finished work[6].
En “Sol de tarde”, la dedicatoria “A los niños de Pedro Pan”
nos proporciona una pauta importante para la comprensión del
poema. Dichos niños fueron enviados de Cuba hacia los Estados
Unidos por sus padres sin compañía familiar alguna, dado el
temor de que el gobierno suprimiese la patria potestad[7]
–siendo éste el caso de la autora. Así alude a la salida de la
isla: “fuimos todos / claveles despegados” (p. 26). El poema
se personaliza aún más: “me fui volando / hacia la nada” (p.
26). Se presenta aquí una imagen negativa del exilio, del
dolor intrínseco al ser desgarrado del suelo patrio para nunca
más encontrar raíces. Recurre la imagen del pez, mas no
especifica que se trate de un delfín, como en el primer poema.
Concluye el poema de una manera un tanto ambigua –si bien, a
mi parecer, se refiere a la travesía aérea:
Y éramos peces
también allí
en lo más alto
sin ser aún
lo que ahora
somos
este mirar de
lejos
hacia una arena
blanca
alzados (p. 26).
Nótese la aparente sencillez de la textura verbal, y por ende
de la voz poética, con respecto a los acontecimientos
evocados. En efecto, se trata de vocablos breves,
monosilábicos varios de ellos, que sugieren una expresión
verbal infantil. El “mirar de lejos” subraya la ausencia, y
sugiere un dolor de exilio. Hay que recordar que la sala de
espera en Rancho Boyeros se llamaba la pecera, de ahí
posiblemente el verso “Y éramos peces” (p. 27). La “arena
blanca” nos remite a la naturaleza paradisíaca de nuestra
isla, expresando asimismo un dolor de separación, pues se va
hacia un país que no es el nuestro ni se le parece. Incrementa
este dolor aún más el hecho de que se trata de niños solos.
“Alzados” es una imagen polisémica. En un sentido más literal
puede aludir al hecho de estar volando en un avión, mas
también podría referirse a estar en vías de alcanzar un nivel
vital superior, o alzados como sinónimo de rebeldes, como
alzados en armas.
La temática redentora recurre en “Cuento elegíaco para una
muchacha epiléptica encaramada en el asombro”. El título mismo
es una narrativa poética a manera de elegía –elegía no
mortuoria, más bien un paliativo, un consuelo esperanzador
ocasionado por una muchacha disminuida por su enfermedad e
ignorancia, hacia la cual apuntan los vocablos mismos tales
como “encaramada”, de rasa fisicalidad, que contrasta con lo
que sigue: “en el asombro”. Esto nos remite a Baudelaire,
quien en su obra Le Spleen de Paris, concretamente en
el ensayo de introducción en forma epistolar À Arsène
Houssaye, define lo que es una prosa poética:
Quel est celui
de nous qui n’a pas, dans ses jours d’ambition, révé le
miracle d’une prose poétique, musicale sans rhythme et sans
rime, assez souple et assez heurtée pour s’adapter aux
mouvements lyriques de l’âme, aux ondulations de la rêverie,
aux soubresauts de la conscience?[8]
Con todo, dicho escritor añade que el poema en prosa
constituye la forma más idónea para captar el horror de una
ciudad. En una entrevista con la autora me reveló el origen
anecdótico de esta selección. Acudió a misa a la parroquia del
Vedado cuando irrumpe en el recinto sagrado una mujer negra de
rotas vestiduras, en contraste violento con el aspecto de los
feligreses. Esto lo expresa en el poema en prosa, que posee,
en realidad, una estructura narrativa que no sólo recrea dónde
tiene lugar la acción, sino que también nos permite penetrar
la interioridad del personaje en cuestión: un verdadero estilo
indirecto libre, estrategia literaria perfeccionada por
Flaubert y que consiste en pasar de fuera del sujeto a su
interior, resultando en un monólogo interior de cierta
flexibilidad[9].
Así, al llegar al momento de la comunión, prosigue dicha
narrativa: “…y la muchacha indagó si aquel papelito blanco era
un número de turno. ¿Qué otro fin el de esa fila sigilosa en
aquel edificio extraño, tan grande y elevado, tan vacío? ¿Qué
otro fin podía tener ese espectáculo, una parodia solemne de
las colas infinitas que la abrumaban a diario?” (p. 31).
Dichas indagaciones nos colocan ya de pleno en el interior de
la conciencia subjetiva de este personaje.
Tenemos aquí una imagen doble de marcado carácter
impresionista: primeramente la hostia como un “papelito
blanco” y los feligreses en fila hacia la sagrada mesa como
una cola más de las que pesan y recargan lo cotidiano en la
Cuba actual. Es éste un lenguaje mimético sencillo,
correspondiente a la voz de la mujer negra, que figura al lado
de otro mucho más elevado, interpretativo, que es la voz
autorial. En efecto, el “papelito blanco” era el cuerpo de
nuestro señor; pone la protagonista pie por vez primera en un
terreno sobrenatural convincente, y este verdadero milagro la
lleva a autoformularse una serie de posibilidades divorciadas
de la realidad, no carentes de un tono burlesco: “Si aquello
era el cuerpo de un tal Cristo, ella sabía multiplicar
dormida, y el mar estaba lleno de piedras adivinas, y su casa
era una alfombra flotante que la llevaba a lugares muy lejos
del abismo”. Estas dos voces crean un auténtico contrapunto
musical, paradójicamente en vías de fusión, que se manifiesta
de modo particular al iniciarse el momento redentor: “La
muchacha se fue encaramando más y más en el asombro” –si
“encaramarse” alude a la voz de la muchacha negra, “en el
asombro” denota la intervención de la poeta. Y continúa:
“Luego su corazón volaba. Sus ojos de azabache brillaban como
un cometa” (p. 31). Este milagroso atisbo conlleva un mensaje
social y político: aun los más desvalidos seres antisociales
tienen su regeneración y momento de gloriosa epifanía dentro
de unos cánones religiosos en general desacuerdo con la
realidad actual de la isla.
“Letanía útil ante la impotencia” recoge una retahíla de
mandatos en la Cuba actual, mas a diferencia de las letanías
religiosas, de un ritmo monótono, aquí el fuerte sentido de
las prohibiciones conlleva un ritmo militar, en tanto que, a
nivel del lenguaje, los versos que comienzan con “no nos
dejan”, fonéticamente resultan fuertes, por la presencia de
consonantes velares:
No podemos
salir.
No podemos
hablar.
Nos prohíben
elegir.
No nos dejan
pensar.
No nos dejan
ser.
Nos obligan a
mentir.
………………
Nos prohíben
viajar
………………
Nos obligan a
esperar
………………
No podemos salir
………………
Nos impiden
publicar.
No nos dejan
salir.
No debemos
temer.
No debemos
fingir.
No debemos
perecer (p. 34).
………………..
Aquí el tono cambia por completo. En efecto, la repetición
negativa de los versos alcanza un tono de perentoria
violencia. El cambio de la voz resulta obvio, dada la
violencia implícita y la ineludible aceleración del discurso
poético. Lo iterativo crea un ritmo violento. Asimismo, la voz
se pluraliza, implícita y explícitamente. Nótese la fuerza
iterativa del verso “no podemos salir”, en tanto que las
negaciones que se acompañan de “deber” constituyen en realidad
un fortalecimiento popular, que muy bien podría evocar el paso
siguiente y final: “Nos podemos rebelar” (p. 35), único verso
positivo del poema, evocando una esperanza regeneradora de
acción nacional. Piénsese al respecto en los momentos actuales
la vigencia de estos versos con cara a las rebeliones
populares en los países islámicos contra las dictaduras
militares que los gobiernan.
Uno de los poemas de mayor fuerza en la colección es “Adrift”.
Aquí un balsero pierde su balsa, y por ende la vida, en plena
travesía:
la balsa huye
entre las olas
diminuta y
fugaz,
inalcanzable.
El cuerpo
zambullido
se hincha entre
corales,
se hunde
entumecido
por la furia de
las aguas (p. 38)
Nótese la debilidad de la balsa, “diminuta y fugaz”, fuera del
alcance de la víctima, quien “se hunde” debido a “la furia de
las aguas”. La muerte de este balsero resulta patética: “Como
un remo atravesado / el torso mayor estalla. / se parte para
siempre / en el mórbido festín de tiburones”. Y sin embargo:
“Trémula / la cara flota, / en un instante / parece libre” (p.
38). Recurre aquí un inesperado momento redentor similar al ya
observado en el caso de la mujer negra epiléptica, pero
cargado de una fuerza civil y patriótica, ya que debido a su
alejamiento de la patria distópica se perfila otra patria
utópica, tal vez el más allá, donde reina la libertad.
Asimismo, se plantea ya aquí la dialéctica entre nación y
exilio. Para los habitantes de “La isla rota” es éste último
el recurso más asequible para obtener la libertad, pero se
trata de un proceder individual –hasta egoísta si se quiere–
el cual, debido a su numerosidad, deviene colectivo. Mas la
nación asociada con el exilio es, forzosamente, extranjera,
por lo que no se intuye, necesariamente, una fuerza redentora.
Esta antinomia entre patria y exilio se plantea en uno de los
poemas más difíciles de la colección: “Exilio, la sien”.
Reaparece aquí la imagen del pez que analizamos en “Sol de
tarde”. Allí el pez, posible referente a la isla, comunica su
esencia a los que se marchan: “Y éramos peces / también allí”
(p. 27) según vimos. Mas “La cáscara del pez”, aquí en el
exilio, “despide el rumor salobre / que la piel esconde / su
aroma no es estéril, / es la conciencia unida / que de algún
modo nos deshoja.” (p. 40). Estas imágenes discordantes
podrían hallar un paralelo con el concepto de
Verfremdungseffekt, de Bertolt Brecht, quien deforma lo
familiar en algo extraño con el fin de que el lector aumente
la intensidad de su atención, y pueda percibir, de esta
manera, las implicaciones sociales y políticas de una
situación dada, que de otro modo pasarían desapercibidas[10].
Estas imágenes se refieren todas al exilio. Así, se abren una
serie de interpretaciones negativas con respecto al mismo. La
primera de estas imágenes es compleja. Podría desnaturalizar
el país de origen, dada la irregularidad metafórica, pues el
pez no tiene cáscara, pero por otra parte podría asimismo
disminuir al exiliado que ha precipitado un cambio donde sólo
queda una cáscara de su prístina naturaleza. En tanto que la
emanación del “rumor salobre”, y valga la sinestesia, aumenta
la negatividad de esta situación. Estas imágenes evocan,
necesariamente, el dolor de la separación, y tal vez un
sentimiento de culpa por haber abandonado la isla. Con todo,
la conciencia unida “nos deshoja”, otra incongruencia a nivel
semántico. Se da aquí, en estas imágenes discordantes, el uso
de voces antitéticas en cuanto a su nivel de expresión:
vulgares y elegantes, concretas y abstractas. Pero al afirmar
que “este aroma no es estéril”, crea una conciencia unida. Es
decir que, distanciados aquí de nuestra “Isla rota”, surge la
“conciencia colectiva” en el exilio. Y así “La sien” muy bien
podría ser una imagen metonímica[11],
dada su contigüidad física a procesos mentales que definen al
individuo: razón y conciencia. El deber de recrear, de soldar
la rotura de la isla, se apropia de una imagen clave del
título del poema, aplicándola a nuestra esencia colectiva:
La sien es el
espejo:
adentro nos
desgarra,
afuera, aislados
de la isla,
nos derrota (p.
40).
El dolor y negatividad del exilio es ineludible. “Adentro nos
desgarra”; puede esto referirse a nuestra interioridad, o
bien, al permanecer dentro de la isla rota. Es decir que el
exilio incluye toda una gama de sentimientos: algunos
positivos –el disfrute de la libertad– y otros negativos –el
sentimiento de culpa por haber abandonado el suelo patrio y,
por ende, sustraernos a contribuir en su destino[12].
Y continúa el poema: “afuera, aislados de la isla / nos
derrota”. Es decir que, exiliados, –y valga la aliteración–
necesariamente nos destruye, en tanto que “los frutos –ya se
aluda a la naturaleza tropical o a las nuevas generaciones–,
muy lejos, / erguidos e invisibles nos imploran”, llamándonos
a la acción colectiva. Por otra parte, “el alma, atónita, se
encoge” pues, aun cuando disminuidos espiritualmente no
asumamos un papel heroico, podemos encontrar nuestra redención
espiritual en la música: “Sólo la música nos redime”, actuando
también como paliativo, “de algún modo nos consuela” (p. 40).
Es decir, aunque no se trata de una imagen redentora en sí,
mantiene positivo el espíritu. Se recalca aquí, asimismo, la
importancia de la música cubana como forjadora de la identidad
nacional, definiendo nuestra cultura, y al ser un legado
común, a pesar del exilio, constituye de por sí una ineludible
fuerza de unidad.
En el penúltimo poema de la colección, “Yo vengo del
silencio”, la primera persona –tal vez la deidad misma o en su
defecto el destino– parece dirigirse en términos generales a
los cubanos de ambas orillas –conminando a los de la isla a
que salgan de su marasmo para reconstruir la tierra que los
vio nacer, y a los del exilio a que, con su retorno,
participen en dicha reconstrucción: “yo vengo del silencio a
recobrarte, / a rescatar tu alma del cansancio, / a
sorprenderte con la fe de la palabra, / a llamarte tierra y
restaurar tu magia, / a decirte que eres agua / y llenarte de
gracia en el bautizo.” También podría dirigirse de un modo
mítico a la esencia misma de la isla es decir a la totalidad
de lo cubano. Nótese al respecto las imágenes sacramentales y
alusiones bíblicas presentes. La segunda estrofa resulta de
difícil interpretación. Podría estar muy bien dirigida como en
el caso anterior a los cubanos de ambas orillas así como a la
misma isla pues promete “dibujar la faz de tu memoria / en el
asfalto gris de cada calle”, con lo que se reintegraría
físicamente lo que hasta ahora no es sino una vaga memoria, y
por último exclama la voz mítica como alocución a todos los
cubanos: “vengo a hundir mis manos en tu suelo y pedirte, al
fin, que te levantes”. En tanto que este levantarse conmina a
la isla misma a que se yerga saliendo de su marasmo. Esto
obedece al alzamiento por parte de las dos Cubas, que se
equipara metafóricamente con “un potro / que despierta de un
letargo / o como un niño que nace / y siente de repente que
está vivo” (p. 41).
Este renacer sirve de preludio a la sección final: epifanía de
carácter redentorista expresada objetivamente, redención que
conlleva necesariamente la “Muerte para un tirano”, título del
último poema de la colección. Se aplican ahora a este
personaje imágenes que parecen aludir a bestias más que a un
ser humano al caracterizar su deterioro: “Apenas se levanta, /
su cuerpo se derrumba” “Hay quien dice que en la barriga /
esconde el miedo”… “Le salen de los dedos / uñas grises,
puntiagudas: / así insinúa que rige por capricho” (p. 47).
Nótese de nuevo el uso de grotescas imágenes de bestiario que
en última instancia, son macabras; esto en franco contraste
con el lenguaje sacramental del poema anterior. Continúa el
poema:
En la noche más
oscura,
cuando la luna
se cansa de ser luna,
el terror se
desamarra de su ombligo
y lo escurre
despacio en el pescuezo (p. 47).
Existe aquí una
reiteración de la imaginería grotesca como preludio y
contraste a lo que sigue, pues de repente, “Un gallo canta”,
anunciando finalmente la aurora redentora. Si bien esta imagen
podría tener un doble significado, así, como anuncio de la
aurora, constituiría una expresión inmediata y directa de este
renacer, necesariamente contrapuesto a las imágenes macabras
precedentes[13].
Por otra parte, si nos atenemos a la pasión de Cristo según
los Evangelios, el canto del gallo estaría precedido de las
tres negaciones del apóstol San Pedro, aludiendo a una
negatividad de la conducta, superada con creces por la
redención divina, situación que ciertamente recurre a lo largo
de La Isla Rota con las frecuentes expresiones de
sentimientos de culpa. En cuanto a las voces poéticas, se
cerraría, con esta última interpretación, el círculo expuesto
en el poemario, pues terminaría como comenzó, con voces
míticas.
[1]
Al respecto, Reinaldo García Ramos
afirma, en su reseña a este libro: “La autora retoma, en tono
ciertamente modesto y de modo humildemente personal, la
tradición de la poesía patriótica, pero sin alocuciones
previsibles, sin tonos grandilocuentes ni exaltados. En su
libro el quehacer poético elige como centro temático la isla…
pero prefiere hacerlo con un lenguaje despojado, sin esforzado
dramatismo. Por momentos su palabra se vuelve cortante, como
la espada de un guerrero que va a rescatar la Tierra Santa”.
“Iraida Iturralde: fragmentación de su isla” El ateje. Revista
electrónica.
http://www.elateje.com,
2003.
[2]
Para un estudio sistemático de la función de las voces
diversas, consúltese Reuben Brower: The Fields of Light. An
Experiment in Critical Reading.
New York: Oxford University Press, 1962.
Asimismo, M. Bajtin, en Problemas de la poética de
Dostoievski. México: FCE, 1986 aborda dicha problemática
en la novela moderna.
[3]
Cito de: Iraida Iturralde. La Isla Rota. Madrid:
Verbum, 2002, p. 15. Todas las citas de este texto están
tomadas de esta edición; en lo sucesivo, me limitaré a indicar
en paréntesis el número de página.
[4]
En su reseña sobre esta obra, Reinaldo García Ramos, op.
cit., hace alusión al bestiario presente en las diversas
obras de la autora. Más recientemente Mabel Cuesta, en su
estudio epilogal a la antología crítica de Felipe Lázaro,
Indómitas al sol. Cinco poetas cubanas de Nueva York.
Madrid: Betania, 2011, recalca que la isla rota está
“destrozada, escindida, es un avispero, un lugar lleno de
irreconciliables” p. 125.
[5]
Véase a Northrop Frye, Anatomy of Criticism: Four Essays by
Northrop Frye. New York: Atheneum, 1966, pp. 163-164.
[6]
C. G. Jung. The Spirit in
Man, Art, and Literature. Complete Works, Vol. 15.
New
York: Princeton University Press, 1971, p. 129.
[7]
Para más detalles, consúltese, de Ivonne M. Conde,
Operación Pedro Pan. Nueva York: Random House. 2001.
[8]
Baudelaire. Oeuvres Complètes. Paris: Gallimard, 1961,
p. 229.
[9]
Véase al respecto: Stephen Ullmann, “Reported Speech and
Internal Monologue in Flaubert.” Style in the French Novel.
Oxford: Basel Blackwell, 1964, capítulo II.
[10]
Bertolt Brecht, “Theatre for Pleasure or Theater for
Instruction.” Brecht on Theater. trans John Willet. New
York: Hill and Wang, 1964, pp 69-76.
[11]
Consúltese para
una detallada definición de este término al
lingüista Roman Jakobson, “Two Aspects of Language and
Two Types of Aphasic Disturbances,” Fundamentals of
Language. Hague: Mouton, 1975.
[12]
Consúltese al respecto
el estudio de Robert Jay Lifton:
Death in Life: Survivors of Hiroshima. New
York: Random House, 1967, el cual
arroja muchas luces al respecto, si bien se centra en un
episodio disímil, ya que revela, en todo caso, aspectos del
sobreviviente de una catástrofe, como lo es el haberse
ausentado de la “isla rota”.
[13]
Frye op. cit. Aquí el autor describe el mito de
la primavera como: “revival and resurrection… the defeat of
the powers of darkness… and death.” Se trata de un “movement
from one kind of society to another… As the final society
reached is the one that the audience has recognized all along
to be the proper and desirable state of affairs, an act of
communion with the audience is in order.” p. 104.
Al respecto, consúltese asimismo:
Northrop Frye, Anatomy of Criticism: Four Essays by
Northrop Frye. New York: Atheneum, 1966, pp. 163-164.

Antonio F. Cao
nació
en La Habana, Cuba. Cursó su carrera universitaria en los Estados Unidos. Su
B.A. es de la Universidad de Miami, con especialidad en literaturas española y
francesa. Seguidamente obtuvo un Masters en español de la Universidad de
California en Berkeley y más adelante se doctoró por Harvard University en el
departamento de lenguas y literaturas romances. Fue aquí donde dio comienzo su
carrera docente profesional como instructor y como director de los estudiantes
subgraduados de dicho departamento. A continuación pasó a Vassar Collage como
profesor asistente y más adelante a Hofstra Universisty en calidad de profesor
asociado, donde enseña en la actualidad. Se especializa en teatro español
contemporáneo, del Siglo de Oro y cubanoamericano, así como en poesía española
del siglo XX. Su libro Federico García Lorca y las vanguadias: hacia el
teatro (Londres: Támesis, 1983) ha gozado de cierta repercusión crítica,
habiendo sido incluido en la Historia Crítica del pensamiento español
(Madrid: Espasa-Calpe, 1991). Entre los numerosos artículos en diversas
publicaciones académicas figuran sendos artículos sobre teatro cubanoamericano
y teatro puertorriqueño en los Estados Unidos en la World Enciclopedia of
Contemporary Theatre (Londres: Routeledge, 1996). En la actualidad prepara
un libro sobre el teatro de los hermanos Machado. Fue presidente de la
Northeast Modern Language Association. También ha sido miembro de la junta
directiva de la Asociación de Licenciados y Doctores de España en Estados
Unidos, y ocupa cargo similar desde hace varios años en el Centro Cultural
Cubano de Nueva York.

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