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En su introducción a La barraca de Vicente Blasco
Ibáñez, José Mas y María Teresa Mateu ponen énfasis en la
índole del texto como crítica de la injusticia social a la que
estaban sujetos los campesinos valencianos contemporáneos del
autor de la novela:[1]
“La barraca es el alegato de la vida dura e injusta que
han de soportar los habitantes de la huerta valenciana frente
a los propietarios ociosos de la ciudad” (16). En esta
sociedad discriminadora hay un grupo de individuos que sufren
una doble opresión: las mujeres, totalmente subordinadas en el
contexto de una sociedad patriarcal. Sobre ellas y, en este
sentido, Mas y Mateu indican: “Las mujeres están sometidas a
un doble yugo implacable: de obediencia al marido y de un
trabajo que puede llegar a ser sobrehumano” (37).[2]
En
el presente estudio se analiza una tercera atadura que somete
a la mujer en La barraca. En esta novela de Blasco, la
naturaleza biológica y “lo natural,” entendido como
comportamiento coherente con la identidad (naturaleza) humana,
aparecen contrariados de
forma que, como resultado, la mujer es sistemáticamente
victimizada. Así la naturaleza niega a los personajes
femeninos de Pepeta y doña Pepa funciones biológicas centrales
en la mujer en un medio primitivo y básico como la huerta: la
fertilidad y la maternidad; el sentimiento natural de una
persona por otra que es el amor es truncado artificialmente
por el patriarcado en el caso de Roseta; a Teresa se le niega
el impulso materno de acompañar a su hijo Pascualet en el
momento en que el pequeño va a ser enterrado.
Este trabajo estudia estos y otros casos de contrariedad de lo
natural en la mujer y su tratamiento por parte de la voz
narrativa como objeto de denuncia textual
que se suma a la crítica social del
texto.
JUVENTUD,
FERTILIDAD Y MATERNIDAD
El primer personaje con el que entra en contacto el lector de
La barraca es Pepeta, joven huertana casada con el
perezoso y bravucón Pimentó, representante de la
oposición de los campesinos a los propietarios de las tierras
y futuro antagonista de Batiste Borrull. Si bien, como afirman
Mas y Mateu, Pepeta es un personaje secundario, la joven
desempeña un papel importante en momentos centrales de la
novela. Señalan estos críticos que Pepeta “lleva las riendas
de la novela en el primer capítulo”
y que “[s]e trata de un ser paradigmático de tantas
mujeres pobres que extraen del sufrimiento y de su debilidad
orgánica energías sobrehumanas para sobrevivir” (46).
Además del nivel paradigmático de
Pepeta desde un punto de vista social, su posición de
personaje
que abre la narración es sumamente
relevante porque inaugura un tratamiento de la figura femenina
en la novela con dos rasgos presentes en futuras mujeres del
texto: lo natural contrariado y la conmiseración de la voz
narrativa ante esta contrariedad.
En la división entre mujeres pasionales y mujeres sumisas
establecida por Mas y Mateu en relación con los personajes
femeninos de Blasco en su introducción a Entre naranjos,
Pepeta pertenecería sin duda al segundo grupo. Pepeta está
subyugada, como los otros huertanos, a la sociedad burguesa de
Valencia y también lo está al marido perezoso al que mantiene.
En el primer capítulo de la novela, esta mujer aparece
claramente presentada como víctima, caracterización que se
revela en tres niveles: social, de género y físico.
Este último nivel aparece ya destacado en la oración que
introduce al personaje en el texto, al presentarla enferma con
una adjetivación que supone una selección naturalista de lo
feo y desagradable en relación con el ser humano. La falta de
coherencia de esta enfermedad con la naturaleza también queda
plasmada mediante el contraste establecido entre la precaria
salud de Pepeta y sus pocos años, dado que la juventud es un
período asociado con el apogeo físico. Por otra parte, la
manifestación de compasión por parte de la voz narrativa ante
este desacuerdo con lo natural tampoco se hace esperar: se
incluye en la introducción en la alabanza del personaje, que
no solo se sobrepone a la adversidad, sino que también se
sitúa por encima de todas las mujeres de su ámbito, sanas o
no: “En la barraca de Tòni . . . acababa de entrar su mujer,
Pepeta, una animosa criatura de carne blancuzca y flácida en
plena juventud, minada por la anemia, y que era sin embargo la
hembra más trabajadora de toda la huerta” (63).
No es únicamente el narrador quien deja constancia de la
contradicción existente entre la edad de Pepeta y su estado
físico. Esta contradicción aparece irónicamente subrayada al
ser identificada por Rosario, criada en la huerta, dedicada
ahora a la prostitución, a la que el narrador describe a punto
de perder su juventud como consecuencia de su mala vida―“una
caricatura, un clown del vicio” (67)―y a quien a partir
del estilo indirecto da voz observando que: “en el pelo rubio
[de Pepeta], de un color de mazorca tierna, aparecían ya las
canas a puñados antes de los treinta años” (69).
La enfermedad y las características físicas de Pepeta no solo
contradicen su juventud, sino también su identidad como mujer,
y en esto el narrador se compadece de nuevo de su personaje.
Una de las definiciones del Diccionario de la Real Academia
Española del término naturaleza es “[e]specialmente
en las hembras, sexo (condición orgánica).”
(http://www.rae.es/). En este sentido es de interés señalar
cómo la voz narrativa emplea los términos “criatura” y, más
significativamente, “hembra,” sustantivos que ponen énfasis en
la identidad biológica por encima de la psicológica o anímica,
en el párrafo, ya citado, que da entrada a Pepeta en La
barraca (63). Más adelante, en su referencia al “pobre y
raso pecho” (67) de la esposa de Pimentó, presenta al
lector una mujer de feminidad disminuida. La polisemia del
adjetivo “pobre” combina una descripción objetiva de la
pequeñez del referente “pecho” con una expresión de lástima
por parte de la voz narrativa en su descripción del personaje.
Este mismo adjetivo se emplea líneas antes también con un
doble valor, denotativo de una situación económica
desfavorable y connotativo de una presentación compasiva del
personaje en la siguiente descripción de carácter abiertamente
naturalista de sus problemas de salud:
Pepeta. . .
continuaba la marcha, cada vez con más prisa, el estómago
vacío, las piernas doloridas y con las pobres ropas interiores
impregnadas de un sudor de debilidad propio de su sangre
blanca y delgada, que a lo mejor escapábase durante semanas
enteras. . . (66)
El hecho de que los problemas de salud de la huertana sean de
tipo ginecológico supone una doble manifestación de
contrariedad de la naturaleza: de la fuerza asociada con la
juventud y de la identidad orgánica del personaje.
Significativamente el narrador culmina la presentación del
flujo menstrual constante de la mujer indicando de manera
explícita esta contrariedad, ya que cierra la referencia a
este proceso indicando que se producía “contraviniendo las
reglas de la naturaleza” (66).
Formando un contraste que puede resultar irónico al lector
actual, si lo natural biológico aparece contrariado en el caso
de la huertana esposa de Pimentó a partir de las limitaciones
y problemas de los órganos físicos que la definen como
individuo del género femenino, en el caso de las jóvenes de la
huerta que no han contraído matrimonio, la biología como
elemento identificador de género aparece oculta, socialmente
negada mediante la represión física del busto. El siguiente
cuadro costumbrista del Levante rural de fines del siglo XIX
es una manifestación clara de esta negación:
[Roseta] se
apretaba el corsé como si no le oprimiera aún bastante aquel
armazón de altas palas, un verdadero corsé de labradora
valenciana que aplastaba con crueldad el naciente pecho, pues
en la huerta es impudor que las solteras no oculten los
seductores adornos de la Naturaleza, para que nadie pueda
pecaminosamente ver en la virgen la futura maternidad. (132)
En un retrato realista de la sociedad de la época y, de manera
especial, de la sociedad rural de este período, en la cita la
maternidad se presenta como el futuro cierto de la mujer. Es
en relación con la maternidad donde se encuentra la mayor
contrariedad a la naturaleza en el caso del personaje de
Pepeta. Con motivo de la muerte de Pascualet, el pequeño de la
familia Borrull, la narración da a conocer al lector el
resultado de los problemas ginecológicos de la campesina que
le presentó en el primer capítulo: su infertilidad. Esta
infertilidad no solo contradice las funciones biológicas
propias de la mujer de una sociedad rural primitiva, sino que
además niega su identidad, su esencia. La tragedia privada del
personaje queda reflejada en su reacción ante el cadáver del
niño:
Pepeta, la pobre
bestia de trabajo, muerta para la maternidad y casada con la
esperanza de ser madre, perdió su calma a la vista de aquella
cabecita de marfil, orlada por la revuelta cabellera como
un nimbo de oro.
―¡Fill
meu!... ¡Pobret meu!...
Y lloraba con
toda su alma, inclinándose sobre el muertecito, rozando apenas
con sus labios la frente pálida y fría, como si temiera
despertarle. (179)
La aposición “bestia para el trabajo” que identifica a Pepeta
en esta cita no es la primera ocasión en que el narrador se
refiere al personaje estableciendo una relación entre ella y
un animal destinado al trabajo.[3]
En su estudio sobre el
uso de imágenes animalistas en La barraca, Vernon
Chamberlain analiza el empleo de estas imágenes como recurso
temático que muestra el lado animal y destructivo del ser
humano:
El autor
demuestra, a lo largo de La barraca, que el hombre
tiene una naturaleza doble, una alta faceta espiritual e
intelectual, controlando otro aspecto latente, más primitivo y
completamente animalista. Cualquier cosa que haga descomponer
la faceta alta sirve para desencadenar la bestia dentro del
hombre y producir su autodestrucción. (34)
En el caso de Pepeta, la animalización
del personaje, más que como agente de destrucción,
sirve como elemento que subraya su carácter de víctima de una
sociedad que la oprime como campesina y como mujer. Y junto a
esta victimización social, la utilización de esta metáfora
animalista y deshumanizadora en el contexto de las referencias
a la infertilidad del personaje subraya también el desacuerdo
con la naturaleza que roba su identidad a la huertana:
identificada con un ser que carece de componente espiritual y
racional y reducida a mera biología, Pepeta, incapaz de
propagar la especie, es igual a nada.
La anulación del personaje por la negación de la/su naturaleza
la manifiesta el narrador por el tropo que identifica
esterilidad con muerte: “muerta para la maternidad.” Este
narrador una vez más manifiesta su compasión por el personaje
contrariado a través de la selección de adjetivación y
sintagmas adverbiales para describir a Pepeta y sus acciones
cuando amortaja a Pascualet: “pobre bestia,” “(lloraba) con
toda su alma,” (179) “con mimo maternal,” “con arrebatos de
estéril pasión,” “con escrupuloso cuidado,” (181) “piadosa
mano” (182).
Por otro lado, la voz narrativa, al igual que hizo con Rosario
a través del estilo indirecto libre, se ayuda de la palabra de
otros personajes para compadecer a Pepeta. Bernardo Suárez
presenta este uso de los personajes como uno de los métodos de
introducción en el texto del punto de vista del autor:
“Abundan los ejemplos en los que el escritor hace uso del
estilo indirecto libre de identificación con sus personajes,
tras los que se oculta y disimula para emitir juicios y
valoraciones personales” (374). Así, al mostrar a Pepeta
fundida en un abrazo con Teresa y Roseta, madre y hermana del
niño muerto respectivamente, hace saber al lector que los
Borrull la consideran buena. Y revelando los pensamientos de
Batiste la presenta como incuestionablemente digna de lástima:
“No, allí no había doblez: era una víctima” (179).
AMOR
Otra víctima femenina de La barraca es Roseta, la hija
de los Borrull, Batiste y Teresa. Como en el caso de Pepeta,
en Roseta los niveles de victimización son varios e incluyen
la contrariedad de lo natural. Ya se ha visto en el apartado
anterior cómo esta y todas las jóvenes solteras, a las que el
narrador se refiere como “la virginidad de la huerta,” han de
negar el desarrollo de su cuerpo
mediante la represión del busto.
Pero la tendencia natural
cuya negación constituye la aparición del sufrimiento en la
vida del personaje, sufrimiento al que el narrador responde
con conmiseración, es el amor. Esta tendencia, aparentemente
ausente o irrelevante para Pepeta[4]
y no desarrollada textualmente en relación con Teresa y
Batiste, es clave en el caso de Roseta: la llegada del amor,
que Mas y Mateu califican como “deslumbrante encuentro”
(Introducción, La barraca, 46), constituye para la hija
de Batiste el paso de la infancia a la edad adulta,
figurativamente descrito por el narrador en el siguiente
enunciado: “Sentíase otra, con distintos pensamientos, como si
la noche anterior fuese una pared que dividía en dos partes su
existencia” (132). Si bien este amor, que, como indican Mas y
Mateu y Chamberlain y como subraya el narrador no
viene acompañado de deseo
sexual, manifiesta una inocencia casi infantil,[5]
en el hecho de que sea definitorio en el desarrollo de la
joven, que entra en la etapa adulta a través de él, se
encuentra un elemento de refuerzo de la relevancia temática de
su negación y de la reacción del narrador frente a dicha
contrariedad.
La llegada del amor supone para Roseta una felicidad superior
a anteriores dichas: “Cantaba alegre como un pájaro” mientras
se preparaba un domingo “mejor que los otros” y en el que
“brillaba más el sol,. . . [y]
la mañana tenía algo de nuevo y extraordinario” (132).
También trae consigo el descubrimiento de su identidad física
como mujer como algo positivo, descubrimiento por el que
“cobra conciencia, con femenino ademán de coquetería, de su
cuerpo” (Mas y Mateu, Introducción, La barraca 47). A
estos sentimientos pronto acompaña la certeza de la
recriminación y la oposición de la figura paterna ante el
amor joven, en línea con las costumbres de la época.[6]
Sin embargo, dos elementos textuales dejan saber al lector que
Roseta no percibe esta oposición como un elemento que amenace
su relación de manera radical. Por una parte, la huertana
anuncia que su padre la castigará físicamente cuando descubra
su relación con Tonet, pero esto no la hace abandonar su
noviazgo ni temer por la continuidad de su relación con Tonet:
“Y hablaba de la futura paliza con serenidad, sonriéndose como
muchacha fuerte acostumbrada a esa autoridad paternal, rígida,
imponente y honradota, que se manifiesta a bofetadas y palos”
(136). En segundo lugar, una vez que Batiste se entera de los
amores de su hija y le prohíbe que se vea con Tonet, Roseta se
sitúa conscientemente en posición de desafiar a su padre
cuando se encamina a la Fuente de la Reina con la esperanza de
ver a su novio.[7]
Como resultado de estos dos elementos mitigadores
de la fuerza de la negativa paterna como reflejo de
convenciones sociales a las relaciones amorosas de la joven,
su truncamiento definitivo subraya el sentido trágico de la
contrariedad de la unión natural entre ella y Tonet. Al igual
que con hace con Pepeta, el narrador utiliza nuevamente varios
recursos para dejar clara su compasión por Roseta: En ambas
mujeres valora la voz narrativa su capacidad de trabajo y su
iniciativa y, significativamente, resume estas características
con el mismo adjetivo, “animosa’: Pepeta es una “animosa
criatura” (63) y una “hembra animosa” (179); Roseta es
“animosa muchacha” (157). De las dos se compadece con el
adjetivo “pobre”; así, cuando afirma tras el final forzado del
noviazgo de la hija de Borrull: “Y Roseta, ¡pobre muchacha!
ésta era la que se mostraba más triste” (156). De la misma
manera que en el caso de la animalización de Pepeta, “bestia
sumisa” (bestia para el trabajo), el uso de la identificación
animal en relación con Tonet obligado a alejarse de su novia,
que aparece en la comparación entre el joven y el borrego
conducido al sacrificio, sirve para expresar compasión por el
personaje, al que el símil presenta como víctima inocente e
indefensa: “Tonet partió sumiso[8]
con los ojos húmedos, como uno de los borregos que
tantas veces había llevado a rastras ante el cuchillo del amo”
(157). Por otra parte, en dos ocasiones el narrador utiliza el
vehículo de reproducir los sentimientos de Batiste,
entristecido por el dolor de su hija, como medio para expresar
la compasión de la voz narrativa por ella. Que el narrador
comparte la lástima de Batiste por Roseta, injustamente
victimizada, queda subrayado por la adjetivación valorativa y
compasiva utilizada en ambos casos en referencia al labrador:
“el buen Batiste lamentaba la tristeza de la pobre muchacha.
El también había sido joven y sabía cuán pesadas resultan las
penas del querer” (157) y “[a]l pobre Batiste, tan severo y
amenazador, lo que más le dolía de todas sus desgracias era el
desconsuelo de la muchacha, falta de apetito, amarillenta,
ojerosa, haciendo esfuerzos por aparecer indiferente, sin
dormir apenas” (157-58). Una vez más el adjetivo “pobre,”
utilizado también en el texto para calificar a Pepeta y
Roseta, introduce en la narración la subjetividad de la voz
narrativa en relación con el personaje descrito. En el caso
del padre dolido, el narrador valida sus sentimientos y los
comparte a partir de este adjetivo.
EXPRESIÓN DEL DOLOR
La última cita del apartado anterior incluye una manifestación
de una nueva tendencia natural contrariada en la mujer en
La barraca: la expresión del dolor. A la renuncia a su
amor por Tonet, Roseta ha de añadir el artificio de ocultar el
sufrimiento que le causa la separación forzada de su amado. No
solo debe esconderse para llorar y así evitar el enojo de su
madre, abrumada por la enfermedad de su hijo pequeño. También
debe hacerlo obligada por la prohibición de expresar sus
sentimientos impuesta por Batiste: “El padre. . . la dirigía
severas miradas para recordarle que debía mostrarse
indiferente y que sus penas eran un atentado a la autoridad
paterna” (157). Nada más contra natura que reprimir el propio
dolor. Y Roseta no es el único personaje femenino que se ve
afectado por tal imposición. Tanto ella como su madre, Teresa,
dan rienda suelta a su pena cuando se produce la muerte de
Pascualet. Sin embargo, su luto no puede ser libre. Los
habitantes de la huerta, responsables en gran medida de su
pérdida, también las privan de su duelo, presentándose en la
barraca sin haber sido invitados para “apoderarse de él [el
niño muerto] como si fuera cosa suya, dejando a un lado a
Teresa y a su hija, que rendidas por el insomnio y por el
llanto, parecían idiotas” (177). Una vez más un segmento
costumbrista, el del entierro del niño,
ofrece más que un cuadro socio-histórico de la época:
la exclusión de Teresa de los preparativos para el funeral de
Pascualet constituye una forma más en que en La barraca
se contraría lo natural para la mujer, al impedírsele seguir
su deseo materno de estar con su pequeño y separarla a la
fuerza del hijo al que no volverá a ver. En línea con la
equivalencia animalista que se ha señalado en otros puntos de
este trabajo como recurso para presentar a los personajes como
víctimas, el narrador “animaliza” a Teresa y a Roseta en el
momento de la separación definitiva, manifestada como una
ruptura física impuesta por los vecinos que se han hecho cargo
del entierro: “Teresa y su hija fueron metidas casi a viva
fuerza en el estudi, revolviéndose desgreñadas, rojos
los ojos por el llanto, el pecho palpitante a impulsos de una
protesta dolorosa, que ya no gemía sino aullaba” (185).
Hasta en los momentos de máxima desgracia, pues, el
comportamiento natural de la mujer se ve negado por una
fuerza exterior que lo reprime y sobrepasa. El narrador ofrece
un ejemplo final de esta negación en la resolución trágica de
la novela, cuando la familia Borrull, con su barraca, sus
pertenencias y sus animales en llamas, espera desamparada para
salir para siempre de la huerta. En medio de lo que Mas y
Mateu califican de “catástrofe,” como indican estos críticos,
Roseta, en ropa interior, se siente avergonzada y temerosa de
que puedan verla: “olvidando el peligro, estremecíase de
vergüenza al verse en camisa en medio de la huerta, y se
sentaba en un ribazo, apelotonándose con el miedo del pudor,
apoyando la barba en las rodillas y tirando del blanco lienzo
para que le cubriera los pies” (224). Lo natural en el cierre
de la novela aparece múltiplemente negado para el personaje
femenino de Roseta: el decoro social la obliga a ocultar su
cuerpo; significativamente, al esconder las manifestaciones de
su fisonomía de mujer, elimina dos reacciones naturales
esenciales: el dolor provocado por su tragedia y hasta el
instinto de supervivencia.
Obras citadas
Alborg, Juan
Luis. Historia de la literatura española Realismo y
Naturalismo. La Novela. Parte tercera. De siglo a siglo. A.
Palacio Valdés-V. Blasco Ibáñez. Madrid: Gredos,
1999. Impreso.
Bibliioteca
Virtual Miguel de Cervantes. “Vicente Blasco Ibáñez. El autor.
Cronología.” Consultado el 12 de septiembre de 2011. Web.
Blasco Ibáñez,
Vicente. La barraca. Madrid: Cátedra, 1998. Impreso.
Chamberlin,
Vernon A. "Las imágenes animalistas y el color rojo en
La barraca." Duquesne Hispanic Review.
6 (1967): 23-36. Impreso.
Mas, José and
María Teresa Mateu. Introducción. Entre naranjos.
Vicente Blasco Ibáñez. Madrid:
Cátedra, 1997. Impreso.
---.
Introducción. La barraca. Vicente Blasco Ibáñez.
Madrid: Cátedra, 1998. Impreso.
Oxford, Jeffrey.
“Blasco Ibáñez’s Misogynist Predeterminism.” Excavatio
XV.3-4 (2001): 148-
159.
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---. “Revelations of Language:
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Impreso.
Real Academia
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segunda edición. Consultado el 12 de septiembre de 2011. Web.
Suárez,
Bernardo. "La creación artística en La barraca de
Blasco Ibáñez." Cuadernos Hispanoamericanos
371 (1981): 371-85. Impreso.
[1]
La barraca
se publicó en 1898; “[e]l
6 de noviembre comienza a publicarse en el folletín de El
Pueblo La barraca, que se pone a la venta en volumen 10
días después”
(Biblioteca Miguel de Cervantes).
[2]
En su análisis del cuento de Blasco
Ibáñez “Los cuatro hijos de Eva,” Jeffrey Oxford establece la
conexión existente en este texto entre la misoginia, valor de
la sociedad argentina de principios del siglo XX en cuyo
contexto transcurre la trama del relato, y el determinismo
naturalista. Oxford indica que el arte de Blasco
“provides a social commentary in which there is a profound
belief in the inevitable repetition of gender roles and human
attitudes” (“Blasco Ibáñez’s
Misogynist”
148).
[3]En
el capítulo primero, el narrador presenta la actitud ante el
servicio a sus clientes por parte de Pepeta como “paciencia de
bestia sumisa” (64).
[4]En
la narración no aparece una conexión romántica entre Pepeta y
Pimentó en el presente de su matrimonio ni en el origen
de este. Pepeta, según indica el narrador, se casó motivada
por una tendencia de la naturaleza diferente: el deseo de
procrear (“casada con la esperanza de ser madre”). La ausencia
de la atracción entre hombre y mujer en el texto en el caso de
la huertana sin hijos da más relieve a la tragedia que
constituye la negación de la maternidad en el personaje.
[5]Tonet
gustaba de regalar nidos a Roseta, que identificaba a los
polluelos con su enamorado. El narrador informa de que “[s]us
relaciones eran inocentes,” añade que “[j]amás asomó entre
ellos el punzante deseo, la rebeldía de la carne” (136) y
presenta la falta de complejidad de su atracción, satisfecha
“con verse, con hablar y reír, sin sombra alguna de deseo”
(136).
[6]
Esta costumbre se enmarca
en el sistema de valores de la época que Jeffrey Oxford
identifica como misoginia (“Blasco
Ibáñez’s Misogynist Predeterminism”).
[7]Oxford plasma el carácter desafiante de la
acción al indicar: “One Sunday, after having partially
resolved the self-imposed struggle by returning home alone all
week, in accordance to Batiste’s command, Roseta grabs a
bucket and goes to the public well to perhaps catch a glimpse
of Tonet” (Revelations of Language 52).
[8]Nótese
el uso del adjetivo “sumiso” en la caracterización de los dos
personajes “animalizados”: Pepeta y Tonet.

Alicia De Gregorio
nació en Mataró (Barcelona) España. Ensayista y profesora de Español del
Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de la Universidad de Wisconsin
en Whitewater. Es Miembro Correspondiente de la ANLE (Academia Norteamericana
de la Lengua Española), Editora del Boletín Informativo de la ANLE (Academia
Norteamericana de la Lengua Española) y Secretaria de ALDEEU (Asociación de
Licenciados y Doctores Españoles en los Estados Unidos). Co-editora, con María
José Luján, de las Actas Seleccionadas del Congreso Intercontinental de
ALDEEU 2009. Alcalá de Henares, Madrid, España. (ALDEEU, 2011). Sus
artículos y ensayos literarios han sido publicados en diversos medios
especializados, tales como: Chasqui, Cincinnati Romance Review,
Hispania, Vida Hispánica, Espéculo (Universidad Complutense de
Madrid) y la Revista de Estudios Hispánicos (Universidad de Puerto
Rico), entre otras.

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