Miami
Estados Unidos
Año XIII

 Nº 73/74

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

 

NATURALEZA CONTRARIADA EN LOS PERSONAJES FEMENINOS DE LA BARRACA DE

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

 

por

  

Alicia De Gregorio, Ph.D.

University of Wisconsin-Whitewater

 


 

     En su introducción a La barraca de Vicente Blasco Ibáñez, José Mas y María Teresa Mateu ponen énfasis en la índole del texto como crítica de la injusticia social a la que estaban sujetos los campesinos valencianos contemporáneos del autor de la novela:[1]La barraca es el alegato de la vida dura e injusta que han de soportar los habitantes de la huerta valenciana frente a los propietarios ociosos de la ciudad” (16). En esta sociedad discriminadora hay un grupo de individuos que sufren una doble opresión: las mujeres, totalmente subordinadas en el contexto de una sociedad patriarcal. Sobre ellas y, en este sentido, Mas y Mateu indican: “Las mujeres están sometidas a un doble yugo implacable: de obediencia al marido y de un trabajo que puede llegar a ser sobrehumano” (37).[2]

 

     En el presente estudio se analiza una tercera atadura que somete a la mujer en La barraca.  En esta novela de Blasco, la naturaleza biológica y “lo natural,” entendido como comportamiento coherente con la identidad (naturaleza) humana, aparecen contrariados de forma que, como resultado, la mujer es sistemáticamente victimizada. Así la naturaleza niega a los personajes femeninos de Pepeta y doña Pepa funciones biológicas centrales en la mujer en un medio primitivo y básico como la huerta: la fertilidad y la maternidad; el sentimiento natural de una persona por otra que es el amor es truncado artificialmente por el patriarcado en el caso de Roseta; a Teresa se le niega el impulso materno de acompañar a su hijo Pascualet en el momento en que el pequeño va a ser enterrado.

 

     Este trabajo estudia estos y otros casos de contrariedad de lo natural en la mujer y su tratamiento por parte de la voz narrativa como objeto de denuncia textual que se suma a la crítica social del texto.

  

 

 JUVENTUD, FERTILIDAD Y MATERNIDAD

   

     El primer personaje con el que entra en contacto el lector de La barraca es Pepeta, joven huertana casada con el perezoso y bravucón Pimentó, representante de la oposición de los campesinos a los propietarios de las tierras y futuro antagonista de Batiste Borrull. Si bien, como afirman Mas y Mateu, Pepeta es un personaje secundario, la joven desempeña un papel importante en momentos centrales de la novela. Señalan estos críticos que Pepeta “lleva las riendas de la novela en el primer capítulo” y  que “[s]e trata de un ser paradigmático de tantas mujeres pobres que extraen del sufrimiento y de su debilidad orgánica energías sobrehumanas para sobrevivir” (46). Además del nivel paradigmático de Pepeta desde un punto de vista social, su posición de personaje que abre la narración es sumamente relevante porque inaugura un tratamiento de la figura femenina en la novela con dos rasgos presentes en futuras mujeres del texto: lo natural contrariado y la conmiseración de la voz narrativa ante esta contrariedad. 

 

     En la división entre mujeres pasionales y mujeres sumisas establecida por Mas y Mateu en relación con los personajes femeninos de Blasco en su introducción a Entre naranjos, Pepeta pertenecería sin duda al segundo grupo. Pepeta está subyugada, como los otros huertanos, a la sociedad burguesa de Valencia y también lo está al marido perezoso al que mantiene. En el primer capítulo de la novela, esta mujer aparece claramente presentada como víctima, caracterización que se revela en tres niveles: social, de género y físico.

 

     Este último nivel aparece ya destacado en la oración que introduce al personaje en el texto, al presentarla enferma con una adjetivación que supone una selección naturalista de lo feo y desagradable en relación con el ser humano. La falta de coherencia de esta enfermedad con la naturaleza también queda plasmada mediante el contraste establecido entre la precaria salud de Pepeta y sus pocos años, dado que la juventud es un período asociado con el apogeo físico. Por otra parte, la manifestación de compasión por parte de la voz narrativa ante este desacuerdo con lo natural tampoco se hace esperar: se incluye en la introducción en la alabanza del personaje, que no solo se sobrepone a la adversidad, sino que también se sitúa por encima de todas las mujeres de su ámbito, sanas o no: “En la barraca de Tòni . . . acababa de entrar su mujer, Pepeta, una animosa criatura de carne blancuzca y flácida en plena juventud, minada por la anemia, y que era sin embargo la hembra más trabajadora de toda la huerta” (63).

 

     No es únicamente el narrador quien deja constancia de la contradicción existente entre la edad de Pepeta y su estado físico. Esta contradicción aparece irónicamente subrayada al ser identificada por Rosario, criada en la huerta, dedicada ahora a la prostitución, a la que el narrador describe a punto de perder su juventud como consecuencia de su mala vida―“una caricatura, un clown del vicio” (67)―y a quien a partir del estilo indirecto da voz observando que: “en el pelo rubio [de Pepeta], de un color de mazorca tierna, aparecían ya las canas a puñados antes de los treinta años” (69).      

 

     La enfermedad y las características físicas de Pepeta no solo contradicen su juventud, sino también su identidad como mujer, y en esto el narrador se compadece de nuevo de su personaje. Una de las definiciones del Diccionario de la Real Academia Española del término naturaleza es “[e]specialmente en las hembras, sexo (condición orgánica).” (http://www.rae.es/). En este sentido es de interés señalar cómo la voz narrativa emplea los términos “criatura” y,  más significativamente, “hembra,” sustantivos que ponen énfasis en la identidad biológica por encima de la psicológica o anímica, en el párrafo, ya citado, que da entrada a Pepeta en La barraca (63). Más adelante, en su referencia al “pobre y raso pecho” (67) de la esposa de Pimentó, presenta al lector una mujer de feminidad disminuida. La polisemia del adjetivo “pobre” combina una descripción objetiva de la pequeñez del referente “pecho” con una expresión de lástima por parte de la voz narrativa en su descripción del personaje. Este mismo adjetivo se emplea líneas antes también con un doble valor, denotativo de una situación económica desfavorable y connotativo de una presentación compasiva del personaje en la siguiente descripción de carácter abiertamente naturalista de sus problemas de salud:

 

Pepeta. . . continuaba la marcha, cada vez con más prisa, el estómago vacío, las piernas doloridas y con las pobres ropas interiores impregnadas de un sudor de debilidad propio de su sangre blanca y delgada, que a lo mejor escapábase durante semanas enteras. . . (66)

 

     El hecho de que los problemas de salud de la huertana sean de tipo ginecológico supone una doble manifestación de contrariedad de la naturaleza: de la fuerza asociada con la juventud y de la identidad orgánica del personaje. Significativamente el narrador culmina la presentación del flujo menstrual constante de la mujer indicando de manera explícita esta contrariedad, ya que cierra la referencia a este proceso indicando que se producía “contraviniendo las reglas de la naturaleza” (66).

 

     Formando un contraste que puede resultar irónico al lector actual, si lo natural biológico aparece contrariado en el caso de la huertana esposa de Pimentó a partir de las limitaciones y problemas de los órganos físicos que la definen como individuo del género femenino, en el caso de las jóvenes de la huerta que no han contraído matrimonio, la biología como elemento identificador de género aparece oculta, socialmente negada mediante la represión física del busto. El siguiente cuadro costumbrista del Levante rural de fines del siglo XIX es una manifestación clara de esta negación:  

 

[Roseta] se apretaba el corsé como si no le oprimiera aún bastante aquel armazón de altas palas, un verdadero corsé de labradora valenciana que aplastaba con crueldad el naciente pecho, pues en la huerta es impudor que las solteras no oculten los seductores adornos de la Naturaleza, para que nadie pueda pecaminosamente ver en la virgen la futura maternidad. (132)

 

     En un retrato realista de la sociedad de la época y, de manera especial, de la sociedad rural de este período, en la cita la maternidad se presenta como el futuro cierto de la mujer.  Es en relación con la maternidad donde se encuentra la mayor contrariedad a la naturaleza en el caso del personaje de Pepeta. Con motivo de la muerte de Pascualet, el pequeño de la familia Borrull, la narración da a conocer al lector el resultado de los problemas ginecológicos de la campesina que le presentó en el primer capítulo: su infertilidad. Esta infertilidad no solo contradice las funciones biológicas propias de la mujer de una sociedad rural primitiva, sino que además niega su identidad, su esencia. La tragedia privada del personaje queda reflejada en su reacción ante el cadáver del niño:

 

Pepeta, la pobre bestia de trabajo, muerta para la maternidad y casada con la esperanza de ser madre, perdió su calma a la vista de aquella cabecita de marfil, orlada por la revuelta     cabellera como un nimbo de oro.

―¡Fill meu!... ¡Pobret meu!...

Y lloraba con toda su alma, inclinándose sobre el muertecito, rozando apenas con sus labios la frente pálida y fría, como si temiera despertarle. (179)

 

     La aposición “bestia para el trabajo” que identifica a Pepeta en esta cita no es la primera ocasión en que el narrador se refiere al personaje estableciendo una relación entre ella y un animal destinado al trabajo.[3] En su estudio sobre el uso de imágenes animalistas en La barraca, Vernon Chamberlain analiza el empleo de estas imágenes como recurso temático que muestra el lado animal y destructivo del ser humano:

 

El autor demuestra, a lo largo de La barraca, que el hombre tiene una naturaleza doble, una alta faceta espiritual e intelectual, controlando otro aspecto latente, más primitivo y completamente animalista. Cualquier cosa que haga descomponer la faceta alta sirve para desencadenar la bestia dentro del hombre y producir su autodestrucción. (34)

 

     En el caso de Pepeta, la animalización del personaje, más que como agente de destrucción, sirve como elemento que subraya su carácter de víctima de una sociedad que la oprime como campesina y como mujer. Y junto a esta victimización social, la utilización de esta metáfora animalista y deshumanizadora en el contexto de las referencias a la infertilidad del personaje subraya también el desacuerdo con la naturaleza que roba su identidad a la huertana: identificada con un ser que carece de componente espiritual y racional y reducida a mera biología, Pepeta, incapaz de propagar la especie, es igual a nada.

 

     La anulación del personaje por la negación de la/su naturaleza la manifiesta el narrador por el tropo que identifica esterilidad con muerte: “muerta para la maternidad.” Este narrador una vez más manifiesta su compasión por el personaje contrariado a través de la selección de adjetivación y sintagmas adverbiales para describir a Pepeta y sus acciones cuando amortaja a Pascualet: “pobre bestia,” “(lloraba) con toda su alma,” (179) “con mimo maternal,” “con arrebatos de estéril pasión,” “con escrupuloso cuidado,” (181) “piadosa mano” (182).

 

     Por otro lado, la voz narrativa, al igual que hizo con Rosario a través del estilo indirecto libre, se ayuda de la palabra de otros personajes para compadecer a Pepeta. Bernardo Suárez presenta este uso de los personajes como uno de los métodos de introducción en el texto del punto de vista del autor: “Abundan los ejemplos en los que el escritor hace uso del estilo indirecto libre de identificación con sus personajes, tras los que se oculta y disimula para emitir juicios y valoraciones personales” (374). Así, al mostrar a Pepeta fundida en un abrazo con Teresa y Roseta, madre y hermana del niño muerto respectivamente, hace saber al lector que los Borrull la consideran buena. Y revelando los pensamientos de Batiste la presenta como incuestionablemente digna de lástima: “No, allí no había doblez: era una víctima” (179).

 

 

 AMOR

 

     Otra víctima femenina de La barraca es Roseta, la hija de los Borrull, Batiste y Teresa. Como en el caso de Pepeta, en Roseta los niveles de victimización son varios e incluyen la contrariedad de lo natural. Ya se ha visto en el apartado anterior cómo esta y todas las jóvenes solteras, a las que el narrador se refiere como “la virginidad de la huerta,” han de negar el desarrollo de su cuerpo mediante la represión del busto. Pero la tendencia natural cuya negación constituye la aparición del sufrimiento en la vida del personaje, sufrimiento al que el narrador responde con conmiseración, es el amor. Esta tendencia, aparentemente ausente o irrelevante para Pepeta[4] y no desarrollada textualmente en relación con Teresa y Batiste, es clave en el caso de Roseta: la llegada del amor, que Mas y Mateu califican como “deslumbrante encuentro” (Introducción, La barraca, 46), constituye para la hija de Batiste el paso de la infancia a la edad adulta, figurativamente descrito por el narrador en el siguiente enunciado: “Sentíase otra, con distintos pensamientos, como si la noche anterior fuese una pared que dividía en dos partes su existencia” (132). Si bien este amor, que, como indican Mas y Mateu y Chamberlain y como subraya el narrador no viene acompañado de deseo sexual, manifiesta una inocencia casi infantil,[5] en el hecho de que sea definitorio en el desarrollo de la joven, que entra en la etapa adulta a través de él, se encuentra un elemento de refuerzo de la relevancia temática de su negación y de la reacción del narrador frente a dicha contrariedad.

 

     La llegada del amor supone para Roseta una felicidad superior a anteriores dichas: “Cantaba alegre como un pájaro” mientras se preparaba un domingo “mejor que los otros” y en el que “brillaba más el sol,. . . [y] la mañana tenía algo de nuevo y extraordinario” (132). También trae consigo el descubrimiento de su identidad física como mujer como algo positivo, descubrimiento por el que “cobra conciencia, con femenino ademán de coquetería, de su cuerpo” (Mas y Mateu, Introducción, La barraca 47). A estos sentimientos pronto acompaña la certeza de la recriminación y  la oposición de la figura paterna ante el amor joven, en línea con las costumbres de la época.[6] Sin embargo, dos elementos textuales dejan saber al lector que Roseta no percibe esta oposición como un elemento que amenace su relación de manera radical. Por una parte, la huertana anuncia que su padre la castigará físicamente cuando descubra su relación con Tonet, pero esto no la hace abandonar su noviazgo ni temer por la continuidad de su relación con Tonet: “Y hablaba de la futura paliza con serenidad, sonriéndose como muchacha fuerte acostumbrada a esa autoridad paternal, rígida, imponente y honradota, que se manifiesta a bofetadas y palos” (136). En segundo lugar, una vez que Batiste se entera de los amores de su hija y le prohíbe que se vea con Tonet, Roseta se sitúa conscientemente en posición de desafiar a su padre cuando se encamina a la Fuente de la Reina con la esperanza de ver a su novio.[7] Como resultado de estos dos elementos mitigadores de la fuerza de la negativa paterna como reflejo de convenciones sociales a las relaciones amorosas de la joven, su truncamiento definitivo subraya el sentido trágico de la contrariedad de la unión natural entre ella y Tonet. Al igual que con hace con Pepeta, el narrador utiliza nuevamente varios recursos para dejar clara su compasión por Roseta: En ambas mujeres valora la voz narrativa su capacidad de trabajo y su iniciativa y, significativamente, resume estas características con el mismo adjetivo, “animosa’: Pepeta es una “animosa criatura” (63) y una “hembra animosa” (179); Roseta es “animosa muchacha” (157). De las dos se compadece con el adjetivo “pobre”; así, cuando afirma tras el final forzado del noviazgo de la hija de Borrull: “Y Roseta, ¡pobre muchacha! ésta era la que se mostraba más triste” (156). De la misma manera que en el caso de la animalización de Pepeta, “bestia sumisa” (bestia para el trabajo), el uso de la identificación animal en relación con Tonet obligado a alejarse de su novia, que aparece en la comparación entre el joven y el borrego conducido al sacrificio, sirve para expresar compasión por el personaje, al que el símil presenta como víctima inocente e indefensa: “Tonet partió sumiso[8] con los ojos húmedos, como uno de los borregos que tantas veces había llevado a rastras ante el cuchillo del amo” (157). Por otra parte, en dos ocasiones el narrador utiliza el vehículo de reproducir los sentimientos de Batiste, entristecido por el dolor de su hija, como medio para expresar la compasión de la voz narrativa por ella. Que el narrador comparte la lástima de Batiste por Roseta, injustamente victimizada, queda subrayado por la adjetivación valorativa y compasiva utilizada en ambos casos en referencia al labrador: “el buen Batiste lamentaba la tristeza de la pobre muchacha. El también había sido joven y sabía cuán pesadas resultan las penas del querer” (157) y “[a]l pobre Batiste, tan severo y amenazador, lo que más le dolía de todas sus desgracias era el desconsuelo de la muchacha, falta de apetito, amarillenta, ojerosa, haciendo esfuerzos por aparecer indiferente, sin dormir apenas” (157-58). Una vez más el adjetivo “pobre,” utilizado también en el texto para calificar a Pepeta y Roseta, introduce en la narración la subjetividad de la voz narrativa en relación con el personaje descrito. En el caso del padre dolido, el narrador valida sus sentimientos y los comparte a partir de este adjetivo.

 

 

EXPRESIÓN DEL DOLOR

 

     La última cita del apartado anterior incluye una manifestación de una nueva tendencia natural contrariada en la mujer en La barraca: la expresión del dolor. A la renuncia a su amor por Tonet, Roseta ha de añadir el artificio de ocultar el sufrimiento que le causa la separación forzada de su amado. No solo debe esconderse para llorar y así evitar el enojo de su madre, abrumada por la enfermedad de su hijo pequeño. También debe hacerlo obligada por la prohibición de expresar sus sentimientos impuesta por Batiste: “El padre. . . la dirigía severas miradas para recordarle que    debía mostrarse indiferente y que sus penas eran un atentado a la autoridad paterna” (157). Nada más contra natura que reprimir el propio dolor. Y Roseta no es el único personaje femenino que se ve afectado por tal imposición. Tanto ella como su madre, Teresa, dan rienda suelta a su pena cuando se produce la muerte de Pascualet. Sin embargo, su luto no puede ser libre. Los habitantes  de la huerta, responsables en gran medida de su pérdida, también las privan de su duelo, presentándose en la barraca sin haber sido invitados para “apoderarse de él [el niño muerto] como si fuera cosa suya, dejando a un lado a Teresa y a su hija, que rendidas por el insomnio y por el llanto, parecían idiotas” (177). Una vez más un segmento costumbrista, el del entierro del niño, ofrece más que un cuadro socio-histórico de la época: la exclusión de Teresa de los preparativos para el funeral de Pascualet constituye una forma más en que en La barraca se contraría lo natural para la mujer, al impedírsele seguir su deseo materno de estar con su pequeño y separarla a la fuerza del hijo al que no volverá a ver. En línea con la equivalencia animalista que se ha señalado en otros puntos de este trabajo como recurso para presentar a los personajes como víctimas, el narrador “animaliza” a Teresa y a Roseta en el momento de la separación definitiva, manifestada como una ruptura física impuesta por los vecinos que se han hecho cargo del entierro: “Teresa y su hija fueron metidas casi a viva fuerza en el estudi, revolviéndose desgreñadas, rojos los ojos por el llanto, el pecho palpitante a impulsos de una protesta dolorosa, que ya no gemía sino aullaba” (185).  

  

     Hasta en los momentos de máxima desgracia, pues, el comportamiento natural de la mujer  se ve negado por una fuerza exterior que lo reprime y sobrepasa. El narrador ofrece un ejemplo final de esta negación en la resolución trágica de la novela, cuando la familia Borrull, con su barraca, sus pertenencias y sus animales en llamas, espera desamparada para salir para siempre de la huerta. En medio de lo que Mas y Mateu califican de “catástrofe,” como indican estos críticos, Roseta, en ropa interior, se siente avergonzada y temerosa de que puedan verla: “olvidando el peligro, estremecíase de vergüenza al verse en camisa en medio de la huerta, y se sentaba en un ribazo, apelotonándose con el miedo del pudor, apoyando la barba en las rodillas y tirando del blanco lienzo para que le cubriera los pies” (224). Lo natural en el cierre de la novela aparece múltiplemente negado para el personaje femenino de Roseta: el decoro social la obliga a ocultar su cuerpo; significativamente, al esconder las manifestaciones de su fisonomía de mujer, elimina dos reacciones naturales esenciales: el dolor provocado por su tragedia y hasta el instinto de supervivencia.

 

Obras citadas

 

Alborg, Juan Luis. Historia de la literatura española Realismo y Naturalismo. La Novela. Parte tercera. De siglo a siglo. A. Palacio Valdés-V. Blasco Ibáñez.  Madrid: Gredos, 1999. Impreso.

Bibliioteca Virtual Miguel de Cervantes. “Vicente Blasco Ibáñez. El autor. Cronología.”  Consultado el 12 de septiembre de 2011. Web.

Blasco Ibáñez, Vicente. La barraca. Madrid: Cátedra, 1998. Impreso.

Chamberlin, Vernon A.  "Las  imágenes  animalistas  y  el  color rojo en La barraca."  Duquesne          Hispanic Review.  6 (1967): 23-36. Impreso.

Mas, José and María Teresa Mateu. Introducción. Entre naranjos.  Vicente Blasco Ibáñez. Madrid:

            Cátedra, 1997. Impreso.

---. Introducción. La barraca. Vicente Blasco Ibáñez. Madrid: Cátedra, 1998. Impreso.

Oxford, Jeffrey. “Blasco Ibáñez’s Misogynist Predeterminism.” Excavatio XV.3-4 (2001): 148-

            159. Impreso.

---. “Revelations of Language: Mimetic, Artistic, and Coincidental Parallels of Women’s Voices,” CLA 41.1 (1997): 44-54. Impreso.

Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. Vigésima segunda edición. Consultado el 12 de septiembre de 2011. Web.

Suárez, Bernardo. "La creación artística en La barraca de Blasco Ibáñez." Cuadernos             Hispanoamericanos 371 (1981): 371-85. Impreso.

 

 


 

[1] La barraca se publicó en 1898; “[e]l 6 de noviembre comienza a publicarse en el folletín de El Pueblo La barraca, que se pone a la venta en volumen 10 días después” (Biblioteca Miguel de Cervantes).

 

[2] En su análisis del cuento de Blasco Ibáñez “Los cuatro hijos de Eva,” Jeffrey Oxford establece la conexión existente en este texto entre la misoginia, valor de la sociedad argentina de principios del siglo XX en cuyo contexto transcurre la trama del relato, y el determinismo naturalista. Oxford indica que el arte de Blasco “provides a social commentary in which there is a profound belief in the inevitable repetition of gender roles and human attitudes” (“Blasco Ibáñez’s Misogynist” 148).

 

[3]En el capítulo primero, el narrador presenta la actitud ante el servicio a sus clientes por parte de Pepeta como “paciencia de bestia sumisa” (64).  

 

[4]En la narración no aparece una conexión romántica entre Pepeta y Pimentó en el presente de su matrimonio ni en el origen de este. Pepeta, según indica el narrador, se casó motivada por una tendencia de la naturaleza diferente: el deseo de procrear (“casada con la esperanza de ser madre”). La ausencia de la atracción entre hombre y mujer en el texto en el caso de la huertana sin hijos da más relieve a la tragedia que constituye la negación de la maternidad en el personaje.

 

[5]Tonet gustaba de regalar nidos a Roseta, que identificaba a los polluelos con su enamorado. El narrador informa de que “[s]us relaciones eran inocentes,” añade que “[j]amás asomó entre ellos el punzante deseo, la rebeldía de la carne” (136) y presenta la falta de complejidad de su atracción, satisfecha “con verse, con hablar y reír, sin sombra alguna de deseo” (136).

 

[6] Esta costumbre se enmarca en el sistema de valores de la época que Jeffrey Oxford identifica como misoginia (“Blasco Ibáñez’s Misogynist Predeterminism”).

 

[7]Oxford plasma el carácter desafiante de la acción al indicar: “One Sunday, after having partially resolved the self-imposed struggle by returning home alone all week, in accordance to Batiste’s command, Roseta grabs a bucket and goes to the public well to perhaps catch a glimpse of Tonet” (Revelations of Language 52).

 

[8]Nótese el uso del adjetivo “sumiso” en la caracterización de los dos personajes “animalizados”: Pepeta y Tonet.

 

 

Alicia De Gregorio nació en Mataró (Barcelona) España. Ensayista y profesora de Español del Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de la Universidad de Wisconsin en Whitewater. Es Miembro Correspondiente de la ANLE (Academia Norteamericana de la Lengua Española), Editora del Boletín Informativo de la ANLE (Academia Norteamericana de la Lengua Española) y Secretaria de ALDEEU (Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en los Estados Unidos). Co-editora, con María José Luján, de las Actas Seleccionadas del Congreso Intercontinental de ALDEEU 2009. Alcalá de Henares, Madrid, España. (ALDEEU, 2011). Sus artículos y ensayos literarios han sido publicados en diversos medios especializados, tales como: Chasqui, Cincinnati Romance Review, Hispania, Vida Hispánica, Espéculo (Universidad Complutense de Madrid) y la Revista de Estudios Hispánicos (Universidad de Puerto Rico), entre otras.