Miami
Estados Unidos
Año XI

 Nº 65/66

Escríbanos     

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

EL AUTOR QUE ESCRIBIÓ UNA SOLA HISTORIA

por

Andrés Marroquín Gramajos

 

  

     A sus 33 años, cuando sentía que la vida se le escurría por las manos, y cuando pensaba que a esa edad era cuando el hombre debía alcanzar el clímax de su vida, él decidió hacer lo que nunca había podido, y siempre había deseado, escribir una corta historia. Sus lecturas habían sido muy escasas, un libro por aquí, medio libro por allá – en muy raras ocasiones había terminado la lectura de un libro completo. Incuso cuando había terminado el libro no estaba seguro   si había comprendido por lo menos un poco a su autor.

   

     Una mañana muy fría de febrero, el cielo estaba completamente gris, lo veía desde su ventana. Las nubes ocultaban el sol. Pero incluso, pensaba él, si el cielo estuviera despejado, hasta los destellos del sol serían grises. Esa mañana el  despertó con la idea de escribir una sola historia, una historia que sería olvidada, incluso por el mismo, una historia muy corta, tendría solo una página. Empezaría con su propia vida, no conocía más, y empezaría con su niñez. 

           

     La historia empieza cuando a sus siete años él iniciaba la escritura de su primera novela. A sus treinta y tres años, solo recordaba que esa novelita hablaba de jinetes en sus caballos, en busca de aventuras en el bosque. Había sido inspirada en las ilustraciones en blanco y negro que había visto en el libro de Walter Scott, Ivanhoe. También había tomado imaginación de los dibujos en El Quijote, El Conde de Montecristo, Los Miserables, y La Tempestad. Todas estas historias que le parecían fascinantes porque lo transportaban a mundos tan diferentes, tan antiguos, tan llenos de aventura, de batallas, y mucho más.

           

     Con todas estas ideas en mente iniciaba él por las mañanas a escribir en tinta azul sobre papel verde. Estaba de vacaciones en la escuela, y su dedicación a las letras era completa. Escribía sobre jinetes en sus corceles negros cabalgando por las planicies verdes, bajo un cielo azul, en un lugar desconocido. Sentía retumbar el suelo con cada zancada de los caballos; podía ver su respiración agitada, calida, y poderosa. Los caballos sudaban y el sudor se desplazaba por su piel negra convirtiéndola en una superficie musculosa brillante. Escuchaba las altas voces de los jinetes, que perseguían a un rufián, o se dirigían al campo de batalla, o iban a rescatar a su rey. Esa mañana su mama entró al cuarto y preguntó: ¿que hace mijo? El llamado de su mama lo sacó súbitamente de su mundo imaginario. Mamá, contestó él, estoy escribiendo mi primera novela. Su mamá sintió una alegría muy profunda. Imaginó inmediatamente la carrera exitosa de su hijo como escritor, ganaría premios que recibiría vestido en traje formal, de corbata. Estas escenas imaginarias contentaban su corazón y la llenaban de orgullo. En ese momento su mamá sonrió, mostrando una corona de oro que cubría su incisivo izquierdo. Lo sentó a su lado en un sillón de madera, forrado con una cubierta roja estampada con flores doradas. Mijo le dijo, el arte de la escritura es el arte del corazón. Debes sentir profundamente los sentimientos de tus personajes. Por ejemplo le dijo, ese jinete del que hablas, dime: ¿qué espera él de la vida? ¿Qué es lo que él considera verdaderamente importante en su existencia en el mundo? Este consejo de su madre se convertiría en la clave de su éxito como escritor de ficción. Pero no nos adelantemos, basta con decir que a esta edad él tomo la decisión que antes de escribir una novela, o una pequeña historia, empezaría por escribir los nombres de sus personajes, e incluso antes de dibujar un esquema de la historia, pondría bajo el nombre de cada personaje, aquella virtud, o meta, o sueño mas importante para ese personaje. Los personajes de tus novelas, decía su madre, no deben de deambular sonámbulos en los pasajes de tu imaginación, deben de tener un valor fundamental que los oriente y les de esa energía vital para cumplir el rol en tu novela. Ningún consejo fue tan importante para él. Lo seguía, y aun lo sigue, al pie de la letra. Mis novelas dice él, son guiadas por principios, son deterministas en cierto sentido, porque los principios fundamentales que guían a cada personaje los asigno antes de siquiera saber el rumbo de la historia. Mis historias en cierto sentido son guiadas por principios. Sin embargo, afirma él, es sólo mi intuición, y mi estado de ánimo en un momento preciso, lo que determina qué principio es asignado a cual personaje. Mis novelas son como la vida, afirma él, abriendo los ojos hasta mostrar la circunferencia total de sus corneas negras, el ser humano elige con base en sus principios, pero no elige cuales serán esos principios, le son dados. Muchos de sus amigos, unos escritores y otros no tanto, critican esta filosofía de escritura, la consideran muy simple. Para él, sin embargo, esta filosofía está grabada en su mente, las palabras de su madre, cariñosas, calidas, y sinceras se estamparon en su cerebro con una gran fuerza.

Desde ese día empezó a escribir historias que daban giros distintos a libros que entonces leía. La novela Cinco semanas en globo de Julio Verne venía a su mente con mucha claridad. Recordaba el globo Victoria en el que el explorador inglés Samuel Fergusson, su criado Joe, y su amigo Dick Kennedy, volaban sobre el África para encontrar la fuente del Nilo. Después de muchas aventuras, en una de las cuales Joe se pierde, Fergusson y Kennedy vuelven triunfantes a Inglaterra donde reciben el premio a la mejor aventura del año. Esta historia le fascinó. La fuente de fascinación era la existencia de toda una gigantesca masa de tierra llamada África, que no era América, y que al parecer respiraba por si misma y tenia su propia historia. Escribió varios finales alternos a esta novela. En uno de ellos, por ejemplo, una tormenta de arena atrapó al Victoria. El globo cayó abruptamente en el desierto en el territorio de los indígenas Tuareg en el imperio de Mali. Kennedy perdió la vida pero Fergusson sobrevivió. Su estado de salud era muy grave pero logró recuperarse. Fergusson nunca volvió a Inglaterra, terminó su vida estudiando la cultura Tuareg, enamorándose de una princesa del desierto y aprendiendo el arte de la Imzad, el violín Tuareg. En otro final, el Victoria es arrastrado por fuertes vientos por más de mil kilómetros hasta el sur de Rodesia, el actual Zimbabwe, en el sureste de África. Indígenas Shona logran subir al globo usando un bumerang atado una liana muy gruesa.  En una lucha cuerpo a cuerpo en  la canasta un guerrero Shona da muerte a Joe y a Kennedy. Fergusson es tomado como prisionero y aislado por varios días en una casita alejada de la aldea. La casita es una vivienda redonda, con paredes de adobe y techo de paja. El piso es la tierra misma y el interior es oscuro. Fergusson es visitado por una bella mujer Shona quien le lleva  comida y agua dos veces al día. Después de contraer fiebre amarilla y de agonizar por dos semanas Fergusson muere.

 

     Escribió entonces una gran cantidad de finales alternos a los libros que leía, hizo lo mismo con La vuelta al mundo en ochenta días, De la tierra a la luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, Capitán de quince años, Los tres mosqueteros, y muchas otras novelas de autores como Gabriel García Márquez y G. K. Chesterton. Pero de ninguna novela escribió más finales alternos como de La Isla del tesoro. No lo impresionaba tanto el personaje de Jim Hawkins, aunque se identificaba con él. Pero pasaba horas sentado en el piso de su habitación tratando de descifrar el pensamiento de Long John Silver, el pirata. Si pudiera convertirme en un personaje del libro yo sería Silver, se decía a si mismo en silencio. Mientras estas palabras resonaban en su mente, imaginaba al bucanero, un viejo lobo de mar, vistiendo su elegante saco de marinero azul. La misma imagen se repetía una y otra ves: Silver observaba el horizonte con su fino telescopio negro con aros de plata mientras se limpiaba los labios después de beber de su botella de ron. Sus cabellos rubios adquirían un tono dorado al reflejar el sor de la tarde de verano.

 

     El guardaba ordenadamente sus escritos. Los colocaba uno sobre otro en orden cronológico.  Las gavetas de la mesa de noche estaban llenas de ellos. En esos momentos en los que no deseaba escribir, que eran muy pocos, releía sus libros preferidos. Habría un libro aleatoriamente en una de las tantas páginas, leía la primera oración de un párrafo, cerraba de nuevo el libro, y recitaba de memoria las dos páginas que seguían a esa oración. Repetía este ejercicio hasta llegar al final del capítulo. Para entonces sus ojos se cerraban, su cuerpo se relajaba, y se quedaba profundamente dormido.

   

     A los doce años ganó su primer premio literario, cuando cursaba el sexto grado de primaria. Escribió una historia corta. Para escribirla siguió los consejos de su madre al pie de la letra. Escribió los nombres de los personajes de su historia: Nene, Juan, Ni, y don Rómulo. Su madre había enfatizado que el empezara por escribir los valores fundamentales que guiarían la conducta de sus personajes. Nene actuaría con ternura. José sería un niño soñador. No le obsesionaba controlar a sus amigos y a sus primos. Y don Rómulo sería un hombre sabio.

Nene era una niña con una piel color chocolate, su cuerpo era delgado. Sus labios eran gruesos, sobre todo el labio inferior. Sus ojos eran negros, vivos, con una lucecita brillante en la cornea. Cuando Nene sonreía mostraba una dentadura blanca, simétrica, y dos pequeños hoyitos se dibujaban en sus mejillas, a ambos lados de la boca. Usaba su cabello, grueso y negro, en pequeños rizos al estilo de los artistas de reggae. Algunos de sus rizos rebeldes caían sobre su cara magnificando su rostro equilibrado y tierno. De acuerdo a la historia, Nene vivía en Mochudi, un pequeño pueblo en el sur este de Botswana, muy cerca de la frontera con África del Sur.

 

     José era un niño introvertido. Físicamente, José era un niño también de doce años, de piel blanca, de labios muy rojos. Su cabello era castaño, su nariz pequeña se dibujaba con timidez en el centro de su cara. Era un niño muy delgado y de estructura esquelética muy pequeña, comúnmente se desmayaba cuando pasaba algún tiempo bajo el sol. Sus ojos eran cafés, usualmente de mirada inquisitiva, aunque en ocasiones despistada. Tenía un buen sentido del humor, y llevaba una vida equilibrada entre la lectura, la televisión, y el juego con los amigos del vecindario. José vivía en una pequeña ciudad en el centro de Guatemala llamada Solola.

 

     Don Rómulo era un señor que tenía alrededor de cincuenta y cinco años. Sus cabellos blancos le iban ganando el terreno a sus cabellos negros. Usaba un bigote estilo brocha, también con tintes negros y blancos. Su cara era redonda y su cuerpo sugería que cuando joven don Rómulo había sido un deportista disciplinado. El trajín del trabajo y el pasar de los años habían encorvado su columna vertebral. Las penas de la vida, sin embargo, no borraban la sonrisa calida y afectuosa. Don Rómulo era el cartero en Solola. Usaba orgullosamente el uniforme del correo: una camisa blanca de manta, y un pantalón de lona azul. La boinita azul, que también era parte del uniforme, le daba el toque final al uniforme. 

           

     En una tarde de enero de 1982 José observaba sus programas de televisión favoritos en un canal mexicano: Daniel el travieso y Los Ewoks. En el intermedio de los capítulos el presentador, un viejito amigo de los niños, invito a los niños  a hacer algo completamente diferente. Dijo que si lo hacían ganarían amigos y aprenderían mucho de esta experiencia. José se preguntaba a qué se refería el presentador. Voy a proporcionarles las direcciones de correo de algunos niños en África y quiero que se comuniquen con ellos. Aunque se que ellos hablan un idioma diferente al de ustedes, envíenles dibujos, los motivó el presentador. Estos son los nombres les dijo, y en la pantalla de televisión aparecieron proyectados uno tras otro, en letra negra sobre fondo blanco, cuatro nombres y direcciones. La edad del niño aparecía también. Y a la par de estos datos aparecía una fotografía.

           

Nene Siwawa (niña de 12 años)

Mochudi

Botswana

 

Matla Tihomole (niño 12 años)

17938, Khama Crescent,

Gaborone

Botswana

 

Tao Morabela (niño 13 años)

Private Bag 00366,

Gabarone

Botswana

 

Gouta Mudenda (niña 11 años)

Private Bag UB 00708,

Gaborone

Botswana

 

     José no lo pensó mucho y copió el primer nombre y dirección. Nene es un nombre muy divertido, pensó. Voy a escribirle una carta a esta niña de doce años, se dijo si mismo con un tono emotivo. Inquietado abrió su pequeño diccionario y busco “Botswana.” Wowww, dijo, este país esta en África, ¡el continente negro! Y de repente su imaginación voló hacia África, imaginó hipopótamos y jirafas, imaginó a Nene sentada en el escritorio en su escuela. La imaginó caminando a casa en su uniforme de escuela: blusa amarilla y falda café. La imaginaba hablando con sus amigas. En todo momento Nene aparecía sonriendo, con mucha ternura. José imaginaba el rostro balanceado de Nene. Pero eran sus ojos los que más le intrigaban. Súbitamente a José le vino un fuerte deseo de conocer más de Nene: ¿Cuáles serán sus sueños? ¿Qué le preocupa? ¿Qué comida le gusta más? ¿Cual es su curso favorito en la escuela? ¿Cuáles son sus pasatiempos favoritos?

           

     El día siguiente, José fue a la escuela, pero en todo momento pensaba en Nene. Cuando regrese a casa voy a escribir la carta, pensaba. Veía a su profesor de matemática explicar la lección del día: la raíz cúbica. Su atención, sin embargo, no estaba en la lección, ni en el pizarrón, sino que en Nene.

           

     A la una de la tarde en punto sonó la campana de la escuela, indicando la hora de salida. Juan, que ya tenía sus cuadernos listos en el bolsón, se levantó del escritorio, tomó su bolsón y se dirigió a la puerta del salón. Sin despedir a sus amigos corrió por el corredor de la escuela, hasta dirigirse a la salida, bajó rápidamente las gradas hasta llegar a la calle principal. Vio que no vinieran carros, atravesó la calle y siguió corriendo hasta la siguiente cuadra. Dobló a la derecha y corrió una cuadra y media por un camino empedrado. Llegó a su casa, subió las gradas hacia la puertecita de lámina y la golpeó desesperadamente. Ya viene este niño y yo todavía no tengo preparado el almuerzo, pensó su mama. José se dirigió al comedor, saco una silla y la llevó al pequeño patio cerca de la pila. Cortó una hoja de papel de un cuaderno y se dispuso a escribir su primera carta a Nene. Querida Nene, escribió. Quiero conocerte bien. Pero repentinamente recordó que Nene no habla español. Que idioma se hablará en Botswana, se preguntó. Se dirigió a su cuarto donde se encontraba su nuevo Diccionario Enciclopédico Larousse. El diccionario había sido un regalo de su madre. Para José, su diccionario Larousse era la fuente inagotable de conocimiento. Botswana ocupaba una página completa en el diccionario. Mostraba el mapa del país en el sur de África. Botswana limitaba al norte con Zambia, al oeste con Namibia, al este con Zimbabwe, y al sur con Sur África. El idioma oficial era el inglés. José aprendió que Botswana había sido un protectorado ingles. No estaba muy seguro de lo que significaba la palabra protectorado pero tenía la idea de que los ingleses habían llegado a Botswana y habían ejercido cierto control sobre el país. También se hablaban otros idiomas indígenas, como en Guatemala, se dijo a si mismo. El setswana era uno de ellos. En la parte superior izquierda de la página del diccionario aparecía la foto de unas cataratas enormes, muy largas, que caían abruptamente en un vacío rodeado de verdes mentes. Las cataratas Victoria son las cataratas mas largas del mundo, leyó José en el diccionario, su longitud es aproximadamente 1,708 metros. Yo mido un metro y medio pensó José, esto quiere decir que la catarata mide de largo como mil veces yo; y se imagino su cuerpecito repetido mil veces sobre la catarata. En la parte superior derecha de la página estaba un grupo de cuatro cazadores casi desnudos, todos muy flacos. Tenían arcos en las manos, y estaban apuntando sus flechas a un objeto que no se veía en la fotografía. Dos estaban de pie y dos estaban con una rodilla apoyada en el suelo. Los indígenas San viven en el desierto del Kalahari en el oeste de Botswana decía el diccionario. Era obvio que en esas tierras no se hablaba el idioma español. El idioma inglés era el idioma oficial, pero José no hablaba inglés. Ante la dificultad que planteaba la diferencia de idiomas, en lugar de desanimarse, José consideró otras formas  alternas para iniciar su comunicación con Nene. Se comunicaría por medio de dibujos, como lo había recomendado el presentador de televisión. Su primer dibujo ocupó toda una hoja de papel. Mostraba una silueta de un niño, Juan, dentro del mapa de Solola, en el centro de Guatemala. Guatemala estaba en la parte norte de Centro América, y Centro América en la parte central de América. Todos los mapas estaban cuidadosamente dibujados y cada una de estas regiones geográficas estaba pintada de diferente color. Así Nene me entiende mejor, pensaba José. En ese mismo mapamundi dibujo también a África y también Australia, e India, para dar contexto. Y dentro de África indicó con una flecha la ubicación de Botswana, y escribió NENE con letras rojas. El mapa de África estaba pintado totalmente de negro, un negro profundo, fuerte, muy intenso. Pero la partecita ocupada por Botswana, donde aparecía la flecha y el nombre de Nene, la dejo sin pintar. Decidió también usar una segunda hoja. En esta hoja voy a contarle a Nene algo sobre mi, se decía en vos baja, mientras miraba la pared y achiquitaba los ojos en un gesto reflexivo. Voy a hacer un dibujo que representa los más importante para mi, se dijo, con un gesto muy serio, frunciendo el seño. Lo mas importante para mi es soñar, se dijo, deseo trabajar muy fuerte, lo que sea necesario para lograr esos sueños, se dijo. Mi sueño ahora mismo es conocer el mundo, viajar en un avión hacia tierras desconocidas, porque se que viajar me ayuda a seguir cociéndome. Quiero viajar para entender bien el lugar de mi lugar en este mundo y en Guatemala, se dijo. Dibujo un corazón, sobre el corazón dibujo un avión gordito de hélices, lo pintó de amarillo. Pintó de rojo el resto del corazón. Dibujo alrededor un mundo. Con el mapamundi de su diccionario en mano, marco la ruta del avión y lo dibujó de nuevo sobre un país que el diccionario llamaba Senegal, en el norte de África. Marco la ruta de nuevo y dibujo el avión en Mozambique, en sur de África. Dibujó muchos avioncitos amarillos: uno sobre India, otro sobre Irlanda, Colombia, Sri Lanka, y Zimbabwe. Ya que había expresado en dibujos lo mas importante para él en la vida. Decidió usar una tercera y última hoja. En ella dibujó la silueta de una niña, dibujo también un pequeño corazón en la parte superior izquierda de la silueta. Escribió Nene al lado de la figurita femenina. También dibujo un signo de interrogación y finalmente unió el signo de interrogación y el corazón con una flecha curva. Quiero saber que es lo más importante para Nene, se dijo. Su carta de tres hojas estaba lista. Saco un sobre de un paquete que su madre guardaba en la mesa de noche, insertó las tres hojas dentro, cerro el sobre, y escribió cuidadosamente tanto la dirección de Nene, así como su propia dirección de Solola como remitente. Eran ya las cinco de la tarde. La oficina de correo la cerraban precisamente a esa hora. Dispuso entonces ir a la oficina de correos el día siguiente después de la escuela. Así lo hizo, y su carta estaría pronto atravesando el océano atlántico hasta llegar a Mochudi, este pueblecito con nombre gracioso en el sur de África. Su emoción empujaba su imaginación que mostraba en su mente imágenes de Nene abriendo la carta, mostrándolas a sus amigas, y escribiendo una respuesta. Diariamente José veía abajo de la puerta de lámina esperando encontrar un sobre con la respuesta a su carta. Pasaron varios días y la carta no llegaba. Con el pasar del tiempo su emoción era menor y en ocasiones olvidaba el asunto.

 

     Mochudi es un pueblito pequeño, diez mil habitantes contó el ultimo censo, en 1970. No era tan pequeño como para ser aldea, pero tampoco era muy grande como para ser un gran pueblo o una pequeña ciudad. Sus casitas de barro con techos de paja estaban esparcidas sin una organización geométrica predeterminada. El pueblito no estaba organizado en forma de cuadras, o calles. Habían caminitos, que vistos desde una de las pocas montañas, parecían culebras. Los caminitos conectaban las casas con la escuela, con el pequeño puesto de enfermería, con una pequeña iglesia evangélica construida por misioneros ingleses, con el campo de football, y con un pequeño museo de etnográfica y antropología que era la principal atracción de los visitantes y turistas. El museo estaba ubicado en la parte alta de la colina desde donde se divisaba perfectamente el pueblo de Mochudi rodeado de la sabana Africana que se perdía en un horizonte plano. Mochudi era un pueblecito muy silencioso. Durante el día solamente se escuchaban en las distancia los martillazos de los herreros, los serruchazos de los carpinteros, los ladridos de los perros, y los gritos de los niños durante el recreo de la escuela.

 

     Nene se encontraba realizando las tareas de su clase de geografía un martes por la tarde. Su profesora de sexto grado les había asignado dibujar el mapa de África  en una cartulina grande. Para obtener un mapa bien proporcionado la profesora requirió a los niños cuadricular tanto el mapa original así como la cartulina. Este método les permitirá dibujar el mapa a una escala mayor sin perder las proporciones, les indicó. Nene trabajaba sobre la mesa del comedor, ubicada en la cocina de la casa. El sol de la tarde entraba por dos ventanitas y formaba dos cuadros amarillos sobre la mesa de madera. La cartulina también era amarilla. Su pequeña mano sujetaba un lápiz rojo que deslizaba suavemente para dibujar los contornos de la costa occidental del continente. El golfo de Guinea y La Costa de Oro se decía a sí misma, como afirmando los nombres aprendidos esa mañana. En ese momento escuchó el sonido del pasador metálico de la puerta de madera que conectaba el patio de la casa con el camino. Escuchó la voz de su madre quien despedía a una vecina, ¡Boroko! Me han entregado una carta para ti en el correo dijo a Nene. Ambas estaban sorprendidas, era la primea vez en su vida que Nene recibía una carta. Pusieron la carta sobre la mesa y la observaron con mucho cuidado. El sello postal mostraba una edificación triangular con el nombre TIKAL, Guatemala. El remitente decía: R/José de León, 9na. Avenida, 3-67, Zona 4, Solola, Guatemala. Habían también unos sellos en tinta roja en el que se leía “Air-mail.” Nene miraba el sobre y luego miraba a su madre, su madre miraba el sobre y luego miraba a Nene. Sonrieron y aplaudieron para festejar el acontecimiento. Tenían los ojos abiertos para no perder ningún detalle. 

           

     Nene tomo el sobre y corrió hacia su habitación. Al abrirlo observó con curiosidad los dibujos en las tres hojas. Los alejaba de sus ojos, los acercaba a sus ojos. Los veía al derecho, los veía al revés. Y comprendió el mensaje rápidamente. Interpretó que un niño de un lugar muy alejado de Botswana, llamado Guatemala, en el otro lado del océano, deseaba establecer comunicación con ella y deseaba conocerla. El niño se llamaba José. Para él lo más importante eran los sueños que dictaba su corazón. José soñaba conocer y viajar a varios lugares, muchos de ellos en África. José también quería saber qué era lo más importante para Nene, qué salía de su corazón. Nene examinó cada detalle de las tres hojas: el color, el tipo de papel, y el olor. Decidió esperar un tiempo antes de contestar la carta, debía aclarar sus pensamientos y reflexionar sobre el mensaje que enviaría de regreso. Durante el fin de semana Nene contestó la carta. En su primer dibujo salía de su corazón una flecha que se dirigía a una pequeña foto en la que aparecía ella, su madre, su padre, y su hermana Dodo. Escribió los nombres abajo de la foto. Lo más importante para mi es mi familia, se dijo.

 

     José había ya olvidado que esperaba una carta. Don Rómulo, el cartero, con su cara siempre sonriendo, le trajo la carta a la puerta de su casa. Viene desde muy lejos, le dijo, eres un niño muy popular. La cara de José se alegro como un sol. Muchas gracias, Don Rómulo, viene desde África, le dijo. Nunca a Solola había llegado una carta desde África. José la abrió y observó el dibujo, con la foto. Nene era una niña hermosa, mucho mas bella de lo que él recordaba. Pero hubo algo que lo hizo sentir incomodo y triste. Para Nene lo mas importante era su familia, para él lo más importante era seguir su corazón, viajar, y conocer el mundo. Cómo era posible, se preguntó, que alguien valore más a su familia que al conocimiento. Si para uno lo mas importante es su familia, pensaba José, entonces estando uno al lado de su familia, lo tiene todo. Para mi, que lo más importante es conocer y descubrir, nunca lo tendré todo. Siempre habrá algo más que conocer, siempre habrá algo más que saber, siempre habrá un lugar en el mundo que visitar. José iría por la vida llenando la necesidad de su corazón por conocer más, y más, pero esa necesidad nunca sería llenada completamente. Esta era una lección muy profunda que acompañaría a José por el resto de su vida. Que increíble, mama! Nene me ha contestado. Pero sabes lo que más me intriga? El hecho de que seamos tan diferentes en lo que realmente valoramos. Su mama lo escuchaba mientras quebraba dos huevos estrellados y los colocaba en el sartén. Su mama lo miró con ternura, le tomó de las manos, y le dijo: hijo, usa tu deseo de conocimiento para bien, pero nunca dejes que el conocimiento te haga daño. Eres más grande cuando compartes tu conocimiento para el bien. Hijo, le dijo, en voz baja y pausada, el conocimiento es lo más importante cuando te lleva al bien, y el bien es todo. Las palabras de su madre le hicieron comprender que en realidad él no era muy distinto a Nene. Nene ama a su familia pensó, y el amor, como el bien, también lo es todo. En ese momento sintió una conexión muy fuerte con Nene, era como un hilo eléctrico que se extendía por todo el Atlántico y llegaba directamente a la casa de Nene y le tocaba el corazón. Nene sintió en la distancia que José la observaba. Que niño más interesante, decía Nene, que estará haciendo ahora, en qué lugar estará pensando, y que aventuras estará imaginando. Creo que me encantaría viajar con él y compartir esas aventuras. Mientras pensaba esto, una sonrisa se dibujaba en su rostro.

 

     Nene y José se escribieron por mucho tiempo, aun lo siguen haciendo. Ahora, con la tecnología moderna se escriben cartas en su propio idioma, usando traductores del Internet. Pero la conexión más importante la siguen teniendo por medio del pensamiento. Los mensajes más profundos los sienten, no los escriben, son esos mensajes que, viajando en ondas electromagnéticas cruzan el océano en cuestión de segundos y les tocan el corazón. En esos momentos sienten la presencia del otro y recuerdan lo que era lo más importante para cada uno de ellos cuando niños: los sueños y el conocimiento para José, y la familia para Nene. El amor para Nene, el bien para José. Ellos comprenden que el amor y el bien son la misma cosa.

 

     Así terminaba la historia. Al escribir el punto final, el autor que escribió solo una historia sintió una gran satisfacción mientas sorbía el primer trago de su humante taza de café. Observaba ocho hojas escritas con tinta azul. Al mirar el bosque, los árboles, y la nieve a través de la ventana, sentía que se conocía más. Al escuchar el viento fuerte y al observar el movimiento de los árboles, sentía que había cumplido una misión. La escritura es el regalo más grande, pensaba. El mundo afuera seguía siendo incierto, lleno de posibilidades, repleto de emociones intensas de felicidad, tristeza y dolor. Pero ahora llevaría siempre con él a sus personajes, a José y a Nene. José y Nene eran ahora parte de su vida, eran personas que valoraban los sueños, el amor, el bien, y el conocimiento. Este pensamiento hacia que el mundo y sus circunstancias le parecieran menos pesado, más tolerable, más alegre, y más feliz. Es impresionante, pensaba el autor de una sola historia, que personajes creados por mi imaginación, me estén enseñando tanto.

 

     A sus treinta y tres años, había escrito su primera historia, le había tomado más de una página. La historia tomo rumbos que no anticipó, pero lo logró. Escribiré otra historia, se dijo, y se llamará, “el autor que escribió solo dos historias.”


Andrés Marroquín Gramajos nació en Ciudad Guatemala, Guatemala (1977). Narrador, ensayista y profesor de Economía. Licenciado en Economía (summa cum laude) de la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala (2001) y de Máster y Doctorado de la Univesidad George Mason en Fairfax, Virginia,  en 2004 y 2006 respectivamente. Ha publicado múltiples ensayos sobre temas de economía en inglés, pero disfruta leyendo y escribiendo narrativa en español, su lengua materna. Ha sido profesor en su país de origen, en la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala), así como en el Instituto Tecnológico de Monterrey (México), la Universidad Ashesi en Ghana (África) y en la Universidad George Mason en Fairfax, Virginia (EE.UU.). Ha publicado el libro Invisible Hand: The Wealth of Adam Smith, University Press of the Pacific (2000).