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A sus 33 años,
cuando sentía que la vida se le escurría por las manos, y cuando
pensaba que a esa edad era cuando el hombre debía alcanzar el
clímax de su vida, él decidió hacer lo que nunca había podido, y
siempre había deseado, escribir una corta historia. Sus lecturas
habían sido muy escasas, un libro por aquí, medio libro por allá
– en muy raras ocasiones había terminado la lectura de un libro
completo. Incuso cuando había terminado el libro no estaba
seguro si había comprendido
por lo menos un poco a su autor.
Una mañana muy fría de febrero, el cielo
estaba completamente gris, lo veía desde su ventana. Las nubes
ocultaban el sol. Pero incluso, pensaba él, si el cielo
estuviera despejado, hasta los destellos del sol serían grises.
Esa mañana el despertó con la idea de escribir una sola
historia, una historia que sería olvidada, incluso por el mismo,
una historia muy corta, tendría solo una página. Empezaría con
su propia vida, no conocía más, y empezaría con su niñez.
La historia empieza cuando a sus siete años
él iniciaba la escritura de su primera novela. A sus treinta y
tres años, solo recordaba que esa novelita hablaba de jinetes en
sus caballos, en busca de aventuras en el bosque. Había sido
inspirada en las ilustraciones en blanco y negro que había visto
en el libro de Walter Scott, Ivanhoe. También había
tomado imaginación de los dibujos en El Quijote, El Conde de
Montecristo, Los Miserables, y La Tempestad. Todas
estas historias que le parecían fascinantes porque lo
transportaban a mundos tan diferentes, tan antiguos, tan llenos
de aventura, de batallas, y mucho más.
Con todas estas ideas en mente iniciaba él
por las mañanas a escribir en tinta azul sobre papel verde.
Estaba de vacaciones en la escuela, y su dedicación a las letras
era completa. Escribía sobre jinetes en sus corceles negros
cabalgando por las planicies verdes, bajo un cielo azul, en un
lugar desconocido. Sentía retumbar el suelo con cada zancada de
los caballos; podía ver su respiración agitada, calida, y
poderosa. Los caballos sudaban y el sudor se desplazaba por su
piel negra convirtiéndola en una superficie musculosa brillante.
Escuchaba las altas voces de los jinetes, que perseguían a un
rufián, o se dirigían al campo de batalla, o iban a rescatar a
su rey. Esa mañana su mama entró al cuarto y preguntó: ¿que hace
mijo? El llamado de su mama lo sacó súbitamente de su mundo
imaginario. Mamá, contestó él, estoy escribiendo mi primera
novela. Su mamá sintió una alegría muy profunda. Imaginó
inmediatamente la carrera exitosa de su hijo como escritor,
ganaría premios que recibiría vestido en traje formal, de
corbata. Estas escenas imaginarias contentaban su corazón y la
llenaban de orgullo. En ese momento su mamá sonrió, mostrando
una corona de oro que cubría su incisivo izquierdo. Lo sentó a
su lado en un sillón de madera, forrado con una cubierta roja
estampada con flores doradas. Mijo le dijo, el arte de la
escritura es el arte del corazón. Debes sentir profundamente los
sentimientos de tus personajes. Por ejemplo le dijo, ese jinete
del que hablas, dime: ¿qué espera él de la vida? ¿Qué es lo que
él considera verdaderamente importante en su existencia en el
mundo? Este consejo de su madre se convertiría en la clave de su
éxito como escritor de ficción. Pero no nos adelantemos, basta
con decir que a esta edad él tomo la decisión que antes de
escribir una novela, o una pequeña historia, empezaría por
escribir los nombres de sus personajes, e incluso antes de
dibujar un esquema de la historia, pondría bajo el nombre de
cada personaje, aquella virtud, o meta, o sueño mas importante
para ese personaje. Los personajes de tus novelas, decía su
madre, no deben de deambular sonámbulos en los pasajes de tu
imaginación, deben de tener un valor fundamental que los oriente
y les de esa energía vital para cumplir el rol en tu novela.
Ningún consejo fue tan importante para él. Lo seguía, y aun lo
sigue, al pie de la letra. Mis novelas dice él, son guiadas por
principios, son deterministas en cierto sentido, porque los
principios fundamentales que guían a cada personaje los asigno
antes de siquiera saber el rumbo de la historia. Mis historias
en cierto sentido son guiadas por principios. Sin embargo,
afirma él, es sólo mi intuición, y mi estado de ánimo en un
momento preciso, lo que determina qué principio es asignado a
cual personaje. Mis novelas son como la vida, afirma él,
abriendo los ojos hasta mostrar la circunferencia total de sus
corneas negras, el ser humano elige con base en sus principios,
pero no elige cuales serán esos principios, le son dados. Muchos
de sus amigos, unos escritores y otros no tanto, critican esta
filosofía de escritura, la consideran muy simple. Para él, sin
embargo, esta filosofía está grabada en su mente, las palabras
de su madre, cariñosas, calidas, y sinceras se estamparon en su
cerebro con una gran fuerza.
Desde ese día
empezó a escribir historias que daban giros distintos a libros
que entonces leía. La novela Cinco semanas en globo de
Julio Verne venía a su mente con mucha claridad. Recordaba el
globo Victoria en el que el explorador inglés Samuel
Fergusson, su criado Joe, y su amigo Dick Kennedy, volaban sobre
el África para encontrar la fuente del Nilo. Después de muchas
aventuras, en una de las cuales Joe se pierde, Fergusson y
Kennedy vuelven triunfantes a Inglaterra donde reciben el premio
a la mejor aventura del año. Esta historia le fascinó. La fuente
de fascinación era la existencia de toda una gigantesca masa de
tierra llamada África, que no era América, y que al parecer
respiraba por si misma y tenia su propia historia. Escribió
varios finales alternos a esta novela. En uno de ellos, por
ejemplo, una tormenta de arena atrapó al Victoria. El globo cayó
abruptamente en el desierto en el territorio de los indígenas
Tuareg en el imperio de Mali. Kennedy perdió la vida pero
Fergusson sobrevivió. Su estado de salud era muy grave pero
logró recuperarse. Fergusson nunca volvió a Inglaterra, terminó
su vida estudiando la cultura Tuareg, enamorándose de una
princesa del desierto y aprendiendo el arte de la Imzad, el
violín Tuareg. En otro final, el Victoria es arrastrado
por fuertes vientos por más de mil kilómetros hasta el sur de
Rodesia, el actual Zimbabwe, en el sureste de África. Indígenas
Shona logran subir al globo usando un bumerang atado una liana
muy gruesa. En una lucha cuerpo a cuerpo en la canasta un
guerrero Shona da muerte a Joe y a Kennedy. Fergusson es tomado
como prisionero y aislado por varios días en una casita alejada
de la aldea. La casita es una vivienda redonda, con paredes de
adobe y techo de paja. El piso es la tierra misma y el interior
es oscuro. Fergusson es visitado por una bella mujer Shona quien
le lleva comida y agua dos veces al día. Después de contraer
fiebre amarilla y de agonizar por dos semanas Fergusson muere.
Escribió entonces una gran cantidad de
finales alternos a los libros que leía, hizo lo mismo con La
vuelta al mundo en ochenta días, De la tierra a la luna,
Veinte mil leguas de viaje submarino, Capitán de quince
años, Los tres mosqueteros, y muchas otras novelas de
autores como Gabriel García Márquez y G. K. Chesterton. Pero de
ninguna novela escribió más finales alternos como de La Isla
del tesoro. No lo impresionaba tanto el personaje de Jim
Hawkins, aunque se identificaba con él. Pero pasaba horas
sentado en el piso de su habitación tratando de descifrar el
pensamiento de Long John Silver, el pirata. Si pudiera
convertirme en un personaje del libro yo sería Silver, se decía
a si mismo en silencio. Mientras estas palabras resonaban en su
mente, imaginaba al bucanero, un viejo lobo de mar, vistiendo su
elegante saco de marinero azul. La misma imagen se repetía una y
otra ves: Silver observaba el horizonte con su fino telescopio
negro con aros de plata mientras se limpiaba los labios después
de beber de su botella de ron. Sus cabellos rubios adquirían un
tono dorado al reflejar el sor de la tarde de verano.
El guardaba ordenadamente sus escritos. Los
colocaba uno sobre otro en orden cronológico. Las gavetas de la
mesa de noche estaban llenas de ellos. En esos momentos en los
que no deseaba escribir, que eran muy pocos, releía sus libros
preferidos. Habría un libro aleatoriamente en una de las tantas
páginas, leía la primera oración de un párrafo, cerraba de nuevo
el libro, y recitaba de memoria las dos páginas que seguían a
esa oración. Repetía este ejercicio hasta llegar al final del
capítulo. Para entonces sus ojos se cerraban, su cuerpo se
relajaba, y se quedaba profundamente dormido.
A los doce años ganó su primer premio
literario, cuando cursaba el sexto grado de primaria. Escribió
una historia corta. Para escribirla siguió los consejos de su
madre al pie de la letra. Escribió los nombres de los personajes
de su historia: Nene, Juan, Ni, y don Rómulo. Su madre había
enfatizado que el empezara por escribir los valores
fundamentales que guiarían la conducta de sus personajes. Nene
actuaría con ternura. José sería un niño soñador. No le
obsesionaba controlar a sus amigos y a sus primos. Y don Rómulo
sería un hombre sabio.
Nene era una
niña con una piel color chocolate, su cuerpo era delgado. Sus
labios eran gruesos, sobre todo el labio inferior. Sus ojos eran
negros, vivos, con una lucecita brillante en la cornea. Cuando
Nene sonreía mostraba una dentadura blanca, simétrica, y dos
pequeños hoyitos se dibujaban en sus mejillas, a ambos lados de
la boca. Usaba su cabello, grueso y negro, en pequeños rizos al
estilo de los artistas de reggae. Algunos de sus rizos rebeldes
caían sobre su cara magnificando su rostro equilibrado y tierno.
De acuerdo a la historia, Nene vivía en Mochudi, un pequeño
pueblo en el sur este de Botswana, muy cerca de la frontera con
África del Sur.
José era un niño introvertido. Físicamente,
José era un niño también de doce años, de piel blanca, de labios
muy rojos. Su cabello era castaño, su nariz pequeña se dibujaba
con timidez en el centro de su cara. Era un niño muy delgado y
de estructura esquelética muy pequeña, comúnmente se desmayaba
cuando pasaba algún tiempo bajo el sol. Sus ojos eran cafés,
usualmente de mirada inquisitiva, aunque en ocasiones despistada.
Tenía un buen sentido del humor, y llevaba una vida equilibrada
entre la lectura, la televisión, y el juego con los amigos del
vecindario. José vivía en una pequeña ciudad en el centro de
Guatemala llamada Solola.
Don Rómulo era un señor que tenía alrededor
de cincuenta y cinco años. Sus cabellos blancos le iban ganando
el terreno a sus cabellos negros. Usaba un bigote estilo brocha,
también con tintes negros y blancos. Su cara era redonda y su
cuerpo sugería que cuando joven don Rómulo había sido un
deportista disciplinado. El trajín del trabajo y el pasar de los
años habían encorvado su columna vertebral. Las penas de la vida,
sin embargo, no borraban la sonrisa calida y afectuosa. Don
Rómulo era el cartero en Solola. Usaba orgullosamente el
uniforme del correo: una camisa blanca de manta, y un pantalón
de lona azul. La boinita azul, que también era parte del
uniforme, le daba el toque final al uniforme.
En una tarde de enero de 1982 José
observaba sus programas de televisión favoritos en un canal
mexicano: Daniel el travieso y Los Ewoks. En el intermedio de
los capítulos el presentador, un viejito amigo de los niños,
invito a los niños a hacer algo completamente diferente. Dijo
que si lo hacían ganarían amigos y aprenderían mucho de esta
experiencia. José se preguntaba a qué se refería el presentador.
Voy a proporcionarles las direcciones de correo de algunos niños
en África y quiero que se comuniquen con ellos. Aunque se que
ellos hablan un idioma diferente al de ustedes, envíenles
dibujos, los motivó el presentador. Estos son los nombres les
dijo, y en la pantalla de televisión aparecieron proyectados uno
tras otro, en letra negra sobre fondo blanco, cuatro nombres y
direcciones. La edad del niño aparecía también. Y a la par de
estos datos aparecía una fotografía.
Nene Siwawa (niña
de 12 años)
Mochudi
Botswana
Matla
Tihomole (niño 12 años)
17938, Khama
Crescent,
Gaborone
Botswana
Tao Morabela
(niño 13 años)
Private Bag
00366,
Gabarone
Botswana
Gouta Mudenda
(niña 11 años)
Private Bag
UB 00708,
Gaborone
Botswana
José no
lo pensó mucho y copió el primer nombre y dirección. Nene es un
nombre muy divertido, pensó. Voy a escribirle una carta a esta
niña de doce años, se dijo si mismo con un tono emotivo.
Inquietado abrió su pequeño diccionario y busco “Botswana.”
Wowww, dijo, este país esta en África, ¡el continente negro! Y
de repente su imaginación voló hacia África, imaginó hipopótamos
y jirafas, imaginó a Nene sentada en el escritorio en su escuela.
La imaginó caminando a casa en su uniforme de escuela: blusa
amarilla y falda café. La imaginaba hablando con sus amigas. En
todo momento Nene aparecía sonriendo, con mucha ternura. José
imaginaba el rostro balanceado de Nene. Pero eran sus ojos los
que más le intrigaban. Súbitamente a José le vino un fuerte
deseo de conocer más de Nene: ¿Cuáles serán sus sueños? ¿Qué le
preocupa? ¿Qué comida le gusta más? ¿Cual es su curso favorito
en la escuela? ¿Cuáles son sus pasatiempos favoritos?
El día
siguiente, José fue a la escuela, pero en todo momento pensaba
en Nene. Cuando regrese a casa voy a escribir la carta, pensaba.
Veía a su profesor de matemática explicar la lección del día: la
raíz cúbica. Su atención, sin embargo, no estaba en la lección,
ni en el pizarrón, sino que en Nene.
A la una
de la tarde en punto sonó la campana de la escuela, indicando la
hora de salida. Juan, que ya tenía sus cuadernos listos en el
bolsón, se levantó del escritorio, tomó su bolsón y se dirigió a
la puerta del salón. Sin despedir a sus amigos corrió por el
corredor de la escuela, hasta dirigirse a la salida, bajó
rápidamente las gradas hasta llegar a la calle principal. Vio
que no vinieran carros, atravesó la calle y siguió corriendo
hasta la siguiente cuadra. Dobló a la derecha y corrió una
cuadra y media por un camino empedrado. Llegó a su casa, subió
las gradas hacia la puertecita de lámina y la golpeó
desesperadamente. Ya viene este niño y yo todavía no tengo
preparado el almuerzo, pensó su mama. José se dirigió al comedor,
saco una silla y la llevó al pequeño patio cerca de la pila.
Cortó una hoja de papel de un cuaderno y se dispuso a escribir
su primera carta a Nene. Querida Nene, escribió. Quiero
conocerte bien. Pero repentinamente recordó que Nene no habla
español. Que idioma se hablará en Botswana, se preguntó. Se
dirigió a su cuarto donde se encontraba su nuevo Diccionario
Enciclopédico Larousse. El diccionario había sido un regalo de
su madre. Para José, su diccionario Larousse era la fuente
inagotable de conocimiento. Botswana ocupaba una página completa
en el diccionario. Mostraba el mapa del país en el sur de África.
Botswana limitaba al norte con Zambia, al oeste con Namibia, al
este con Zimbabwe, y al sur con Sur África. El idioma oficial
era el inglés. José aprendió que Botswana había sido un
protectorado ingles. No estaba muy seguro de lo que significaba
la palabra protectorado pero tenía la idea de que los ingleses
habían llegado a Botswana y habían ejercido cierto control sobre
el país. También se hablaban otros idiomas indígenas, como en
Guatemala, se dijo a si mismo. El setswana era uno de ellos. En
la parte superior izquierda de la página del diccionario
aparecía la foto de unas cataratas enormes, muy largas, que
caían abruptamente en un vacío rodeado de verdes mentes. Las
cataratas Victoria son las cataratas mas largas del mundo, leyó
José en el diccionario, su longitud es aproximadamente 1,708
metros. Yo mido un metro y medio pensó José, esto quiere decir
que la catarata mide de largo como mil veces yo; y se imagino su
cuerpecito repetido mil veces sobre la catarata. En la parte
superior derecha de la página estaba un grupo de cuatro
cazadores casi desnudos, todos muy flacos. Tenían arcos en las
manos, y estaban apuntando sus flechas a un objeto que no se
veía en la fotografía. Dos estaban de pie y dos estaban con una
rodilla apoyada en el suelo. Los indígenas San viven en el
desierto del Kalahari en el oeste de Botswana decía el
diccionario. Era obvio que en esas tierras no se hablaba el
idioma español. El idioma inglés era el idioma oficial, pero
José no hablaba inglés. Ante la dificultad que planteaba la
diferencia de idiomas, en lugar de desanimarse, José consideró
otras formas alternas para iniciar su comunicación con Nene. Se
comunicaría por medio de dibujos, como lo había recomendado el
presentador de televisión. Su primer dibujo ocupó toda una hoja
de papel. Mostraba una silueta de un niño, Juan, dentro del mapa
de Solola, en el centro de Guatemala. Guatemala estaba en la
parte norte de Centro América, y Centro América en la parte
central de América. Todos los mapas estaban cuidadosamente
dibujados y cada una de estas regiones geográficas estaba
pintada de diferente color. Así Nene me entiende mejor, pensaba
José. En ese mismo mapamundi dibujo también a África y también
Australia, e India, para dar contexto. Y dentro de África indicó
con una flecha la ubicación de Botswana, y escribió NENE con
letras rojas. El mapa de África estaba pintado totalmente de
negro, un negro profundo, fuerte, muy intenso. Pero la partecita
ocupada por Botswana, donde aparecía la flecha y el nombre de
Nene, la dejo sin pintar. Decidió también usar una segunda hoja.
En esta hoja voy a contarle a Nene algo sobre mi, se decía en
vos baja, mientras miraba la pared y achiquitaba los ojos en un
gesto reflexivo. Voy a hacer un dibujo que representa los más
importante para mi, se dijo, con un gesto muy serio, frunciendo
el seño. Lo mas importante para mi es soñar, se dijo, deseo
trabajar muy fuerte, lo que sea necesario para lograr esos
sueños, se dijo. Mi sueño ahora mismo es conocer el mundo,
viajar en un avión hacia tierras desconocidas, porque se que
viajar me ayuda a seguir cociéndome. Quiero viajar para entender
bien el lugar de mi lugar en este mundo y en Guatemala, se dijo.
Dibujo un corazón, sobre el corazón dibujo un avión gordito de
hélices, lo pintó de amarillo. Pintó de rojo el resto del
corazón. Dibujo alrededor un mundo. Con el mapamundi de su
diccionario en mano, marco la ruta del avión y lo dibujó de
nuevo sobre un país que el diccionario llamaba Senegal, en el
norte de África. Marco la ruta de nuevo y dibujo el avión en
Mozambique, en sur de África. Dibujó muchos avioncitos amarillos:
uno sobre India, otro sobre Irlanda, Colombia, Sri Lanka, y
Zimbabwe. Ya que había expresado en dibujos lo mas importante
para él en la vida. Decidió usar una tercera y última hoja. En
ella dibujó la silueta de una niña, dibujo también un pequeño
corazón en la parte superior izquierda de la silueta. Escribió
Nene al lado de la figurita femenina. También dibujo un signo de
interrogación y finalmente unió el signo de interrogación y el
corazón con una flecha curva. Quiero saber que es lo más
importante para Nene, se dijo. Su carta de tres hojas estaba
lista. Saco un sobre de un paquete que su madre guardaba en la
mesa de noche, insertó las tres hojas dentro, cerro el sobre, y
escribió cuidadosamente tanto la dirección de Nene, así como su
propia dirección de Solola como remitente. Eran ya las cinco de
la tarde. La oficina de correo la cerraban precisamente a esa
hora. Dispuso entonces ir a la oficina de correos el día
siguiente después de la escuela. Así lo hizo, y su carta estaría
pronto atravesando el océano atlántico hasta llegar a Mochudi,
este pueblecito con nombre gracioso en el sur de África. Su
emoción empujaba su imaginación que mostraba en su mente
imágenes de Nene abriendo la carta, mostrándolas a sus amigas, y
escribiendo una respuesta. Diariamente José veía abajo de la
puerta de lámina esperando encontrar un sobre con la respuesta a
su carta. Pasaron varios días y la carta no llegaba. Con el
pasar del tiempo su emoción era menor y en ocasiones olvidaba el
asunto.
Mochudi
es un pueblito pequeño, diez mil habitantes contó el ultimo
censo, en 1970. No era tan pequeño como para ser aldea, pero
tampoco era muy grande como para ser un gran pueblo o una
pequeña ciudad. Sus casitas de barro con techos de paja estaban
esparcidas sin una organización geométrica predeterminada. El
pueblito no estaba organizado en forma de cuadras, o calles.
Habían caminitos, que vistos desde una de las pocas montañas,
parecían culebras. Los caminitos conectaban las casas con la
escuela, con el pequeño puesto de enfermería, con una pequeña
iglesia evangélica construida por misioneros ingleses, con el
campo de football, y con un pequeño museo de etnográfica y
antropología que era la principal atracción de los visitantes y
turistas. El museo estaba ubicado en la parte alta de la colina
desde donde se divisaba perfectamente el pueblo de Mochudi
rodeado de la sabana Africana que se perdía en un horizonte
plano. Mochudi era un pueblecito muy silencioso. Durante el día
solamente se escuchaban en las distancia los martillazos de los
herreros, los serruchazos de los carpinteros, los ladridos de
los perros, y los gritos de los niños durante el recreo de la
escuela.
Nene se
encontraba realizando las tareas de su clase de geografía un
martes por la tarde. Su profesora de sexto grado les había
asignado dibujar el mapa de África en una cartulina grande.
Para obtener un mapa bien proporcionado la profesora requirió a
los niños cuadricular tanto el mapa original así como la
cartulina. Este método les permitirá dibujar el mapa a una
escala mayor sin perder las proporciones, les indicó. Nene
trabajaba sobre la mesa del comedor, ubicada en la cocina de la
casa. El sol de la tarde entraba por dos ventanitas y formaba
dos cuadros amarillos sobre la mesa de madera. La cartulina
también era amarilla. Su pequeña mano sujetaba un lápiz rojo que
deslizaba suavemente para dibujar los contornos de la costa
occidental del continente. El golfo de Guinea y La Costa de Oro
se decía a sí misma, como afirmando los nombres aprendidos esa
mañana. En ese momento escuchó el sonido del pasador metálico de
la puerta de madera que conectaba el patio de la casa con el
camino. Escuchó la voz de su madre quien despedía a una vecina,
¡Boroko!
Me han entregado una carta para ti en el
correo dijo a Nene. Ambas estaban sorprendidas, era la primea
vez en su vida que Nene recibía una carta. Pusieron la carta
sobre la mesa y la observaron con mucho cuidado. El sello postal
mostraba una edificación triangular con el nombre TIKAL,
Guatemala. El remitente decía: R/José de León, 9na. Avenida,
3-67, Zona 4, Solola, Guatemala. Habían también unos sellos en
tinta roja en el que se leía “Air-mail.” Nene miraba el sobre y
luego miraba a su madre, su madre miraba el sobre y luego miraba
a Nene. Sonrieron y aplaudieron para festejar el acontecimiento.
Tenían los ojos abiertos para no perder ningún detalle.
Nene
tomo el sobre y corrió hacia su habitación. Al abrirlo observó
con curiosidad los dibujos en las tres hojas. Los alejaba de sus
ojos, los acercaba a sus ojos. Los veía al derecho, los veía al
revés. Y comprendió el mensaje rápidamente. Interpretó que un
niño de un lugar muy alejado de Botswana, llamado Guatemala, en
el otro lado del océano, deseaba establecer comunicación con
ella y deseaba conocerla. El niño se llamaba José. Para él lo
más importante eran los sueños que dictaba su corazón. José
soñaba conocer y viajar a varios lugares, muchos de ellos en
África. José también quería saber qué era lo más importante para
Nene, qué salía de su corazón. Nene examinó cada detalle de las
tres hojas: el color, el tipo de papel, y el olor. Decidió
esperar un tiempo antes de contestar la carta, debía aclarar sus
pensamientos y reflexionar sobre el mensaje que enviaría de
regreso. Durante el fin de semana Nene contestó la carta. En su
primer dibujo salía de su corazón una flecha que se dirigía a
una pequeña foto en la que aparecía ella, su madre, su padre, y
su hermana Dodo. Escribió los nombres abajo de la foto. Lo más
importante para mi es mi familia, se dijo.
José
había ya olvidado que esperaba una carta. Don Rómulo, el cartero,
con su cara siempre sonriendo, le trajo la carta a la puerta de
su casa. Viene desde muy lejos, le dijo, eres un niño muy
popular. La cara de José se alegro como un sol. Muchas gracias,
Don Rómulo, viene desde África, le dijo. Nunca a Solola había
llegado una carta desde África. José la abrió y observó el
dibujo, con la foto. Nene era una niña hermosa, mucho mas bella
de lo que él recordaba. Pero hubo algo que lo hizo sentir
incomodo y triste. Para Nene lo mas importante era su familia,
para él lo más importante era seguir su corazón, viajar, y
conocer el mundo. Cómo era posible, se preguntó, que alguien
valore más a su familia que al conocimiento. Si para uno lo mas
importante es su familia, pensaba José, entonces estando uno al
lado de su familia, lo tiene todo. Para mi, que lo más
importante es conocer y descubrir, nunca lo tendré todo. Siempre
habrá algo más que conocer, siempre habrá algo más que saber,
siempre habrá un lugar en el mundo que visitar. José iría por la
vida llenando la necesidad de su corazón por conocer más, y más,
pero esa necesidad nunca sería llenada completamente. Esta era
una lección muy profunda que acompañaría a José por el resto de
su vida. Que increíble, mama! Nene me ha contestado. Pero sabes
lo que más me intriga? El hecho de que seamos tan diferentes en
lo que realmente valoramos. Su mama lo escuchaba mientras
quebraba dos huevos estrellados y los colocaba en el sartén. Su
mama lo miró con ternura, le tomó de las manos, y le dijo: hijo,
usa tu deseo de conocimiento para bien, pero nunca dejes que el
conocimiento te haga daño. Eres más grande cuando compartes tu
conocimiento para el bien. Hijo, le dijo, en voz baja y pausada,
el conocimiento es lo más importante cuando te lleva al bien, y
el bien es todo. Las palabras de su madre le hicieron comprender
que en realidad él no era muy distinto a Nene. Nene ama a su
familia pensó, y el amor, como el bien, también lo es todo. En
ese momento sintió una conexión muy fuerte con Nene, era como un
hilo eléctrico que se extendía por todo el Atlántico y llegaba
directamente a la casa de Nene y le tocaba el corazón. Nene
sintió en la distancia que José la observaba. Que niño más
interesante, decía Nene, que estará haciendo ahora, en qué lugar
estará pensando, y que aventuras estará imaginando. Creo que me
encantaría viajar con él y compartir esas aventuras. Mientras
pensaba esto, una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Nene y
José se escribieron por mucho tiempo, aun lo siguen haciendo.
Ahora, con la tecnología moderna se escriben cartas en su propio
idioma, usando traductores del Internet. Pero la conexión más
importante la siguen teniendo por medio del pensamiento. Los
mensajes más profundos los sienten, no los escriben, son esos
mensajes que, viajando en ondas electromagnéticas cruzan el
océano en cuestión de segundos y les tocan el corazón. En esos
momentos sienten la presencia del otro y recuerdan lo que era lo
más importante para cada uno de ellos cuando niños: los sueños y
el conocimiento para José, y la familia para Nene. El amor para
Nene, el bien para José. Ellos comprenden que el amor y el bien
son la misma cosa.
Así terminaba la historia. Al escribir el
punto final, el autor que escribió solo una historia sintió una
gran satisfacción mientas sorbía el primer trago de su humante
taza de café. Observaba ocho hojas escritas con tinta azul. Al
mirar el bosque, los árboles, y la nieve a través de la ventana,
sentía que se conocía más. Al escuchar el viento fuerte y al
observar el movimiento de los árboles, sentía que había cumplido
una misión. La escritura es el regalo más grande, pensaba. El
mundo afuera seguía siendo incierto, lleno de posibilidades,
repleto de emociones intensas de felicidad, tristeza y dolor.
Pero ahora llevaría siempre con él a sus personajes, a José y a
Nene. José y Nene eran ahora parte de su vida, eran personas que
valoraban los sueños, el amor, el bien, y el conocimiento. Este
pensamiento hacia que el mundo y sus circunstancias le
parecieran menos pesado, más tolerable, más alegre, y más feliz.
Es impresionante, pensaba el autor de una sola historia, que
personajes creados por mi imaginación, me estén enseñando tanto.
A sus treinta y tres años, había escrito su
primera historia, le había tomado más de una página. La historia
tomo rumbos que no anticipó, pero lo logró. Escribiré otra
historia, se dijo, y se llamará, “el autor que escribió solo dos
historias.” |