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FEMINISMO Y LITERATURA EN
CUBA
por
Mabel Cuesta, Ph.D.
University of Houston
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Al comparar a otras literaturas latinoamericanas
con la cubana, se hace evidente que -al interior de la isla- esta
última no tuvo un desarrollo especialmente interesante de la narrativa
escrita por mujeres durante las décadas del setenta y ochenta del
siglo pasado. Lo anterior podría parecer una contradicción dado el
énfasis que el proyecto conocido como la “Revolución cubana” puso en
restituir a la mujer los valores malversados por una Cuba
seudo-republicana al servicio de intereses extranjeros
[1]
. Para la nueva “compañera” al interior del
naciente discurso revolucionario, su imagen no se identificaría más
con la de prostitutas, amas de casa o madres iletradas que el poder
quería imponer como única en la época anterior sino con la de sujetos
activos –física e intelectualmente- en la construcción de dicho
proyecto.
Para
asegurarse de todo ello y a instancias del entonces presidente del
Consejo de Estado y de Ministros y Primer secretario del Partido
Comunista Fidel Castro Ruz, se creó la Federación de Mujeres Cubanas
(FMC) el 23 de agosto del año 1960. Al revisar las actas de los
congresos que se celebran cada cinco años, destacan entre los
principales y más estables objetivos de la organización: “(…)mejorar
la participación laboral femenina, evitar las discriminaciones en
las contrataciones, estudiar y promocionar la legislación
sobre
mujer y familia y la divulgación jurídica de los derechos de las
mujeres y las vías de demandarlos”. (Actas del Congreso de la FMC
1962, 1974 y 1992).
Grosso modo, tal
parecería que la creación de dicha organización singularizaba de
antemano las necesidades del sector femenino cubano, ofreciéndoles por
primera vez un espacio de protección legal y una voz lista a denunciar
y demandar cualquier injusticia social que fuera acometida en su
contra, siempre y cuando estuviera basada en la variable genérico-sexual.
Otros son los datos que arrojan dos elementos que
aquí me interesa yuxtaponer. En primer lugar, las organizaciones con
carácter político-social de mujeres cubanas encuentran en la historia
de la República varios referentes imposibles de desdeñar ya que
durante las décadas del veinte y treinta del siglo pasado se
establecieron en Cuba las bases para la radicalización de la lucha por
sus derechos.
El 21 de mayo de 1918 nació el Club femenino de
Cuba, una organización que fue la encargada de promover un primer
intento por agrupar a las mujeres.
Sus miembros consiguieron la primera obra de
asistencia social en la época republicana: separar a las presas que
compartían celdas hacinadas con los hombres en Vivac y la Cárcel de La
Habana y llevarlas a un reclusorio exclusivo de mujeres en Guanabacoa[2].
El propio Club organizó allí la primera escuela de instrucción
primaria para las condenadas, así como talleres de costura y servicios
médicos. El historiador Julio César González Pagés nos da
más datos sobre sus
acciones:
El Club Femenino de Cuba significó un paso
superior en el feminismo nacional al transgredir el discurso
tradicional en relación con las mujeres, y desarrollar intensas
campañas más allá del sufragio femenino. Fundó escuelas nocturnas para
obreras y otras para la enseñanza del comercio; además, creó la
primera institución de niñeras que funcionó en el país. También le
pidió al gobierno importantes leyes, como la de la silla, que le
permitiría a las empleadas que trabajaban más de 6 horas disponer de
estas para cuando no fuera necesario permanecer de pie; la ley del 50%
de empleadas donde se vendían artículos femeninos, y otras de carácter
social, como la lucha contra la mendicidad infantil, las drogas y la
prostitución. (“Arquetipos femeninos…” 345)
En 1921, nos relata González Pagés, por
iniciativa del Club Femenino de Cuba se fundó la Federación Nacional
de Asociaciones Femeninas de Cuba, que estuvo compuesta por
cinco asociaciones: Club Femenino de Cuba, Congreso Nacional de
Madres, Asociación de Católicas Cubanas, Asociación Nacional de
Enfermeras y Comité de la Creche Habana Nueva. Las mencionadas
agrupaciones representaban alrededor de 8000 mujeres.
Por otra parte, La Federación Nacional de
Asociaciones Femeninas de Cuba convocaría, el 11 de octubre de 1922, a
la celebración del Primer Congreso Nacional de Mujeres, que tendría la
particularidad de ser el primero celebrado en América Latina.
En la reunión se polemizaría en torno a los
necesarios cambios que debían hacerse en materia de educación, así
como la conquista de la ley de sufragio femenino. Entre las
protagonistas del encuentro estuvo la reconocida periodista y
escritora Mariblanca Sabás Alomá.
El Segundo
Congreso Nacional de Mujeres se celebró en abril de 1925 y hubo un
tercero en 1939. A estos asistieron intelectuales y académicas como
Vicentina Antuña, Camila Henríquez-Ureña, Mirtha Aguirre y Rosario
Novoa quienes al triunfo de la Revolución se mantendrían como activas
defensoras de ésta-ocupando
puestos de alto rango académico
en la
Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Al congreso
de 1939 asistieron dos mil delegadas y por primera vez estuvieron
representadas las obreras. Su impacto fue tal que, también por primera
vez, fueron invitadas tres mujeres a la Asamblea Constituyente.
Si solo vemos lo hasta aquí expuesto encontramos
la primera gran fisura en la propuesta descriptiva que nos hace la
prensa oficial sobre la necesidad de responder: “(…) al llamado del
Comandante en
Jefe Fidel Castro, para la incorporación plena de la mujer
a las tareas de la
sociedad”[3].
Con solo estos breves datos, ya tenemos material para poner en tela de
juicio esa velada y constante insinuación de que las enmiendas
revolucionarias inician un ciclo político-social nunca antes puesto en
práctica. Al respecto y como dinámica al uso de las revoluciones, ha
dicho Rafael Rojas comentando a su vez a Walter Benjamin: “En efecto,
la razón revolucionaria se basa en una ideología de la muerte; su
objetivo es doble: el derrumbe del pasado y el control de las ruinas”
(Isla sin fin 9).
Insisto entonces
en la tradición de un feminismo político organizado voluntariamente
por intelectuales, académicas y obreras que obtuvieron -sin ser
instadas por el gobernante de turno- reivindicaciones tales como la
Ley de la Patria Potestad (1917), La ley del Divorcio (1918) y la Ley
del Sufragio Femenino (1934) convirtiendo a Cuba en uno de los tres
primeros países de América Latina que tuvo tanto el voto de las
mujeres como la ley del divorcio.
Dicha
tradición -sin dudas protagonizada por mujeres de las clases alta y
media alta, blancas en su inmensa mayoría y formadas en instituciones
de educación superior cubanas y extranjeras- es el caldo de cultivo
que favorecerá la pertinencia de la
organización creada
en 1960.
Por otra parte, si bien es cierto que encontramos
en la FMC numerosos elementos distintivos como la inclusión automática
de toda mujer mayor de catorce años sin discriminaciones por razones
de raza o clase, propongo también una reflexión sobre aquello que la
FMC impone a la historia de las luchas de mujeres en Cuba y que no es
más que una tipología ajena a las demandas del feminismo internacional
y específicamente latinoamericano.
Para que se diera tal circunstancia, los nuevos
dirigentes revolucionarios se encargaron de potenciar la idea de una
necesidad indiscutible de la participación de las mujeres en la
preparación para la defensa del suelo patrio en caso de ataques
enemigos, así como su incorporación inmediata a las tareas laborales
para hacer producir al país -que muy pronto comienza a sufrir
limitaciones en el intercambio mercantil con los Estados Unidos. Todo
lo anterior da al traste con una suerte de singularización muy
temprana -siempre modelada desde el poder militar- con el que las
cubanas quedan fuera de las luchas orgánicas de las mujeres en el
resto del continente: derecho al aborto, igualdad salarial o cese de
violencia doméstica -por comentar las más socorridas.
Hay dos razones para ello. La primera es la
asunción desde los altos mandos políticos de que esas demandas se
cumplen natural e inmediatamente con el establecimiento de la nueva
era que la Revolución per se constituye y la segunda es la
intención de sus líderes de dar paso a una modalidad feminista
marcadamente nacional y que responda en palabras de Rojas a “(…) un
imaginario autotélico, que se refiere siempre a sí mismo, y que jamás
se entrega a la exterioridad del mundo, al pensamiento del afuera.”(Isla
sin fin 9).
Así, se hace más viable entender el segundo
elemento de la yuxtaposición de la que arriba hablaba –el cual se
avizora ya desde la propia iconografía que la FMC despliega. Si
ponemos atención a la imagen que abajo se muestran, de antemano
podremos asociar el movimiento de federadas tanto con la lucha armada
como con la persistencia de un status quo en el que sus labores
como madre y por decantación fiel esposa, queden intactos.
El decreto que establecía que la prioridad de las
mujeres habría de ser enfrentar a ese enemigo sempiterno e invisible,
se consolida a partir del ataque a Bahía de Cochinos en abril de 1961
y la posterior crisis de los misiles en octubre de 1962 a partir de la
cual se ponen al descubierto las alianzas del nuevo gobierno cubano
con la antigua Unión Soviética y el resto de los países de la Europa
socialista.
El icono con que quedaron identificadas las
mujeres insiste en la idea de una posible lucha armada que se alienta
hasta nuestros días a pesar del fin de la Guerra Fría. Se trata de ese
exacto enemigo norteño a quien las federadas han de combatir, mano a
mano con los soldados, aunque para ello deban arrastrar a sus hijos al
campo de batalla. Para militarizar aún más los eventos, recordemos que
la inmediata presidenta de la organización -desde su creación hasta su
propio fallecimiento- no sería otra que Vilma Espín, esposa de Raúl
Castro Ruz –Ministro de la Fuerzas Armadas Revolucionarias y actual
presidente del Consejo de Estado y de Ministros.
Siendo más incisivos aún, no podemos eludir la
identificación que se propone en el logo con la imagen masculina del
soldado. El traje de guerrilla verde olivo, la paradigmática boina de
Guevara, el fusil y finalmente las botas -que no vemos aquí pero
podemos constatar en las fotografías que ilustran las marchas del
pueblo combatiente- fueron actuaciones de género –al decir de Butler-
que intentaron por un lado mimetizar el patrón masculino y, por el
otro, borrar toda identidad diferenciada que promoviera coherentemente
un programa de acciones al margen del proyecto único que la dirección
del país proponía.
De modo que para entender la ausencia de voces
que encontramos en el ámbito de la narrativa escrita por mujeres en
Cuba durante las décadas del sesenta, setenta y ochenta, considero que
es un paso necesario detenernos en los elementos que acabo de exponer.
Solo así cobra sentido la ausencia de nombres y obras producidas por
mujeres en la etapa mencionada. Los elementos de tradición y ruptura
bajo los que se encuentran las potenciales escritoras de esos años se
corresponden también con una disyuntiva tripartita que sufre la
población femenina de los primeros veinte años de Revolución.
Las mujeres
escritoras de entonces se encontraban esparcidas en tres posibles
grupos: las que formaron parte de los progresivos éxodos masivos a
todo lo largo de la década de 1960; las escritoras potenciales que al
permanecer en la isla debían administrar su tiempo entre las tareas
del hogar, la educación de los hijos, su propia educación y la
preparación para la defensa ante posibles ataques enemigos; y,
finalmente, el de quienes ya eran escritoras formadas y con alguna
obra publicada –inmersas también en las tareas de la Revolución y su
defensa- quienes resultaron damnificadas ante los opresivos dogmas del
quinquenio gris y sus secuelas –léase la imposición del ‘realismo
socialista’ como la estética ideal que representara la nueva época,
lo cual, conviene recordar, no solo impactó la creación de las mujeres,
sino de todos los artistas y escritores cubanos.
Si entendemos la complejidad del marco anterior,
quizá sea posible articular mejor un razonamiento que explique la
contradicción que arrojan datos en los que se demuestra que si bien
para 1979, el sesenta y dos por ciento de los jóvenes que ingresaron a
las universidades eran mujeres (matriculadas tanto en carreras de
humanidades y pedagógicas, como en ciencias[4]);
entre 1965 y 1979, solo se publicaran en la isla dos novelas firmadas
por autoras
[5].
Lo anterior
comienza a cambiar paulatinamente a partir de 1980, según refiere
Luisa Campuzano en su ensayo de 1988 “La mujer en la narrativa de la
Revolución: ponencia sobre una carencia”. En él, se reseña de manera
descriptiva cuál es la situación de la narrativa de mujeres producida
exclusivamente dentro de la isla y al hablar de la década de marras
comenta: “(…) a partir de 1980 ha ido apareciendo cada año una novela
escrita por (o en colaboración con) una mujer”. (82).
En mi opinión y abriendo el diapasón en la
contaduría que Campuzano propone, es en el período de 1980 donde se
gestaría la eclosión que se produce una década después[6].
El fenómeno narrativo y editorial de los noventas comprenderá en su
mayoría a mujeres nacidas entre 1959 y 1975, quienes constituyen por
tanto la primera y segunda generación de escritoras completamente
formadas bajo la Revolución. Ambas promociones de escritoras -las de
los ochentas y las de los noventas- comparten una serie de
experiencias colectivas y por tanto con sus obras comienzan a
posicionarse al margen de las centralidades discursivas
revolucionarias. De ahí que no resulte extraño que entre las autoras
que conformarán el corpus central de este análisis hay al menos
tres que publican sus primeros textos en la propia década de los
ochentas y continúan haciéndolo en la siguiente. Son escritoras que
se inician en el género de poesía: Zoé Valdés, Odette Alonso y Wendy
Guerra.
Esas
condicionantes etarias y de experiencias comunes quedan atravesadas,
en el caso cubano, por un entramado de circunstancias
político-sociales de altísima violencia que las hacen demarcarse en
sus obras narrativas de lo escasamente
producido por las narradoras de década anterior
[7]. De ahí que al tratar de
establecer una caracterización global de los
conocidos como
“novísimos escritores cubanos”[8]
y enfatizar la importancia de su aparición en el panorama literario de
la isla, Carlos Uxó diga:
Con su entrada en
escena, la narrativa cubana se alejaba aún más de los rumbos del
quinquenio gris introduciendo nuevos temas y formas y, sobre todo,
un nuevo entendimiento de la figura del escritor. La primera
generación de escritores cubanos nacidos tras 1959 llegaba así al
primer plano de la narrativa cubana con un incuestionable afán de
renovación teñido de postmodernismo iconoclasta. Ciertamente, la
juventud de estos escritores cuando empezaba a conocérseles y se
alzaban con sus primeros premios (la mayoría eran menores de veinte
años) auguraban un terremoto literario. (247)
En cuanto al panorama mayor de la narrativa
escrita por mujeres cubanas -que a partir de la década de 1990
podemos rastrear con la aparición de sus textos en antologías y
revistas, más la publicación de sus colecciones de cuentos y novelas-
hay que aclarar que no se circunscribe al grupo que aquí estudiaremos
y que he limitado a las nacidas entre 1959 y 1975.
Establecidos ya los
antecedentes socio-históricos y contextualizaciones literarias
pertinentes, me gustaría argumentar el por qué este trabajo pondrá su
centro de atención en las narradoras que desarrollan su obra con
posterioridad al momento que queda delineado en Cuba con la caída del
Muro de Berlín en 1989.
La ensayista Damaris Puñales en un reciente
artículo sobre la “Cuba soviética” y el impacto de su fin sobre la
generación nacida después de 1959, describe claramente el estruendo
descalabro histórico con el que veremos en lo adelante dialogar a las
escritoras en estudio:
La generación
de los que nacieron entre los 60 y principios de los 80, se define a
sí misma en relación a una época histórica determinada: los 80, cuando
en Cuba había acceso más fácil al consumo –de productos
socialistas,
principalmente–, y se tenía la sensación no sólo de vivir en un sitio
diferente al resto del mundo, sino de estar haciendo algo para
mejorarlo. Esto le otorga un carácter extraordinario, irreabía nacido
con el pecado original del que hablaba Ernesto Guevara porque nació en
un país donde, al
petible, a esta
generación: era la generación de la Revolución; era, con defectos y
desafectos, lo más cercano que se estuvo nunca del hombre nuevo. Pero
la entrada de estos jóvenes a la adultez, a la vida laboral plena, no
fue lo prometido, y a principios de los 90 se encontraron en un mundo
donde la ideología en la que creían hasta ese minuto dejó de existir.
Fue volver a nacer, en el vacío ideológico y el descalabro económico.
Si Alexei Yurchak se refiere a la generación de los 60 y 70 en la URSS
como “la última generación soviética”, ésta fue, de manera similar, la
única generación “socialista” cubana: no hmenos
a niveles generales y aparentes, no existía una evidente división
entre las clases.
(3-4)
Es justamente esa
última generación a la que en su momento de despegue profesional y de
cumplimiento de las promesas hechas durante las décadas anteriores, le
tocará lidiar con el anuncio de aquello que Fidel Castro llamaría en
marzo de 1990 “Período especial en tiempos de paz”. Anuncio que de
manera coincidente fue hecho durante la clausura del V Congreso de la
Federación de Mujeres Cubanas (FMC)[9].
La precariedad de esos días, harto notoria,
disparó de inmediato cifras relativas a la migración ilegal, el
suicidio, el alcoholismo o el desempleo voluntario. Si bien es
cierto que dichas cifras habían conseguido índices muy bajos durante
la década del sesenta y setenta, a partir de 1980 comienzan un
ascenso paulatino que alcanza picos muy relevantes en la primera
mitad del decenio que aquí estudiamos. Esto acontece de modo
paralelo al descenso de la creencia popular de que la Revolución
sería un proceso de plenitud económica y social siempre en
desarrollo.
Intento
entonces defender la hipótesis de que la producción de las autoras
seleccionadas cuya obra comienza a ser escrita y publicada en este
contexto de pérdidas, incertidumbre
y confusión,
acomete una labor de re-escritura del imaginario nacional dando como
resultado una documentación de las actuaciones cotidianas de un país
invisible en los medios de difusión monopolizados por el poder.
Para las mujeres y sus representaciones en la ficción, se trata de un
imaginario que a fuerza de buscar alternativas de sobrevivencia al
hambre y la abulia quedó desplazado desde la figura de la
federada-guerrillera hasta la prostituta, la asesina, la balsera o la
alcohólica-drogadicta, entre otras, siempre marcadas negativamente por
la ética socialista. Valga además la aclaración de que se trata de un
desplazamiento que en su movimiento de péndulo y trazado semicircular
no solo contiene los tipos extremos mencionados, sino que pasa por y
contiene también a madres, trabajadoras, profesionales, clásicas
abuelas, militantes del partido comunista o simples personajes
anodinos y alienados.
Las autoras que he seleccionado para dibujar tan
diverso mural consiguen presentarnos, desde la multiplicidad y la
diversidad del origen de sus voces, otras iconografías del mundo
femenino. Para ello, nos traen personajes que podremos identificar con
una serie de desestabilizaciones que cuajan en la representación de
una Cuba alterna a aquella que el gobierno insiste en difundir y que
progresiva y peculiarmente se va incorporando a lo que Damián
Fernández nomina: “(…) the parameters of global social life” (xiii).
Esas novísimas autoras cumplen con algunas de las
caracterizaciones al uso cuando se hace referencia a toda la promoción
de escritores sin distinciones genéricas. Es cierto que si seguimos
el ensayo de Uxó, algunas de ellas responderían sin duda a una
generalización como la siguiente:
Si bien, en tanto que creadores, cada uno de
ellos ofrece propuestas estéticas únicas, es posible hablar en todos
ellos de una renovación en el quehacer literario que funciona en tres
planos: temático (explorando temas completamente ausentes de la
literatura anterior o aportando nuevas visiones de temas ya tratados,
con especial énfasis en la creación literaria, la sexualidad, la
participación cubana en Angola, la crisis económica imperante y, muy
especialmente, la marginalidad), estilístico (lirismo, humor
desmitificador, tendencia a la experimentación postmodernista,
sustitución del testimonio por lo testimonial) y de entendimiento del
papel de la literatura y del escritor…(248)
Los ámbitos temáticos y estilísticos que el autor
propone son abordados por las narradoras en análisis, con constancia
semejante a la que encontraremos en los autores hombres. Sin embargo,
la manera en que reescriben el signo mujer desde la representación
diversa de sus cuerpos, es lo que cobra especial interés en mi trabajo
al asociarlo con las movilizaciones imaginarias sobre lo nacional
asumido en algunos casos como ‘transnacional’ o al decir de Iván de la
Nuez ‘post-nacional’.
La manera en que el propio ensayista asegura en
su fundamental libro La balsa perpetua: “Cuba, Cuba en este
mapa está en todas partes sin jerarquías y por esta razón, no está en
ninguna”. (La balsa perpetua 29), es parte del material
constitutivo con el que argumento que a través del tratamiento que dan
estas narradoras a sus personajes femeninos, se establece también una
dislocación de lo nacional y se fractura su emisión desde un centro
único de poder. Lo que de la Nuez asocia con lo post y lo
trans será aquí reelaborado usando la materia prima que brinda de
modo más específico el sujeto mujer, no con el interés de negar a de
la Nuez, sino con el de establecer otras asociaciones que la crítica
eventualmente ha dejado fuera.
Y con el objetivo
también de ahondar y continuar con los estudios realizados por
Madeline Cámara quien asocia lo imaginario nacional -representado
en las obras de cuatro autoras cubanas[10]-
con la Matria, la cual tentativamente sería:
(…) rather than the play of sense and
sound produced by counterpoising the etymologies and written forms of
these words (Patria/Matria, Fatherland/Motherland), I am interested,
following Greimas’s concept of “sememe,” in the “meaning effect” that
results from putting the words Matria and Matriz (meaning both matrix
and womb in Spanish) in the same context, the later standing as a
symbol for the singularity of women’s creativity.
(Cuban Women Writers…8)
Resulta muy
provechoso observar cómo aquello que Cámara establece en Cuban
Women Writers. Imagining Matria - a propósito de dos narradoras de
la época republicana y dos de la revolucionaria- se puede corroborar a
manera de continuum crítico al estudiar a las autoras de los
noventas:
I propose that only a subversive
women’s discourse can rewrite the Matria. Its liberating
aspect creates a different ordering from that of the Law of
the Father that applies in the male imaginary of the Patria.
Obviously, I speak here under the influence of Cixous, Kristeva, and
Irigaray, but I am also indebted to Nelly Richard’s understanding of
feminine literature to prove how this subversive women’s
discourse permits the textual and ideological articulation of
messages whose subversiveness is encoded not only in their new
literary form or revolutionary content, but also in the construction
of a new expressive space and the emancipatory conditions of reception
and distribution set forth. In this book I aim at making audible,
intelligible, readable, a feminine voice that can recreate history
through a literary perspective that seeks neither to be representative
nor authoritative confronting the metaphor of masculine testimony with
that of deterritorialized femininity. (Cuban
Women Writers…9)
Esclarezco
entonces que la singularidad de este nuevo corpus creativo (el
que producen las narradoras cubanas de los noventas) está basada en un
elemento diferencial: el hecho de que las demandas del movimiento
feminista internacional de las décadas anteriores no
tuvieron eco en
Cuba, ya que sobrepasaban la urgencia mayor y única de la Revolución:
salvaguardar las conquistas del socialismo.
El trabajo de esas autoras nace de un feminismo
empírico que no está respaldado por una teleología o en su defecto el
reconocimiento por parte de las instituciones de una tradición. Como
comenté antes, todas y cada una de las luchas y victorias de las
mujeres durante los cincuenta y siete años de República fueron
silenciadas por la nueva organización de federadas quienes se
adjudicaban y adjudican la total reincorporación de las mujeres a la
sociedad política y civil.
De este modo, a las nuevas generaciones de
cubanas solo les quedaba el camino y la historia de la FMC que al
presentarse tan violentamente militarizada y/o asociada a las
instancias del poder gubernamental provoca en ellas (nosotras) una
fuerte sensación de rechazo o, cuanto menos, de una ausencia total de
identificación con sus discursos.
Es un caso tan
singular que en repetidas ocasiones encontramos entrevistas en las que
las narradoras rechazan la idea del feminismo asociado a su escritura.
A partir de esas declaraciones repetidas Mirta Yáñez ha puesto el dedo
en la llaga enfrentándolas:
Lamentablemente pienso que existe, ante todo,
ignorancia, prepotencia y provincianismo (…) El feminismo no es un
“club” o una desviación sexual, ni una gripe, ni siquiera una religión,
como para que sea necesario librarse de la sospecha o declarar
públicamente que no se participa de ello.
(…)
Lo que sí resulta risible, si no fuera dramático,
es que muchas de esas mujeres periodistas, críticas, escritoras, se
sacuden el término como si se tratara de unas pulgas, pero luego
acuden (o acudirían) gozosas a cuánto evento sobre escritoras se
celebre. Y no es tan misteriosa la paradoja; porque también es una
realidad que vende mucho –esa es la verdad- entre los ingenuos, la
“loa” a la consciencia de género o las historias narrativas donde las
damas son destripadas o vendidas. (“Feminismo y compromiso…”161)
Con la ansiedad de aplicar toda justicia al
intentar demostrar la complejidad de la representación de un
imaginario desplazado a partir de la crisis, exploro la doble
pertinencia que supone estudiar las elaboraciones que con igual
interés a las de quienes permanecen en la isla, acomete un grupo de
autoras desde la diáspora.
Tampoco hago deslindes entre quienes usan
referentes realistas y quiénes se sienten más atraídas por lo
fantástico ya que el sujeto de la representación que me interesa en
primer orden es el cuerpo femenino tal y como lo justifica Mirta Yáñez:
“En el caso de la narrativa femenina, el cuerpo propio, más que un
territorio para describir o para incorporar como personaje, es una
definición, un documento de identidad” (Cubanas a capítulo
197). Y es sobre ese cuerpo y sus exposiciones, desvíos, violaciones,
transgresiones sexuales, adicciones y muertes que se construye la
Matria de estos años. La identificación entre cuerpo-matriz y nación
tiene como destino final un intento para develar a la opinión
internacional los espacios imaginarios robados por el poder
gubernamental (a través del control de los medios de difusión masiva,
siempre oficiales) a sus actantes y protagonistas; invisibilizando y
modulando sus representaciones más auténticas.
Llegados hasta aquí, me gustaría sintetizar
aquellos aspectos que entiendo como centrales para la demostración de
que el imaginario nacional a partir de la caída del muro de Berlín
sufrió su primer gran desplazamiento y fractura al interior del
discurso monolítico de la Revolución cubana. Una fractura que así
mismo comenzó a gestarse desde la década anterior, una vez que fueron
tatuadas en la piel de la ciudadanía, las marcas que dejaron el éxodo
del Mariel en 1980 y las guerras de Etiopía y Angola.
Dentro de dichos aspectos, establezco como
primordial la representación del sujeto mujer fragmentado en
arquetipos contestatarios tanto al sistema cultural hegemónico
patriarcal, como al modelo de “machismo de estado” que los líderes de
la épica castrista impusieron y aún hoy intentan detentar.
Para ello, tomo como materia prima algunas piezas
representativas de la producción general de un grupo de autoras que
aparecen como narradoras en el panorama literario cubano alrededor de
los años en los que se desata la crisis económica y social que la
desaparición del bloque socialista trajo consigo.
A través de dichas
piezas y los personajes femeninos que aparecen en ellas, se rastrea y
demuestra que el imaginario que fue modelado en torno a la mujer
después de que la cúpula de guerrilleros que lucharon en la Sierra
Maestra tomara el poder, se desplaza hacia zonas que ese mismo poder
no reconoce como legítimas.
Las mujeres narradas por mujeres contribuyen
entonces a la configuración de un nuevo mapa social en donde se hace
muy fácil leer un cambio de signo al interior del discurso de esa
Revolución que desde entonces parece gravitar en torno a la decadencia.
Son personajes femeninos que desde sus características varias y por
transferencia resultan posibles de asociar con la nación misma. Una
nación que para este momento ha perdido sus alianzas con las
ensoñaciones del “hombre nuevo” y que, de manera pesimista, provoca
una consecuente elaboración de personajes que aparecen en la ficción
para responder a esa realidad.
Tomando como base a la figura de la madre, en
estas narraciones se debaten aquellas que responden a una tradición de
corte nacionalista (Valdés), siempre expuestas al abuso de poder de
sujetos masculinos con un “otro” sujeto materno que puede estar
también relacionado con el poder y la expulsión (Vega Serova). Se
trata del aspecto sombra del que Jung hablaba y que vemos identificado
también con lo nacional, pero no desde su arista de tradición y cobijo,
sino desde la de crisis, desencanto, resentimiento para con sus
vástagos, y proyección de desamparo.
De manera que el haz unificador se vuelve
inestable para dichas madres representadas. Entre ellas y de manera
irregular, encontraremos en algunos momentos el delirio como marca (Valdés
y Guerra), en otras el abuso de poder, hay incluso una tercera
posición que focaliza la maternidad como maldición (Fernández Pintado).
Es un comportamiento que facilita una muy fácil asociación con esa
cabeza de la Medusa (que sería el propio espacio nacional imaginado
como uno) que a golpe de más de cincuenta años de inestabilidad
política y discursiva ha devenido un ente esquizofrénico,
extremadamente difícil de representar.
Las extremas posiciones que suponen tanto la
demencia como el uso y abuso de autoridad, así como el amplio espectro
por donde circulan tan disímiles y casi siempre negativas imágenes,
sigue siendo un elemento que se corrobora en la realidad que la crisis
post-soviética arrastró consigo.
Dichas imágenes no
serían otras que las de prostitución femenina heterosexual y lesbiana
(Bobes, Herranz-Brooks y Vega Serova), de vagabundas (Alonso, Vega
Serova, y Herranz-Brooks), de anticomunistas declaradas (Alonso,
Valdés y Guerra), de emigrantes (Rivera-Valdés, Valdés, Suárez y
Fernández Pintado), de aquellas que arremeten contra el discurso
neocolonial (Fernández Pintado y Dovalpage), de las que deconstruyen
las esencialidades homoeróticas (Varona, Portela, Vega Serova y
Herranz-Brooks), de drogadictas (Alonso, Herranz-Brooks y Suárez), de
alcohólicas (Vega Serova y Herránz-Brooks), de soeces incorregibles (Valdés,
Herranz-Brooks y Dovalpage) y hasta de asesinadas y asesinas (Varona y
Alonso).
Si asentimos de
modo general con Anderson cuando define a una nación como “it is an
imagined political community -and imagined as both inherently limited
and sovereign.” (49) y cuando precisa más adelante que "The nation is
imagined as limited because even the largest of them
encompassing perhaps a billion living human beings, has finite, if
elastic boundaries, beyond which lie other nations. No
nation imagines itself coterminous with mankind” (49),
no resultará
entonces difícil entender la complejidad que supone el imaginarse a sí
misma para una nación que cuenta con once millones de habitantes en la
isla y cerca de cuatro millones en el exterior, mostrando al mismo
tiempo lo extremadamente poderoso en su acierto a la par que
inservible (valga la contradicción) que el modelo de Anderson deviene.
Poderoso por cuanto es posible reafirmar su sema “imaginado” e
inservible en la medida en que nunca sabremos donde establecer su
límite[11].
El
factor de la dispersión que cargan los ciudadanos de este país donde
quiera que se encuentren actúa como un mediador de subjetividades que
si bien es cierto comenzó a representarse muy tempranamente (exactamente
en el siglo XIX, durante los períodos de lucha contra la metrópoli
española que a su vez generó cientos de exiliados políticos),
encontró un punto de muy notoria cristalización durante la década del
sesenta cuando salen del país grandes masas de ciudadanos y la
familia cubana queda dividida para siempre.
A ese éxodo masivo el naciente discurso de la
Revolución interpuso su imaginario propio, uno que violaba las reglas
de oro que Anderson articula, estimulando vicios de excepcionalidad y
superioridad a todos aquellos que se quedaran a su lado. La próxima
estación sería una carrera desenfrenada por echar a andar un artilugio
histórico-social maravilloso, al que solo accedería “el hombre nuevo”
(no mujer, no negro, no homosexual, no pobre) que pagara con cuotas de
fidelidad al no abandonar el territorio físico nacional.
Si a cada uno de los sujetos que se integraron de
manera voluntaria y entusiasta al justo proyecto que la Revolución
pareció en su primera década de trabajo, se les convenció de que una
nación no era más que algo “(…) always
conceived as a deep, horizontal comradeship” (Anderson 50) y
que en toda circunstancia debían sus sujetos
activos estar dispuestos a “(…) to die for such
limited imaginings” (Anderson 50), para la
década que aquí estudiamos esos mitos habrían de caer aceleradamente.
A la imagen de la madre miliciana que explotó la
retórica de la Federación de Mujeres Cubanas a lo largo de cuatro
décadas (pensando en 1989 como el momento de fractura y disolución
para esta y otras retóricas al uso) se le van a superponer otras
imágenes menos convenientes como hasta aquí he argumentado y
ejemplificado.
Y es que entre todo lo que acontece a partir de
esas rupturas en torno a lo discursivo nacional imaginario, sucede
también que las escritoras -justamente aquellas que han sido formadas
bajo el dogma y la ensoñación del “hombre nuevo”, las herederas de la
utopía revolucionaria moderna que han de lidiar en su madurez con el
desencanto y al decir de Odette Casamayor con la “ingravidez” de un
proyecto sin asideros- despiertan al llamado de sus propias voces y a
la necesidad de dar riendas a:
La revalorización
de la “experiencia” como reacción antiteoricista del feminismo
esencialista que ha buscado invertir el sistema conceptual de la
oposición logocéntrica gobernada por la jerarquía masculina de lo
razonante, lo mental, lo inteligible que ha reprimido lo sensible, lo
físico, lo afectivo e intuitivo, para privilegiar ahora -a favor de
las mujeres- lo vivido (lo dado, lo espontáneo: lo natural) por sobre
lo teorizado (lo abstracto, lo construido: lo artificial) (Richard
740)
Se trata en suma de un despertar de sus conciencias que echa a andar -liberadas
al fin, de cuanto le ha sido impuesto y administrado de manera
‘abstracta’ y ‘artificial’- su propio flujo de subjetividades en
diálogo con referentes inmediatos nada complacientes, nada canónicos;
pero a la vez, tan falogocéntricos como los que debieron enfrentar las
escasas escritoras de la era seudorepublicana.
Unas conciencias que entre sus muchas tareas se encaminan también hacia la
disolución de un viejo e inútil estanco divisorio y dividido tanto por
las políticas culturales como por la crítica, aquella en la que la
isla sólo puede imaginarse y representarse eficazmente desde la
nostálgica e idealizadora lejanía o, en su defecto, desde la
legitimidad objetiva que concede el estar viviendo en ella.
La producción de
estas autoras, tanto en la isla, como en la diáspora, desmiente
aseveraciones como esta de Rafael Rojas:
Dos formas de
la cultura insular, una de lejanías y otra de inmersiones, aun
enfrentan a los intelectuales cubanos. Pero sólo encadenadas
configuran la expresión de la identidad. Ambas rehúyen la superficie
pública y gravitan hacia el refugio que les ofrecen los márgenes del
éxodo y el aislamiento. Tal vez haya que convocarlas algún día al
espacio más visible de la isla, para reintegrar, de una vez y por
todas, el cuerpo de la cultura cubana. Eso sería, como pensaba Martí,
el saber de una nación expresado en pocas palabras. (“Insularidad y
exilio de los intelectuales cubanos” biblioteca.itam.mx)
Porque aunque
efectivamente quede mucho por hacer en este sentido, el modo en que
por una parte Cuba se ha ido insertando de manera tan precaria como
certera en los parámetros de la globalización (mayor circulación de
información, viajes y tecnología) y por otra, sus ciudadanos han
participado en los últimos veinte años de nuevos ciclos de éxodos (protagonizados
por quienes se han educado en la isla), se ha comenzado a gestar una
nueva subjetividad (no reconciliada con el poder, pero sí tendiente a
relajar las históricas tensiones de las que Rojas nos habla).
Subjetividad encaminada, sin dudas, a expresar (imaginar) “su saber en
pocas (esta vez en boca de mujer) palabras”.
NOTAS:
[1]
Es frecuente encontrar en la literatura y la prensa que se emiten
desde la isla con posterioridad a 1959 y hasta la fecha, la nominación
de “seudo-republicana”, para describir el status político de Cuba en
el período histórico que comprende desde 1902 hasta el advenimiento de
la Revolución misma. Para tal denominación el discurso del poder se
basa en la injerencia política de los Estados Unidos sobre la isla.
[2]
Todos estos datos sobre las acciones de las feministas cubanas
republicanas se encuentran en el número 435 de la revista Mujeres, la
cual es contradictoriamente el órgano oficial de la FMC. Las
referencias a Vivac y la Cárcel de La Habana, aluden a los dos
recintos penitenciarios de La Habana del siglo XIX y la primera mitad
del siglo XX en donde las presas compartían celdas con hombres siendo
abusadas de continuo.
[3]
Tomado de EcuRed (Revista digital
realizada en Cuba). Web. 2 de Noviembre de 2010.
<http://www.ecured.cu/index.php/Federación_de_Mujeres_Cubanas_en_Pilón>.
[4]
Estos porcentajes resultan harto interesantes ya que responden a una
población que a lo largo del siglo XX se distinguió por estar
compuesta por altos índices de personas del sexo masculino, alcanzado
su tope para la década de 1930 con unos valores de 113 varones por
cada 100 hembras y su máxima estabilidad para la década de 1990 con
101 varones por cada 100 hembras según arroja un análisis de 1997 del
Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana.
[5]
Los datos fueron tomados del ensayo: “La mujer en la narrativa de la
Revolución: ponencia de una carencia”, de Luisa Campuzano. La
relevancia de esta referencia reside en que en los años anteriores a
la Revolución, bajo la misma proporción poblacional de un hombre cada
siete mujeres, los ingresos de estas a las universidades nunca
alcanzaron las cifras de esta década.
[6]
Es importante reconocer también que para 1980 ya ha paulatinamente
desaparecido la política cultural antes comentada. El propio Ambrosio
Fornet ha establecido que el fin del “Quinquenio Gris” acontece
paralelamente a la creación del Ministerio de Cultura en 1976.
[7]
La conocida en Cuba como “Generación de los Ochentas” , formada
mayoritariamente por poetas, se reconoce a sí misma como altamente
marcada por los sucesos de abril de 1980 en la Embajada del Perú y el
consiguiente éxodo del puerto de Mariel cuando más de treinta mil
ciudadanos abandonaron el país voluntaria o forzosamente. Entre los
que lo hicieron en contra de su voluntad se encontraban homosexuales,
pacientes psiquiátricos y delincuentes comunes que fueron expulsados
por ser
políticamente opuestos o
inconvenientes al sistema imperante. A
este éxodo masivo lo acompañó una oleada de violentos actos de repudio
contra quienes decidían marcharse en los que no faltaba la agresión
física además del insulto verbal.
[8]
La nomenclatura de ‘novísimos’ la acuñó Salvador Redonet en el
prólogo para la antología Los últimos serán los primeros (La
Habana, 1993).
[9]
Tomo la referencia de Isabel Holgado
Fernández en su libro ¡No es fácil! Mujeres cubanas y la crisis
revolucionaria (Barcelona, 2000).
[10]
Las autoras analizadas por Cámara en su
libro son Ofelia Rodríguez Acosta, Lydia Cabrera, María Elena Cruz
Varela y Zoé Valdés. Solo esta última forma parte de mi investigación.
[11]
Si, por solo poner un ejemplo, pensamos
en la comunidad cubana de Miami, entenderemos el límite del que
Anderson habla como complejidad imposible ya que el censo de
“cubanos” no se puede establecer. Un gran número de los nacidos en ese
enclave estadounidense se sienten harto comprometidos con la lengua,
la historia y la propia identidad de sus padres y se autodefinen como
ellos (cubanos nacidos en el exterior); mientras por el contrario,
otro gran número se siente más identificado con la cultura y la lengua
de su país natal. Establecer los límites en un enclave como este y
otros que se multiplican de manera paralela a la diáspora de ese país,
se hace tarea irreconciliable con la ciencia.
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Mabel Cuesta
nació en Matanzas,
Cuba, (1976). Ensayista, crítica y narradora. Es Licenciada en
Letras Hispánicas por la Universidad de La Habana, Cuba (1999). Tiene un
doctorado en Lengua y Literatura Hispanoamericana del Baruch College
de la Universidad de Nueva York (2011). Ha
publicado los libros de cuentos: Confesiones on line (Aldabón, 2003) y
Cuaderno de la fiancée (Ediciones Vigía, 2005). Su última colección de
relatos Inscrita bajo sospecha, salió publicada a finales de 2010 bajo el
sello editorial madrileño Betania. Cuentos suyos aparecen en las antologías:
Las musas inquietantes (Ediciones Unión, 2003); La hora 0
(Ediciones Matanzas, 2005); Havana Noir (Akashic Books, 2007); Two
Shores: Voices in Lesbian Narratives (Grup Elles, 2008) y Dos Orillas:
Voces en la narrativa lésbica (Grup Elles, 2008). Así mismo sus
trabajos de crítica literaria y ensayística, pueden leerse en
publicaciones especializadas de Cuba, Estados Unidos, México,
Honduras, Canadá, Brasil y España. En la actualidad se desempeña como profesora
asistente de Lengua y
Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Houston en Texas, EE.UU.

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