Miami
Estados Unidos
Año XIII

 Nº 73/74

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

FEMINISMO Y LITERATURA EN CUBA

 

 por

 

Mabel Cuesta, Ph.D.

University of Houston

 

 

 


     Al comparar a otras literaturas latinoamericanas con la cubana, se hace evidente que -al interior de la isla- esta última no tuvo un desarrollo especialmente interesante de la narrativa escrita por mujeres durante las décadas del setenta y ochenta del siglo pasado. Lo anterior podría parecer una contradicción dado el énfasis que el proyecto conocido como la “Revolución cubana” puso en restituir a la mujer los valores malversados por una Cuba seudo-republicana al servicio de intereses extranjeros [1] . Para la nueva “compañera” al interior del naciente discurso revolucionario, su imagen no se identificaría más con la de prostitutas, amas de casa o madres iletradas que el poder quería imponer como única en la época anterior sino con la de sujetos activos –física e intelectualmente- en la construcción de dicho proyecto.

     Para asegurarse de todo ello y a instancias del entonces presidente del Consejo de Estado y de Ministros y Primer secretario del Partido Comunista Fidel Castro Ruz, se creó la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) el 23 de agosto del año 1960. Al revisar las actas de los congresos que se celebran cada cinco años, destacan entre los principales y más estables objetivos de la organización: “(…)mejorar la participación laboral femenina, evitar las discriminaciones en las contrataciones, estudiar y promocionar la legislación sobre mujer y familia y la divulgación jurídica de los derechos de las mujeres y las vías de demandarlos”. (Actas del Congreso de la FMC 1962, 1974 y 1992).

     Grosso modo, tal parecería que la creación de dicha organización singularizaba de antemano las necesidades del sector femenino cubano, ofreciéndoles por primera vez un espacio de protección legal y una voz lista a denunciar y demandar cualquier injusticia social que fuera acometida en su contra, siempre y cuando estuviera basada en la variable genérico-sexual.

     Otros son los datos que arrojan dos elementos que aquí me interesa yuxtaponer. En primer lugar, las organizaciones con carácter político-social de mujeres cubanas encuentran en la historia de la República varios referentes imposibles de desdeñar ya que durante las décadas del veinte y treinta del siglo pasado se establecieron en Cuba las bases para la radicalización de la lucha por sus derechos.

     El 21 de mayo de 1918 nació el Club femenino de Cuba, una organización que fue la encargada de promover un primer intento por agrupar a las mujeres. Sus miembros consiguieron la primera obra de asistencia social en la época republicana: separar a las presas que compartían celdas hacinadas con los hombres en Vivac y la Cárcel de La Habana y llevarlas a un reclusorio exclusivo de mujeres en Guanabacoa[2]. El propio Club organizó allí la primera escuela de instrucción primaria para las condenadas, así como talleres de costura y servicios médicos. El historiador Julio César González Pagés nos da más datos sobre sus acciones:

    

     El Club Femenino de Cuba significó un paso superior en el feminismo nacional al transgredir el discurso tradicional en relación con las mujeres, y desarrollar intensas campañas más allá del sufragio femenino. Fundó escuelas nocturnas para obreras y otras para la enseñanza del comercio; además, creó la primera institución de niñeras que funcionó en el país. También le pidió al gobierno importantes leyes, como la de la silla, que le permitiría a las empleadas que trabajaban más de 6 horas disponer de estas para cuando no fuera necesario permanecer de pie; la ley del 50% de empleadas donde se vendían artículos femeninos, y otras de carácter social, como la lucha contra la mendicidad infantil, las drogas y la prostitución. (“Arquetipos femeninos…” 345)

 

     En 1921, nos relata González Pagés, por iniciativa del Club Femenino de Cuba se fundó la Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, que estuvo compuesta por cinco asociaciones: Club Femenino de Cuba, Congreso Nacional de Madres, Asociación de Católicas Cubanas, Asociación Nacional de Enfermeras y Comité de la Creche Habana Nueva. Las mencionadas agrupaciones representaban alrededor de 8000 mujeres.

     Por otra parte, La Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba convocaría, el 11 de octubre de 1922, a la celebración del Primer Congreso Nacional de Mujeres, que tendría la particularidad de ser el primero celebrado en América Latina.

     En la reunión se polemizaría en torno a  los necesarios cambios que debían hacerse en materia de educación, así como la conquista de la ley de sufragio femenino. Entre las protagonistas del encuentro estuvo la reconocida periodista y escritora Mariblanca Sabás Alomá.

     El Segundo Congreso Nacional de Mujeres se celebró en abril de 1925 y hubo un tercero en 1939. A estos asistieron intelectuales y académicas como Vicentina Antuña, Camila Henríquez-Ureña, Mirtha Aguirre y Rosario Novoa quienes al triunfo de la Revolución se mantendrían como activas  defensoras de ésta-ocupando puestos de alto rango académico en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Al congreso de 1939 asistieron dos mil delegadas y por primera vez estuvieron representadas las obreras. Su impacto fue tal que, también por primera vez, fueron invitadas tres mujeres a la Asamblea Constituyente.

     Si solo vemos lo hasta aquí expuesto encontramos la primera gran fisura en la propuesta descriptiva que nos hace la prensa oficial sobre la necesidad de responder: “(…) al llamado del Comandante en Jefe Fidel Castro, para la incorporación plena de la mujer a las tareas de la sociedad[3]. Con solo estos breves datos, ya tenemos material para poner en tela de juicio esa velada y constante insinuación de que las enmiendas revolucionarias inician un ciclo político-social nunca antes puesto en práctica. Al respecto y como dinámica al uso de las revoluciones, ha dicho Rafael Rojas comentando a su vez a Walter Benjamin: “En efecto, la razón revolucionaria se basa en una ideología de la muerte; su objetivo es doble: el derrumbe del pasado y el control de las ruinas” (Isla sin fin 9).

    Insisto entonces en la tradición de un feminismo político organizado voluntariamente por intelectuales, académicas y obreras que obtuvieron -sin ser instadas por el gobernante de turno- reivindicaciones tales como la Ley de la Patria Potestad (1917), La ley del Divorcio (1918) y la Ley del Sufragio Femenino (1934) convirtiendo a Cuba en uno de los tres primeros países de América Latina que tuvo tanto el voto de las mujeres como la ley del divorcio.

     Dicha tradición -sin dudas protagonizada por mujeres de las clases alta y media alta, blancas en su inmensa mayoría y formadas en instituciones de educación superior cubanas y extranjeras- es el caldo de cultivo que favorecerá la pertinencia de la organización creada en 1960.

     Por otra parte, si bien es cierto que encontramos en la FMC numerosos elementos distintivos como la inclusión automática de toda mujer mayor de catorce años sin discriminaciones por razones de raza o clase, propongo también una reflexión sobre aquello que la FMC impone a la historia de las luchas de mujeres en Cuba y que no es más que una tipología ajena a las demandas del feminismo internacional y específicamente latinoamericano.

     Para que se diera tal circunstancia, los nuevos dirigentes revolucionarios se encargaron de potenciar la idea de una necesidad indiscutible de la participación de las mujeres en la preparación para la defensa del suelo patrio en caso de ataques enemigos, así como su incorporación inmediata a las tareas laborales para hacer producir al país -que muy pronto comienza a sufrir limitaciones en el intercambio mercantil con los Estados Unidos. Todo lo anterior da al traste con una suerte de singularización muy temprana -siempre modelada desde el poder militar- con el que las cubanas quedan fuera de las luchas orgánicas de las mujeres en el resto del continente: derecho al aborto, igualdad salarial o cese de violencia doméstica -por comentar las más socorridas.

     Hay dos razones para ello. La primera es la asunción desde los altos mandos políticos de que esas demandas se cumplen natural e inmediatamente con el establecimiento de la nueva era que la Revolución per se constituye y la segunda es la intención de sus líderes de dar paso a una modalidad feminista marcadamente nacional y que responda en palabras de Rojas a “(…) un imaginario autotélico, que se refiere siempre  a sí mismo, y que jamás se entrega a la exterioridad del mundo, al pensamiento del afuera.”(Isla sin fin 9).

     Así, se hace más viable entender el segundo elemento de la yuxtaposición de la que arriba hablaba –el cual se avizora ya desde la propia iconografía que la FMC despliega. Si ponemos atención a la imagen que abajo se muestran, de antemano podremos asociar el movimiento de federadas tanto con la lucha armada como con la persistencia de un status quo en el que sus labores como madre y por decantación fiel esposa, queden intactos.

     El decreto que establecía que la prioridad de las mujeres habría de ser enfrentar a ese enemigo sempiterno e invisible, se consolida a partir del ataque a Bahía de Cochinos en abril de 1961 y la posterior crisis de los misiles en octubre de 1962 a partir de la cual se ponen al descubierto las alianzas del nuevo gobierno cubano con la antigua Unión Soviética y el resto de los países de la Europa socialista.

     El  icono con que quedaron identificadas las mujeres insiste en la idea de una posible lucha armada que se alienta hasta nuestros días a pesar del fin de la Guerra Fría. Se trata de ese exacto enemigo norteño a quien las federadas han de combatir, mano a mano con los soldados, aunque para ello deban arrastrar a sus hijos al campo de batalla. Para militarizar aún más los eventos, recordemos que la inmediata presidenta de la organización -desde su creación hasta su propio fallecimiento- no sería otra que Vilma Espín, esposa de Raúl Castro Ruz –Ministro de la Fuerzas Armadas Revolucionarias y actual presidente del Consejo de Estado y de Ministros.

     Siendo más incisivos aún, no podemos eludir la identificación que se propone en el logo con la imagen masculina del soldado. El traje de guerrilla verde olivo, la paradigmática boina de Guevara, el fusil y  finalmente  las   botas -que no vemos aquí pero podemos constatar en las fotografías que ilustran las marchas del pueblo combatiente- fueron actuaciones de género –al decir de Butler- que intentaron por un lado mimetizar el patrón masculino y, por el otro, borrar toda identidad diferenciada que promoviera coherentemente un programa de acciones al margen del proyecto único que la dirección del país proponía.

     De modo que para entender la ausencia de voces que encontramos en el ámbito de la narrativa escrita por mujeres en Cuba durante las décadas del sesenta, setenta y ochenta, considero que es un paso necesario detenernos en los elementos que acabo de exponer. Solo así cobra sentido la ausencia de nombres y obras producidas por mujeres en la etapa mencionada. Los elementos de tradición y ruptura bajo los que se encuentran las potenciales escritoras de esos años se corresponden también con una disyuntiva tripartita que sufre la población femenina de los primeros veinte años de Revolución.

    Las mujeres escritoras de entonces se encontraban esparcidas en tres posibles grupos: las que formaron parte de los progresivos éxodos masivos a todo lo largo de la década de 1960; las escritoras potenciales que al permanecer en la isla debían administrar su tiempo entre las tareas del hogar, la educación de los hijos, su propia educación y la preparación para la defensa ante posibles ataques enemigos; y, finalmente, el de quienes ya eran escritoras formadas y con alguna obra publicada –inmersas también en las tareas de la Revolución y su defensa- quienes resultaron damnificadas ante los opresivos dogmas del quinquenio gris y sus secuelas –léase la imposición del ‘realismo socialista’ como la estética ideal que representara la nueva época,  lo cual, conviene recordar, no solo impactó la creación de las mujeres, sino de todos los artistas y escritores cubanos.

     Si entendemos la complejidad del marco anterior, quizá sea posible articular mejor un razonamiento que explique la contradicción que arrojan datos en los que se demuestra que si bien para 1979, el sesenta y dos por ciento de los jóvenes que ingresaron a las universidades eran mujeres (matriculadas tanto en carreras de humanidades y pedagógicas, como en ciencias[4]); entre 1965 y 1979, solo se publicaran en la isla dos novelas firmadas por autoras [5].

    Lo anterior comienza a cambiar paulatinamente a partir de 1980, según refiere Luisa Campuzano en su ensayo de 1988 “La mujer en la narrativa de la Revolución: ponencia sobre una carencia”. En él, se reseña de manera descriptiva cuál es la situación de la narrativa de mujeres producida exclusivamente dentro de la isla y al hablar de la década de marras comenta: “(…) a partir de 1980 ha ido apareciendo cada año una novela escrita por (o en colaboración con) una mujer”. (82).

     En mi opinión y abriendo el diapasón en la contaduría que Campuzano propone, es en el período de 1980 donde se gestaría la eclosión  que se produce una década después[6]. El fenómeno narrativo y editorial de los noventas comprenderá en su mayoría a mujeres nacidas entre 1959 y 1975, quienes constituyen por tanto la primera y segunda generación de escritoras completamente formadas bajo la Revolución. Ambas promociones de escritoras -las de los ochentas y las de los noventas- comparten una serie de experiencias colectivas y por tanto con sus obras comienzan a posicionarse al margen de las centralidades discursivas  revolucionarias. De ahí que no resulte extraño que entre las autoras que conformarán el corpus central de este análisis hay al menos tres que publican sus primeros textos en la propia década de los ochentas y continúan haciéndolo en la siguiente. Son  escritoras que se inician en el género de poesía: Zoé Valdés, Odette Alonso y Wendy Guerra.

     Esas condicionantes etarias y de experiencias comunes quedan atravesadas, en el caso cubano, por un entramado de circunstancias político-sociales de altísima violencia que las hacen demarcarse en sus obras narrativas de lo escasamente producido por las narradoras de década anterior [7].  De ahí que al tratar de establecer una caracterización global de los conocidos como “novísimos escritores cubanos”[8] y enfatizar la importancia de su aparición en el panorama literario de la isla, Carlos Uxó diga:

 

Con su entrada en escena, la narrativa cubana se alejaba aún más de los rumbos del quinquenio gris introduciendo nuevos temas y formas y, sobre todo, un nuevo entendimiento de la figura del escritor. La primera generación de escritores cubanos nacidos tras 1959 llegaba así al primer plano de la narrativa cubana con un incuestionable afán de renovación teñido de postmodernismo iconoclasta. Ciertamente, la juventud de estos escritores  cuando empezaba a conocérseles y se alzaban con sus primeros premios (la mayoría eran menores de veinte años) auguraban un terremoto literario. (247)

 

     En cuanto al panorama mayor de la narrativa escrita por mujeres cubanas  -que a partir de la década de 1990 podemos rastrear con la aparición de sus textos en antologías y revistas, más la publicación de sus colecciones de cuentos y novelas-  hay que aclarar que no se circunscribe al grupo que aquí estudiaremos y que he limitado a las nacidas entre 1959 y 1975.

     Establecidos ya los antecedentes socio-históricos y contextualizaciones literarias pertinentes, me gustaría argumentar el por qué este trabajo pondrá su centro de atención en las narradoras que desarrollan su obra con posterioridad  al momento que queda delineado en Cuba con la caída del Muro de Berlín en 1989.

     La ensayista Damaris Puñales en un reciente artículo sobre la “Cuba soviética” y el impacto de su fin sobre la generación nacida después de 1959, describe  claramente el estruendo descalabro histórico con el que veremos en lo adelante dialogar a las escritoras en estudio:

 

     La generación de los que nacieron entre los 60 y principios de los 80, se define a sí misma en relación a una época histórica determinada: los 80, cuando en Cuba había acceso más fácil al consumo –de productos socialistas, principalmente–, y se tenía la sensación no sólo de vivir en un sitio diferente al resto del mundo, sino de estar haciendo algo para mejorarlo. Esto le otorga un carácter extraordinario, irreabía nacido con el pecado original del que hablaba Ernesto Guevara porque nació en un país donde, al petible, a esta generación: era la generación de la Revolución; era, con defectos y desafectos, lo más cercano que se estuvo nunca del hombre nuevo. Pero la entrada de estos jóvenes a la adultez, a la vida laboral plena, no fue lo prometido, y a principios de los 90 se encontraron en un mundo donde la ideología en la que creían hasta ese minuto dejó de existir. Fue volver a nacer, en el vacío ideológico y el descalabro económico. Si Alexei Yurchak se refiere a la generación de los 60 y 70 en la URSS como “la última generación soviética”, ésta fue, de manera similar, la única generación “socialista” cubana: no hmenos a niveles generales y aparentes, no existía una evidente división entre las clases. (3-4)

 

     Es justamente esa última generación a la que en su momento de despegue profesional y de cumplimiento de las promesas hechas durante las décadas anteriores, le tocará lidiar con el anuncio de aquello que Fidel Castro llamaría en marzo de 1990 “Período especial en tiempos de paz”. Anuncio que de manera coincidente fue hecho durante la clausura del V Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC)[9].

     La precariedad de esos días, harto notoria, disparó de inmediato cifras relativas a la migración ilegal, el suicidio, el alcoholismo o el desempleo voluntario. Si bien es cierto que dichas cifras habían conseguido índices muy bajos durante la década del sesenta y setenta, a partir de 1980 comienzan un ascenso paulatino que alcanza picos muy relevantes en la primera mitad del decenio que aquí estudiamos. Esto acontece de modo paralelo al descenso de la creencia popular de que la Revolución sería un proceso de plenitud económica y social siempre en desarrollo.

     Intento entonces defender la hipótesis de que la producción de las autoras seleccionadas cuya obra comienza a ser escrita y publicada en este contexto de pérdidas, incertidumbre y confusión, acomete una labor de re-escritura del imaginario nacional dando como resultado una documentación de las actuaciones cotidianas de un país invisible en los medios de difusión monopolizados por el poder.

    Para las mujeres y sus representaciones en la ficción, se trata de un imaginario que a fuerza de buscar alternativas de sobrevivencia al hambre y la abulia quedó desplazado desde la figura de la federada-guerrillera hasta la prostituta, la asesina, la balsera o la alcohólica-drogadicta, entre otras, siempre marcadas negativamente por la ética socialista. Valga además la aclaración de que se trata de un desplazamiento que en su movimiento de péndulo y trazado semicircular no solo contiene los tipos extremos mencionados, sino que pasa por y contiene también a madres, trabajadoras, profesionales, clásicas abuelas, militantes del partido comunista o simples personajes anodinos y alienados.

     Las autoras que he seleccionado para dibujar tan diverso mural consiguen presentarnos, desde la multiplicidad y la diversidad del origen de sus voces, otras iconografías del mundo femenino. Para ello, nos traen personajes que podremos identificar con una serie de desestabilizaciones que cuajan en la representación de una Cuba alterna a aquella que el gobierno insiste en difundir y que progresiva y peculiarmente se va incorporando a lo que Damián Fernández nomina: “(…) the parameters of global social life” (xiii).

     Esas novísimas autoras cumplen con algunas de las caracterizaciones al uso cuando se hace referencia a toda la promoción de escritores sin distinciones genéricas. Es cierto que si seguimos  el ensayo de Uxó, algunas de ellas responderían sin duda a una generalización como la siguiente:

 

     Si bien, en tanto que creadores, cada uno de ellos ofrece propuestas estéticas únicas, es posible hablar en todos ellos de una renovación en el quehacer literario que funciona en tres planos: temático (explorando temas completamente ausentes de la literatura  anterior o aportando nuevas visiones de temas ya tratados, con especial énfasis en la creación literaria, la sexualidad, la participación cubana en Angola, la crisis económica imperante y, muy especialmente, la marginalidad), estilístico (lirismo, humor desmitificador, tendencia a la experimentación postmodernista, sustitución del testimonio por lo testimonial) y de entendimiento del papel de la literatura  y del escritor…(248)

 

     Los ámbitos temáticos y estilísticos que el autor propone son abordados por las narradoras en análisis, con constancia semejante a la que encontraremos en los autores hombres. Sin embargo, la manera en que reescriben el signo mujer desde la representación diversa de sus cuerpos, es lo que cobra especial interés en mi trabajo al asociarlo con las movilizaciones imaginarias sobre lo nacional asumido en algunos casos como ‘transnacional’ o al decir de Iván de la Nuez ‘post-nacional’.

     La manera en que el propio ensayista asegura en su fundamental libro La balsa perpetua: “Cuba, Cuba en este mapa está en todas partes sin jerarquías y por esta razón, no está en ninguna”. (La balsa perpetua 29), es parte del material constitutivo con el que argumento que a través del tratamiento que dan estas narradoras a sus personajes femeninos, se establece también una dislocación de lo nacional y se fractura su emisión desde un centro único de poder. Lo que de la Nuez asocia con lo post y lo trans será aquí reelaborado usando la materia prima que brinda de modo más específico el sujeto mujer, no con el interés de negar a de la Nuez, sino con el de establecer otras asociaciones que la crítica eventualmente ha dejado fuera.

    Y con el objetivo también de ahondar y continuar con los estudios   realizados   por   Madeline   Cámara   quien   asocia   lo   imaginario   nacional  -representado en las obras de cuatro autoras cubanas[10]-  con la Matria, la cual tentativamente sería:

 

(…) rather than the play of sense and sound produced by counterpoising the etymologies and written forms of these words (Patria/Matria, Fatherland/Motherland), I am interested, following Greimas’s concept of “sememe,” in the “meaning effect” that results from putting the words Matria and Matriz (meaning both matrix and womb in Spanish) in the same context, the later standing as a symbol for the singularity of women’s creativity. (Cuban Women Writers…8)

 

     Resulta muy provechoso observar cómo aquello que Cámara establece en Cuban Women Writers. Imagining Matria - a propósito de dos narradoras de la época republicana y dos de la revolucionaria- se puede corroborar a manera de continuum crítico al estudiar a las autoras de los noventas:

 

I propose that only a subversive women’s discourse can rewrite the Matria. Its liberating aspect creates a different ordering from that of the Law of the Father that applies in the male imaginary of the Patria. Obviously, I speak here under the influence of Cixous, Kristeva, and Irigaray, but I am also indebted to Nelly Richard’s understanding of feminine literature to prove how this subversive women’s discourse permits the textual and ideological articulation of messages whose subversiveness is encoded not only in their new literary form or revolutionary content, but also in the construction of a new expressive space and the emancipatory conditions of reception and distribution set forth. In this book I aim at making audible, intelligible, readable, a feminine voice that can recreate history through a literary perspective that seeks neither to be representative nor authoritative confronting the metaphor of masculine testimony with that of deterritorialized femininity. (Cuban Women Writers…9)

 

     Esclarezco entonces que la singularidad de este nuevo corpus creativo (el que producen las narradoras cubanas de los noventas) está basada en un elemento diferencial: el hecho de que las demandas del movimiento feminista internacional de las décadas anteriores no tuvieron eco en Cuba, ya que sobrepasaban la urgencia mayor y única de la Revolución: salvaguardar las conquistas del socialismo.

     El trabajo de esas autoras nace de un feminismo empírico  que no está respaldado por una teleología o en su defecto el reconocimiento por parte de las instituciones de una tradición. Como comenté antes, todas y cada una de las luchas y victorias de las mujeres durante los cincuenta y siete años de República fueron silenciadas por la nueva organización de federadas quienes se adjudicaban y adjudican la total reincorporación de las mujeres a la sociedad política y civil.

     De este modo, a las nuevas generaciones de cubanas solo les quedaba el camino  y la historia de la FMC que al presentarse tan violentamente militarizada y/o asociada a las instancias del poder gubernamental provoca en ellas (nosotras) una fuerte sensación de rechazo o, cuanto menos, de una ausencia total de identificación con sus discursos.

Es un caso tan singular que en repetidas ocasiones encontramos entrevistas en las que las narradoras rechazan la idea del feminismo asociado a su escritura. A partir de esas declaraciones repetidas Mirta Yáñez ha puesto el dedo en la llaga enfrentándolas:

 

     Lamentablemente pienso que existe, ante todo, ignorancia, prepotencia y provincianismo (…) El feminismo no es un “club” o una desviación sexual, ni una gripe, ni siquiera una religión, como para que sea necesario librarse de la sospecha o declarar públicamente que no se participa de ello.

(…)

     Lo que sí resulta risible, si no fuera dramático, es que muchas de esas mujeres periodistas, críticas, escritoras, se sacuden el término como si se tratara de unas pulgas, pero luego acuden (o acudirían) gozosas a cuánto evento sobre escritoras se celebre. Y no es tan misteriosa la paradoja; porque también es una realidad que vende mucho –esa es la verdad- entre los ingenuos, la “loa” a la consciencia de género  o las historias narrativas donde las damas son destripadas o vendidas. (“Feminismo y compromiso…”161)

 

     Con la ansiedad de aplicar toda justicia al  intentar demostrar la complejidad de la representación de un imaginario desplazado a partir de la crisis, exploro la doble pertinencia que supone estudiar las elaboraciones que con igual interés a las de quienes permanecen en la isla, acomete un grupo de autoras desde la diáspora.

     Tampoco hago deslindes entre quienes usan referentes realistas y quiénes se sienten más atraídas por lo fantástico ya que el sujeto de la representación que me interesa en primer orden es el cuerpo femenino tal y como lo justifica Mirta Yáñez: “En el caso de la narrativa femenina, el cuerpo propio, más que un territorio para describir o para incorporar como personaje, es una definición, un documento de identidad” (Cubanas a capítulo 197). Y es sobre ese cuerpo y sus exposiciones, desvíos, violaciones, transgresiones sexuales, adicciones y muertes que se construye la Matria de estos años. La identificación entre cuerpo-matriz y nación tiene como destino final un intento para develar a la opinión internacional los espacios  imaginarios robados por el poder gubernamental (a través del control de los medios de difusión masiva, siempre oficiales) a sus actantes y protagonistas; invisibilizando y modulando sus representaciones más auténticas.

     Llegados hasta aquí, me gustaría sintetizar aquellos aspectos que entiendo como centrales para la demostración de que el imaginario nacional a partir de la caída del muro de Berlín sufrió su primer gran desplazamiento y fractura al interior del discurso monolítico de la Revolución cubana. Una fractura que así mismo comenzó a gestarse desde la década anterior, una vez que fueron tatuadas en la piel de la ciudadanía, las marcas que dejaron el éxodo del Mariel en 1980 y las guerras de Etiopía y Angola.

     Dentro de dichos aspectos, establezco como primordial la representación del sujeto mujer fragmentado en arquetipos contestatarios tanto al sistema cultural hegemónico patriarcal, como al modelo de “machismo de estado” que los líderes de la épica castrista impusieron y aún hoy intentan detentar.

     Para ello, tomo como materia prima algunas piezas representativas de la producción   general de un grupo de autoras que aparecen como narradoras en el panorama literario cubano alrededor de los años en los que se desata la crisis económica y social que la desaparición del bloque socialista trajo consigo.

     A través de dichas piezas y los personajes femeninos que aparecen en ellas, se rastrea y demuestra que el imaginario que fue modelado en torno a la mujer después de que la cúpula de guerrilleros que lucharon en la Sierra Maestra tomara el poder, se desplaza hacia zonas que ese mismo poder no reconoce como legítimas.

     Las mujeres narradas por mujeres contribuyen entonces a la configuración de un nuevo mapa social en donde se hace muy fácil leer un cambio de signo al interior del discurso de esa Revolución que desde entonces parece gravitar en torno a la decadencia. Son personajes femeninos que desde sus características varias y por transferencia resultan posibles de asociar con la nación misma. Una nación que para este momento ha perdido sus alianzas con las ensoñaciones del “hombre nuevo” y que, de manera pesimista, provoca una consecuente elaboración de personajes que aparecen en la ficción para responder a esa realidad.

     Tomando como base a la figura de la madre, en estas narraciones se debaten aquellas que responden a una tradición de corte nacionalista (Valdés), siempre expuestas al abuso de poder de sujetos masculinos con un “otro” sujeto materno que puede estar también relacionado con el poder y la expulsión (Vega Serova). Se trata del aspecto sombra del que Jung hablaba y que vemos identificado también con lo nacional, pero no desde su arista de tradición y cobijo, sino desde la de crisis, desencanto, resentimiento para con sus vástagos, y proyección de desamparo.

     De manera que el haz unificador se vuelve inestable para dichas madres representadas. Entre ellas y de manera irregular, encontraremos en algunos momentos el delirio como marca (Valdés y Guerra), en otras el abuso de poder, hay incluso una tercera posición que focaliza la maternidad como maldición (Fernández Pintado).  Es un comportamiento que facilita una muy fácil asociación con esa cabeza de la Medusa (que sería el propio espacio nacional imaginado como uno) que a golpe de más de cincuenta años de inestabilidad política y discursiva ha devenido un ente esquizofrénico, extremadamente difícil de representar.

     Las extremas posiciones que suponen tanto la demencia como el uso y abuso de autoridad, así como el amplio espectro por donde circulan tan disímiles y casi siempre negativas imágenes, sigue siendo un elemento que se corrobora en la realidad que la crisis post-soviética arrastró consigo.

   Dichas imágenes no serían otras que las de prostitución femenina heterosexual y lesbiana (Bobes, Herranz-Brooks y Vega Serova), de vagabundas (Alonso, Vega Serova, y Herranz-Brooks), de anticomunistas declaradas (Alonso, Valdés y Guerra), de emigrantes (Rivera-Valdés, Valdés, Suárez y Fernández Pintado), de aquellas que arremeten contra el discurso neocolonial (Fernández Pintado y Dovalpage), de las que deconstruyen las esencialidades homoeróticas (Varona, Portela, Vega Serova y Herranz-Brooks), de drogadictas (Alonso, Herranz-Brooks y Suárez), de alcohólicas (Vega Serova y Herránz-Brooks), de soeces incorregibles (Valdés, Herranz-Brooks y Dovalpage) y hasta de asesinadas y asesinas (Varona y Alonso).

     Si asentimos de modo general con Anderson cuando define a una nación como “it is an imagined political community -and imagined as both inherently limited and sovereign.” (49) y cuando precisa más adelante que "The nation is imagined as limited because even the largest of them encompassing perhaps a billion living human beings, has finite, if elastic boundaries, beyond which lie other nations. No nation imagines itself coterminous with mankind” (49), no resultará entonces difícil entender la complejidad que supone el imaginarse a sí misma para una nación que cuenta con once millones de habitantes en la isla y cerca de cuatro millones en el exterior, mostrando al mismo tiempo lo extremadamente poderoso en su acierto a la par que inservible (valga la contradicción) que el modelo de Anderson deviene. Poderoso por cuanto es posible reafirmar su sema “imaginado” e inservible en la medida en que nunca sabremos donde establecer su límite[11].

    El factor de la dispersión que cargan los ciudadanos de este país donde quiera que se encuentren actúa como un mediador de subjetividades que si bien es cierto comenzó a representarse muy tempranamente (exactamente en el siglo XIX, durante los períodos de lucha contra la metrópoli española  que a su vez generó cientos de exiliados políticos), encontró un punto de muy notoria cristalización durante la década del sesenta cuando salen del país grandes masas de ciudadanos  y la familia cubana queda dividida para siempre.

     A ese éxodo masivo el naciente discurso de la Revolución interpuso su imaginario propio, uno que violaba las reglas de oro que Anderson articula, estimulando vicios de excepcionalidad y superioridad a todos aquellos que se quedaran a su lado. La próxima estación sería una carrera desenfrenada por echar a andar un artilugio histórico-social  maravilloso, al que solo accedería “el hombre nuevo” (no mujer, no negro, no homosexual, no pobre) que pagara con cuotas de fidelidad al no abandonar el territorio físico nacional.

     Si a cada uno de los sujetos que se integraron de manera voluntaria y entusiasta al justo proyecto que la Revolución pareció en su primera década de trabajo, se les convenció de que una nación no era más que algo “(…) always conceived as a deep, horizontal comradeship” (Anderson 50) y que en toda circunstancia debían sus sujetos activos estar dispuestos a “(…) to die for such limited imaginings” (Anderson 50), para la década que aquí estudiamos esos mitos habrían de caer aceleradamente.

     A la imagen de la madre miliciana que explotó la retórica de la Federación de Mujeres Cubanas a lo largo de cuatro décadas (pensando en 1989 como el momento de fractura y disolución para esta y otras retóricas al uso) se le van a superponer otras imágenes menos convenientes como hasta aquí he argumentado y ejemplificado.

     Y es que entre todo lo que acontece a partir de esas rupturas en torno a lo discursivo nacional imaginario, sucede también que las escritoras -justamente aquellas que han sido formadas bajo el dogma y la ensoñación del “hombre nuevo”, las herederas de la utopía revolucionaria moderna que han de lidiar en su madurez con el desencanto  y al decir de Odette Casamayor con la “ingravidez” de un proyecto sin asideros- despiertan al llamado de sus propias voces y a la necesidad de dar riendas a:

 

La revalorización de la “experiencia” como reacción antiteoricista del    feminismo esencialista que ha buscado invertir el sistema conceptual de la oposición logocéntrica gobernada por la jerarquía masculina de lo razonante, lo mental, lo inteligible que ha reprimido lo sensible, lo físico, lo afectivo e intuitivo, para privilegiar ahora -a favor de las mujeres- lo vivido (lo dado, lo espontáneo: lo natural) por sobre lo teorizado (lo abstracto, lo construido: lo artificial) (Richard 740)

 

     Se trata en suma de un despertar de sus conciencias que echa a andar -liberadas al fin, de cuanto le ha sido impuesto y administrado de manera ‘abstracta’ y ‘artificial’- su propio flujo de subjetividades en diálogo con referentes inmediatos nada complacientes, nada canónicos; pero a la vez, tan falogocéntricos como los que debieron enfrentar las escasas escritoras de la era seudorepublicana.

     Unas conciencias que entre sus muchas tareas se encaminan también hacia la disolución de un viejo e inútil estanco divisorio y dividido tanto por las políticas culturales como por la crítica, aquella en la que la isla sólo puede imaginarse y representarse eficazmente desde la nostálgica e idealizadora lejanía o, en su defecto, desde la legitimidad objetiva que concede el estar viviendo en ella.

La producción de estas autoras, tanto en la isla, como en la diáspora, desmiente aseveraciones como esta de Rafael Rojas:

 

Dos formas de la cultura insular, una de lejanías y otra de inmersiones, aun enfrentan a los intelectuales cubanos. Pero sólo encadenadas configuran la expresión de la identidad. Ambas rehúyen la superficie pública y gravitan hacia el refugio que les ofrecen los márgenes del éxodo y el aislamiento. Tal vez haya que convocarlas algún día al espacio más visible de la isla, para reintegrar, de una vez y por todas, el cuerpo de la cultura cubana. Eso sería, como pensaba Martí, el saber de una nación expresado en pocas palabras. (“Insularidad y exilio de los intelectuales cubanos” biblioteca.itam.mx)

 

     Porque aunque efectivamente quede mucho por hacer en este sentido, el modo en que por una parte Cuba se ha ido insertando de manera tan precaria como certera en los parámetros de la globalización (mayor circulación de información, viajes y tecnología) y por otra, sus ciudadanos han participado en los últimos veinte años de nuevos ciclos de éxodos (protagonizados por quienes se han educado en la isla), se ha comenzado a gestar una nueva subjetividad (no reconciliada con el poder, pero sí tendiente a relajar las históricas tensiones de las que Rojas nos habla). Subjetividad encaminada, sin dudas, a expresar (imaginar) “su saber en pocas (esta vez en boca de mujer) palabras”.

 

 

NOTAS:   


[1] Es frecuente encontrar en la literatura y la prensa que se emiten desde la isla con posterioridad a 1959 y hasta la fecha, la nominación de “seudo-republicana”, para describir el status político de Cuba en el período histórico que comprende desde 1902 hasta el advenimiento de la Revolución misma. Para tal denominación el discurso del poder se basa en la injerencia política de los Estados Unidos sobre la isla.

[2] Todos estos datos sobre las acciones de las feministas cubanas republicanas se encuentran en el número 435 de la revista Mujeres, la cual es contradictoriamente el órgano oficial de la FMC. Las referencias a Vivac y la Cárcel de La Habana, aluden a los dos recintos penitenciarios de La Habana del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX en donde las presas compartían celdas con hombres siendo abusadas de continuo.

[3] Tomado de EcuRed (Revista digital realizada en Cuba). Web. 2 de Noviembre de 2010.

 <http://www.ecured.cu/index.php/Federación_de_Mujeres_Cubanas_en_Pilón>.

[4] Estos porcentajes resultan harto interesantes ya que responden a una población que a lo largo del siglo XX se distinguió por estar compuesta por altos índices de personas del sexo masculino, alcanzado su tope para la década de 1930 con unos valores de 113 varones por cada 100 hembras y su máxima estabilidad para la década de 1990 con 101 varones por cada 100 hembras según arroja un análisis de 1997 del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana.

[5] Los datos fueron tomados del ensayo: “La mujer en la narrativa de la Revolución: ponencia de una carencia”, de Luisa Campuzano. La relevancia de esta referencia reside en que en los años anteriores a la Revolución, bajo la misma proporción poblacional de un hombre cada siete mujeres, los ingresos de estas a las universidades nunca alcanzaron las cifras de esta década.

[6] Es importante reconocer también que para 1980 ya ha paulatinamente desaparecido la política cultural antes comentada. El propio Ambrosio Fornet ha establecido que el fin del “Quinquenio Gris” acontece paralelamente a la creación del Ministerio de Cultura en 1976.

[7] La conocida en Cuba como “Generación de los Ochentas” , formada mayoritariamente por poetas, se reconoce a sí misma como altamente marcada por los sucesos de  abril de 1980 en la Embajada del Perú y el consiguiente éxodo del puerto de Mariel cuando más de treinta mil ciudadanos abandonaron el país voluntaria o forzosamente. Entre los que lo hicieron en contra de su voluntad se encontraban homosexuales, pacientes psiquiátricos y delincuentes comunes que fueron expulsados por ser políticamente opuestos o inconvenientes al sistema imperante. A este éxodo masivo lo acompañó una oleada de violentos actos de repudio contra quienes decidían marcharse en los que no faltaba la agresión física además del insulto verbal.

[8] La nomenclatura de ‘novísimos’ la acuñó Salvador Redonet en el prólogo para la antología Los últimos serán los primeros (La Habana, 1993).

[9] Tomo la referencia de  Isabel Holgado Fernández en su libro ¡No es fácil! Mujeres cubanas y la crisis revolucionaria (Barcelona, 2000).

[10] Las autoras analizadas por Cámara en su libro son Ofelia Rodríguez Acosta, Lydia Cabrera, María Elena Cruz Varela y Zoé Valdés. Solo esta última forma parte de mi investigación.

[11] Si, por solo poner un ejemplo, pensamos en la comunidad cubana de Miami, entenderemos el límite del que Anderson habla como complejidad  imposible ya que el censo de “cubanos” no se puede establecer. Un gran número de los nacidos en ese enclave estadounidense se sienten harto comprometidos con la lengua, la historia y la propia identidad de sus padres y se autodefinen como ellos (cubanos nacidos en el exterior); mientras por el contrario, otro gran número se siente más identificado con la cultura y la lengua de su país natal. Establecer los límites en un enclave como este y otros que se multiplican de manera paralela a la diáspora de ese país, se hace tarea irreconciliable con la ciencia.

 

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Mabel Cuesta nació en Matanzas, Cuba, (1976). Ensayista, crítica y narradora. Es Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de La Habana, Cuba (1999). Tiene un doctorado en Lengua y Literatura Hispanoamericana del Baruch College de la Universidad de Nueva York (2011). Ha publicado los libros de cuentos: Confesiones on line (Aldabón, 2003) y Cuaderno de la fiancée (Ediciones Vigía, 2005). Su última colección de relatos Inscrita bajo sospecha, salió publicada a finales de 2010 bajo el sello editorial madrileño Betania.  Cuentos suyos aparecen en las antologías: Las musas inquietantes (Ediciones Unión, 2003); La hora 0 (Ediciones Matanzas, 2005); Havana Noir (Akashic Books, 2007); Two Shores: Voices in Lesbian Narratives (Grup Elles, 2008) y Dos Orillas: Voces en la narrativa lésbica (Grup Elles, 2008).  Así mismo sus trabajos de crítica literaria y ensayística, pueden leerse en publicaciones especializadas de Cuba, Estados Unidos, México, Honduras, Canadá, Brasil y España. En la actualidad se desempeña como profesora asistente de Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Houston en Texas, EE.UU.