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Ediciones Baquiana
Miami,
Florida, EE.UU. (2011)
ISBN: 978-1-936647-04-0
388
pp.

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En el análisis de
La elección de Salomón, novela de Julie de Grandy,
empecemos por el título. La autora ha escogido para ese título
a una de las personalidades más sobresalientes de la historia
humana: el rey Salomón, de Israel, admirable por su sentido de
la justicia. En esta novela hay un caso doloroso que se va a
debatir en la corte, y que es el eje de la trama. La justicia
del rey Salomón fue admirable porque estuvo asistida por Dios.
Según cuenta el primer libro de los Reyes de la Biblia en su
capítulo tres, Dios se apareció en sueños a Salomón al iniciar
su reinado, y le exhortó a pedirle los dones que deseara.
Salomón le pidió con humildad “da a tu siervo corazón
entendido para juzgar a tu pueblo y para discernir entre lo
bueno y lo malo”. Dios apreció su ruego y le concedió, además,
riquezas y gloria.
Salomón fue
una gran personalidad intelectual. Fue filósofo al escribir el
Eclesiastés, en que elogió la excelencia de la sabiduría y la
inteligencia. Dijo: “El corazón del sabio está a su mano
derecha, mas el corazón del necio a su mano izquierda, y aún
mientras va el necio por el camino le falta cordura, y va
diciendo a todos que es necio. En sus proverbios, Salomón
proclamó la justicia cuando dijo: “El bueno alcanzará favor de
Jehová, mas él condenará al hombre de malos pensamientos”.
[1]
1 El genial intelecto de Salomón lo consagró como poeta en el
“Cantar de los Cantares”, quizás el más bello conjunto de
poemas intimistas que se haya escrito, por sus metáforas, sus
símiles y su lirismo. En
ese diálogo poético del “Cantar de los Cantares”, Salomón puso
en boca de la amada la ternura del amor: “Mi amado es para mí
un manojito de mirra que reposa entre mis pechos”.
[2]
e hizo decir Salomón al amado: “Levántate, oh, amiga mía,
hermosa mía y ven. Porque… ha pasado el invierno, …la lluvia
se fue… El tiempo de la canción ha venido y en nuestro país se
ha oído la voz de la tórtola”.
La
novela de Julie de Grandy basó su título en la anécdota más
universalmente conocida de Salomón, la que lo consagró por la
sabiduría de su justicia: [3]
“En aquel tiempo vinieron al rey dos mujeres rameras…” Una
relató que ambas moraban en la misma casa y habían dado a luz
con tres días de diferencia. Una noche, el hijo de la otra
mujer murió porque su madre se acostó sobre él. La que mató a
su hijo lo suplantó por el hijo de la que hacía el relato al
rey y ambas reclamaban al niño vivo. Salomón pidió una espada
para partir al niño en dos. La falsa madre aceptó partirlo,
pero la madre verdadera prefirió entregarlo a la otra para que
no muriera. Salomón descubrió entonces que ésta era la madre y
le entregó el niño.
En esta anécdota de
la Biblia hay una afirmación de la justicia humana asistida
por la sabiduría divina. En la novela de Julie, hay una gran
incertidumbre ante la justicia humana, y no hay en la
protagonista una fe profunda en la intervención de la justicia
divina, sentir que acrecienta su angustia. La madre que sufre
en la novela ante el espanto de perder a su hijo (un hijo no
alumbrado por ella, pero amado con toda la grandeza de la
maternidad); esa madre tiene la característica de ser lesbiana
en su inclinación erótica, y es una mujer virtuosa: honesta,
sincera, se autorrealiza como médica pediatra y ejerce su
profesión con generosa entrega. Esa mujer, llamada Reggie,
aceptó la inseminación artificial como una forma de
obsequiarle la posibilidad de tener un hijo a un hombre que
estaba casado con una mujer estéril. Y a ese hombre, Peter
Solomon, que es su amigo, su colega, su confidente, Reggie lo
amaba a pesar de ser lesbiana, por una de esas complejidades
emocionales de la naturaleza humana.
En literatura, pasó
ya la época de Marcel Proust, en que aquel sutil psicólogo,
gran poeta de la prosa y gran filósofo de la pasión, se vio
precisado a enmascarar al personaje que lo acompañó en su
novela-río En busca del tiempo perdido. Tuvo que
llamarlo “Albertina” cuando en realidad fue “Alfred”, su
secretario y ayudante. Una parte del mundo ha cambiado en su
apreciación de la vida, y la novelista Julie De Grandy ha
mostrado una verdad del género humano como es en la vida real:
la inclinación lesbiana como drama a pesar de que su personaje
protagónico la acepta como su identidad esencial. A la vez,
Julie ha introducido un tema novedoso en literatura: el de la
mujer inseminada científicamente para alcanzar la maternidad,
y ha contemplado los problemas jurídicos, emocionales,
familiares, sentimentales que esta situación inédita puede
traer a las madres que han concebido hijos de esta manera.
Hegel dijo en su
Estética que en una obra artística debe mostrarse lo general a
través de una individualidad viviente. En esta novela la
individualidad viva es Reggie con todas sus características
personales, y ella encarna dos generalidades dramáticas: el
lesbianismo y la maternidad por inseminación artificial. Hay
otras madres en esta novela, con sus modalidades emocionales:
la madre adoptiva en Elena; la madre heroica en Teresa, viuda
de un invasor de Playa Girón y capaz de echar adelante a su
hija sin amargura ni rencores; la madre con la duda de quién
es el padre de su hijo, en Deborah; la madre carente de
sentimiento maternal, que abandonó a su hijo sin
remordimiento, en aras de seguir su vida egoístamente. En esta
decisión, siguió el dictamen de su carácter narcisista, cuyo
rasgo esencial era la pasión obsesiva por su propia belleza
física y por sus placeres. Su perfil psicológico es completado
por su pereza, su carencia de vocación profesional y maternal
y su incapacidad para el esfuerzo creador. Este personaje se
llama Tina, y es la contrafigura de Reggie, la protagonista,
con quien compartió años de vida en común como pareja
homosexual, y a quien traicionó un día de manera sorprendente.
Tina es además drogadicta, y alcohólica, y es amoral si
consideramos la moral como un conjunto de principios
establecidos por Dios, según las religiones, o por las normas
de los hombres según los ateos, o por una escogencia personal
según algunos filósofos modernos. Reggie y Tina son los
caracteres libremente ampliados y definidos por Julie De
Grandy, de las dos mujeres presentes en la anécdota del rey
Salomón antes mencionada.
En esta novela el
personaje judío llamado David Solomon, ha sido desarrollado
con las características del Salomón bíblico: inteligencia,
fuerza, poder material, capacidad de decisión, sabiduría, una
filosofía existencial propia y una brillante dimensión
artística. Julie de Grandy teje un paralelismo entre ambos.
Como su modelo, David Solomon aporta también la solución para
salvar al niño cuya custodia va a ser discutida en la corte.
Como todo personaje de relieve, sigue su propio camino en que
se aparta del Salomón histórico y evoluciona dentro de la
obra. El lector se ve precisado a cambiar de óptica al
seguirlo en sus peripecias y analizarlo. Primero lo ve como un
borroso hombre de negocios de quien por etapas van apareciendo
rasgos que lo humanizan: fue víctima juvenil de un campo de
concentración nazi durante la segunda guerra mundial; fue el
tenaz sobreviviente de ese campo de concentración que
sacrificó su arte como violinista por cargar cajas
horriblemente pesadas en los muelles, como estibador, para
sustentar a su hermano moribundo; fue el joven sometido a la
pobreza que vio morir a ese hermano único por carencia de
recursos; fue el esposo enamoradísimo que aceptó a un hijo, el
cual tal vez no era suyo; fue el hombre capaz de comprender y
perdonar a la esposa en una larga infidelidad sentimental
sobre la que no preguntó nada; fue el abuelo que descubrió el
talento musical de su nieto bastardo y lo protegió y le dio
dignidad en memoria de su hermano muerto en la juventud, a
quien el niño se parecía por su inclinación artística; Este
judío que se hizo millonario con su esfuerzo y su
inteligencia, después de vencer solo su alcoholismo y su
agresividad, aportó tres paréntesis poéticos a la novela de
Julie: la historia de su hermano; la de la infidelidad de su
propia esposa y la del pájaro ahogado, que relató así:
“Cuando yo era
pequeño, había un pájaro precioso que me despertaba cada
mañana con sus cantos. Siempre se posaba en la rama que
llegaba hasta mi ventana. Yo la abría y le daba los buenos
días y el pájaro me miraba y movía la cabecita como
respondiendo a mi saludo. Deseaba tocarlo con todas mis
fuerzas, pero si extendía la mano se asustaría y se alejaría.
Un día no pude resistir más: extendí la mano… y poco a poco se
acercó y saltó a la palma. Como por impulso cerré la mano y lo
agarré con fuerza. El corazón me latía desbocado por la
emoción mientras sentía el suyo latiendo dentro de mi mano. No
quería abrirla por miedo a que se alejara. Sentí su aleteo y
apreté el puño. Pero a los pocos segundos el aleteo se detuvo.
Cuando abrí la mano era muy tarde: había ahogado a aquella
criatura que tan generosamente me había alegrado tantas
mañanas. Me horrorizó lo que había hecho. Habría preferido el
dolor de ver que se alejaba volando para siempre porque al
menos podría alimentar la esperanza de que volviera. Pero en
ese momento había perdido toda esperanza”.
Esta historia es una
alegoría de la relación de David Solomon con su esposa: ella
huyó de una escena de violencia que él le provocó cuando
estaban recién casados, y a su regreso le dijo que tal vez el
hijo que esperaba no era de él.
Por otra parte, en
cuanto al aspecto literario, la novela que analizamos puede
ser situada dentro de la corriente de la posmodernidad cuyas
características exhibe. Tiene ubicación geográfica precisa: en
la Florida, Nueva York y los relatos de un campo de
concentración en Alemania: Auschwitz, dados por cierto en
forma de flash back. Tiene además una ubicación histórica
precisa dentro de un marco de sucesos contemporáneos. Su
autora es una mujer, entre las de esta corriente literaria,
por oposición a la Modernidad, cuyos autores eran hombres.
Tiene exploración de la sexualidad, expuesta sinceramente,
realistamente, aunque ajena al matiz pornográfico. No tiene un
rasgo frecuente en este grupo de autores, que es la sátira, la
burla, abarcadora de lo social. Entre los autores de la
posmodernidad están algunos que integraron la modernidad, como
Borges, y otros que no formaron parte de la Modernidad, como
Hilda Perera y Mireya Robles.
En lo que se refiere
a las categorías de la estética entrevistas en esta obra, la
trama se equilibra entre lo dramático y el goce de vivir. Este
equilibrio lo han tenido grandes novelistas como León Tolstoi
y sus geniales discípulos, entre los que están el francés
Roger Martin Du Gard, premio Nobel de Literatura por Los
Thibault, la epopeya de la primera Guerra Mundial, y
Margaret Mitchel, la autora de Lo que el viento se llevó.
Este equilibrio entre la dicha y el pesar no excluye la
categoría de lo trágico en la novela de Julie, dada entre
otros subtemas, en el recuerdo del campo de concentración. En
los autores carentes de tal balance emocional hay nombres
escandinavos como Selma Lagerloff y Knut Hamsun, que se
apegaron a la tristeza de la vida, a lo irremediable.
Si apuntamos a las
cualidades de Julie de Grandy como novelista, la primera es el
interés que sabe poner en la trama: ese elemento que llamamos
“garra” para atar al lector a los sucesos y a los personajes,
que derrocharon Balzac y Dostoievski, y que no aparece en una
novela-monumento de la humanidad, como La montaña mágica,
de Thomas Mann. Julie tiene también otra gran cualidad: el
contagio sentimental para embriagar al lector con sus
personajes, y hacer que los quiera, que los extrañe, que se le
hagan necesarios como compañía. Hay grandes novelistas que no
tienen ese don, como el húngaro Sandor Marai, cuyos sutiles
hilos tendidos al lector son de naturaleza intelectual,
impecablemente intelectual, eso sí, pero no de índole
afectiva. En la novela que presentamos esta noche, el interés
apasionado de la trama desemboca en la categoría del suspenso.
Los personajes de
Julie, excluyendo algunas excepciones, son gentes a quienes
nos parece haber conocido ayer en la realidad. Los vemos pasar
ante nosotros conducidos por su carga de esperanza y de
proyección hacia el futuro y con la autodefensa que les
permite echar a un lado las recriminaciones y las culpas, sin
detenerse para dejarse devorar por lamentaciones de sus
propios errores. El perfeccionismo neurótico, tan combatido
por los psiquiatras, les resulta ajeno. Son gentes sanas que
tienen una gran dosis de nobleza, gentes aferradas al trabajo
y al esfuerzo creadores como fuente de dignidad. Además, viven
entregados a la solidaridad, al bien; saben afirmar el amor y
aceptan la vida como es, sin idealizarla. Esos seres creen en
el amor, traducido en actos generosos. Se apartan de los
prejuicios, de los dogmas, de las consignas. La fe en la vida
los acerca. Sus relaciones son de carácter moral porque están
basadas en la simpatía, que los conduce al amor fraternal o
erótico, y no se sustentan en el utilitarismo, pariente de la
manipulación, el cálculo, el interés material. Tampoco se
enquistan en una actitud esclavizadora, sino que son capaces
de evolucionar para bien. Saben lo que quieren, se fijan metas
por las que luchan sin detenerse ante el esfuerzo y el
sufrimiento que esto lleva consigo. Son criaturas de vocación,
capaces de arriesgarse por otros sin aguardar compensaciones.
No tienen una religiosidad profunda, y dependen de su propio
esfuerzo y de la solidaridad con los otros más que de la
alianza con el poder divino. Creen en la familia como núcleo
de la sociedad. Expresan con sus valores la estimación de su
autora por los judíos. Aman la libertad y la defienden, como
un valor ajeno a consignas, dogmas y prejuicios. Afirman la
libertad como opción de la trayectoria existencial,
comprendida a la manera de las corrientes filosóficas más
importantes en el oriente, que son el yoga y el budismo. Ambas
postulan que el hombre, al decidir individualmente su destino,
puede escoger la posibilidad de convertirse en una bestia, en
un demonio o en una criatura cabal.
Notas:
[1] Proverbios, capítulo
12, versículo 2.
[2] Cantar de los
Cantares, capítulo 1, versículos 10, 11 y 12.
[3] Primer Libro de los
Reyes, capítulo 3, versículo 16.
Bibliografía:
Álvarez, Nicolás Emilio:
“Los balseros de la libertad y la narrativa hispanoamericana
de la modernidad y de la posmodernidad”. Círculo, revista
de cultura. Publicación del Círculo de Cultura
Panamericano. Nueva York, volumen 35, año 2006. Páginas
112-121.
De Grandy, Julie. La
elección de Salomón. Miami: Ediciones Baquiana, 2011.
La Santa Biblia. Versión
Reina-Valera. Sociedades bíblicas unidas, 1964.
Hegel, Jorge Guillermo Federico: De lo bello y
sus formas (Estética).
Madrid:
Espasa-Calpe, 1969.
Proust, Marcel: A la
recherche du temps perdu.
Paris: Gallimard,
1919.
Spitzer, Gibson and others: DSM IV, Casebook. (Diagnostic
and Statistical Manual of Mental disorders, Fourth Edition).
American Psychiatric Press, Inc. Washington D.C., London,
England, 2005.
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Josefina Leyva
nació en La
Habana, Cuba. Poeta,
novelista, traductora, periodista y profesora universitaria. Trabajó como
catedrática de literatura y de francés en la Universidad de La Habana. Ha
residido en España y Venezuela donde trabajó como profesora y periodista. En la
actualidad reside en los Estados Unidos. Ha publicado las novelas:
Los Balseros de la Libertad (1992), Operación Pedro
Pan, el Éxodo de los Niños Cubanos (1993), El Tiempo Inagotado de Irene
Marquina (1994), El Aullido de las Muchedumbres, ganadora de la
Distinción de Honor de "La Rosa Blanca" en el patronato
José Martí de Los Ángeles, California (1994), Rut, la que huyó de la Biblia,
Premio de Novela Inédita, Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York (1999),
La Dama de la Libertad (1999), Las Siete Estaciones de una Búsqueda
(2000) y Entre los Rostros de Tailandia (2004). En el género de poesía
ha publicado el poemario: Imágenes desde Cuba
(1995). Sus poemas han sido representados en diferentes países por la actriz
argentina Norma Alarcón, bajo la dirección del director teatral Edelmiro
Menchaca. Algunas de sus obras han sido traducidas al inglés.
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