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Ediciones Baquiana
Miami,
Florida, EE.UU. (2011)
ISBN: 978-1-936647-03-3
138
pp.

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Durante los últimos años, varios miembros de ese
movimiento que algunos críticos denominan “poesía de la sentimentalidad” (apelativo más apropiado que el “de la experiencia”), ha reiterado, en su propia defensa, una cita de T. S. Eliot vía Ángel González que dice: “El poeta no es hijo de
un dios, sino un hijo de vecino”. Dejando a un
lado las consideraciones que tal aserto me provoca,
tan sólo quiero dejar constancia de mi absoluto
desacuerdo. No niego que muchos de quienes abogan por esa postura sean “hijos de vecinos” (ciertamente,
los hay que escriben como tales), pero, les guste o no les guste, lo crean o no, existen seres que
están tocados por la gracia. Y como prueba
esgrimo aquí la escritura torrencial de Marina
Germaïn.
Ignoro qué clase de fuerza genera los textos de esta
poeta, pero no me cabe ninguna duda que la alienta un dios, y que ese dios se manifiesta también por
boca de ella e, incluso, muy a pesar de ella. Marina
Germaïn es el seudónimo como poetisa. Ella escribe,
pinta, y dialoga consigo misma..., con una elegancia,
esto es, como una posesa que se desdobla en dos
figuras que se separan y se mantienen unidas a la vez.
Los que la conocen en su faceta de artista visual, la
identifican como Pauline Le Roy, su seudónimo como
pintora.
Estos textos poéticos son impulsados por
la convicción, o la intuición. Basta permanecer
un rato frente a esta creadora, escuchándola,
observándola –y ya no digo, viéndola ser el médium
de comunicación de ese excesivo dios-, para
sentirnos de golpe despojados de todas nuestras
certezas estéticas.
Marina Germaïn pertenece, sin ella saberlo –de ahí su pureza–, a la estirpe de Von Bingen,
Nietzchen, Desnos o Pizarnik: esos espíritu
chamánticos que se atreven a viajar “al otro lado”,
para desentrañarlo y para desentrañarse. Como ellos,
Germaïn corre enormes peligros en esta
travesía. Aunque yo no temo por ella, porque sé que
va provista de ese firme balancín que ha encontrado
en su interior y que, paso a paso,
la va dotando de equilibrio.
Marina Germaïn crea un aluvión. Su cabeza, sus ojos,
su cuerpo, toda ella es un grifo torrencial. Por eso
sus textos, en un principio:
“No uses tu mente aquí
sólo se un corazón
ni tus ojos uses
sólo escucha
el Poder más Poderoso
la espiral de Sonidos
que todo lo dirige
espacios intermitentes
del creador magnífico”.
Dan la impresión de ser mera “escritura automática”. Pero, al contrario que los
super realistas, no hay en ella voluntad alguna de “liberar” el inconsciente, pues como he dicho –y puedo
dar fe de ello– las palabras, sencillamente, la
dominan, la poseen, afloran desde ella, con su dorado magma, para evidenciar, por encima de todo, el proceso que la está llevando al Ser y a ser
ella misma.
Con semejantes dones, es obvio que le aguarda un
porvenir de ventura. Y en el poema, “Cosa enigma cosa extrema”, la poetisa nos deja ver un paraíso
de luz:
“No te diré que existes de otra manera
porque no es justo, ni es serio
ni conozco remedio.
Te diré que eres entremedio
cosa ágil que se levanta
cosa tierna y combatiente
cosa enigma
cosa extrema”.
Y si bien su trabajo aún tiene mucho camino por
recorrer, los textos en general de este poemario,
demuestran, ya que la autora está encontrando el
contrapeso que buscaba: la contención y la objetividad imprescindibles para convertir ese flujo que no cesa de habitarla en un camino a la
trascendencia.
La poetisa es un espíritu libre, tiende a una
poesía con densidad, objetual y desnuda, casi
religiosa en su austeridad, en su despojamiento
conceptual.
Con fecundidad instalada en su poemario, entre los temblores de lo místico, tumultuoso río y
melancólica brisa y la nostalgia de sus raíces,
abierta al contraste desde la reflexión, ahora afianzada en la vida, busca la luz que despiden las cosas pequeñas, partidaria de la claridad y de los sentimientos. Le queda un territorio de
palabras, una hilera de sílabas secretas. La pintora-poetisa, seguirá haciéndose y renaciendo
versos porque escribe de espaldas a todas las
concesiones que no limiten con sus vértigos
interiores.
Sobre todo, en esas horas fronterizas entre el sueño
y la luz –una obstinada voluntad de espera de
víspera y acoso, de balbuceo de aurora,
de inminencia. Y que sólo una mano arrebatada puede
sobre el papel, dar riendas sueltas a esa tensión
oculta por medio de una alquimia de sonido y sentido
para que el aire acoja, ya de todos, esa alondra que vuela en su deseo.
Sus versos hablan de este mundo –musicales,
alquímicos, pictóricos, y alados– con palabras de
todos, que nos suenan a nuevos en su voz.
En Marina Germaïn, poetisa con un universo poético de
cara al futuro, autora de poesía comprometida con la
poesía misma, hallamos el resplandor auroral del eros
que triunfa como liberación, marca pura de un sol turbadoramente femenino que nos convierte con sus
llamas en amantes únicos de la palabra. La palabra
lúcida del eros.
Ella, simplemente, que vive donde tiene que vivir,
cada mañana, ante el desconcierto de un tapiz,
contempla el nacimiento del sol, de la misma
manera que el primer verso asiste asombrado al
nacimiento del poema:
“El ser está cerca
de alguna novedad
haciéndose fuerte en su tempestad,
pero la tempestad pasa
y queda la calma, el olvido, la
encrucijada.
El que busca posición
pende de su otra mejilla
de su inquietud,
no es libre ni calmo
y su voz está espectada”.
Hay estructuras poéticas que pueden hacer las veces de
foco de donde irradian todos los demás.Se trata, por supuesto, de una apreciación extremada, pero
en ningún caso de una ocurrencia gratuita. La vigilia del
tiempo es cada vez más firme. La verdad todavía es posible en las palabras.
Por ahí se filtra, a no dudarlo, una actitud humana y,
correlativamente, un sistema poético. No es que crea
que la verdad personal determina por sí misma el rango
de un poema, sino que es esa verdad otra verdad generada a través del propio proceso creador la
que en definitiva prevalece.
Estos poemas de un libro de título diáfano,
“Cielos”, la poetisa ha venido elaborando con
manifiesta lucidez una poesía donde las palabras son cada vez más “verdaderas” porque también son cada
vez más artísticamente válidas. La lógica es
desplazada con frecuencia por el mismo impetuoso
despliegue verbal, no ajeno a ciertos estímulos
surrealistas, y una imaginería de
inesperados
relumbres ocupa el espacio total del poema.
Viajera por ciertos paisajes temáticos del sueño.
Marina Germaïn recurre una y otra vez a los mitos
imperecederos para solventar con notable pericia su particular salida poética del laberinto.
La poetisa está inmersa en su poesía, porque apenas hay espacio
entre su “yo” personal y su “yo” poemático. Pocos líricos como la autora de “Himinam”,
título que lleva el nombre de su libro, para
atestiguar que la poesía de los novísimos, el
indefenso culturalismo, la desflacada
posmodernidad, están sublimados de la mejor manera en
su voz. Sin restos de emoción idealista, a salvo de
rituales culturalistas, desahuciando lo que el
lenguaje contiene de lastre filológico e instrumental,
la poesía de Marina Germaïn recoge toda la metafísica
de una civilización que deja sus señales en sus héroes
místicos y en sus fábulas ejemplares para que todos y
cada uno de nosotros nos reconozcamos. Incluso antes
que la propia poetisa, que es la que busca la
dimensión alusiva –y no puramente metafórica- su lugar
en el mundo como aquel emisario de un dios desconocido
del que hablaba Fernando Pessoa o como ese embajador
de un planeta que aún no existe del que nos habla la
propia poetisa. De un lado convoca la historia y la
memoria hasta apresar el mundo en la mano, y de
otro lo determina en su palabra,
en una presencia total y profunda, mediante atmósferas
surreales, incitaciones automáticas, intuiciones de
una poetisa del eros. Sólo la fauna indiscriminada en
que se ha convertido el panorama de la poesía chilena
de hoy obtura la deslumbrante transmisión de una voz
que, en mi opinión, se erige como una de las más
proféticas de este nuevo milenio, al que Marina
Germaïn acompaña como una derviche o una gurú de la
tribu... Ese planeta o esa patria, o esa
conciencia y esa voz, son el término inquietante y
espejeante de esa búsqueda de identidad entre la
niebla.
Concluyendo, la obra poética permanece más allá
de todo esto abierta a la “lectura” que sea capaz de
hacer el receptor responsable y abierto a la
escucha, pero sucede aquí como a los magos en la
reflexión de Juan Crisóstomo, si se toma en cuenta que en la cosmovisión de Marina Germaïn, y por tanto
en su obra, son inseparables el viaje, la luz y
la verdad, no podemos olvidar que los magos no se pusieron en camino porque vieron la estrella, sino
que vieron la estrella porque ya se habían puesto en
camino. En camino hacia la verdad del ser, hacia sí
mismo como misterio primordial y respuesta
silenciosa, es entonces condición indispensable y presupuesto estético hermenéutico necesario
para el abordaje, la asimilación y para la comprensión –paradójicamente supraartística– de la obra de la
poetisa.
Y ello sucede porque la obra de arte unida a la
poesía, se muestra en su plena madurez justamente
cuando permite dejar de ser percibida como simple
“obra” o como “arte”, y se deja aprehender como
“revelación”, y como “liturgia”, ello es, praxis
creacional que trasciende al artista mismo, como
emergencia viva del sentido poético. Estamos colocados frente a una travesía necesaria,
frente a un viaje llamado a conducir hacia la Ítaca supraconceptual, mítica y simbólica, que no por simbólica y mítica
es menos real. Depende de nosotros responder –o
no– a la llamada de la poetisa.
Incursionar con sus versos llenos de una plástica, constituyen un modo peculiar de expresar
su mundo interior, pleno de las reminiscencias
místicas que hacen brotar de ese caudal una
obra-discurso original y audaz.
En este quehacer, la artista ha preferido realizar
una serie de estudios y búsquedas en torno a los
orígenes y confluencias culturales del simbolismo
esotérico, vinculándolo con la poética espiritual que
nutre las esencias del imaginario pictórico de las grandes culturas de la antigüedad: egipcia,
persa, griega, árabe, hindú y, en especial, aquella
más auténtica de nuestros ancestros.
Este concepto queda plasmado en su poemario,
mediante el cual la poetisa da continuidad al mágico
“hilo de Ariadna”, uniendo sus vivencias espirituales,
alrededor del cual ella fomenta una lectura
estético-filosófica del mundo.
Por sus motivos místicos, la trayectoria de la creadora incita a la comprensión sicológica de las artes plásticas. El
mensaje de su obra motiva a la reflexión sobre los
valores éticos y la preservación de nuestra identidad, unida a la espiritualidad, la poesía y
la diversidad de culturas, como se infiere de “Más
vale vivir dos juntos” y “En la constelación de todo
sencilla”, fundamentos pictóricos en su mencionado
libro.
De este modo, el universo vital de Marina Germaïn
(Santiago de Chile, 1966), ilumina su creación,
revitalizada con aportes del arte moderno.
Sus versos respiran y vibran con el corazón, nos
claman sobre la paz primordial del porvenir y el
hermoso fuego de construir o quizás, de reconstruir –como nos expresa en el poema “Madre Magna”- al
amparo de la justicia y la vigilia que otorga la
misteriosa sabiduría de la vida. Porque la
autora también invoca aquí sus tesoros más
duraderos, al pie de la llama que irradian sus arcanos
de luz.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
CARPENTIER, Alejo: “Este
poeta que llevo dentro”, 2 tomos. Selección de Zaida
Gómez, Editorial Letras Cubana, La Habana, 1980.
GERMAÏN, Marina,
“Himinam”, Colección Caminos de la Poesía, Ediciones
Baquiana, Miami, Florida, 2011.
LEZAMA LIMA, José, “El
acto poético y Valery”, en Confluencias, editorial
Letras Cubanas, La Habana, 1988.
MARTÏ, José, en Obras
poéticas, tomo II, Material de consulta, Editorial
Ciencias Sociales, La Habana, 1977.
PAZ Octavio, prólogo a,
“Poesía en movimiento”, editorial Siglo XXI,
ediciones, S.A. México, 1966.
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Jorge Antonio Pérez
nació en Pinar del Río, Cuba (1956). Poeta, ensayista, prologuista, comentarista y
crítico de arte. Entre sus poemarios publicados se encuentran: Cuarta Dimensión
de la Tarde (2000); Inusitado Abril traen sus manos (Pegaso
Ediciones, 2001); Sobre un rayo de luna cabalgando (CEPI, 2006) –
Mención de Honor del premio de poesía “Salomón de la Selva” 2006; y Envuelta
en magia claridad de aurora (CEPI, 2007) – poemario ganador del premio
Salomón de la Selva 2007. Ha sido ganador de varios premios literarios en
certámenes locales e internacionales, tales como: Primer premio del V Certamen de Poesía
al Amor y del VI Certamen de Poesía al Mar – Conil de la Frontera, Cádiz,
España (2001); Primer premio en el género de teatro “Alberto Gutiérrez de la
Solana” y en el género de poesía “Eugenio Florit” del CCP en Nueva Jersey
(2007), entre otros. Forma parte del libro Homenaje a Miguel Hernández en su
centenario (Ediciones Baquiana y CCE, 2010). Sus poemas, cuentos, crónicas,
ensayos y artículos han aparecido en publicaciones y antologías en varios
países, tales como Argentina, Costa Rica, España, Estados Unidos, Francia y Venezuela.
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