Una música para septiembre
Toda la
música cabe en la taza de café
que había
allí, como un alma paciente,
esperando que
los sonidos rebosaran
por los
bordes, y recordasen sin dudas
las notas de
un arpa, que quizás fuera
el sueño
fugaz y leve, de estar contigo
charlando en
este velador de la plaza,
iluminada por
un discreto foco de luz
que nos llega
como un juego limpio y
de leves
sonrisas, y manos acariciadas.
También
oíamos en el fru- fru del aire,
los acordes
brillantes y bellísimos de
la música de
Wagner, rebotando sobre
el muro frío
de la catedral de enfrente;
también oí la
música de orquesta que
otros
ignoraban, demasiados críticos
de una época
que no olvidamos jamás;
sin embargo todavía esa obertura, nos
izaba entre
tanto escombro que suena
a ras de
tierra, mezcla de los afanados
por esconder
la emoción, cuando aún
sonaba
vibrante, la llamada urgente y
audaz de la
cabalgata de las Valkirias.
Evocando a Dworac
Ahora llega
inquieta a la memoria
la necesaria
urgencia de su música,
ahora que
camino solo y desvelado
entre todos
los árboles que aroman
ese bello
jardín que imagino único,
quizás
elegido para un concierto
que procuraba
largo e indelebles,
resonando en
el cielo templado de
estas suaves
noches de septiembre.
Ya regresa a
nosotros la armónica
emoción del
amanecer americano,
la danza
armoniosas de las infinitas
praderas, que
Dworac llevó desde
el paisaje
melancólico y oscuro de
Chequia, como
la raíz de una tierra
única para un
patria recién nacida,
y así se nos
regala, generosamente,
su apasionada
vocación, la belleza
siempre
increíble y evocadora, de
la gran
Sinfonía del Nuevo Mundo.
Asomándome al Gran Cañón
Podríamos
regresar a los tañidos
del violín, a
las arias de los oboes
dulzones, y
escuchar los sonidos
íntimos de
Gershwin por ejemplo,
dejándonos
sobre el Gran Cañón
las
maravillas de una suite hecha
solo para
cerrar los ojos, y sentir
al final la
paz que nos trasciende,
el gozo que
reposa en el espíritu,
casi siempre
esquivo y tan silente,
tras de una
larga mesa de oficina.
Para un músico
(
A Enrique González
y Salvador Martínez)
Había
descubierto su música un día
de cielo
lluvioso; en la serena quietud
que necesita
la reflexión y el estudio,
en la
tranquila memoria de un repaso
al fondo de
los recuerdos, de las fotos
ocres
mostrando sellos antiguos, y un
boceto de
pentagrama leído; que vine
a hablar con
Enrique González, quién
sí supo de la importancia necesaria
que exigía
una calidad sorprendente,
llegándonos
la emoción y el misterio
a cuantos
escuchamos aquellas notas,
que nos
fueron ocultas por días y años,
una mazurca
plena de agilidad y ritmo,
el vals
melancólico tan nostálgico, la
armonía
amable de un tono de minué,
o una bella
composición hecha para la
guitarra,
ofrecida a todas las sinfonías
del mundo;
fue como un arcano tesoro
en el baúl
que casi siempre se olvida,
dejado en los
desvanes de las casas.
Habíamos
encontrado a un músico de
aquí nacido
entre nosotros ya un siglo,
Murcia fue
su patria y su espacio, para
darnos, como
dijo Salvador Martínez,
un singular
compositor y un indeleble
y completo
intérprete, que merece por
cierto, que
esta mágica tierra nuestra,
le ofreciera
su recompensa y su favor;
se llamó
Antonio López Villanueva, y
con toda
modestia, que casi no se oiga,
os diré en
voz baja, que era mi abuelo.
Oyendo el west de Kristofferson
Estuve oyendo
en la madrugada de Donosti
la música de
guitarra, la armónica y la voz
aguardentosa
y grave de Kris Kristofferson,
el West en agosto, oloroso de brisa de mar
y sabor a
balada, cayendo como lluvia leve
o como una
red de lágrimas sobre las caras
de asombro e
intactas, en un aforo cálido y
fiel, esos
gozosos fans mostrando el placer
de un tiempo
muy especial y otra armonía;
un escenario
discretamente familiar y muro
de losas
como fondo, las luces muy suaves
y el sonido
imborrable y mágico del cantor,
iluminando
aquel paisaje humano, de manos
ondeándose en
la emoción, y con su éxtasis,
que era sin
duda, el triunfo inevitable y justo
de tanta
belleza que nos regalara esta noche.
La cita es en
San Sebastián, donde tiene un
espacio, los
recuerdos más nobles de su
intimidad
casi personal, que ya nos inunda
con otro
ánimo, y de esta música que ahora
quizá nos
ofrecía, un pozo de sentimientos,
la ética que
esperamos, y un cierto sentido
en esta
singular melodía que nos conquista.
Con brazos
cogidos y dedos entrelazados,
Kris
trasmitía su devoción, y nos dejaba
el calor
misterioso de las canciones, que ya
formarían
parte de esta historia del mundo.
Buscábamos la
estética de sus palabras, el
tono tan
auténtico de sus obras, la armonía
más profunda
que nos genera el amor, y el
tiempo, según
nos canta Kris Kristofferson.