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Personajes:
Rodolfo
Agnia
Inquisidor
Viejo
Rafael
Demente
Ebrio
Tres
espíritus vestidos de prostitutas
Tres
espíritus vestidos de nobles (dos hombres y una mujer)
Ayudantes del inquisidor uno y dos.
Cochero
PRIMERA
ESCENA
Una
cárcel con solo dos celdas: Las paredes son de madera pintada de
blanco; sujetos a las paredes hay dos candelabros negros con dos velas
encendidas en cada uno. El piso es de tierra, hay dos puertas color
café; una en el extremo derecho y la otra en el izquierdo. Al centro
de la sala hay una gran mesa donde irán luego los objetos de tortura,
y a un lado de esta tosca mesa hay una silla de madera: ambos muebles
están sin pintar.
Rodolfo: (Entra
muy agitado, seguido por el viejo y Rafael) ¿Cómo es posible?
Entrabamos al pueblo y de improviso, a media mañana, la luz del sol
desapareció... como si ya no nos siguiera… no lo puedo explicar. En un
abrir y cerrar de ojos la oscuridad tragó nuestro transporte y nos
envolvió un silencio vertiginoso y gélido.
Viejo: (Muy
tranquilo) Es la maldición de la hechicera, pero no temas; pronto
todo acabará.
(Entra
el conductor dejando en el suelo dos maletas. Rafael saca dinero para
pagarle)
Rafael: Tiembla
así desde que aplastamos a un perro con la carreta. (Mira a
Rodolfo) Por accidente, claro.
Viejo: (Aguarda
a que el conductor se retire; este se va sin decir nada y Rodolfo lo
sigue con la mirada) Ya veo porque no te pudiste convertir en
médico. Pero tampoco te preocupes por eso; una de las pocas cosas con
las que puedes contar, es que siempre existe algo en qué ocuparse.
Rodolfo: El es
Rafael, lo he invitado a pasar un tiempo con nosotros… pero dime ¿es
cierto? ¿Quemarán a una bruja? ¿Quién es ella?
Viejo:
Tú la conoces.
Aunque por aquí mucho ha cambiado en tus dos años de ausencia; llegó
mucha gente nueva desde la aldea contigua, aunque algunos ya no están
claro. (Al decir esto empuña la mano izquierda y pasa el dedo
pulgar de esta a través de su cuello)
Rodolfo:
(Después de un momento de silencio) ¿Por qué piensan quemar a
alguien?
Rafael:
¿Está aquí un
inquisidor?
Viejo:
Le llaman el
pesquisidor general:Todo comenzó a mediados del año pasado, en el
apogeo del verano un incendio arrasó toda la sección del bosque que
está entre nuestro pueblo y los Pirineos. Las llamas devoraron todas
las plantaciones que se encontraban de ese lado del pueblo y mataron a
todo el ganado de las granjas aledañas y de la aldea que le sigue.
Rodolfo: Eso es
terrible, pero la inquisición ¿cómo llegó hasta aquí?
Viejo:
Los trajo el hecho
de que el pueblo no haya desaparecido. Estábamos en verano, en uno de
los más secos que se recuerden y exactamente antes de que las llamas
tocaran las primeras casas una copiosa lluvia surgió de la nada.
Rodolfo: Un
milagro.
Viejo:
Es lo que todos pensábamos, pero llegó entonces este hombre alto y
sombrío; haciendo preguntas y embestido de más poder que las
autoridades del pueblo, hasta que un día con sus dos ayudantes
taciturnos al irrumpir en la cabaña que primero se habría incendiado,
encontraron hierbas sin ningún fin terapéutico conocido, dibujos de
símbolos celtas y también algunos restos de la desaparecida raza: la
espiral, el awen y otras cosa más hechas en metal.
Rodolfo: Y ahora
piensan quemarla ¿Pero quién es?
Viejo:
Quién era. La
bruja Kenneth fue torturada arrancándole las uñas una por una hasta
que confesó todo lo que se les antojó imputarle.
Rafael:
Pero entonces
¿quién será asesinado ahora?
Inquisidor:
(Detrás de Rodolfo, con voz firme) ¿Quién será ejecutado?
¿Purificado para su salvación y la de la comunidad? ¡Todo quien sea
necesario!
Viejo:
El es el señor Lovel, su excelencia; el camino a su finca está
intransitable de momento, y a causa de las circunstancias
extraordinarias que nos aquejan, me tomé la libertad de aconsejarle
pernoctar aquí con nosotros.
Inquisidor: He
hizo bien, este es el lugar más seguro de momento. Exceptuando la
parroquia, claro. (Observa a Rafael)
Rodolfo: El es mi
buen amigo: el señor Santibáñez, Rafael Santibáñez; estudiante de
medicina en la capital.
Rafael:
(Acercándose a Rodolfo) En vista de tan ilustre compañía, y
considerando mi volátil temperamento, será más aconsejable y seguro
que dé una vuelta mientras pensamos en si salir huyendo en espera de
que estos terminen su misión o quedarnos y ayudar en lo que sea
posible. (Con la mirada le indica que Agnia se encuentra en una de
las celdas. Da unas palmadas sobre el hombro de Rodolfo y camina hacia
la salida)
(Mientras se retira
sin despedirse, comenta observando al inquisidor:) Es toda una
muñeca mi sombrío amigo; y puede que algo más; ni entre las damas más
distinguidas he visto rostro de semejante delicadeza, de presencia más
viva y profunda. (Sale golpeando fuertemente la puerta al cerrarla)
Rodolfo:
(Después de un momento, luego que el inquisidor vuelve su mirada hacia
él) Preferiría estar aquí con ustedes, si no existe inconveniente.
Tal vez pueda serles de ayuda llegado el caso.
Inquisidor:
Trataremos de no importunarlo caballero. Pero si, es mejor que
permanezca cerca; así sabremos si la bruja intenta inducirlo a
liberarla o lo que sea. (Silencio, y luego como hablando consigo
mismo:) La oscuridad cada vez se desplaza con mayor voracidad,
parece mirarnos e incluso respirar.
Rodolfo: Ella es
la viuda Macchan ¿Qué hizo?
Inquisidor: Según
tengo entendido señor, ella no es viuda, más bien su esposo
desapareció, la abandonó. Y por cierto, algunos aldeanos declaran que
no es del todo cierto; que más bien ella lo hizo desaparecer. Además
fueron encontradas en su hogar, al igual que en el de otras imputadas,
varias figuras profanas y…
Rodolfo:
(Interrumpiendo) Restos de la cultura celta: existen algunas
ruinas por los alrededores, incluso mis antepasados y los de muchos
aquí fueron druidas, lo que no nos hace a nosotros ateos o paganos…
Inquisidor:
(Alzando algo más la voz) No tema por el error de sus antepasados,
pero si a la comprobada culpabilidad de la imputada, y si me permite
continuar, lo más importante: es que la oscuridad que se mueve como si
estuviera viva tragándose murallas, casas enteras y ahora el sol mismo
en este despejado día, es su diabólica obra.
(A sus dos ayudantes,
que entran moviéndose torpemente, sonrientes, portando un enorme
serrucho y viéndose mutuamente con sus ojos adormilados:) déjenlo
a un lado de la mesa: limpien las pinzas y traigan más leña (salen
con las cabezas bajas). Con su permiso. (sale por la otra
puerta)
Viejo: (Luego
que el inquisidor hace mutis) La descubrieron enseñándole a una
niña a encontrar objetos perdidos; hoy fue el juicio acusatorio y la
mujer que espiando descubrió todo nos lo ha narrado: Ella dijo a la
pequeña que así como la luz del sol puede ayudarnos a ver la imagen de
nuestro rostro en un espejo, la luz de la luna nos permite ver el
reflejo de nuestra alma sobre la tierra. Dijo que al provenir nuestra
alma desde Dios, al igual que El, está en condiciones de acceder a
todo el conocimiento, por lo que con solo poner un dedo en la tierra,
exactamente cuando la luna llena esté en el cenit y pensando
intensamente en el objeto amado; del dedo se desprenderá una delgada
hebra de tu sombra, y esta te llevará al lugar donde el reflejo de tu
amor se encuentre.
Rodolfo: ¿Y si
solo era un cuento para divertir a la niña?
Viejo:
Luego le dijo
Agnia a la pequeña que para acabar con las matanzas, ella había
desatado la oscuridad que devoraría al pueblo y convertiría a sus
habitantes en polvo y barro si salían de sus hogares. Dijo que había
enterrado el símbolo de su amor a las afueras del pueblo para así
estar en condiciones de invocar a la maldad oculta en la noche y que
ahora, carente de él, la oscuridad la atraparía y no podría romper el
hechizo, pero que a un niño nada le ocurriría.
Rodolfo: No puedo
creerlo.
Viejo:
El objeto es una
cruz de plata.
Agnia:
Y mientras no
salgas a las calles nada te ocurrirá.
Ebrio: (desde
fuera) ¡Qué peste! Aj ¡quieto jumento! (Entra).
Esta es nuestra vida;
pasarla entre quejidos y lamentos. Toser y sudar,…siempre algo duele,
o molesta un poco… y solo te resta el quejarte. Berreas de chico,
berreas de viejo. Mira al oscuro bosque bramante; los lobos te
esperan, creen que te pudres en vida, pero es solo tu condición
natural. Tienes que venir dispuesto a luchar, tienes que ser un
masoquista y la pasaras bien, que torcido muladar.
Aquí tienes a un
andrajoso perdedor; remedo de hombre, pestilente y meado, hablando
incongruencias, divirtiendo a los hipócritas. (Mira con extrañeza a
Rodolfo)
No, simplemente no
resistí los hechos cotidianos; menudencias insignificantes… El saber
que el deseo es algo que jamás se extingue. Te abraza sólo un poquito,
sólo para que te sientas incómodo; y te das cuenta de que realmente
estamos incompletos.
Pobre de quien no logra
hallar lo que necesita; la peor tortura es la más lenta; escarnio de
infelices pusilánimes, mofa a valientes sin suerte, venganza de los
siglos que quieren volver a dormir. (Ve a los inquisidores).
Pero calla, que la madre de las bromas humanas está aquí pronta a
consumarse. (Ya no dice nada más y permanece a un costado
tambaleándose. Algo negro como el petróleo se mueve entre su cuello y
brazo izquierdo).
(Los
dos ayudantes del inquisidor dejan una pesada silla metálica y salen
por donde entraron. El inquisidor se queda ordenando algunos papeles y
haciendo anotaciones en un libro)
Rodolfo:
(Ignorando al ebrio, señalando al hombre de la primera celda) ¿Y
él?
Viejo:
Juan perdió la
razón. Piensan que está hechizado.
Rodolfo: ¿Por qué
lo dicen?
Viejo: (Al
demente) Adelante, di tu parte.
Demente: (Se
aclara la voz)
Fuerte te jala la nada
(haciendo pantomima)
Resignado, lleno de
lágrimas pesadas,
Colmado de deseos rotos,
lloro.
Mira que rápido muere el
tiempo
Pasa tan quedo que apenas
y lo sientes (se aproxima a Rodolfo)
Tienes los ojos fijos en
la muerte pero aún no lo sabes;
Oh, así no vale.
El silencio espeso carga
nuestras lágrimas
Lastimeras preses tocan
las nubes
-y que sonora carcajada-
¡Mírame! (Rodolfo se
asusta) realmente mírame
Y no rompas a llorar, por
favor, no lo hagas.
¿Cuánto resistiremos
estar perdidos?
Ya es tiempo de callar,…
de morir. (El ebrio cae muerto pero no lo notan)
Victor:
¿Eso es estar hechizado? ¿Y qué tanto lo está?
Viejo:
Adelante, di algo
más. (Los inquisidores entran y sacan el cadáver del ebrio)
Demente:
(Piensa un momento) Tiene como trasfondo la huella de nuestros
pasos el perfume de lo trágico.
Uno a uno nuestros días
pasados defienden en vano el que solo pasaron.
Cruel y melancólica es la
hora en que miramos atrás.
Una sola hebra entramada
por futilezas nos rescata del foso miserable;
De lo descartable.
Y si los momentos
invariables se pierden
Si la condena eterna a
secarse y perderse empaña nuestra alegría
El único desquite honroso
y glorioso ante el rostro fatídico del porvenir
Es la ardiente entrega,
la pasión fatigosa; coraza que ni el menor mal penetrará.
Rodolfo: No me
convence.
Agnia:
¿Y si leo de tu
mente lo que a nadie dijiste? ¿Eso te convencería de que la magia
existe?
(Rodolfo no responde)
Agnia: (También
se aclara la voz. Observa a Rodolfo)
Lejos del engaño
apasionado de los deseos
Cubierta por la luz
plateada de la verdad
Estas sonriendo,
dulcemente enseñándome a amar.
Así en la quietud
armoniosa de tu risa despreocupada
Junto uno a uno los
pequeños detalles para jamás olvidar.
Agotan las páginas
inmaculadas así como las profanas.
Nada cambia el inexorable
fluir del indolente silencio…
Pero si tal vez diligente
devoro tus caricias, tus gestos,
El cálido torrente de
verdadera vida que derrama tu mirar,…
Tal vez pueda esta noche
ser eterna. (El inquisidor golpea la celda para que calle y ella se
asusta. Luego sin prestar atención a su fustigador:)
Pero seguro que ya lo
olvidaste. (Observando a Rodolfo retrocede hasta el fondo de su
celda; a las penumbras)
Viejo:
Debo asegurar las
puertas de la parroquia, tal vez tu amigo me esté esperando en la
entrada. (Sale)
Inquisidor: (Se
acerca a Rodolfo) Con que sus parientes fueron celtas. Y no solo
eso, sino que además druidas. Dígame, ¿le enseñaron algo sobre el
poder mágico del roble, sobre curar con muérdago? (Ríe en forma
desdeñosa)
Rodolfo: Tales
prácticas se perdieron hace mucho. Seguramente debe usted saber que
solo se transmitían de forma oral para que así estuvieran más seguras;
esa fue su perdición. Pero usted a diferencia de ellos detalla todo
para el próximo juicio.
Inquisidor: No
anoto nada, solo destaco detalles para después reconocer a los que
oculten algo; en nuestro manual está todo especificado, incluso la
forma de dar luces a un actor del mal y claro, como aniquilar en forma
efectiva este esbirro del siniestro. Mire usted a la acusada, vive
sola, lo cual es un indicio importante según el Maleus. (Cierra el
pesado libro)
Rodolfo: Al estar
su esposo desaparecido no puede ella ser nuevamente cortejada, usted
lo sabe.
Inquisidor:
Cierto. Pero igualmente es un indicio que pasé por alto al considerar
su aspecto agradable; el cual me hizo no sospechar de ella al
conocerla… y si no hubiera sido por la acusación de su vecina tal vez
nunca hubiera registrado su hogar y encontrado luego el resto de
pruebas que la incriminaron.
Rodolfo: Creo ya
haberle mencionado que esas piezas metálicas se encuentran muy
fácilmente por estas zonas. Y aunque no lo fuera así… (Se detiene
recordando con quién está hablando)
Inquisidor:
(Avanzando hacia Rodolfo) Veo miedo en sus ojos. Pero no tiene de
que temer; sepa que soy un hombre de mente extremadamente abierta y
créame que nunca he castigado a alguien que no lo merezca, a alguien
que no haya utilizado estos conocimientos que intentamos erradicar en
lastimar a otros. Déjeme darle un ejemplo. ¿Conoce usted el
zoroastrismo? ¿No? Es una religión que tiene más de tres mil años de
antigüedad y que básicamente es muy similar a la cristiana en cuanto a
la actitud que se debe tomar frente a la vida, con la singular
diferencia de que en este caso a los muertos se les deja a la merced
de los elementos para que cuando solo queden algunos restos, estos
sean llevados hasta el mar por medio de la lluvia que los vierte en un
arroyo o rio cercano… Y le diré que a ellos no me interesaría
perseguir; aunque me parece que ya no existen; fueron mermados por los
bárbaros o algo así. Veían al fuego como una manifestación de Dios, es
hermoso ¿no lo cree usted?
Rodolfo: La bruja
que detuvo la lluvia no creo que atacara a nadie.
Inquisidor: Tenía
mucho poder y era demasiado altiva. Además mezcló la cruz con un
símbolo profano; eso terminó por sentenciarla. (Se refiere a la
cruz celta)
(Rodolfo permanece mudo)
Pero déjeme seguir
contándole sobre mi extremada afabilidad para con aquellos que son
“diferentes”. Mire usted: hace poco conocí al mercader que ha llegado
más lejos que ningún otro en sus viajes; él me contó de que en la
India un culto algo más antiguo que la cristiandad enseña a conocerse
a sí mismo y a dejar de lado todo lo superficial para así crecer por
dentro y despertar a la realidad… real (sonríe) ¿no cree que
hay muchos extraviados? Pero le diré que personalmente tampoco a ellos
los perseguiría, después de todo no se consideran una religión en sí
al no creer en una divinidad superior, como por ejemplo lo hacen los
infieles. Y hablando de ellos, a este mercader se le ocurrió decirme
en presencia de mis ayudantes que para él y otros más, tanto
Zoroastro, como Buda, Jesús y el mismo Mahoma, además de otros que no
conozco del todo como Maneo, son todos enviados de Dios, intentándonos
enseñar cada uno, de a poco, una parte de lo que necesitamos aprender
en nuestras distintas vidas, y que el tiempo y los hombres corruptos o
derechamente bobos han malinterpretado sus enseñanzas. ¿Lo cree
posible?
Si hubiéramos estado
solos, le confieso que le habría dejado ir ya que era un buen hombre y
muy amable conmigo y todos en general,… pero me vi obligado a
ahorcarlo. (Pausa) Era un buen amigo, solo que no sabía en qué
creer y bueno, resultó ser demasiado confiado.
Rodolfo: Intenta
bajarme la guardia. Sus esfuerzos son inútiles, nada tengo que
ocultar.
Inquisidor:
(Sonriendo) Pero no se moleste,… sólo es parte de mi trabajo.
(Guarda cuidadosamente el libro en una alforja)
Rodolfo: No puedo
culparlo por ser intolerante con los que son diferentes; a mí no me
molestan tal vez solo porque me son indiferentes.
Inquisidor: (Se
indigna)
Pero acaso ¿no sabe que
es más que eso? (Agnia interrumpe)
Agnia: (Con voz
masculina y alzando una mano y dedo índice como amenazando) ¡No
tolerarás que viva un envenenador!
Inquisidor:
(Golpea la celda y Agnia se asusta) Nos veremos luego. (Sale)
SEGUNDA
ESCENA
En una
umbrosa calle desierta. De fondo una pared derruida; a los pies de
Rafael una espesa niebla.
Rafael: (Se
detiene a mitad de la calle a ver como la oscuridad baja por las
paredes. Intenta armar un cigarrillo) Esa debe ser Agnia. Una
sonrisa entre desafiante y burlona, la expresión del rostro –de
detalles exquisitos- aburrido y algo altanero. Rubia, de amplios
hombros, delgada y alta… (Enciende el cigarro) La describiste a
la perfección mi amigo.
Una mujer así puede encender
la vida en un hombre. Haciéndolo distinto a como era antes, más cabal,
siempre mejor, despertando en su interior lo único que podría llegar a
ser. ¿Pero qué me hace pensar de esta manera? ¿Será acaso solo la
belleza lo que amo? (Tose y arroja molesto el cigarro)
Tal vez la razón por la cual la belleza fascine tanto a
un hombre como yo, sea por el hecho de estar al otro extremo de
aquello a lo que más le
teme,… o sea a lo desconocido. Así, mientras que lo desconocido nos
atemoriza por ser algo imposible de predecir, algo incierto y
desconcertante, imposible de controlar, ni de saber cómo se deberá
actuar; la belleza simplemente se posa ante nosotros, sin propósito ni
costo. Es algo simple, solamente debemos limitarnos a contemplarla,…
es pura, placentera, sublime y hasta mágica. Por eso, mientras que lo
desconocido pasa a ser lo incierto, lo falso; a la belleza le toca ser
la verdad, algo real y mágico a la vez, que sirve de nexo entre este
mundo y el de lo intangible, convirtiéndose entonces en la entrada
hacia lo único por lo cual si vale la pena el sacrificarse.
(Del
sector más oscuro de la calle surgen tres prostitutas)
Espíritu uno:
(Sonriendo igual que las otras dos) Dinos ¿Por qué única cosa en
el mundo valdría la pena sacrificarse?
Rafael:
(Sonriendo)
No pensé que
hubiera damas como
ustedes en semejante grieta. Tan apartadas de las ciudades debe
matarlas el aburrimiento.
Espíritu dos:
(Igual de alegre que las otras dos) Dinos ¿Cuál es el mundo que si
puede valer la pena?
Rafael:
Te lo diré a cambio
de un beso. (Se aproxima a ella y la besa) ¡Dios vivo! Jamás
sentí labios más fríos. Es mi deber de caballero señorita, el llevarla
a resguardo de tan inclemente clima: debe ser usted en extremo
delicada.
Espíritu
dos: Jamás oí hablar
tan bien a alguien sin saber lo que realmente dice. (Las tres ríen)
Rafael: (Aún
sonriendo) Me refería al mundo real, al mundo del que nos
apartamos al perder algo en nuestro interior.
Espíritu
tres: Escuchen bien a
este. ¿No les he dicho siempre que no son tan estúpidos?
Espíritu
uno: Adelante, dinos
qué se perdió.
Rafael:
No lo sé. (Ellas
ríen, pero él no se inmuta). Pero sé que algo perdimos, y de no
ser así entonces ¿Cómo explicar que antes los hombres podían hablar
con Dios? ¿Por qué podíamos antes hablar con sus ángeles? Nuestros
antecesores podían comunicarse con los espíritus de la naturaleza.
Espíritu dos:
(Mirando a Rafael y luego a sus dos acompañantes) Puede que antes
sin ley ni ciencia, la única esperanza de resguardo para el hombre
estaba en los cielos, eso los acercaba más a la verdad. Pocas cosas
son tan intensas como el miedo; luego de una horrenda pesadilla,
además de despertar sin sueño ¿no te sientes diferente?
Espíritu uno:
(observando con enfado a la dos) ¿Qué has venido buscando por
estas tierras? Sabes que no perteneces a esta porqueriza.
Rafael:
Supongo que es la
misma razón que me hizo rebajarme a hablarles; puede que nuestra parte
animal sea la que contaminó nuestra esencia divina y nos alejó del
sentido de lo importante. Y si este fuera el caso, no tendría objeto
el buscar la forma de ser puros y solo habría que dejarse agasajar por
las delicias del paseo dejándonos llevar fieles a lo que somos.
(Toma al espíritu dos de un brazo y la aproxima hacia él. Ella se deja
hacer.) Somos demasiado pequeños en comparación con la vida; no
tiene objeto que intentemos dilucidar su propósito.
Espíritu
tres: Viniste porque
se te presentó la ocasión. (Las tres se ríen en forma despectiva.
Paran de hacerlo y se aproximan a Rafael)
Rafael: (El
espíritu dos comienza a besarle en el cuello y el permanece serio y
con la vista extraviada) A veces el entendimiento nos llega de más
allá de la razón. (El espíritu dos lo mira a los ojos, lo besa
apasionadamente y luego muerde su cuello. Él conserva la calma.)
Puede que el mundo esté condenado por ser viejo, demasiadas cosas
horribles han ocurrido. Un día la sangre y las lágrimas saturarán la
tierra y asfixiarán nuestras almas corrompidas, nuestra alma
empequeñecida.
(Rafael
cae y las tres se abalanzan sobre él. Las luces lentamente se apagan
mientras parece ser devorado.)
TERCERA
ESCENA.
En el
bosque. Camina Agnia llevando una cesta con víveres que compró en el
pueblo. Su vestido es café y ceñido en la cintura; su blusa es blanca.
Agnia: (Actúa
jovialmente y de muy buen humor) Es algo infantil ¿no crees?
Seguirme y ocultarte cuando volteo.
Rodolfo:
(Intentando parecer sereno) No es seguro que camine sola por el
bosque.
Agnia:
Y tú quieres ser
mi salvador. No te vez demasiado peligroso.
Rodolfo: La
apariencia no lo es todo.
Agnia:
Mira lo que acabo
de encontrar. (Deja la cesta en el suelo y saca de ella algo.
Enseña a Rodolfo una cruz de plata sujeta por un tramo de cuero negro)
Rodolfo: Pensé
regalarte algo antes de irme.
Agnia:
¿Sin que supiera
que se trataba de un obsequio tuyo?
Rodolfo: Eso no
cambiaría su significado.
Agnia:
Supongo.
Intentarías ir algo más lejos que el resto queriendo convencerte de
que amas algo más que mi belleza.
Rodolfo: No lo sé;
podría ser cierto.
Agnia:
Es una buena
interrogante ¿Pero cómo saberlo?
(Quedan
en silencio)
Rodolfo: (Con
bastante esfuerzo) Me siento triste cuando no te veo.
Agnia:
Solo prueba que
eres sensible.
(Otro
silencio)
Rodolfo: ¿No
sentiste esa especie de estremecimiento recorriendo tu espalda la
pasada primavera? Estábamos rodeados de gente, pero solos a la vez.
Agnia:
(Fingiendo emoción) ¿Una especie de sobrecogimiento sin siquiera
vernos? ¿Al encontrarnos próximos? Algo tan…íntimo… (Con la misma
voz de antes) Ya lo había sentido antes; no es nada especial.
(Silencio)
Agnia:
¿No me dirás que
piensas siempre en mí? ¿En lo bonita que soy? (Rodolfo no responde.
Comienza a dudar.)
Agnia:
(Sonriendo) ¿Y si solo se trata de dejarse llevar? (Se acerca a
Rodolfo) Cuando miro tus ojos simplemente sé que me gustas. No es
algo que medite, sólo ocurre.
Rodolfo: Creo que
eso no basta ¿Qué sucedería si encontrara a otra más hermosa?
Agnia:
O más encantadora.
Bien pensado. (Camina hasta situarse detrás de él, mirando los
árboles)
Estamos muy a gusto aquí
¿cierto? Disfrutamos del silencio juntos: tú te ves abrumado, pero aún
así,…bastante a gusto. (Vuelve a su sitio frente a él y luego
continúa hablándole muy próxima a su rostro) Siendo sincera
también disfruto del silencio estando sola, pero prácticamente nunca
estando acompañada. Es maravilloso estar con alguien sin la necesidad
de hablar o aparentar estar del ánimo adecuado para no incomodarle, o
lo que sea…
Rodolfo: Es otro
aspecto a nuestro favor; somos similares, nos toleramos muy bien.
(Ella
lo estudia minuciosamente, lo toma suavemente de rostro con ambas
manos y lentamente lo besa en los labios. Es un beso corto, pero
permanecen largo tiempo observándose sin cambiar de postura)
Agnia:
Que sencillo
resulta… En otros casos con esto bastaría. (Lo mira fijamente y por
primera vez se muestra seria). Quieres decir algo, pero te
contienes. (Baja los ojos y suspira a la vez que apoya su frente en
el mentón de Rodolfo) ¿En qué piensas?... (La luz lentamente
desciende) ¿Estás tan decepcionado como yo molesta? ¿En qué
piensas?
Rodolfo: Está
oscureciendo.
CUARTA
ESCENA
Rodolfo
despierta. Está sentado tras el escritorio del inquisidor, haciendo
equilibrio con la silla.
Rodolfo:
(monólogo mientras ve a Agnia)
¿Quién está detrás de tus
ojos?
¿Quién irradia la belleza
que tu piel refleja?
Suave sopla siempre tu
recuerdo en mi alma
El toque sublime de tu
presencia mantengo invariable en cada aliento.
Todas las cosas arrastran
dejos sutiles de muerte;
pesadas lágrimas
intangibles corroen nuestros anhelos.
Quedan grabadas a fuerza
de monótona cadencia
Todas las penas,
decepcionantes rencores,
Abatidos amores; víctimas
de humanas debilidades.
Pero ¿por qué la
felicidad solo puede pender de la fortuna?
El azar subyuga nuestras
acciones; nuestros deseos nadie.
Y aunque el necesitarte
tanto nada signifique;
El cambiar o no las cosas
no es lo importante.
(Entra
el inquisidor bastante molesto. Los ayudantes le siguen, entrando
rapidamente y visiblemente asustados. Se acerca a Agnia. Ella lo mira
en forma burlona)
Inquisidor:
(Sujeto a las barras de la celda y jadeante) Pecas ante el sagrado
propósito de nuestra preciosa empresa (Golpea con la palma derecha
los barrotes); nuestro piadoso servicio para el hombre.
(Susurrando) ¿Entiendes? ¿Entiendes que tu viciada presencia
ofende al divino plan de nuestra existencia? (Mira a sus hombres,
luego continúa)
¿No creerás que gozo al
torturarlos? al intentar purgar vuestra carne corrompida, siendo que
verdaderamente no nos corresponde el juzgarlos... (Sonriendo
lastimosamente) Pero no existe otra forma en que pueda mi
autoridad ayudarles a aligerar tamañas faltas ¿cierto? (pausa)
Mírame bien perdida. Te
prometo que hoy dejarás tantos crímenes en esta tierra como alaridos
tú corrompido cuerpo soporte exhalar.
¡Preparemos todo! El
fuego la purificará. (Salen los tres inquisidores).
Agnia:
(Comienza a llorar. Luego se repone un poco y grita:) ¡Ni con mi
muerte esto acabará! (Luego se dirige a Rodolfo) Al cabo de
siete días todo habrá culminado, todos en el pueblo lo saben excepto
ellos.
Rodolfo:
(Parece no haberla oído. Monólogo:)
El pulso de odio
irrefrenable me carcome;
Ímpetus salvajes por tu
carne me fustigan.
La sangre de vida hierve
anhelando estrecharte.
Ciego el deseo penetra de
tu presencia por mis poros
Tu piel de hielo trémula,
fragante y pura devociono. (En voz alta, levantándose)
Si mi dolor y aliento
pueden trocar tu infelicidad
Sin pensarlo las ígneas
brasas del averno abrazaré.
Agnia: (Al
intentar Rodolfo salir) No te reconozco ¿Es que no me amas? ¡No
salgas si alguna vez me quisiste!
Rodolfo: Si amarte
es dejar que lo injusto siga su curso
Si amarte es ser un
cobarde y nuevamente huir a causa de los demás
Nuestra agónica llama no
volverá a oscilar,…
Y que el peso muerto de
las calamidades inimaginables,
Que la vorágine de
salvaje locura que nos acosa
Infrinja su peor suplicio
sobre mis huesos.
(Sale. Por la otra puerta
entran los tres monjes)
Inquisidor:
(Los tres tienen la mayor parte de sus cuerpos cubiertos por la
oscuridad)
Este es el trasfondo en
la vida. (Oprime su mano izquierda y esta se rompe pues es de
barro)
¿Qué objeto tubo el hacer
lo que pude?
¿Dónde está la recompensa
a mis esfuerzos? (Cae tierra y barro por sus mangas)
Mira qué bien se paga el
venir al mundo
Parece ser una ofensa
(Mira al cielo cayendo de rodillas)
¿Qué modo tenía yo de
saber lo que esperabas de mí?
¿Esperabas algo?
¿Esperabas esto? (Muestra su mano faltante)
Los minutos, las horas,
los días.
Meses, años ¡qué
desperdicio!
Comer, cagar, dormir,
desear.
Rogar, anhelar, cumplir,
esperar
¿Pero que obtuve de esto?
¡Fue todo una vaciedad!
Pero si lo presentía
estando solo…
El silencio y la quietud
me lo advertían
Fue todo una vaciedad
(silencio)
Mis ruegos todos solo
obtuvieron silencio
Mi entrega desembocó en
dolor, en ingratitud. (Comienza a llorar y se tiende lentamente en
el suelo. Muere)
Ayudante del
Inquisidor: (Observa al inquisidor exánime)
Después de oír a este
extraviado
Ya tarde reconozco mis
errores.
Me entrego resignado y
arrepentido
Esperando al menos algo
en el purgatorio saldar… (Cae de rodillas)
Al pasado sólo se le
puede enfrentar.
(Cae
muerto al igual que el tercer inquisidor que susurra estando de
rodillas, antes de fallecer: “El mundo está condenado por ser viejo,…
demasiadas cosas horribles han ocurrido)
(Silencio. Las paredes de madera crujen de manera aterradora y las
velas parpadean. Luego vuelve a reinar el silencio)
(Entra
el viejo que esperaba a que los tres monjes murieran: toma las llaves
de las celdas y comienza a liberar a los dos cautivos. Dice: Rodolfo
fue por los caballos)
QUINTA ESCENA
Rodolfo:
(Afuera. Lo rodea la oscuridad)
¿Qué es esto? La
oscuridad parece mirarme.
Se mueve la noche cual
viva niebla,
Se adhiere a cuanto toca.
Ya ha cubierto el suelo.
Es tan densa y fría. Me
impide caminar.
Espíritu con voz de
mujer. (Con voz melodiosa y cándida)
Pequeños pasos cargados
de angustia
Oigo débiles pasos
aproximándose al final
Mira bien donde caminas
desdichado
Es más sencillo errar que
acertar.
Este mundo está lleno de
feas trampas
Piensa un poquito y la
razón me darás
¿Por qué la pena puede
más que la dicha?
Porque la tierra es
nuestra tontito (su voz se vuelve horrible)
Y tu carne de momento nos
saciará.
Rodolfo: Es como
si alguien me estuviera hablando.
Sus palabras inaudibles
se sienten pesadas
Y como si una gélida mano
intentara hundirme.
Tengo un desagradable
presentimiento
La impresión difusa de
pender ante un abismo,
De que algo estoy
perdiendo.
La lóbrega oscuridad
helada,
La soledad y el quieto
silencio juegan su macabra diversión conmigo.
Pero no temas; la razón
puede asesinar hasta al peor espíritu
Solo a la crueldad humana
he de temer
Solo a su estupidez
infinita
Pero no a quien desea
ultimar al trío de monjes verdugos
Con el no existe agravio
que saldar… (Intenta caminar y solo consigue dar dos pasos y se
agota)
¡Ah! la fatiga desciende
cual confortable velo vaporoso
El lastre de querer a
quien no debo me agota en sobremanera
Quisiera desembarazarme
de una vez de este peligroso capricho.
Espíritu 2: (Se
materializa y avanza hacia Rodolfo)
Mira en el fondo de esta
pesadilla sublime
El rocio del odio a la
vida nos quema en el alma
Toca si puedes el corazón
amargo de tu delito
Florece en dolor agónico
el botón de tu negra pasión
Estás equivocado si
piensas en escapar a la tortura
La fatalidad es
irresistible, incluso al amor
No importa cuánto llores
o clames
Estás desde ahora
condenado a revivir,
a eternamente sufrir…
Sin tenerla jamás.
Espíritu 3:
(Surge de entre las sombras, desde el lado opuesto al anterior
espíritu)
He aquí el filo
inclemente de la verdad
Las palabras
bienaventuradas no pueden penetrar el vacio ignoto de tu futura,
incarnal condición, pues en la eterna noche que aguarda, como gusano
ciego y mudo tu alama se arrastrará
Los velados ojos de la
razón sucumbirán bajo el influjo avasallador de interminables y
espesos alaridos de dolor.
No más juegos, espejos,
realidades convenientes.
No más destellos de
misericordia hacia los débiles que perecerán ante la majestad ardiente
de nuestra faz.
Los ecos añejos de
mentiras compasivas marchitaron
Y ahora al caer debelarán
la pura y serena oscuridad de la verdad… (Susurra al oído de
Rodolfo)
Se abren las fauces
abisales del negro trasfondo en las cosas
Musitar clemencia de nada
servirá
El ínfimo y patético
corazón agónico de tu pobre raza
Llegará desde aquí, desde
ahora a su final.
Rodolfo: (Cae
al suelo y al ver que Agnia se aproxima hacia él, dice en voz baja:)
¡Agnia! (Le falta
aliento, pero continúa)
¿Puede el vapor del deseo
velar al cálido semblante del inefable amor?
(Agnia no logra llegar a su lado y cae. Entonces él alza la voz)
Siempre anhelé el poseer
tu belleza
Estrechar el palpitante
seno de tu fresca vida
Sentirte mía respirando
el vaho sublime de tu sexo.
Cuantos miraron tu piel
deseosos de acariciar su tórrida fuerza sublime
Sin saberlo, sin
apreciarlo, jamás reconocimos el esplendor radiante de tu alma.
Tus ojos misteriosos, tu
figura esculpida por el fuego,
Gráciles gestos
involuntarios de natural encanto femenil;
Nada más que el objeto
más precioso eras…
¿Podrás perdonar mi
inferioridad?
¿Cómo pude verte
realmente solo ahora que todo se borra ante mis ojos? (Intenta
aproximarse a Agnia, pero no puede)
“¿Cómo puede ser tan
bella?” era la única forma en que te pensaba
Ahora que realmente te
amo, simplemente… porque si,
Porque tu mirar expande
mi espíritu y tu presencia me hace amar la vida
Me iré feliz por no haber
errado al menos en mi pasada certeza:
Eres preciosa.
Espíritu 3: (Se
aproxima lentamente hasta Agnia)
Tiemblas decepcionada
ante este pálido rostro, reflejo de tu alma
Deseas no mirar la
ridícula, patética expresión de tu interior
¡Pues es lo que eres y
nada más!
Remedo de animal
enclenque, vil espíritu empequeñecido
¿Qué eres sino un mero
adefesio?
Digno de lástima y nada
más.
Tu inteligencia no logra
ver más allá de tus deseos
Tus ímpetus desfallecen
ofuscados por el temor
Amas el bello objeto
inofensivo, callado, quieto que no puede
Verte ahogar en
insignificante tribulación.
La nada te aguarda y lo
presientes
Sabes que nada valioso te
llevarás
¿Ves a tu muerte infame,
apremiante acercarse?
Quisieras no sentir su
halito tan próximo y eso te encoge aún más.
Después de todo, el peso
pútrido de tus acciones banas jamás te permitiría descansar en paz;
No mientras respires, no
mientras desees lo que no te fue permitido. (Se le aproxima)
Consuélate sabiendo que
en el olvido eterno
Tus insignificantes
recuerdos se diluirán
La congoja lastimera de
no servir para nada
Finalmente desaparecerá.
(Breve
silencio)
Agnia: (Mira a
Rodolfo; sonríe y se muestra animada como siempre, a pesar de estar
desfalleciendo)
Cuanto brilla en este
mundo es objeto de solaz para todos
Y si mi apariencia se te
antojó como buena libación,
Un escape al monótono
deambular,
No debes preocuparte por
saldar ofensa alguna a mi sensibilidad.
Después de todo nadie
disimula peor que un amante- y menos si los ojos están puestos sobre
él.
No te vayas con el peso
de haber acosado mi indiferencia
Si pudiera besarte todo
aclararía
Pero a falta de aliento y
fuerzas dejemos el mundo sabiéndonos amados;
Sabiendo que un día tu
pueril admiración nos enlazó sin querer en lo más profundo y elevado a
lo que en la tierra nos es permitido aspirar;
y el cambio que trocó la
admiración a una forma y un tiempo ínfimos, nos consagró a la mejor de
las conclusiones.
(Agnia
y Rodolfo intentan acercarse; mueren sin conseguirlo. Los espíritus se
retiran. Silencio.)
Viejo: (Se
acerca primero corriendo y luego lentamente al ver a Agnia. Solloza.
El demente llega por detrás de él)
El mundo está condenado
por ser viejo… demasiadas cosas horribles han ocurrido. Los ecos de
tantos alaridos desgarradores, de tan injusta condición de desdicha en
que deambulamos acabarán por saturarlo, por abrir el umbral del voraz
averno y arrojarnos a donde merecemos.
Demente: (Se
arrodilla)
Lloras ante la impresión
de ver tan próxima la faz más oscura de la naturaleza, pero no viertas
más dolor en el viejo mundo sin comprenderlo. Estando aún las cenizas
tibias sólo se aprecia el gris aspecto de lo que se perdió y no el
conjunto maravilloso de componentes que hacen a la vida ser eterna.
Mira a tu alrededor. La
existencia necesita secarse para volver a latir; es su forma de ser, y
está bien que duela,… es necesario mantener la emoción, de otra manera
no seríamos eternos, ni humanos, ni la rueda del destino colectivo
podría mantener su permanente resurgir sin que la pena, el sufrir, el
amor, el deseo, la esperanza la sostengan y alimenten.
Parece horrible, pero
para que la eternidad pueda limpiarse es necesario el invariable y
llano cambio… (Recoge de la tierra removida la cruz de plata. La
contempla por unos segundos)
Ellos no han muerto, te
lo aseguro. Y te aseguro que así como el mundo parece hoy estar
condenado a morir reseco de vejez, dañado por el peso de millares de
suplicios insoportables, así lo parecerá en mil, en dos mil años más,
porque las personas no podemos ver demasiado y resistirlo, pero
entonces alguien nuevamente dirá ante el agotamiento de fuerzas y
esperanzas: “puede que el amor consiga nuevamente rejuvenecernos”.
(Las
penumbras se disipan)
TELÓN
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