Miami
Estados Unidos
Año XIII

Nº 75/76

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL JURADO

por

Javier María Goizueta Velasco

 

        En una sala de la Audiencia se halla reunido el Jurado, que se ha retirado a deliberar. Sus nueve miembros están sentados alrededor de una mesa ovalada, en cómodas butacas que invitan al sueño. El lugar es cálido, en contraste con el frío invierno de la calle. Desde la lámpara situada sobre el centro de la mesa se descuelga una luz intensa y blanquecina. Las puertas están cerradas. Los jurados se conocen unos a otros por sus oficios y ocupaciones, pero no por sus nombres.

     Preside el Jurado el ingeniero, por ser su nombre el que primero se extrajo en el sorteo. ¡Qué mala suerte!, se dijo. El ingeniero no desea discutir. Quiere acabar rápido y salir de allí cuanto antes. Tras un silencio inicial, él mismo abre el debate:

 

—Yo creo que ese hombre es inocente. Lo ha dicho bien claro, él es Víctor Méndez Ramos, Méndez, y no Mendes, hijo de Víctor Méndez y de Josefa Ramos. Lo ha acreditado con su pasaporte.

 

—Su pasaporte dice Méndez, en efecto —alega el estudiante de Derecho—, pero él se dice llamar Mendes, todos lo hemos oído con absoluta claridad. Sin quererlo, ese diablo se ha delatado a sí mismo.

 

—No entiendes nada, hijo —dice el sacerdote con parsimonia—. El hombre dice Mendes porque no sabe decir Méndez, es peruano y no sabe pronunciar la zeta.

 

El hombre al que juzgamos aclara el ingeniero— es Víctor Méndez, y el delincuente necesariamente ha de llamarse Víctor Mendes. En el lugar del crimen se encontró su identificación: Víctor Mendes, argentino; ese es el nombre que consta en su permiso de residencia. El procesado es peruano, nunca ha tenido permiso de residencia y es Méndez, con zeta, no Mendes.

 

—Pues eso, lo que yo digo, Mendes —se empeña el estudiante.

 

—Puede que el chico tenga razón —reflexiona el ama de casa tras una pausa, maravillada por el momento que está viviendo—. Si ellos no diferencian, ¿por qué hemos de hacerlo nosotros?

 

—¡Por Dios bendito!… —dice el ingeniero extrañado—. ¿No han oído hablar del seseo? Aquí también se sesea. Un sevillano dirá que ha estado en Saragosa aunque por ello lo cuelguen, lo mantendrá hasta la muerte, y sin embargo, habrá estado en Zaragoza; Saragosa no existe en los mapas.

 

—Sí, pero Mendes existe —se ofusca el estudiante—. Es el nombre que consta en el permiso de residencia que apareció en el lugar del crimen. Ese hombre es culpable.

 

¡Qué fastidio!, piensa el cartero. Él también tiene prisa, y quiere irse cuanto antes. Su experiencia le indica que cuando hay alguien molesto, como el estudiante, las discusiones no acaban nunca.

De igual modo, al presidente le incomodan las intervenciones del estudiante e intenta cambiar el rumbo que está tomando el debate, así que pregunta a un joven pálido y meditabundo que parece estar ausente:

 

—¿Y usted..., qué piensa?

 

—Yo me uno a lo que diga la mayoría. Acabo de tener un hijo y lo único que espero es que acaben pronto de discutir, quiero ir a verlo.

 

—¿Niño o niña? —se interesa el poeta.

 

—Es niño, un niño precioso, se llama Héctor. Nació a las seis de la mañana. 

 

Como verán, estoy cansado, no tengo ganas de discutir la culpabilidad de un borrachín. Todos los recién nacidos son deformes, nacen con formas monstruosas, nadie diría que el día de mañana llegan a adquirir aspecto humano… Eso pensaba yo, pero ahora que ha nacido Héctor… Si ustedes lo vieran… Es la criatura más hermosa que hay en la tierra.

 

—Estoy seguro —dice el poeta— de que tendrá una infancia feliz. Usted será un buen padre, y estoy convencido de que también tendrá una buena madre... Desafortunadamente, no todos tienen la misma suerte; hay niños que crecen desvalidos, faltos de amor... Víctor Méndez, por ejemplo...

 

—Eso es muy cierto —interrumpe el filósofo—: el hombre no es dueño de su propia existencia. Sin embargo, no se puede apuñalar a un cerdo en pleno centro. Puede que moralmente Víctor Méndez no sea culpable, pero la cuestión es si jurídicamente lo es. La sociedad tiene sus normas, votar es apoyar el sistema. Nuestro sistema establece que quien mata ha de ir a la cárcel. Yo estoy en contra del sistema, no voto. Me da igual que haga sol o que llueva, no voto.

 

—Sí, pero matar a un cerdo no puede conducir a un hombre a la cárcel —se despierta el maestro, que se ha escurrido en su asiento y ahora se incorpora—. Lo otro fue un accidente, no es culpa de Víctor Méndez.

 

—Eso está por ver —replica el estudiante—. ¡A quién se le ocurre dejar un cerdo muerto en medio de la calzada!

 

—Iba borracho —apunta el maestro, no era dueño de sus propios actos. Eso, creo yo, le eximiría de culpa.

 

—Lo cierto es que el cerdo se escapa a las once y cuarenta y cinco de la noche —comienza a explicar el presidente, que en este punto cree útil resumir los hechos—, eso es lo que ha declarado el responsable del matadero municipal. La calle estaba oscura, no lo vieron salir...

 

¡Sólo faltaba que lo hubieran visto!... interrumpe el filósofo—. El Ayuntamiento no ilumina bien las calles... Por otra parte, es el responsable del buen funcionamiento del matadero municipal... Nuestro Ayuntamiento, creo yo, es culpable de un despiste grave en la custodia de los puercos municipales... Quizás eso mismo lo haga responsable de la muerte del conductor...

 

—El conductor también iba borracho cuando chocó con el cerdo —interviene el poeta—. Posiblemente la culpa sea de él mismo. Por otra parte, conducía a una velocidad inapropiada, ¡noventa por hora!

 

—A esa velocidad no se hubiera salvado ni aunque fuera sobrio —alega el estudiante—. Por tanto, poco importa que fuera o no borracho. Si Víctor Méndez no hubiera dejado al cerdo muerto en medio de la calzada después de apuñalarlo, el conductor no habría fallecido.

 

—Sigo pensando que el conductor tuvo la culpa —afirma el poeta—. Si no se hubiera chocado con el cerdo, se hubiera empotrado en alguna farola, el resultado sería el mismo.

 

—¿Por qué no votamos ya? —se inquieta el cartero—. Ya se ha hablado bastante. Voto por la inocencia de Víctor Méndez, el cerdo lo mordió primero... Podría ser un caso de legítima defensa, de eso no se ha hablado aquí.

 

—El que un cerdo le muerda —dice el joven padre— no justifica que usted lo pueda apuñalar, y menos que lo pueda dejar por ahí tirado. Debe ponerlo en conocimiento de la autoridad.

 

El ama de casa está cada vez más animada y agradablemente sorprendida por los razonamientos que oye y, sobre todo, porque los suyos sean escuchados y fuente de diálogo. Así pues, decide añadir algo:

 

—Pues yo estoy en contra de que se mate a los animales. Propongo que se declare a Víctor Méndez culpable de matar al cerdo.

Todos se miran atónitos.

 

—Deje que le explique, señora —dice pausadamente el sacerdote—: el cerdo es aquí lo de menos. El problema es si Víctor Méndez es responsable de que el conductor perdiera el control al tropezar con el cerdo y muriera… el conductor, no el cerdo. El cerdo ya sabemos que está muerto y que lo mató Víctor Méndez.

 

—Dan ustedes por supuesto que Víctor Méndez mató al cerdo —dice el ingeniero—. Pues yo sigo pensando que no fue él, sino Víctor Mendes, argentino. El acusado no debería ir a prisión...

 

—Nadie lo intenta mandar a prisión —ataja el maestro—, solo que tenemos que decir si es culpable o inocente. No sé por qué, lleva seis años en la cárcel y ya ha cumplido de sobra su pena; aun cuando lo declaremos culpable, no lo condenarán a más de tres. En fin, si ustedes se empeñan… No entiendo cómo ha podido ocurrir algo así..., seis años..., pobre...

 

—El abogado de oficio que llevaba el caso enloqueció —explica el estudiante—. Esas cosas pasan, nadie tiene la culpa. Luego, el expediente quedó abandonado, incluso parece que llegó a perderse temporalmente, por eso ha durado tanto la causa, hasta que se dieron cuenta. Se ve que en el Juzgado, al haberse extraviado el expediente, desconocían que había un sospechoso en la cárcel. Al Juez anterior le gustaba leer, dicen que se pasaba el día leyendo a los filósofos clásicos, incluso en horas de trabajo, y no hacía mucho caso a los expedientes.

 

—Los filósofos son los grandes tontos de la humanidad —se regocija el sacerdote—. Cristo nos dio la respuesta hace dos mil años.

 

Se hace un silencio.

 

—¿Saben?… —reflexiona el joven padre, que se ha quedado pensativo después de escuchar las palabras del sacerdote, cuando llegué a la clínica con mi mujer, la conectaron a no sé qué aparatos para mirar los latidos del pequeñín y no se los encontraban. Estuvieron un buen rato así y creyeron que no latía ya su corazoncito. Imaginen ustedes el susto. Entonces me acordé de Dios y pensé en él con mucha fuerza, y pedí que le devolviera los latidos a mi hijito. Y Dios se los devolvió. Le prometí que si lo hacía, nunca más me olvidaría de Él. Ahora ya no puedo renegar. Yo pienso como el padre, la respuesta está en Dios.

 

—Yo también creo en Dios —afirma el ama de casa—, y pienso que todos deberíamos creer. Lo entiendo muy bien, joven; yo, cada noche, pido por mis hijas y por todos los míos, por los vivos y los muertos.

 

—¿Para qué pedir por los muertos? —se extraña el joven padre.

 

—Según los curas, para que alcancen la vida eterna —responde el ingeniero—.

La verdad, para desahogarse cuando uno no puede hacerlo de otro modo. Es lo mismo que has hecho tú, pedir por un muerto. ¿Qué le pedías? ¿El cielo? No, le pedías que te lo devolviera a este mundo. ¿Crees que el pequeñín iba a ser más feliz en este mundo que en el otro? ¿O pensabas en cómo serían para ti las próximas semanas sin él, en las lágrimas que derramarías en tu soledad infinita, tan absurda sin él? ¡Y su cuarto! ¿Te enfrentarías a ese cuarto sin sentido, ese cuarto de ilusiones y fantasías que durante nueve meses llenó tu vida? ¡Y esa cunita fría y enorme, eternamente sola…! ¡Qué terrible crueldad meter en el baúl de los recuerdos una esperanza que nunca llegó a ser! Es posible que yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo… ya lo hice una vez.

 

—Me alegro de que me comprenda…

 

—Mi padre se moría —continúa el ingeniero—. Era cuestión de horas, quizás minutos. No había esperanza y, a pesar de que yo nunca había ido a la iglesia, fui a la capilla del hospital y recé..., recé mucho, toda la noche. Me encontraba bien en aquel lugar cálido y agradable, abrigado por las llamas agonizantes de las velas. Sentí una paz infinita. Cuando amaneció, salí tranquilo y tomé café. Estaba sereno. Hoy me doy cuenta de que esa noche me preparé para asumir su muerte... Yo era joven, como tú, pero aún no estaba casado. Vivía con él y me sentía como si fuera un niño pequeño, desabrigado y solo ante el desapacible final del otoño, desnudo para afrontar el frío invierno, como se quedan los árboles en esas fechas. Subí a la unidad de cuidados intensivos y él ya no estaba. Entonces volví a la capilla tranquilamente, y allí encontré a mi madre con la cara sonriente y alegre, dando gracias al Señor. Al cabo de unos días, yo mismo lo llevé casa. Di gracias a Dios y comencé a acudir a la iglesia… Hasta que, a las pocas semanas, mi padre resbaló y se golpeó en la nuca con el borde de la bañera… Estaba jugando con los patitos de goma…, se levantó a coger uno, el más bonito de todos, era el único que hacía cuac cuac cuac al contacto con el agua… Mi sobrino lo lanzó lejos… A mi padre siempre le gustaron mucho los niños...

 

—Yo creo en Dios pero no le hago ni caso —interviene el cartero—, es lo mejor que se puede hacer. Creo porque me lo han enseñado así desde niño. Fui monaguillo en el pueblo y de vez en cuando sisaba unas perras chicas del cepillo. ¡Qué tiempos!… Dios es como las nubes, están ahí, ni les haces caso ni te hacen caso, eso lo aprendí yo en el pueblo con don Matías. Si quieres que llueva, las nubes se van; si quieres que haga sol, vienen. Da igual pedirles, ellas no te hacen caso. Hay personas que mueren a pesar de tener a medio mundo rezando por ellas, igual que hay gente que vive y nadie los tiene en cuenta en sus oraciones, Dios hace lo que le viene en gana a cada momento. Con el cielo pasará igual, unos irán al cielo y otros al infierno, da igual que los vivos recen por ellos… ¡Pero qué estoy diciendo!… ¡Hablemos de Víctor Méndez de una vez y acabemos con esto! ¡Vaya una forma de perder el tiempo!

 

El cura junta las manos y mira al cartero y al ingeniero con compasión, moviendo la cabeza lentamente adelante y atrás. El cartero lo observa y se encoge de hombros.

 

—Entiendo que hay dos tipos de hombres en ese mundo —dice el filósofo, a quien interesa más este tipo de asuntos que el propio que los retiene a todos allí—: los que se preguntan por qué y los que no lo hacen. Éstos últimos son los que tienen la solución. Los que se plantean el por qué, no comprenden nada, están demasiado ocupados intentando hallar una respuesta que no encontrarán. Esta es la respuesta al por qué: busca y te perderás, no busques y encontrarás.

 

—¿Qué es lo que encontrarás? —pregunta el ama de casa con interés.

 

—La respuesta.

 

—¿Qué respuesta?

 

—La respuesta al por qué.

 

—¿A qué por qué?

 

—Al por qué de las cosas.

 

—¿De qué cosas?

 

—De todas.

 

—¡Perdone, pero qué sandez! —interviene el cura, contento de poder buscarle las cosquillas de nuevo al filósofo.

 

A pesar de que no tiene nada contra aquel hombre, detesta a los filósofos, todos le parecen charlatanes sin ideas y con los cerebros huecos. No desea ofenderlo, pero no lo puede evitar: a su modo de ver, ese hombre, por encima de todo, es filósofo.

 

—Ahora díganos —prosigue el sacerdote con las manos juntas, pero que han perdido su laxitud compasiva y ahora se frotan ligeramente la una contra la otra: según su razonamiento..., ¿por qué? —el cura sonríe complacido y aguarda silencioso, sin quitar ojo al filósofo. Ni él mismo entiende lo que acaba de preguntar.

 

El filósofo se azora. No quiere pronunciarse, pues para él todo es relativo. Por otra parte, tampoco él ha entendido bien la pregunta. No se atreve a decir palabra. El sacerdote lo intimida. No sabe por qué, ya que, en su opinión, cualquier cosa que diga el sacerdote carece por principio de valor alguno frente al razonamiento filosófico que él representa. Afortunadamente, el joven padre siente una necesidad que en ese momento le apremia más que la mismísima cuestión de la existencia de Dios y que todas las filosofías, y dice:

 

—Perdonen que les interrumpa, ¿no tienen hambre? Yo estoy que me muero, llevo desde ayer sin comer nada.

 

—¡Huy, pero si son las tres! —exclama el ama de casa.

 

—Si les parece —sonríe el cura—, dejemos eso para más tarde y encarguemos la comida. Paga el Estado. Con la barriga llena se piensa mejor. ¡Bedel, bedel! —vocifera el cura, al tiempo que entra un hombre pequeño en la estancia—. Ya que estamos incomunicados hasta que decidamos, si es tan amable, comida para nueve, en abundancia, estamos hambrientos. Que traigan un poco de vino con gaseosa y algo de champán para los postres... Bueno, es Navidad...

 

—Lo siento, señores, pero no está permitido al jurado beber alcohol durante las sesiones. —El bedel está uniformado de gris y su voz es monocorde y ronca, diríase que de tanto fumar.

 

—Lo pagaremos entre todos —propone el cura.

 

—No es eso —responde el bedel—. Es que está prohibido. Los bocadillos están encargados, llegarán de un momento a otro.

 

—Perdone, señor bedel. Nos gustaría contar con su opinión, si no le importa. ¿Qué piensa usted de Víctor Méndez?

 

El ama de casa los sorprende a todos de nuevo. Los presentes se miran desconcertados. El cartero se encoge de hombros. Todo está perdido, nunca saldrá de allí a tiempo. El bedel se queda apoyado en el marco de la puerta. Todos lo miran, esperando a que salga para seguir la deliberación hasta que lleguen los bocadillos.

 

—No conozco el asunto —comienza el bedel—, pero yo creo que casi todos los que llegan aquí son culpables, de otro modo no se sentarían en el banquillo... Sin embargo, el caso de Víctor Méndez es diferente... Los hay de mortadela, de queso y de jamón, dos para cada uno. Por cierto, ¿tienen ustedes para mucho?

 

—Al paso que vamos, no salimos de aquí esta noche —dice el cartero.

 

—Ya saben que no pueden comunicarse con el exterior hasta que dicten su veredicto —advierte el bedel sintiéndose autorizado por su experiencia, y sale por la puerta.

 

—¿Y eso por qué? —pregunta el joven padre.

 

—Para evitar presiones, influencias —responde el ingeniero.

 

—Pobre juez… Pobre juez —repite el ama de casa, ya que nadie le hace caso—. Debe pasarse la vida incomunicado.

 

—¡No, mujer! Los jueces no se dejan presionar —dice el estudiante—. No deberían.

 

—Entonces, ¿por qué no se ocupan ellos de decidir la inocencia o culpabilidad de la gente? —pregunta el joven padre.

 

—La justicia popular, la justicia del pueblo —responde el bedel, que acaba de entrar de nuevo con una bandeja de bocadillos—. Es lo que dicen.

 

—¿Y quién la quiere? —pregunta el estudiante.

 

Todo el mundo calla y mira los bocadillos. Por fin el sacerdote se decide a tomar uno. Nadie pronuncia palabra.

 

—¡Está bueno este jamón! —se sorprende el cura rompiendo el silencio—. Lástima de vino…

 

—El vino fue lo que le perdió a Víctor Méndez —dice el maestro—. Si no hubiera bebido tanto, no habría matado al cerdo.

 

—Y lo que perdió al conductor, él también iba bebido —replica el bedel, que se ha sentado a comer un bocadillo con los miembros del jurado.

 

—¿No decía usted que no conocía el caso? —se extraña el ama de casa.

 

—Bueno... algo oye uno, todo el día de aquí para allá, ya se sabe...  El que iba al volante, el muerto... conducía borracho. Como les digo, uno lleva papeles de acá para allá, oye conversaciones, no puede evitar enterarse de cosas.

 

—Cuente, cuente —se anima el ama de casa—, ¿qué dice el Magistrado de todo esto?

 

—Se queja de los jueces de instancia, de los jueces de instrucción, de los jueces mercantiles... Se queja de todo. En este caso se queja del de instrucción, dice que no tienen ni idea y que un caso así nunca debería haber llegado a la Audiencia, tendrían que haberlo archivado hace años. No entiende cómo se ha abierto juicio oral.

 

—¿Pues qué hace Víctor Méndez en la cárcel todavía? —pregunta el ingeniero.

 

—Eso tampoco lo sabe el Magistrado. Él se enteró de todo hace diez días, cuando miró el expediente... ya puestos, diez días más o menos no le harán daño al peruano… Eso dijo... Se ve que es muy buen preso, solo que a veces se deprime y llora, se pasa el día en la enfermería el condenado… Bueno, los guardias que lo custodiaban durante el juicio también comentan, los he oído esta mañana. Parece ser que tiene familia en Perú y la echa de menos. Son pobres…

 

El filósofo, que no había vuelto a abrir la boca desde que el sacerdote le buscó las cosquillas, se olvida de la existencia del cura y toma la palabra.

 

—Son pobres... Como son pobres, pierde el seso el abogado de oficio y nadie se entera; y como son pobres, Víctor Méndez lleva seis años en la cárcel… Yo no voto, me da igual..., pero esto me parece intolerable. Pobre hombre... Algún día se le olvidará esta terrible pesadilla que pasó en España... Por otro lado, aunque estoy en contra del sistema, y estoy en contra del Jurado, y estoy en contra de votar, no obstante, la ley me obliga a votar en este caso, y aunque no me obligara, en una ocasión así lo haría. Yo no veo que esté probado que Víctor Méndez haya matado al cerdo... Así pues, para mí es inocente.

 

—Yo estoy dispuesto a declararlo inocente —sorprende a todos el cura—, pero antes déjenme acabar este bocado, ¡está jugoso! Al fin y al cabo, no se debería permitir a nadie conducir borracho por nuestras calles… ¡Qué sabroso está el de queso!… Conducir así, como lo hacen ellos, en estado de embriaguez, genera peligrosidad... ¡Conducía borracho ese diablillo!…¡Cómo está el de queso!... ¡Lástima de vino!...

 

Bueno, parece que por fin vamos a acabar con el asunto interviene el ingeniero, quien por primera vez habla con una gravedad acorde con su condición de presidente—. Procedamos ordenadamente. Primero, acabemos de comer. Luego, elijamos portavoz, debimos haberlo hecho al principio, pero nunca es tarde.  Después votaremos, tanto sobre los hechos como sobre la culpabilidad o inocencia del acusado. Finalmente se redactará el acta con el veredicto.

 

—¿Todos de acuerdo en que se le declare inocente? —pregunta el ama de casa. Yo ya no tengo ninguna duda. Estoy convencida de que Víctor Méndez es inocente. Ese hombre se merece pasar el Año Nuevo en su casa, con los suyos, ¿no cree, señor bedel? —Pero el bedel ha comenzado a aburrirse y sale de la sala sin hacer caso.

 

Todos comen sus bocadillos felices. Charlan animadamente, sin los rigores de la deliberación, y parece que todos ellos declararán a Víctor Méndez inocente, salvo el estudiante de leyes, que mantiene sus dudas. Entre bocado y bocado, los jurados se convencen de que no ha quedado probado que el acusado matara al cerdo, él es Víctor Méndez, y no Mendes, peruano, y no argentino, y en el lugar de los hechos se encontró una identificación: Víctor Mendes, argentino. Por fin se pondrán de acuerdo, y en una hora sus pies resonarán en las aceras de la calle, y sus ojos verán la luz del sol, y sus rostros recibirán con agrado la refrescante brisa del invierno. Por otro lado, todo acabará bien: inocente, y sus pies, sus ojos y sus rostros se verán especialmente reconfortados con tal felicidad. Además, es Navidad.

Mientras los jurados toman café, al ama de casa se le ocurre hablar de sus hijas. Es Navidad y las echa de menos:

 

—...y la pequeña se fue a vivir a Argentina el verano pasado. Se enamoró de un argentino, y ya saben lo que pasa...: se casó... Por cierto, ¿no era argentino el conductor que chocó contra el cerdo?...

 

Sí señora responde el bedel, que ha vuelto a entrar para tomar asiento en una esquina y ahora se sirve café—. Victoriano Meléndez... ¡Vaya sujeto!...

 

—Claro, conducía borracho, a quién se le ocurre... ¡Y por ciudad!

 

No, si no es por eso dice el bedel—. Uno oye cosas, se entera de cosas... sin querer... Todo el día llevando papeles de acá para allá... Hay un informe policial... Parece que tenía antecedentes en Argentina y también en España... En el momento del accidente se le encontró documentación falsa... Víctor Mendes, se hacía pasar por un tal Víctor Mendes... ¡Qué casualidad!, pensé yo. ¡Cómo se parece este nombre al del acusado!...

 

Los jurados se miran unos a otros. El bedel sale con la bandeja del café y el ingeniero se levanta para cerrar la puerta tras él e impedir que vuelva a entrar.

 

No entiendo nada, qué lío dice el ama de casa.

 

Parece que ni los abogados ni el fiscal se han explicado bien se inquieta el ingeniero. Lo de siempre. Dicen que ellos son de letras, que no se manejan bien con los números, pero por lo que se ve, tampoco se aclaran con las palabras: hablan para sí, como si los demás tuviéramos que adivinar qué se oculta tras sus discursos. ¡Se creerán que hemos leído el expediente y los informes que obran en él!... ¡Pues no, nosotros sólo sabemos lo que hemos visto y oído durante el juicio!... Ellos han hecho hincapié en un hecho: en el lugar del accidente se encontró una documentación: Víctor Mendes, argentino. Pero no han explicado más. Por eso hemos pensado que ésa era la documentación del que apuñaló al cochino, y no la documentación falsa del conductor del vehículo. No dijeron en ningún momento que era falsa, ni que pertenecía al conductor del vehículo. ¡Así quién se entera!... —ahora el ingeniero se reclina en su asiento y se pone a pensar en el puente que está proyectando. Es autopista, la curva no es muy abierta... Se distrae cavilando sobre varios detalles acerca de la trazada que están pendientes de resolver... Imagina el puente ya construido... ¡Es fantástico!... En fin, mañana será otro día...

 

Habrá que volver a empezar dice el filósofo—. Yo ya no tengo claro si votaré, aunque me multen por ello. Estoy en contra del sistema, no voto. No veo que tenga que estar perdiendo aquí el tiempo para esto.

 

Yo les pido por favor que se intenten dar prisa. El joven padre está apurado—. Estoy cansado, acabo de tener un hijo y quiero ir a verlo. Es una criatura preciosa, y no quiero estar mucho más tiempo aquí sentado. Yo no quiero intervenir en las discusiones, me uno a lo que diga la mayoría, pero por favor, dense prisa.

 

Lo que es evidente es que esto lo cambia todo razona el estudiante. Quizás ahora estén de acuerdo conmigo: Víctor Méndez es culpable. Lo adiviné desde que le vi la cara... He estado pensando..., tengo un razonamiento..., si me escuchan ustedes unos minutos se lo explico...

 

No entiendo por qué tenemos que perder el tiempo dice el maestro—. Ese hombre lleva seis años en la cárcel y lo declaremos culpable o inocente, lo pondrán el libertad mañana mismo, ¡ya debería haber salido de la cárcel! Aunque lo declaremos culpable, no lo condenarán a más de tres, por tanto, ¡a qué tanta discusión! ¡Votemos ya y declarémoslo algo, lo que sea!

 

Yo pienso que deberíamos discutir a la luz de esta nueva circunstancia, nos pagan para ello insiste el ama de casa.

 

 Usted siempre la lía le responde el cartero desquiciado. Además, quién le dice a usted que lo que ha dicho el bedel es cierto. Al fin y al cabo, nosotros no deberíamos tener en cuenta más que lo que hemos visto y oído durante el juicio.

 

Sea como sea advierte el poeta—, yo también creo que deberíamos reabrir el debate. Aunque no fuera verdad lo que el bedel ha dicho, aunque no debamos tenerlo en cuenta, lo cierto es que deberíamos reconsiderar un aspecto: ¿no nos hemos precipitado interpretando que la documentación aparecida en el lugar del accidente pertenecía al verdugo del cerdo?

 

¡Qué mal se explican los abogados! —exclama indignado el cartero. Todo está definitivamente perdido. De allí no saldrá hasta la noche.

 

Con la barriga llena se piensa mejor. —El sacerdote está satisfecho. Le complace la idea de pasar las próximas horas recostado en aquella confortable butaca.

 

 

Javier María Goizueta Velasco nació en León, España (1964). Narrador. Es licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid y Analista Financiero Europeo por la Federación Europea de Analistas Financieros. Ejerció como abogado en Madrid, donde impartió clases en el Máster de Asesoría Jurídica del Instituto de Empresa. Actualmente ejerce en Barcelona como Director en el área legal en España de una de las mayores firmas mundiales de prestación de servicios profesionales, actividad que compagina con la de profesor de Derecho Civil en la Universidad de Girona. Ponente y conferenciante habitual en varios foros, ha realizado, entre otros, diversos estudios y cursos sobre comunicación. Ha escrito diversos artículos de contenido jurídico y de opinión publicados en prensa y revistas especializadas. Es autor de más de una treintena de cuentos y relatos breves uno de los cuales, El sospechoso, se publicó previamente en esta revista y de cuatro novelas cortas.