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En una sala de la Audiencia se halla reunido el Jurado, que se ha
retirado a deliberar. Sus nueve miembros están sentados alrededor de
una mesa ovalada, en cómodas butacas que invitan al sueño. El lugar
es cálido, en contraste con el frío invierno de la calle. Desde la
lámpara situada sobre el centro de la mesa se descuelga una luz
intensa y blanquecina. Las puertas están cerradas. Los jurados se
conocen unos a otros por sus oficios y ocupaciones, pero no por sus
nombres.
Preside el Jurado el ingeniero, por ser su nombre el que primero se
extrajo en el sorteo. ¡Qué mala suerte!, se dijo. El ingeniero no
desea discutir. Quiere acabar rápido y salir de allí cuanto antes.
Tras un silencio inicial, él mismo abre el debate:
—Yo creo que ese
hombre es inocente. Lo ha dicho bien claro, él es Víctor Méndez
Ramos, Méndez, y no Mendes, hijo de Víctor Méndez y de Josefa Ramos.
Lo ha acreditado con su pasaporte.
—Su pasaporte dice
Méndez, en efecto —alega el estudiante de Derecho—, pero él se dice
llamar Mendes, todos lo hemos oído con absoluta claridad. Sin
quererlo, ese diablo se ha delatado a sí mismo.
—No entiendes
nada, hijo —dice
el sacerdote con parsimonia—.
El hombre dice Mendes porque no sabe decir Méndez, es peruano y no
sabe pronunciar la zeta.
—El
hombre al que juzgamos
—aclara
el ingeniero—
es Víctor Méndez, y el delincuente necesariamente ha de llamarse
Víctor Mendes. En el lugar del crimen se encontró su identificación:
Víctor Mendes, argentino; ese es el nombre que consta en su permiso
de residencia. El procesado es peruano, nunca ha tenido permiso de
residencia y es Méndez, con zeta, no Mendes.
—Pues eso, lo
que yo digo, Mendes —se empeña el estudiante.
—Puede que el chico
tenga razón —reflexiona el ama de casa tras una pausa, maravillada
por el momento que está viviendo—. Si ellos no diferencian, ¿por qué
hemos de hacerlo nosotros?
—¡Por Dios
bendito!… —dice
el ingeniero extrañado—.
¿No han oído hablar del seseo? Aquí también se sesea. Un sevillano
dirá que ha estado en Saragosa aunque por ello lo cuelguen, lo
mantendrá hasta la muerte, y sin embargo, habrá estado en Zaragoza;
Saragosa no existe en los mapas.
—Sí, pero Mendes
existe —se ofusca el estudiante—. Es el nombre que consta en el
permiso de residencia que apareció en el lugar del crimen. Ese
hombre es culpable.
¡Qué fastidio!, piensa
el cartero. Él también tiene prisa, y quiere irse cuanto antes. Su
experiencia le indica que cuando hay alguien molesto, como el
estudiante, las discusiones no acaban nunca.
De igual modo, al
presidente le incomodan las intervenciones del estudiante e intenta
cambiar el rumbo que está tomando el debate, así que pregunta a un
joven pálido y meditabundo que parece estar ausente:
—¿Y usted..., qué
piensa?
—Yo me uno a lo que
diga la mayoría. Acabo de tener un hijo y lo único que espero es que
acaben pronto de discutir, quiero ir a verlo.
—¿Niño o niña? —se
interesa el poeta.
—Es niño, un niño
precioso, se llama Héctor. Nació a las seis de la mañana.
Como verán, estoy
cansado, no tengo ganas de discutir la culpabilidad de un borrachín.
Todos los recién nacidos son deformes, nacen con formas monstruosas,
nadie diría que el día de mañana llegan a adquirir aspecto humano…
Eso pensaba yo, pero ahora que ha nacido Héctor… Si ustedes lo
vieran… Es la criatura más hermosa que hay en la tierra.
—Estoy seguro —dice el
poeta— de que tendrá una infancia feliz. Usted será un buen padre, y
estoy convencido de que también tendrá una buena madre...
Desafortunadamente, no todos tienen la misma suerte; hay niños que
crecen desvalidos, faltos de amor... Víctor Méndez, por ejemplo...
—Eso es muy cierto —interrumpe
el filósofo—: el hombre no es dueño de su propia existencia. Sin
embargo, no se puede apuñalar a un cerdo en pleno centro. Puede que
moralmente Víctor Méndez no sea culpable, pero la cuestión es si
jurídicamente lo es. La sociedad tiene sus normas, votar es apoyar
el sistema. Nuestro sistema establece que quien mata ha de ir a la
cárcel. Yo estoy en contra del sistema, no voto. Me da igual que
haga sol o que llueva, no voto.
—Sí, pero matar a un
cerdo no puede conducir a un hombre a la cárcel —se despierta el
maestro, que se ha escurrido en su asiento y ahora se incorpora—. Lo
otro fue un accidente, no es culpa de Víctor Méndez.
—Eso está por
ver —replica el estudiante—. ¡A quién se le ocurre dejar un cerdo
muerto en medio de la calzada!
—Iba borracho —apunta
el maestro—,
no era dueño de sus propios actos. Eso, creo yo, le eximiría de
culpa.
—Lo cierto es
que el cerdo se escapa a las once y cuarenta y cinco de la noche —comienza
a explicar el presidente, que en este punto cree útil resumir los
hechos—,
eso es lo que ha declarado el responsable del matadero municipal. La
calle estaba oscura, no lo vieron salir...
—¡Sólo
faltaba que lo hubieran visto!...
—interrumpe
el filósofo—.
El Ayuntamiento no ilumina bien las calles... Por otra parte, es el
responsable del buen funcionamiento del matadero municipal...
Nuestro Ayuntamiento, creo yo, es culpable de un despiste grave en
la custodia de los puercos municipales... Quizás eso mismo lo haga
responsable de la muerte del conductor...
—El conductor también
iba borracho cuando chocó con el cerdo —interviene el poeta—.
Posiblemente la culpa sea de él mismo. Por otra parte, conducía a
una velocidad inapropiada, ¡noventa por hora!
—A esa velocidad no se
hubiera salvado ni aunque fuera sobrio —alega el estudiante—. Por
tanto, poco importa que fuera o no borracho. Si Víctor Méndez no
hubiera dejado al cerdo muerto en medio de la calzada después de
apuñalarlo, el conductor no habría fallecido.
—Sigo pensando que el
conductor tuvo la culpa —afirma el poeta—. Si no se hubiera chocado
con el cerdo, se hubiera empotrado en alguna farola, el resultado
sería el mismo.
—¿Por qué no votamos
ya? —se inquieta el cartero—. Ya se ha hablado bastante. Voto por la
inocencia de Víctor Méndez, el cerdo lo mordió primero... Podría ser
un caso de legítima defensa, de eso no se ha hablado aquí.
—El que un cerdo le
muerda —dice el joven padre— no justifica que usted lo pueda
apuñalar, y menos que lo pueda dejar por ahí tirado. Debe ponerlo en
conocimiento de la autoridad.
El ama de casa está
cada vez más animada y agradablemente sorprendida por los
razonamientos que oye y, sobre todo, porque los suyos sean
escuchados y fuente de diálogo. Así pues, decide añadir algo:
—Pues yo estoy en
contra de que se mate a los animales. Propongo que se declare a
Víctor Méndez culpable de matar al cerdo.
Todos se miran
atónitos.
—Deje que le explique,
señora —dice pausadamente el sacerdote—: el cerdo es aquí lo de
menos. El problema es si Víctor Méndez es responsable de que el
conductor perdiera el control al tropezar con el cerdo y muriera… el
conductor, no el cerdo. El cerdo ya sabemos que está muerto y que lo
mató Víctor Méndez.
—Dan ustedes por
supuesto que Víctor Méndez mató al cerdo —dice el ingeniero—. Pues
yo sigo pensando que no fue él, sino Víctor Mendes, argentino. El
acusado no debería ir a prisión...
—Nadie lo intenta
mandar a prisión —ataja el maestro—, solo que tenemos que decir si
es culpable o inocente. No sé por qué, lleva seis años en la cárcel
y ya ha cumplido de sobra su pena; aun cuando lo declaremos
culpable, no lo condenarán a más de tres. En fin, si ustedes se
empeñan… No entiendo cómo ha podido ocurrir algo así..., seis años...,
pobre...
—El abogado de oficio
que llevaba el caso enloqueció —explica el estudiante—. Esas cosas
pasan, nadie tiene la culpa. Luego, el expediente quedó abandonado,
incluso parece que llegó a perderse temporalmente, por eso ha durado
tanto la causa, hasta que se dieron cuenta. Se ve que en el Juzgado,
al haberse extraviado el expediente, desconocían que había un
sospechoso en la cárcel. Al Juez anterior le gustaba leer, dicen que
se pasaba el día leyendo a los filósofos clásicos, incluso en horas
de trabajo, y no hacía mucho caso a los expedientes.
—Los filósofos
son los grandes tontos de la humanidad —se
regocija el sacerdote—.
Cristo nos dio la respuesta hace dos mil años.
Se hace un silencio.
—¿Saben?… —reflexiona
el joven padre, que se ha quedado pensativo después de escuchar las
palabras del sacerdote—,
cuando llegué a la clínica con mi mujer, la conectaron a no sé qué
aparatos para mirar los latidos del pequeñín y no se los
encontraban. Estuvieron un buen rato así y creyeron que no latía ya
su corazoncito. Imaginen ustedes el susto. Entonces me acordé de
Dios y pensé en él con mucha fuerza, y pedí que le devolviera los
latidos a mi hijito. Y Dios se los devolvió. Le prometí que si lo
hacía, nunca más me olvidaría de Él. Ahora ya no puedo renegar. Yo
pienso como el padre, la respuesta está en Dios.
—Yo también creo en
Dios —afirma el ama de casa—, y pienso que todos deberíamos creer.
Lo entiendo muy bien, joven; yo, cada noche, pido por mis hijas y
por todos los míos, por los vivos y los muertos.
—¿Para qué pedir por
los muertos? —se extraña el joven padre.
—Según los curas, para
que alcancen la vida eterna —responde el ingeniero—.
La verdad, para
desahogarse cuando uno no puede hacerlo de otro modo. Es lo mismo
que has hecho tú, pedir por un muerto. ¿Qué le pedías? ¿El cielo?
No, le pedías que te lo devolviera a este mundo. ¿Crees que el
pequeñín iba a ser más feliz en este mundo que en el otro? ¿O
pensabas en cómo serían para ti las próximas semanas sin él, en las
lágrimas que derramarías en tu soledad infinita, tan absurda sin él?
¡Y su cuarto! ¿Te enfrentarías a ese cuarto sin sentido, ese cuarto
de ilusiones y fantasías que durante nueve meses llenó tu vida? ¡Y
esa cunita fría y enorme, eternamente sola…! ¡Qué terrible crueldad
meter en el baúl de los recuerdos una esperanza que nunca llegó a
ser! Es posible que yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo… ya lo
hice una vez.
—Me alegro de que me
comprenda…
—Mi padre se moría —continúa
el ingeniero—. Era cuestión de horas, quizás minutos. No había
esperanza y, a pesar de que yo nunca había ido a la iglesia, fui a
la capilla del hospital y recé..., recé mucho, toda la noche. Me
encontraba bien en aquel lugar cálido y agradable, abrigado por las
llamas agonizantes de las velas. Sentí una paz infinita. Cuando
amaneció, salí tranquilo y tomé café. Estaba sereno. Hoy me doy
cuenta de que esa noche me preparé para asumir su muerte... Yo era
joven, como tú, pero aún no estaba casado. Vivía con él y me sentía
como si fuera un niño pequeño, desabrigado y solo ante el
desapacible final del otoño, desnudo para afrontar el frío invierno,
como se quedan los árboles en esas fechas. Subí a la unidad de
cuidados intensivos y él ya no estaba. Entonces volví a la capilla
tranquilamente, y allí encontré a mi madre con la cara sonriente y
alegre, dando gracias al Señor. Al cabo de unos días, yo mismo lo
llevé casa. Di gracias a Dios y comencé a acudir a la iglesia… Hasta
que, a las pocas semanas, mi padre resbaló y se golpeó en la nuca
con el borde de la bañera… Estaba jugando con los patitos de goma…,
se levantó a coger uno, el más bonito de todos, era el único que
hacía cuac cuac cuac al contacto con el agua… Mi sobrino lo
lanzó lejos… A mi padre siempre le gustaron mucho los niños...
—Yo creo en Dios pero
no le hago ni caso —interviene el cartero—, es lo mejor que se puede
hacer. Creo porque me lo han enseñado así desde niño. Fui monaguillo
en el pueblo y de vez en cuando sisaba unas perras chicas del
cepillo. ¡Qué tiempos!… Dios es como las nubes, están ahí, ni les
haces caso ni te hacen caso, eso lo aprendí yo en el pueblo con don
Matías. Si quieres que llueva, las nubes se van; si quieres que haga
sol, vienen. Da igual pedirles, ellas no te hacen caso. Hay personas
que mueren a pesar de tener a medio mundo rezando por ellas, igual
que hay gente que vive y nadie los tiene en cuenta en sus oraciones,
Dios hace lo que le viene en gana a cada momento. Con el cielo
pasará igual, unos irán al cielo y otros al infierno, da igual que
los vivos recen por ellos… ¡Pero qué estoy diciendo!… ¡Hablemos de
Víctor Méndez de una vez y acabemos con esto! ¡Vaya una forma de
perder el tiempo!
El cura junta las
manos y mira al cartero y al ingeniero con compasión, moviendo la
cabeza lentamente adelante y atrás. El cartero lo observa y se
encoge de hombros.
—Entiendo que hay dos
tipos de hombres en ese mundo —dice el filósofo, a quien interesa
más este tipo de asuntos que el propio que los retiene a todos allí—:
los que se preguntan por qué y los que no lo hacen. Éstos últimos
son los que tienen la solución. Los que se plantean el por qué, no
comprenden nada, están demasiado ocupados intentando hallar una
respuesta que no encontrarán. Esta es la respuesta al por qué: busca
y te perderás, no busques y encontrarás.
—¿Qué es lo que
encontrarás? —pregunta el ama de casa con interés.
—La respuesta.
—¿Qué respuesta?
—La respuesta al
por qué.
—¿A qué por qué?
—Al por qué de las
cosas.
—¿De qué cosas?
—De todas.
—¡Perdone, pero qué
sandez! —interviene el cura, contento de poder buscarle las
cosquillas de nuevo al filósofo.
A pesar de que no
tiene nada contra aquel hombre, detesta a los filósofos, todos le
parecen charlatanes sin ideas y con los cerebros huecos. No desea
ofenderlo, pero no lo puede evitar: a su modo de ver, ese hombre,
por encima de todo, es filósofo.
—Ahora díganos —prosigue
el sacerdote con las manos juntas, pero que han perdido su laxitud
compasiva y ahora se frotan ligeramente la una contra la otra—:
según su razonamiento..., ¿por qué?
—el cura sonríe
complacido y aguarda silencioso, sin quitar ojo al filósofo. Ni él
mismo entiende lo que acaba de preguntar.
El filósofo se azora.
No quiere pronunciarse, pues para él todo es relativo. Por otra
parte, tampoco él ha entendido bien la pregunta. No se atreve a
decir palabra. El sacerdote lo intimida. No sabe por qué, ya que, en
su opinión, cualquier cosa que diga el sacerdote carece por
principio de valor alguno frente al razonamiento filosófico que él
representa. Afortunadamente, el joven padre siente una necesidad que
en ese momento le apremia más que la mismísima cuestión de la
existencia de Dios y que todas las filosofías, y dice:
—Perdonen que les
interrumpa, ¿no tienen hambre? Yo estoy que me muero, llevo desde
ayer sin comer nada.
—¡Huy, pero si son las
tres! —exclama el ama de casa.
—Si les parece —sonríe
el cura—, dejemos eso para más tarde y encarguemos la comida. Paga
el Estado. Con la barriga llena se piensa mejor. ¡Bedel, bedel! —vocifera
el cura, al tiempo que entra un hombre pequeño en la estancia—. Ya
que estamos incomunicados hasta que decidamos, si es tan amable,
comida para nueve, en abundancia, estamos hambrientos. Que traigan
un poco de vino con gaseosa y algo de champán para los postres...
Bueno, es Navidad...
—Lo siento,
señores, pero no está permitido al jurado beber alcohol durante las
sesiones. —El bedel está uniformado de gris y su voz es monocorde y
ronca, diríase que de tanto fumar.
—Lo pagaremos entre
todos —propone el cura.
—No es eso —responde
el bedel—. Es que está prohibido. Los bocadillos están encargados,
llegarán de un momento a otro.
—Perdone, señor bedel.
Nos gustaría contar con su opinión, si no le importa. ¿Qué piensa
usted de Víctor Méndez?
El ama de casa los
sorprende a todos de nuevo. Los presentes se miran desconcertados.
El cartero se encoge de hombros. Todo está perdido, nunca saldrá de
allí a tiempo. El bedel se queda apoyado en el marco de la puerta.
Todos lo miran, esperando a que salga para seguir la deliberación
hasta que lleguen los bocadillos.
—No conozco el
asunto —comienza
el bedel—,
pero yo creo que casi todos los que llegan aquí son culpables, de
otro modo no se sentarían en el banquillo... Sin embargo, el caso de
Víctor Méndez es diferente... Los hay de mortadela, de queso y de
jamón, dos para cada uno. Por cierto, ¿tienen ustedes para mucho?
—Al paso que vamos, no
salimos de aquí esta noche —dice el cartero.
—Ya saben que no
pueden comunicarse con el exterior hasta que dicten su veredicto —advierte
el bedel sintiéndose autorizado por su experiencia, y sale por la
puerta.
—¿Y eso por qué? —pregunta
el joven padre.
—Para evitar
presiones, influencias —responde el ingeniero.
—Pobre juez…
Pobre juez —repite
el ama de casa, ya que nadie le hace caso—.
Debe pasarse la vida incomunicado.
—¡No, mujer! Los
jueces no se dejan presionar —dice el estudiante—. No deberían.
—Entonces, ¿por qué no
se ocupan ellos de decidir la inocencia o culpabilidad de la gente?
—pregunta el joven padre.
—La justicia popular,
la justicia del pueblo —responde el bedel, que acaba de entrar de
nuevo con una bandeja de bocadillos—. Es lo que dicen.
—¿Y quién la quiere? —pregunta
el estudiante.
Todo el mundo calla y
mira los bocadillos. Por fin el sacerdote se decide a tomar uno.
Nadie pronuncia palabra.
—¡Está bueno este
jamón! —se sorprende el cura rompiendo el silencio—. Lástima de vino…
—El vino fue lo que le
perdió a Víctor Méndez —dice el maestro—. Si no hubiera bebido tanto,
no habría matado al cerdo.
—Y lo que perdió al
conductor, él también iba bebido —replica el bedel, que se ha
sentado a comer un bocadillo con los miembros del jurado.
—¿No decía usted que
no conocía el caso? —se extraña el ama de casa.
—Bueno... algo oye uno,
todo el día de aquí para allá, ya se sabe... El que iba al volante,
el muerto... conducía borracho. Como les digo, uno lleva papeles de
acá para allá, oye conversaciones, no puede evitar enterarse de
cosas.
—Cuente, cuente —se
anima el ama de casa—, ¿qué dice el Magistrado de todo esto?
—Se queja de los
jueces de instancia, de los jueces de instrucción, de los jueces
mercantiles... Se queja de todo. En este caso se queja del de
instrucción, dice que no tienen ni idea y que un caso así nunca
debería haber llegado a la Audiencia, tendrían que haberlo archivado
hace años. No entiende cómo se ha abierto juicio oral.
—¿Pues qué hace Víctor
Méndez en la cárcel todavía? —pregunta el ingeniero.
—Eso tampoco lo sabe
el Magistrado. Él se enteró de todo hace diez días, cuando miró el
expediente... ya puestos, diez días más o menos no le harán daño al
peruano… Eso dijo... Se ve que es muy buen preso, solo que a veces
se deprime y llora, se pasa el día en la enfermería el condenado…
Bueno, los guardias que lo custodiaban durante el juicio también
comentan, los he oído esta mañana. Parece ser que tiene familia en
Perú y la echa de menos. Son pobres…
El filósofo, que no
había vuelto a abrir la boca desde que el sacerdote le buscó las
cosquillas, se olvida de la existencia del cura y toma la palabra.
—Son pobres... Como
son pobres, pierde el seso el abogado de oficio y nadie se entera; y
como son pobres, Víctor Méndez lleva seis años en la cárcel… Yo no
voto, me da igual..., pero esto me parece intolerable. Pobre
hombre... Algún día se le olvidará esta terrible pesadilla que pasó
en España... Por otro lado, aunque estoy en contra del sistema, y
estoy en contra del Jurado, y estoy en contra de votar, no obstante,
la ley me obliga a votar en este caso, y aunque no me obligara, en
una ocasión así lo haría. Yo no veo que esté probado que Víctor
Méndez haya matado al cerdo... Así pues, para mí es inocente.
—Yo estoy dispuesto a
declararlo inocente —sorprende a todos el cura—, pero antes déjenme
acabar este bocado, ¡está jugoso! Al fin y al cabo, no se debería
permitir a nadie conducir borracho por nuestras calles… ¡Qué sabroso
está el de queso!… Conducir así, como lo hacen ellos, en estado de
embriaguez, genera peligrosidad... ¡Conducía borracho ese diablillo!…¡Cómo
está el de queso!... ¡Lástima de vino!...
—Bueno,
parece que por fin vamos a acabar con el asunto
—interviene
el ingeniero, quien por primera vez habla con una gravedad acorde
con su condición de presidente—.
Procedamos ordenadamente. Primero, acabemos de comer. Luego,
elijamos portavoz, debimos haberlo hecho al principio, pero nunca es
tarde. Después votaremos, tanto sobre los hechos como sobre la
culpabilidad o inocencia del acusado. Finalmente se redactará el
acta con el veredicto.
—¿Todos de
acuerdo en que se le declare inocente? —pregunta el ama de casa—.
Yo ya no tengo ninguna duda. Estoy convencida de que Víctor Méndez
es inocente. Ese hombre se merece pasar el Año Nuevo en su casa, con
los suyos, ¿no cree, señor bedel?
—Pero el bedel
ha comenzado a aburrirse y sale de la sala sin hacer caso.
Todos comen sus
bocadillos felices. Charlan animadamente, sin los rigores de la
deliberación, y parece que todos ellos declararán a Víctor Méndez
inocente, salvo el estudiante de leyes, que mantiene sus dudas.
Entre bocado y bocado, los jurados se convencen de que no ha quedado
probado que el acusado matara al cerdo, él es Víctor Méndez, y no
Mendes, peruano, y no argentino, y en el lugar de los hechos se
encontró una identificación: Víctor Mendes, argentino. Por fin se
pondrán de acuerdo, y en una hora sus pies resonarán en las aceras
de la calle, y sus ojos verán la luz del sol, y sus rostros
recibirán con agrado la refrescante brisa del invierno. Por otro
lado, todo acabará bien: inocente, y sus pies, sus ojos y sus
rostros se verán especialmente reconfortados con tal felicidad.
Además, es Navidad.
Mientras los jurados
toman café, al ama de casa se le ocurre hablar de sus hijas. Es
Navidad y las echa de menos:
—...y la pequeña
se fue a vivir a Argentina el verano pasado. Se enamoró de un
argentino, y ya saben lo que pasa...: se casó... Por cierto, ¿no era
argentino el conductor que chocó contra el cerdo?...
—Sí
señora
—responde
el bedel, que ha vuelto a entrar para tomar asiento en una esquina y
ahora se sirve café—.
Victoriano Meléndez... ¡Vaya sujeto!...
—Claro, conducía
borracho, a quién se le ocurre... ¡Y por ciudad!
—No,
si no es por eso
—dice
el bedel—.
Uno oye cosas, se entera de cosas... sin querer... Todo el día
llevando papeles de acá para allá... Hay un informe policial...
Parece que tenía antecedentes en Argentina y también en España... En
el momento del accidente se le encontró documentación falsa...
Víctor Mendes, se hacía pasar por un tal Víctor Mendes... ¡Qué
casualidad!, pensé yo. ¡Cómo se parece este nombre al del acusado!...
Los jurados se miran
unos a otros. El bedel sale con la bandeja del café y el ingeniero
se levanta para cerrar la puerta tras él e impedir que vuelva a
entrar.
—No
entiendo nada, qué lío
—dice
el ama de casa.
—Parece
que ni los abogados ni el fiscal se han explicado bien
—se
inquieta el ingeniero—.
Lo de siempre. Dicen que ellos son de letras, que no se manejan bien
con los números, pero por lo que se ve, tampoco se aclaran con las
palabras: hablan para sí, como si los demás tuviéramos que adivinar
qué se oculta tras sus discursos. ¡Se creerán que hemos leído el
expediente y los informes que obran en él!... ¡Pues no, nosotros
sólo sabemos lo que hemos visto y oído durante el juicio!... Ellos
han hecho hincapié en un hecho: en el lugar del accidente se
encontró una documentación: Víctor Mendes, argentino. Pero no han
explicado más. Por eso hemos pensado que ésa era la documentación
del que apuñaló al cochino, y no la documentación falsa del
conductor del vehículo. No dijeron en ningún momento que era falsa,
ni que pertenecía al conductor del vehículo. ¡Así quién se entera!...
—ahora
el ingeniero se reclina en su asiento y se pone a pensar en el
puente que está proyectando. Es autopista, la curva no es muy
abierta... Se distrae cavilando sobre varios detalles acerca de la
trazada que están pendientes de resolver... Imagina el puente ya
construido... ¡Es fantástico!... En fin, mañana será otro día...
—Habrá
que volver a empezar
—dice
el filósofo—.
Yo ya no tengo claro si votaré, aunque me multen por ello. Estoy en
contra del sistema, no voto. No veo que tenga que estar perdiendo
aquí el tiempo para esto.
—Yo
les pido por favor que se intenten dar prisa.
—El
joven padre está apurado—.
Estoy cansado, acabo de tener un hijo y quiero ir a verlo. Es una
criatura preciosa, y no quiero estar mucho más tiempo aquí sentado.
Yo no quiero intervenir en las discusiones, me uno a lo que diga la
mayoría, pero por favor, dense prisa.
—Lo
que es evidente es que esto lo cambia todo
—razona
el estudiante—.
Quizás ahora estén de acuerdo conmigo: Víctor Méndez es culpable. Lo
adiviné desde que le vi la cara... He estado pensando..., tengo un
razonamiento..., si me escuchan ustedes unos minutos se lo
explico...
—No
entiendo por qué tenemos que perder el tiempo
—dice
el maestro—.
Ese hombre lleva seis años en la cárcel y lo declaremos culpable o
inocente, lo pondrán el libertad mañana mismo, ¡ya debería haber
salido de la cárcel! Aunque lo declaremos culpable, no lo condenarán
a más de tres, por tanto, ¡a qué tanta discusión! ¡Votemos ya y
declarémoslo algo, lo que sea!
—Yo
pienso que deberíamos discutir a la luz de esta nueva circunstancia,
nos pagan para ello
—insiste
el ama de casa.
—Usted
siempre la lía
—le
responde el cartero desquiciado—.
Además, quién le dice a usted que lo que ha dicho el bedel es
cierto. Al fin y al cabo, nosotros no deberíamos tener en cuenta más
que lo que hemos visto y oído durante el juicio.
—Sea
como sea
—advierte
el poeta—,
yo también creo que deberíamos reabrir el debate. Aunque no fuera
verdad lo que el bedel ha dicho, aunque no debamos tenerlo en cuenta,
lo cierto es que deberíamos reconsiderar un aspecto: ¿no nos hemos
precipitado interpretando que la documentación aparecida en el lugar
del accidente pertenecía al verdugo del cerdo?
—¡Qué
mal se explican los abogados!
—exclama indignado el cartero. Todo
está definitivamente perdido. De allí no saldrá hasta la noche.
—Con
la barriga llena se piensa mejor.
—El sacerdote
está satisfecho. Le complace la idea de pasar las próximas horas
recostado en aquella confortable butaca.
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Javier María Goizueta Velasco
nació en León, España (1964). Narrador. Es licenciado en Derecho por la
Universidad de Valladolid y Analista Financiero Europeo por la
Federación Europea de Analistas Financieros. Ejerció como abogado en
Madrid, donde impartió clases en el Máster de Asesoría Jurídica del
Instituto de Empresa. Actualmente ejerce en Barcelona como Director
en el área legal en España de una de las mayores firmas mundiales de
prestación de servicios profesionales, actividad que compagina con
la de profesor de Derecho Civil en la Universidad de Girona. Ponente
y conferenciante habitual en varios foros, ha realizado, entre
otros, diversos estudios y cursos sobre comunicación. Ha escrito
diversos artículos de contenido jurídico y de opinión publicados en
prensa y
revistas especializadas. Es autor de más de una treintena de cuentos
y relatos breves
—uno de los cuales, El sospechoso, se publicó
previamente en esta revista—
y de cuatro novelas cortas.

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