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A primera vista, cualquiera hubiera pensado que se
trataba de un indigente del siglo XXI. Su ropa era vieja, rota y
hedionda; sus cabellos y barbas blanquizcas, estaban apelmazadas por
la suciedad. Hablaba y hacía gestos y señas con las manos con
vehemencia, como si hubiera alguien delante de él. Todos lo tomamos
por una singularidad de un extravagante. Ninguna persona del pueblo
hizo por comunicarse con él para saber qué hacía allí. A decir
verdad inspiraba cierto temor. Su mirada vidriosa y perdida, hacía
que lo evitáramos. La presencia del harapiento contrastaba
notablemente con la perfección de nuestro lugar de asentamiento.
Nuestro lugar de vida, era hermoso. Nos encontrábamos en el corazón
de la naturaleza. Pero no estábamos insertos en la naturaleza de
forma fortuita. Habíamos entrado en su ritmo de forma armónica en
base a nuestra racionalidad. Nuestra capacidad de racionalidad y
generación de conocimiento se había visto incrementada
significativamente en las últimas generaciones en base a que
desarrollamos estrategias y técnicas cognitivas para aprovechar
nuestro potencial neuro-cognitivo. Nunca persona alguna en la
historia de la humanidad así como nosotros, había respirado un aire
tan limpio e ingerido alimentos tan nutritivos y libres de elementos
nocivos para la salud que eran creados por nuestra propia especie.
Nuestros avances en dispositivos para vivir hicieron que nuestras
diversas actividades en ningún modo alteraran lo propiamente
natural. Por consiguiente nuestros espacios humanos no se
diferenciaban de la naturaleza. Por otra parte nuestros avances en
el conocimiento de lo existente también nos habían llevado a una
amplia comprensión y comunicación con las entidades divinas, en otro
tiempo, consideradas como una creación fantástica derivada de
nuestra incapacidad para comprender la realidad natural, pero que
ahora sabíamos son parte intrínseca de lo existente.
Hacía tiempo que nos habíamos olvidado de nuestras diferencias
socioculturales, raciales e históricas, y lo normal era ser
distinto. Vivíamos en paz. Quizá por eso fuimos presa fácil del
indigente, por eso no lo cuestionamos cuando lo vimos por vez
primera, respetamos su especificidad. Los sensores, registraban
índices normales de divinidad. Todos los existentes tenemos una
cantidad esperada de divinidad. En realidad no sabíamos si más o
menos cantidad de divinidad significaba un potencial peligro.
El vagabundo caminó hacia la zona natural clave, aquélla que era la
base para nuestra vida sociocultural. Cuando llegó a los primeros
árboles, separó sus labios. Tenía algunos dientes podridos y otros
amarillentos. Exhaló su vaho. Era una bruma oscura y nauseabunda. La
neblina maligna secó a su paso árboles, plantas, animales y
cualquier forma de vida. Dejó el lugar estéril. El vagabundo caminó
por la zona natural clave cuánto tiempo le fue necesario para acabar
con ella. En poco tiempo nos dimos cuenta del desastre. Los
volúmenes de divinidad no cambiaron, sino que se comportaron de una
manera inesperada que no supimos cómo registrar. Mandamos a nuestros
especialistas para que repararan el daño. Llevaban diversos
dispositivos para regenerar la naturaleza pero no lo lograron.
Fueron víctimas del nocivo vaho.
En los registros audiovisuales que analizamos observamos que el
equipo de especialista vio al indigente. Hablaron con él, trataron
de alertarlo del peligro pero no sabían que él era el peligro. Vimos
cómo los cuerpos de nuestros compañeros se disolvieron y su
sustancia divina cambió de características. Entonces nos dimos
cuenta de que el vagabundo era un conglomerado de divinidad que no
sabíamos cómo calificar, pero que sin duda alguna, era mortal para
nosotros y las diversas formas de vida.
Luego el vagabundo avanzó hacia al corazón de nuestro lugar de vida.
Para entonces, sabíamos que no teníamos medios para confrontarlo.
Estábamos aterrorizados por la presencia del ser y por nuestra
incapacidad para restablecer el orden. Algunos huimos para
salvaguardarnos y tratar de diseñar una estrategia que nos
devolviera a nuestro curso de vida. Luego el despreciable ser,
arrasó con gran parte de nuestras elaboraciones para vivir y con
algunos más de nosotros. Los que sobrevivimos tratamos de establecer
comunicación con entidades divinas asociadas a los árboles, plantas,
animales e insectos. Pensábamos que si concentrábamos un volumen
importante de estas entidades divinas, tal vez podríamos restablecer
el orden al regenerar lo destruido. Desplegamos el mecanismo de
comunicación. Estas entidades divinas las teníamos ubicadas en los
espacios celestes. Los dispositivos de comunicación se veían como
una polvareda naranja que subía en espiral. Cada partícula del polvo
conformaba junto con las otras partículas un sistema de comunicación
de tercera generación. Hacía tiempo que habíamos dejado de
comunicarnos en base a nuestros dispositivos biológicos. Creamos
artefactos para hacerlo a través de nuestra mente. Luego extendimos
con toda clase de ser viviente. Después pudimos comunicarnos con las
entidades divinas.
Con todo y nuestro desarrollo de dispositivos de comunicación, las
entidades divinas celestes no se activaron para nuestra ayuda. El
pordiosero continuó con su destrucción. Una vez que la devastación
fue total, el que había parecido en principio un indigente, se paró
en el centro de las ruinas de nuestro lugar de vida. Extendió los
brazos. Sus ropas harapientas y malolientes cayeron como si fueran
hierbas secas y le brotaron plumas. Se hizo un ave siniestra. Luego
voló hacia el cielo. Se dirigió hacia donde se ubican las otras
entidades divinas. Desde la tierra escuchamos una serie de
estruendos ensordecedores. Minutos después descendió el malvado ser,
el cielo se oscureció y supimos que estábamos perdidos. Supusimos
que no habría en el mundo otras entidades divinas más que las del
abominable ser.
El siniestro ser voló por los demás lugares de vida de la humanidad
y exterminó a cuánto ser viviente encontró: animales, plantas,
insectos, humanos. Después regresó a donde nosotros y cambió su
forma de vida. Se hizo de forma humana. Vistió un traje negro
brillante y corbata de color rojo. También portaba un portafolio de
piel de animal. Su atuendo era típico de cierta clase de hombres de
principios del siglo XXI. Comenzó a buscar a todo humano
sobreviviente. Fue inútil tratar de esconderse, nos encontró uno a
uno. Su poder era avasallador. Nuestra mente no se podía resistir a
su llamado. Ninguna persona escapó del sonido de su mente. Luego
reunió a todos los sobrevivientes de la tierra. Nos llevó a un lado
de una hilera de magueyes de lo que había sido nuestro lugar de
vida. Lo había elegido como epicentro de su quehacer.
–Este es el nuevo
comienzo –nos dijo con su voz cadavérica–. Confíen en mí, otro
futuro está en sus mentes.
–No quedó lo
suficiente de nuestros registros de conocimiento como para poder
continuar –dije sin pensar. El ente rió como una hiena.
–Por eso es un nuevo
comienzo –comentó burlonamente.
–Bueno –juntó las
palmas de sus manos, las frotó y en su rostro se dibujó
benevolencia–, la vida sigue. Hay algunas tierras que pueden
trabajar tal y como hicieran sus antepasados para que puedan
sobrevivir. Pero tienen un precio –hizo un gesto con una mano.
Sabíamos a qué se refería pero un murmullo nubló nuestra vista y
nuestra fluidez cognitiva se detuvo. No entendimos a lo que se
refería.
–¿No saben qué
significa?
No contestamos. El ser río.
–Siglos atrás la gente
hacía este signo para referirse al dinero –dijo con voz grave.
Nosotros seguimos guardando silencio. No podíamos activar nuestro
sistema cognitivo para expresar que sí sabíamos lo que trataba de
decirnos.
–Me olvidaba que
ustedes llegaron a la perfección –dijo con ironía–. Bueno hagámoslo
de una manera sencilla. Me tienen que dar algo a cambio de que los
deje trabajar las tierras.
Nuestra fluidez cognitiva regresó.
–No tenemos posesiones
–dijo un hombre de unos treinta años cuyo nombre nunca supe. Pero
que por sus características físicas, seguro provenía de la región
del Gran Lago de la Luna.
–No lo creo –contestó
el horripilante ser.
–Esto es absurdo. Esas
tierras no son fértiles, no tenemos qué darte, ni habilidades para
cultivar como lo hacían nuestros antepasados. No estamos dispuestos
a esta locura.
–Claro que lo estarán
–replicó el malvado ser.
El hombre del lugar del Gran Lago de la Luna tenía razón. La
situación era inaudita. Pensé intervenir en la discusión, pero algo
me ató el pensamiento. No pude hablar. Miré cómo el ser de traje, se
acercó a quien lo había cuestionado. Su rostro se trasformó en una
masa de gusanos. El miedo nos penetró a todos hasta lo más profundo
de nuestro cuerpo y allí nos mordió, nos atormentó hasta someternos.
El siniestro ente se paró frente al hombre de la región del Gran
Lago de la Luna, abrió su boca, mostró sus perfectos dientes y
exhaló. De su cavidad bucal emergieron millones de insectos que en unos
cuantos segundos devoraron al hombre que se atrevió a protestar.
–¿Alguien más?
–Preguntó el tirano con su voz de hielo.
Ninguno de nosotros tuvimos el valor para hablar. El malvado ser nos
dio los más miserables lugares para vivir; nos entregó las tierras
estériles para que sembráramos.
–Trabajar, será la
forma en que pueden pagar mis buenos gestos–dijo tranquilamente.
Luego se retiró.
En los primeros cinco años de su dominio, de los que nos sujetamos a
su yugo, más de la mitad murieron. Los sobrevivientes fuimos
generando en nuestro corazón un sentimiento de fatalidad. Para la
gran mayoría de nosotros todo estaba perdido. No había futuro para
los humanos. Nos resignamos a desaparecer como especie de la faz de
la tierra.
Un amanecer nos dimos cuenta de que habíamos perdido la noción de
cuál era el sistema de ubicación temporal que empleábamos. No
sabíamos nuestro tiempo. Ese día el frío nos mordía sin parar;
nuestra piel se agrietaba y sangrábamos. Apenas pudimos conciliar el
sueño. Fue esa noche cuando lo escuché por vez primera. Su voz era
como cuando amanecía con el esplendoroso resplandor del sol que todo
lo llenaba de vida. Me dijo que tenía que reactivarlo para arreglar
las cosas de la tierra. Cuando desperté, le conté a mi madre mi
sueño.
–Son las entidades
divinas celestes –dijo mi madre.
–Pero no hay modo de
establecer comunicación con ellas. No tenemos dispositivos ni modo
de reconstruirlos –comenté con desánimo.
–Hay algunas formas de
hablar con las sustancias celestes –repuso mi madre con su voz grave
y profunda–. Podemos hacerlo de la manera en que nuestros
antepasados hablaban con ellas.
–¿Cómo?
–A través de los
sueños como ya te sucedió o con lo que llamaban nuestros antepasados
rituales mágico-religiosos –contestó enigmática mi madre–. La forma
de hacer los rituales está contenida en los libros del siglo XVI.
Debemos averiguar si quedó algún ejemplar en las ruinas del Museo
del Conocimiento.
Durante varias noches salimos a buscar el libro, noches que nos
parecían eternas y que con cada fracaso, nuestro corazón se
oscurecía más. Al tiempo y cuando ya prácticamente no había polvo de
esperanza, encontramos un fragmento de la obra. Regresamos sin
dificultad a donde nos quedábamos. Íbamos felices. Había una
oportunidad.
–¿De dónde vienen?
–Escuchamos la tenebrosa voz del tirano. Luego vimos que estaba
convertido en ave y se hallaba posado en el techo de nuestro
dormitorio.
–Salimos a caminar
–dije tranquilamente. Es nuestro tiempo libre.
–Me parece bien, pero
no lo hagan más, pierden fuerza para trabajar –dijo con una voz que
recordaba el crujir de hojas secas. Ahora pienso que la entidad
sabía lo que hacíamos. Él podía ver en nuestras mentes, sin la menor
dificultad, lo que estábamos maquilando. Creo que lo hizo adrede
para que sucedieran las cosas del mundo.
A la noche siguiente hicimos el ritual.
Salto de ventanal trasero del sitio donde dormimos todos. El batir
de mis alas se escucha como un árbol marchito. Voy cobrando altura.
Mi nombre es Tlakaelel. Tengo veinticinco años. A mi padre lo mató
el ser de la oscuridad. Me amaba inmensamente. Me enseñó a ser un
hombre bueno y a pensar en nuestro lugar de vida. Me dijo que mi
nombre provenía de la lengua náhuatl y que significaba “hombre
valeroso” y que algún día tendría la posibilidad de demostrarlo.
Pienso que es el momento. Recuerdo que conforme mi madre iba
haciendo las plegarias y yo iba dando vueltas en el rescoldo de la
fogata que habíamos hecho. Sentí un fuego que me quemaba las
entrañas y se me esparcía por toda la piel. Me transformé en un ave
de plumaje negro.
Llego a donde está el lugar de las entidades celestes. Miro lo que
queda de ellas. Inicio un vuelo ritual en forma de espiral. De las
palmas de mis manos brotan polvos de luz que iluminan rítmicamente
el lugar. Las partículas divinas se constituyen en forma humana.
Bato mis alas y la forma humana se eleva. Sacó una aguja ritual que
traigo y la clavo con fuerza en el corazón de la figura humana. El
ritual funciona. Las entidades divinas celestes se mueven.
–¿Cuántos quedan? –Me
pregunta el ser. Le respondo cuántos de nosotros quedamos sobre la
superficie de la tierra. Su voz es como la sensación de estar en una
exuberante vegetación y al mismo tiempo frente al inconmensurable
mar. Después se hace miles de millones de partículas de luz. La nube
áurea desciende. Voy detrás de ella. Llegamos a la superficie de la
tierra. Se vuelve hacer como uno de nosotros. Yo recobro mi figura
humana. Miramos a nuestro alrededor. Todo es devastación. Sólo se
escucha la desolación. Los demás han sido ejecutados. Lo sé porque
ya no los percibo. El ser de la maldad se nos acerca. Luce
pulcramente ataviado. Es un hombre atractivo.
–Veo que has regresado
–me dice con su voz afable. Me sonríe. Sigue hablando:
–Y además traes
compañía. Dónde lo encontraste, ya no hay más personas en la tierra
o ¿alguien se me escapó? –Dice burlonamente. Luego hace una pausa y
continúa–. ¿Ya sabes que los otros no están? Verás, tuve que aplicar
un castigo ejemplar a los que te ayudaron a escapar. Primero no
querían confesar, y tuve que emplear algunas estrategias
convincentes. Terminaron por decir la verdad, y fue lo último que
hicieron. Y bien, quién es tu amigo –vuelve a decir burlonamente–.
¿Nos va ayudar a restablecer el nuevo orden?
–Espera Tlakaelel,
deja que yo conteste –interviene el ser de la sustancia divina
celeste. Luego miro al hombre de traje y éste dice:
–Entonces eres tú
–dice dirigiéndose a mi compañero–. Has vuelto.
–Mira lo que has hecho
–responde la sustancia divina celeste hecha hombre.
–Sí. Estoy cambiando
el orden y he eliminado algunos seres improductivos. ¿Estarás de
acuerdo conmigo que de vez en cuando hay que limpiar la porquería de
casa? Y, por cierto, lo volveré a hacer contigo.
El hombre de la sustancia divina celeste abre su boca y de ella sale
una ensordecedora nube de insectos de todo tipo. La nube avanza
hacia el hombre elegante y lo comienza a devorar. El varón se sabe
en peligro, se hace una llovizna fina de color negro y se escabulle.
Después el hombre del cielo voltea hacia mí y me toca la parte
superior de mi cabeza con su dedo índice de la mano derecha y me
dice:
–Tienes que ayudarme a
sujetarlo –. Siento que en mis venas circula fuego líquido. El dolor
vibra en lo más recóndito de mi cuerpo. Otra vez me transformo en un
ave. Pero esta vez mi plumaje se hace de metal con una tonalidad
azul oscuro.
Enfoco hasta donde está el despreciable ser. Ahora es un pordiosero
que apenas puede dar paso. Vuelo hacia él. Lo tomo con mis garras.
Trata de liberarse, pero hundo más mis garras en su carne. Empieza a
brotar un líquido negro y maloliente de sus heridas, chilla. Llega
el ser de la sustancia divina celeste. Vuelve a exhalar sus
insectos. El pordiosero se desintegra, se hace un polvo negro. El
ente divino abre su corazón y mete los restos del derrotado. Luego
me ve.
–Es todo –le digo.
–No, todavía tenemos
algunas cosas por hacer –me dice. Luego coloca sus labios frente a
mis labios y exhala. Mi cuerpo brilla como un sol.
–Ve –me dice. No
hablo. En mi mente aparece lo que tengo que hacer. Despliego mis
alas y salto a volar. Desde el aire donde veo uno a uno los
cadáveres de los míos. Conforme los veo me aproximo a ellos y exhalo
la sustancia de la vida. Miles de millones de insospechadas formas
de vida emergen. Él por su parte se transforma en una llovizna de
agua cristalina que a su paso reconfigura la forma de la superficie
de la tierra. El orden natural se recrea.
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Odilón Moreno Rangel
nació en
Pachuca, Hidalgo, México. Estudio licenciatura en
psicología educativa. Actualmente se desempeña como profesor de una
institución de educación superior especializada en la formación
docente. Estudia la maestría en Ciencias de la Educación en la
Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Ha participado en
diversos congresos nacionales e internacionales con investigaciones
educativas y de religiosidad popular. Mi obra literaria publicada se
encuentra en revistas electrónicas como Letralia, Resonancias,
Remolinos y Ariadna.

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