Miami
Estados Unidos
Año XIII

Nº 75/76

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL NUEVO ORDEN

por

Odilón Moreno Rangel

 

        A primera vista, cualquiera hubiera pensado que se trataba de un indigente del siglo XXI. Su ropa era vieja, rota y hedionda; sus cabellos y barbas blanquizcas, estaban apelmazadas por la suciedad. Hablaba y hacía gestos y señas con las manos con vehemencia, como si hubiera alguien delante de él. Todos lo tomamos por una singularidad de un extravagante. Ninguna persona del pueblo hizo por comunicarse con él para saber qué hacía allí. A decir verdad inspiraba cierto temor. Su mirada vidriosa y perdida, hacía que lo evitáramos. La presencia del harapiento contrastaba notablemente con la perfección de nuestro lugar de asentamiento.

     Nuestro lugar de vida, era hermoso. Nos encontrábamos en el corazón de la naturaleza. Pero no estábamos insertos en la naturaleza de forma fortuita. Habíamos entrado en su ritmo de forma armónica en base a nuestra racionalidad. Nuestra capacidad de racionalidad y generación de conocimiento se había visto incrementada significativamente en las últimas generaciones en base a que desarrollamos estrategias y técnicas cognitivas para aprovechar nuestro potencial neuro-cognitivo. Nunca persona alguna en la historia de la humanidad así como nosotros, había respirado un aire tan limpio e ingerido alimentos tan nutritivos y libres de elementos nocivos para la salud que eran creados por nuestra propia especie. Nuestros avances en dispositivos para vivir hicieron que nuestras diversas actividades en ningún modo alteraran lo propiamente natural. Por consiguiente nuestros espacios humanos no se diferenciaban de la naturaleza. Por otra parte nuestros avances en el conocimiento de lo existente también nos habían llevado a una amplia comprensión y comunicación con las entidades divinas, en otro tiempo, consideradas como una creación fantástica derivada de nuestra incapacidad para comprender la realidad natural, pero que ahora sabíamos son parte intrínseca de lo existente.

     Hacía tiempo que nos habíamos olvidado de nuestras diferencias socioculturales, raciales e históricas, y lo normal era ser distinto. Vivíamos en paz. Quizá por eso fuimos presa fácil del indigente, por eso no lo cuestionamos cuando lo vimos por vez primera, respetamos su especificidad. Los sensores, registraban índices normales de divinidad. Todos los existentes tenemos una cantidad esperada de divinidad. En realidad no sabíamos si más o menos cantidad de divinidad significaba un potencial peligro.

     El vagabundo caminó hacia la zona natural clave, aquélla que era la base para nuestra vida sociocultural. Cuando llegó a los primeros árboles, separó sus labios. Tenía algunos dientes podridos y otros amarillentos. Exhaló su vaho. Era una bruma oscura y nauseabunda. La neblina maligna secó a su paso árboles, plantas, animales y cualquier forma de vida. Dejó el lugar estéril. El vagabundo caminó por la zona natural clave cuánto tiempo le fue necesario para acabar con ella. En poco tiempo nos dimos cuenta del desastre. Los volúmenes de divinidad no cambiaron, sino que se comportaron de una manera inesperada que no supimos cómo registrar. Mandamos a nuestros especialistas para que repararan el daño. Llevaban diversos dispositivos para regenerar la naturaleza pero no lo lograron. Fueron víctimas del nocivo vaho.

     En los registros audiovisuales que analizamos observamos que el equipo de especialista vio al indigente. Hablaron con él, trataron de alertarlo del peligro pero no sabían que él era el peligro. Vimos cómo los cuerpos de nuestros compañeros se disolvieron y su sustancia divina cambió de características. Entonces nos dimos cuenta de que el vagabundo era un conglomerado de divinidad que no sabíamos cómo calificar, pero que sin duda alguna, era mortal para nosotros y las diversas formas de vida.

     Luego el vagabundo avanzó hacia al corazón de nuestro lugar de vida. Para entonces, sabíamos que no teníamos medios para confrontarlo. Estábamos aterrorizados por la presencia del ser y por nuestra incapacidad para restablecer el orden. Algunos huimos para salvaguardarnos y tratar de diseñar una estrategia que nos devolviera a nuestro curso de vida. Luego el despreciable ser, arrasó con gran parte de nuestras elaboraciones para vivir y con algunos más de nosotros. Los que sobrevivimos tratamos de establecer comunicación con entidades divinas asociadas a los árboles, plantas, animales e insectos. Pensábamos que si concentrábamos un volumen importante de estas entidades divinas, tal vez podríamos restablecer el orden al regenerar lo destruido. Desplegamos el mecanismo de comunicación. Estas entidades divinas las teníamos ubicadas en los espacios celestes. Los dispositivos de comunicación se veían como una polvareda naranja que subía en espiral. Cada partícula del polvo conformaba junto con las otras partículas un sistema de comunicación de tercera generación. Hacía tiempo que habíamos dejado de comunicarnos en base a nuestros dispositivos biológicos. Creamos artefactos para hacerlo a través de nuestra mente. Luego extendimos con toda clase de ser viviente. Después pudimos comunicarnos con las entidades divinas.

     Con todo y nuestro desarrollo de dispositivos de comunicación, las entidades divinas celestes no se activaron para nuestra ayuda. El pordiosero continuó con su destrucción. Una vez que la devastación fue total, el que había parecido en principio un indigente, se paró en el centro de las ruinas de nuestro lugar de vida. Extendió los brazos. Sus ropas harapientas y malolientes cayeron como si fueran hierbas secas y le brotaron plumas. Se hizo un ave siniestra. Luego voló hacia el cielo. Se dirigió hacia donde se ubican las otras entidades divinas. Desde la tierra escuchamos una serie de estruendos ensordecedores. Minutos después descendió el malvado ser, el cielo se oscureció y supimos que estábamos perdidos. Supusimos que no habría en el mundo otras entidades divinas más que las del abominable ser.

     El siniestro ser voló por los demás lugares de vida de la humanidad y exterminó a cuánto ser viviente encontró: animales, plantas, insectos, humanos. Después regresó a donde nosotros y cambió su forma de vida. Se hizo de forma humana. Vistió un traje negro brillante y corbata de color rojo. También portaba un portafolio de piel de animal. Su atuendo era típico de cierta clase de hombres de principios del siglo XXI. Comenzó a buscar a todo humano sobreviviente. Fue inútil tratar de esconderse, nos encontró uno a uno. Su poder era avasallador. Nuestra mente no se podía resistir a su llamado. Ninguna persona escapó del sonido de su mente. Luego reunió a todos los sobrevivientes de la tierra. Nos llevó a un lado de una hilera de magueyes de lo que había sido nuestro lugar de vida. Lo había elegido como epicentro de su quehacer.

–Este es el nuevo comienzo –nos dijo con su voz cadavérica–. Confíen en mí, otro futuro está en sus mentes.

–No quedó lo suficiente de nuestros registros de conocimiento como para poder continuar –dije sin pensar. El ente rió como una hiena.

–Por eso es un nuevo comienzo –comentó burlonamente.

–Bueno –juntó las palmas de sus manos, las frotó y en su rostro se dibujó benevolencia–, la vida sigue. Hay algunas tierras que pueden trabajar tal y como hicieran sus antepasados para que puedan sobrevivir. Pero tienen un precio –hizo un gesto con una mano. Sabíamos a qué se refería pero un murmullo nubló nuestra vista y nuestra fluidez cognitiva se detuvo. No entendimos a lo que se refería.

–¿No saben qué significa?

     No contestamos. El ser río.

–Siglos atrás la gente hacía este signo para referirse al dinero –dijo con voz grave. Nosotros seguimos guardando silencio. No podíamos activar nuestro sistema cognitivo para expresar que sí sabíamos lo que trataba de decirnos.

–Me olvidaba que ustedes llegaron a la perfección –dijo con ironía–. Bueno hagámoslo de una manera sencilla. Me tienen que dar algo a cambio de que los deje trabajar las tierras.

     Nuestra fluidez cognitiva regresó.

–No tenemos posesiones –dijo un hombre de unos treinta años cuyo nombre nunca supe. Pero que por sus características físicas, seguro provenía de la región del Gran Lago de la Luna.

–No lo creo –contestó el horripilante ser.

–Esto es absurdo. Esas tierras no son fértiles, no tenemos qué darte, ni habilidades para cultivar como lo hacían nuestros antepasados. No estamos dispuestos a esta locura.

–Claro que lo estarán –replicó el malvado ser.

     El hombre del lugar del Gran Lago de la Luna tenía razón. La situación era inaudita. Pensé intervenir en la discusión, pero algo me ató el pensamiento. No pude hablar. Miré cómo el ser de traje, se acercó a quien lo había cuestionado. Su rostro se trasformó en una masa de gusanos. El miedo nos penetró a todos hasta lo más profundo de nuestro cuerpo y allí nos mordió, nos atormentó hasta someternos. El siniestro ente se paró frente al hombre de la región del Gran Lago de la Luna, abrió su boca, mostró sus perfectos dientes y exhaló. De su cavidad bucal emergieron millones de insectos que en unos cuantos segundos devoraron al hombre que se atrevió a protestar.

–¿Alguien más? –Preguntó el tirano con su voz de hielo.

     Ninguno de nosotros tuvimos el valor para hablar. El malvado ser nos dio los más miserables lugares para vivir; nos entregó las tierras estériles para que sembráramos.

–Trabajar, será la forma en que pueden pagar mis buenos gestos–dijo tranquilamente. Luego se retiró.

     En los primeros cinco años de su dominio, de los que nos sujetamos a su yugo, más de la mitad murieron. Los sobrevivientes fuimos generando en nuestro corazón un sentimiento de fatalidad. Para la gran mayoría de nosotros todo estaba perdido. No había futuro para los humanos. Nos resignamos a desaparecer como especie de la faz de la tierra.

     Un amanecer nos dimos cuenta de que habíamos perdido la noción de cuál era el sistema de ubicación temporal que empleábamos. No sabíamos nuestro tiempo. Ese día el frío nos mordía sin parar; nuestra piel se agrietaba y sangrábamos. Apenas pudimos conciliar el sueño. Fue esa noche cuando lo escuché por vez primera. Su voz era como cuando amanecía con el esplendoroso resplandor del sol que todo lo llenaba de vida. Me dijo que tenía que reactivarlo para arreglar las cosas de la tierra. Cuando desperté, le conté a mi madre mi sueño.

–Son las entidades divinas celestes –dijo mi madre.

–Pero no hay modo de establecer comunicación con ellas. No tenemos dispositivos ni modo de reconstruirlos –comenté con desánimo.

–Hay algunas formas de hablar con las sustancias celestes –repuso mi madre con su voz grave y profunda–. Podemos hacerlo de la manera en que nuestros antepasados hablaban con ellas.

–¿Cómo?

–A través de los sueños como ya te sucedió o con lo que llamaban nuestros antepasados rituales mágico-religiosos –contestó enigmática mi madre–. La forma de hacer los rituales está contenida en los libros del siglo XVI. Debemos averiguar si quedó algún ejemplar en las ruinas del Museo del Conocimiento.

     Durante varias noches salimos a buscar el libro, noches que nos parecían eternas y que con cada fracaso, nuestro corazón se oscurecía más. Al tiempo y cuando ya prácticamente no había polvo de esperanza, encontramos un fragmento de la obra. Regresamos sin dificultad a donde nos quedábamos. Íbamos felices. Había una oportunidad.

–¿De dónde vienen? –Escuchamos la tenebrosa voz del tirano. Luego vimos que estaba convertido en ave y se hallaba posado en el techo de nuestro dormitorio.

–Salimos a caminar –dije tranquilamente. Es nuestro tiempo libre.

–Me parece bien, pero no lo hagan más, pierden fuerza para trabajar –dijo con una voz que recordaba el crujir de hojas secas. Ahora pienso que la entidad sabía lo que hacíamos. Él podía ver en nuestras mentes, sin la menor dificultad, lo que estábamos maquilando. Creo que lo hizo adrede para que sucedieran las cosas del mundo.

     A la noche siguiente hicimos el ritual.

     Salto de ventanal trasero del sitio donde dormimos todos. El batir de mis alas se escucha como un árbol marchito. Voy cobrando altura. Mi nombre es Tlakaelel. Tengo veinticinco años. A mi padre lo mató el ser de la oscuridad. Me amaba inmensamente. Me enseñó a ser un hombre bueno y a pensar en nuestro lugar de vida. Me dijo que mi nombre provenía de la lengua náhuatl y que significaba “hombre valeroso” y que algún día tendría la posibilidad de demostrarlo. Pienso que es el momento. Recuerdo que conforme mi madre iba haciendo las plegarias y yo iba dando vueltas en el rescoldo de la fogata que habíamos hecho. Sentí un fuego que me quemaba las entrañas y se me esparcía por toda la piel. Me transformé en un ave de plumaje negro.

     Llego a donde está el lugar de las entidades celestes. Miro lo que queda de ellas. Inicio un vuelo ritual en forma de espiral. De las palmas de mis manos brotan polvos de luz que iluminan rítmicamente el lugar. Las partículas divinas se constituyen en forma humana. Bato mis alas y la forma humana se eleva. Sacó una aguja ritual que traigo y la clavo con fuerza en el corazón de la figura humana. El ritual funciona. Las entidades divinas celestes se mueven.

–¿Cuántos quedan? –Me pregunta el ser. Le respondo cuántos de nosotros quedamos sobre la superficie de la tierra. Su voz es como la sensación de estar en una exuberante vegetación y al mismo tiempo frente al inconmensurable mar. Después se hace miles de millones de partículas de luz. La nube áurea desciende. Voy detrás de ella. Llegamos a la superficie de la tierra. Se vuelve hacer como uno de nosotros. Yo recobro mi figura humana. Miramos a nuestro alrededor. Todo es devastación. Sólo se escucha la desolación. Los demás han sido ejecutados. Lo sé porque ya no los percibo. El ser de la maldad se nos acerca. Luce pulcramente ataviado. Es un hombre atractivo.

–Veo que has regresado –me dice con su voz afable. Me sonríe. Sigue hablando:

–Y además traes compañía. Dónde lo encontraste, ya no hay más personas en la tierra o ¿alguien se me escapó? –Dice burlonamente. Luego hace una pausa y continúa–. ¿Ya sabes que los otros no están? Verás, tuve que aplicar un castigo ejemplar a los que te ayudaron a escapar. Primero no querían confesar, y tuve que emplear algunas estrategias convincentes. Terminaron por decir la verdad, y fue lo último que hicieron. Y bien, quién es tu amigo –vuelve a decir burlonamente–. ¿Nos va ayudar a restablecer el nuevo orden?

–Espera Tlakaelel, deja que yo conteste –interviene el ser de la sustancia divina celeste. Luego miro al hombre de traje y éste dice:

–Entonces eres tú –dice dirigiéndose a mi compañero–. Has vuelto.

–Mira lo que has hecho –responde la sustancia divina celeste hecha hombre.

–Sí. Estoy cambiando el orden y he eliminado algunos seres improductivos. ¿Estarás de acuerdo conmigo que de vez en cuando hay que limpiar la porquería de casa? Y, por cierto, lo volveré a hacer contigo.

     El hombre de la sustancia divina celeste abre su boca y de ella sale una ensordecedora nube de insectos de todo tipo. La nube avanza hacia el hombre elegante y lo comienza a devorar. El varón se sabe en peligro, se hace una llovizna fina de color negro y se escabulle. Después el hombre del cielo voltea hacia mí y me toca la parte superior de mi cabeza con su dedo índice de la mano derecha  y me dice:

–Tienes que ayudarme a sujetarlo –. Siento que en mis venas circula fuego líquido. El dolor vibra en lo más recóndito de mi cuerpo. Otra vez me transformo en un ave. Pero esta vez mi plumaje se hace de metal con una tonalidad azul oscuro.

     Enfoco hasta donde está el despreciable ser. Ahora es un pordiosero que apenas puede dar paso. Vuelo hacia él. Lo tomo con mis garras. Trata de liberarse, pero hundo más mis garras en su carne. Empieza a brotar un líquido negro y maloliente de sus heridas, chilla. Llega el ser de la sustancia divina celeste. Vuelve a exhalar sus insectos. El pordiosero se desintegra, se hace un polvo negro. El ente divino abre su corazón y mete los restos del derrotado. Luego me ve.

–Es todo –le digo.

–No, todavía tenemos algunas cosas por hacer –me dice. Luego coloca sus labios frente a mis labios y exhala. Mi cuerpo brilla como un sol.

–Ve –me dice. No hablo. En mi mente aparece lo que tengo que hacer. Despliego mis alas y salto a volar. Desde el aire donde veo uno a uno los cadáveres de los míos. Conforme los veo me aproximo a ellos y exhalo la sustancia de la vida. Miles de millones de insospechadas formas de vida emergen. Él por su parte se transforma en una llovizna de agua cristalina que a su paso reconfigura la forma de la superficie de la tierra. El orden natural se recrea.

 

Odilón Moreno Rangel nació en Pachuca, Hidalgo, México. Estudio licenciatura en psicología educativa. Actualmente se desempeña como profesor de una institución de educación superior especializada en la formación docente. Estudia la maestría en Ciencias de la Educación en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Ha participado en diversos congresos nacionales e internacionales con investigaciones educativas y de religiosidad popular. Mi obra literaria publicada se encuentra en revistas electrónicas como Letralia, Resonancias, Remolinos y Ariadna.