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Nacido en 1931, José Triana forma parte de un talentoso grupo
de dramaturgos que desarrollan sus obras dentro de una época
de crítica de la historia nacional, en la que influye, además,
el triunfo de la Revolución cubana como elemento
coyuntural en la revisión que estos creadores ofrecen
de la sociedad, antes y después de 1959. Las metodologías de
desentrañamiento histórico y artístico son, por
supuesto, de las más variadas. Desde retomar elementos propios
del costumbrismo y del teatro bufo cubano, para interpretar
los nuevos contenidos sociales y humanos que se presentan en
la Cuba de los años 60, hasta incorporar técnicas del absurdo,
del existencialismo, y aún del teatro griego[1],
estos creadores contribuyeron notablemente a la transformación
y renovación de las formas tradicionales del teatro cubano e,
incluso, de su público.
Dentro de los que develan la tragicidad del humor y el absurdo
cubanos, y que en Cuba tuviera a Virgilio Piñera (1912-1979)[2]
como su figura más relevante, encontramos a José Triana.
Relacionándose con estas técnicas y contenidos de la
absurdidad que indagan principalmente en la irracionalidad de
lo real y el sinsentido de la experiencia humana, la obra
de este autor podría dividirse en dos etapas. La primera
incluiría desde El mayor general hablará de Teogonía
(1960) hasta La noche de los asesinos (1965)[3]. La
segunda etapa correspondería a las escritas por Triana después
del 1965: Ceremonial de guerra (1968-1973); Revolico
en el Campo de Marte (1971); y Palabras comunes,
estrenada en 1986.
La noche de los asesinos
ofrece un esquema impar en el que se repiten las situaciones
iniciales de cada acto en función de presentar diversos
ángulos de los conflictos que, en todo momento, están a punto
de estallar, y en los que los diálogos operan con un lenguaje
de símbolos y de palabras entrecortadas que apoyan, a través
de los personajes, la irracionalidad y la incoherencia de la
conciencia del ser humano. Razón ésta por la que interesa aquí, sobre todo, en la funcionalidad de
éstos para la
realización del parricidio propuesto en la obra como una de
las formas posibles de salvación.
La conciencia del parricidio en La noche de los asesinos.
Susceptible de múltiples lecturas, La noche de los asesinos ha
logrado convertirse en un símbolo de la esperanza social
cubana en el acabamiento —dado a través del asesinato—, de las
estructuras familiares y sociales establecidas en el país
durante la segunda mitad del pasado siglo XX. En esta pieza,
tres hermanos, nombrados por apodos familiares o diminutivos
tan comunes en Cuba como los de Lalo, Beba y Cuca, se dedican
a una serie de juegos y/o ensayos en los que domina el
propósito del asesinato de sus padres, con el fin de acabar
con el sinsentido de sus vidas, para lograr vivir
verdaderamente. Sorprende desde el inicio el
procedimiento de continua sorpresa que establece Triana en
esta obra teatral dividida en dos actos, pues el asesinato,
que el espectador cree ha ocurrido ya cuando comienza la obra
y Lalo cae de rodillas en el piso del sótano exigiendo primero
que todo: “Cierra esa puerta”, para acto seguido gritar con
los ojos muy abiertos de frente al público: “Un asesino. Un
asesino” (67), en realidad sólo ha tenido lugar en la
conciencia de los personajes que lo intentan, pues, a medida
que la obra avanza, se evidencia que éste aún no ha ocurrido y
que, en cada ensayo, el espectador presencia otro intento de
ejecución que se establece a través del juego de la muerte y
la participación que cada uno de los hermanos tiene en el
cumplimiento de su propio destino trágico, en la misión del
acabamiento de sus padres.
En esta pieza en la que se funden pasión, amor, muerte y
destino, el elemento que resalta a simple vista es el
tratamiento de la relación amor-odio entre padres e hijos y
aún entre hermanos, cuyo antecedente temático dentro de la
Isla sobresale en el drama psicológico Electra Garrigó que
utiliza como base La Orestiada de Esquilo. Aunque lleva razón Triana al
expresar que a esta obra la recorre por sobre todas las cosas
un profundo sentimiento de amor, resuenan en la misma los
versos del poeta cubano —perteneciente a la
generación del cincuenta—, Rolando Escardó (1925-1960), quien en sus
poemas y muy principalmente en el titulado “Cordialidad del
odio familiar” de su primer y único Libro de Rolando
devela en síntesis apretada dicha relación dentro del marco de
las relaciones familiares. Porque al establecer la existencia
de este cordialísimo odio —y del intolerable amor—, en cada
familia cubana y, principalmente, dentro de las relaciones
entre padres e hijos, es el momento en que se logra en la obra
el desplazamiento hacia las “cordiales” relaciones sociales de
ese país, recorridas en La Noche, además por un profundo paternalismo
estatal en cuya base encontramos el desarrollo consecuente y
sistemático del culto a la personalidad.
Profundamente ambigua, la pieza revela
las relaciones del odio, pero también las del amor; devela
personajes redondos y acabados, al tiempo que fragmentados
(Escarpenter: 2). Lalo, el hijo asesino, aparece como víctima
y, los padres, víctimas aparentes resultarán culpables. Tal
efecto se logra a través de elementos lingüísticos que
insisten en oraciones cortas que, más que la explicación de
los hechos, recurren a la acción de las palabras, verbalizando
el texto y obstruyendo constantemente el sentido explícito,
haciendo hincapié, sobre todo, en la representación dentro de
la representación para alcanzar momentos más depurados del
juego, ya que de manera muy rápida los personajes pasan a ser
otros y el espectador, por momentos, no alcanza a darse cuenta
de quién se representa: ¿acaso Lalo, Cuca o Beba, o alguna de
sus múltiples caracterizaciones? Los tres y aparentemente
únicos personajes de la obra, son ellos mismos al tiempo que
son los encargados de dar vida a los otros (padre, madre,
Pantaleón, emperador romano, señor importante, vecinos,
policías, y hasta juez y fiscal). Más de una vez Lalo expresa
su deseo de cambiar las cosas de lugar y Cuca las vuelve a
poner en su sitio, así como el comienzo de cada acto es
diferente aunque parece ser idéntico, transcurriendo en un
escenario fundamental y sencillo: el sótano de la casa donde
se desarrolla el plan del parricidio. En este lugar frío,
cerrado y hasta asfixiante los niños que juegan a esconderse
ensayan una y otra vez el asesinato. Allí los hermanos han
desarrollado sus vidas y desde ahí, desde la oscuridad o noche
oscura del alma, comienzan a sentir la necesidad del
cambio en su deseo de llevar una vida libre de la
contradictoria relación paterna, caracterizada en dicha obra
por los sentimientos de dependencia, sumisión, amor-odio y,
por sobre todas las cosas, miedo.
En el primer acto Lalo —director y cabeza pensante de la
puesta en escena de éste—, penetra en el cerrado sótano,
destinado para el juego de los niños, al tiempo que cae de
rodillas y de frente al público confiesa su crimen, e
involucra a sus hermanas Beba y Cuca en la idea de la
ejecución. En tanto, Beba advierte que la representación ha
comenzado, iniciándose una vez más el ensayo de una fórmula
conocida: el parricidio. Por medio de un juego
representacional Triana abre las cortinas de las conciencias
de dichos personajes a través del deseo de un orden nuevo y de
una limpieza de todo lo existente, y que también podría,
dentro del universo cubano, remitir a la idea de la limpieza
religiosa que se oficia en presencia de los orishas o deidades invocadas
para que cese el poder del mundo de los “muertos” sobre los
“vivos”[4].
En el segundo acto es Cuca quien dirige la representación para
que las cosas “no se queden a medias como siempre”,
justificando así el parricidio en performace. Ella es
la que llevará todo hasta sus últimas consecuencias,
incluso, llevará a cabo el juicio del hermano.
Paradójicamente, en el enjuiciamiento, La noche logra
una mayor intensidad y ambigüedad ya que se trata de juzgar al
criminal que no ha ejecutado ninguna acción real. Con Cuca al
mando, la pieza evidencia manifiestamente que el asesinato
sólo ocurre dentro del espacio subjetivo de la conciencia de
Lalo, pero el juicio que se lleva a cabo en esta segunda
parte, con Cuca como policía primero y después como fiscal—,
se desarrolla en el espacio de la realidad objetiva. El sótano
es ahora una estación de policía
a la que pertenecen investigadores que dan por hecho el
parricidio sin el cuerpo del delito. El efecto del sonido de
la máquina de escribir que teclea Beba determina la creación
de este espacio dentro del espacio del sótano, posibilitando
de este modo la representación de un tercer espacio dentro del
segundo: la sala del juzgado que lleva a cabo el proceso de
enjuiciamiento con todo el aparato requerido (fiscalía y
defensa). Todo el aparato fiscal está montado, sólo falta una “nimiedad”: las pruebas
condenatorias.
Durante los dos actos la pieza muestra múltiples posibilidades
de la representación dentro de la representación como método,
elemento que en este segundo acto cobra mayor
importancia dado que en el momento del performance del
juicio, los espectadores son involucrados en la obra como los
personajes testigos del proceso judicial arbitrario que Cuca
dirige. Sin embargo, tanto Cuca como Lalo son decapitados en
sus acciones ya que, por un lado, Lalo se arrepiente del
crimen y Cuca fracasa en su deseo de defender a sus padres.
¿Qué ha pasado con los padres de Lalo, Cuca y Beba para que
éstos planeen un asesinato, o más aún, para que fracase la
posibilidad de su defensa? En la ambigüedad trianesca no ha
pasado nada y ha pasado todo. A pesar de ello, cada acción
intermarital gravita con fuerza en la relación padres e hijos,
y aún entre los propios hermanos. El matrimonio, al que la
madre de Lalo llega manipulando su preñez, establece la
carencia de amor que sienten los hijos, especialmente Lalo
pues a través de él y sobre él la madre dice:
LALO.- (Como
la madre.) Ay, Alberto, tengo un mareo y me duele el
vientre, sujétame, no me pises la cola que me voy a caer...
Ay, pipo, yo quiero sacarme este muchacho... Es verdad que tú
te decidiste por él; pero yo no lo quiero. [...] ¡Esta maldita
barriga! Quisiera arrancarme éste... (88)
para rematar a
través de CUCA el parlamento que dirige a LALO:
CUCA.- (Como
la madre. Con odio, casi masticando las palabras.) Me das
asco. (Le arranca el velo violentamente.) No sé cómo
pude parir semejante engendro. Me avergüenzo de ti, de tu
vida. ¿Así que quieres salvarte? No, chico; deja eso de la
salvación... Ahógate. Muérete (88).
Conmueve la lógica resultante propuesta. A pesar de ser
concebido como un personaje fragmentado, Lalo es un personaje
detallado perfectamente en su psicología, ya que al modo de la
tragedia griega, lleva sobre sí el peso del destino que le ha
impuesto su propia madre como hijo no deseado. Víctima primero
de aquélla, Lalo resuelve primero imponer su orden y más
tarde, fracasado en su intento, convertirse en ejecutor.
Decapitadas de esta manera las relaciones familiares, y los
intentos de construir un nuevo orden, al menos su orden, la
obra de Triana se desplaza obligadamente al espacio social en
que propone su desarrollo.
Develada la hipocresía social de la familia, ¿célula de la
sociedad?, La noche presenta también a través de la
imposición del poder familiar, la violencia de un poder
coercitivo. Escrita en la década del sesenta, esta pieza
alcanza sus mayores formas de ambigüedad dentro de ese espacio
ubicuo al plantar / plantear la acción de la obra en la
década del cincuenta. ¿Encubrimiento? ¿Censura? ¿Autocensura?
¿Qué es lo que impide al dramaturgo decir claramente el tiempo
histórico real de la obra? ¿Tal superposición
de épocas responde a un simple procedimiento técnico del
absurdo o a una vinculación más profunda del autor con la
realidad?
Escrita en los sesenta (Escarpenter: 3), La noche
participa del conocimiento de dos realidades —antes y después
de (y con) Castro, pero devela, en lo fundamental, los códigos
de la sociedad castrense. Integradas como parte de una sola realidad,
de una sola conciencia histórica, La noche reflexiona sobre el contenido único de estos dos gobiernos
diferentes si se considera el modo elegido para llegar al poder: del Golpe de Estado de derecha de 1952 a
la Revolución burguesa nacionalista de 1959, declarada
posteriormente comunista; y sin embargo confluyentes en la
instauración del poder militar, que anulara —más aún después
del 59—, toda posibilidad de sociedad civil. El resultado, un
poder absoluto al que se enfrenta la obra durante sus dos
actos. Ahora bien, si la acción de la obra tiene lugar antes
del asesinato La noche justifica la necesidad de un
cambio social radical y revolucionario, si por el contrario,
esta obra se desarrolla después del asesinato, lo que se
enjuicia es el gobierno castrista que, después de haber tomado
el poder, da otra vuelta de tuerca a la opresión
gubernamental, convirtiéndose además en opresión paternal, lo que
implica cómo los personajes sin edad sólo son capaces de
reproducir las mismas estructuras represivas y arbitrarias del
poder de sus padres. Éste es un hecho que, por demás, coincide con el
momento en que la Revolución cubana gozaba del aplauso
nacional e internacional y el entusiasmo proporcionaba la
llegada de un nuevo orden social que trazaba objetivos de
reivindicación moral que traicionara casi desde el inicio.
Este juego de ambigüedades que oscurece por momentos el
transcurso de la representación, es también el medio a través
del que se iluminan las diferentes relaciones de política y
poder en la sociedad cubana. La crítica sobre La noche
—que ha sido numerosa y esencial—, ha insistido en muchas
ocasiones en analizar esta obra desde un punto de vista de los
procedimientos técnicos, o desde su connotación política,
iniciada justo al recibir el Premio Casa de las Américas hasta
la resonancia que obtuvo al ser representada.
Al asumir uno de los puntos de vista el de las connotaciones
políticas presentes en la obra, la crítica ha insistido en
comprender su contenido antibatistiano o antirrevolucionario.
Más que antibatistiana, antirrevolucionaria, o
contrarrevolu-cionaria, La noche es una pieza
revolucionaria, al modo en que fue pensada alguna vez la
nación cubana con José Martí a la cabeza. Es por ello que,
vaciadas las posibilidades de poder de Batista y estancadas
las aparentes nuevas formas sociales de poder dentro de
estructuras aún más arcaicas de dictadura, cercanas a
organizaciones semifeudales, La noche se convierte en
un documento altamente revolucionador o transformador y, por
tanto, subversivo, al insistir en el deseo de las generaciones
anteriores por un cambio real, profundo, sin histerias, deseo
expreso en la constante ansiedad de limpieza de Beba y el
cambio de orden de Lalo para quien el florero va en el piso. A
pesar de sus tormentas interiores, Lalo guarda una claridad
mental extraordinaria: la limpieza era una necesidad. Todo el
orden debía haber sido cambiado desde antes. Y aún era
necesario hacer otra cosa, pero su vejez (cercana a los
treinta años) es un obstáculo para realizar el acto.
Nacida dentro de una época que continuaba un proceso
antidemocrático a través de un aparente nuevo orden social e
impuesto igualmente a través del terror: pelotones de
fusilamiento contra todo aquél que pudiera ser considerado
como un representante activo del pasado, desapariciones,
muertes, condenas por convicción a las que se les dio el
nombre de tribunales populares y/o revolucionarios, la obra de
Triana critica un pasado pre-revolucionario que hizo posible el
triunfo de un discurso político altamente manipulador de los
ideales de justicia social enarbolados durante años por la
intelectualidad del país, al tiempo que se enfrenta al poder
absoluto instaurado en Cuba después de 1959, a través de un
sólo concepto ideológico, rector y determinante.
La noche de los asesinos habla del
miedo y de la agonía de la inutilidad de la vida; y a través
de tres personajes principales que se desdoblan en el (los)
otro (s) —hermanos, hijos, vecinos, madre, padre, policía,
miembros del tribunal e, incluso público—, muestra un
conflicto en la necesidad del acabamiento de un estado de
cosas imperantes, dado en este caso específico en el plan de
asesinato de los padres de Lalo, Beba y Cuca. Tras este
propósito se encuentra Lalo, quien propone otro orden para la
casa. La casa que perfectamente pudiera entenderse como
nación necesita una limpieza. Una estricta limpieza que arroje
afuera toda la basura, y un cambio en la disposición de los
muebles, y en ellos mismos como seres que buscan exorcizarse
en ambos planos, individual y social, y por sobre todas las
cosas, espiritual, ya que quienes ensayan el asesinato de sus
padres son seres cargados de amor, lo cual les hace mucho más
difícil la posibilidad de ver claramente y actuar en
consecuencia con verdadero raciocinio, ya que si bien
recordamos el precepto bíblico de que es el amor el que ve y
el que conoce, también encontramos en el amor la
representación de una fuerza ciega que muestra el triunfo de
lo irracional sobre la razón.
No obstante la ceguera, los tres personajes intuyen la necesidad de la
limpieza que a la manera de la
religión afrocubana necesita del sacrificio de los animales,
para lograr la liberación del muerto que posee a la persona o
ronda la casa, robando el sueño, los deseos de trabajar, la
posibilidad de concentración o disciplina en alguna cosa, el
muerto, culpable siempre de la incapacidad del individuo que
va a consultarse para saber qué le pasa, qué lo detiene, por
qué no puede avanzar en el camino de su vida, lo que, de
alguna manera dibuja también un rasgo de la psicología
infantil presente en la conciencia popular cubana y que hace
pensar en la infancia/vejez de los personajes trianescos que
frisan los treinta años, la edad de Triana y de sus compañeros
de generación en la época en que éste escribiera la obra.
La
propuesta no resulta sencilla. Para lograr sus propósitos los
hermanos tienen tan sólo dos opciones. La primera, huir. La
segunda, matar a sus padres (el signo del sacrificio que exige
la limpieza y el tamaño de los animales), y con su muerte terminar con el orden impuesto
por éstos. En ambos casos, aflora un concepto: rebelión. Pero,
¿quién se rebela? ¿Cómo? ¿Podría una denuncia conducirlos a la
cárcel? O, en realidad, ¿valdría la pena intentarlo? La
noche no presenta soluciones, ya que Lalo con el mismo
proceder impositivo y arbitrario de sus padres para lograr sus
propósitos, demuestra su incapacidad para llevar a cabo un
proyecto de gobierno diferente, al tiempo que se repiten las
violentas estructuras del pensamiento machista sobre los
espacios domésticos y políticos.
La noche se cierne
sobre estos tres personajes de una manera casi mística. Por un
lado, el espacio cerrado crea eficazmente un ambiente de
claroscuro propio del sótano/desván. Por el otro, la noche de
la conciencia —o del alma — que no alcanza la luz en su deseo de asesinato,
y en el mismo tiempo, en la repetición del juego por llevar a
cabo el parricidio, la idea del rito. En casi todas las
culturas, el rito se repite con fines purificadores y/o
salvadores, ora bien para atraer la lluvia para las buenas
cosechas, ora bien para obtener la victoria de la guerra, ora
bien para saciar la violencia de los dioses, a quienes se les
entregan las doncellas vírgenes. En La noche, lo que se
lleva a cabo es el rito del parricidio. Desde el primer acto
ha quedado claro que éste se ha ensayado varias veces. En este
objetivo, el primer acto se constituye en la necesidad de ser
representado una vez más. Así, cuando en el segundo acto la
policía llega a la casa para detener a Lalo, la sangre —otro
elemento de acción purificadora para la mística personal y
social—, está en todas partes, pero en este caso como un
látigo, como una denuncia.
La
sangre está en todas partes, pero no hay pruebas del
asesinato. Tampoco los cadáveres insepultos. Pero de lo que se
trata es de llevarlo todo hasta las últimas consecuencias. En
realidad, aunque se carece de pruebas acusatorias, el crimen
es mucho más condenable puesto que ocurre en la mente. Así,
aunque el plan de Lalo no evidencia el asesinato, sí demuestra
la posibilidad del acto, y por supuesto, el sólo hecho de
haberlo imaginado, o contemplado como idea, es entendido como
una acción de la mayor violencia y crueldad. Es necesario
juzgar, no importa cuán arbitrario sea el método de
enjuiciamiento. Lo que está en juego es el hombre mismo y la
estructura jurídica que se desarrolla. De este modo, más que
un compromiso de índole social, la proposición de Triana es la
de la reflexión sobre las relaciones violentas y crueles que
se hallan en el seno de la propia familia y la necesidad de
amor que al final de la obra aparece a través del parlamento
de Lalo, tras su fracaso en la ejecución del crimen al
confesar:
LALO.- ¡Ay,
hermanas mías, si el amor pudiera... Sólo el amor... Porque a
pesar de todo yo los quiero” (116).
Es
el momento decisivo del desenlace en el que Lalo expresa esta
idea nueva de reconciliación al tiempo que de pesimismo por la
imposibilidad de su realización. Otra vuelta de tuerca para
comprender la naturaleza del hombre dentro de una sociedad
vigilante y paternalista. Acostumbrado a que todos los
esfuerzos de cambio fallen, tras el ensayo de asesinato, todo
permanece idéntico. Sólo el deseo de cometer el crimen es lo
que se acrecienta, pero no sucede. Sólo el deseo de amor de
Lalo, en lugar del odio, pero el triunfo de éste parece
imposible dentro de las relaciones afectivas y sociales, en
las que como elemento triunfal y devastador domina el odio. Es
por ello que Cuca expresa que el concepto de Lalo le parece
ridículo. En tanto, Beba, ya está lista para ensayar el mismo
plan, desplazando a Lalo, quedando abierta una posibilidad de
realización en el acabamiento del miedo para, a través de la
rebelión, alcanzar la resurrección de sus vidas.
El terror por
todas las palabras.
Incapaces de comunicarse entre ellos, los hermanos Lalo, Cuca
y Beba representan además el terror por todas las palabras que
puedan servir como base para probar un delito y declarar una
condena. En este sentido, la obra de Triana devela la
psicología del miedo tras la que se oculta la aspiración de hacer
otra cosa, al menos acabar con la vida de los padres so
peligro de que finalice en la realización de este acto la vida
de los hijos, ya que dentro de una conciencia repleta de miedo
lo importante es que, al menos, suceda algo, no importa qué.
Así, los diálogos funcionan como factor incomunicable, y el
lenguaje físico deviene factor significante de valor propio
para la comprensión del metatexto.
Dividida en dos actos, la historia de La noche de los
asesinos involucra diferentes acciones temporales que van
desde el pasado al presente y hasta al futuro al visualizar
las escenas de un juicio por un asesinato que aún no ha
sucedido. De esta manera, sólo la acción de los personajes y
sus constantes entradas y salidas de las situaciones que se
presentan es lo que nos ayuda a construir la trama de la
acción de estos jóvenes adultos e infantiles que intentan
cambiar el orden establecido de la casa impuesto por sus
padres.
A
pesar de que La noche de los asesinos no es cualquier
noche, sino La noche de la conciencia de tres
personajes que buscan su liberación a través del parricidio,
sus personajes, en cambio, responden a nombres comunes y
corrientes dentro de la tradición cubana, lo que obliga a
reflexionar en el desplazamiento de estas individualidades
fragmentadas como la representación de cualquier miembro de
la sociedad cubana actual; miembros y no ciudadanos ya que Lalo, Cuca y Beba, no sólo son
con sus nombres los hermanos de cualquier familia y de la suya
propia, sino padre, madre, vecinos, detectives y policías,
juez y fiscal de sus propias acciones, al tiempo que miembros
también de alguna institución estatal establecida.
Víctimas y culpables, los hermanos (y los otros miembros de la
sociedad) viven La noche de su conciencia en el ensayo
repetido del asesinato de sus padres. Víctimas y culpables,
ellos mismos son, además de potenciales ejecutores, los
espectadores e, incluso, los testigos y posibles delatores de
su propio delito, por lo que, en este sentido, la obra devela
también la paranoia social que padecen los miembros de esta
sociedad, perfectamente centralizada, capaz durante años de
vigilar cada acto humano —e, incluso, conversaciones
telefónicas y correspondencia con el extranjero—, de los
“miembros” de su sociedad a través de perfectas redes de
informantes a lo largo de todo el país.
En
esta no vida que llevan los hermanos de cualquier familia
surge el deseo del acabamiento para el inicio de, al menos,
otra existencia. Una necesidad que en el fracaso del intento
mide y reflexiona en las consecuencias del acto para personas
cargadas de amor, resultado además aún más frustrante ante la
incapacidad del parricidio y la conciencia de la inutilidad de
una vida dispuesta y establecida mucho antes del nacimiento.
Al final, sólo la rebeldía de Beba permanece en el riesgo.
Finalizado el juicio en el que tanto Lalo como Cuca fracasan
en sus acciones, sólo Beba retoma el juego, vuelve a insistir
en una única posibilidad de limpieza (el asesinato),
sacrificándose ella, una de las dos mujeres vírgenes que
presenta la obra. En el riesgo y en la posibilidad de acción
de la mujer finaliza la trama. ¿Con una mujer como ejecutora
del plan se realizará el asesinato? No lo sabemos. Sólo que
Beba ha dicho, muy seria: “Está bien. Ahora me toca a mí”
(116). Mientras tanto, el telón cae y la pregunta de si una
mujer será capaz de hacerlo, flota en el aire. Y la obra de
Triana se cierra como signo de un deseo que habita en la
conciencia social de la nación cubana.
[1]
Véase Electra Garrigó de Virgilio Piñera; Los
siete contra Tebas de Antón Arrufat y Medea en el
espejo de José Triana.
[2] Dramaturgo cubano que inaugura el teatro moderno
cubano. Nunca será suficiente recordar que escribe
en 1941 Electra Garrigó, adelantándose así a Las
Moscas de (1943) de Sartre y en 1948 Falsa alarma,
o sea, dos años antes de que Ionesco estrenara en La Huchette
su famosa Soprano calva.
[3] El presente texto fue leído como conferencia en
mayo del 2011 en dos
universidades costarricenses, la Universidad Autónoma de Centro
América (UACA) y la Universidad Nacional, Heredia (UNA).
[4]Dentro de la tradición
cultural cubana y su norma lingüística, el hacer “limpieza”
remite al mundo religioso afrocubano caracterizado por el
politeísmo y por el sacrificio de animales al Santo. Esta
concepción espiritual asume la existencia de espíritus
malignos rondando las
habitaciones, de una manera casual, porque “los muertos” ya
estaban ahí con anterioridad cuando la familia comenzó a
habitar la casa, o debido a la acción de alguien de “echar un
muerto”. En este sentido, la limpieza es liberadora,
con ella se exorciza un lugar o una persona de los influjos de los espíritus del mal, o del “muerto”.
Obras
Consultadas
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_____9
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hispanoamericano del siglo XX.
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_____“El nuevo
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Escarpenter, José A. “Tres dramaturgos del inicio
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_____“Imagen de
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Kirsten Nigro. Boulder, Colorado: Society of Spanish and
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1991. 2-13.
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Neglia, Erminio G. “El asedio a la casa: un estudio del
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Nigro, Kirsten F. “La noche de los asesinos: Playscript
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Review. 11. 1. (1977): 45-57.
_____Palabras
más que comunes. Ensayos sobre la
obra de José Triana. Ed. Kirsten Nigro.
Boulder:
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Spanish and Spanish-American Studies. 1991.
Taylor, Diana. “Framing the Revolution: Triana’s La noche
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Triana, José. “La noche de los asesinos”. Teatro.
Madrid: Editorial Verbum, 1991. 63-116.
_____“La fiesta o
comedia para un delirio”. Teatro: 5 autores cubanos.
Ed. Rine Leal. New
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Ollantay. 1ra ed. Vol. 1 (1992): 218-76.

Rita Martin
nació en La Habana, Cuba (1963). Poeta y
narradora, ejerce también la crítica y la investigación
literaria. Licenciada en Filología por la Universidad de La
Habana, recibió su doctorado en la Universidad de Carolina del
Norte, en Chapel Hill. En la actualidad se desempeña como
profesora de lengua española, cultura y literatura
latinoamericanas en la Universidad de Radford, en Virginia.
Poemas y cuentos suyos han sido incluidos en diferentes
antologías literarias entre las que se destacan, en narrativa,
Los últimos serán los primeros (1992), Doce nudos en
el pañuelo (1994), Bridges to Cuba (1994),
Narrativa y libertad (1996) y, en poesía, Un grupo
avanza silencioso (1990), Jugando a jugar juegos
prohibidos (1992), Reunión de ausentes (1998),
La isla en su tinta (2000) y Las cuatro puntas
del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora, de próxima
aparición. Ha publicado los poemarios: El cuerpo de su
ausencia (Letras Cubanas, 1991), Estación en el mar
(Ediciones Extramuros, 1992) y Tocada por el astro (La
Torre de Papel, 2006). Algunos de sus poemas han sido
traducidos al inglés y han sido publicados en revistas tales
como RainTiger y Volution Magazine. En el 2003
publicó su libro de cuentos Sin perro y sin Penélope
(Ediciones Universal). Como editora --junto a Ana Rosa Núñez y
Lesbia Varona-- publicó la Edición Homenaje a Eugenio
Florit (Ediciones Universal, 2000). Dentro de su labor
académica aparecerán, en breve, la edición crítica de
Emilio Ballagas (ensayos) y Virgilio Piñera o la
poética de las destrucciones.

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