|
CERREMOS EL OBJETIVO DE LA CÁMARA Y RETOMEMOS LOS PINCELES
Hace
años que sigo con interés no solo la trayectoria pictórica de Pilar
Ortiz Torres, artista granadina, sino también su obra fotográfica.
Como apasionado de la fotografía, he admirado las imágenes que con
cierta regularidad recibo de Pilar: fotos del Puente Carlos de Praga,
de las Cataratas del Iguazú, de la Medina de Fez, niños del Senegal,
etc. Cambia el medio de expresión, pero el ojo de la artista
permanece. El visor de la cámara es otra ventana, la otra ventana.
Pero dejemos el análisis del corpus fotográfico de Pilar para otra
ocasión. Hoy he de concentrarme en su última serie pictórica de
“Ventanas y Veredas”.
NEOEXPRESIONISMO
LÍRICO
Ante
la contemplación de los cuadros de Pilar, creo que el título de este
ensayo se explica por sí solo: en esta ocasión, la artista se ha
alejado de la representación figurativa para sumergirse en un mundo
donde el color se erige en protagonista primordial de sus cuadros.
«Para el pintor, lo único
verdadero son los colores», afirmó Cézanne.
Neoexpresionismo, sí, aunque más lírico que abstracto. En otras
palabras, estamos ante unos lienzos donde las figuras geométricas
pasan a un segundo plano. Se apela no tanto al intelecto como a los
sentidos —sensaciones espaciales— y a las emociones. En una gama
cromática armónica, los colores se ayuntan en feliz cópula —colores
cálidos y colores fríos, colores alegres y colores apacibles—, jugando
con nuestra percepción, alejándonos, acercándonos.
LAS
VENTANAS
La
ventana siempre ha sido para los pintores un poderoso símbolo visual
acotador de una realidad proteica, evanescente: baste evocar la
ventana del conocido cuadro de Chagall, por la que contemplamos un
verbenero París; la ventana del lienzo de Matisse, por la que
divisamos una tornasolada vista de Collioure; los ventanales de los
desangelados restaurantes y cafeterías de Hopper; las ventanas
abstracto-geométricas de Mondrian; las ventanas de Kandinsky (si son
ventanas), reducidas a trazos horizontales y verticales que encierran
planos de color puro. Desde el interior doméstico, a
través del cristal/espejo, la mirada escudriñadora de Pilar Ortiz se
adueña del mundo exterior; desde la calle, la mirada acechante de la
artista observa las ventanas de casas y edificios, desde la
inconspicua tronera hasta los grandes ventanales de mansiones y
palacios. Las ventanas pueden estar de par en par, veladas por
visillos, clausuradas por postigos. Empero, el misterio es siempre el
mismo: ¿qué hay detrás de esas ventanas de marcos sesgados, angulados,
de esos vidrios refulgentes, de esos empates alfarjiados?: el amor o
el crimen, la soledad, la tristeza, la alegría.
|
 |
Es una pintura para el gozo, pero también para la
melancolía. Hay óleos donde late un pulso herido, donde la memoria se
desvanece. Pero los tonos oscuros no llegan nunca a ser sombríos. Es
la luz el elemento que se enseñorea en estos cuadros de Pilar Ortiz,
pues una ventana sin luz es casi un oxímoron. Como en algunas obras de
Rothko, la luz se filtra en el lienzo y el color y la línea se
machihembran. La luz, ora violenta ora serena, es esa varita —ese
pincel—, ese principio o ingrediente imprescindible para que la
ventana adquiera toda su razón de ser y no quede en una simple
superficie matérica.
LAS
VEREDAS
Y las
veredas, las trochas, los senderos forman encrucijadas, se pierden en
la lejanía, como esos serpenteantes caminillos que se entrevén,
enigmáticos, inquietantes, a través de las vidrieras en los interiores
de la pintura flamenca.
Si la
ventana, en su estatismo, nos induce a la contemplación, la vereda, en
su zangoloteo, nos invita a la exploración, al viaje. En los lienzos
de Pilar, las veredas zigzagueantes parten del alféizar mismo de la
ventana, para perderse, ineluctables como nuestros destinos, entre las
sombras de la tarde.
LOS
CUADROS
Acerquémonos a estos cuadros de Pilar Ortiz. En este, con una
profundidad cromática conseguida a través de un mismo color, el azul,
la Luna, como una moneda de plata, lorquiana y magrittesca, nos habla
de amor y de muerte. En aquel otro, Visión tras la ventana, los
cuatro rectángulos de cristales —translúcidos a la vez que opacos— con
una cruz en el centro confinan los verdes que sugieren el verdor del
campo apuñalado por jirones azulencos. Y en el de más allá, donde los
edificios parecen misteriosos paralelepípedos de la colmena humana,
donde la vida y la muerte siguen su inexorable curso. Y la angustia,
como en esa serpiente emplumada y círculos concéntricos que recuerdan
a Edvard Munch. Y no podía faltar la ventana neoyorkina, en ese cuadro
donde las ventanas se enfrentan a otras ventanas, de otras casas, de
otros edificios, en un mudo diálogo de cristales y maderas carcomidas,
donde las herrumbrosas fallebas penden como garfios y en los
alféizares devora el halcón a la paloma, en una repetición alucinante
de rectángulos, de cuadrados, de figuras geométricas que
caleidoscópicamente se componen y recomponen, como la ciudad misma.
|
 |
| |
|
 |
| |
|