Miami
Estados Unidos
Año XIII

 Nº 75/76

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hill College

Pennsylvania

 

Dr. Miguel Ángel De Feo

Grambling State University

 Grambling - Louisiana

 

  Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah - New Jersey

 

Dra. Martha García

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Yvonne Gavela Ramos

University of Miami

 Miami - Florida

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College

Kendall Campus - Florida

 

Dr. Humberto López Cruz

University of Central Florida - Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

North Campus - Florida

 

Dr. Eduardo Negueruela Azarola

University of Miami

 Miami - Florida

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

City University of New York

Columbia University

New York City

 

Dra. Alicia E. Vadillo

State University of

New York - Oswego

   

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

EL NEOEXPRESIONISMO LÍRICO EN LA

PINTURA DE PILAR ORTIZ TORRES

 

 por

 

Gerardo Piña Rosales

Director

Academia Norteamericana de la Lengua Española

 

 

 


CERREMOS EL OBJETIVO DE LA CÁMARA Y RETOMEMOS LOS PINCELES

 

     Hace años que sigo con interés no solo la trayectoria pictórica de Pilar Ortiz Torres, artista granadina, sino también su obra fotográfica. Como apasionado de la fotografía, he admirado las imágenes que con cierta regularidad recibo de Pilar: fotos del Puente Carlos de Praga, de las Cataratas del Iguazú, de la Medina de Fez, niños del Senegal, etc. Cambia el medio de expresión, pero el ojo de la artista permanece. El visor de la cámara es otra ventana, la otra ventana. Pero dejemos el análisis del corpus fotográfico de Pilar para otra ocasión. Hoy he de concentrarme en su última serie pictórica de “Ventanas y Veredas”.

 

NEOEXPRESIONISMO LÍRICO

 

    Ante la contemplación de los cuadros de Pilar, creo que el título de este ensayo se explica por sí solo: en esta ocasión, la artista se ha alejado de la representación figurativa para sumergirse en un mundo donde el color se erige en protagonista primordial de sus cuadros. «Para el pintor, lo único verdadero son los colores», afirmó Cézanne. Neoexpresionismo, sí, aunque más lírico que abstracto. En otras palabras, estamos ante unos lienzos donde las figuras geométricas pasan a un segundo plano. Se apela no tanto al intelecto como a los sentidos —sensaciones espaciales— y a las emociones. En una gama cromática armónica, los colores se ayuntan en feliz cópula —colores cálidos y colores fríos, colores alegres y colores apacibles—, jugando con nuestra percepción, alejándonos, acercándonos.

 

LAS VENTANAS

 

     La ventana siempre ha sido para los pintores un poderoso símbolo visual acotador de una realidad proteica, evanescente: baste evocar la ventana del conocido cuadro de Chagall, por la que contemplamos un verbenero París; la ventana del lienzo de Matisse, por la que divisamos una tornasolada vista de Collioure; los ventanales de los desangelados restaurantes y cafeterías de Hopper; las ventanas abstracto-geométricas de Mondrian; las ventanas de Kandinsky (si son ventanas), reducidas a trazos horizontales y verticales que encierran planos de color puro. Desde el interior doméstico, a través del cristal/espejo, la mirada escudriñadora de Pilar Ortiz se adueña del mundo exterior; desde la calle, la mirada acechante de la artista observa las ventanas de casas y edificios, desde la inconspicua tronera hasta los grandes ventanales de mansiones y palacios. Las ventanas pueden estar de par en par, veladas por visillos, clausuradas por postigos. Empero, el misterio es siempre el mismo: ¿qué hay detrás de esas ventanas de marcos sesgados, angulados, de esos vidrios refulgentes, de esos empates alfarjiados?: el amor o el crimen, la soledad, la tristeza, la alegría.

 

 

             Es una pintura para el gozo, pero también para la melancolía. Hay óleos donde late un pulso herido, donde la memoria se desvanece. Pero los tonos oscuros no llegan nunca a ser sombríos. Es la luz el elemento que se enseñorea en estos cuadros de Pilar Ortiz, pues una ventana sin luz es casi un oxímoron. Como en algunas obras de Rothko, la luz se filtra en el lienzo y el color y la línea se machihembran. La luz, ora violenta ora serena, es esa varita —ese pincel—, ese principio o ingrediente imprescindible para que la ventana adquiera toda su razón de ser y no quede en una simple superficie matérica.

 

LAS VEREDAS

 

     Y las veredas, las trochas, los senderos forman encrucijadas, se pierden en la lejanía, como esos serpenteantes caminillos que se entrevén, enigmáticos, inquietantes, a través de las vidrieras en los interiores de la pintura flamenca.

 

 

     Si la ventana, en su estatismo, nos induce a la contemplación, la vereda, en su zangoloteo, nos invita a la exploración, al viaje. En los lienzos de Pilar, las veredas zigzagueantes parten del alféizar mismo de la ventana, para perderse, ineluctables como nuestros destinos, entre las sombras de la tarde.

 

LOS CUADROS

 

     Acerquémonos a estos cuadros de Pilar Ortiz. En este, con una profundidad cromática conseguida a través de un mismo color, el azul, la Luna, como una moneda de plata, lorquiana y magrittesca, nos habla de amor y de muerte. En aquel otro, Visión tras la ventana, los cuatro rectángulos de cristales —translúcidos a la vez que opacos— con una cruz en el centro confinan los verdes que sugieren el verdor del campo apuñalado por jirones azulencos. Y en el de más allá, donde los edificios parecen misteriosos paralelepípedos de la colmena humana, donde la vida y la muerte siguen su inexorable curso. Y la angustia, como en esa serpiente emplumada y círculos concéntricos que recuerdan a Edvard Munch. Y no podía faltar la ventana neoyorkina, en ese cuadro donde las ventanas se enfrentan a otras ventanas, de otras casas, de otros edificios, en un mudo diálogo de cristales y maderas carcomidas, donde las herrumbrosas fallebas penden como garfios y en los alféizares devora el halcón a la paloma, en una repetición alucinante de rectángulos, de cuadrados, de figuras geométricas que caleidoscópicamente se componen y recomponen, como la ciudad misma.

 

 

 

 

 

GERARDO PIÑA ROSALES nació en Andalucía, España y creció en Marruecos. Profesor, conferencista y escritor. Estudió en la Universidad de Granada, la Universidad de Salamanca y la Universidad de la Ciudad de Nueva York. En la actualidad es profesor titular de Literatura Española en la Universidad de Nueva York (CUNY) Lehman College y el Centro de Graduados, así como en el Teachers College de Columbia University. Es Director y Miembro de Número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, Miembro Correspondiente de la Real Academia Española y Presidente del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York. Durante varios años fue el Presidente de ALDEEU (Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en los EE.UU. Entre sus publicaciones se encuentran los libros: De la Celestina a Parafernalia: estudios sobre teatro español (1984); Narrativa breve de Manuel Andújar (1988); Guía de estilo para periodistas (coed. 1997); Homenaje a Mordecai Rubín (1997); De la catedral al rascacielos (coed. 1998); La obra narrativa de Segundo Serrano Poncela (1999); 1898: entre el desencanto y la esperanza (coed. 1999); Acentos femeninos y marco estético del nuevo milenio (2000); Presencia hispánica en los Estados Unidos (coed. 2003); España en las Américas (coed. 2004); Odón Betanzos o la integridad del árbol herido (2005); y Escritores españoles en los Estados Unidos (2007). Como ensayista, ha incursionado en la obra de autores tan variados y diferentes como Miguel de Cervantes, César Vallejo, o Paul Bowles. Como novelista, es autor de Desde esta cámara obscura (con fotografías del autor) (Primer Premio de Novela Ayuntamiento / Casino de Lorca, 2006).