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la entrada había lirios. Un rombo anaranjado protegía la puerta. Más
adelante quedaba a la vista un corredor. Yendo por él, se accedía
rápidamente a la escalera. A cada peldaño sobresalían cristales
rojos y azules que iban cobrando luminosidad. Más arriba había un
ventanal. El horizonte lo cortaba a la mitad. Al pie del mismo se
hallaba la cama. En la almohada reposaba la cabeza de una mujer,
cuyos ojos estaban echados hacia el mar. ¿Qué pensaba, tan quieta?
Cantante en otros años, se confinó en aquel lugar para eludir
el envenenamiento anímico que los comentarios de consuelo y las
invitaciones a distraerse no lograban sino acentuar. Había que
aligerar el cuerpo, anudado como si una colada de metal hubiera
penetrar la epidermis. Alimentándose de frutas puede depurarse una
persona, se dijo. De modo que aseguró el suministro puntual de
melones, cítricos, piñas, mangos, papayas y manzanas; dedicándose a
pensar en él hasta lo último.
En el vaivén de los colores, que al atardecer la sumaban a su
liviano abismo, intuyó el modo de liberarse.
El hombre entraba y salía en botas y chaqueta púrpura. Llegaba
y volvía a irse. Con obcecación se esforzaba en hacerse
indispensable, ante la certitud de que nadie le sostendría adhesión
en base al roce cotidiano. A pesar de su sagaz inteligencia y de su
inclinación solícita, no duraba en empleo, ni en vecindario. Mudarse
de personas, de lugares e ideas era su ineludible signo. Contados
seres proporcionaban una conversación tan sugestiva como él. A breve
tiempo, empero, sus palabras erraban; decaía su interés. Entonces
procuraba mantener su energía seductora; tozudo, como hambriento que
escarba en el plato vacío.
Así, intermitente, discurrió su existencia, hasta topar con
Gina. Al principio, su apariencia le confundió. No llevaba el pelo
largo y enmarañado de las jóvenes que le habían cautivado. Por el
contrario, lo cortaba a ras de cráneo. Tampoco se aproximaba en
esbeltez a las bailarinas que se habían doblado al calor de sus
manos. Pero brillaba, confiada como ninguna.
Primero fue el hechizo (los cuerpos); desplegados en fluencias
de recónditos sentidos. (Las palabras), después, llamas propicias.
Súbito baño de infinitud recobrada (la sangre, la punta de la lengua).
Enredados en juegos de geometrías genitales, fue el meridiano, el
primordial círculo, las guirnaldas fotógenas (los vientres). Domadas
máquinas (las manos), sobre el orbe y el tiempo que detiene las
nociones de tiempo. Hasta la armonía que se torna física (los
espejos).
Después de estas sensibles intersecciones, desearon el
equilibrio estable. Se examinaban, expectantes, con espontánea
flexibilidad. Avanzaban, como por un desfiladero, pacificados aún
por la ternura y la sorpresa.
Al poco tiempo, sobrevino la primera evidencia de desajuste;
una dificultad sin cuidado, presumieron.
Ese día era un llover sin término. Las callejuelas y el jardín
se diluían en la tejida atmósfera. Ellio Sariko y Gina Xvence se
contemplaron perplejos, como si se mirasen a través de una lámina
extraña que distorsionaba levemente las facciones.
Más adelante, fueron comprobando que su pasión se manifestaba
únicamente en el jaleo de las calles, en el teatro atestado, en
trenes y parques públicos repletos de curiosa concurrencia. En estos
lugares, su conversación discurría natural; endureciendo, por el
contrario, en la intimidad. Requerían de multitud de ojos, pechos y
voces abigarradas para percibirse unidos.
Tras varias rupturas y subsiguientes reencuentros, empezó una
batalla por comunicarse. En el silencio, empleado en momentos
escogidos, tenía Gina su más eficaz arma. De su parte, Ellio
esgrimía el recurso infalible del abandono esporádico y las terceras
personas. Los diálogos de entendimiento se multiplicaban y extendían,
imbuidos ambos de un sentimiento centrífugo: únicamente al infinito
alcanzarían a comprenderse.
Pactaban treguas que a conciencia transgredían. El fue
dejándola, más y más atraído por ella. De su lado, Gina se convencía
de que nadie vendría similar a Ellio, tierno y contingente. Con
ansiedad abusaba del silencio. Trastornadas las insólitas cadencias
de su voz, en pleno escenario equivocaba las inflexiones. De tanto
en tanto, se aventuraba a riesgosas estrategias de acorralamiento,
probando formas viles que humillaban su conciencia.
En el lecho, Gina Xvence yace tendida contemplando las puntas
de sus pies, el ventanal y lo que sigue. Medita sobre el tiempo que
se encoge, el tiempo que se divisa perdido desde allá; medita sobre
lo que sigue al mar, el mar, los ventanales, la punta de los pies,
sus ojos. Su actitud es de comulgar, pero ¿qué cosa?
En este instante, en que nada se niega y el espectro solar
cristaliza formas autónomas, se bebe por última vez el espíritu de
aquel hombre; rosa sangrienta en el torrente de su sangre.
El regresa de su último abandono. Ahora se encuentra plantado
en las gradas, las manos sosteniendo la baranda, el rostro dirigido
hacia donde la luz señala el ventanal y los cristales rojos y azules
centellean.
A la entrada hay lirios. Un rombo anaranjado protege la puerta.
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Ángela Hernández Nuñez
nació en
Jarabacoa, República Dominicana (1954). Poeta, narradora y ensayista.
Premio nacional de Cuentos y premio Cole de novela breve. Entre sus
obras se destacan: Mudanza de los sentidos (Novela) Editorial
Cole, Santo Domingo, 2001 y Ediciones Siruela, España, 2004;
Charamicos (Novela) Editorial Cole, 2003; Piedra de
sacrificio (Cuentos) Secretaría de Estado de Educación (Santo
Domingo, 1999); Telar de rebeldía (Poesía) Editorial Gente
(Santo Domingo, 1998); Arca Espejada (Poesía) Editorial Alas,
Santo Domingo, 1994; Masticar una rosa (Cuentos) Editora
Impretur (Santo Domingo, 1993); Alótropos (Cuentos) Editorial
Alas (Santo Domingo, 1989. Sus textos han sido publicados en
numerosas antologías, entre las cuales cabe citar:
L’immaginazione 162, Fascículo monográfico sobre literatura
dominicana, (Danilo Manera, Viaggi del Ventaglio y Casa de Teatro,
Italia 1999); El Cuento Hispanoamericano en el Siglo XX
(Fernando Burgos, Editorial Castalia, Madrid, 1997); Out of the
Mirrored Garden (Delia Poey, An Anchor Books, Doubleday, New
York, 1996); Antología del Cuento Dominicano, Diógenes
Céspedes (Editora de Colores, Santo Domingo, 1996); Remarking a
lost Harmony – Stories from the Hispanic Caribbean – (Margarite
Fernández Olmos & Lizabeth Paravisini-Gebert, White Pine Press,
U.S.A., 1995); Pleasure in the Word – Erotic Writing by Latin
American Women – Margarita Fernández Olmos and Lizabeth
Paravisini-Gebert, White Pine Press, 1993); Green Cane Juicy
Flotsam – short stories by caribbean women – (Carmen C. Esteves
and Lizabeth Paravisini, Rutgers University Press, U.S.A., 1991);
Dos Siglos de Literatura Dominicana (José Alcántara Almánzar,
Secretaría de Estado de Educación Bellas Artes y Cultos, 1996) y
Antología de Cuentos Escritos por Mujeres Dominicanas (Daisy
Cocco de Filippis, Edición Librería Trinitaria e Instituto del Libro,
1992), entre otras. Textos suyos se han traducido al inglés, francés
e italiano.
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