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El tren saldría a las seis; pero ellos
prefirieron dar una vuelta por la parte más vieja de La Habana,
antes que estar sentados en el andén esperando la hora de la salida.
Apenas eran las tres y tendrían tiempo de seguir recorriendo la
ciudad: contemplar las viejas edificaciones del tiempo de la
colonia, los fragmentos de la muralla que se conservan como testigos
de una época casi remota, ir por la Alameda de Paula y disfrutar de
estilos arquitectónicos insospechados: templos y parques con sus
muros de piedras como reliquias, como piezas de un inmenso museo con
todas las rarezas y bellezas que hicieron que La Habana fuera
declarada Patrimonio de la Humanidad. Frase ésta que Él pronuncia
con vehemencia cuando se ven obligados a guarecerse de la lluvia en
el primer mezanine que encuentran y que Ella repite como quien no
comprende bien un significado: <<Patrimonio-de-la-humanidad...>>,
para luego agregar con cierta agudeza, con el aire del que improvisa
versos <<Pero está vieja la parte vieja de La Habana Vieja>>.
Entonces sonríen por la ocurrencia y Él la abraza y la besa tan
fuerte que llaman la atención, y Ella sonrojada le toma la mano y lo
arrastra a la calle y cruzan la esquina para terminar de escampar el
chaparrón frente al vetusto hotelucho Isla de Cuba, desde donde se
domina el Paseo de Martí, con sus parques y rotondas con plantas
florecidas y estatuas y bancos de hierro, alcanzándolo todo a como
daba la vista, hasta el fondo, donde se asoma la cúpula impetuosa de
El Capitolio bajo las ya dispersas gotas que la hacían resplandecer;
porque el sol no se había ocultado en ningún momento, las gotas muy
finas que se hacían sólo visibles en los pequeños charcos formados
en la calle y en las aceras.
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_¡Vamos!
_¿A dónde?
_Hasta El Capitolio.
_¿Y si se nos va el tren?
_Hay tiempo.
Sortearon el
tránsito porque la avenida era ancha y ellos habían seleccionado
imprudentemente la parte más complicada. Sortearon también los
charcos en algunas partes hundidas o desconchadas de la acera. Sobre
todo Ella que tenía unas sandalias que le dejaban totalmente al
desnudo los pies, <<no soporto que se me mojen>>, dijo esto o algo
parecido y Él reparó nuevamente en que le gustaban por lo limpio y
bien cuidados.
Ya la tarde
comenzaba a declinar entre un color plomizo y dorado. La mojazón le
daba cierto encantamiento y un brillo singular. Cuando estuvieron
frente a El Capitolio, Él consultó su reloj, se rascó la barba algo
indeciso y la miró como esperando el impulso que los moviera a
entrar. Le había explicado que allí radicaba la Academia de Ciencias
de Cuba y que aquello que se veía, y que a Ella le llamara la
atención, era el museo.
_¿Y museo de qué?
_De ciencias naturales. ¿Entramos?
_Se nos va a ser tarde.
_Todavía hay tiempo. Te va a gustar.
El museo
estaba ubicado en el ala izquierda del edificio y la gente subía con
premura los escalones que lo separaban del nivel de la acera.
Después se enteraron que se apuraban para llegar a tiempo a la
función del PLANETARIUM; pero duraba más de una hora y para eso no
tenían tiempo. <<¡Qué lástima!>> porque allí se ve el movimiento de
los planetas como si se estuviera en el espacio. <<En otro viaje a
La Habana será>>.
Ella dejó su
carterita de cuero en la recepción. Allí se la pidieron y le dieron
a cambio un ticket para la recogida.
_Por favor, pasen por aquí...
Leyeron
primero un mural que hablaba sobre el origen de la vida, las
especies, el hombre y su árbol genealógico, surgiendo casi de la
nada. <<Para llegar a la nada>> -pensó Ella fijándose en otro
gráfico donde la materia se descompone en materia orgánica. <<Y mira
que se pasa lucha>> -agregó. <<Tanta guerra y tanta ambición de
poder para morirse igual>> -pensó Él. Y Ella, mientras leía, buscó
instintivamente el apoyo de su hombro.
Siguieron
avanzando así unidos.
_¡Cómo hay cosas lindas en la vida
-dijo Ella-. Mira esos corales!
_Parecen encajes.
_La naturaleza es perfecta.
Y apretó
nuevamente su brazo y se reclinó extasiada contra su pecho, plena,
gozosa. Él no pudo resistir esta vez la suavidad de su gesto y la
besó.
En eso un
grupo de jovencitas irrumpió delante de ellos riendo y mirándolos
con picardía y cuchichiando. Ella advirtió la censura y se separó
disimuladamente. Una joven se inclinó quizás demasiado sobre la
vidriera de los corales.
_Por favor, sepárese un poco para que
todos podamos ver -dijo Él como en contra ataque.
_Sí, muchachitas, se-pa-ren-se que
esto es un museo -dijo, al parecer la líder del grupo, con un tonito
picante. Y todas celebraron el mensaje riendo.
La más joven
quiso poner algún orden y con un tono changueado produjo un silbido
para llamar a silencio, pero sin conseguirlo, y sólo cuando la
custodio se asomó en el extremo del pasillo se dispersaron.
_¡Qué barbaridad, esta juventud de
ahora no respeta a nadie.
Y se cogieron
sólo la mano para evitar otro percance. Tenían una semana de casados
y habían pasado la Luna de Miel en el Hotel Habana Libre. En el
museo podían disimular muy poco la dicha que los unía.
Eran felices.
Sobre todo Ella que además visitaba por primera vez La Habana. La
Habana soñada casi desde niña, desde que el hermano estuvo becado
después de la Campaña de Alfabetización y le contaba <<La Habana es
un fenómeno, deja que tú la veas>>, y ya habían pasado veintitrés
años deseándolo en aquel pueblito del central de Contramaestre en
Santiago de Cuba. <<Cuando nos casemos nos pasamos la Luna de Miel
en La Habana>>, y ya el sueño y la promesa eran realidad y estaban
como en las nubes.
Pasaron de
corrido por la sala de animales prehistóricos y de ahí atravesaron
otras sin detenerse en detalles. Apenas les quedaba tiempo.
“REPRODUCCIÓN
DE LA CUEVA DE PUNTA DEL ESTE”. Leyeron en un pequeño cartel, y una
custodio los invitó a pasar. Ella le dijo que no le gustaba la idea
esa de estar metida en una cueva, que le daba la impresión de...
Pero Él insistió y <<no seas boba, chica, que eso es de
mentiritas>>, y bajaron a través de unos estrechos escalones.
Resultó ser una
auténtica caverna utilizada por los aborígenes de Cuba. Allí se
advertían las huellas:
pinturas rudimentarias, vasijas, fogatas, leña seca. Todo ambientado
hasta con figuras de indios vaciadas en yeso en diferentes
posiciones y labores. ¿Era una reproducción exacta? Él salió de
dudas cuando el guía le respondió afirmativamente.
_Sí, en tamaño y todo -y enseguida
agregó en el tono que lo hubiera hecho un narrador de grandes
acontecimientos-. Observen que ahora se ha hecho de noche.
Ellos giraron
en la dirección indicada y divisaron un espléndido paisaje nocturno:
palmas y montañas lejanísimas. Un aparato eléctrico iba cambiando
automáticamente los tonos de la luz que era azulosa, luego como de
luna llena y después cada vez más suave como de amanecer.
Y esperaron
impacientes el cambio junto a otros espectadores que se habían
interesado en la inesperada función.
Fue en ese
mismo instante que sonó la alarma, una potente sirena que sobrecogió
los ánimos. Tenía un sonido similar a las que aparecen en las
películas de guerra.
_Salgan pronto, es la alarma del
edificio -dijo el guía tratando de infundir serenidad.
Hubo un
momento de duda, de confusión.
_¿Qué pasa? -preguntó una mujer muy
asustada.
_No sé -dijo el guía-, salgan, salgan.
Ella pensó
que podía estarse desplomando la cueva, que si no se hubiera dejado
llevar por él... pero no, seguro que todo era de cartón.
_Hay que salir.
No se sabía
nada y todos se apretujaron en los escalones y había que andar con
calma para la más pronta evacuación.
_En orden, en orden -se oyó de nuevo
la voz del guía que cerraba el grupo.
Ella se
imaginó que algo grave estaba ocurriendo. Cuando alguna alarma suena
es porque algo altera el orden y hay que ponerlo todo en alerta.
Pensó en su carterita de cuero. Él cambió la expresión. ¿Acaso
notarían la ausencia de algún objeto? Registró en la memoria. Quizás
la colección de mariposas o el esqueleto del dinosaurio, eran
auténticos. No, qué sentido tendría llevarse un esqueleto tan grande
por más antiguo que fuera. Recordó de pronto lo del “robo del
diamante”. Había oído hablar a su padre algo de eso, de que cuando
Grau San Martín era presidente se robaron el diamante de El
Capitolio, no sé con qué objetivo, pero creo que después apareció.
No, no estoy seguro, a lo mejor lo volvieron a meter en su nicho,
bajo la cúpula mayor, para seguir marcando el kilómetro cero del
país; y ahora se lo estaban robando de nuevo. ¡El famoso diamante de
El Capitolio de La Habana en plena crisis!
Pero, ¿a qué
viene pensar en eso? Tantas y tantas especulaciones si de todos
lados la gente convergía en el ancho corredor con expresiones y
gestos interrogativos, cuando lo más importante era evacuar, porque
había sonado una sirena de alarma que se hacía insoportable,
aplastando los gestos, el murmullo, el ruido de los tacones sobre el
granito pulido.
_Por aquí, rápido, rápido.
¡Qué manera de haber gente! Era mucho
el ajetreo y se hacía imprescindible la voz autoritaria de los guías
conocedores del edificio, cuya arquitectura de columnas elevadas y
anchotas, rematadas en arcos de medio punto, y resueltas en
uniformes vericuetos y ásperas encrucijadas, dejaban la posibilidad
de despistar al poco conocedor de sus entradas y salidas.
_Rápido, rápido, sin correr.
Una vieja cruzó delante de ellos en uno de los
corredores. Iba casi desfallecida, apoyada en los brazos de otra que
al parecer era su hermana. ¡Pobre vieja! El grupo de jovencitas pasó
casi disperso en tropelosa carrera. Una tropezó ligeramente con Él,
la de la vidriera, quizás adrede, en desquite; pero no había tiempo
para reclamaciones. Iban agitadas, muy serias, con expresiones entre
¿Qué estará pasando? y ¿A dónde nos llevan?
Y la sirena sin parar. <<¡Coño,
que ruido!>>, resonando y resonando con el eco en las concavidades y
en las sólidas paredes. Fue entonces que se le sumó el ruido de los
aviones y produjo como un paro, apenas imperceptible, en los
movimientos.
_¿Qué es eso, aviones? -dijo Ella.
Y Él la miró
desconcertado, sin poderlo admitir. <<¿Coño, qué está pasando?>>. Y
presintió lo peor, pues enseguida se sintieron las explosiones y el
silbido de las bombas.
_¡Aquí, todos aquí!
Las filas
desembocaron en un gran salón al borde del recinto. Era como un
hueco porque alrededor los pasillos quedaban alto y hubo que
descender siete escalones. Desde aquí se podía ver la calle a través
de las grandes verjas de hierro que cerraban de columna a columna y
daban acceso al exterior. Él miró y le pareció ver que la gente
corría allá entre unos edificios en ruinas. Dudó entonces si las
ruinas eran recientes o viejas, pero sí le pareció que cierto
polvillo las circundaban. <<Allí calló una>>.
Todos se
habían quedado de pie y se miraban unos a otros con signos de
interrogación. Caras confundidas, caras asustadas, caras confiadas,
caras indefinidas. Nadie decía una palabra. <<¿Resistirá el
edificio?>>, pensó Ella, quizás cuando otros se hacían la misma
pregunta. <<Están destruyendo La Habana. Pero mi madre, ¿qué pasa
que de aquí no tiran?>>.
Y ya no hubo
tiempo para más. El ruido de los aviones se alejaba. Parecía que
todo iba a regresar a la normalidad. Él comenzó a dudar de la
realidad de los hechos y en eso salió la voz gruesa y percutiente de
un hombre uniformado.
_Agradecemos a todos la colaboración
que han prestado en este ejercicio de simulacro de ataque al
edificio, en saludo al “Día del Miliciano”. Patria o Muerte,
compañeros.
El murmullo
se hizo una sola voz, como un estallido. Todos dijeron algo al mismo
tiempo. Algunos sacudieron la cabeza con desenfado, otros hablaron
del susto que habían recibido o hicieron sólo un gesto: sorpresivo,
positivo, negativo, represivo. Ellos se miraron y finalmente
sonrieron. Él arqueó las cejas con resignación. Habían perdido el
tren de las seis y de pronto repararon en los tiempos que estaban
viviendo. ¿Eran felices? Se quedarían algunas horas más en la
ciudad. Seguirían hasta El Malecón bajando esta vez por el Paseo del
Prado y mirarían al mar iracundo, desafiante, desde La Habana
angustiosa, impaciente, vieja...
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Este cuento recibió una Mención en el Concurso
Nacional de Literatura “XXX aniversario del Moncada”, Cuba,
1983. Fue premiada en el Concurso Nacional “Cuentos de Amor”,
Las Tunas, Cuba, 1984. Forma parte del libro
Vivir lo soñado (cuentos breves),
Ediciones Betania, España 2002.
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Ismael Sambra nació
en
Santiago de Cuba (1947). Poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y
periodista. Se graduó en
Literatura y Lengua Hispánica en 1976 y fue de los fundadores del
Movimiento COLUMNA de Escritores y Artistas Orientales. Fue miembro
y directivo de la Asociación Hermanos Saíz de Escritores y Artistas,
y fundador en 1991 del primer Grupo Independiente de Escritores y
Artistas Cubanos conocido como EL GRUPO. Fundó las revistas
literarias Museo y El Grupo y fue jefe de redacción y co-director de
la Revista Heredia. Trabajó como actor de teatro profesional en el
Cabildo Teatral Santiago, antiguo Conjunto Dramático de Oriente, y
como asesor, actor, guionista y director de la Televisión Cubana
Tele Turquino. Ha publicado poesía,
cuento, crítica y ensayo en boletines y revistas de Cuba y el
extranjero. En 1978 obtuvo premio de teatro en el Concurso 30 de
Noviembre por su obra Los pájaros del sol. En 1984 recibió
premio en el Concurso Nacional de Narrativa de Amor por su relato
Alarma en el capitolio. En 1985 recibió el primer premio de
poesía en el Concurso 30 de Junio. En 1984 resultó seleccionado
finalista en el internacional Concurso Casa de las Américas por su
libro de poemas Hombre familiar o Monólogo de las confesiones. Sus
poemas han aparecido en antologías y tiene publicado Para ti
mujer (poesía) Colección Plegables, 1977; Nuestro pan (poesía),
Colección Plegables, 1978; Las cinco plumas y la luz del sol
(cuentos para niños) Editorial Oriente, 1987; Para no ser leído
en recital, Selección Poética, Editorial Oriente, 1991;
Hombre familiar o Monólogo de las confesiones, Editorial Betania,
1999; The art of growing wings (El arte de crear alas),
relato para niños, Ediciones Art Gallery of Ontario, 2000; El
único José Martí, Principal opositor a Fidel Castro (ensayo),
Editorial Betania, 2000; Los ángulos del silencio-Trilogía
poética, Editorial Verbum, 2001, Vivir lo soñado, cuentos
breves, Betania, 2002; Queridos amantes de la libertad (artículos
y entrevistas de tema cubano), Editorial Sagitario, 2003. Ha sido traducido al
inglés, al portugués y al francés. Creó en el exilio la Fundación
Cubano Canadiense, la cual preside, y la publicación quincenal Nueva
Prensa Libre con informaciones para el mundo hispano. Es Miembro
Honorario del PEN Club de Escritores de Canada, país donde reside. |
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