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Los años 70, los “años duros”, fueron de ámbito
predominantemente masculino en las letras cubanas.[1]
Comenzaron a darse en esta década, y sobre todo en las
siguientes, un postcoloquialismo y una mayor versatilidad
en las temáticas de los poemas: “[...] pasamos de un casi
totalitarismo estético del coloquialismo como corriente
omnipresente entre 1965 y 1970, a un desbordamiento muy
variado de formas, contenidos y estilos, que va desde la
vocación realista hasta lucubraciones metafísicas, desde
el empleo del tono conversacional hasta el afán de
desorganización del lenguaje, precisamente para escapar de
ese tono ya largamente empleado [...] en la poesía cubana”
(López Lemus 25).
Afortunadamente, las poetas de los 80 y los 90
consiguieron revolucionar la poesía y las letras cubanas,
cambiando los temas ya que también lo hicieron los tiempos.
La seductora Habana dejó de monopolizar la producción
literaria y se le comenzó a dar el lugar merecido a otras
poetas de provincias. En este ensayo me voy a centrar en
la poesía de las autoras cubanas que se dan cita en la
selección poética realizada por Teresa Melo, Aida Bahr y
Asela Suárez, Mujer Adentro (Editorial Oriente:
Santiago de Cuba, 2000). Estas poetas comparten temas y
voces con otras más renombradas como la habanera Reina
María Rodríguez, pero poseen una peculiaridad: todas
nacieron y viven en distintas provincias de la isla de
Cuba. Analizaré algunos de los temas comunes en esta
selección de poetas de provincias y los compararé con los
que aparecen en el poemario Ellas escriben cartas de
amor (1998) de Rodríguez para demostrar que el origen
de la voz poética femenina cubana contemporánea no es
determinante a la hora de presentar sus preocupaciones.
El número del mes de septiembre del 2001 de la
revista electrónica cubana La Jiribilla está
dedicado a las escritoras cubanas, y se incluye en él un
gran número de poetas. Allí aparece una entrevista con
Aida Bahr, una escritora de provincias que ha conseguido
hacerse nombre en el mercado literario cubano
caracterizado por el “habanerocentrismo”.[2]
A la pregunta de si vivir en provincias determina la
actitud del escritor frente a la literatura, Aida Bahr
responde: “Por supuesto que no. Para empezar, Cuidad de La
Habana es también una provincia. Yo no puedo reflejar en
mis obras lo mismo que un narrador habanero; él escribirá
acerca de la vida en la gran ciudad con todas sus
características, mientras que yo lo haré reflejando un
entorno diferente. Pero los dos reflejos tienen la misma
validez y autenticidad, el mismo dramatismo. Todo depende
de la calidad del autor. De hecho, grandes maestros de la
literatura de todos los tiempos han inmortalizado pequeños
pueblos, algunos incluso inventados. En lo que sí incide
el vivir en provincias es el acceso a la información, en
las opciones para publicar y participar en una vida
literaria intensa que permita el intercambio con otros
escritores. Vale decir que la formación de un autor, y aún
más, la difusión de su obra, es mucho más limitada, pero
nada más” (Resik 1).
La recopilación de más de cuarenta poetas de
provincias en Mujer Adentro ayuda a que sean leídas
y reconocidas tanto en La Habana como en el resto del país,
contribuyendo a hacer posible el intercambio y el diálogo.
Las poetas proceden de distintas partes de Cuba, estando
casi todas las provincias representadas en el libro:
Santiago de Cuba, Holguín, Sancti Spíritus, Cienfuegos,
Matanzas, Camaguey, Granma, Guantánamo, Las Tunas, Santa
Clara, Villa Clara, Bayamo, Ciego de Avila, etc. Las
autoras también son de diferentes generaciones, ya que la
selección comienza con Digdora Alsonso González nacida en
1921 y se cierra con Yinet Carrión Díaz de apenas 20 años
de edad.
En la escueta introducción que las editoras hacen
en Mujer Adentro, se dice que, debido a las
dificultades económicas, la laboriosa tarea que han estado
realizando las editoriales de las provincias para sacar
las obras de estas escritoras es aún más encomiable, pero
que el propósito de esta colección fue recoger a todas
estas voces juntas (aunque siempre hay ausencias) en un
solo volumen. Las editoras dejan claro que no es una
antología, sino un panorama de lo que se está escribiendo
a final de siglo en Cuba. “Son poemas recientes, inéditos
en muchos casos, o aparecidos en revistas, boletines,
plaquettes, de escasa circulación. Son los testimonios de
que la poesía vive en el interior de numerosas mujeres que,
a todo lo largo del país, se enfrentan a las dificultades
de la vida cotidiana y, muchas veces, al aislamiento de
una vida literaria, alimento necesario para el espíritu.
De ahí la angustia existencial y el desgarramiento que se
percibe en numerosos textos” (Melo 6).
Déborah Frometa Cobo desde Granma, grita: “Existo
en un manto de palabras/ [...] existo sola/ cómplice/
testigo de un reino queda ese canto de batalla/ [...]
existo/ reto al miedo y sus rarezas/duermo sola/ este
sueño final ya tiene sus arrugas/ existo” (Melo 96).
Bertha Caluff, desde Santa Clara, en su poema “Un ámbito
oscuro” habla de la “perpetua soledad que amanece”: “Y veo
el mar/ --siempre de noche--/ con sus peces enormes/ [...]
Siempre seré lo que cierra/ [...] La última/ perdida,
olvidada/ en un ámbito oscuro” (Melo100-101). Sonia Díaz
Corrales, desde Cabaiguán, escribe un ingenioso poema
titulado “Cuentas para sacar sobre la propia carne” en el
que la voz poética expresa su desesperación ante la
soledad de la vida, “si tengo alguien quien me quiera/ ha
de estar muy lejos/ [...] Ya no sé/ si realmente el mundo
es este enorme espacio de estar solo/ [...] vengo por ver
si hay alguien quien me quiera/ espantada de todo/
sin refugio/” (Melo 105-106).
Como manifiestan las editoras, estas voces poéticas
de mujeres expresan su “angustia existencial y su
desgarramiento”, pero sobre todo hay rabia ante la
indiferencia. “Lo terrible/ no es la falta de luz al fondo
de los ojos/ lo terrible es la ausencia de preguntas” (Melo
88) impreca Andrea García Molina (Nueva Paz, La Habana).
Ante esta desesperación hay que servirse de la imaginación
para seguir luchando. Así la misma Sonia Díaz Corrales, en
“Sombra de tu sombra”, ante la soledad que deja la
ausencia del/a amante, inventa un universo desértico de
muerte y sueño donde no está sola, sino en compañía de la
sombra del beso de este amor, y de esta forma vence al
vacío: “Si la sombra de tu sombra atraviesa el mar/ con
qué horror va a quedarme mi silencio/ con qué ligero
temblor voy a vivir los días/ [...] La distacia espesará
mis monstruos/ el desierto será el lugar de morir/sucesivas
muertes/ alucinación espasmo/muerta de algo semejante
al sueño/ donde tu sombra cruce el mar/ y conmigo se quede
la sombra de tu beso/[...]” (Melo 111-112).
Es imposible dejar de pensar en las palabras de
Aida Bahr y en el tema del aislamiento que se repite en
los poemas de estas autoras de provincias. Las editoras
han hecho una labor excelente al publicarlas en sus
lugares de origen, pero lo difícil y costoso es
promocionarlas de manera que sus discursos crucen
fronteras y se produzca un verdadero diálogo. El
aislamiento y la necesidad de salir, de ser otras
personas, de vivir otras vidas, de inventar otras
realidades son temas que se repiten en estos poemas. Una
poeta nacida antes de la revolución cubana en Gabaiguán,
Rosa María García Garzón, ya titulaba uno de sus poemas
“Poema urgente para evadir un complot”, complot maquinado
para que la voz poética no pueda escapar. Así lo explica:
“Todo parece intacto./ Una de tantas lluvias acaba de caer/
y no sucede nada/ este pueblo se pudre cada tarde/ con sus
vecinos sordos/ sus casas impasibles/ este pueblo se pudre
bajo el agua./ [...] Yo tengo que salir/ no sé por dónde/
de esta casa tan húmeda/ [...]. Yo tengo que encontrar
algo que busco/ quizás en los ciclones/ ellos tienen la
fuerza necesaria/ para trazar el rumbo./ Yo tengo que
salir y estoy tan quieta/ [...] yo sé que cada tarde las
paredes/ me van borrando puertas/ me espían los relojes/
[...]. Yo burlaré el complot/ que cada tarde/ van tramando
las calles con la lluvia” (Melo 23-24). Mariana Pérez
Pérez de Santa Clara en “Razones, respuestas” expresa este
mismo deseo de escapar: “Déjame silenciar las mordeduras
del perro,/ se venganza,/ partir hacia otros mundos” (Melo
29). Y Lourdes González (Holguín) en “La casa de papel” lo
reitera: “Fábulas, leyendas y sermones/ terminan en el
acto de buscar una nueva presencia,/ de cruzar otra puerta,/
de andar otra escalera,/ de subir y bajar/ y de ser los
amos conscientes del recuerdo.” (Melo 54). Marylin Roque
es una autora que juega mucho con la mitología
grecorromana y egipcia. En su poema “Palabras de Osiris” (rey
y juez de la muerte), la voz poética habla de la
relevancia del tiempo, como algo que no se puede
subestimar, porque siempre vuelve a cada instante, porque
ha inventado la palabra “ahora” para justificarse. Al
final del poema Osiris explica la necesidad de imaginar
otros espacios provisionales y ajenos donde hallarse: “Mi
vida son pedazos de otros./ Pequeñas ciudades que inventé/
para tener un sitio donde ir, pero que nunca fue mío” (Melo
142).
El aislamiento y la necesidad de inventar otras
realidades y de huir son conceptos unidos al tema de la
espera y del recuerdo. Ivonne Sotolongo García de Matanzas
escribe una carta a Jack: “No me canso de echar botellas
al mar/ con tu nombre. [...]/ Soy una desconocida
inmensamente oceánica en su soledad” (Melo 21). Por otra
parte, Mariana Pérez Pérez habla en “Solo de Flauta” de
una partida: “Mas yo no era como el viento/ sobre las
bocas hambrientas de la flauta,/ yo sólo esperaba a los
amigos/ para cantarles una pobre nota/ que nunca supe
afinar porque el flautista/ acabó por marcharse sin
enseñarme cómo” (Melo 32). La figura griega de Penélope
que espera a quien se marchó con un as de espadas bajo la
manga aparece en un poema de Isolina Bellas Galbán (Matanzas),
y se repite en otros poemas de la selección. Sin duda, la
voz más desgarradora es la de la santiaguera Teresa Melo
Rodríguez que en “Barquitos de papel” se lamenta de las
ausencias, de quienes se marcharon, del eterno adiós
frente al mar inmenso que se ha llevado a tantos amigos:
“Se iban en barco casi desvanecido/ los que me dejaron la
mano del adiós a medio levantar,/ no quería ver cómo
partían otra vez/ ángel, salvador, karim, ignacio./ [...]
Yo no quería ser reina. Ahora soy esta pieza
cualquiera/ diciendo adiós ante mi mar vacío” (Melo 83).
Finalmente, es necesario analizar si hay o no algún
atisbo de crítica política en esta selección de poemas en
los que se aprecia una gran preocupación por la Isla. En
el poema titulado “País, adiós”, una voz joven de Camaguey,
Yordanca Morciego Fernández, se queja de “un país que no
termina nunca/ un lugar que no podemos desprendernos/
incapaz de medir la tristeza/ el amor escondido/ la rabia
que carcome/ el odio a lo que ya no somos./ Que nos mutila
el recuerdo./ Que nos acalla las manos./ Este maldito
rincón que no tenemos” (Melo 131). Pero es, sin duda,
“Toques sobre el tambor del pecho” el poema más directo,
cuyos ritmos de tambor anuncian, desde el principio, el
tono bélico y, a la vez, triunfante y poderoso de la voz
poética: “Algunos creen gobernar el tambor de mi pecho/
porque gobiernan el país,/ no saben que del tambor pueden
salir/ países como lágrimas/ países como papel/ países
como espuma/ infinitos países míos/ según se toque el
tambor./ Los que gobiernan no alcanzan a tocar la melodía
que conviene al tambor de mi pecho” (Melo 111). La autora
de este poema, Sonia Díaz Corrales desde Sancti Spíritus,
se presenta como una de las más versátiles de la selección.
Al contrastar estos temas con los que aparecen en
el poemario Ellas escriben cartas de amor de la
habanera Reina María Rodríguez, se puede percibir la
existencia de lugares comunes que ratifican las
declaraciones de Aida Bahr sobre la unidad temática en las
poetas de provincias y capitalinas.
El amor
es
siempre en los poemas de Reina María Rodríguez motivo de
soledad e incomprensión porque “fatalmente jugamos a ser
presa/ a esperar por el cazador que nos atrape/ con su
salto de muerte” (Ellas 17), pero cuando le pedimos a este
cazador que nos ayude a seguir, se esconde y se escapa
dejándonos por compañera la soledad. Uno de los poemas más
representativos de Rodríguez con respecto al vacío que
deja el abandono es “Alguna vez. Algún tiempo”, cuyo
título se refiere a una vez y un tiempo en el pasado o en
el hipotético futuro, pero no en el ahora, ni en el aquí.
Plagado de metáforas marinas y “acuosas”, el poema utiliza
un triple símil. Se percibe la identidad como casa vacía,
desierta en las esquinas, como inmueble desperdicio, sin
secretos, ni tesoros, en el mar, de donde no quiere salir;
una casa que en otro poema (“Vigas”) se presenta con vigas
que se resienten por el peso de los años y que hay que
reforzar (Ellas 40). Este símil de la casa-identidad se
extiende y triplica al de casa-identidad-caracol muerto
sobre la arena enquistado, “donde todavía suele el mar
remover/ algún insecto que se asoma y huele pero sin
habitar” (Ellas 30). Por tanto, y como parte de esta casa-identidad-caracol,
hay movimiento sin vida, hay insecto sin alma de caracol y
hay soledad en esta casa que está al pie del precipicio
que es la orilla, “a merced de una aire inquieto de cierto
olor a sal” (Ellas 31). El poema termina con un tajante
“eso son las casas vacías./ [...] una playa desierta y una
casa sola” (Ellas 31).
La mujer en estos poemas “está hecha de esa soledad/
que existe entre lo cotidiano y el deseo” (Ellas
23). “La felicidad es una estéril razón en la babosa/ de
enroscarse y no saber el objeto de su deseo” (Ellas
24). Estos deseos están del otro lado del puente, mientras
que la mujer los mira de este lado concentrada en el
mínimo de su pie, con las venas que se le ven cada vez más
y comiéndose sus mentiras cada vez menos, emocionada con
el calostro de sus pechos que moja su blusa (Ellas
25). De esta manera se hace un canto a la maternidad en su
forma más corporal.[3]
Este mismo sujeto lírico femenino se presenta en el poema
“Deudas” de la siguiente manera:
“[...] soy sencillamente fea/ con pecas sueños y
dolores./ tengo dos hijos/ otro que nacerá el próximo
septiembre./ no soy un buen negocio/ —enseguida salgo
embarazada—./ soy el número 338 123 del carnet de
identidad/ sin foto –los niños la rompieron—/ ni sanción—porque
no poseo antecedentes/ penales/ mayores ni menores—/
trabajo como redactora de programas/ un sueldo de 163
pesos/ una literatura de carrera/ muchos poemas sueltos/ y
amigos en cuatro categorías: regulares buenos muy
malos y tristes./ una casa ajena/ un ventilador un peine/
una balalaica que me trajo mi hermano/ el piano de los
conciertos infantiles/ una lupa para ver mejor la realidad/
las fotos de Martí y Hemingway/ reproducciones/ libros que
aún no me han robado/ mapas ampliando la pared/ cartas de
antiguos amantes/ un reloj una mariposa azul un
corazón./
Y muchas deudas/ infinitas
deudas con la vida” (Ellas 20-21).
Estos mapas que amplían las paredes y que sirven
para ensanchar la propia realidad son similares a la
escritura de mujeres, quienes, incansablemente, siguen
escribiendo, contando como Sherezade, intentando descifrar
lo indefinible “[...] hasta que se apague la luz/ hasta
que se acabe la llamita/ escriben en los baños en las
oficinas/ escondidas de los maestros y de las ratas” (Ellas
51). Esta cita pertenece al poema que da título a la
antología Ellas escriben cartas de amor (1998) y en él
Rodríguez explica la poética de la escritura de las
mujeres, unas mujeres sonámbulas “escriben cartas de amor
con preámbulos [...]/ sin otra técnica que un corazón
ligeramente corrompido/ por las feroces garras de los años/
por la tinta azul petrificada en las noches de espera” (Ellas
51), por la soledad que deja el amor, por el deseo que
queda tras el vacío de la ausencia.
En este somero análisis de los poemas recogidos en
Mujer Adentro, se ha podido advertir como los temas
de la soledad, el aislamiento y, su consecuencia más
directa, la necesidad de huir o de inventar otros mundos
son expresados por estas voces poéticas de provincias que,
si bien, comienzan a ser escuchadas en la capital, aún
requieren un estudio más profundo, ya que, como se ha
visto en la comparación con algunos de los temas del
poemario Ellas escriben cartas de amor de Reina
María Rodríguez, existen muchos espacios comunes en la
poética femenina contemporánea tanto de provincias como
capitalina.
Querría terminar mi presentación con el fragmento
de un poema titulado “Cartas, postales” de Lourdes
González de Holguín que habla de la irremediable identidad
dividida cubana: “Todo el poder está en nombrarlos/ a
ustedes que conmigo anduvieron la isla/ y hoy me devuelven
cartas y postales/ [...] Me entrego,/ decida a no
olvidarlos, a esta furia de esperar/ las agujas doradas de
Gaudí,/ las manzanas del mercado de Atlanta,/ los murales
de Diego./ Escucho noche y día sus voces impacientes:/ ven
come kommt venez vamos./ Cómo no
apreciarlos en la diáspora./ Hasta la hora de mañana/ todo
el poder está en nombrarlos” (González 55).
Bibliografía
Fernández Retamar, Roberto y
Fayad Jamis (compilación de). Poesía joven de Cuba.
La Habana: Editorial popular de Cuba y del Caribe, 1969.
González, Daniuska (selección,
prólogo y notas de). Poetas cubanos actuales.
Miranda, Venezuela: Ateneo de Los Teques, 1995.
González, Lourdes. En la orilla derecha del Nilo.
Ciudad de La Habana: Ediciones Unión, 2000.
González. Dianuska (selección y prólogo y notas de).
Poetas cubanas actuales. Miranda, Venezuela: Ateneo de
Los Teques, 1995.
López-Lemus. Virgilio (Prólogo y notas de). Poetas de
la Isla. Panorama de la poesía cubana contemporánea.
Sevilla: Portada Editorial, 1995.
Melo,
Teresa, Aida Bahr y Asela Suárez (Selección). Mujer
Adentro. Editorial Oriente: Santiago de Cuba, 2000.
Morejón, Nancy. Botella
al mar. Zaragoza: Olifante, 1996.
Resik,
Magda. “Aida Bahr: ‘Lo primero que todo soy escritora’.
La Jiribilla, Septiembre 2001
Rodríguez, Reina María.
Ellas escriben cartas de amor. La Habana: Ediciones
Unión, 1998.
----------------------------. La foto del invernadero.
La Habana. Casa de Las Américas, 1998.
Temas, Número 5,
1996, dedicado a la mujer cubana.
Yánez, Mirta (inventario e
introducción de). Album de poetisas cubanas. La
Habana: Editorial Letras Cubanas, 1997.
----------------------------.
Cubanas a capítulo. Editorial Oriente: Santiago de
Cuba, 2000
[1]
Comenzaron a darse en esta década, y sobre todo
en las siguientes, un postcoloquialismo y una mayor
versatilidad en las temáticas de los poemas: “[...]
pasamos de un casi totalitarismo estético del
coloquialismo como corriente omnipresente entre 1965 y
1970, a un desbordamiento muy variado de formas,
contenidos y estilos, que va desde la vocación
realista hasta lucubraciones metafísicas, desde el
empleo del tono conversacional hasta el afán de
desorganización del lenguaje, precisamente para
escapar de ese tono ya largamente empleado [...] en la
poesía cubana” (López Lemus 25).
[2]
Así lo expresa la entrevistadora Resik: “Desde
la editorial de Oriente, [Aida Bahr] destruye el mito
de la exclusividad capitalina, para la buena
literatura. Y promueve, como transmitiéndonos sus
sanas intenciones, el intercambio. Los escritores y
las escritoras de allá aparecen en la Habana y los de
acá son editados en el extremo oriental de la Isla. No
se aceptan fronteras, ni de género, ni de distribución
geográfica, ni de estilos... La creación verdadera
conquista por sí sola su espacio” (1).
[3] Estas imágenes aparecen en el
poema “La punta del deseo” que se abre con una cita de
Cesar Pavese relacionada con la idea del ser humano y
su deseo: “ El problema no es la adversidad de la
suerte porque obtenemos todo aquello que deseamos con
suficiente fuerza. El problema es más bien, que nos
hastía todo aquello que obtenemos. Y entonces jamás
debemos tomárnosla con la suerte, sino con nuestro
propio deseo…” (Ellas 25).
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