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Ilirio se deslizó, casi sin tocar con los pies en el suelo, hasta
colocarse detrás del sillón donde dormitaba su abuela. Una vez
allí, permaneció al acecho, esperando alguna señal que le diera la
confirmación de que aquélla no despertaría de un momento a otro. El
tiempo transcurrido le pareció interminable, y la espera de una
señal cualquiera al fin se le antojó ilusoria. Cuando por fin se
hubo cerciorado de que la abuela dormía profundamente, (o bien,
acabó por rendirse a la evidencia de que la durmiente no haría el
menor intento por tranquilizarlo, ofreciéndole aquel indicio
incontestable por el que estaba esperando), Ilirio volvió a ponerse
en movimiento cruzando por delante de ella en dirección a la cocina.
Por unos instantes, su silueta se recortó contra el parpadeo de las
imágenes en el televisor. Entre sueños, a Caridad le pareció ver a
alguien que se le echaba encima de repente, armado con un cuchillo,
y lanzó un grito que la devolvió abruptamente a la vigilia. Como
seguía asustada y de repente sentía miedo a estar sola y en la
oscuridad, se puso de pie para encender la luz de la sala y llamó en
voz alta al viejo, que dormía en el cuarto contiguo. Sabía que
aquel no había de escucharla, pero de cualquier modo la reconfortaba
decir su nombre, llamándolo; saber que estaba allí. Ahora sentía
sed, pero el temor de ir hasta la cocina en penumbras hizo que
desistiera de llegar hasta ella.
–Ya pronto vendrá alguno de los muchachos por ahí –se dijo, pensando
que llegaría alguno de los nietos de un momento a otro–. La novela
no empieza hasta las diez –añadió calculando el tiempo que sería.
Alcanzada la
cocina, Ilirio abrió por dentro la puerta que daba al patio. Los
tres pestillos que dejaban la puerta asegurada saltaron apenas con
un ruido amortiguado entre sus manos, peritas en semejantes
silencios. El patio estaba a oscuras también y en la oscuridad se
emparejaban el adentro y el afuera como si se tratara de una misma
habitación o de un universo indefinible. Próximo a la puerta, pero
sin alcanzar a distinguirla ni siquiera cuando ésta se abrió a la
negrura sin contrastes de afuera, lo aguardaba el muchacho. A
tientas, las manos de uno y otro fueron avanzando en la penumbra
hasta encontrarse sin cruzar una sílaba.
Cacha salió
al portal, que estaba iluminado por la luz de la calle, y espió el
balcón de la vecina del frente que a veces tenía gente hasta muy
tarde.
–... cuando
una más lo necesita, ni la sombra... –se dijo, contrariada, pero sin
volver a la sala. Las voces provenientes del televisor consiguieron
al fin sedarla, hasta que se animó a regresar al sillón.
–Ya la
novela está por empezar... –se dijo ahora, entregándose aquella
frase como si en ella se hallaran todas las certezas que le hacían
falta.
En la
oscuridad las manos sabían su rumbo; tenían ojos en las yemas de los
dedos que avanzaban sin torpezas y con resolución, y lograban
deshacer una maraña de obstáculos levantados hacía tiempo
por-no-se-sabía-quién, ni para qué. Dilucidaban a su modo, lo
elucidable. Inventaban sus propias sorpresas, arrojos y pavores,
adentrándose cada vez más por regiones que sólo la piel, y el cuerpo
de otro cuerpo, comparecen en allegadas las manos como exploradoras
ávidas y dichosas de tantos pormenores. Lo demás eran silencios,
jalonados de unos jadeos incesantes, pero había como una música nunca
escrita en esos intervalos. Profundas resonancias oscuras,
alternándose, modificándose; variaciones concertantes, vivaces;
trémolos; solos de piano y de violín, y la noche con su esplendor de
piedras negras sobre el negro de hule de esa noche.
Los ruidos
que ahora llegaban del fondo de la casa –esporádicos, apagados e
inquietantes como si se tratara de esa música que los jóvenes de
ahora preferían– volvieron a ponerle en el cuerpo el miedo que había
sentido mientras dormía y que había conseguido despertarla. Cacha
volvió ahora a asomarse al portal, así que oyó, por encima de las
voces del televisor, las de los novios que ocupaban el balcón. Eran
tres parejas, demasiados para hacer nada con el silencio de la calle
y la indiferencia o comprensión de los padres.
–La juventud
de hoy está perdida... –se dijo, no obstante, mirando para el balcón
donde ellos y ellas reían en la semipenumbra medio iluminada por una
bombilla. Y haciendo un esfuerzo extraordinario se sacó de dentro
aquella voz quebrada conque se dirigió a los muchachos–: Oigan,
muchachos, no dejen de decirle a Lica que la estoy esperando...
¡Qué no voy a acostarme hasta que no venga por acá! ¡Qué no se les
olvide decírselo!
Si se
trataba de ladrones, –pensaba la vieja– bastaban sus palabras para
alertarlos y ponerlos en fuga sin riesgos para sí, pero los ruidos
persistieron y aún fueron en aumento hasta el instante en que la
vecina, avisada de que algo había detrás de las palabras de Cacha
llegó acompañada de su marido. En un principio, los recién llegados
no consiguieron oír más que el silencio interminable y obeso que
pesaba sobre todo, pero la insistencia de Cacha penetró en ellos al
cabo, y fueron alcanzando a oír cosas, silencios y músicas
perturbadores que procedían del patio. Armado de una linterna,
Leandro se deslizó entonces hasta la cocina intentando no arrastrar
los pies sobre el embaldosado. La fricción de las suelas, el ritmo
de su respiración acechante y el golpear desenfrenado que provenía
de la linterna fuertemente apretada por el hombre se sumaron al
concierto, y como si los verdaderos instrumentos se percataran
repentinamente de aquella intromisión, cesaron de repente. La noche
también se detuvo y ya no fue silencio lo que se escuchó, sino el
zumbido de allá fuera penetrando por el resquicio de la puerta
entreabierta que inundaba la casa toda. Cuando la mano de su mujer
accionó el interruptor, la de Leandro ya se había alzado muy rápido
y muy alto para golpear con la linterna, y era tarde para detener su
descenso fulminante. Este se estrelló contra el antebrazo de Ilirio
que había conseguido interponérsele. El hueso se quebró con un
sonido de cristal, seco y cimbreante al mismo tiempo, y el dolor,
súbito como la mordedura de una culebra lo echó por tierra.
–So’cabrones
–dijo la vieja que venía a la saga de los otros, sin percatarse al
parecer de lo ocurrido–. ¡Así que ustedes dos, ¿no?! Vergüenza
debía de darles si tuvieran... Mira que venir a robarle a su propia
abuela ... –Y dirigiéndose al muchacho que había venido con Ilirio
esa tarde– ¿Y tú, a quién vas a encomendarte, desgraciado? De
vergüenza debe haberse muerto tu madre, si la tuviste alguna vez.
Quien muerde la mano que una vez le da pan, no merece si no que le
den de palos... Vete de aquí, que no quiero verte más la cara en lo
que me quede de vida.
En ese
momento debió percatarse de lo que ocurría cuando oyó al nieto
revolcarse de dolor, y a la precaria luz que llegaba desde la puerta
vio al otro que no hacía por marcharse, sosteniendo la cabeza de
Ilirio sobre su regazo y musitando en su oído palabras que ninguno
acertaba a comprender cabalmente. Cacha se sintió desconcertada de
repente, demasiado desconcertada para sentir lástima del nieto que
parecía estar herido.
–Enseguidita
vuelvo, Cacha, no se preocupe –oyó que decía Lica la vecina–. Hay
que dar parte de esto enseguida, a la policía.
–No, Lica,
hija, a la policía, no –se oyó decir a sí misma–. ¿Para qué, si se
trataba de mi nieto? Además, no quiero pasar más vergüenzas...
–¡Ay vieja,
lo siento mucho, pero es mi deber... y tengo que cumplirlo! –Le
replicó la vecina con cierta dureza–. Además, aquí hay gato
encerrado. –Los ojos de Cacha se encontraron un momento con los de
la otra mujer, (tal vez hubiera en ellos una súplica de algo que
ella misma no acertaba a saber), pero la otra no pareció
compadecerse.
–Hay que dar
cuenta de todo, Cacha, usted lo sabe –volvió a decir, y luego, tal
vez para suavizar un poco el tono empleado, agregó echándole un
brazo por encima de los hombros–: ¡No se preocupe...! Los
compañeros estarán aquí enseguida...
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