Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 25/26

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

LADRONES

por

Rolando D. H. Morelli

 

     Ilirio se deslizó, casi sin tocar con los pies en el suelo, hasta colocarse detrás del sillón donde dormitaba su abuela.  Una vez allí, permaneció al acecho, esperando alguna señal que le diera la confirmación de que aquélla no despertaría de un momento a otro. El tiempo transcurrido le pareció interminable, y la espera de una señal cualquiera al fin se le antojó ilusoria. Cuando por fin se hubo cerciorado de que la abuela dormía profundamente, (o bien, acabó por rendirse a la evidencia de que la durmiente no haría el menor intento por tranquilizarlo, ofreciéndole aquel indicio incontestable por el que estaba esperando), Ilirio volvió a ponerse en movimiento cruzando por delante de ella en dirección a la cocina. Por unos instantes, su silueta se recortó contra el parpadeo de las imágenes en el televisor. Entre sueños, a Caridad  le pareció ver a alguien que se le echaba encima de repente, armado con un cuchillo, y lanzó un grito que la devolvió abruptamente a la vigilia. Como seguía asustada y  de repente sentía  miedo a estar sola y en la oscuridad, se puso de pie para encender la luz de la sala y llamó en voz alta al viejo, que dormía en el cuarto contiguo.  Sabía que aquel no había de escucharla, pero de cualquier modo la reconfortaba decir su nombre, llamándolo; saber que estaba allí. Ahora sentía sed, pero el temor de ir hasta la cocina en penumbras hizo que desistiera de llegar hasta ella.

     –Ya pronto vendrá alguno de los muchachos por ahí –se dijo, pensando que llegaría alguno de los nietos de un momento a otro–.  La novela no empieza hasta las diez –añadió calculando el tiempo que sería.

     Alcanzada la cocina, Ilirio abrió por dentro la puerta que daba al patio.  Los tres pestillos que dejaban la puerta asegurada saltaron apenas con un ruido amortiguado entre sus manos, peritas en semejantes silencios. El patio estaba a oscuras también y en la oscuridad se emparejaban el adentro y el afuera como si se tratara de una misma habitación o de un universo indefinible.  Próximo a la puerta, pero sin alcanzar a distinguirla ni siquiera cuando ésta se abrió a la negrura sin contrastes de afuera, lo aguardaba el muchacho. A tientas, las manos de uno y otro  fueron avanzando en la penumbra hasta encontrarse sin cruzar una sílaba.

     Cacha salió al portal, que estaba iluminado por la luz de la calle, y espió el balcón de la vecina del frente que a veces tenía gente hasta muy tarde.

     –... cuando una más lo necesita, ni la sombra... –se dijo, contrariada, pero sin volver a la sala. Las voces provenientes del televisor consiguieron al fin sedarla, hasta que se animó a regresar al sillón.

     –Ya la novela está por empezar... –se dijo ahora, entregándose aquella frase como si en ella se hallaran todas las certezas que le hacían falta.

     En la oscuridad las manos sabían su rumbo; tenían ojos en las yemas de los dedos que avanzaban sin torpezas y con resolución, y lograban deshacer una maraña de obstáculos levantados hacía tiempo por-no-se-sabía-quién, ni para qué. Dilucidaban a su modo, lo elucidable. Inventaban sus propias sorpresas, arrojos y pavores, adentrándose cada vez más por regiones que sólo la piel, y el cuerpo de otro cuerpo, comparecen en allegadas las manos como exploradoras ávidas y dichosas de tantos pormenores.  Lo demás eran silencios, jalonados de unos jadeos incesantes, pero había como una música nunca escrita en esos intervalos. Profundas resonancias oscuras, alternándose, modificándose; variaciones concertantes, vivaces; trémolos; solos de piano y de violín, y la noche con su esplendor de piedras negras sobre el negro de hule de esa noche.

     Los ruidos que ahora llegaban del fondo de la casa  –esporádicos, apagados e  inquietantes como si se tratara de esa  música que los jóvenes de ahora preferían– volvieron a ponerle en el cuerpo el miedo que había sentido mientras dormía y que había conseguido despertarla. Cacha volvió ahora a asomarse al portal, así que oyó, por encima de las voces del televisor, las de los novios que ocupaban el balcón. Eran tres parejas, demasiados para hacer nada con el silencio de la calle y la indiferencia o comprensión de los padres.

     –La juventud de hoy está perdida... –se dijo, no obstante, mirando para el balcón donde ellos y ellas reían en la semipenumbra medio iluminada por una bombilla. Y haciendo un esfuerzo extraordinario se sacó de dentro aquella voz quebrada conque se dirigió a los muchachos–:  Oigan, muchachos, no dejen de decirle a Lica que la estoy esperando...  ¡Qué no voy a acostarme hasta que no venga por acá!  ¡Qué no se les olvide decírselo!

     Si se trataba de ladrones, –pensaba la vieja– bastaban sus palabras para alertarlos y ponerlos en fuga sin riesgos para sí, pero los ruidos persistieron y aún fueron en aumento hasta el instante en que la vecina, avisada de que algo había detrás de las palabras de Cacha llegó acompañada de su marido.  En un principio, los recién llegados no consiguieron oír más que el silencio interminable y obeso que pesaba sobre todo, pero la insistencia de Cacha penetró en ellos al cabo, y fueron alcanzando a oír cosas, silencios y músicas perturbadores que procedían del patio. Armado de una linterna, Leandro se deslizó entonces hasta la cocina intentando no arrastrar los pies sobre el embaldosado. La fricción de las suelas, el ritmo de su respiración acechante y el golpear desenfrenado que provenía de la linterna fuertemente apretada por el hombre se sumaron al concierto, y como si los verdaderos instrumentos se percataran repentinamente de aquella intromisión, cesaron de repente.  La noche también se detuvo y ya no fue silencio lo que se escuchó, sino el zumbido de allá fuera penetrando por el resquicio de la puerta entreabierta que inundaba la casa toda. Cuando la mano de su mujer accionó el interruptor, la de Leandro ya se había alzado muy rápido y muy alto para golpear con la linterna, y era tarde para detener su descenso fulminante. Este se estrelló contra el antebrazo de Ilirio que había conseguido interponérsele.  El hueso se quebró con un sonido de cristal, seco y cimbreante al mismo tiempo, y el dolor, súbito como la mordedura de una culebra lo echó por tierra.

     –So’cabrones –dijo la vieja que venía a la saga de los otros, sin percatarse al parecer de lo ocurrido–.  ¡Así que ustedes dos, ¿no?!  Vergüenza debía de darles si tuvieran...  Mira que venir a robarle a su propia abuela ...  –Y dirigiéndose al muchacho que había venido con Ilirio esa tarde– ¿Y tú, a quién vas a encomendarte, desgraciado?  De vergüenza debe haberse muerto tu madre, si la tuviste alguna vez.  Quien muerde la mano que una vez le da pan, no merece si no que le den de palos...  Vete de aquí, que no quiero verte más la cara en lo que me quede de vida.

     En ese momento debió percatarse de lo que ocurría cuando oyó al nieto revolcarse de dolor, y a la precaria luz que llegaba desde la puerta vio al otro que no hacía por marcharse, sosteniendo la cabeza de Ilirio sobre su regazo y musitando en su oído palabras que ninguno acertaba a comprender cabalmente. Cacha se sintió desconcertada de repente, demasiado desconcertada para sentir lástima del nieto que parecía estar herido.

     –Enseguidita vuelvo, Cacha, no se preocupe –oyó que decía Lica la vecina–.  Hay que dar parte de esto enseguida, a la policía.

     –No, Lica, hija, a la policía, no –se oyó decir a sí misma–. ¿Para qué, si se trataba de mi nieto? Además, no quiero pasar más vergüenzas...

     –¡Ay vieja, lo siento mucho, pero es mi deber... y tengo que cumplirlo! –Le replicó la vecina con cierta dureza–. Además, aquí hay gato encerrado. –Los ojos de Cacha se encontraron un momento con los de la otra mujer, (tal vez hubiera en ellos una súplica de algo que ella misma no acertaba a saber), pero la otra no pareció compadecerse.

     –Hay que dar cuenta de todo, Cacha, usted lo sabe –volvió a decir, y luego, tal vez para suavizar un poco el tono empleado, agregó echándole un brazo por encima de los hombros–: ¡No se preocupe...!  Los compañeros  estarán aquí enseguida...

 

 

Rolando Morelli nació en Horsens, Dinamarca(1953). Antes de cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey, donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la Universidad de Temple, en Philadelphia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en varias universidades norteamericanas, entre éstas las de Tulane, en Nueva Orleáns, y la Warton Bussiness School de la Universidad de Pennsylvania. Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai, Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio, Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989); From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y El Faro, Ciudad de México, 1989. Recientemente obtuvo la única mención del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón.