Miami
Estados Unidos
Año V

 Nº 25/26

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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SEGUNDA MANO

por

Marga Varea

 

     Madrid puede ser una ciudad fascinante y desesperarte al mismo tiempo. Con veinte años y mi título de publicidad recién estrenado yo personalmente sólo pensaba en comerme el mundo, aunque nunca se me ocurrió que el mundo me podía comer a mí. La posibilidad de fracaso en mi cerebro era tan pequeña como la de que mi nuevo vecino fuera Harrison Ford en persona.

Me había trasladado hacía un mes escaso a la ciudad, a un ridículo apartamento alquilado de una sola habitación atestada de trastos, libros, maletas, ropa para lavar y latas vacías de seven up. Un pequeño balcón. Una salida de incendios. Cinco pisos sin ascensor. Pagando casi doscientos euros al mes por dormir en una cama y comer palomitas de microondas delante de mi propio televisor; necesitaba desesperadamente encontrar un empleo.

    Esa mañana salí de casa como de costumbre antes de las 9 y me bebí el café corriendo escaleras abajo. Mi objetivo: ser la primera persona que estuviera frente al quiosco a la hora de abrir y no, no estaba enamorada del quiosquero, cuyo nombre y estado civil ignoraba por completo, sino a la caza y captura del periódico local de anuncios: el “segunda mano” del lunes. En el tiempo que llevaba en la ciudad había aprendido algunas técnicas de supervivencia. Por ejemplo, cualquier llamada de trabajo que hiciera después de las 10:30 terminaría en un “lo siento pero el puesto ya ha sido cubierto, gracias por llamar”. Por eso a las 8:59 de la mañana yo ya estaba, aún en pijama, frente al kiosco de la plaza y en cuanto se levantó la persiana metálica solté mis dos euros y agarré un ejemplar como quien agarra el chaleco salvavidas en pleno hundimiento del barco.

     Volví a la máxima velocidad posible a mi apartamento y allí, con una segunda taza de café en la mano, repasé  la oferta del día haciendo circulitos azules sobre aquellos anuncios que vagamente me podían interesar. Cuando la rutina hubo terminado me lancé sobre el teléfono, hice las llamadas de turno, concerté un par de entrevistas y me metí en la ducha para someterme a una terapia de frío que cumpliría la función de despertarme por completo y ayudarme a superar la ausencia de sexo en el último mes y medio.

     Salí por segunda vez de casa, esta vez vestida. Bajé las escaleras de dos en dos saltando con la confianza de un niño que juega a la comba todos los recreos mientras mi cerebro trabajaba a toda velocidad. No, no pensaba en lo que diría durante la entrevista ni en sí les impresionaría mi master de inglés de seiscientas horas. No pensaba en el aspecto de mi traje ni en cual era la manera más conveniente de estrechar la mano del entrevistador. No pensaba en mi pintalabios recién estrenado para la ocasión ni en la laca de uñas. Sólo pensaba obsesivamente en una cifra: 19%, la tasa de paro mensual que me taladraba los tímpanos cada noche en el maldito telediario.

Mi primera, y última, entrevista tuvo lugar en la Gran Vía. La empresa era una pequeña productora de vídeo que buscaba secretaria con posibilidades de promoción. Después de charlar un rato con el entrevistador, el hombre se rascó el bigote, cruzó las piernas y dijo que el puesto era mío  “El salario, es bajo, ya sabes, las horas hay que estirarlas un poco, quiero decir que no llegues tarde y no salgas corriendo a las ocho en punto, pero en general hay buen ambiente y algún día haremos algo más que vídeos de ferias”.

     Cuando terminó de hablar, le miré a los ojos tratando de aparentar   seguridad y entonces vi un 19% reluciente en cada una de sus retinas. Un 19% amenazante que rugía jurando que de no conformarme con el trabajo que se me ofrecía ese mismo mes me cortarían la línea del teléfono, me quitarían el piso y me vería pidiendo ayuda en la puerta de alguna ONG. Pensé durante un instante. El panorama no era muy alentador. Pero mientras mi cerebro sopesaba cuidadosamente los “pros” y los “contras”,  mi mano decidió adelantarse como sí tuviera vida propia y fue a estrechar la mano del entrevistador. Luego firmé el contrato correspondiente sin leer la letra pequeña y casi ni la grande, y salí de allí contenta como unas castañuelas.

     Al día siguiente me levanté con una energía inusitada, renovada calma por la promesa del dinero seguro a fin de mes. Quería llegar a mi puesto a tiempo así que me bebí un café y un zumo de naranja de pie al borde del fregadero, donde lancé ambos vasos sin mirar, y salí corriendo escaleras abajo.

     El reloj marcaba las 9 en punto cuando entré en la oficina. Mi mesa estaba situada contra una vieja pared, frente a la puerta de entrada. Era una de esas mesas de plástico que todas las empresas compran por catálogo en tres colores: gris, azul marino y melocotón pálido, a cuál más horroroso. La silla giratoria hacía juego con el color horroroso. Después de mirarlas unos segundos, me senté y me dispuse a investigar en mis nuevos cajones y ficheros.

     A las 10:15 de la mañana conocí a mi nuevo jefe. En los primeros cinco minutos de conversación comprendí que yo era mucho más inteligente que él y que sin embargo estábamos sometidos a una situación inamovible y tremendamente injusta: él era el jefe y yo la empleada. Mi jefe era un auténtico imbecil que diez minutos después de conocerme estaba mirando hipnotizado mi escote y alardeando de sus citas de fin de semana, de su pelo engominado y de su colonia all spice. De las quince veces que me llamó a su despacho aquel día, solamente una quería algo de utilidad.

A las 10:30 me encontré a mí misma pensando en el horario de esclavo que había aceptado y dividiendo mi sueldo miserable por las horas de trabajo. El número era tan pequeño que el estómago me dio un vuelco.

     A las 11 en punto me empezó a picar la espalda y pensé que la silla giratoria no sólo era incomodísima sino que posiblemente en ella anidaba una feliz familia de ácaros que me provocaba algún tipo de alergia. También me empezaron a doler los riñones. La mesa era demasiado alta y tenía que forzar la postura sí quería manejar el teclado para meter un infinito número de nombres y direcciones en la base de datos. Para colmo, cada vez que intentaba concentrarme en la pantalla sonaba una de las líneas de teléfono, a veces hasta dos a la vez, de manera que se encendía un pilotito rojo incansable seguido de un “bip bip bip bip” infinito que tras unas horas de jornada laboral se me quedó pegado a la oreja.

     Hacía las 11:30 había matado tres cucarachas negras y enormes que amenazaban con colarse en mi bolso. Cuando volví a mi mesa tras la desagradable labor, me encontré con que el ordenador, que debían haber comprado en una tienda de antigüedades, y databa de la época en que se inventó el primer spectrum, empezó a colgarse cada dos por tres. La pantalla se ponía gris, luego blanca y luego gris otra vez. Si le daba unos golpecitos en la parte trasera parecía funcionar pero al momento todo se llenaba de rayas y las teclas no respondían a ninguno de mis intentos de resucitarlo. Así llegó la hora de comer.

     Salí a la Gran Vía. Hacía un día de sol espléndido y los coches pitaban haciendo cola para salir del atasco, espléndido también. Un ejercito de gente, ejecutivos y ejecutivas trajeados y secretarias con vestidos vaporosos se dirigían a los restaurantes de la zona. Me detuve cada pocos metros, devorando los menús colocados con celofán en los cristales, deseando entrar en uno de esos lugares donde olía a cielo desde la puerta y comerme una paella especial de la casa, un flan y un café con leche condensada. Desgraciadamente mi cabeza era una calculadora y me decía que nunca llegaría a fin de mes sí empezaba a comer en esos restaurantes; así que crucé la calle y entré en el Mc Donalds de turno donde algunos desgraciados, como yo, hacían cola para conseguir un menú de tres euros con la esperanza de ahorrar el sueldo y no tener que gastar un dineral en antiácidos a fin de mes. Comiendo una grasienta hamburguesa de pollo con patatas congeladas y refritas más una coca cola extra grande sentí algo cercano a la depresión. 

     A las 4 en punto volví al trabajo para encontrarme con que el aire acondicionado se había atascado y la radio anunciaba una tarde con temperaturas por encima de los cuarenta grados. Olía a polvo, comencé a estornudar.

     A las 4:15 mi jefe me llamó, por no sé cuanta vez, para echarme su pestilente aliento, preguntarme sí disfrutaba de mi primer día y dar un repaso al estado de mis piernas. “Estoy bien, gracias” contesté con una sonrisa forzada.

A las 5 el ordenador decidió hacer una huelga indefinida y a las 5:45 un viejo acreedor de la empresa entró por la puerta tratando de intimidarme a gritos y empujones. No conseguí quitarme al tipo de encima en más de media hora y cuando por fin salió al rellano y cogió el ascensor su voz me retumbaba en el cerebro.

     Eran las 8 en punto cuando recogí mis cosas para salir. Me dolía la espalda, me picaban los ojos y tenía entre las manos un claro caso de acoso sexual pero aún había más. Antes de que pudiera abandonar mi puesto con dignidad, el entrevistador hizo su aparición por la puerta de la oficina y decidió mostrarme donde estaban los utensilios de limpieza del baño: “Sí puedes, ya sabes, darle una pasada una vez a la semana...” comentó con su perenne sonrisa “por los clientes...”

     Yo sonreí de vuelta y le dejé marchar confiado. Luego cogí el ascensor como alma que lleva el diablo y me dirigí directamente a mi apartamento. Más concretamente a mi cama que es lo que hago siempre en una situación de emergencia emocional. Me tumbé, echa un ovillo bajo la sábana, cerré los ojos y antes de que pudiera darme cuenta el enorme 19% apareció frente a mí. No había tenido fuerzas para enfrentarme a nadie así que, simplemente antes de salir, había colocado mis llaves sobre la mesa junto una breve carta de renuncia escrita a trompicones en un post-it amarillo.

     Al día siguiente volvería a salir en pijama del apartamento para ser la primera en llegar a mi quiosco, donde el “segunda mano” estaría esperando impaciente y donde mi quiosquero, cuyo nombre y estado civil ignoraba por completo, me habría probablemente echado de menos por un día.

 

 

Marga Varea nació en Murcia, España (1974). Argumentista, guionista, narradora, cineasta y periodista. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, en la rama de Periodismo. Ha estudiado guión y dirección de cine en la New York Film Academy de Nueva York como becaria de la Fundación Autor de España (SGAE) y Televisión, Radio y Vídeo en el (TAI) Escuela Libre de Artes y Espectáculos de Madrid. Ha participado como Coguionista y Argumentista en la película DOS, producida por Globo Media y de varios cortometrajes, documentales y vídeos, entre los que se destacan: Dos Más, Constructores de Quimeras, Infección  (Emitida en TVE),  La Isla de la Tortuga y las series de televisión Mas Que Amigos (Emitida en Tele 5, España) y Menudo es mi padre (Emitida en Antena 3 TV). Ha recibido el premio del Ministerio de Cultura (ICAA) por el guión del cortometraje de animación La Balada del láser mortífero (Junio, 1997), así como el premio de la Comunidad de Madrid (Septiembre, 1997) y el premio del Ministerio de Cultura (ICAA) (Mayo, 1999) por el guión La Isla de la Tortuga. En la actualidad es miembro de la Fundación Autor de España (SGAE).