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Un hombre desalmado
De niño fue el más
terrible en la pandilla del barrio. En la familia, se ganó el título
de "oveja negra" durante la adolescencia. Los estudios jamás le
agradaron, mucho menos trabajar. Prefirió ganar el dinero fácil. Se
hizo de amigos que le enseñaron a matar. Al cumplir los cuarenta
años se había convertido en el hombre más desalmado y perseguido por
las autoridades de investigación criminal. Se volvió pendenciero a
tal grado que asesinó a sus cómplices de crímenes y asaltos. Ya
ningún cabecilla de las bandas y pandillas del bajo mundo quisieron
tener nexos con él. En su familia, hacía mucho tiempo que lo habían
dejado de considerar parte de los de su sangre. Quedó tan sólo en el
mundo, y absolutamente nadie lo quería que, una noche, al
encontrarse oculto en su madriguera, sentado sobre la cama, vio de
frente su sombra reflejada en la pared, y ésta, avergonzada, se
levantó y se marchó por la ventana para siempre.
Personalidad
Se horrorizó al verse
ante el espejo y cambió cada detalle de su cuerpo. Después de varias
cirugías observó de nuevo aquel reflejo pero la impresión fue peor:
su repugnancia era irremediable.
La separación
Se la llevaron lejos
para que jamás volviera a verla.
La amaba tanto que él
dijo quedarse sin alma, y cayó en una eterna y dolorosa agonía sobre
la cama donde muchas veces le demostró su amor sincero.
Pero ella, aún no se
explica porqué a la luz del día y de la luna, su figura proyecta dos
sombras que se abrazan.
Adicto
Aquella noche salí
rumbo a la Iglesia, dispuesto a dejar mi adicción. Quería cambiar,
que mi vida tuviera sentido. Pero me di cuenta que no tenía otra
manera de ser más que esa. Y sin pensarlo dos veces, hendí el
cuchillo en el cuello de una dama noctámbula y bebí su sangre hasta
el hartazgo.
El vuelo
Se tiró al vacío desde
la montaña. Siempre soñó volar como las gaviotas pero jamás pudo
elevarse. Su cuerpo se destrozó al golpear el suelo.
Después de morir,
reencarnó en un ave.
Teletransportación
En el sueño, siempre
rememoraba cuando era un niño que dormía la siesta bajo un nogal
frondoso, donde soñaba que de grande sería el inventor de un aparato
capaz de transportar a las personas a través del tiempo.
Por eso, al despertar
volvía a cerrar los ojos para ver si aquella máquina en la que se
encontraba, al igual que el niño que veía a lo lejos, dormido bajo
un nogal frondoso, sólo eran parte de su sueño.
El sueño
Después de un largo
desmayo, Misraím despertó exaltado sobre la cama del hospital en el
que fue internado a consecuencia de un accidente automovilístico.
Había tenido una pesadilla: La ciudad era una plancha enorme de
asfalto y edificios derruidos, sin árboles ni extensiones de agua.
Todos habían muerto durante una guerra devastadora, a excepción de
él, quien se vio en el sueño correr con desesperación entre
llamaradas, sobre cadáveres deshechos y cocidos por el fuego.
Misraím colocó una de
sus manos en el pecho aún dolorido. Quiso bajar de la camilla pero
le fue imposible, se lo impidieron decenas de mangeras metálicas
conectadas a su espalda. La pesadilla real era peor. Resucitó
después de cien años en coma. Su cuerpo ya no era como el de un
humano. La mitad de sus extremidades estaban hechas a base de un
metal extraño y desconocido para él, quien no tenía más alternativa
que incorporarse a un batallón de androides para retomar la guerra,
una guerra que años atrás un pueblo ajeno al suyo había perdido a
miles de años luz del planeta Tierra.
Escalofriante
—Vendré por ti —le
dijo el abuelo antes de morir.
Pasó un año y al
agonizar mi abuela susurró: —Está aquí.
El viejo cumplió lo
prometido. Yo fui quien le abrió la puerta.
El libro de las
predicciones
Cuando exploraba
aquella cueva llena de esqueletos, el arqueólogo encontró un libro
antiguo donde al abrirlo leyó: “Morirás hoy”. Y el hombre cayó sobre
un montón de huesos.
Cuestión de peso
Para El Tallarín, como
le decían de guasa sus compas del barrio, jamás importó la estética.
—El físico es lo de
menos —decía—. Lo más importante son los sentimientos, lo que uno
lleve dentro.
Aquel adolescente
flaco y encorvado, de un metro noventa de estatura, comía a deshoras
y en ocasiones una vez al día.
—¡Te vas a morir de
anemia! —le advertía su madre.
—El físico, es lo de
menos, jefa. El físico es lo de menos.
Una tarde de tormenta,
El Tallarín no llegó a su casa, el viento huracanado que azotó la
ciudad, se lo llevó de encuentro en un remolino.
Jamás encontraron su
lánguido cuerpo.
Sus amigos del barrio
cuentan que por su escualidez, aun sigue flotando en el espacio.
La pregunta
Ya era un viejo sin
fuerza para trabajar. De hecho, estaba cansado de tanto laborar por
aquí y por allá haciéndole al mil usos. Sólo había trabajado y
trabajado la mayor parte de su vida, para nada, pues no tenía ni un
quinto. Todo el dinero que ganó lo había gastado en mujeres, vino,
diversión, en amigos y cosas superfluas.
Apoyado en un bastón
que soportaba su cuerpo enclenque, caminó hacia el baño y se paró
frente al espejo.
—¿Quién soy? ¿Qué he
sido? —se preguntó.
Y la figura demacrada
frente a él, le dijo:
—Mi peor reflejo...
Viaje al futuro
Un día, el científico
Poncio Larumbe logró desafiar al tiempo. Inventó una máquina capaz
de viajar al futuro. Lo supo porque experimentó primero con su
perro, el que regresó con un periódico del mes siguiente en el
hocico.
Cuando se introdujo en
aquella esfera metálica con antenas, cables y focos por doquier,
decidió descubrir lo que había 100 años después de la época en la
que le tocó vivir.
Ahora, el artefacto no
es más que una pelota mohosa, con un esqueleto dentro, pues Poncio
Larumbe jamás pensó que no podía viajar más allá de su capacidad de
vida.
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