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Habían pasado seis meses desde la última vez que vi a mi madre.
Aquel día, al despedirme de ella en la sala de espera del aeropuerto
regional, no pude evitar sentir cierta aprensión y temor por su
futuro. Mi padre la había abandonado dos semanas atrás luego de
cuarenta años de matrimonio. Por primera vez en sus sesenta y cinco
años ella viviría sola, sin los padres que la sobreprotegieron en la
niñez y sin el marido que creí la había guiado y acompañado durante
su vida adulta. Mi hermana Cathy y yo tomamos aviones que nos
llevaron a cientos de kilómetros de distancia de la casa que había
compartido con mi padre y donde ahora viviría sola. Durante las
primeras semanas luego de nuestra despedida, Cathy y yo la
llamábamos frecuentemente con la intención de asegurarnos de que
sabía pagar las cuentas, de que salía con sus amigas del Country
Club y de que no había interrumpido los partidos de bridge que había
jugado por décadas. El paso de las semanas y los meses trajeron la
tranquilidad que necesitábamos, la certeza de que mamá, quien
estábamos convencidas había dependido de papá para tomar todas las
decisiones, podía funcionar por sí misma. Lo que es más, en nuestro
secreto egoísmo, que no iba a depender de nosotras para poder
desenvolverse como un adulto independiente.
Su llamada me sorprendió una de las tantas mañanas en las que sentía
que cada minuto perdido era irrecuperable, atrasada desde que
desperté. Casi no reconocí su voz, llena de entusiasmo, energética,
jovial. Mi imaginación, más veloz que mi habilidad de escuchar la
razón de su inesperada llamada e inundada por el súbito pánico, creó
emergencias que obligarían a reorganizar mi día, quizás toda la
semana, si debía acudir en su ayuda.
-Lynn querida, no tenés nada de que asustarte,- intentó calmarme al
percibir mi ansiedad- pero tengo mucho para contarles, y quería
saber si Cathy y tú pueden venir pronto así conversamos y las pongo
al día acerca de las novedades.
-Pero mamá, hablamos a menudo por teléfono. ¿Por qué no nos contás
lo que sea cuando hablamos? Sabés que es tan difícil salir de casa,
dejar todo, conseguir una sitter- y lograr que mi marido cancele un
viaje de negocios para cuidar a los niños, pensé. Pero mis
argumentos no tuvieron efecto en ella, que insistía en contarnos
acerca de su vida en persona. Eventualmente accedí a visitarla en
dos semanas. –Una cosa más,- me dijo antes de terminar la
conversación- hacé reservas en un hotel. Ya no vivo más en casa,
alquilé un apartamentito.
La reacción de Cathy, al igual que la mía ante la invitación y sobre
todo la mudanza, nos pareció repentina e irresponsable. ¿Cómo se
atrevía a vender la casa en la que crecimos sin habernos consultado?
¿Y qué podía ser tan importante que nos obligaría a interrumpir
nuestra precaria rutina? Pero, al igual que yo, Cathy aceptó viajar.
Dos semanas después nos encontramos compartiendo un cuarto de hotel,
la primera vez desde nuestras últimas vacaciones en la infancia.
Siguiendo las instrucciones que nos había dado por teléfono, la
esperamos en un restorán del que ninguna de las dos había oído
hablar en lugar del country club donde todos los jueves de noche y
sábados al mediodía había comido con papá sentada a la mesa con
vista a la piscina y campo de golf. El local, un ciber-café
vegetariano frecuentado por estudiantes universitarios, era tan
diferente a todo lo que ella era y prefería, que creímos haber hecho
un error, habernos perdido. A mamá nunca le agradaron los cambios,
y, o los rechazaba o demoraba en aceptar, manteniendo sus costumbres
al igual que su vestimenta, sus trajes chaqueta de colores sobrios,
la chaqueta entallada y la pollera angosta hechas a medida, los
zapatos de taco que armonizaban con la cartera, los guantes blancos
y sombrero en una época en la que ya nadie vestía así, con un fervor
que en nuestros años de rebeldía desafiamos. Ese día, habiendo
dejado atrás la etapa en la que vestíamos los jeans más descoloridos
y los buzos más rotozos con tal de provocar su irritación, ambas
elegimos trajes para nuestro encuentro, el mío azul, el de Cathy
gris, tratando de conformar a su gusto, de formar con ella un trío
de similitud, de no ser una nota discordante. Mientras dudábamos si
llamarla para confirmar nuestro supuesto error, vimos entrar a una
mujer, su figura vagamente similar a la de ella. Esa mujer, el pelo
crespo canoso tocando sus hombros, los lentes sin armazón dejando
entrever sus ojos sin maquillaje, una blusa blanca y cinturón tejido
ciñendo la cintura de una pollera amplia estampada que llegaba a los
tobillos cubiertos por medias blancas, las sandalias anchas y
chatas, se acercó a nosotras, una amplia sonrisa iluminando el
rostro. ¿Acaso esa podía ser mamá? ¿La mujer a la que no conocíamos
con otro color de pelo que el rubio que le teñían en la peluquería a
la que iba todos los miércoles de mañana, que se pintaba los labios
con un rojo brillante antes de bajar a tomar el desayuno, su cara
siempre empolvada, una mujer a la que nunca vimos en taco chato? Mi
primera reacción ante esa mujer que no reconocí como la madre que yo
conocía, mi madre, fue una de rechazo, incredulidad, sospecha. Mamá
se parecía a nosotras, o a lo que nosotras fuimos o quisimos ser una
vez, o tal vez nosotras a mamá, aunque no ahora, en nuestros trajes
clásicos con los que sobresalíamos de entre todo lo que nos rodeaba,
sobre todo nuestra madre, que parecía más joven que nosotras. –¡Por
fin soy una mujer libre,!- fue su primer comentario al sentarse a la
mesa y apretar nuestras manos, -¡por fin puedo ser yo! Me siento
como si alguien me hubiera desatado, librado de una mordaza. ¿Se dan
cuenta lo que eso significa?- preguntó sin esperar una respuesta
mientras alternaba su mirada entre Cathy y yo, súbitamente
incapacitadas por la sorpresa. -¡Por fin puedo usar lo que quiero
cuando quiero y hacer lo que se me de la gana! El mejor regalo que
me hizo vuestro padre en toda la vida, haberme dejado- dijo con
aparente alivio.- Hasta estoy tomando unos cursos de antropología y
me voy de viaje en unos días. Recobré mi libertad, ¿se dan cuenta?
Mi libertad- repitió como si recién hubiera salido de una cárcel en
la que había sido prisionera toda su vida.
-No creí que habías sido tan desgraciada con papá- dijo por fin
Cathy, que la observaba con escepticismo, claramente desilusionada
ante esta nueva madre que acabábamos de conocer. Nos confesó
entonces que siempre se comportó y vistió como lo hizo porque así lo
había querido papá; que su pelo duro pintado, sus trajes apretados,
su vida social en el Country Club, sus guantes blancos, todo lo
había hecho para satisfacer a papá sin nunca atreverse a mencionar
su disgusto, que todo había sido por lo que designó como "el bien
del matrimonio", "la paz conyugal". Ahora papá había desaparecido de
su vida, física y obviamente emocionalmente también, finalmente
dejándola en libertad. –Y no me digan- siguió, su cara tan cerca de
las nuestras que su aliento a almendras pareció tocar mi piel, - que
nunca pensaron en todo lo que hacen para mantener el matrimonio
andando aunque no las haga feliz, porque si nunca lo pensaron están
peor de lo que yo nunca estuve.- Las protestas de Cathy defendiendo
la elección de su pareja, con quien vivía hacía años, y mi silencio,
no parecieron afectarla, orgullosa de sus decisiones y aparentemente
indiferente a nuestra opinión.
No supimos más de ella por varias semanas. Cathy y yo tomamos
nuestros respectivos caminos evitando hablar del tema que aunque
pareció ser un episodio irreal, logró echar raíces en nuestras
mentes. Cada vez que pensaba en mi matrimonio, que parecía haber
llegado al punto del que no podía progresar, el trabajo que no me
satisfacía, una vida que parecía tener más descontentos que
satisfacciones, me preguntaba si era como mamá había sido, o quizás
yo era peor, mucho peor, porque ella nunca demostró la falta de
alegría que yo no sabía esconder; ella siempre se mostró en control
de su vida, una mujer estoica, alguien digna de emular. De a poco y
casi sin quererlo, esperando sentir la felicidad o quizás el
conformismo que llegaría si simulaba lo suficiente, cambié mi
actitud, mi vestuario, mi color de pelo, hasta mi espalda ahora se
sentía rígida. Cathy me llamó un día, el tono de su voz tenso, la
imaginé apretando el auricular. –Dejé a Ron,- me dijo, -lo dejé
porque por fin me convencí de que nuestra pareja no marcha y no voy
a pasar el resto de mi vida en una mentira como lo hizo mamá.- No
supe si felicitarla por haberse percatado de su infelicidad y haber
hecho algo al respecto, desearle suerte o sentirme triste por ella,
porque, después de todo yo también había cambiado, aunque de otra
manera.
Recibí una
tarjeta de mamá poco tiempo después, su letra clara, los trazos
delicados demarcados en tinta azul oscura sobre el papel amarillo
pálido que olía a su fragancia y que había usado por años para
comunicarse con sus amistades. Nuevamente nos pedía reencontrarnos,
"para contarles algunas novedades acerca de papá y yo". Pero esta
vez, contrariamente a lo que supuse, nos invitó al Country Club.
Cathy y yo nos encontramos nuevamente en la misma pieza de hotel, y
mientras me ponía el traje chaqueta azul y me pintaba los labios del
mismo color que mi madre había usado en una época, me pregunté si
esta vez la reconocería. Cathy, en jeans gastados y campera, la
actitud de rebeldía y desafío renacida de su adolescencia, me
observó con curiosidad e intercambiamos miradas críticas a las que
no nos atrevimos darles palabras. Sentadas a la mesa que reconocimos
como la de nuestros padres, esperamos a mamá, buscando a la figura
que se movía con agilidad, la pollera amplia rozando las mesas. La
vi entrar al salón comedor, su cuerpo erguido, su espalda recta, sus
tacos altos y medias de seda, quitándose los guantes blancos
mientras se acercaba a nosotras, la sonrisa débil en los labios
rojos apretados. De inmediato supe lo que nos iba a comunicar. Papá
había vuelto. Se habían reconciliado. Miré a Cathy, su boca
contorneándose en una sonrisa sarcástica, y miré mi falda sobre la
que había colocado un par de guantes blancos, y me pregunté, ¿qué va
a ser de nosotras? ¿qué va a ser de mí?
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Patricia E. Blumenreich
nació en Montevideo, Uruguay (1954). Se graduó de
la Facultad de Medicina de la República Oriental del Uruguay en 1980
y emigró a los Estados Unidos en 1981. Se especializó en Psiquiatría
en la Universidad de Louisville, Kentucky.
Integró la cátedra de dicha universidad por varios años y recibió el
Golden Apple Award (premio al mejor profesor del año) en 1992.
Publicó artículos relacionados con su especialidad médica en
Postgraduate Medicine, Journal of the Kentucky
Medical Association, Clinical Advances in the Treatment of
Psychiatric Disorders. Es el principal editor del libro
“Clinical management of the violent patient. A clinician’s guide”
(Brunner Mazel, 1993) y autor de cuatro de los capítulos de tal
libro. Es principal autor de un capítulo sobre alucinaciones en el
libro “Difficult Diagnosis II” (WB Saunders, 1992). Reside en
Minnesota desde 1995. Ha publicado un
libro de cuentos en español, Vidas,
y divide su tiempo entre la práctica a tiempo parcial
de la psiquiatría y a escribir ficción. En
breve publicará otro libro de cuentos.
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