Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº 33/34

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

REVÓLVER

por

Iván Quezada

 

     OCULTO EN UN PÓRTICO de calle Rosal, fijó su mirada en el cruce de Victoria Subercaseaux, donde Sebastián solía detenerse a conversar con el hombre sin piernas del quiosco. Ya casi podía verlo, caminando despacio por el borde del cerro Santa Lucía. Luego cruzaría la acera y en su rostro asomaría una sonrisa mientras le estrechaba la mano al suplementero. Una brisa helada despabiló a Mauricio Valladares, haciéndolo revisar una vez más el plan que se había trazado. ¿Podría contenerse? Se calmó diciéndose que nada podía fallar. Bastaba con esperar el momento. Paciencia, paciencia...

 

     La calle quedó vacía de autos y entonces apareció Sebastián. Saludó con un gesto rápido al inválido, sin salir de sus pensamientos. Tenía el mismo rostro impasible de aquella ocasión en que fueron a un cabaret y lo observó acariciar los muslos de una bailarina, empinado levemente junto al escenario. No te vayas aún, rogó en voz baja, escondiéndose un poco más en el portal. Pero fue inútil. Al cabo de un instante, con un diario bajo el brazo, Sebastián partió a paso veloz hacia calle Merced. Dejó pasar unos minutos, maldiciendo su repentina fuga, y se precipitó sobre el quiosco con una idea fija. Este infeliz no se libraría de él con tanta facilidad, se dijo encolerizado y avanzando ciego a los otros transeúntes.

 

– ¿Qué te dijo? – habló a quemarropa a Natalio, el suplementero. Éste lo miró boquiabierto desde la ventanilla del quiosco, apagando raudamente el cigarrillo en un cenicero de cartón. El médico de la Posta Central se lo tenía prohibido. En la buena época, cuando con Sebastián todavía eran socios de la cadena de ferreterías, había sido amigo de ambos, dándoles consejos para llevar el negocio en paz.

 

– Espera, hola... ¿Te sucede algo? – contestó Natalio, dubitativo.

– Estoy bien – dijo Mauricio –, sólo necesito que me digas de qué hablaron.

– De nada especial, pero tranquilízate. Estás pálido...

– ¡Dímelo de una puta vez!

 

     Natalio guardó silencio, mirándolo serio. A Mauricio le pareció una idiotez su desconcierto. Él sabía bien lo hecho por Sebastián: los había visto enriquecerse en unos pocos años, en aquella oficina de un edificio próximo, y después supo por su propia boca de la estafa con que terminó arruinándolo, tal vez para el resto de su vida. A pesar de los dos muñones que tenía por piernas, era un hombre de inteligencia aguda y carácter alegre, que nunca perdía una oportunidad para alentarlo a olvidar su desgracia. Hasta hace un tiempo no se le notaban sus 70 años de edad, pero ahora lo percibió cansado, de rasgos macilentos, despuntando desde debajo de su jockey unos mechones grises. Sin embargo, lo vio adoptar una actitud anónima. Parecía decir que pronto estaría muerto y nadie recordaría su rostro. Era toda la justicia que pedía.

– No te hagas el tonto – insistió Mauricio, respirando agitado–, algo tuvo que decirte.

 

– ¿Qué ideas te haces? Hablamos de cosas sin importancia, a la pasada. Sabes muy bien que sólo estuvo un instante aquí, yo te vi arrinconado en ese pórtico de allá. Acuérdate que no soy ciego.

 

– Pero él no me vio...

– No, claro, y le da lo mismo verte.

– Luego va a cambiar eso. Mira...

 

     En ese momento sacó el revólver que tanto le pesaba en el bolsillo y lo puso sobre el mostrador, ocultándolo a las miradas con su cuerpo. Natalio se echó hacia atrás en su taburete. No podía darle crédito a sus ojos. Mauricio sonrió satisfecho, como dándole a entender que era perfectamente capaz de apretar el gatillo. ¡Qué importaban los sentimentalismos! Se pasó una mano por la calva prematura, sintiéndose elegante en su tenida de invierno: terno oscuro y zapatos relucientes, aparte del abrigo. “Si uno se propone algo, tiene que hacerlo bien”, pensó.

 

– ¡Guarda eso! – musitó Natalio – ¿Te volviste loco?

– Ya vas a ver lo cuerdo que estoy.

– No vale la pena. Vas a perder toda tu vida y después...

 

     Se alejó velozmente, sin prestarle oídos. El cañonazo del mediodía lo encontró un poco más allá, en la punta de diamante en que se convertía el cerro, intentando cruzar la calle Santa Lucía para luego dirigirse a Huérfanos. No podía entender a Natalio. De acuerdo, era un viejo y por eso miedoso, pero al menos debió importarle su desaparición, cuando se reveló que todas las deudas estaban a su nombre. Lo engañó sin asco, aunque en cierto modo se lo advirtió. “Tienes que estar siempre alerta –recordó las palabras de Sebastián, mientras el semáforo estaba en rojo–, porque nadie pide perdón. Tampoco yo”. Se rió aquella vez, creyéndolo una bravuconada, y ahora las piezas, para su humillación, coincidían.

 

     No tenía que pensar tanto. ¿Para qué? Por delante el gentío aumentaba a cada minuto. Supuso que era la primera hornada de oficinistas. Hace un instante se había internado en el paseo Huérfanos, con la esperanza de localizar por allí a Sebastián –a menudo se detenía ante una vitrina o la cartelera de un cine–, pero no logró dar con su cabeza entre los centenares, los miles de sujetos que se cruzaban frente a sus ojos. No acostumbraba andar apurado, algo debía ocurrirle. La contrariedad lo desalentó. ¡Qué gran error haberse entretenido con Natalio! Sin embargo, no podía echar pie atrás. Era imposible que sus nervios soportasen otro día de aplazamiento. Esta certeza lo reanimó de nuevo.

 

     Mientras proseguía, disminuyendo poco a poco la velocidad, su mente empezó a reconstruir la imagen de Sebastián tan fugazmente divisada. En raras ocasiones lo había visto con una ropa distinta a un traje y sus elegantes corbatas, pero ese día llevaba una chaqueta de cuero negro, los pantalones de jeans con un cinturón de gruesa hebilla, y aquel suéter de lana que compró en un viaje al sur. Era un sujeto alto, tal vez de un metro ochenta, cuidadosamente afeitado, más aún, lampiño, aunque con una abundante cabellera colorín. Poseía una enorme seguridad en sí mismo. Lo conoció en la última época de la universidad. Estudiaban distintas carreras, pero por alguna razón empezaron a toparse durante las horas muertas en los pasillos, o bien echados en el césped. Al cabo de un mes, como si algo los uniese, sus historias se le hicieron familiares. ¿Qué podía tener en común con él un tipo como Sebastián, tan directo y decidido? “A mí siempre me va bien”, le dijo la primera vez que lo invitó a su casa, y entonces supo que nunca más se le despegaría: ¡a través del amigo su personalidad se completaba!...

 

     El cielo se iluminó de pronto, librando a Mauricio de su predicamento. Fue sólo un minuto en que el smog pareció aligerarse, para después resurgir los edificios grises y la multitud hosca, aunque igualmente ávida, expandiéndose aquí y allá como los tentáculos de un animal invisible. Lo fascinaba el centro de Santiago. Era uno más en la muchedumbre. ¿Qué podía tener de malo confundirse con sus pequeñas ambiciones, con esa humanidad capaz de todo? Llegaba ya a la esquina de Huérfanos con San Antonio y fijó su mirada en los espejos de una tienda de departamentos. Allí vio reflejado su rostro y la silueta de un lustrabotas al cual, con rabia, por un segundo lo sintió como a un igual.

     El revólver volvió a pesarle en el bolsillo interior del sobretodo. Lo había olvidado, como si se tratase de un accidente dentro de su plan. Sorprendido, notó que el bulto le causaba una extraña satisfacción, cuyo origen recién vino a descubrir cuando, media cuadra más allá, se detuvo ante una joyería: ¡Claro, el arma era como una billetera repleta de dinero! La sensación era magnífica. Incluso lo hacía sentirse más atractivo para las mujeres. En su ánimo revivió la época de bonanza, cuando nunca calculaba sus gastos. Etéreo, casi irreal, retornó a sumergirse en el rumor citadino. Pero prontamente la inquietud reemplazó al placer, y por enésima vez se preguntó dónde encontraría a Sebastián. Jugó toda su suerte al primer impulso y se dirigió al Café Caribe cercano a la Alameda, por el Paseo Ahumada. El mundo parecía a punto de desaparecer.

 

     Levantó y desvió la vista velozmente, arrimándose a las espaldas del sujeto alto junto a él en la barra. Acababa de entrar Sebastián y se instaló en el otro extremo del salón. Por fortuna el local era grande y estaba colmado de clientes. El vocerío era intenso; mirándole de soslayo las piernas, bajó la voz para pedirle un segundo café a la camarera de minifalda. La chica sonrió intrigada. Nadie se fijaba en él, incluso era innecesario que tomase tantas precauciones. Tras unos segundos de obnubilante éxtasis, pensó que ya nada le impediría consumar su designio. Volvió a observar a Sebastián, esta vez con desprecio, y se burló de su vana galantería. Era cierto que las mujeres se le rendían habitualmente, pero, gozoso en su sarcasmo, creyó que no le serviría de mucho al terminar la tarde.

 

     Media hora después, Mauricio dejaba atrás el Museo de Bellas Artes y cruzaba el puente Loreto rumbo a calle Bellavista, en donde dobló hacia al norte. A ratos aceleraba la marcha, manteniendo una distancia de dos cuadras con Sebastián; pero pronto se convencía de que su misión fue decretada tal vez décadas atrás. De otro modo, ¿de dónde venía su ímpetu que le había devuelto, en el transcurso del día, esa firmeza masculina que vio esfumarse tras el desfalco? Hasta se percibió indolente. Accionaría el disparador como quien paga una cuenta de luz y después retornaría al cuartucho del Barrio Brasil, donde se ocultaba hacía meses. “Mi vida seguirá como si nada”, concluyó satisfecho.

     El sol surgió entre las nubes. Era un oasis primaveral, en un día de invierno. Esto lo puso dichoso. La imprevista claridad anunciaba su futuro: le dispararía a Sebastián y su mente recuperaría la normalidad. No tenía dudas. Con sólo saberlo, comenzó a relajarse. Porque él no era un mal hombre ni estaba loco, pensó esperanzado, mientras adelante, con la mirada, seguía los movimientos de Sebastián. Era un hecho que pronto entraría al barrio Patronato. ¿Por qué iría allí? La pregunta rozó su intelecto, pero en verdad no era importante. El tumulto del centro se había desvanecido, ante él sólo veía pasar unas cuantas personas y algunos autos por la calzada. Se encontró en la siguiente esquina con un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, que por unos instantes lo envolvieron en su animada charla. Fue un golpe de vida que lo desconcertó. Bajó la vista, poniéndose una mano en la frente, pero luego se recuperó del todo. Su odio no podía fallarle.

 

     Continuó andando, arrimándose a los muros grises para esconderse, más de sí mismo que de Sebastián. Le fue sencillo convertirse en una sombra, porque de alguna manera siempre lo había sido. Echó un vistazo al punto que era Sebastián y lo observó desaparecer por un recodo. Se apresuró, repentinamente agobiado por la demora (“¡estás cerca, estás cerca!”), y condujo sus pasos por la misma curva. Una vez en Patronato, su percepción sufrió un vuelco que casi lo paralizó: ¡eso era un hormiguero humano! Por un lado era bueno estar allí, le sería fácil confundirse en la multitud y ya estaba claro que no le perdería la pista a Sebastián; pero la agitación del ambiente repercutía dolorosamente en sus emociones. Buscó en su entendimiento algún resquicio por el cual sustraerse del lugar, deseando con todas sus fuerzas recuperar la calma; pero fue inútil. Todos los recuerdos de su amistad con Sebastián eran hirientes.

 

     Las veredas, las calles, los negocios, estaban atestados de gente. A medida que pasaba de una cuadra a la otra, los hombres escaseaban y de pronto sólo vio mujeres. ¡Era la ciudad de las mujeres! El instinto de los turcos y coreanos era infalible: todas sus tiendas eran de ropa; exhibían trajes de dos piezas, blusas y pantalones modernos, imitaciones casi perfectas. Había mujeres pobres y ricas, luchando frenéticamente contra la uniformidad, pero también forzadas por su espíritu práctico a comprarse la mayor cantidad de atuendos.

     Nada era más extraño que la igualdad en Chile, pensó amargamente al recordar su débil equilibrio entre el desprecio de los ricos y su propio rencor, sensaciones que le habían nacido en la niñez provocándole culpa. Caminó con la menté en blanco por unos minutos y luego, viendo a todas esas mujeres, bellas, feas, altas, viejas, entendió por fin el motivo de Sebastián para dirigirse allí. ¡El muy canalla! Lo había conseguido, ahora era dueño de todas. Rechazando el erotismo que comenzaba a inundarlo, se echó a correr cuando lo vio entrar en un callejón. Llegó justo para verlo traspasar una puerta entreabierta. Supuso que en ese lugar estaba su nuevo negocio, erigido con el dinero que le había robado, y contuvo la respiración con un gesto rígido. Era el momento.

 

     La sala que se expandió ante Mauricio era amplia y sombría, envuelta en el monótono siseo de las máquinas de coser. Avistó a tres o cuatro costureras, que al descubrirlo dejaron de trabajar. Sebastián estaba en el centro y se le acercó un paso.

 

– ¿Qué haces aquí? – dijo dándose confianza, pero ostensiblemente pálido. La pistola le apuntaba al cuello, a la altura de la nuez.

 

     No le daría en el gusto. Guardó silencio, concentrando todo el ser en su sensual caricia al gatillo. Seguramente caería hacia atrás, se dijo relamiéndose, aunque también inquieto por las imperfecciones de su cara, las ojeras que parecían aumentar a cada segundo y los latidos de sus sienes. ¿Dónde había quedado su aplomo?, pensó con sorna, mientras el revólver volvía a pesarle no sólo en los dedos, sino en todo el cuerpo. Era una mentira lo que estaba pasando.

 

     El arma cayó al piso. La cobardía de su enemigo era un insulto a su mirada. Dio media vuelta y corrió por el callejón. Meses después, cuando ya estaba preso, le contaron que Sebastián tomó el revólver y mató a una de las empleadas.

 

 

Iván Quezada nació en Valparaíso, Chile (1969). Escritor y periodista. Desde 1988 practica el periodismo cultural en diversos medios: en las revistas Qué Pasa, Hoy y Rocinante, y en los diarios El Mercurio de Valparaíso, La Época, La Tercera y La Nación, además de los medios mexicanos revista Proceso y el diario La Jornada. También ha colaborado con el área cultural de la Embajada de México en Santiago. En el 2003 publicó su primera novela Elefantes y cisnes (Tiemponuevo) y en los meses venideros llevará a la imprenta su libro de cuentos Los extraños. Participó en el libro de ensayos Territorios en fuga (Editorial Frasis, 2003), editado por Patricia Espinosa y que trata sobre Roberto Bolaño. En la actualidad imparte clases de literatura contemporánea en la Universidad del Desarrollo y continúa con sus trabajos periodísticos.