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OCULTO EN UN
PÓRTICO de calle Rosal, fijó su mirada en el cruce de Victoria
Subercaseaux, donde Sebastián solía detenerse a conversar con el
hombre sin piernas del quiosco. Ya casi podía verlo, caminando
despacio por el borde del cerro Santa Lucía. Luego cruzaría la acera
y en su rostro asomaría una sonrisa mientras le estrechaba la mano
al suplementero. Una brisa helada despabiló a Mauricio Valladares,
haciéndolo revisar una vez más el plan que se había trazado. ¿Podría
contenerse? Se calmó diciéndose que nada podía fallar. Bastaba con
esperar el momento. Paciencia, paciencia...
La calle quedó vacía de autos y
entonces apareció Sebastián. Saludó con un gesto rápido al inválido,
sin salir de sus pensamientos. Tenía el mismo rostro impasible de
aquella ocasión en que fueron a un cabaret y lo observó acariciar
los muslos de una bailarina, empinado levemente junto al escenario.
No te vayas aún, rogó en voz baja, escondiéndose un poco más en el
portal. Pero fue inútil. Al cabo de un instante, con un diario bajo
el brazo, Sebastián partió a paso veloz hacia calle Merced. Dejó
pasar unos minutos, maldiciendo su repentina fuga, y se precipitó
sobre el quiosco con una idea fija. Este infeliz no se libraría de
él con tanta facilidad, se dijo encolerizado y avanzando ciego a los
otros transeúntes.
– ¿Qué te dijo? – habló a quemarropa a
Natalio, el suplementero. Éste lo miró boquiabierto desde la
ventanilla del quiosco, apagando raudamente el cigarrillo en un
cenicero de cartón. El médico de la Posta Central se lo tenía
prohibido. En la buena época, cuando con Sebastián todavía eran
socios de la cadena de ferreterías, había sido amigo de ambos,
dándoles consejos para llevar el negocio en paz.
– Espera, hola... ¿Te sucede algo? –
contestó Natalio, dubitativo.
– Estoy bien – dijo Mauricio –, sólo
necesito que me digas de qué hablaron.
– De nada especial, pero
tranquilízate. Estás pálido...
– ¡Dímelo de una puta vez!
Natalio guardó silencio,
mirándolo serio. A Mauricio le pareció una idiotez su desconcierto.
Él sabía bien lo hecho por Sebastián: los había visto enriquecerse
en unos pocos años, en aquella oficina de un edificio próximo, y
después supo por su propia boca de la estafa con que terminó
arruinándolo, tal vez para el resto de su vida. A pesar de los dos
muñones que tenía por piernas, era un hombre de inteligencia aguda y
carácter alegre, que nunca perdía una oportunidad para alentarlo a
olvidar su desgracia. Hasta hace un tiempo no se le notaban sus 70
años de edad, pero ahora lo percibió cansado, de rasgos macilentos,
despuntando desde debajo de su jockey unos mechones grises. Sin
embargo, lo vio adoptar una actitud anónima. Parecía decir que
pronto estaría muerto y nadie recordaría su rostro. Era toda la
justicia que pedía.
– No te hagas el tonto – insistió
Mauricio, respirando agitado–, algo tuvo que decirte.
– ¿Qué ideas te haces? Hablamos de
cosas sin importancia, a la pasada. Sabes muy bien que sólo estuvo
un instante aquí, yo te vi arrinconado en ese pórtico de allá.
Acuérdate que no soy ciego.
– Pero él no me vio...
– No, claro, y le da lo mismo verte.
– Luego va a cambiar eso. Mira...
En ese momento sacó el revólver
que tanto le pesaba en el bolsillo y lo puso sobre el mostrador,
ocultándolo a las miradas con su cuerpo. Natalio se echó hacia atrás
en su taburete. No podía darle crédito a sus ojos. Mauricio sonrió
satisfecho, como dándole a entender que era perfectamente capaz de
apretar el gatillo. ¡Qué importaban los sentimentalismos! Se pasó
una mano por la calva prematura, sintiéndose elegante en su tenida
de invierno: terno oscuro y zapatos relucientes, aparte del abrigo.
“Si uno se propone algo, tiene que hacerlo bien”, pensó.
– ¡Guarda eso! – musitó Natalio – ¿Te
volviste loco?
– Ya vas a ver lo cuerdo que estoy.
– No vale la pena. Vas a perder toda
tu vida y después...
Se alejó velozmente, sin
prestarle oídos. El cañonazo del mediodía lo encontró un poco más
allá, en la punta de diamante en que se convertía el cerro,
intentando cruzar la calle Santa Lucía para luego dirigirse a
Huérfanos. No podía entender a Natalio. De acuerdo, era un viejo y
por eso miedoso, pero al menos debió importarle su desaparición,
cuando se reveló que todas las deudas estaban a su nombre. Lo engañó
sin asco, aunque en cierto modo se lo advirtió. “Tienes que estar
siempre alerta –recordó las palabras de Sebastián, mientras el
semáforo estaba en rojo–, porque nadie pide perdón. Tampoco yo”. Se
rió aquella vez, creyéndolo una bravuconada, y ahora las piezas,
para su humillación, coincidían.
No tenía que pensar tanto. ¿Para
qué? Por delante el gentío aumentaba a cada minuto. Supuso que era
la primera hornada de oficinistas. Hace un instante se había
internado en el paseo Huérfanos, con la esperanza de localizar por
allí a Sebastián –a menudo se detenía ante una vitrina o la
cartelera de un cine–, pero no logró dar con su cabeza entre los
centenares, los miles de sujetos que se cruzaban frente a sus ojos.
No acostumbraba andar apurado, algo debía ocurrirle. La contrariedad
lo desalentó. ¡Qué gran error haberse entretenido con Natalio! Sin
embargo, no podía echar pie atrás. Era imposible que sus nervios
soportasen otro día de aplazamiento. Esta certeza lo reanimó de
nuevo.
Mientras proseguía, disminuyendo
poco a poco la velocidad, su mente empezó a reconstruir la imagen de
Sebastián tan fugazmente divisada. En raras ocasiones lo había visto
con una ropa distinta a un traje y sus elegantes corbatas, pero ese
día llevaba una chaqueta de cuero negro, los pantalones de jeans con
un cinturón de gruesa hebilla, y aquel suéter de lana que compró en
un viaje al sur. Era un sujeto alto, tal vez de un metro ochenta,
cuidadosamente afeitado, más aún, lampiño, aunque con una abundante
cabellera colorín. Poseía una enorme seguridad en sí mismo. Lo
conoció en la última época de la universidad. Estudiaban distintas
carreras, pero por alguna razón empezaron a toparse durante las
horas muertas en los pasillos, o bien echados en el césped. Al cabo
de un mes, como si algo los uniese, sus historias se le hicieron
familiares. ¿Qué podía tener en común con él un tipo como Sebastián,
tan directo y decidido? “A mí siempre me va bien”, le dijo la
primera vez que lo invitó a su casa, y entonces supo que nunca más
se le despegaría: ¡a través del amigo su personalidad se
completaba!...
El cielo se iluminó de pronto,
librando a Mauricio de su predicamento. Fue sólo un minuto en que el
smog pareció aligerarse, para después resurgir los edificios grises
y la multitud hosca, aunque igualmente ávida, expandiéndose aquí y
allá como los tentáculos de un animal invisible. Lo fascinaba el
centro de Santiago. Era uno más en la muchedumbre. ¿Qué podía tener
de malo confundirse con sus pequeñas ambiciones, con esa humanidad
capaz de todo? Llegaba ya a la esquina de Huérfanos con San Antonio
y fijó su mirada en los espejos de una tienda de departamentos. Allí
vio reflejado su rostro y la silueta de un lustrabotas al cual, con
rabia, por un segundo lo sintió como a un igual.
El revólver volvió a pesarle en
el bolsillo interior del sobretodo. Lo había olvidado, como si se
tratase de un accidente dentro de su plan. Sorprendido, notó que el
bulto le causaba una extraña satisfacción, cuyo origen recién vino a
descubrir cuando, media cuadra más allá, se detuvo ante una joyería:
¡Claro, el arma era como una billetera repleta de dinero! La
sensación era magnífica. Incluso lo hacía sentirse más atractivo
para las mujeres. En su ánimo revivió la época de bonanza, cuando
nunca calculaba sus gastos. Etéreo, casi irreal, retornó a
sumergirse en el rumor citadino. Pero prontamente la inquietud
reemplazó al placer, y por enésima vez se preguntó dónde encontraría
a Sebastián. Jugó toda su suerte al primer impulso y se dirigió al
Café Caribe cercano a la Alameda, por el Paseo Ahumada. El mundo
parecía a punto de desaparecer.
Levantó y desvió la vista
velozmente, arrimándose a las espaldas del sujeto alto junto a él en
la barra. Acababa de entrar Sebastián y se instaló en el otro
extremo del salón. Por fortuna el local era grande y estaba colmado
de clientes. El vocerío era intenso; mirándole de soslayo las
piernas, bajó la voz para pedirle un segundo café a la camarera de
minifalda. La chica sonrió intrigada. Nadie se fijaba en él, incluso
era innecesario que tomase tantas precauciones. Tras unos segundos
de obnubilante éxtasis, pensó que ya nada le impediría consumar su
designio. Volvió a observar a Sebastián, esta vez con desprecio, y
se burló de su vana galantería. Era cierto que las mujeres se le
rendían habitualmente, pero, gozoso en su sarcasmo, creyó que no le
serviría de mucho al terminar la tarde.
Media hora después, Mauricio
dejaba atrás el Museo de Bellas Artes y cruzaba el puente Loreto
rumbo a calle Bellavista, en donde dobló hacia al norte. A ratos
aceleraba la marcha, manteniendo una distancia de dos cuadras con
Sebastián; pero pronto se convencía de que su misión fue decretada
tal vez décadas atrás. De otro modo, ¿de dónde venía su ímpetu que
le había devuelto, en el transcurso del día, esa firmeza masculina
que vio esfumarse tras el desfalco? Hasta se percibió indolente.
Accionaría el disparador como quien paga una cuenta de luz y después
retornaría al cuartucho del Barrio Brasil, donde se ocultaba hacía
meses. “Mi vida seguirá como si nada”, concluyó satisfecho.
El sol surgió entre las nubes.
Era un oasis primaveral, en un día de invierno. Esto lo puso
dichoso. La imprevista claridad anunciaba su futuro: le dispararía a
Sebastián y su mente recuperaría la normalidad. No tenía dudas. Con
sólo saberlo, comenzó a relajarse. Porque él no era un mal hombre ni
estaba loco, pensó esperanzado, mientras adelante, con la mirada,
seguía los movimientos de Sebastián. Era un hecho que pronto
entraría al barrio Patronato. ¿Por qué iría allí? La pregunta rozó
su intelecto, pero en verdad no era importante. El tumulto del
centro se había desvanecido, ante él sólo veía pasar unas cuantas
personas y algunos autos por la calzada. Se encontró en la siguiente
esquina con un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, que por unos
instantes lo envolvieron en su animada charla. Fue un golpe de vida
que lo desconcertó. Bajó la vista, poniéndose una mano en la frente,
pero luego se recuperó del todo. Su odio no podía fallarle.
Continuó andando, arrimándose a
los muros grises para esconderse, más de sí mismo que de Sebastián.
Le fue sencillo convertirse en una sombra, porque de alguna manera
siempre lo había sido. Echó un vistazo al punto que era Sebastián y
lo observó desaparecer por un recodo. Se apresuró, repentinamente
agobiado por la demora (“¡estás cerca, estás cerca!”), y condujo sus
pasos por la misma curva. Una vez en Patronato, su percepción sufrió
un vuelco que casi lo paralizó: ¡eso era un hormiguero humano! Por
un lado era bueno estar allí, le sería fácil confundirse en la
multitud y ya estaba claro que no le perdería la pista a Sebastián;
pero la agitación del ambiente repercutía dolorosamente en sus
emociones. Buscó en su entendimiento algún resquicio por el cual
sustraerse del lugar, deseando con todas sus fuerzas recuperar la
calma; pero fue inútil. Todos los recuerdos de su amistad con
Sebastián eran hirientes.
Las veredas, las calles, los
negocios, estaban atestados de gente. A medida que pasaba de una
cuadra a la otra, los hombres escaseaban y de pronto sólo vio
mujeres. ¡Era la ciudad de las mujeres! El instinto de los turcos y
coreanos era infalible: todas sus tiendas eran de ropa; exhibían
trajes de dos piezas, blusas y pantalones modernos, imitaciones casi
perfectas. Había mujeres pobres y ricas, luchando frenéticamente
contra la uniformidad, pero también forzadas por su espíritu
práctico a comprarse la mayor cantidad de atuendos.
Nada era más
extraño que la igualdad en Chile, pensó amargamente al recordar su
débil equilibrio entre el desprecio de los ricos y su propio rencor,
sensaciones que le habían nacido en la niñez provocándole culpa.
Caminó con la menté en blanco por unos minutos y luego, viendo a
todas esas mujeres, bellas, feas, altas, viejas, entendió por fin el
motivo de Sebastián para dirigirse allí. ¡El muy canalla! Lo había
conseguido, ahora era dueño de todas. Rechazando el erotismo que
comenzaba a inundarlo, se echó a correr cuando lo vio entrar en un
callejón. Llegó justo para verlo traspasar una puerta entreabierta.
Supuso que en ese lugar estaba su nuevo negocio, erigido con el
dinero que le había robado, y contuvo la respiración con un gesto
rígido. Era el momento.
La sala que
se expandió ante Mauricio era amplia y sombría, envuelta en el
monótono siseo de las máquinas de coser. Avistó a tres o cuatro
costureras, que al descubrirlo dejaron de trabajar. Sebastián estaba
en el centro y se le acercó un paso.
– ¿Qué haces
aquí? – dijo dándose confianza, pero ostensiblemente pálido. La
pistola le apuntaba al cuello, a la altura de la nuez.
No le daría
en el gusto. Guardó silencio, concentrando todo el ser en su sensual
caricia al gatillo. Seguramente caería hacia atrás, se dijo
relamiéndose, aunque también inquieto por las imperfecciones de su
cara, las ojeras que parecían aumentar a cada segundo y los latidos
de sus sienes. ¿Dónde había quedado su aplomo?, pensó con sorna,
mientras el revólver volvía a pesarle no sólo en los dedos, sino en
todo el cuerpo. Era una mentira lo que estaba pasando.
El arma cayó
al piso. La cobardía de su enemigo era un insulto a su mirada.
Dio media vuelta y corrió por el callejón. Meses después,
cuando ya estaba preso, le contaron que Sebastián tomó el revólver y
mató a una de las empleadas.
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Iván Quezada
nació en Valparaíso, Chile (1969).
Escritor y periodista. Desde 1988 practica el periodismo cultural en
diversos medios: en las revistas Qué Pasa, Hoy y
Rocinante, y en los diarios El Mercurio de Valparaíso,
La Época, La Tercera y La Nación, además de los
medios mexicanos revista Proceso y el diario La Jornada. También
ha colaborado con el área cultural de la Embajada de México en
Santiago. En el 2003 publicó su primera novela Elefantes y cisnes
(Tiemponuevo) y en los meses venideros llevará a la imprenta su
libro de cuentos Los extraños. Participó en el libro de
ensayos Territorios en fuga (Editorial Frasis, 2003), editado
por Patricia Espinosa y que trata sobre Roberto Bolaño. En la
actualidad imparte clases de literatura contemporánea en la
Universidad del Desarrollo y continúa con sus trabajos
periodísticos.
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