Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº33/34

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LIDIA CABRERA Y LOS TAMBORES

 DE LA BRUJA AYAPÁ

  por

 Mariela A. Gutiérrez


________________________________________________

     Lydia Cabrera y los tambores de la bruja Ayapá[1]

    

     La ilustre escritora y etnóloga cubana Lydia Cabrera, en el fabuloso universo de su cuentística, lleno de tantos personajes singulares, utiliza sus “relatos de animales que hablan” para explicar satisfactoriamente los misterios de la vida y de la naturaleza humana, como lo pueden ser la astucia, la venganza, la codicia y la justicia, entre otros.  Es comprensible que Cabrera se sirva de este tipo de cuentos, tan típicos de su cosecha, porque en la tradición africana, tanto como en la tradición occidental, existen los relatos de animales que hablan, los que por muchas centurias se han transmitido oralmente, sufriendo sólo los cambios conformes al paso del tiempo, al período de esclavitud, y a la migración y adaptación del hombre negro al medio ambiente novomundista.

 

     Por otra parte, aunque el bestiario cabreriano es vasto, la autora tiene una marcada preferencia por la graciosa tortuguita de agua dulce a quien se conoce comúnmente en Cuba por “jicotea”.  Nuestra autora le dedica algunos cuentos en sus volúmenes Cuentos negros de Cuba, de 1940 y ¿Por qué...?, de 1948.  No obstante, es en su libro Ayapá: Cuentos de Jicotea, de 1971, que Cabrera muestra profusamente su marcado interés por esta singular criatura tan típica de la isla de Cuba.  En todos y cada uno de los cuentos dedicados a Jicotea[2] el personaje es presentado como débil, pequeño, pero ingenioso y astuto, el cual se enfrenta a otros personajes que son siempre físicamente superiores a él.[3]

 

     En los relatos dedicados a las aventuras de Jicotea, ésta se muestra astuta y llena de ambición, siempre con el deseo de protegerse, o con la necesidad de encontrar sustento, porque la astucia es una cualidad altamente apreciada entre los afrocubanos, quienes la consideran como una virtud positiva en la personalidad de un individuo.  Además, Jicotea tiene otras virtudes dignas de mención.  Muchos la consideran como un mago o duende, ya que es capaz de manejar las fuerzas de la naturaleza casi como los mismos orishas (dioses).  La misma Lydia Cabrera nos dice sobre los poderes de Jicotea que “gente sabia aunque iletrada, y de piel negra, aseguran que habla como los espíritus, los muertos, los chicherekús, los güiros y muñecos mágicos y, en particular, como dos orishas fañosos del panteón yoruba, Eleguá y Osaín” (Ayapá 10).  Por otra parte, Jicotea también tiene muchas características del orisha Changó y, como el dios, a veces no posee una conducta digna de elogio.  Jicotea siempre está alegre, alerta y ama la música por sobre todas las cosas.  Pero no podemos engañarnos, su virtud intrínseca es la ingeniosidad.  Además, sus cualidades le dan siempre un aire amoral frente a los otros animales, los que por aparente tradición son superiores a ella.  Por ejemplo, vemos siempre animales como el tigre, el buey, el toro, entre otros, siendo vencidos por obra y gracia de las argucias de Jicotea.  Ella puede hacer también el mal sólo por su deseo y capricho, llegando a  exhibir extremos de perversidad.

 

     En relación a todo lo anterior, es por eso que he escogido analizar dos cuentos en los que la conducta de Jicotea no es digna de encomio, lejos de ello.  En ambos relatos Jicotea es bruja y la fechoría que perpetúa en cada uno va a estar relacionada en ambos casos no solo con el afán de hacer el mal per se, sino con su deseo inherente de hacer música, principalmente cuando el hacerla implica tocar el tambor.

 

     ¿Y por qué tocar el tambor? Pues, sencillamente, porque en los relatos en cuestión, “Ilú Kekeré” en Ayapá: Cuentos de Jicotea y “¿Por qué... esa raya en el lomo de la jutía”, en su libro ¿Por qué...?, el personaje de Jicotea posee dos características muy singulares, una la de ser bruja y otra la de ser ñáñiga; combinación que no deja de ser crucial en cada uno de los relatos.  No obstante, para una mejor comprensión de la presencia del tambor en los relatos en cuestión, creo imprescindible explicar por anticipado la importancia vital de los tambores en los rituales Abakuá o ñáñigos en Cuba.

 

     Como herencia que les viene del Africa ancestral, los tambores rituales que hacen parte de las ceremonias de la secta Abakuá o ñáñiga en Cuba transmiten durante las celebraciones religiosas de la secta los mensajes de la Voz del Espíritu que rige la creencia.  Todos ellos están cubiertos con el cuero de un chivo porque la potencia establece que el chivo debe morir para que nazca el tambor.  Entre los muchos tambores rituales Abakuá predominan los llamados Tambores de Honor o Tambores de Fundamento: Sese, Mpegó, Ekueñón y Nkrikamo; junto a ellos se encuentra el tambor Ekue, que puede a veces ser sustituido por el Mpegó.  Por su parte, si el tambor Mpegó tiene tanta importancia en las ceremonias Abakuá, y puede sustituir al Ekue, es por su relación con la leyenda de Sikán y el Ekue.  Cuando el brujo Nasakó le transmite la Voz del Espíritu al Mpegó, queda éste consagrado como el Ekue.[4]

           

     La leyenda de Sikán y el Ekue —conocida también como la Sikanékue— nos cuenta que el gran poder, el Espíritu, un buen día encarna en un pez —Tanse— en un río del Calabar.  Los adivinos de dos tribus respectivas, la Efor y la Efik, han de disputárselo hasta que las dos tribus pactan una alianza religiosa y tratan de capturarlo con sus magias respectivas.  Pero, una mujer de la tribu Efor, llamada Sikán, lo halla casualmente cuando va al río a llenar de agua un güiro para los quehaceres de su casa.  Dentro del güiro que la mujer lleva en la cabeza, “el Pez da tres voces pavorosas, tres chillidos del otro mundo.  Y así la tribu de los Efor, por la voluntad de Abasí (Dios), se adueña del ser misterioso que no tarda en morir dentro del güiro en que había sido sacado del río” (La lengua sagrada 169).

 

     Sin embargo, para lograr que el Ekue se manifieste de nuevo a través de los tiempos, al morir Tanse, un adivino de la tribu consulta su infalible oráculo, Mañongo Mpabio, para luego recomendar con urgencia que se sacrifique a Sikán y se ofrezca su sangre para que el Ekue vuelva a oírse.  Por supuesto, el Ekue vuelve a manifestarse sonoramente, como es de imaginarse, a través del tambor que lleva su nombre.  Desde la primera ceremonia se unen dentro del tambor las dos sustancias, la del pez y la de la víctima.  Los sacerdotes también llegan al acuerdo, tras muchas pruebas realizadas con pieles de distintos animales, que el mejor medio existente para captar la voz misteriosa del Ekue, es la piel de chivo.[5]

 

     Ahora que se ha establecido la relación entre los tambores y el sacrificio de Sikán dentro del ritual Abakuá podemos preguntarnos si tiene algo que ver esta triste aunque hermosa leyenda de Sikán y el Ekue con los dos cuentos de Lydia Cabrera, “Ilú Kekeré” y “¿Por qué... esa raya en el lomo de la jutía?”.  La respuesta es obviamente positiva.

 

     En el relato “¿Por qué... esa raya en el lomo de la jutía?” existen dos narraciones relacionadas con lo sobrenatural, las que en ciertos momentos se entrelazan.  El relato principal narra la triste historia de la Ña Gata quien pierde a sus tres hijitos por la maldad de Jicotea; el relato intercalado trata de un bilongo (hechizo) que le echaron a un hombre llamado Erubú.  Por supuesto, me detengo en la narración principal del cuento porque en ésta se halla Jicotea, la dramatis persona de más popularidad en los relatos de la autora, esta vez pavoneando como no hay dos su siempre espectacular conducta malévola.  El relato comienza diciendo que la Señá Jutía es, aunque no tiene marido, una dama seria, con una vida muy ordenada.  También se lee que Jicotea es comadre de la Señá Jutía, quien es a su vez amiga de la Ña Gata, buena señora y madre de tres hermosos gatitos.  Un buen día la Ña Gata tiene que ir en ayuda de su comadre y amiga la Barcina durante la gravedad de su marido.  Ante lo inevitable, la Ña Gata le pide a la Señá Jutía que le cuide a sus tres preciados hijitos; la Señá Jutía accede halagadísima.

 

     Como es algo fuera de su rutina, la Señá Jutía, algo nerviosa, se lo cuenta a su comadre Jicotea.  Jicotea, con algo malévolo en mente, al oír las noticias, alega a propósito que los gatos tienen parentesco con el diablo.  Así, sin presentir el peligro, la Señá Jutía sale a comprar un pescado para los gatitos, e irremediablemente, éstos se quedan al cuidado de Jicotea.  Cuando se queda sola, Jicotea degüella al primer gatito, le quita la piel con mucho cuidado para utilizarla más tarde como cuero de tambor y acto seguido cuece al pequeñito en una cazuela.  Al regresar la Señá Jutía, Jicotea logra convencerla de que la acompañe a almorzar y juntas se comen el gatito, beben vino y bailan.[6]

 

     Buena madre al fin, la Ña Gata, al presentir a lo lejos que un hijo se le está muriendo, abandona al enfermo y parte ligera hacia la casa de la Señá Jutía para cerciorarse de que las cosas andan bien.  Su amiga la convence de que todo está en orden y la exhorta a que regrese tranquila al lado del enfermo.  De esta forma, sin esperar mucho, con el buen sabor del primer gatito aún en la boca, Jicotea y la Señá Jutía se comen a sus hermanitos y acompañan su alimento con vino barato, el que llega a emborracharlas después de veinte y cinco botellas.  Mientras tanto, una vieja agorera previene a la pobre madre del peligro; ésta regresa al vuelo al lado de sus hijos, encontrándose por desgracia sólo con sus tres cabezas, cubiertas de gusanos, sobre el armario de la Señá Jutía.  Mientras, Jicotea y la Señá Jutía, borrachas y sin notar su presencia, bailan indecorosamente.  Jicotea, que está tocando el tambor, al ver a la Ña Gata corre cobardemente a esconderse.  Sin más tiempo que perder, la furiosa Ña Gata, maullando transida de dolor, se abalanza sobre la desprevenida Jutía y con su garra infernal le desgarra el lomo a lo largo.  Milagrosamente, la Señá Jutía logra escapar con vida, pero le ha quedado para siempre en el lomo una raya, vívido recuerdo del zarpazo de la Gata.

 

     Cabe decir que la Señá Jutía, es una señora de pocos recursos, honesta, sin marido ni hijos, la cual es “comadre de papelito” (153) de Jicotea.  Esto último tiene un gran significado en Cuba, ya que el compadrazgo es considerado como algo más que una amistad, y se le tiene como un sacramento sin serlo.  Este nexo sagrado une a una persona en solidaridad con su compadre o comadre en todo momento.  Por eso la Señá Jutía se alía a Jicotea, aún en el crimen, porque son comadres.  Hoy en día, la tradición del compadrazgo en la isla de Cuba va desapareciendo, sin embargo, durante la colonia todas las clases del país se aprovechan de la importancia de este lazo social.[7]

 

     De esta forma, sólo comprendiendo el significado del compadrazgo tanto en el nivel social como en el histórico, es que llegamos a aceptar, aunque de malas ganas, la ceguera de la Ña Jutía ante el crimen atroz que comete Jicotea, por tres veces consecutivas, como también su gustosa participación en el banquete, en el que las dos devoran la carne de los tres inocentes gatitos.  Por su parte, la Ña Gata —a quien se le describe como una buena mujer, buena madre, que adora a sus tres hijitos— es amiga, pero no comadre, de la Señá Jutía.  La buena de la Ña Gata se da cuenta del acaecido crimen al ver las tres cabecitas llenas de gusanos sobre el armario, momento en el que cambia por completo, y furiosa, con sus garras infernales hacia fuera, ataca a la que ha dejado velando por su prole.

 

     En este cuento, Jicotea, como es de esperar, sigue siendo astuta y aprovechadora como siempre.  En el relato, aunque es comadre de la Señá Jutía, es más pobre que ésta y se encuentra falta de recursos, tiene todo hipotecado y es en casa de la comadre donde mata su hambre diaria haciéndose pasar por la buena comadrita.  Por otra parte, su intransigencia para con los gatitos la lleva a degollarlos porque uno de ellos le dice en su misma cara a Jicotea que él desea que su mamá le corte la cabeza a ella.  En fin, si los gatos son el diablo, Jicotea no les tiene miedo y, como hemos visto, se los come también.  Además, hay un momento de suma importancia en el relato en el que se nos recuerda que Jicotea es bruja.  En esa ocasión, el narrador describe a Jicotea medio tapada con la piel de uno de los gatitos, tocando el tamborcillo que ha hecho con la piel de otro (¿Por qué...? 158), acciones que nos traen a la mente las ceremonias de brujería y shamanismo tradicionales, en la que las brujas o los brujos se cubren con la piel de algún animal para investirse de sus poderes.  En varios momentos del relato el ritual Abakuá de la Sikanékue viene a colación gracias a las acciones de Jicotea.  Ella mata con un cuchillo a cada gatito, como ocurre en el ritual, para luego desollar a uno de ellos, al primero, y con su piel —por falta de un chivo— hacer la piel de su tambor, el cual tocará para hacer música mientras, en unión de la Ña Jutía, goza, baila, bebe y se come a los tres hijos de la Ña Gata, sin sentir escrúpulo alguno.  Ella es bruja ñáñiga, y con el ritual que oficia bendice y aleja de sí toda culpa del crimen que acaba de cometer.

 

     Para colmos, cuando Jicotea ve a la gata furiosa y descontrolada por la muerte de sus hijos, se escapa y se esconde sin sentir remordimiento alguno; además, Jicotea ni por un instante se digna a guardar el debido respeto al sagrado nexo que la une a la Señá Jutía, como comadres que son, abandonándola a la furia de la madre gata.

 

     “Ilú Kekeré”,[8] por su parte, es un cuento fantasmagórico que llena de profunda tristeza al lector, quien se siente impotente ante la maldad —en este relato más que en ningún otro— de la pequeña tortuga de agua dulce.  Las aguas —en esta ocasión la lluvia, y no una enfermedad, como en el relato anterior— son el instrumento de la desgracia:

 

Llovía torrencialmente y el agua encrespada descendía la cuesta hacia la cañada (...)  En su camino Agua-Culebra envolvió a Timbioro, el niño que una madre imprudente había obligado a salir de casa bajo el diluvio (...) Timbioro corría con el agua, y el agua se lo llevó a la cueva de la vieja Jicotea (...) [Esta] lo midió e inmediatamente se puso a fabricar un tambor un poco más grande que Timbioro (...) Anochecido, por todo el pueblo, esbozada en la lluvia, la madre de Timbioro llamaba llorando a Timbioro.  La lluvia repiqueteaba incansable; Jicotea trabajaba, y Timbioro, en un charco, dormía amortecido (Ayapá 173).

 

     La noche termina, con ella se va la lluvia, y el embrujo de Jicotea queda consumado.  La lluvia parece haber sido compañera y cómplice de las fechorías de Jicotea, quien, en este cuento, es mala, vieja y bruja.  Una vez que el trabajo hechicero de Jicotea está terminado nace el nuevo día, “el sol [bebe] aprisa las aguas, [seca] la tierra con su aliento” (173) y es entonces que la Ñaña[9] Jicotea, sacando del charco que contiene el cuerpo medio muerto del niño, mete a Timbioro dentro del tambor que ha hecho.  Jicotea quiere mostrar al mundo que su tambor suena sin que nadie lo toque.  De esta manera, de pueblo en pueblo lleva su tambor, le rasca el cuero, y todos se ponen a bailar incitados por la voz del tambor la que siempre repite un mismo canto: “Timbioro oluo akuá mi lere oni fenansile oninkó eche awadó yo eme misoke moderu awó fefe Kufé” (174); Lydia Cabrera en ningún momento en el cuento explica o nos da una idea del significado del canto del tambor el cual repite su tonada de pueblo en pueblo, a través de la narración.  Por mi parte, tratando de descifrar lo que creo crucial en cuanto a su relación con la trama del relato empecé a traducir el canto, pero al llegar a la página 312 del diccionario yoruba escrito por la misma Lydia Cabrera con el título de Anagó: Vocabulario lucumí encuentro con sorpresa una larga oración de un parecido casi total a la canción del tambor que aparece en “Ilú Kekeré”; la frase dice así: “Tún tún, tún soro i Kimbó Timbioro olúo okuá mi le ré oní fenán sile oninko eché aguadó yó emení soké modéru awó Kinirín féfé Kufé”, y la traducción dada por Cabrera es la siguiente: “Ayá, la jicotea, embrujó a la hija chica de una mujer que la mandó a buscar agua al río y la metió dentro de un tambor.  Ella [la niña] decía que la estaba matando, que le daba de comer frijoles y maíz.  Jicotea iba andando y cobrándole a la gente por oír su voz conversando dentro del tambor.  Un babalao descubrió el engaño” (Anagó 312).

 

     En el caso de Timbioro, el relato comenta que su madre “imprudente [le] había obligado a salir de casa bajo el diluvio” (Ayapá 173).  El cuento, sin embargo, no nos dice a qué sale Timbioro bajo una lluvia torrencial.  En la versión dada en Anagó, es una niña y no un niño quien va al río a buscar agua, pero no está lloviendo.  Sin embargo, ambos terminan muertos dentro del tambor; él cantando para que la gente baile, ella conversando para que la gente escuche.  En ambos casos sólo un babalawo[10] puede descubrir el llamado “engaño” perpetrado por Jicotea (Anagó 312).  No obstante, sólo el engaño de un hechizo brujo puede quizás hacer que la voz de un muerto se le transmita a un tambor —como sucede en el caso de Tanse, el pez de la leyenda Abakuá, el que, una vez muerto y dentro del tambor, se transforma en la voz del Ekue—.  Lo cierto es que en “Ilú Kekeré” el embrujo de Jicotea en una noche de lluvia torrencial ha dejado a una madre sin hijo, y al pobre Timbioro muerto, encerrado en un tambor con “los ojos secos de tanto llorar; la boca, desmesuradamente abierta de tanto cantar” (Ayapá 176).

 

     En toda verdad, no podemos negar ese lado diabólico que hace de Jicotea un ente maligno y demoníaco; obviamente, sus atributos malos son estremecedores.  No obstante, para bien o para mal, Jicotea es, sin lugar a dudas, un gran personaje en la obra de Lydia Cabrera.[11]  En otra oportunidad se podría acentuar su lado bueno, aún cuando éste siempre aparezca colmado de la misma astucia y picardía.

 

     Esta es Jicotea.  Les dejo a mis lectores, la última palabra.  No obstante, Lydia Cabrera parece intuir que el universo afrocubano, sin Jicotea, nunca podría ser el mismo.

 

 

  Obras citadas

 

Cabrera, Lydia.  Anagó: Vocabulario lucumí. Miami: Ediciones C & R, 1970.

 

_____.  “Ilú Kekeré”, en Ayapá: Cuentos de Jicotea.  Miami: Ediciones Universal, 1971, pp. 171-176.

 

_____.  La lengua sagrada de los ñáñigos.  Miami: Ediciones Universal, 1988.

 

_____.  La sociedad secreta Abakuá narrada por viejos adeptos.  Miami: C & R., 1970.

 

_____.  “¿Por qué... esa raya en el lomo de la jutía”, en ¿Por qué...?.  Madrid: C & R, 1972, pp. 153-176.

 

 

Notas

[1] El vocablo ayapá significa tortuga (jicotea) en yoruba.

[2] Escribo “Jicotea” con mayúscula para indicar que éste es el nombre propio dado por la autora a su personaje en todos sus cuentos.  A veces también lo acompaña con un nombre de pila o un apodo, como por ejemplo la ejemplar Doña Jicotea Concha de su relato titulado “La excelente Doña Jicotea Concha” (Ayapá: Cuentos de Jicotea), o Taita Jicotea de “Taita Jicotea y Taita Tigre” (Cuentos negros de Cuba). 

[3] El personaje de Jicotea es andrógino, por ello a veces puede ser hembra y otras veces macho; según sea su género en un cuento específico se utilizará el  artículo “el” o el artículo “la” cuando se refiera a “él” o a “ella”.

[4] Cabrera asegura que “Nasakó [el brujo] había dicho que después que la Voz fuese escuchada, Mpegó sería tan grande como Ekue, pues el Espíritu pasaría a él” (La sociedad 154).

[5] Desde el primer Ekueñón —gran sacerdote de la secta—, los sacerdotes ñáñigos saben que hay que “hacer chillar a Ekue... [porque] Ekue les habla, les contesta a todos sus hijos cuando hay una fiesta, un Plante, un nacimiento o un Ñampe (funeral)... Ekue no monta —no toma posesión— del abanékue (el iniciado), [sino que] va al cuero del chivo y le habla en lengua de tambor” (La lengua sagrada 172). 

[6] Cabe decir que, al principio, la Señá Jutía siente algunos remordimientos, sin embargo, el malestar del primer crimen cometido va perdiéndose poco a poco, triunfando sobre sus escrúpulos la mala influencia de Jicotea.

[7] Sin embargo, es entre los afrocubanos que esta costumbre toma carácter religioso; tanto como en África, en Cuba el descendiente de africano da una importancia vital a este parentesco espiritual y es en Navidad cuando se celebra en grande esta tradición con regalos y festejos religiosos.

[8] En yoruba: “pueblo chico”.

[9] En yoruba: “madrina”, “madre”.

[10] Babalawo o babalao.  En yoruba: “sacerdote”.

[11] Las razones que hacen de Jicotea un gran personaje en la obra de Lydia Cabrera son irrefutables.  Jicotea, para los afrocubanos, es vehículo y alimento de Changó, y sólo por ello los afrocubanos la aprecian, la emulan y respetan sus preciadas artes de hechicera.  También, considerada como un mago o duende, tiene el poder de resucitar por sí misma y es mediadora entre los hombres y los dioses.  Los babalawos también afirman que Jicotea suele servirle también a Yemayá, instalándose en ella y es considerada entre los creyentes como digna representante de los dioses africanos, siempre custodiando un río o una laguna.  Estos agregan que las aguas en que vive Jicotea “desbaratan daños” y matan las brujerías y maleficios: por lo tanto éstas se usan como protección contra las hechicerías y conjuros.

 


Mariela A. Gutiérrez nació en La Habana, Cuba. Ensayista. Ha vivido la mayor parte de su vida en Canadá, es jefa y profesora titular del Departamento de Estudios Hispánicos (Spanish & Latin American Studies) de la Universidad de Waterloo, Ontario, Canadá, miembro del Senado representando a la Facultad de Artes y ex-miembro del comité ejecutivo de los Estudios de la Mujer (Women Studies) de su universidad; fue miembro de la Junta Ejecutiva Nacional del Círculo de Cultura Panamericano (2002-2003), con sede en New Jersey, U.S.A. y desde 2000 es Vice-Presidenta de la Asociación Internacional “Con Cuba en la Distancia”, con sede en Cádiz, España.  Recibe los títulos de Honours Bachelor of Arts y Master of Arts de McGill University, en Montreál, Canadá, y el de Doctor of Philosophy (Ph.D) de la Université Laval, en la ciudad de Quebec, Canadá.  Entre los premios recibidos se destacan: el University of Waterloo’s 1993 Distinguished Teacher Award, y el Canadian Association of Hispanists’ 1993 Award por el mejor artículo erudito publicado en 1992 por un hispanista canadiense, por su artículo «Rosario Ferré y el itinerario del deseo: un estudio lacaniano de “Cuando las mujeres quieren a los hombres”.»  (Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Vol. XVI, 2, Invierno 1992, 203-217).  En Mayo, 2000 le fueron otorgados dos premios por el Círculo de Cultura Panamericano: El Primer Premio al Mejor Ensayo por su ensayo “Sab, el Werther esclavo de la Avellaneda”, y el único Primer Accésit por su ensayo “Tambores de gesta afrocubanos: El Sese de Orúmiga y el Ekue de Sikán”.  En el verano de 2001 se le confirió la membresía en el PEN de Escritores Cubanos en el Exilio (afiliado a PEN International). El pasado 7 de mayo, 2004, Gutiérrez recibió la Medalla de Honor de la ciudad de Bagnère de Bigorre, en los Pirineos franceses, de manos del Alcalde de Bigorre, Monsieur Rolland Castells, por su vasta labor como ensayista y crítica en el campo de la literatura latinoamericana escrita por mujeres. También en mayo 2004 le fue otorgado el University of Waterloo’s 2004 Outstanding Performance Award por sus sobresalientes logros en las áreas de la investigación y la educación. Sus áreas de experiencia son la literatura y la civilización hispanoamericanas, con especialidad en los estudios afrohispánicos (principalmente Cuba) y en la crítica etno-psicoanalítica de la narrativa femenina hispanoamericana del siglo XX.  Además de publicar una gran cantidad de artículos y ensayos en revistas académicas y colaboraciones internacionales, ha publicado los libros: Los cuentos negros de Lydia Cabrera: Un estudio morfológico (Universal 1986), El cosmos de Lydia Cabrera: Dioses, animales y hombres (Universal 1991), Lydia Cabrera: Aproximaciones mítico-simbólicas a su cuentística (Verbum 1997) El Monte y las Aguas: Ensayos Afrocubanos (Editorial Hispano-Cubana 2003) y Rosario Ferré en su Edad de Oro: Heroínas subversivas de Papeles de Pandora y Maldito Amor (Verbum 2004).  La mayor parte de la obra crítica de Mariela A. Gutiérrez sobre el opus de Lydia Cabrera será publicada próximamente en traducción al inglés. Gutiérrez también ha ofrecido conferencias y ponencias a través de todo Canadá, en veinte estados de los EE.UU., así como en Italia, España, Francia, Inglaterra, Dinamarca, Suecia, Rusia, Puerto Rico, Costa Rica, México, Colombia, Perú, Ecuador, Argentina, República Dominicana y Trinidad & Tobago.